EL GREENPALACE
Había aceptado aquel trabajo lejos de mi hogar porque buscaba
dar un giro nuevo a mi vida, necesitaba salir de mi ciudad y sobre todo quizá,
necesitaba huir de la tormentosa relación de la que acababa de salir.
Era una gran ciudad de elegantes y majestuosos edificios y
por supuesto de enormes rascacielos que parecían gigantes de cristal.
Mi nueva oficina estaba en el famoso edificio Greenpalace, un
lujoso hotel estilo palacete del siglo XVII que años atrás había sido víctima de
un terrible incendio. Murieron muchas personas y no sin muchos resquemores se
había rehabilitado y en la actualidad albergaba centros de negocios y oficinas.
En mi primer día de trabajo estaba muy nerviosa, tanto que
incluso llegué a pensar que había cometido un gran error al haber aceptado la
oferta de una prestigiosa empresa de publicidad. Encima el día no acompañaba y
una furiosa tromba de agua se había ensañado conmigo, parecía una mendiga con
toda la ropa mojada y mi pelo chafado con chorretones por la cara.
Solamente ya el hall de entrada era imponente, sobrecogía su
sólida estructura sobria, de suelos y paredes de mármol con lámparas de cristal
colgando de techos decorados con refinado gusto, pero a la vez resultaba muy
funcional.
El bullicio era ensordecedor en aquel hall, gente entrando y
saliendo corriendo como si se les llevase el demonio.
- ¿Señorita, puedo ayudarle? –
Junto a mí un señor muy sonriente de edad mediana, vestido de
uniforme gracias al cual supe que era el conserje del edificio, me preguntaba
con exquisita educación.
- OH, bueno… es mi primer día de trabajo y estoy un poco
desbordada… estoy empapada y hay tanta gente… - dije de forma inconexa y la
verdad, un poco aturdida por las circunstancias.
- No se preocupe, me llamo William, yo le indicaré como
llegar a su oficina – me dijo sin perder su sonrisa.
Me acompañó hasta los ascensores y allí me indicó la planta
de mi oficina.
A punto de cerrarse las puertas un hombre joven se coló
conmigo en el ascensor, tenía treinta y pocos años, pelo castaño dorado algo
largo que se descolgaba en mechones sobre sus mejillas y que medio ocultaban su
mirada profunda y serena. Una barba cuidada de pocos días le confería misterio y
morbo a su rostro de mandíbula prominente y su tímida sonrisa te desarmaba por
completo.
Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban un trasero
perfecto, camisa medio desabrochada y una americana.
Diossssssss era terriblemente atractivo!!
Nuestras manos se rozaron al coincidir en el botón del
ascensor. Los dos nos miramos y él me regaló una sonrisa que creí desmayarme,
sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo y quise gritar al notar en mi
estómago un nudo que casi me impedía respirar.
Me resultó incómoda y violenta la situación porque pensé que
él había notado mi excitación por ese encuentro fortuito y porque encima debido
a la lluvia yo estaba hecha un desastre.
Dentro del ascensor apenas nos miramos unos segundos, pero
aquella fue la mirada más penetrante que nunca había sentido antes.
Salí del ascensor a toda prisa intentando encontrar unos
lavabos, necesitaba tranquilizarme tras ese episodio en el ascensor, ¿cómo me
podía haber afectado tanto algo tan estúpido?
No me recocía a mí misma, no era propio de mí un
comportamiento tan infantil.
Cuando por fin pude encontrar mi oficina tuve suerte de que a
pesar de mi lamentable aspecto me recibieron estupendamente.
- Srta. Love, nos alegra muchísimo que finalmente decidiese
incorporarse con nosotros, verá que en todo momento somos una gran familia, buen
ambiente y mejores compañeros! – fueron las palabras de mi jefe directo, un
hombre no muy alto de aspecto bonachón y cabello poco poblado. Se me antojó
gracioso aquel individuo. – Sus compañeros de trabajo serán Rose, una
administrativa excelente que los apoyará en todo momento para cualquier asunto y
George, su partener con el que trabajará codo con codo ¡¡serán como siameses!! –
apuntó entre carcajadas.
- Hola, encantado de volver a verte, Candy!, espero que
formemos un buen equipo - me dijo George mientras nos dábamos un apretón de
manos, con una cálida sonrisa en su bello rostro y una mirada dulce y tranquila.
Mi corazón dio un vuelco al sentir su mano estrechando la
mía. George era el chico del ascensor.
Me sentí mucho más nerviosa que al llegar, ese apretón de
manos me había puesto literalmente cardiaca y para mis adentros me eché la
bronca por comportarme cual colegiala nerviosa, porque estaba claro que George
me había gustado desde el primer segundo que nuestras miradas se cruzaron en el
ascensor.
