La fría lluvia no consiguió despejarme y tan solo
reavivó un intenso dolor de cabeza que me había acompañado desde la segunda
copa. Cuando entré en la habitación del hotel eran ya las once de la noche
¿Cuánto tiempo había durado la paliza a la que me había sometido Roberto?
Dejé el abrigo sobre la cama y me vi reflejado en el
espejo del armario, una enorme mancha oscura se extendía hacia abajo abarcando
medio muslo, sentí la pegajosa humedad que adhería la tela a mi piel y me
despojé de toda la ropa dejándola esparcida por la habitación. Entré en la ducha
y dejé que el chorro cayera sobre mi cabeza durante mucho tiempo, el agua
templada me relajaba y parecía calmar el desprecio que sentía por mí mismo,
luego me froté el muslo con la esponja compulsivamente, como si quisiese borrar
hasta el último rastro de aquella indigna polución.
"Tu mujer es una puta… se comportó como una golfa… no
esperaba nada decente de ella…" las palabras de Roberto se repetían
machaconamente en mi cabeza, "…gana mucho en pelotas… vaya tetas que tiene…"
No lograba arrojar de mi cabeza la voz de Roberto que
se repetía machaconamente y sentí asco de mí cuando noté como mi polla comenzaba
a crecer. A medida que el agua me rescataba de la ebriedad la vergüenza se fue
apoderando de mi mente. Ya tenía lo que deseaba ¿no quería ser reconocido como
cornudo? pues ahí estaba, Roberto lo había dicho muy claro "No, si al final me
vas a dar las gracias por atender a tu mujer".
Salí de la ducha, una violenta nausea me hizo correr
hasta la taza y eché todo el alcohol que había consumido.
Tumbado en la cama intenté abortar la incipiente
erección que, a pesar de la resaca, crecía cada vez que recordaba lo sucedido.
No podía permitirme esa excitación, Roberto había insultado a Carmen y a mí me
había humillado, no podía dejar que mi cuerpo actuase al margen de mi vergüenza;
era indecente, era patético.
Me hundí. En un instante de lucidez fui consciente de
la degradante escena que había protagonizado y fue como si toda mi vida se
derrumbase. La nausea que aún me mantenía al borde del vómito se fundió con el
profundo asco que sentía por mí mismo. Nada tenía sentido, estaba pudriendo una
preciosa relación, la mejor de mi vida, recordé los amargos años de soledad tras
mi divorcio y una sensación de pánico se apoderó de mi al comprender que quizás
estaba cavando la fosa donde enterraría mi matrimonio.
Pero el dolor duele y cuanto más fuerte es el dolor la
necesidad de huir de él, apagarlo y dejar de sentirlo se hace mayor y cualquier
medio es bueno cuando intentas escapar del mayor sufrimiento que has soportado
jamás.
Mi mano descendió buscando mi polla que terminó de
crecer al contacto con mis dedos, ya todo me daba igual, no tenía dignidad ni me
importaba, solo quería dejar de sentir dolor, anestesiarme dejándome llevar del
morboso placer que me causaba recordar las palabras de Roberto, "tu mujer es una
puta… gana mucho en pelotas… ahí estaba yo, con los dedos metidos en el coño de
tu mujercita"
Me masturbé frenéticamente, una parte de mi se sentía
asqueado por mi comportamiento pero me veía incapaz de controlar a ese otro yo
que se acariciaba recordando la humillación sufrida ante Roberto. La excitación
se fusionó con la jaqueca, las sienes palpitaban al ritmo del corazón y me
traspasaban la cabeza con cada latido pero no podía dejar de masturbarme. Dolor
y placer físico que, al igual que el mental, se combinaban formando un terrible
tormento, un delicioso suplicio.
Tras el orgasmo, la vergüenza se hizo dueña otra vez
de la situación; pensé en Carmen, mi dulce niña arrastrada a soportar el asedio
de Roberto por mi culpa. ¿En qué clase de persona me había convertido que era
capaz de poner a mi mujer en brazos de otros hombres?
Busqué el móvil extrañado de no tener ninguna llamada
suya y comprobé que había dos llamadas perdidas, una mientras estaba en el bar y
otra más reciente, probablemente mientras estaba en la ducha. Me quedé
paralizado con el teléfono en la mano ¿Qué iba a decirle? ¿le convenía saber que
Roberto estaba allí? ¿le debía revelar que me había contado todo?
