AMOR FURTIVO EN LA PLAYA
Elena
Miraba la foto aquella, hecha ya hace tantos años y
el recuerdo de aquella noche me emocionó, llenando mi mente de recuerdos
turbadores, agradables, nostálgicos.
La tomó mi marido hace ya unos años, durante un mes
de Julio, en una playa muy especial, nudista. Una playa bastante tranquila y
discreta, con unas dunas que forman como una especie de nichos en la que casi
nunca se ve gente, porque se encuentra en un rincón de costa apartado y para
llegar a ella hay que aparcar el coche al final de una carretera donde hay un
camping y continuar andando durante 20 minutos.
Está cerca de donde mis padres tienen una casa de
veraneo, en un pueblo de mar y en el que pasé casi todas mis vacaciones desde
que era muy niña.
Aquel verano fuimos mi marido y yo a disfrutar el
último fin de semana de julio a casa de mis padres, que estaría vacía y yo luego
me quedaría sola entre semana, porque a él le quedaba una semana hasta estar
oficialmente de vacaciones. El hace nudismo frecuentemente. A mi, la verdad,
incluso hoy todavía me da reparo y solo me atrevo a despojarme de la parte de
arriba del bikini.
Recuerdo como si fuera ayer que mi marido me sacó
una foto en la playa precisamente el domingo antes de marchar. Esta foto que
ahora estoy mirando y en la que no aparezco yo sola. También esta él, un poco
alejado. El era ese chico, del que nos separaban solo unos metros.
Y llegó el lunes y mi marido se fue y yo me
encontré sola. Y como animales de costumbre que somos, no encontré mejor forma
de pasar el rato que en la playa. Y asimismo ocupé el mismo hueco en la duna del
día anterior. Y vi que el chico del domingo también ocupaba el mismo sitio.
El hacía nudismo, pero no me encontraba violenta.
Se le notaba discreto y tranquilo, siempre leyendo y escuchando música.
Solamente cuando iba a refrescarse al agua se rompía aquella paz, pues pasaba
por mi lado y yo me obligaba a mi misma de manera pueril a mirar para otro lado,
más lógicamente por mi pudor que por el suyo.
Fue en una de estas cuando me di cuenta que me
había olvidado el encendedor en casa, justo cuando me entraron ganas de fumar.
Era una faena absoluta. Me percaté de que el chico fumaba, pero no me atreví a
acercarme, viéndole allí desnudo, y los dos solos
Al final me venció el vicio y a pesar de la
terrible vergüenza que me daba, me armé de valor y poniéndome la parte de arriba
del bikini me decidí a pedirle fuego. Estaba muy nerviosa, a pesar de la manera
natural y espontánea con que sin embargo el se comportó. Tanto que me ofreció
que me llevase el mechero, porque él fumaba muy poco y que mas adelante se lo
devolvería.
Le devolví el mechero cuando regresaba al
aparcamiento y él al camping. Me contó que se llamaba Mario, que acababa de
terminar la carrera y que estaba solo, de viaje por la costa, acampado hasta el
jueves, después del cual se marchaba.
Era del sur de España y hablaba con un encanto
especial. No pude evitar fijarme en él, de hecho podía decir, por razones
obvias, que tenía poco secretos para mí. Era tres o cuatro años más joven que yo
y no era un adonis, pero estaba bien. No mucho mas alto que yo, pero bien
proporcionado y guapo de cara. Cuando llegamos al final del paseo, me acompañó
al aparcamiento, nos despedimos y yo marché a casa.
Al día siguiente volví a la playa y de nuevo me
tumbé, también en topless. Estaba medio dormida cuando me despertó una voz
dándome los buenos días. Era él. Me ruboricé por tenerlo tan cerca de mí, con mi
pequeña braguita y los pechos desnudo y casi hice un ademán instintivo para
taparme.
Me contuve para no ser ridícula y solo me senté un
poco para encogerme algo a su vista. El se sentó a mi lado y me preguntó si me
importaba que me hiciera compañía.
Le dije, más por educación que por otra cosa, que
no, porque estaba segura que se desnudaría a mi lado y estaba segura que me
pondría nerviosa y haría o diría mil tonterías. Yo miraba para otro lado; para
el cielo, el agua, la arena.... para cualquier sitio menos para él cuando se
quito la ropa.
