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Fecha: 09-May-09 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Amores lésbicos

King Crimson
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Ambas amigas se deseaban en silencio desde hacía largo tiempo sin atreverse a dar el primer paso ninguna de ellas. El encuentro entre las dos muchachas se produjo una noche en casa de ella cuando al fin su mejor amiga se lanzó dándole a conocer el profundo interés que tenía por ella… Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Amores lésbicos

Ambas amigas se deseaban desde hacía tiempo en silencio sin atreverse a dar el primer paso ninguna de ellas. El encuentro entre las dos muchachas se produjo una noche en casa de ella cuando al fin su mejor amiga se lanzó dándole a conocer el profundo interés que tenía por ella…

 

Clara, distinta Clara

extraña entre su gente

mirada ausente.

Clara, a la deriva,

no tuvo suerte al elegir

la puerta de salida.

Clara, abandonada

en brazos de otra soledad.

Esperando hacer amigos

por la nieve,

al abrigo de otra lucidez.

Descubriendo mundos

donde nunca llueve,

escapando una y otra vez.

Achicando penas para navegar,

estrellas negras vieron por sus venas

y nadie quiso preguntar…

Clara, JOAN BAPTISTA HUMET

 

Mi amiga Silvia y yo nos conocíamos desde bien pequeñas, desde que a los tres años vine a vivir a Madrid con mis padres y entré a estudiar en el mismo colegio que ella. Pronto nos hicimos amigas y así fue como fuimos pasando los primeros cursos para después estudiar la secundaria. Formábamos parte de un grupo de chicas que íbamos juntas a todos lados, empezando a conocer poco a poco los primeros besos con algún chico del barrio o con el hermano mayor de alguna de nuestras amigas.

No fue hasta bien avanzados los dieciséis o diecisiete años que visitamos una discoteca por primera vez y debo decir que, para todas nosotras, aquello supuso abrir los ojos a un mundo desconocido y lleno de posibilidades. Pese a nuestra estricta educación de un buen colegio de monjas, no tardamos en relacionarnos con distintos chicos y, de ahí a gozar de nuestra primera relación sexual fue todo uno.

De todo el grupo de chicas, Silvia era sin duda alguna con la que mejor me llevaba, conociendo cada una de las dos los secretos de la otra al dedillo. No había día que no estuviera en su casa estudiando o escuchando los discos de su hermano Roberto, del cual en aquella época puedo decir que estaba locamente enamorada. Pero, pese a lo bien que nos llevábamos y pese a lo bien que nos conocíamos, en lo más profundo de mi ser siempre albergué la sensación de que había algo que Silvia nunca me había dicho y que tal vez nunca me diría. Por aquel entonces no sabía exactamente cuál podía ser el secreto que tan celosamente guardaba pero, transcurridos unos años pude comprender que no había ido desencaminada en mis pensamientos. Lo cierto es que, en lo más profundo de mi ser, yo guardaba igualmente un secreto que no había contado a nadie y que quizá nunca contase a nadie, ni siquiera a ella.

Una noche, estando las dos en mi casa y después de la cena, nos fuimos a dormir. A diferencia de lo que solía ser habitual entre nosotras, aquella noche nos dirigimos cada una a una habitación diferente pues mi madre, antes de salir con mi padre, nos dijo que aquella noche así lo hiciéramos. Antes de dormir siempre me gusta leer un rato y aquella noche, por supuesto, no fue la excepción. Estaba leyendo un rato el libro de cuentos de Chejov cuando segundos antes de poner fin a mi lectura, escuché a Silvia llamarme desde su cuarto. Me levanté de mi cama con rapidez echando la sábana de algodón a un lado y tras ponerme las zapatillas de dormir fui a su dormitorio a ver qué demonios quería.

La encontré tumbada en la cama y acariciándose con los dedos sus rubios cabellos rizados. Sonriéndome sin apartar la mirada de la mía golpeó la cama con la palma de la mano mientras me invitaba a tumbarme a su lado.

No sé qué me pasa que no puedo dormir esta noche –dijo en voz baja al mismo tiempo que tomaba asiento junto a ella.

Lo que te pasa es que bebiste demasiada coca para cenar. Eso es lo que te pasa…

No es eso Miriam…no es eso –comentó como pensando en otra cosa. Ven túmbate a mi lado. Lo cierto es que aunque nos conocemos desde pequeñas, nunca me he atrevido a comentarte nada de lo que me corre por la cabeza desde hace tiempo…

¿Qué quieres decir, Silvia? –pregunté un tanto intrigada.

