Les aseguro que la historia que me atrevo a
escribir es totalmente real, contada con lujo de detalles.
Pero he querido hacerlo como una catarsis, tras una fuerte crisis, ya a casi un
año de ocurrida. Confieso que desde hace tiempo me ha gustado leer relatos
eróticos y que hasta en algunas ocasiones me he masturbado leyendo algunos, pero
nunca había escrito relatos. Así que lo que hoy me atrevo a contar pasó en
realidad, más allá de que si soy buena o no haciendo esto. Sólo cuento tal cual
lo que ese día pasó, lo que pensé y sentí en realidad.
Soy casada desde hace 10 años, me ha ido muy bien
en mi matrimonio. Amo a mi esposo y él a mí. Tenemos 2 hijos y todo funciona
bastante bien. Digo esto porque de alguna manera lo que nos pasó nunca pude
imaginarlo, tomando en cuenta que ambos somos profesionales, adultos,
sexualmente satisfechos y – diríamos – hasta normales como cualquier pareja. En
cuanto a mí, tengo 38 años, soy de tez blanca, ojos verdes, buenos senos, cadera
ancha, y una figura que sin estar "súper buena" podría decir que me conservo muy
bien. Mi esposo, Fernando, 38 años, es alto, más bien delgado, bien parecido.
Del trabajo de mi esposo fue enviado a Ecuador, a
un evento donde daría una conferencia. Sin embargo él decidió llevarme a conocer
ese país. Tomando en cuenta que sólo iba a dar su conferencia, decidimos
quedarnos esa semana y conocer, disfrutar, algo que teníamos muchísimo tiempo
sin hacer solos. Sería una segunda luna de miel. Aprovecharíamos esa semana al
máximo: en el día a pasear, en las noches a bailar y follar luego. Sin embargo,
de tanto caminar y bailar, estuvimos toda la semana sin follar. Una noche antes
de regresar las cosas cambiaron radicalmente. Tal vez demasiado.
Fernando me pidió varias veces que en Quito
liberáramos nuestros deseos, que aprovecháramos que nadie nos conocía allá para
hacer cosas que aquí no podríamos, y hablaba de lo sexual. No lo tomé para nada
en serio. Aquella noche comenzó como las anteriores: tras paseos, baile, tragos,
en una discoteca que ya habíamos visitado. Allí conocimos a César, un
ecuatoriano de tez morena oscura, debo reconocer que bastante guapo, de unos 40
años y muy amable. Lo conocimos al presentarse un incidente tonto en la entrada
de la discoteca y unas horas después, ya en el
interior del local, se nos acercó y de una manera muy amable le pidió a Fernando
si permitía bailar con su pareja. Mi esposo que no es muy celoso y estando ya un
poco tomado aceptó amablemente, yo también, pues sentí curiosidad por bailar con
alguien de allí.
La pista estaba a reventar, así que César y yo
pronto dejamos de ver a mi esposo. Tuvimos que bailar muy pegados un set de
salsa, también reconozco que bailar con él, así pegaditos, me resultó
inquietante. Así pegados, su paquete rozaba con mi vientre, mis senos se
presionaban en su pecho firme, su aroma varonil, su cercano aliento, su mirada
tan cerca de la mía, cuando me comentaba cosas sin importancia pero a
centímetros de mi cara, su fuerte cuerpo, fue de un efecto electrizante
increíble. Mis pezones reaccionaron endureciéndose, supongo que César también lo
notó. Me llegué a calentar hasta sentirme avergonzada por mis sensaciones, yo
que nunca he sido infiel, salvo los juegos que considero inocentes, que he hecho
por internet. Traté de alejar esos pensamientos y sensaciones y seguir bailando.
Luego de calentarme y apenarme, terminamos de bailar, mientras caminábamos entre
la multitud César me agarraba dulcemente de la cintura para ayudarme a pasar
entre la gente. Sentí sus manos firmes y masculinas en mi cuerpo y me encantó.