-
"¡Hola! ¿Dónde te metes?" – dijo alegre al escucharme.
-
"Hola cielo, ¿cómo estás?" – intenté que mi voz no reflejase la
depresión en la que estaba sumido.
-
"Bien, preocupada por ti, no me has llamado en todo el día"
Era cierto, la mañana había sido muy densa, los
descansos sirvieron para encuentros con colegas, además la presencia de Roberto
añadió un punto más de tensión que me hizo olvidarme de llamarla y luego, por la
tarde, el alcohol y la humillación me mantuvieron ajeno a todo.
-
"Lo siento, ha sido un día muy complicado"
-
"Mucho ha debido ser para que te hayas olvidado de mi, malo" – su voz
mimosa me hizo sonreír, una amarga sonrisa que añoraba tiempos felices en
los que ella era solo mía.
-
"No me he olvidado de ti, ni un solo instante" – le dije cargado de
emoción.
-
"¿Te pasa algo?"
-
"No cosita, no me pasa nada, te echo de menos"
-
"Ay, mi niño grande, que se siente solito si mi"
A medida que hablaba con ella, el recuerdo de Carlos
comenzó a cobrar vida; tras Roberto era la segunda persona que había obtenido de
Carmen los placeres que hasta entonces fueron solo míos. Me sentía arrullado por
ella y eso contribuyó a que la excitación que minutos antes había rechazado
reapareciese dirigida esta vez hacia la relación con Carlos, poco esperé para
entrar en el tema.
-
"¿Y Carlos, te sigue dando la lata con lo de ir a verte?"
-
"¿Carlos? Bueno, sí, me llamó esta mañana… y hace un rato también, ha
vuelto a decirme que puede coger la moto y plantarse en Madrid en cinco
horas" – empleaba un tono de deliberado rechazo.
-
"¿Y tú qué le has dicho?"
-
"¿Qué crees que le voy a decir? Que no, naturalmente"
No respondí, mi boca estaba a punto de preguntarle por
qué le rechazaba si en realidad estaba deseando follar con él. Me contuve pero
aquel silencio fue interpretado por Carmen.
-
"¿Qué pasa, te he defraudado?" – dijo algo seria.
-
"¿Qué? ¡no!, en absoluto, estaba pensando"
-
"¡Vaya! ¿te aburres hablando conmigo?" – era una broma, pero seguí
excusándome sin saber bien por qué
-
"No, no es eso, estoy un poco raro, he bebido alguna copa de mas y no me
ha sentado muy bien"
-
"Te has ido de juerga con tus amigotes, ¿eh?"
Me sentía incapaz de seguir sus bromas, Carmen me
conoce bien y se dio cuenta enseguida.
La conversación languidecía, no encontraba palabras
para expresarle lo que sentía sin preocuparla y poco después nos despedimos.
-
"Bueno, descansa, a ver si mañana estás mas hablador; un besito,
corazón"
-
"Lo siento cariño, hoy no es mi mejor día" - confesé.
-
"¿Ves cómo te pasa algo? Cuéntamelo"
-
"No es nada, ya se me pasará"
-
"Como quieras, duérmete ya verás cómo mañana estás mejor"
Me volví de espaldas a la ventana, encogido como si me
hubieran apaleado, la tristeza me pesaba como una losa.
Diez minutos más tarde me arrepentí de no haberme
confiado a la única persona que podía calmar mi dolor, cogí el teléfono con
urgencia por escucharla. La señal de ocupado me hizo imaginarla hablando con
Carlos, diciéndose todas esas cosas tiernas que les había escuchado decirse,
quizás estuvieran masturbándose mutuamente como habían hecho delante de mí.
Repetí la llamada dos, tres veces y en cada intento fallido la rabia se
acumulaba, rabia contra mí por haberla echado en sus brazos, rabia por haber
propiciado que un polvo aislado se convirtiera en algo más profundo, rabia
contra ella por haber cedido a mis presiones.
Desesperado abandoné el teléfono en la mesita y volví
a replegarme sobre mí mismo.
Eran casi la una de la madrugada cuando el sonido del
teléfono me sobresaltó sacándome de una especie de agitado letargo en el que me
había sumido.