Miriam, ¿nunca se te ha pasado la cabeza…nunca has fantaseado con hacer el amor con alguna de las chicas o conmigo? –me interrogó echándolo todo de una vez.

Me quedé parada sin saber qué decir tras escucharla decir aquellas palabras. Por supuesto que había pensado en estar con ella o con alguna otra de mis muchas compañeras. ¿A qué adolescente, estudiante de un estricto colegio de monjas, no se le ha pasado alguna vez por la cabeza la idea de conocer los placeres de Lesbos junto a alguna de sus compañeras? El nulo contacto con muchachos que nosotras teníamos unido a la cercanía, día y noche, con las otras chicas creo que hacía inevitable que los más turbios deseos saliesen a la luz sin remedio.

Muchas habían sido las veces que me había masturbado soñando con el cuerpo joven pero de formas bien formadas de Silvia. Ella era unos meses mayor que yo y por aquel entonces ya se encontraba mucho más desarrollada, mostrando debajo de la blusa unos pechos de tamaño mediano pero ya bien duros y firmes. En cuanto a sus piernas eran largas y estilizadas y era una gozada verla con aquel bonito conjunto de colegiala formado por la blusita, la falda escocesa y los calcetines blancos subidos hasta la rodilla.

Creo que fue a partir de los doce años, cuando por mi cuerpo empezaron a nacer unos desconocidos placeres que me corrían entre las piernas subiéndome hasta el cerebro, que empecé a sentirme atraída por las chicas del colegio. Poco a poco, mis placeres solitarios en la cama o en la ducha después de clase de gimnasia, se fueron haciendo más y más habituales. Con el tiempo el conocimiento con chicos dio paso a un interés tanto por ellos como por ellas, así que pienso que ahora puedo considerarme, sin ningún género de dudas, como completamente bisexual.

De ese modo, allí estaba junto a Silvia escuchándola pronunciar aquellas mágicas palabras. ¡Tanto tiempo fantaseando con la posibilidad de poder descubrir aquel bello cuerpo imaginado bajo sus ropas, tanto tiempo deseando besarla y darle mis labios, tanto tiempo soñando con aquellos cabellos amarillentos recogidos en aquel par de graciosas coletas cayendo sobre sus hombros y con la idea de recorrer su cuerpo y sentir sus cálidas palabras y su cálido aliento junto a mi rostro y al fin la tenía allí a mi lado interrogándome sobre mi posible interés por su joven cuerpo!

Mucho tiempo después y viéndolo todo desde una perspectiva lejana, pienso que si no hubiera sido por ella quizá nunca me habría atrevido a proponerle algo así. Seguramente mi enorme timidez me hubiese impedido dar el paso definitivo, reconcomiéndome toda mi vida con dicha idea como muchas veces así ocurre. Silvia siempre había sido la más lanzada del grupo de chicas por su actitud de tirar para delante y no echarse atrás por nada. Además era la más guapa de todas así que siempre era la que más éxito tenía con los chicos con los que nos juntábamos después de ser ella quien iniciase la conversación a partir del más mínimo motivo.

El continuo contacto entre ambas hacía fácil el poder ir más allá, pero una y otra vez daba vueltas y más vueltas al modo como poder plantearle a mi adorada Silvia aquello que tanto deseaba. Un pequeño paso en falso, un simple desliz por mi parte y todo podía irse al garete así que mi miedo al fracaso me impedía finalmente lanzarme al abismo posponiendo mis ansias de sexo día tras día.

Gracias a ella supe de su interés por mí y ese hecho hizo que mil ideas corrieran por mi loca cabecita de muchacha abierta a los placeres del sexo. Suspirando sonoramente tras escucharla le sonreí tímidamente notando cómo me corrían mil sensaciones por todos los miembros de mi cuerpo antes de confesarle abiertamente mi deseo por ella:

Para serte sincera la verdad es que sí. Hace años que pienso en la idea de poder estar junto a ti sin atreverme nunca a decirte nada. No sé como explicarlo…seguramente es algo nuevo para mí pues lo cierto es que, pese a desearlo hace tiempo, nunca he dado el paso de estar con alguna chica.