Sus ademanes denotaban tranquilidad. Se le notaba a
gusto y natural y creo que intentaba no dejar traslucir que me veía tensa y
rígida. Nos lo pasamos muy bien charlando juntos y aquella tontería inicial se
me fue disipando y al final no le di más importancia. De hecho era una relación
inocente. Yo le hablaba de mi marido con frecuencia y él no hacía ningún ademán
extraño, que pudiera denotar interés hacía mi, más allá de la compañía playera.
Ya en casa se me ocurrió pensar que opinaría mi
marido si viese a su mujer en topless, sola en la playa, tendida junto a un
chico desnudo y departiendo con él como dos amigos de toda la vida. Me resultaba
extraño. No excitante ni morboso, solo poco habitual para mí, impensable hace
dos días. Al final decidí no ser retrógrada y verlo como él: aquello era
absolutamente natural.
De esa forma, gané un compañero de playa para todos
esos días. Lógicamente hubo algún momento incómodo. A mi marido también le
ocurre cuando hace nudismo, que se le escapa alguna erección "fuera de lugar".
Mario lo solventaba muy bien, ya fuese tumbándose boca abajo o escapando
furtivamente al agua. El problema es que en este caso, al estar solos, planeaba
la duda de que yo fuera la causa de esa reacción y no sabia si estar avergonzada
por eso o halagada mas bien.
Me fui rápidamente acostumbrando a su compañía,
pero también a contemplar su cuerpo de manera natural, incluso en esos momentos
tensos, aunque no podía menos de sonreír cuando le veía en tal estado. Al
principio eran miradas furtivas, pero luego ganaba confianza y aprovechaba
cuando el estaba adormecido o leyendo para explorar su cuerpo y la verdad me
turbaba mucho, no se si era por que me gustaba lo que veía o por el hecho de que
era algo inadecuado. Lo cierto es que estaba muy bien, recuerdo que pensé que en
comparación, mi novio perdía por un buen trecho.
En resumen, reconozco que me lo pasé muy bien con
él esos días, fue una compañía sumamente educada y agradable y pese a todo lo
anterior muy sana e inocente. Hasta que llegó el jueves, su ultimo día de
estancia, porque se marchaba de madrugada como tenia planeado.
El día transcurrió como los otros y como siempre
también, al cabo de la jornada en la playa volvimos dando el paseo por el
camino. En el aire se olía la sensación de despedida. Llegamos al camping y nos
dimos dos besos, pero antes de que yo me alejara dos pasos, me acuerdo como si
fuera hoy, Mario me dijo:
- Si quieres te invito a mi tienda - yo en un
principio, inexplicablemente, no caí en lo que me proponía.
- ¿a tu tienda? ¿ para qué? - todavía me sorprendo
de mi ingenuidad y de como me dejó su respuesta.
- Mujer, es una tienda, no un palacio... solo tengo
un colchón... me refería a… si te apetecía despedirte de una manera más íntima.
- como debía seguir mirando con cara de tonta, sentenció:
- vamos… que si te apetece que nos acostemos.
Me quedé de piedra. Nos miramos a los ojos durante
segundos, aunque parecieron horas y decidí escapar, casi de manera automática,
instintiva, antes de quemarme en ese fuego. Le puse una excusa tonta, casi
balbuceada... lo típico de: mi marido, etc.... y él me dijo que tranquila, que
esperaba que no me enfadara por habérmelo propuesto y que por lo menos le
permitiera darme un beso para llevarse de recuerdo de mi y de aquellos días.
No tuve tiempo de pensármelo. Me vi de pronto
fundida en un abrazo con Mario. Fue un beso salvaje pero tierno. Nuestras
lenguas no luchaban, se acariciaban y a través de mi fino vestido de playa
notaba el cuerpo terso y duro de Mario que aplastaba dulcemente mis pechos, y
especialmente la entrepierna. El pene que podía dibujar con mi memoria, en
franco crecimiento y en esta ocasión dedicado a mi cuerpo de manera cierta,
rozándome en lugares que ponían a prueba mi entereza.
Noté como un escalofrío eléctrico cuando Mario
descendió las manos por mi espalda y apoyándolas sobre mis glúteos, presionó
nuestras caderas, aprisionando uno contra el otro nuestros sexos palpitantes, en
un baile hermoso y húmedo del que desperté al instante, sobresaltada,
jadeante..... Justo un segundo antes de no ser capaz de echar vuelta atrás...