-
"Hola, ¿te he despertado?" – su voz cariñosa no pudo evitar que el
resentimiento por no haber estado libre cuando la llamé surgiera en mi voz
-
"Te he llamado no sé cuantas veces "
-
"Lo acabo de ver, me llamó Carlos y…"
-
"¿Habéis estado hablando hasta ahora?" – pregunté entre sorprendido y
molesto.
-
"Ya sabes, nunca encuentra el momento de colgar"
Sentí celos, no había duda, eran celos. Conmigo no
había podido charlar a gusto, yo había sido un muro contra el que todas sus
ganas de hablar se habían estrellado, sin embargo con Carlos era diferente,
había podido charlar cómodamente, aquella odiosa comparación era ridícula pero
no hacía sino empeorar las cosas y bloquearme más aun.
-
"No me extraña que te hayas alargado con él, he sido un muermo antes"
-
"¡No seas bobo! No pasa nada, ¿a que ya estás mejor?"
-
"Si, mucho mejor" – mentí – "¿Y de qué habéis hablado?"
-
"Tonterías, nada de particular" – Sabía que era absurdo pero me pareció
que evitaba el tema. De pronto oscilé desde el rencor a la nostalgia, una
oleada de ternura me invadió, la deseaba a mi lado, la necesitaba tanto…
-
"Me siento tan lejos de ti… me encantaría estar ahora contigo, cielo"
-
"Y yo cariño, no sabes cómo te necesito ahora aquí a mi lado"
Aquella frase tan cargada de pasión, en lugar de
alimentar mi añoranza, reavivó la irritación que se mantenía como un rescoldo
presto a incendiarse de nuevo al mínimo soplo; toda la ternura se desvaneció en
un solo segundo, de repente una idea surgió arrolladora en mi mente, Carmen me
pareció más excitada que tierna, posiblemente por la conversación con Carlos,
quizás se habían masturbado, ese era mi pensamiento obsesivo.
-
"Estás… no sé, te noto… ¿algo excitada?"
-
"Si, un poquito" - confesó riendo, yo sentí como los celos y el rencor
se inflamaban en mi interior sin darme opción a controlarlo.
-
"Y… ¿quizás ha tenido algo que ver la charla con Carlos?" – aventuré.
Carmen supuso que quería jugar con ella y aceptó el
juego.
No me había equivocado, pero esta vez en lugar de
excitarme, su confesión hizo crecer de nuevo el desprecio por mí mismo y algo
peor; El desprecio que Roberto había expresado hacia ella se hizo un hueco en
mi, por primera vez la vi como una golfa dispuesta a cualquier cosa.
-
"Lo suponía" – dije lacónicamente. Ella no captó el matiz amargo de mi
respuesta, seguía pensando que buscaba excitarnos juntos y siguió con el
juego.
-
"Ya sabes cómo es, ha terminado por ponerme… un poco…"
-
"¿Cachonda?"
-
"Si, cachonda es una buena definición" – dijo con desenfado; luego, al
ver que no le respondía continuó – "pero ahora te necesito a ti"
No la creí, por primera vez dudaba de sus palabras,
pensé que me engañaba, que me quería tener contento y tranquilo mientras se
desvivía por su amante.
-
"¿A mí?" – mi incredulidad salió a flote.
-
"A ti, claro que si, se me van a hacer muy largos estos días tan sola"
-
"Pues eso tiene fácil solución" – Carmen estaba centrada en nosotros y
no vio el auténtico alcance de mi frase.
-
"¡Bobo! ¿Crees que lo puedo solucionar con mis dedos? Me haces falta tu,
me gustaría tenerte ahora aquí, encima de mí… dentro de mí"
Su voz sonaba sensual, tan sensual como sabe que me
gusta, pero yo no razonaba, estaba ciego de rabia, desesperado por la
humillación sufrida e ignoré la necesidad de cariño que Carmen mostraba.
Me arrepentí nada mas decirlo, pero el mal ya estaba
hecho, Carmen se quedó callada y yo no supe o no pude anticiparme y enmendar la
estupidez que acababa de proferir. Cuando habló, su voz se había vuelto más
seria.
-
"¿A que ha venido eso, me lo quieres explicar?"