Respiré hondo tratando de tomar fuerzas para continuar mi confesión. Mientras, podía ver los ojos de Silvia brillando de lujuria y emoción al ir conociendo mis intenciones hacia ella.

Silvia, desde que vine con mis padres te convertiste para mí en mi mejor amiga, prácticamente en una hermana mayor. El hecho de imaginarnos abrazadas en una misma cama gozando de las caricias de la otra, la verdad es que es difícil de explicar pero llevo años y años rondándome esa idea en silencio sin atreverme a decirte nada.

Mientras seguía hablando sin parar, sin darme apenas cuenta de ello, Silvia se iba acercando peligrosamente a mí. Al fin la tuve a mi lado y pude sentir sus manos sobre las mías y cómo llevaba las suyas hacia mis piernas dejándolas reposar sobre mis muslos como tantas veces había hecho antes. Sin embargo, aquel roce, que en otra ocasión hubiese aceptado como una caricia inocente, tuvo para mí un significado mucho más profundo y cercano al saberme tan deseada por mi amiga.

Cariño, creo que ya ha llegado el momento de que ambas llevemos a la realidad todas aquellas fantasías que hemos imaginado junto a la otra. ¿No crees? –me preguntó en voz baja, casi susurrándome y haciéndome sentir la acción de su aliento sobre mi mejilla.

Temblé de emoción como nunca antes lo había hecho. Aquella primera vez, aquel primer cariño pronunciado por sus finos labios resonaron en mi cerebro como el mejor de los regalos. Desear y sentirme deseada por Silvia era todo aquello que podía desear en esos momentos.

Suspiré débilmente y cerrando los ojos me lancé sobre ella apoderándome de sus pechos los cuales acaricié una y otra vez a través de la fina tela de la blusa. Los noté duros, majestuosos y excitantes y de ese modo disfruté de ellos rozándolos y manoseándolos sin descanso y sin buscar todavía despojarla de sus ropas.

Ella tampoco se mantuvo para nada quieta y al instante sentí sus manos recorriendo mis formas arriba y abajo. Tan pronto las tenía enredadas en mis cabellos como bajaban por mi cuello y mis costados hasta hacerse con mis muslos o mis caderas tratando de llevarme hacia ella. Acariciaba y besaba mis hombros desnudos de manera suave y sensual como si fuera lo último que hiciera en su vida. Yo, por mi parte, me dejaba llevar por mis deseos lanzando al aire mis primeros lamentos y gemidos demostrando así lo mucho que quería que siguiera dándome placer.

Silvia me quitó la blusa sin dejar de besarme el hombro y luego llevó la mano hacia el cierre del sujetador el cual soltó dejándolo resbalar hasta que mis pequeños pechitos aparecieron frente a ella en todo su esplendor.

Son preciosos cariño –apenas susurró sin apartar su mirada de la mía.

Pude ver en aquellos ojos el creciente deseo que iba envolviendo su persona. Volviéndome de espaldas a ella los atrapó entre sus manos sopesándolos para después dedicarse a los pezones los cuales retorció y pellizcó entre sus dedos cada vez más fuerte hasta que consiguió hacerme lanzar un agudo grito de dolor. Gemí levemente al notar la rápida respuesta de mis pezones frente a tan encantadora caricia. Sentía mis pechos endurecerse con cada roce de sus dedos o de la palma de su mano sobre ellos. Segundo a segundo mis gemidos fueron ganando en intensidad hasta que finalmente no pude menos que dejarme llevar echando la cabeza hacia atrás hasta dejarla reposar delicadamente sobre su hombro.

Teniéndome así de entregada y sin dejar de manosearme los pechos un solo segundo, Silvia, mi querida Silvia, me obligó a girar la cabeza hacia ella hasta juntar sus labios con los míos. El roce de sus labios y la presión sobre los míos me hizo enloquecer hasta el punto que no pude evitar abrirlos y saqué mi lengua la cual inició un lento combate con la de ella para, paso a paso, ir ganando aquel contacto en intensidad.

Los suaves besos se transformaron en ligeros mordisquillos en mis labios para acabar en un beso apasionado como pocas veces había gozado.

Te deseo, Miriam…no sabes cómo te deseo. ¿Cómo hemos podido dejar pasar tanto tiempo? –la escuché decir temblando mientras se mantenía pegada a mi espalda.