Mario me pidió disculpas por el beso robado (no
había sido robado ni mucho menos). Pero añadió que si cambiaba de idea, que
pasara en cualquier momento, que sería bienvenida y que él no se iría hasta la
madrugada. No supe responder nada... sin más, me di la vuelta y me dirigí al
coche.
En el corto trayecto en coche a casa de mis padres
no me quitaba la turbación de encima.... Estaba histérica... contrariada por un
lado, por otro reconocía que excitada. Pero sobre todo desconcertada e indecisa.
No me explicaba esta indecisión. Estaba claro que no podía, que no debía ir allí
esa noche.
Llegué a casa y me metí en la ducha como todos los
días. Pero estuve más tiempo que ningún otro día. El agua me relajaba y me
permitía pensar. Lo malo es que todo lo que se me ocurría no era bueno
precisamente. O sí era bueno, dependía del punto de vista. ¿Debía ir a verle?
¿Y por que no? No iba a volver a verle jamás. No se
enteraría nadie. ¿Qué había de malo?
Sería sexo y punto. Y seguramente del bueno, por lo
que me decía mi intuición, no en vano solo con ese beso habría podido quemar
todo mi cuerpo. Y allí, desnuda debajo del agua me decidí...
Me acicalé a conciencia. Me perfumé, me di aceite
por el cuerpo, elegí un precioso y caro vestido que me encantaba, muy escotado,
y un conjunto de bragas y sujetador de sugerente transparencia y finísimo, que
tenía reservado solo para las ocasiones especiales. un collar, sandalia de medio
tacón.... Incluso tuve el detalle de coger una caja de condones de la mesita de
noche y guardarlos en el bolso, por si Mario no tuviera.
Recuerdo que respiraba entrecortada mientras me
preparaba. Creo que incluso mis bragas, recién puestas, estaban ya húmedas.
Probablemente nunca había estado tan excitada como durante esa hora de mi vida.
Y así, como preparada para asistir a una fiesta,
bajé al coche y me dirigí a su encuentro, excitada, nerviosa, la aventura en mi
mente y el deseo en mi corazón. Conducía despacio. Mi excitación era demasiada
para atender debidamente el camino. Y mi cabeza era un torbellino. De repente, a
punto de concluir el trayecto, de la misma manera repentina que en la ducha se
había hecho la luz, vino la sombra.
Detuve el coche y pensé qué estaba haciendo. Me
sentí antinatural y encima cayó sobre mí la losa de la culpabilidad acerca de mi
novio.
Me miré extrañada por mi comportamiento y mi
atuendo. Estaba preparada como para cenar en un casino y Mario me había invitado
a una tienda de campaña... Me encontraba mal conmigo misma. Había rechazado en
su momento una proposición natural, de un chico agradable y la había convertido
en algo turbio ¿y qué pintaba mi precioso y carísimo vestido en un camping? ¿Qué
pintaban mis bragas de raso en una colchoneta de una tienda de lona?
Estuve mucho tiempo allí, apartada a un lado de la
carretera, con las manos en el volante y mi cara escondida entre ellas. Mi
cabeza no podía, pero mi cuerpo se moría por ir.
No. debería dar la vuelta y volver a casa y olvidar
la estupidez que había estado a punto de cometer. Pero él me estaría esperando.
Debería por lo menos darle una disculpa. No, ya era muy tarde, se habría
acostado hace un buen rato. ¿Y si iba y le explicaba que no podía estar con él y
me había vestido así para ir a una fiesta a la que me habían invitado?
Si, ¡qué buena idea! Le vería, me explicaría y
volvería a casa con la conciencia tranquila. ¡Claro! Era lo más razonable. Ya
esta. Así lo haría. Decidido.
Aparqué finalmente frente al camping y entré
decidida. Había poca gente, probablemente por la hora. Me dirigí hacía donde
sabía que Mario estaba acampado, un lateral apartado del campamento. Allí estaba
su tienda, me acerqué con el corazón retumbando en mis oídos y le llamé bajito,
con la esperanza de que estuviera dormido y no me oyera, pero al mismo tiempo
con el deseo de que no ocurriera así.