Luego de ese momento, César se quedó cerca de nosotros, en ocasiones seguía
sacándome a bailar, aunque sentí que cada vez eran más los roces, las miradas y
la seducción, al mismo tiempo cada vez me dejé llevar más por la situación.
Cerca de las 2 am. Nos dispusimos a irnos, pues mi
marido ya se notaba borracho. Para ese momento ya los contactos con César eran
de los más frecuentes, conversábamos los tres, hasta compartimos una ronda de
tragos. Salimos de la discoteca como si hubiésemos llegado juntos. Al salir, nos
preguntó hacia dónde íbamos. Solo sabíamos el nombre del hotel, así que se
ofreció a compartir el taxi para indicarnos el lugar. El taxi que tomamos no
tenía puesto delantero, por lo que compartimos el asiento trasero, que tampoco
era muy amplio. Allí mientras estaba sentada apretada al centro de ambos
hombres, pasó por mi mente por primera vez la posibilidad de lo que haríamos
luego una realidad. Recuerdo incluso que con mucha discreción, César rozaba mi
piel, sobre todo cuando pasamos por algún lugar oscuro, me tocaba suavemente los
brazos. Al llegar al hotel, de manera sorpresiva
Fernando en estado de ebriedad le ofreció: "porque no subes y no tomamos otro
trago". César disimuló algo de pena, se hizo rogar algo pero aceptó.
Una vez en la habitación, mi marido le sirvió un
trago, pero pronto se disculpó y se fue al baño. Estaba muy ebrio y se escuchaba
vomitar en el baño. Para ese instante ya César me miraba diferente, sabía que yo
estaba excitada, se me notaba, se sentía en el ambiente. Me miraba de manera
seductora, hurgaba mis senos con sus ojos, era evidente que algo pasaría.
Mi esposo salió del baño muy borracho.
Se había quitado la ropa, dejándose sólo su bóxer. Sin decir nada se lanzó a la
cama y allí quedó como muerto. César, tratando de disimular, dijo: "bueno, mejor
me marcho" y simplemente se levantó. Yo, un poco decepcionada, lo acompañé a la
entrada de la habitación. Allí se me acercó de nuevo, como para despedirse, pero
el nuevamente el roce de su piel, la química entre nosotros, me traicionó de
nuevo. Disimulando darme un beso de despedida, terminamos besándonos. Primero
suavemente, rozando nuestros labios, los míos delgados con los suyos gruesos y
ardientes, luego vinieron los besos con pasión. La lengua de César desató mi
lujuria, allí perdí toda capacidad de ser fiel, la excitación me llevó a perder
toda racionalidad. Allí pegados a la puerta de la habitación nos besamos con
lujuria, nos comimos las bocas, comenzamos a acariciarnos a pocos metros de mi
esposo, quien dormía profundamente. César aprovechó para acariciar mis senos,
sobar mi cuerpo, mientras yo sobaba su espalda musculosa. Metió la mano debajo
de mi blusa y subió mi sostén, manoseó mis tetas, se detuvo con pasión en mis
erectos pezones. Yo ya no me resistía, me dejaba llevar por la pasión,
olvidándome por un instante de mi esposo ebrio cerca de nosotros. César bajó su
cara para dedicarse a lamer mis pezones, a chupar mis senos, algo que me encanta
y me excita. Viéndolo hacerlo me volvió loca de ganas, pero también me permitió
por primera vez en minutos levantar la mirada hacia donde estaba Fernando
dormido, semidesnudo, boca abajo, ajeno a mi infidelidad. Sentí remordimiento,
pasó por mi mente la idea de detener a mi amante, sumergido en mis tetas,
chupando, pero honestamente no tuve fuerzas, estaba demasiado excitada, apenas
tuve fuerzas para separar suavemente con mis manos a quien me producía ese
enorme placer.
César interpretó ese gesto más bien como un reto,
un desafío. Me volvió a besar y me haló hacia el interior de la habitación.