-
"Es una broma"
-
"No Mario, no es una broma, no sé lo que te pasa hoy pero sea lo que sea
no lo pagues conmigo"
-
"¿Y qué me va a pasar? ¿Acaso no estoy diciendo la verdad o es que me
vas a decir que no te apetece follártelo?"
No podía parar, me estaba dando perfecta cuenta del
daño que causaba con mis palabras y sin embargo me veía arrastrado a mantener
esa absurda actitud provocadora. ¿Qué me estaba pasando?
-
"No Mario, si me hubieses escuchado te habrías dado cuenta de que te
estoy echando de menos, que me gustaría que tú, ¡tú!, estuvieses aquí ahora
y pensaba que también era eso lo que querías"
Tenía razón, me estaba comportando como un cretino y
cuanto más metía la pata más irritado me sentía y más me lanzaba a herirla sin
motivo alguno.
-
"No te cabrees conmigo, estoy un poco… errático"
-
"¿Sabes una cosa? Si hubiera previsto que esta historia te iba a cambiar
tanto, jamás te habría seguido el juego"
-
"No me hagas caso, hoy no ha sido mi mejor día" – asustado por el cariz
que estaba tomando la discusión reaccioné e intenté disculparme.
-
"¿Y por qué? ¿Me quieres decir de una puñetera vez qué es lo que te ha
pasado hoy?"
No podía, no quería contarle que Roberto la había
insultado y que yo no fui capaz de defenderla. Mi silencio duró demasiado o
quizás es que a Carmen se la había acabado la paciencia.
-
"En fin, si no quieres hablar no seré yo quien te obligue, pero te diré
una cosa; estoy empezando a hartarme de que todo lo lleves siempre al mismo
terreno, Carlos no puede estar siempre presente en nuestras vidas. Tu y yo
Mario, tu y yo, eso es lo que siempre nos ha importado, lo de Carlos es un
juego ¿o acaso lo has olvidado?"
La escuchaba y me dolía haberle hecho daño, ¿por qué
había pagado con ella mi frustración al no haber sido capaz de enfrentarme a
Roberto? La dejé hablar sin interrumpirla.
-
"Me duele que cuando te busco a ti, cuando te necesito a ti, acabes
siempre desviándome hacia Carlos ¿tan poco te importa nuestra relación que
necesitas a toda costa la presencia de un tercero?"
-
"No, no es eso…" – no me dejó continuar y por algún absurdo motivo verme
interrumpido me irritó.
-
"En fin, tú sabrás si eso es lo que quieres de aquí en adelante"
Interpreté aquella frase como una provocación y perdí
los estribos.
-
"¿Eso es una amenaza o es que te lo he puesto a huevo para que sueltes
de una vez lo que de verdad te apetece hacer?" – pronuncié aquella frase con
todo el sarcasmo pegado en mi voz
-
"¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loco? ¿Qué coño te ocurre
Mario?, ¡no te conozco!"
Se me había ido de las manos, no entendía cómo era
capaz de hacerle tanto daño; aquella pérdida de control me puso aun más
nervioso, quería cortar la discusión, deseaba que no hubiera sucedido. Pero mis
intenciones se perdían tras un muro de frio cinismo y dureza en el que yo
tampoco me reconocía y que nunca antes había experimentado.
-
"Vamos Carmen, ha sido una broma de mal gusto, fuera de lugar, pero no
vayas a hacer un drama de esto ¿vale?" – cada vez lo estropeaba mas, sin
darme cuenta estaba hundiendo mi imagen ante ella – "te recuerdo que has
sido tú quien ha dicho que estabas cachonda por hablar con Carlos"
-
"¡Qué gilipollas eres, no te estás enterando de nada!"
Aquel merecido insulto acabó de destrozar mi maltrecha
autoestima y reaccioné contra ella como no había sido capaz de hacerlo ante
Roberto.
Carmen colgó el teléfono, no se podía creer lo que
había escuchado. Sintió crecer un ahogo en el pecho que le impedía respirar,
¿qué nos estaba pasando? Había momentos como ese en el que apenas me reconocía,
¿dónde estaba el marido cariñoso, tierno, atento?
Su pecho se elevaba agitado por la alterada
respiración, sintió un amago de ataque de ansiedad, estaba hiperventilando y se
sentó en la cama para intentar controlarlo.