Aquellas dulces palabras salidas de su boca me hacían estremecer al sentirme tan deseada y querida por Silvia así que con voz trémula y agarrándome con fuerza a su cabeza no pude menos que invitarla a que siguiera:

Sí…hazme el amor, sí…cómeme los pechos Silvia…¡quiero que lo hagas!

Así pues gozando de aquel modo tan fantástico entre sus manos, cerré los ojos al sentir sus labios apoderarse de mis pezones los cuales se erizaron hasta límites insospechados gracias a la agradable caricia que mi amiga les daba. Llegadas a un punto de locura sin posible vuelta atrás, Silvia metió su húmeda lengua en mi boquita mezclando su cálida saliva con la mía lo cual me hizo vibrar sin remedio.

Separándose de mí, Silvia me volvió nuevamente de cara a ella hasta que me hizo tumbar sobre la cama con las piernas ligeramente flexionadas. Sonriéndome de forma maliciosa la vi desnudarse con evidente urgencia quitándose la blusa, el sujetador y la corta faldita hasta que al fin la tuve ante mí sólo cubierta con la diminuta braguita que dejaba aparecer por los lados algunos de sus oscuros pelillos. Una vez desnuda frente a mí se echó hacia delante volviendo a juntar sus labios con los míos besándonos ahora de forma mucho más suave y con una mayor complicidad por parte de ambas. Notaba los besos de Silvia cálidos y en ellos se adivinaba un fuerte deseo y una pasión contenida que estaba bien segura que no tardaría en salir a la luz de manera irrefrenable.

Desnúdate cariño…vamos desnúdate –pronunció junto a mi oído con voz grave.

¿Por qué no me desnudas tú? –respondí humedeciéndome los labios con la lengua y provocándola a que lo hiciera.

No tuve que hacérselo repetir pues al instante la totalidad de mis ropas fueron desapareciendo hasta quedar esparcidas en el suelo junto a la cama. Ya desnuda por entero, suspiré fuertemente abrazándome a Silvia como si quisiera que las dos nos fundiéramos en una sola. Ella se removió haciéndome sentir sus rotundos muslos sobre los míos y tan bien lo hizo que en segundos sentí su vagina pegada a la mía. De ese modo tan magnífico pude sentir nuestros sexos unidos rozándose cada vez más deprisa y haciéndonos sentir cada vez más calientes.

Fóllame…cariño fóllame –grité ya totalmente perdida la razón y notando la cercanía de mi primer orgasmo.

Sí, mi amor…claro que voy a follarte. Es todo lo que deseo en estos momentos.

Estiradas sobre las arrugadas sábanas, las dos no hacíamos más que recorrer nuestros ardientes cuerpos. Tan pronto teníamos las manos en el congestionado rostro de la otra como bajaban hacia nuestros pechos, se posicionaban en los costados o bajando aún más se hacían finalmente con las apetitosas y juveniles nalgas deseosas de recibir un buen azote. De ese modo íbamos tomando conocimiento de las formas sensuales de la otra y del progresivo calor que ambas desprendíamos a través de cada poro de nuestras inquietas anatomías.

Las bulliciosas manos de Silvia, mucho más expertas y conocedoras de qué puntos tocar, descendían por mi pecho y mi liso vientre hasta alcanzar el nacimiento de mi palpitante flor apoderándose de ella, primero con un dedo y luego ayudándose de dos más, con una suavidad y una decisión que me hacían perder completamente el sentido.

Yo intentaba mantener su mismo ritmo dejando resbalar mis manos por su espalda hasta llegar a su bonito trasero para llevarla contra mí pudiendo así notar la dureza de sus senos apretados contra los míos en un abrazo maravilloso y lleno de lujuria.

Cariño, déjame follarte el coñito…déjame meterte un dedito –decía ella de forma entrecortada al mismo tiempo que empezaba a indagar entre mis empapados labios sin esperar mi autorización.

Sin más esperas uno de sus dedos se introdujo en mi vagina como si de un emocionado espermatozoide en busca de fecundar al tan deseado óvulo se tratase. Metió su dedo hasta el fondo arrancándome un largo suspiro y tras humedecerlo con mis abundantes jugos lo saboreó acogiéndolo entre sus labios. Esa imagen de mi amiga chupando el dedo que previamente había metido entre mis piernas me fascinó por entero.

