CONSUMACION
Era una de esas noches solitarias, densas, calurosas fuera y
dentro de mi misma. Yo dormitaba ensimismada en mis propios pensamientos. De
pronto sentí su olor, su tacto, el sabor de sus besos. En ese estado de
semiinconsciencia creí que era producto de mi imaginación, de mi mente
calenturienta. Pero las caricias continuaban y yo iba sintiendo cada vez mayor
placer, su respiración era entrecortada, urgida, bruscamente me saca la
camisola, y ahí yo dejo de pensar, me entrego a lo que vendrá como a algo
inevitable pero deseado.
Estamos los dos desnudos en la cama, él sobre mí, besándonos,
acariciándonos, con pasión, con desesperación. Ya no había nada que hacer, no me
resistía en absoluto, me entregué, necesitaba de sus caricias, necesitaba que él
y sólo él apagara mi excitación. El sudor bañaba nuestros cuerpos, no podíamos
ahogar los gemidos, intensos, que nos provocábamos mutuamente. Saboreé su sexo,
erguido, caliente, dulce, mientras él gemía fuerte, profundamente. A su vez él
alcanzó mi clítoris con su lengua, lo exploraba, exploraba mi vagina, introducía
su lengua, jugueteaba dentro, fuera, dentro, fuera... sus dedos iban masajeando
mis glúteos, mojándolos en mis propios jugos mientras ambos seguíamos
suspirando, gimiendo y jadeando. Nos incorporamos y nos damos un beso que nos
hace saborear nuestros propios e íntimos sabores sexuales, eso nos excita aún
más y nos urge a sentirnos más intensamente. Nos abrazamos fuertemente mientras
él coloca su sexo en la entrada de mi vagina. Jugueteando mueve su glande arriba
y abajo, tocándome el botón del placer y llegando con su exasperante caricia
hasta mi flor anal, pero sin penetrarte todavía. El deseo se ha apoderado de mi,
grito, le muerdo y le suplico; "Ya! Métemela ya!!". Como si hubiera estado
esperando eso, él me penetra lentamente, haciéndote volar hacia los penetrantes
paraísos carnales.
Nunca en mi vida me había sentido así, presa de una
excitación, de un deseo y de una pasión tan acuciante. Prácticamente cuando
penetró completamente en mi cuerpo tuve un orgasmo, y luego éstos se sucedieron
de forma continua. Él empujaba rítmicamente, acariciándome los senos, besándome
los labios, el cuello, las manos, los brazos. Me levantaba las piernas, las
doblaba mientras me penetraba, rozaba con su miembro todas las partes de mi
sexo, por dentro, por fuera. En un par de ocasiones noté que iba a llegar a la
eyaculación, y en un par de ocasiones hizo decrecer el ritmo, sin llegar a
correrse. Perdida ya la noción del tiempo y abandonada al placer sentí un brusco
cambio de ritmo. Ahora pretendía volverme loca con esos enviones, buscaba su
orgasmo y ello provocaba que yo gritara de placer, le arañaba la espalda, nos
mordíamos, saboreábamos nuestras salivas en nuestros labios perdidos en esos
furiosos besos. Por fin le llegó el clímax y gritó profundamente, fue presa de
unas convulsiones que hicieron que casi me desmayara del gusto, y cuando sentí
el flujo ardiente de su semen en mi interior me corrí con deliciosa
desesperación junto con él. Nos abrazamos con ternura mientras se acababan las
convulsiones de ambos, exhaustos, sudorosos, felices...
No quería soltarlo, no quería que se fuera, por primera vez
pensé en entrar en lo prohibido concientemente, entregarme abierta y rendida a
quién me hacía sentir de esa manera, aceptar que era el hombre de mi vida,
suspirar para siempre con él... aunque fuera mi hijo. Pero el cansancio hizo
mella en mí, y con esos pensamientos, abrazada a él mientras me acariciaba en
silencio dulcemente los hombros y el pelo, me quedé dormida. Cuando desperté
estaba desnuda y sola en mi habitación, el lecho todo revuelto. No sabía si
había sido un sueño o una oscura, deseada, y pecadora realidad.