Tenía una linterna encendida que dirigió hacia mí
cuando descorrió la puerta. Su mirada pasó de la sorpresa a la admiración y
allí, de rodillas en la entrada, parecía como si me estuviera adorando.
- ¡dios mío, qué bella eres! Acabas de convertir mi
chabola en un palacio.
No le puse ninguna excusa, ni le dije que me tenía
que ir, era inútil volver a engañarme a mi misma. Quería estar allí y quería
sentir esa devoción y su amor, su cuerpo en el mío. Quería pasar esa noche con
él y por eso me puse bella para él, y me acicalé y perfumé. Para sentirme
deseada y amada.
Cogió mi mano con dulzura y me invitó a entrar.
Agachada y de rodillas en el suelo de lona, sentí el frío en mis piernas y
muslos cuando la falda se extendió para evitar que se arrugara. Y sin embargo no
hacia apenas frío, era una noche calurosa. El calor de mi cuerpo era el que
acentuaba el contraste.
No había soltado mi mano y la acariciaba contra su
cara mientras me miraba y me admiraba con ojos rendidos. Y yo me sentía querida
y pensé que el haberme puesto ese vestido y esa ropa elegante hacían de este
encuentro una cosa bella, delicada, carente de la suciedad que podía haber
supuesto una entrega por sexo exclusivamente.
Y sin embargo yo había ido allí principalmente por
ese motivo: una noche de pasión y de sexo con aquel chico, cuyo cuerpo me
atraía. Ahora también me cautivaba su forma de ser, de comportarse en estos
momentos tan difíciles para una mujer que sabe que se va a entregar a otra
persona.
Y Mario me cautivó y me conquistó aquella noche. Su
mano pasó a mi cara, a mi cuello, a mi pelo. No hacia presión, pero yo me iba
acercando a él y cuando nuestras caras se difuminaron por la cercanía nos
fundimos en un beso apasionado, fruto del deseo y de la pasión, réplica del
recibido y entregado unas horas antes, al despedirnos por la tarde y cuyo calor
todavía sentía.
Metió su mano por debajo de mi vestido mientras nos
besábamos. Mis muslos sentían su calor y su delicadeza. Fui yo la que se recogió
el vestido y descubrí mis piernas y después él me desabrocho los botones del
pecho. Subí la falda por mi cabeza y entre los dos lo sacamos, quedando ante él
en ropa interior.
Su boca buscó mis pechos, besándolos entre el fino
y delicado encaje, sus labios aprisionaron los pezones, tremendamente marcados
en la suave tela del sujetador, y sus manos se dirigieron a mi espalda,
intentando encontrar el broche para soltarlo.
Yo estaba enfebrecida por estas caricias y por su
boca en la mía, pero me daba vergüenza hacer nada que pudiera parecer sucio y
romper el encanto de aquel momento y le dejé la iniciativa mansamente. Mi
sujetador cayó y yo me fui reclinado en la colchoneta, encima de su saco de
dormir.
Tumbada boca arriba, veía brillar mis bragas de
raso con los reflejos de la luz de la linterna y su mirada. Acarició mi cuerpo
con sus manos y yo temblaba de emoción y de deseo. Su boca recorría mi cara, mi
pecho, pasaba por encima de la tela a través de mi vientre hasta mis muslos
cerrados y cuando llegaba a los pies volvía a subir.
Le abracé cuando llego arriba de nuevo. Necesitaba
sentir su boca, sus besos que me derretían y el contacto con sus labios me sacó
de este mundo para sumergirme en un paraíso de los sentidos que me volvía loca y
deseando un contacto mas intenso por todo mi cuerpo.
Sentí la presión de sus dedos en mi rajita y la
fina y suave tela de la braga introducirse entre mis labios y cuando los sacó,
el frío producido por la humedad y la presión de su pene en mi muslo al
acercarse. Levanté un poco el culo y mis bragas fueron resbalando por mis
piernas hasta que las sacó del todo.
En la operación vi su miembro rígido y desafiante,
oscilando entre sus piernas y con una gotita en la punta, producida por el
deseo, y yo me desesperaba por la prisa de sentirlo ya y al mismo tiempo me
sentía temerosa por el paso que había dado. Le rogué que esperara un minuto y
saqué uno de los condones que había traído y yo misma se lo coloqué con
habilidad. El tacto de su pene me volvió loca.