¡Estábamos al lado de mi esposo ebrio! Allí se quitó su camisa, descubriendo un
pecho cuidado, un cuerpo varonil, definitivamente es un negro bello. Trató de
hacer lo propio conmigo, pero estando al lado de Fernando me traté de negar con
gestos halando mi blusa hacia abajo y negando con la cabeza al tiempo que miraba
a mi esposo. Era obvio que mi negación tenía más que ver con el hecho de que
allí estaba mi esposo a que no tuviese ganas de follarme ese negro bello. Así lo
comprendió César, quien tiró una de las almohadas al piso alfombrado de la
habitación, en un gesto a invitarme a follar en el suelo, dado que la única cama
estaba ocupada por mi ebrio marido. Me pareció descabellado y arriesgado,
considerando que si se despertaba podría arruinar 10 años de matrimonio, todo el
amor que le tengo a mi marido, nuestra bella familia, todo pasó como una rápida
película por mi mente y seguí negándome con la cara, aunque mi vagina estuviese
ya empapada, mis palpitaciones a millón, mis manos temblorosas y sudorosas y mis
pezones casi reventaban. Era un mar de contradicciones.
No sé cómo se le ocurrió a César pensar que
desnudarse ayudaría, pero acertó. Su próxima acción fue el desnudarse. Se desató
sus ajustados jeans y bajó suavemente su ropa, dejando al descubierto un hermoso
pene erecto. Aunque me dé pena decirlo, César estaba muy bien dotado. Me miró
fijamente, aunque yo no podía de dejar de ver su tremendo cuerpo. Aunque tuve
varias parejas antes de Fernando, honestamente no creo haber estado antes con un
hombre así. Se zafó con los pies sus tumbados pantalones, su bóxer y sus
zapatos, quedando completamente desnudo. Me sonrió con dulzura y se acercó de
nuevo, mientras yo, prácticamente al lado de la cama donde Fernando dormía su
borrachera, estaba petrificada. Recuerdo muy bien las sensaciones, extrema
excitación, podía escuchar mis propios latidos, mi respiración se hizo profunda.
Era evidente mi estado. Nuevamente me besó, de nuevo con mucha dulzura.
Repetimos con exactitud la escena de los besos apasionados, las caricias, ahora
yo acariciaba su torso desnudo, de nuevo metió mano debajo de mi blusa, mi piel
se estremecía con sus manos, mis pezones respondían a sus caricias y suaves
pellizcos. A diferencia de hace unos minutos, hice yo un gesto, alcé los brazos
hacia arriba, como pidiendo que me despojara de la prenda, así lo hizo. También
con maestría soltó el sostén. Quedaron al aire mis senos, que modestia aparte
(que lo digan los que los han visto en internet, je je) son muy lindos, firmes,
redondos, con algunas pecas y con unos bien formados pezones rosados. César
quedó extasiado con la vista. Gastó unos segundos que parecieron minutos
mirándolos embobado. Reaccionó acercándose a seguir con su rica labor de
mamarlos, lamerlos, comérselos. Yo llevaba mi pantalón marrón que me hace buena
figura, así que el siguiente paso fue soltarlo. Lo hizo y bajó de un golpe mi
pantalón y mi sexi hilo negro que pensaba estrenar con mi esposo, quien ahora
dormía al lado de esta escena erótica en la cual no estaba invitado.
Ya desnudos no había más que hacer. Olvidé por
completo, aunque suene increíble, siquiera que Fernando estaba allí. César me
haló con delicadeza al suelo alfombrado y allí nos entregamos a la pasión.
Comenzó a besar mi cuerpo, claro que de nuevo los senos fueron sus predilectos.
Bajó lentamente a mi vientre, a mi vagina depilada y húmeda, deseosa de su boca.
Comenzó lamiendo mis labios vaginales, mojados, trémulos de deseo, sentía
corrientazos de placer. Yo gemía suavemente, suspiraba con profundidad con cada
chupada, cada lengüetazo. De allí paso al interior, al fruto deseado, lamió mi
clítoris y sentí que me paralizaba de placer. Solté un sonido desde mi garganta:
¡¡AAAGG!! Sin tomar en cuenta que mi esposo dormía la borrachera arriba de la
cama. De los lengüetazos pasó a comerse mi vagina, abría la boca como queriendo
tragarse mi concha, mis labios vaginales, mordía goloso mi clítoris, yo estaba a
punto de explotar, hasta que, con la lengua me masturbó y pronto vino mi primer
orgasmo, profundo, eléctrico, divino. Volví a soltar un sonido de placer, esta
vez un mugido ronco acompañado de mi cuerpo arqueándose, poniéndose tenso hasta
en el último músculo.