El móvil rompió sus pensamientos, lo último que quería
ahora era volver a discutir conmigo, dejó que sonase varias veces antes de
tomarlo en la mano y comprobar que no era yo.
-
"Hola"
-
"Hola cariño, quería darte las buenas noches otra vez y como estabas
comunicando he insistido hasta que te he pillado, espero no haberte
despertado"
-
"No te preocupes, aun estoy despierta" – intentó que su voz sonase
natural, pero Carlos detectó un halo de tristeza difícil de ocultar.
-
"¿Te pasa algo?"
-
"Una discusión con mi marido, una bobada"
-
"Vaya , espero que no sea nada serio"
-
"Para él no lo es, parece que últimamente no se entera de nada de lo que
me pasa"
-
"¡Qué estúpido! Él se lo pierde"
Carmen no quiso descargar su frustración con Carlos,
le pareció ruin atacarme con su amante y evitó seguir con el tema.
Hablaron durante media hora, quizás más, Carmen se
sintió aliviada, como si charlar con Carlos hubiera sido una especie de medicina
que calmó la pena que yo le había provocado.
Cuando colgó, se dio cuenta de que había estado
esperando en todo momento una insinuación, alguna palabra que diera pie a
plantear un viaje relámpago a su lado; sabía que lo hubiera rechazado de nuevo
pero… no pudo negar que la ausencia de esta petición le había dejado una cierta
frustración, un vacío, un hueco por llenar.
….
Colgué el teléfono y el pánico se adueñó de mi ¿Qué es
lo que estaba haciendo? Acababa de herir a la única persona a la que realmente
necesitaba en ese momento. Cogí de nuevo el móvil y pulsé rellamada; el tono de
ocupado disparó una enorme carga de ansiedad, repetí varias veces y de nuevo la
señal de ocupado vino a desestabilizarme.
Apenas dormí en toda la noche, el alcohol que aun
circulaba por mis venas me provocaba un adormecimiento inestable.
MARTES
Me levanté a las seis, harto de dar vueltas en la cama
y me duché largamente dejando que el agua me despejara, luego me senté en un
sillón frente a un mudo televisor a esperar que dieran las siete y media, hora
en la que Carmen estaría levantándose.
-
"Lo siento Carmen, soy un imbécil…" – fueron mis primeras palabras
cuando descolgó.
-
"Si, lo eres" – su voz sonaba dolida, triste.
-
"No sé que me pasó anoche, tu sabes que yo no soy así, recuerdo haber
dicho cosas horribles… estoy avergonzado"
-
"Siempre he temido que estos juegos nos acabaran conduciendo a esta
situación, Mario, ese era mi gran temor y ya ves, ha terminado por suceder"
-
"No cariño, no es así, es que ayer fue un día… extraño y para colmo el
alcohol… lo siento, lo siento, me he comportado como un auténtico idiota"
Carmen no parecía alterada, hablaba desde una especie
de triste calma y sus palabras me dolían más que si me las gritase a la cara.
La escuché en silencio, Carmen tenía razón ¿qué podía
decir?
-
"Lo que planeamos camino a Sevilla era un juego entre los dos, solo eso,
pero incluso allí lo intentaste llevar más lejos y, ¿sabes qué?, llevo
sintiéndome presionada desde entonces, como si nada de lo que hiciera fuera
suficiente, como si lo que hasta entonces habíamos tenido ya no te sirviera"
-
"Lo siento, lo siento…" – estaba desolado. Carmen ignoró mi torpe
disculpa.
-
"Ya tienes lo que querías, ya me he acostado con otro hombre, incluso
has conseguido que me guste, ¡que mas quieres de mi Mario, porque no lo sé!"
Yo tampoco, no tenía ni idea de lo que realmente
buscaba, no sabía a donde quería llegar con aquello, me sentía confundido entre
la fantasía convertida en juego y la peligrosa realidad que estaba construyendo.
Carmen estaba profundamente disgustada y dispuesta a
decir todo lo que llevaba callando durante meses.
-
"A veces me siento como si fuese un espejo en el que reflejas tus
deseos, lo que crees que harías si tú fueras mujer… ¡eso es! Te estás
proyectando en mi, Mario,"
-
"No Carmen, no es eso…" - el sonido de una amarga risa llegó a mis
oídos.