Cuando la introdujo por fin, yo estaba chorreando y
mi necesidad era ya inaguantable. Lo recibí con alivio y con una satisfacción
inmensa por haberme decidido a querer esa noche a Mario, por sentirle dentro y
por que me hiciera suya. Estaba entregada a él, en cuerpo y alma. No pensaba en
mi novio ni en mi hogar, solo en el hombre, en su cuerpo, en sus besos, en ese
miembro que me golpeaba y agitaba y que me deshacía y me hacia gemir y
retorcerme de placer.
Acabamos rápido. El tenia tanta urgencia de mi
cuerpo como yo del suyo, y apenas pudimos aguantar cuando el placer empezó a
llegar para abandonarnos a él.
Nos besamos y él acariciaba mis labios con sus
dedos, mis mejillas, mi rostro tranquilo y relajado. Y yo me sentía en la gloria
y feliz de haber aceptado y de haber cambiado de idea y de estar allí. Lastima
que todo hubiera acabado ya.
- ven, hace un calor terrible, vamos a dormir a la
playa
- ¿en serio?
- si, ¿Por qué no?
Nos vestimos y volvimos a hacer aquel camino que ya
habíamos recorrido tantas veces esa semana, pero ahora de la mano, casi como dos
enamorados. Al llegar a nuestro rincón extendió unas toallas y colocó el saco de
dormir encima. Enseguida se desnudo, tal y como lo había visto hacer esos días y
en este caso yo hice lo mismo y ambos nos tumbamos boca arriba, sobre el saco.
Hacía una noche fantástica, cálida, clara, miles de estrellas sobre nuestras
cabezas y el rumor del mar más audible que nunca.
Nos abrazamos dulcemente, repitiendo allí tumbados
aquel beso de la tarde que incendió mi resistencia, pero esta vez sin ropa. Su
polla entre mis piernas crecía y se intentaba introducir entre mis muslos, y yo
esta vez no albergaba duda alguna: la quería dentro, otra vez. El beso no
acababa, seguía con pasión y su lengua me quitaba el sentido al jugar en mi
boca. Me di la vuelta sobre el costado. Necesitaba respirar y sentir que no
estaba desmayada o soñando.
Desde atrás pasó sus brazos cruzados hasta abarcar
todo mi cuerpo y sus manos se posaron en mis pechos. Mis pezones de punta se
endurecieron, mi vello se erizó y toda mi piel sintió ese estremecimiento a su
contacto. Su miembro iba empujando desde atrás, cerca del agujerito del culo, y
no supe si lo pretendía, pero yo decidí dárselo. Con mi mano derecha agarré su
pene y lo dirigí hacía mi ano. El se quedó petrificado, estoy segura de que le
pilló de sorpresa y desde luego una bien grata. Me apoyé sobre su glande y fui
haciendo fuerza poco a poco. Parecía imposible. Tenía cierta experiencia pero su
tamaño no ayudaba. Escupí sobre mi mano y lubriqué su pene, volviendo a la
carga. Mejor, pero seguía sin poder y me hacía daño. Entonces se me ocurrió una
idea. Le pedí que esperara. Su cara era un poema, estaba desencajado por el
deseo. abrí un preservativo y aproveché su lubricante para colocarlo con un dedo
en mi ano, haciendo movimientos circulares y profundos.. el no dejaba de mirar
con cara descompuesta.
- ¿te apetece lo que ves Mario? - le pregunté
lasciva
- me muero por ello - contestó con la voz
temblorosa y tartamuda.
Me puse de rodillas y le ofrecí mi grupa. El se
acercó y enfiló su aparato. Yo de nuevo lo agarré para guiar la maniobra. Ahora
era él el que hacía presión y esta vez tenía buen pronóstico. Durante segundos
largos y dolorosos me fue penetrando, hasta que por fin llegó. Le pedí que
parara, necesitaba acostumbrarme para poder seguir.
Por fin empezamos, esta vez fue todo mas lento que
en la tienda de campaña, mas tranquilo. Me acariciaba, besaba la nuca y la oreja
y su miembro entraba y salía despacio, sin prisas, haciendo que sintiera cada
movimiento, cada empujón. Yo sacaba mi culo y lo apretaba contra el, notaba sus
muslos contra mi trasero, golpeando suave y separándose.