De allí mi amante subió de nuevo besándome el
vientre, lamiendo mi estómago, impregnándome de mis jugos. Llegó de nuevo a los
senos y claro que volvió a chuparlos, noté como su cuerpo se arqueaba, ya sabía
para que. Abrí las piernas a sabiendas de lo que hacía, consciente (¿o no?) de
lo que seguía. Pronto sentí su duro pene rozando mi sensible clítoris, estaba
deseosa de ser penetrada, de sentirlo entrar. Se tardó una eternidad, así lo
sentí, rozaba con su palo la entrada, se mojaba con mis jugos, hasta que yo
misma empecé a maniobrar mi cadera para hacerlo entrar. Fue un alivio divino.
Sentí como una lanza ardiente entraba en mi ser. Me quemaba de placer. Sentí que
era más grande y más grueso que el de Fernando, hacía tiempo no sentía un varón
así. Lo metió hasta el fondo y lo dejó inmóvil unos segundos. Así aprecié con
sumo placer su grosor, su textura. Comenzó a bombearme, con profundidad, como si
quisiera traspasarme, sentí un infinito placer. Respiraba sobre mí y yo soltaba
gemidos suaves de placer. Se levantó sobre si para tomar en sus manos mis tetas.
Las pellizcaba, se agachaba a lamerlas, era todo un macho sobre mi cuerpo,
haciéndome suya. Así estuvo un buen rato, hasta que ya mas decidida lo abracé
para rodarnos y quedar sobre él. Cuando allí estuvo comencé a cabalgarlo. Me
metía lo más profundo que podía ese gran palo, a veces suavemente, a veces
acelerando. Él no cabía en su placer, chupaba mis pezones, mallugaba mis tetas,
apretaba mis glúteos, alcanzaba a meter un dedo en mi ano. Era todo un semental.
Luego de tenerlo así un rato fue que me incliné más
hacia arriba. Mientras lo cabalgaba, en ángulo de 90° mi rostro quedó a la
altura de la cama. Sin querer volteé a un lado y allí estaba: Fernando dormido,
boca abajo aunque noté que en otra posición de su cuerpo. Ebrio, inocente, ajeno
a mi infidelidad. Me sentí como la peor mujer del mundo, la perra más grande del
mundo. Contrario a lo que cualquiera habría hecho, eso me excitó aún más, la
sensación de ser descubierta, el atrevimiento de hacerlo junto a él, fue una
sensación que se añadió en ese momento.
Tras la cabalgada exquisita, César me movió para
que bajara, allí vi su pene duro, rígido, enorme. Lo tomé en mi mano y sin más
comencé a mamarlo. Sabía a mis jugos, algo que con mi marido nunca he podido
hacer, porque siempre me ha desagradado el sabor de una vagina. Pero allí era
distinto, tenía al pene oscuro y venoso de César en mis manos y no pude evitar
mamarlo. Lo chupé un buen rato. Masturbé con mi boca ese falo. Él aprovechó para
meterme mano, acariciar mi vagina, meter uno o dos dedos en mi vientre, manosear
mi clítoris, jugueteó con un dedo en mi ano, el cual estaba también mojado por
la cantidad de jugos vaginales. No resistí mucho, necesitaba ese palo dentro de
mí. Leyó mi pensamiento, yo estaba a gatas, allí en cuatro patas vino por mí de
nuevo. De un golpe divino metió su pene en mi vientre. Comenzó de nuevo con su
bombeo. No sé por qué razón del destino pero cuando levanté la mirada de nuevo
estaba allí. Su rostro dormido, entregado a su sueño como yo a mi amante. Sentí
de nuevo esa sensación, al punto de sentir que venía un segundo e inmenso
orgasmo. Aceleré los movimientos y César, que con sus manos tocaba, pellizcaba,
sobaba, aceleró también. Sentí nuevos corrientazos, tensé mi cuerpo y lancé un
gemido más fuerte, no sé cómo Fernando no se despertó con ese ¡aaagggg, aaayyy!