¡Me encanta saborear tus jugos, Miriam! ¡Los noto agradables y un poco salados! Debo reconocer que es mucho más gustoso que el mío…Ten, pruébalos.

Llorando de emoción acepté su ofrecimiento y empecé a chupar y lamer sus dedos notando el agradable sabor de mis propios jugos mezclados con su cálida saliva.

¡Verdaderamente resulta muy agradable su sabor! –exclamé chupando sus deditos como si de un pequeño pene se tratara. Échate en la cama que quiero hacerte yo también el amor –le pedí con la mirada perdida en un punto indefinido del dormitorio.

Sí vamos, hazme gozar cariño –rió divertida y se tumbó sobre la cama con las piernas bien abiertas.

Metiéndome entre sus piernas me hice con sus muslos y fijé mi mirada en aquella conchita oscura y de pubis poco poblado y bien cuidado. Silvia respiraba de forma acelerada y de entre sus labios no paraban de fluir jugos demostrando la profunda cachondez que sentía.

Miriam, cómetelo…cómetelo, no me hagas esperar más –suplicó abriéndose ella misma el coñito con los dedos.

Apartándole sus dedos, fui yo quien empezó a rozarla con la yema de los míos recorriendo su almeja arriba y abajo desde el rizado vello del pubis hasta su florido sexo. Su sexo era bello y rosado, bien lubricado de sus jugos vaginales y en la parte superior de su rajita aparecía brillante el pequeño botoncito de su clítoris el cual parecía querer indicarme que lo chupara. Apretándole los muslos con las manos comencé a recorrer sus muslos y su vientre evitando por el momento hacerme con su entrepierna la cual veía palpitar frente a mí indicándome la intensa pasión que atenazaba a mi amiga.

En el mismo momento en que dirigí mi dedo hacia la entrada de su sexo y presioné ligeramente pude ver la facilidad con la que sus labios se abrían permitiendo el paso de mi dedo hacia el interior de su vagina. Fue entonces cuando la escuché gemir estremeciéndose y temblando mientras alcanzaba su primer orgasmo. Silvia me cogió la cabeza con fuerza apretándome contra ella al tiempo que gritaba y jadeaba entre continuos espasmos animándome a seguir por aquel mismo camino:

Sigue mi amor…sigue…No pares de chuparme…me estás volviendo loca. ¡Sí, es fantástico!

Levantando mis ojos hacia su rostro pude verla cogiéndose el pecho con la mano y chupándose ella misma con ganas el pezón. Por supuesto que no pensaba dejarla en ese estado así que hundiendo la cabeza entre sus piernas me apropié de su rajita lamiéndola una y otra vez aguantando la respiración todo lo que pude. De la rajita pasé a su clítoris el cual golpeé varias veces con la punta de mi lengua hasta que conseguí endurecerlo y excitarlo al máximo.

Dios…Dios muérdemelo, muérdemelo fuerte…me encanta cómo me lo haces.

Los gritos y aullidos de Silvia se hicieron salvajes y ensordecedores. Menos mal que estábamos solas y así podía gritar todo lo que quisiera, cosa que si hubieran estado mis padres evidentemente no hubiera podido hacer. No paraba de moverse, agarrándose a las sábanas y al cabecero de la cama al tiempo que cruzaba las piernas por detrás de mi cabeza sin dejarme escapar.

Así estuve amando a mi adorada diosa lamiéndole su clítoris como si de un pequeño pene se tratase. Metí mi lengua en su agujero empezando a entrar y salir como si la estuviera follando. Silvia gemía, sollozaba, se lamentaba y agradecía mis caricias moviendo su pelvis de forma desbocada y sin dejar de jadear y berrear su tremendo placer.

Me encanta tu lengua…tienes una lengua maravillosa, cariño…me encanta –bramaba sin poder poner freno a sus sentidos.

Quedé alucinada con la capacidad de mi amiga para enlazar un orgasmo con otro sin que le resultara posible poner freno a la misma. Tragué y tragué todos sus jugos embriagándome y emborrachándome con ellos sin abandonar un solo segundo aquel dulce néctar que tan enamorada me tenía. La sensación de tener en mis labios sus abundantes corridas me hacía redoblar mis esfuerzos en busca de conseguir que ella lograra un placer como nunca antes hubiera sentido.