Los primeros días en mi nuevo trabajo fueron fantásticos.
George y yo pasábamos muchas horas juntos trabajando y lo que al principio de
conocernos fue un flechazo de quinceañera, ahora se había convertido en una
pasión irrefrenable por él, nuestras miradas siempre eran intensas y yo sabía
que entre nosotros dos estaba surgiendo algo más que simple complicidad en el
trabajo, pero nuestra mente adulta y responsable nos impedía dar un paso más.
Pronto comencé a oír todo tipo de rumores acerca de la
leyenda negra y fantasmal que envolvía al Greenpalace, se decía que por los
pasillos del edificio se oían pisadas en medio de la noche, en algunas oficinas
también habían visto cosas "raras" como fenómenos poltergeist y había quien
decía que muchos guardas nocturnos habían visto espectros errantes de los
muertos en aquel incendio, paseando de madrugada por los vacíos y largos
pasillos.
Yo era bastante sugestionable con estos temas, me daban mucho
respeto pero como nunca había presenciado nada extraño durante los dos meses que
ya llevaba allí, di por falsos los rumores y los achaqué a la imaginación de la
plebe y a que todo edificio emblemático que se precie debía tener su leyenda. De
todas formas, lo cierto es que a pesar del gran número de personas que allí
trabajábamos, casi nunca nadie se quedaba más allá de las siete de la tarde.
Ciertos o no los rumores, el edificio Greenpalace imponía sus propios horarios.
Y allí nadie trabajaba de noche.
Cierto día George y yo tuvimos que salir a visitar a un
cliente que nos estaba llevando mucho trabajo su publicidad, era urgente
terminar aquello y esa misma noche teníamos que rematar la presentación para el
día siguiente. Llovía torrencialmente, igual que el día que pisé por primera vez
el Greenpalace, era noche cerrada pero nuestro deber nos llevó a regresar a la
oficina a pesar de saber que estaríamos solos en aquel edificio "embrujado".
- ¿Tienes miedo, verdad? – me dijo George mientras apretaba
el botón de llamada al ascensor, dibujando una leve sonrisa.
Los dos estábamos completamente calados hasta los huesos, era
verano y yo llevaba un vestido de tirantes y él vaqueros con una camisa blanca
medio desabrochada que dejaba entrever su torso perfecto por el que se
deslizaban lentamente gotas de lluvia que me estaban perturbando aún más. Mi
corazón se aceleró por unos segundos al pasar fugazmente por mi cabeza el deseo
de arrancarle esa camisa y perderme en su cuerpo mojado.
Abrazándome a mí misma, tiritaba mitad por el frío y mitad
por el pánico que se estaba apoderando de mí sugestionada al recordar la leyenda
que circulaba sobre el edificio. Apenas una luz cenital alumbraba el hall y un
silencio sepulcral reinaba en todo el complejo.
- Bueno… te mentiría si te dijese que no… tiene todo un
aspecto tan tétrico como de película de terror…. – le repliqué con voz
temblorosa sin dejar de mirar de un lado a otro.
- No te preocupes, estoy contigo, no dejaré que te pase nada
malo –
Y mientras pronunciaba esas palabras su dedo índice apartaba
suavemente un mechón de pelo que me tapaba la cara.
Sus ojos verdes clavados en los míos, mientras sentía como su
dedo recorría mi cara, me hacían sentir fuego en el cuerpo.
Al entrar al ascensor la luz parpadeó, la tormenta se hacía
más intensa y yo cada vez tenía más miedo.
Nuestro piso era el 14 y sin saber por qué se me hacía eterno
cada piso que avanzaba, creía que nunca íbamos a llegar a nuestra oficina.
Solo quería estar a salvo.
De repente el ascensor se paró en seco en el piso 8.
Las luces se apagaron quedando solo las de emergencia.
Fuera, la tormenta azotaba con fuerza acompañada de
estruendosos truenos.
- Tranquila, con la tormenta se habrá ido la luz, seguro que
vuelve enseguida, no es nada – me dijo George mientras me cogía de los hombros y
dulcemente acariciaba mi barbilla.
Muy despacio sus manos rodearon mi cuello y con sus pulgares
acariciaba mis mejillas. Mi corazón latía con tanta fuerza que creía iba a
saltar de mi pecho.
La tenue luz del ascensor hacía mágico aquel momento, sus
cabellos mojados cayendo delante de sus ojos me estaban enloqueciendo, mi
respiración se fue haciendo más entrecortada y rápida. Sin apartar sus ojos de
los míos lentamente acercó sus labios a los míos, notaba su aliento en mi boca y
después su lengua entrelazándose con la mía con auténtico frenesí.