-
"¿Estás seguro? … ¿Recuerdas a Gálvez?"
¿Cómo no recordarlo? Abogado de éxito, hijo y nieto de
abogados de prestigio, pasó por mi consulta por problemas de ansiedad, insomnio…
enseguida reconocí la asfixiante influencia que su familia había ejercido desde
su niñez y cómo esa presión había desviado sus auténticos intereses; Le ayudé a
descubrirlo pero él lo consideró ridículo, pensaba que su dedicación al derecho
era vocacional. Al cabo de dos meses de intensas sesiones acabó reconociendo su
frustración por no haber seguido su auténtica vocación: quería ser médico.
¿Era esa mi conducta? ¿Había doblegado la voluntad de
Carmen? ¿le había impuesto mis deseos ahogando sus propias convicciones?
Reaccioné, fue como si de pronto lo viese todo de otra
manera,
-
"Tienes razón, necesitamos un tiempo de reflexión, volver a ser nosotros
dos, olvidarnos de todo lo sucedido y recuperar… lo que siempre hemos sido"
-
"No podemos seguir este ritmo Mario, no se a donde nos va a conducir
esto si no lo paramos ya"
En aquel momento fui absolutamente sincero, quería
volver a nuestra vida anterior, a la seguridad de nuestra sólida pareja, a la
tranquilidad de lo previsible.
Martín, dueño de una preciosa casa rural en medio de
la nada, paisajes verdes como solo en el norte se pueden encontrar, silencio,
frescor incluso en Agosto… un lugar ideal para vivir una escapada en el que
reencontrarnos. Carmen pareció entusiasmarse con la idea.
Me sentí feliz y emocionado, el disgusto de Carmen
había supuesto una catarsis que me había abierto los ojos.
….
Llegué temprano al curso, me dolía la cabeza, la luz
me molestaba… todo ello síntomas clásicos de una enorme resaca que se había
mitigado en gran medida por la dulce reconciliación con Carmen.
Nada más llegar vi a Roberto charlando con sus
actuales objetivos, las dos compañeras a las que acosaba abiertamente le
escuchaban contar alguna de sus anécdotas pensadas para asombrar.
Me miró de reojo y detuvo su discurso durante un breve
instante, el tiempo justo que dedicó a examinarme con curiosidad.
Le mantuve la mirada como no había sido capaz el día
anterior, todo duró apenas unos pocos segundos pero me hizo sentir fuerte, más
fuerte de lo que esperaba.
El resto del día nos evitamos mutuamente, conseguí
olvidarle y me centré en el desarrollo de la sesión, antes del almuerzo hablé de
nuevo con Carmen y al terminar me di cuenta de que ninguno de los dos habíamos
mencionado a Carlos, supuse que habrían hablado, como cada día, sin embargo yo
no pregunté y ella omitió mencionarlo, parecía como si hubiésemos establecido un
pacto implícito.
….
Carmen pasó la mañana en un estado de euforia
contenida, parecía que le hubieran quitado un peso de encima, la perspectiva de
perderse conmigo unos días en la montaña la ilusionaba, estaba convencida de lo
acertado de su decisión, habíamos vivido un sueño que debía terminar y el hecho
de haber encontrado en mí un apoyo incondicional le hacía sentir una especie de
gozo, por fin recuperaba la tranquilidad perdida.
Su móvil no volvió a sonar hasta la una de la tarde;
cuando vio la llamada sintió como el corazón le daba un vuelco en el pecho. La
voz grave y tranquila del hombre con el que se había acostado despertó todas las
terminaciones nerviosas de su piel y la trasladó a ese dulce estado de sensual
placidez en el que todo parecía seguir otro ritmo y otras reglas. A medida que
la conversación avanzaba sintió cómo se alejaba de su sensato despertar y se
hundía en el placer hedonista que ya había vivido con Carlos, intentaba nadar
contracorriente pero la fuerte marea la arrastraba aguas adentro agotando sus
fuerzas y su resistencia.
-
"Un beso cielo, esta noche te llamo" – se despidió Carlos.