Que recuerdo claramente que hice. Pensé que tras la acabada, César sacaría el
pene y me dejaría descansar, me equivoqué.
Sacó su pene de mi agotada concha, empapado, para
comenzar a meterlo en mi ano. Estaba dilatado por el juego previo, así que no se
resistió nada. Mentiría si digo que me dolió, no sentí sino placer. Mi ano no es
virgen, pues ya Fernando lo ha desflorado hace años y de vez en cuando se lo doy
a probar. César metió su palo sin problemas, suavemente, dejando pacientemente
que el esfínter se dilate. Él gemía mientras sentía mi orto abrirse. Volví a ver
al rostro dormido de mi esposo. Ya mi descaro era tal que no tenía remordimiento
en verlo con desenfado, penetrada en mi ano por un macho en su presencia. Creo
que César notó en ese momento mi actitud desafiante, mi mirada retadora a mi
esposo en profundo sueño y me empujó para que subiera mi torso a la cama. Parece
una locura pero lo hice, subí la mitad de mi cuerpo a la cama, dejando mi cola
colgada, bien respingada para seguir siendo follada analmente. Así quedé tan
cerca de Fernando que podía tocarlo, no resistí. Por alguna perversa razón
empecé a acariciar el torso desnudo de mi esposo, mientras la cama se balanceaba
por los embates de César metiéndose en mi ano. El ritmo frenético me hacía
estremecer de nuevo, tal vez ayudado por la acción de tener así a mi marido.
Empecé a besar su espalda, él, ebrio y dormido, no reaccionaba a mis besos ni al
movimiento rítmico de la cama o a los gemidos de César. Sentí que mi amante
estaba cerca de acabar y supuse que quería hacerlo en mi ano. Me concentré en
moverme a su ritmo, haciendo que ese negro formidable empezara a bramar de
placer. Pronto sentí una gran cantidad de líquido caliente en mi culo, me
llenaba al tiempo de lanzar un gemido. A esa altura ya yo estaba sintiendo ganas
de un nuevo orgasmo, pero mi amante estaba listo.
Mi amante acabó y se acostó sobre mí. Ahora éramos
los tres sobre la cama. Estaba agotada, pero también excitada. El cansancio, los
tragos, el sexo ardiente y los orgasmos sentidos nos derrotaron. Parece insólito
pero fue cierto, nos quedamos rendidos en la cama, apenas tuvimos fuerza para
subirnos a la cama. Fernando ni siquiera sacó su pene de mi cola. Subió clavado
a mí y allí quedamos. Dormidos profundamente, seguros de que mi esposo, ahora
cornudo, no despertaría. Nos equivocamos.