Dejé a un lado su entrepierna y subí hasta su boca volviendo a besarla pero esta vez de un modo muy diferente, como si ya hubiéramos establecido un vínculo indisoluble entre ambas. Le entregué mi lengua con ansia recogiéndola Silvia entre sus labios para unirla a la suya dándome a probar sus suspiros y sus fuertes exclamaciones. Mi amiga me obligó a abrir la boca presionando con su lengua hasta que al fin entreabrí mis labios notando la cercanía de su aliento envolviéndome el rostro.

Lamí sus pezones los cuales sentí elevados hacia el techo, duros como el granito y manando de ellos su intenso placer de hembra satisfecha por todo aquello que le hacía disfrutar. Poniéndome en posición inversa a la de ella, le ofrecí mi coñito igualmente hambriento de caricias formando ambas un estupendo sesenta y nueve en aquella cama convertida en testigo mudo de aquel ardiente encuentro entre aquel par de zorritas entregadas a las mayores pasiones que sus cuerpos podían ofrecerles.

De ese modo tan formidable las dos nos entregamos a saborear la vagina de la otra jugando con nuestras lenguas una y otra vez sin cejar en nuestro empeño de gozar hasta enloquecer. Noté la caricia fría y metálica del piercing de Silvia apretándose contra mi tesoro y no pude evitar vibrar gracias a aquel roce sobre los pliegues de mi vulva. Lo cierto es que no resulta muy difícil hacerme poner cachonda gracias a mi facilidad de estimulación así que, pocos segundos después de empezar a recibir las atenciones de mi amiga, alcancé mi orgasmo chillando fuertemente y mordiéndome los labios para poder resistir tanto gusto como estaba obteniendo.

Ciertamente Silvia sabía lo que se hacía y qué zonas de mi cuerpo debía atacar para lograr hacerme sentir las más profundas sensaciones que mi joven cuerpo podía dedicarme. Ella levantó sus caderas dejando a mi vista su bonito trasero.

Fóllame el culito, mi niña…cómetelo por favor –la escuché pedirme con voz áspera.

Nunca me había comido un agujero como aquel y debo decir que aquella petición me hizo vibrar por el deseo nunca confesado de poder gozar de aquel canal siempre prohibido por los convencionalismos sociales. Yo sabía o al menos había oído el mucho placer que ese agujero podía ofrecer y ya desde hacía tiempo se había convertido para mí en un objeto largamente deseado.

Chupámelo…vamos llénalo con tu saliva para que se relaje –exclamó Silvia dirigiendo las operaciones para así poder sentir el mayor placer.

Aquel oscuro agujero se veía estrecho, apretado y excitado y brilló de emoción al sentir la humedad de mi lengua impregnada con los líquidos de su coñito. Luchando con mi dedo apreté la puerta hasta que conseguí hacer que lentamente los músculos que la envolvían se fueran contrayendo hasta permitir el paso hacia los caminos de Sodoma.

Aprieta…aprieta más fuerte. ¡Vamos, no tengas miedo! –exclamó aguantando la respiración durante unos segundos.

Mis pequeños exploradores fueron entrando y saliendo, dentro y fuera, siguiendo fielmente las instrucciones que ella me iba dando. Silvia ahogaba sus gemidos mordiendo la almohada con cada ataque que yo le prodigaba. No tardé en ver salir una gran cantidad de flujo del abierto sexo de mi amiga entregándome el abundante caudal tanto tiempo guardado. Bebí aquella tremenda corrida, que más que corrida parecía que se estuviera meando de gusto.

Me corro…¡qué gusto me estás dando! ¡Sigue, sigue…ummmmmmm!

Una vez se hubo corrido y, recuperadas mínimamente las fuerzas perdidas, me tocaba el turno a mí de disfrutar de las caricias que estaba segura no tardaría ella en dispensarme.

Espera un momento Miriam. Voy a buscar una cosa al bolso –dijo con voz cansada, prácticamente musitando sus últimas palabras.

Sola en la cama, me tendí boca arriba esperando el momento en que se tumbara nuevamente junto a mí. Dándome la espalda la escuché trastear en su bolso buscando no sabía exactamente el qué. Finalmente la vi volverse hacia mí llevando entre las manos un falso pene de gran calibre y de un tono negro brillante.

Hablar de las proporciones de aquel largo consolador me resulta excitante y reconfortante recordando el estimulante momento que a ambas nos hizo vivir.