-
"Un besito cariño, hasta luego" – dijo ella sin pararse a pensar,
dejando que su corazón pusiese palabras a sus sentimientos.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó inmóvil, con
la vista perdida; Regresaba de un emocionante vuelo, aterrizaba en la realidad.
La intensa emoción que aquella llamada le había provocado se mezclaba con una
opresión en su pecho que denunciaba la incoherencia de su conducta. Todos los
reproches que me había dirigido, su exigencia de olvidar, hacer borrón y cuenta
nueva y regresar a nuestra vida anterior acababan de caer fulminados ante la
fuerza de las emociones que Carlos disparaba en ella. Con preocupación se hizo
consciente de la debilidad de sus argumentos, ¿Realmente iba a ser capaz de
cumplir sus intenciones y acabar con esta intensa relación? ¿Sería capaz de
renunciar a Carlos?
Conocía la respuesta pero se negaba a admitirla.
Al salir del gabinete se fue directamente al gimnasio,
necesitaba ocupar su mente, mantenerse activa para olvidar por un momento su
lucha interior, para posponer decisiones que no estaba segura de querer tomar.
Alargó el tiempo en la sala de máquinas, rehuyendo las
miradas de los que se quedaban enganchados en su esbelto cuerpo enfundado en la
ajustada malla negra, un top corto dejaba al desnudo su trabajado abdomen en el
que se marcaba el esfuerzo que hacía con las pesas atrayendo los ojos de los que
tenía cerca. Luego, sin nadie esperándola en casa, se entretuvo en la sauna otra
media hora, dejando que el seco calor cubriera su cuerpo con una capa de sudor
cálido. Por tres veces salió a ducharse con agua helada, el contraste de
temperaturas le resulta especialmente agradable.
Entraba por el portal, cerca de las nueve y media de
la noche, cuando la melodía del móvil la detuvo.
….
Abandoné el curso acompañado por mi amigo vasco,
tomamos unas copas y a las nueve de la noche deambulaba solo por las
inmediaciones del hotel, evitando encerrarme tan pronto pero sin ninguna
alternativa que me importase. Entré en una desierta cafetería, tomé un sándwich
con una cerveza mientras seguía las noticias del día, ojeé un periódico y por
fin me resigné a subir a mi habitación.
El silencio que reinaba en el cuarto reavivó el
tumultuoso ruido de mi mente; me desnudé con calma, doblando cuidadosamente la
ropa, colgando el pantalón sin prisas, colocando los zapatos minuciosamente
paralelos con los calcetines dentro, doblando el slip antes de introducirlo en
la bolsa de la ropa usada.
Mi cerebro no dejaba de acribillarme con mil imágenes,
una y otra vez mi mente me situaba de nuevo frente a Roberto y me ofrecía
cientos de ocasiones en las que pude controlar la conversación y no lo hice.
Cada vez que recordaba uno de esos instantes y revivía mi pasiva renuncia un
golpe de vergüenza me ahogaba, un reproche amargo por haber tolerado aquel
insulto y una profunda desesperación por volver a sentir como mi polla crecía al
recordarlo.
Terminé de colocar la ropa y, al cerrar las puertas
del armario, me vi reflejado en el espejo. Desnudo, semierecto, un hilillo
transparente y espeso caía al vacío desde el glande que brillaba cubierto de
flujo. Continuaba excitándome sin remedio con el recuerdo de haber sido
humillado por el hombre que abusó de mi esposa, mi erección respondía al inmenso
placer que me producía haber sido reconocido al fin como cornudo, como
consentidor de las vejaciones a las que Carmen había sido sometida; el hombre
que la desnudó, que pudo haberla follado y no quiso me había detallado con toda
crudeza sus maniobras y yo, por toda respuesta, me había corrido en su
presencia.
Y todo ello, además de hacerme sentir miserable, me
provocaba uno de los mayores placeres que había sentido jamás, un placer contra
el que luchaba desesperadamente pero que muy a mi pesar me sobrepasaba; Estaba a
punto de claudicar, iba a volver a masturbarme recordando las palabras de
Roberto.