Lo que ocurrió poco después evidentemente fue mi
esposo quien me lo contaría tiempo después, pues en ese momento yo estaba
dormida. Mi esposo, seguramente ya pasado el efecto del licor y tal vez ayudado
con las sacudidas y los gemidos, despertó lentamente de su sopor. Lo primero que
sintió fue mi presencia desnuda a su lado, algo que no era extraño a él. Sin
moverse tocó mi cuerpo desnudo, aún ignorando lo ocurrido. Pero mientras se
reponía levantó su rostro de la cama, descubriendo que no estaba sola. César,
profundamente dormido, abrazaba por detrás mi cuerpo inerte, acoplado a mi
cadera como quedamos tras la increíble follada. Me contó Fernando sus
sensaciones, sus primeros pensamientos, pero igual me imagino su asombro. Su
esposa amante, su mujer, en esa posición, evidentemente derrotada por una ración
de sexo ajeno. Ahora bien, conociendo como creía conocer a mí marido me hubiese
imaginado una típica reacción: golpes, gritos, hasta un crimen pasional. Pero
¡NO! Como si de cualquier cosa natural, se levantó, fue al baño, supongo que
hasta habrá llorado de la rabia, pero me contó que el resto de la botella de
whisky que traíamos y con la que pretendió invitar a César, se la tomó directo
de la botella, sentado contemplando a los amantes, quienes satisfechos dormíamos
ajenos al descubrimiento. Los tragos, el dolor, la escena erótica, la rabia, no
sé. Pero lo cierto es que Fernando, ya con media
botella de licor encima, se acercó a mi cuerpo desnudo y comenzó a acariciarme,
como él sabe hacerlo. Como cuando me despierta excitada para un "mañanero", pasó
a lamer mis pezones relajados, me movió con discreción para separarme de mi
amante quedando yo boca arriba, con las piernas semiabiertas. Allí empezó a
comerse mi concha, olorosa a sexo y semen ajeno, pero evidentemente que él sabe
cómo despertar mi erotismo. De hecho, les cuento que muchas veces me ha
despertado con esas caricias, esas mamadas y para cuando ya estoy consciente ya
está follándome rico. Eso fue lo que hizo.
Empezó mi esposo su tratamiento de excitarme
dormida, con lamidas, caricias y besos. La parte cumbre suele ser comerse mi
concha. Yo abrí las piernas y sentí un gran placer, aún semidormida y olvidando
lo que había ocurrido hace poco. Estaba tan agotada que, dentro de mi gran
excitación, sólo me dediqué a sentir placer, ajena de que mi amante anterior
seguía allí. De repente, como mi esposo suele hacer en esos casos, subió sobre
mí y comenzó a penetrarme. Aún semiconsciente, sentía su suave bombeo como algo
exquisito. Claro está que con todo esto fui terminando de despertar. Lo primero
que descubrí al abrir los ojos era que había apagado la luz, por lo que por un
segundo ni siquiera estaba clara de donde estaba. Poco pasó para que terminara
de caer en cuenta de lo que ocurría. Mi marido me follaba al lado de mi anterior
amante. ¡Me petrifiqué! Abrí con fuerza mis ojos hasta descubrir que César
dormía tan cerca de mí que aún tenía contacto físico con él, podía tocarlo.
Estuve aterrada sobre lo que ocurría hasta que, con el movimiento noté que César
despertaba lentamente de su sopor sexual. Volví a mirar a mi esposo y no pude
evitar sentir mucho placer de su follada. Era una mezcla de placer, miedo,
sorpresa. No me atreví a decir nada, no entendí porqué lo hacía. César fue
despertando y no tengo idea que pensaría cuando, ya consciente, entendió que
allí estaba yo follando con mi esposo. No sé qué pensó pero puedo suponerlo.
Imagino que este chico pensaría que yo era alguna ninfómana insaciable y que
quería más. Lo digo porque su reacción fue la de empezar a tocarme, a
acariciarme los senos. En la oscuridad distinguí quien era cada quien, pero no
sé si Fernando estaba buscando esto. Sólo se dedicaba a cogerme como lo que era,
una puta.