Yo, apoyada de espaldas contra una de las paredes del
ascensor, sentía su cuerpo sobre el mío con fuerza, mi mano palpó su sexo
excitado dentro de sus vaqueros notando como poco a poco crecía y pedía a gritos
que le liberasen de esa prisión de botones.
Mordiendo mi labio inferior su lengua siguió recorriendo mi
cuello.
Con furia retiró los tirantes de mi vestido dando paso a
descubrir mis senos turgentes y erectos por la pasión llenándose la boca de
ellos y mis pezones experimentaban auténtica lujuria con cada pequeño
mordisquito que me daba.
Me quitó el vestido con un delicado gesto haciendo que éste
cayera deslizándose por mis piernas hasta el suelo.
Se puso de rodillas delante de mí y con sus dientes fue
lentamente quitándome el tanga… yo creía morir de placer, mis tímidos gemidos
eran prueba de ello. Lo deseaba tanto que no veía el momento de sentirlo dentro
de mí.
Con la punta de su lengua estimuló mi clítoris mientras sus
manos asían con fuerza mis nalgas y mi pierna derecha se apoyaba en su hombro.
Excitada y loca de ganas de desnudarlo, desabroché lentamente
su camisa mojada descubriendo un torso perfecto, musculoso y fibroso. De
rodillas le desabroché el cinturón y poco a poco, los botones del pantalón. Su
pene estaba tan erecto que casi le sobresalían de los calzoncillos.
Mi boca saboreó cada milímetro de su sexo duro y erguido
mientras sus manos acariciaban dulcemente mis cabellos aún húmedos por la
lluvia. Le oí gemir en medio de su fuerte respiración y eso aún me provocaba más
placer y excitación.
Tras los preliminares, me cogió con fuerza contra una de las
paredes del ascensor y con total decisión su sexo entró en mí sintiendo el mayor
de los placeres, sus besos salvajes y apasionados me llenaban de felicidad, sus
manos sujetaban con ardiente pasión mis nalgas acompañando cada movimiento de
nuestras caderas, cada vez más rápidos y frenéticos.
Nuestros jadeos y gemidos se adueñaron del ruido de la
tormenta.
- Oooh ,sii siiiii –
Nunca olvidaré su cara de placer extremo al llegar al
orgasmo.
Y experimentando el clímax los dos a la vez dejamos que
nuestros cuerpos desnudos se relajasen y acomodasen abrazados en ese pequeño
ascensor.
- Ha sido una buena manera de entrar en calor – comenté en
tono jocoso.
- La mejor manera del mundo… y ha sido contigo - mientras me
besaba.
De repente una inmensa luz apareció entre las rendijas de las
puertas del ascensor. Era una luz intensa y muy brillante.
Las puertas empezaron a sufrir temblores casi convulsivos,
tanto que llegué a pensar que iban a reventar de sus bisagras y a salir volando.
El pánico volvió a apoderarse de mí, el mismo que había
sentido al entrar en el edificio.
Los dos nos abrazamos aún con más fuerza deseando que todo
eso acabase de una vez. No sabíamos qué era aquello ni qué hacer para detenerlo.
El ascensor seguía parado y sin luz.
Tal cual apareció aquel fenómeno desapareció a los pocos
minutos.
La luz volvió al ascensor y siguió funcionando.
Ya con pocas ganas de continuar nuestro trabajo pendiente por
el cual habíamos ido a la oficina, decidimos abandonar el edificio y pasar el
resto de la noche haciendo el amor bajo sábanas secas en el piso de George.
Aquella fue una noche épica.
Al día siguiente, de regreso al trabajo, comentamos nuestro
incidente paranormal en el ascensor con el conserje del inmueble y para nuestra
sorpresa esto fue lo que nos contó:
- En el piso 8, eh? Cuentan que en ese piso fue donde más
personas murieron, sobre todo cuentan la historia de una joven que estaba
esperando a su amante y con el que nunca llegó a verse. Muchas veces el ascensor
se para en esa planta sin que nadie lo haya llamado y se abren las puertas.
Dicen que es el amado de la chica que por fin va a verla, pero yo a parte de
habladurías nunca he visto nada jajaja.
La historia del conserje nos dejó consternados.
¿Aquella luz brillante sería esa chica llamando a su amado?.
Nunca volvimos a experimentar nada parecido en el
Greenpalace, claro que tampoco volvimos a quedarnos atrapados en el ascensor y
seguimos prefiriendo nuestras suaves sábanas de seda frente al calor de la
chimenea.