¡Dios mío, qué es eso! –exclamé turbada ante esa visión que provocó en mí un montón de sensaciones imaginando todo el placer que podría ofrecerme.

Tranquila cariño, ya verás como te va a gustar. Es un amiguito que tengo hace tiempo y puedo asegurarte que nunca me ha fallado…Resulta mucho más gratificante que el pene de un hombre pues posee sus mismas cualidades pero con la ventaja nada despreciable de que es absolutamente incansable –me dijo Silvia abrazándose nuevamente a mí una vez tumbada en la cama.

Ya ambas echadas sobre el pequeño lecho, mi amiga me hizo reposar la espalda sobre el mismo y acercó su boca a la mía notando yo su respiración emocionada y fuertemente alterada. Juntó su boca a la mía besándonos con pasión renovada; Silvia mordió mis labios de forma desesperada como si temiera poder perderme, como si creyera que, en un momento de tímida lucidez por mi parte, pudiera quizá abandonarla.

De nuevo besó mis labios de forma salvaje como si en ello le fuera la vida y deslizó su lengua por mis mejillas dirigiéndose después a mi diminuta oreja la cual chupó metiendo dentro de la misma su cálida lengua para de ahí empezar a mordisquear el pequeño lóbulo entre suaves gemidos y ronroneos como clara demostración de lo mucho que me deseaba. Dicha caricia tan bien formulada elevó mi pulso hasta límites insospechados mientras la escuchaba decirme toda una larga serie de frases de alto contenido sexual.

Teniéndome entretenida con todas aquellas atenciones, aprovechó mi momento de descuido para acercar el consolador a mi vagina rozándolo por encima de ella sin tratar todavía de ir más allá. Aquel inesperado roce sobre mi inflamado sexo me hizo temblar toda entera agradeciéndole así su agradable ataque.

Abre las piernas, mi amor. Voy a follarte como nunca nadie te haya follado…

Sí, hazme lo que sea. Quiero sentirlo dentro de mí –casi grité loca de deseo.

De pronto mis oídos se llenaron con el sonido del vibrador en marcha iniciando el martirio tan deseado sobre mis empapados labios. Acercándolo a la entrada de mi vagina dicho contacto provocó en mí miles de sensaciones a cada cual de ellas más y más placentera. Aquel bello juguete resultaba tremendamente sugestivo para una jovencita como yo deseosa de millones de goces. El rápido vibrar sobre mis terminales nerviosos logró hacerme revolver entre las sábanas como loca gimiendo, lanzando al aire quejidos y ayes lastimeros que estoy segura que, a cualquier otra persona que no hubiera sido mi amiga, hubiesen movido a compasión sin duda alguna.

Apenas medio minuto más tarde de empezar a gozar de aquel modo tan intenso alcancé un sonoro orgasmo agarrándome con fuerza a ella mientras la llevaba a mis pechos haciéndola chuparme mis pezones los cuales llenó de saliva húmeda y espesa. De un pecho pasó al otro ayudándome en mi descarga, ayudándome a conseguir mi tan necesario orgasmo el cual sentí escapar de entre mis entrañas de forma mucho más intensa y profunda de cómo lo había sentido hasta entonces.

Ciertamente debo reconocer que el sexo lésbico resulta mucho más gratificante que el gozado junto a un hombre quizá debido al conocimiento que una mujer puede tener del cuerpo de su compañera. El sexo entre mujeres resulta mucho más profundo y delicado sabiendo exactamente qué puntos del cuerpo de la otra persona tocar y atacar.

¿Te ha gustado, querida? –la escuché decirme tras abrir los ojos teniéndola allí tendida junto a mí.

¡Ha sido estupendo! ¡Jamás pude imaginar algo así –tuve que reconocer aún estremecida por las últimas sensaciones que aquel orgasmo hacía disfrutar sobre mi persona.

¿Crees que podrás aguantar uno más? –me preguntó ella en voz baja y con un brillo especial en los ojos.

¿Acaso pretendes matarme? –respondí mirándola fijamente a los ojos para después sonreír vergonzosamente mostrando así mi total disposición para llevar a cabo un nuevo combate.