Fernando se levantó sobre mí, no sé si para invitar
a César a meterse en la fiesta. Pero apenas subió su cuerpo, César se abalanzó
sobre mis tetas. Las chupaba, yo aún no sabía qué hacer, aunque claro está me
excité muchísimo con aquello. Tras salir de mi estupor unos segundos y dominada
por la excitación de estos dos amantes, decidí entregarme al placer. Extendí mi
mano para comprobar cómo estaba el bello pene del bello negro. Ya estaba en su
punto. Lo masturbaba mientras mi marido me follaba. Como suele pasar, me giré
sin sacarlo para quedar en cuatro patas. Allí Fernando se aplicó a bombearme con
fuerza, en follarme a su gusto, y al mío, aunque esta vez, supongo por el
momento, me penetraba con fuerza, casi con furia. César se colocó frente a mí y
me colocó en la cara su pene erecto. No perdí tiempo en comérmelo, lo chupaba al
ritmo de las penetraciones que recibía de mi esposo, quien gemía de placer. Ya a
esta altura estaba en éxtasis. Follada ahora por mi esposo, mamándoselo a mi
amante y por mi mente pasaba como una película la sesión de sexo que había
tenido antes. Luego de ser follada de esta manera, Fernando se acostó en la cama
y me atrajo para que subiera sobre él. Allí me subí, clavándome su palo en mi
dilatada vagina. Seguí con la cabalgata unos segundos, abstraída e ignorando a
mi otro amante, hasta que lo sentí detrás de mí, acariciándome, lamiendo mi
espalda. Comenzó a montarse detrás de mí hasta colocarse en posición de hacerme
una doble penetración. Mientras follaba a mi esposo, César comenzó a acariciar
su pene en la entrada, metiéndose poco a poco. Noté como Fernando, acostado
plácidamente debajo, colaboraba con la maniobra de quien se había follado a su
mujer, quedándose quieto. Me sentía llena totalmente al tener un pene en mi
concha y otro en mi ano. Comenzaron a moverse tímidamente. Me excitaba la
sensación, el trío exquisito y ardiente, tenía ganas de acabar pero necesitaba
seguir.
César sacó su pene de mi ano, y se quedó
arrodillado a un lado, mientras yo seguía montada sobre mi esposo. Él sabe que
en esa posición me encanta acabarle. Cabalgué con fuerza, hasta que sentí que
tendría un enorme orgasmo, tanto en el interior de mi vagina como en mi
clítoris. Allí, ya sin frenos ni límites, grité mi orgasmo, gozándolo al máximo,
ajena a mi pecado o a la presencia de mi amante. Lógico que tras esa acabada
inmensa, caí sobre mi esposo, quien me movió suavemente para dejarme sobre la
cama. Allí se acercó arrodillado sobre mi cuerpo inerte y le hizo una seña a
César que evidenciaba que me follara. Sin pensarlo, el negro se lanzó sobre mí,
metiendo sin más su palo en mi ya agotada concha. Lo metió con la evidente
actitud de acabarme dentro, de llenarme una vez más de su leche. Mientras me
bombeaba con frenesí, mi esposo se masturbaba sobre mi cara. Nunca había
permitido que me acabara en la boca, la sola idea siempre me resultó
desagradable, pero en ese instante ansiaba que me llenara la boca de su leche.
César se colocó de manera de permitirlo, al tiempo de gruñir y bombearme con
mucha fuerza, sentía su semen caliente en mi vientre, me sorprende cómo pudo
sacar tanto después de la acabada que tuvo en mi ano. Mi esposo, al ver la
escena del orgasmo del macho, respondió con un orgasmo rico, un enorme baño de
leche que cayó sobre mi boca, mi cara, hasta me imagino que chispeó a César.
Los amantes estábamos agotados, satisfechos. Yo me
quedé inmóvil sobre la cama. De repente Fernando, reaccionó diciéndole de manera
dura a César: ¡bueno, ya lárgate! La firmeza de mi esposo atemorizó un poco a
César, quien se levantó mirándome, se fue vistiendo sin quitarme la mirada y
salió por la puerta sin despedidas, sin decirme nada. Dejándome confundida.
Luego, sin decir una sola palabra, Fernando se acostó a mi lado y se durmió como
si nada. Casi ni hablamos hasta regresar del viaje, en el avión apenas hablamos.
Luego vendría una cierta crisis que creo bastante
superada. Me contó los detalles que acá les cuento y aparte de eso fuimos
conversando ciertas cosas, aunque tampoco me explicó su actitud. Ahora, a casi
un año de aquello, les confieso que recuerdo con cierta nostalgia a César, mi
moreno amante, a veces me he masturbado pensando en esa sesión, en aquella noche
en la que dejé de ser una esposa común y corriente.
Escribo esto esperando que me den sus comentarios
de esta historia que en realidad me ocurrió y quisiera, ya con la distancia del
tiempo, saber sus opiniones. Gracias por leerme.