Con mi mano acariciaba mi clítoris, aunque estaba
tan desbocada que no aguantaría mucho de cualquier manera.
Estaba frenética cuando el aceleró y me apretó
contra su pecho desesperadamente, parecía evidente que iba a correrse. Yo
también estaba cercana y quería coincidir con él, de modo que mi mano volaba y
mi vagina salpicaba y por fin ambos sentíamos el orgasmo liberador , el suyo
como un animal, aullando a la luna de esa playa desierta, llenándome por dentro,
como una cálida explosión que rebosaba a lo largo del interior de mis muslos ,
el mío un grito agudo, mordiendo bocanadas de aire para no ahogarme en el placer
y luego su respiración en mi pelo, su olor en mi cara me llenaban de él, de su
aroma, de todo su ser.
Y el sol dio en mi cuerpo desnudo y me calentó por
la mañana. Habíamos pasado toda la noche juntos, tumbados en la arena, sobre la
toalla y el saco y con su cuerpo sobre el mío, dándome calor. Debía haberse
retirado hacia muy poco, porque fue el fresco del aire el que me resucito y me
hizo ver donde estaba.
Abrí los ojos y vi a Mario en la orilla del mar,
lavándose. Vi también mi cuerpo desnudo, tumbado y erizado por la brisa suave
que llegaba del mar y le vi acercarse con un cubo de agua que deposito junto a
mí.
Me lavó con mimo, con una esponja que humedecía en
el cubo y me secaba con su rostro recién afeitado y me daba calor con sus manos.
Brinqué cuando introdujo la esponja mojada en mi interior para limpiar los
restos de la noche de placer y luego sus dedos, para recorrer mi vagina y mi ano
y comprobar que estaba ya limpia y a su gusto.
Me olió y soplo para calentarme. Su aliento era
como el del mono gigante. Me enervaba como si fuera sólido. Luego sentí su
lengua, entrar y jugar, desplazarse por todo mi conducto recién lavado. Un
golpecito en mi clítoris, un suspiro; una caricia alrededor, un estremecimiento;
una presión, un escalofrío imparable.
Y me llevó de nuevo al paroxismo, y me entregué de
nuevo a él, allí, al aire libre, a la vista de cualquiera que pasase a esa hora
tan temprana del amanecer y cuando acabé exhausta y feliz, me tapó con su saco
de dormir y se dispuso a recoger sus pertenencias.
- visteté para mi. Quiero verte de nuevo con esa
ropa tan preciosa que te pusiste para venir a mi encuentro. Quiero recordarte
como a la reina que se dignó venir anoche a mi pobre palacio.
Y me puse despacio mis braguitas de raso, y mi
sujetador suave y transparente mientras él me observaba. Y después me peine y me
arreglé un poco y me coloqué mi caro y arrugado vestido y dejé que me volviera a
observar.
Y ahora, después de tantos años, tenía ante mí
aquella foto, que no quise apenas ver unos días después, cuando mi marido me
enseñó las que hicimos aquel verano. Y no la quise ver por vergüenza de lo que
hice, por remordimientos.
Y sin embargo ahora la veía con nostalgia, con
cariño, con una morriña tremenda y el hermoso recuerdo de aquella noche junto al
mar. Y me gustaría volver a repetirla otra vez, ahora, aquí mismo o en cualquier
sitio, en el estrecho espacio de su tienda o en el amplio arenal de aquella
playa.
Y mientras me volvía a poner aquella ropa interior
de raso y encaje, veía mi cuerpo casi igual de bello que lo viera él aquel día,
tal vez mas redondo, mas rotundo. Y me sentí observada por sus ojos profundos y
admirativos. Y me coloqué aquel vestido carísimo de nuevo, que nunca mas me
había atrevido a vestir.
Y dando el brazo a mi marido, nos dirigimos a la
fiesta del hotel en la playa, esperando que Mario volviera de pronto, o que
estuviera allí tumbado, desnudo como en la foto y sus ojos se cruzaran con los
míos.
Y agradecí aquel impulso que hizo que me decidiera
a ir a su encuentro, y el valor que saqué de no se donde para entregarme a él, a
sus besos, sus caricias, su amor y su pasión por mi cuerpo. Y me sentí feliz por
ese recuerdo mientras caminaba hacia el mar…
DEDICADO A MI AMIGA PEPI