Silvia, sin decir nada, abandonó mis pechos para, poco a poco, ir descendiendo por mi vientre haciendo pequeños círculos sin dejar de besar cada poro de mi piel. Lentamente fue dejando parte de su saliva hasta alcanzar mi expectante flor deseosa de sentir nuevas caricias. Cogiendo mis muslos entre sus dedos los besó cariñosamente bajando por mis piernas hasta llegar a mis pies. Durante largos segundos se dedicó a chuparme los dedos de los pies metiéndose el dedo gordo entre sus labios hasta envolverlo por completo para volver a sacarlo succionándolo sin descanso. De un pie pasó al otro sin apartar su mirada sensual de la mía para ahora ir subiendo con el mismo ritmo lento y desesperante hasta alcanzar el otro muslo.

Enfrentada a mi pequeño tesoro me separó con decisión los muslos para hundirse con una sonrisa maligna entre ellos. De ese modo antes de llevar su lengua, se aplicó a la hermosa tarea de rodear el clítoris con la yema de su dedo corazón notando aquél caliente y dispuesto tal como me confesó.

Miriam dime, ¿quieres que siga? –llegaron a mis cansados oídos sus palabras como un leve susurro apenas audible.

Cómemelo…sí cómemelo, no me hagas sufrir más –exclamé sintiéndome enloquecer.

Respondí a su pregunta de forma autómata y casi sin pensarlo, segura por entero del afán que me consumía por dentro. Ambas sabíamos lo que queríamos y en esos momentos sobraban las palabras dejando paso al amplio caudal de sensaciones producidas por el resto de sentidos. Las dos amigas nos habíamos convertido en dos mujeres deseosas de nuevos placeres, en dos hembras en celo hambrientas de sexo, de suspiros ahogados y caricias voluptuosas.

Eres preciosa, cariño. ¡Me encantan tus pechos, tus redondas nalgas, tu coñito rosado y palpitante!

¿De veras te gustan? –pregunté moviendo mi pelvis de forma lasciva a un lado y a otro.

Fue ahí cuando empezó el total deleite de mis sentidos, cuando mi amiga no paró de recorrer arriba y abajo mi rajita introduciendo de vez en cuando su lengua en el interior de mi vagina penetrándome una y otra vez y haciéndome sentir la frialdad de su piercing. Revolviéndome entre las sábanas busqué y rebusqué hasta que al fin encontré el consolador el cual llevé a mi boca saboreándolo como si de un verdadero pene se tratara. Chupaba y chupaba aquel ancho cilindro llenando mi boca con el mismo para una vez rebosante de mi saliva ponerlo en marcha empezando a vibrar entre mis dedos.

Soportando lo mejor que pude las caricias de Silvia, las acompañé al mismo tiempo pasando y repasando la cabeza del consolador por encima de mi clítoris. Pronto me corrí de nuevo gracias a aquel doble tratamiento que tanto me gustaba. Sentir al mismo tiempo el roce de una lengua femenina y las caricias frías de aquel encantador aparato sobre mi sexo fue más de lo que pude aguantar, alcanzando un nuevo orgasmo que me dejó derrotada y feliz. Quedé completamente sin aliento respirando sin descanso para así recuperar el aire que mis pulmones reclamaban.

¡Me matas cabrona…me matas! ¡Qué gusto siento…me corro sí!

Silvia sin apartarse un segundo de mi entrepierna bebió y bebió mis jugos hasta emborracharse por completo. Con cada uno de mis espasmos no dejaba de meter y sacar su lengua haciendo aquel placer insoportable para mí. Mi pubis no paraba de provocar aquel contacto moviéndose adelante y atrás en busca de aquella maravillosa lengua.

El orgasmo me alcanzó de forma imprevista, explotando en mí como si del cráter de un volcán estuviéramos hablando, dejándome exhausta y satisfecha entre sus manos. Silvia, incorporándose sobre la cama hasta caer sobre mí, se hizo nuevamente con mi oreja lamiéndola con suavidad para pasar luego a chuparme el cuello el cual le entregué sin reserva alguna.

Gracias, muchas gracias…¡Me has hecho tan feliz! –sólo pude decir entre entrecortados suspiros.

Notándome resbalar gotas de sudor por el rostro, producto del tremendo placer recibido y del mucho cansancio acumulado, me dejé besar sonriendo de forma beatífica y dejándome abrazar por los brazos cálidos y amistosos de mi querida Silvia mientras miles de lágrimas de agradecimiento caían por mis mejillas deslizándose sobre mis labios los cuales sentí trémulos y ardiendo.



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