Sin apartar los ojos del espejo bajé la mano y apreté
mi polla fuertemente, un disparo de placer nubló mi vista, había perdido la
batalla, me acababa de rendir e intenté ahogar mis reproches dejándome llevar
del suave desvanecimiento que mi mano, deslizándose por el duro tronco,
provocaba en mi. Cerré los ojos, mi mano izquierda recogió los testículos
amasándolos, acariciándolos mientras incrementaba el ritmo con el que me
masturbaba. La expresión de Roberto al ver la gran mancha en mi pantalón
aparecía una y otra vez acompañada de sus palabras
"Vaya, vaya con Mario; no, si al final me vas a dar las
gracias por atender a tu mujercita"
‘Atender a mi mujercita’ significaba que había hecho
con ella lo que había querido sin apenas resistencia, y se ufanaba delante de
mí, exhibía su trofeo humillándome y sintiéndose fuerte ante el débil marido que
no era capaz de hacerle frente.
Mi orgasmo delante de él había sido la más dura
vergüenza a la que jamás creí verme sometido, era la declaración de mi
consentimiento, de mi condición de cornudo.
No me lo llegó a decir, pero si lo hubiera hecho, si
me hubiera escupido la palabra a mi cara, ¡cornudo!, tampoco habría reaccionado,
quizás hubiera terminado mucho antes de correrme en su presencia.
Busqué un salvavidas, quería huir de mi mismo, me
asqueaba mi conducta aunque no la podía detener, recordé los planes que habíamos
hecho Carmen y yo, escaparnos lejos de todo, reencontrarnos, acabar con aquella
locura.
Pero mientras intentaba que esos pensamientos me
ayudasen a dejar de masturbarme dudé, fui consciente de la dificultad de
olvidar, aunque nos fuésemos los dos solos esos días no iba a ser posible hacer
como si nada hubiera sucedido, ¿podríamos hacer el amor sin que se reavivara el
recuerdo de Carlos?
Cuando el orgasmo ya se anunciaba huí del espejo, cogí
el móvil y antes de que el clímax me arrollara marqué el número de Carmen.
-
"Hola cariño" – su dulce voz se fusionó con la oleada de placer previo
al orgasmo que mi polla, a punto de eyacular, me brindaba entre breves e
intensos espasmos. Me tumbé en la cama.
-
"Hola amor mío, te echaba de menos" – la emoción en mi voz la debió
sorprender.
-
"¡Vaya! Si que me echas de menos" – dijo sonriendo.
-
"Ni te lo imaginas"
El orgasmo abortado dejó un único brote de semen en mi
muslo, poco a poco la erguida verga fue perdiendo turgencia y reposó, aun gruesa
pero floja, en mi pierna. La conversación que siguió fue tierna, romántica,
menos apasionada que otras veces; buscábamos dulzura y tranquilidad.
Aquella pregunta hizo que Carmen, se cuestionara por
primera vez el plan, un proyecto que se había planteado antes de su conversación
con Carlos, cuando todo parecía tan claro, tan sencillo. Pero ya no era igual,
hablar con su amante le había devuelto a la realidad, no estaba convencida de
querer perderle y, en esas circunstancias, aquel viaje perdía parte de su
sentido.
Temió que su voz traicionara a sus palabras y delatara
su indecisión.
Y así fue; Noté algo, no sabría decir qué fue pero me
puso en tensión, algo en su voz, en su entonación… algo había cambiado desde
nuestra conversación de la mañana.
Pero no dije nada, continuamos charlando bajo la
sombra de lo intuido, bajo la oscura nube que presagiaba la incapacidad de
volver al pasado y romper con las pasiones que, para bien o para mal, habíamos
desatado.
….
Cuando Carmen colgó se quedó pensativa mientras dejaba
que el ascensor la condujera a nuestra casa. Cerró la puerta tras de sí, ¡qué
vacía le pareció la casa! Caminó hasta nuestra alcoba y comenzó a cambiarse de
ropa intentando entender por qué se sentía triste.
Algo había cambiado, el sueño que habíamos construido
aquella mañana se desmoronaba como un castillo de arena, las olas de la pasión
desatada lo asediaban y deshacían la débil estructura hasta dejarla plana,
irreconocible, como si nunca hubiera existido.
Ahora recordaba nuestra conversación de aquella mañana
en blanco y negro, sin las tonalidades de alegría e ilusión que habíamos
imaginado juntos. Posiblemente realizaríamos el viaje ¿por qué no? Pero en
absoluto sería tal y como lo habíamos previsto.