Me ha costado un poco clasificar este relato. Porque podría englobarse en
fantasía erótica, infidelidad y alguna otra más categoría. Pero teniendo en
cuenta varias cosas, entre ellas que de fantasía nada, porque fue tan real como
una quiniela sin premio, lo he catalogado como aquel relato que de hecho hacía
mucho que tenia pendiente. Sexo con maduras.
La historia es larga, conocí a esa mujer, a la que llamo Pitufina.
Hace un par de años. Yo trabajaba en un comercio y ella era una clienta
habitual pues además vive al lado. Entre bromas y coqueteos y mi cultivada
desenvoltura en tales campos. Pues que al final un día me invito a cenar y me la
lleve a la cama. Es decididamente madura porque.... yo tengo unos 30 y pico años
y ella tiene más del doble de mi edad.
Nos fuimos entendiendo un buen tiempo porque además el hecho de residir justo al
lado de mi localidad laboral me ayudaba en algunos días específicos en que no
necesitaba volver a casa al mediodía, o me podía guardar cosas (como mi perra) o
un sin fin de cosas más. Pero que tener una amiga al lado siempre ofrecerá
ventajas que no ofrecerá no tenerla. Respecto al sexo pues, la verdad es que es
bastante calentorra. Comerme la polla es para ella como un deporte y cuando
quiero y como quiero tengo una mesa y una cama caliente en su casa. Con el
tiempo la relación se fue enfriando. De echarle un polvo al ir a dormir y otro
al despertar, pues como todo, se va enfriando y le pierdes sabor. Pero aun así
nos seguimos relacionando como amigos pues ella me ayuda en cosas a mi y yo a
ella.
Por cierto que he conocido sus dos hijos, los dos mayores que yo, y no se cierto
si se huelen o saben del cierto lo que representa mi "amistad" con su madre.
Pero bueno, al caso. Una de las cosas en que más contactamos es que casi cada
día le dejo a mi perra. Como ella suele estar sola en su casa pues un día se la
deje para ir a trabajar, y se hicieron amigas, y como le gusta y tal pues casi
que es más suya que mía, la perra. Pues se la dejo de 2 en 3 días y a mi me
acompaña a mi casa (mi perra) casi en ocasiones extraordinarias. Y me va bien
por..... no tener que darle de comer, atenderla, y porque tiene bastantes malas
pulgas y mis vecinos saben, sin verla, si esta o no en mi casa por sus ladridos
o correrías en la calle tras los coches.
Es una mujer que ha, claro, vivido mucho y me ha explicado bastantes cosas que
no me podría haber explicado una niña de 15 años, por ejemplo. Por ejemplo me ha
contado cosas de la población, cosas de las post-guerra (Española), cosas sobre
agricultura, etc. Como es de corazón viejo y la zona donde vivimos es mas bien
rústica, de vez en cuando, antes de irme a trabajar por la mañana, nos vamos a
dar una vuelta por el monte o el bosque con mi perrita. El otro día hablando de
esos sitios le hable de una vieja ermita a que una mañana, de arrebato, subí a
pasear. Ella me dijo que había oído hablar mucho de esa ermita pero nunca había
subido. Y que si podía un día subir conmigo que le hacia ilusión.
A mi me daba un poco de palo porque la ermita en cuestión esta bastante lejana y
hay que darle un buen rato al volante y a la pericia automovilística. Pero llegó
un día, festivo, que además yo tenía que acudir a su población por la mañana, y
acordamos que pasaría a buscarla de buena mañana y nos iríamos allí.
Pasé el jueves pasado por su casa a las 7 de la mañana y cargada ella y su/mi
perra nos fuimos a la ermita. Yo no le había dicho nada pero ya desde la noche
anterior me carcomía el gusanillo perverso de que cuando estuviéramos en la
ermita me la chupara. Llegamos al sitio en cuestión y comimos unos pocos
enpanedados que trajo, paseamos un poco y recogimos un poco de leña, que después
usamos en barbacotear churrasco o costillas alguna vez que como en su casa. Y
bueno que con la serenidad del sitio, los pajaritos cantando, los saltamontes
brincando, un ambiente fresco mañanero pero con un sol que empieza a calentarlo
todo.... pues que me la saque.
Me saque la verga y me extrañó que ella no ofreciese reacción correspondiente,
pues y seguía comiendo o arreglando esa cosa u otra. Hasta que se lo dije:
Chúpamela. Bueno más que decírselo me la señalé, porque está un poco sorda y a
veces es más fácil hacerle un gesto que pegarle un berrido.
Ella me decía que no, que ahí mismo no, que estaba el caserío al lado y tal....
pero yo refunfuñé y acabó doblegándose a mis intenciones y doblegándose ante mi
para comerme el rabo.
Me saqué el móvil y le filmé un pequeño clip, para después enseñárselo a una
amiga con que a veces nos reímos sobre estas cosas. Y bueno, después del clip me
"abandoné" a los placeres mamatorios. Pasó un rato conmigo fantaseando con la
contemplación de la ermita ante mi, mientras a la vez me comían la polla.
Estábamos sentados en un banco de piedra que había ante la ermita, en un paraje
tipo prado floreado.
Pero yo me animé más de lo que creía que me animaría y me propuse follármela.
Cuando estás en un momento así no piensas mucho, piensas que nunca más vas a
tener la oportunidad de hacerlo y tanto te da lu otro.
Le dije que se tumbara al suelo (prado floreado) y lo mismo hice yo. Se la
empecé a meter despacito, para que los nervios de la situación no me
traicionaran (como dice el chiste: pasa en las mejores familias) y me fui
animando. El sol empezaba a picar y yo me sentía de maravilla. Estaba
cumpliendo, a la vez, dos pequeños caprichos que arrastraba desde hace muchos
años; hacerlo en una iglesia y hacerlo a pleno sol. El sol me picaba por un
hombro y la tierra, hierba, piedrecitas, hojas secas me picaban por el otro. De
hecho ahora mismo me puedo ver un pequeño rasguño que se me cura en el hombro.
La posición usada fue..... a ver, como lo explico; ella tumbada boca arriba en
el suelo con las piernas abiertas y yo tumbado a su lado derecho, con mi pierna
derecha levantada y mi cintura metida entre sus piernas, con mi miembro faenando
en donde debe hacerlo. Nos pasamos un ratito dándole pero cuando creí que había
suficiente y, a cada momento pensando en la posibilidad de que apareciera una
visita inoportuna a la ermita, aunque las visitas entre las 8 y 9 de la mañana
son más que inoportunas en un alejado monumento como este; pues me vine. Me vine
con jolgorio y alegría y al rato de conseguir recuperarme nos vestimos y pa
casa.
Recuerdo que mientras volvíamos me dijo que le gustó mucho que la hubiera traído
porque no había venido nunca, y además yo había hecho la ocasión especial,
remarcó dándome una fuerte palmada en el muslo.