ANTES DE EMPEZAR: Este relato contiene términos y situaciones
de sexo explícito. Si puede resultarte ofensivo o eres menor de edad, deja de
leerlo. Cualquier comentario, bueno o malo (por favor solo comentarios acerca
del relato) serán bien recibidos en mi dirección de correo electrónico. Y creo
que nada más... Ah, sí, la dirección de correo:
laurita18@iespana.es. Espero que
disfrutes con la lectura. Aguardo tus comentarios.
Eran ya dos las horas que llevaba estudiando la Guerra Civil
española. Los ojos prácticamente se le cerraban. Menudo aburrimiento!! El examen
era el viernes y tan solo le quedaban 2 días para terminar ese tema y el de la
Posguerra. "Bufff, es imposible", pensó Sonia, "Nunca lograré meterme todo esto
en la cabeza". En apenas un momento, y casi sin darse cuenta, abandonó
completamente los estudios y se puso a pensar en cientos de cosas. Cuando volvió
a la realidad, se dio cuenta de que había perdido 30 maravillosos minutos. "Dios
mío, tengo que centrarme!" se dijo a sí misma, "Pero es que es imposible, esto
no lo aguanta nadie".
- Me aburroooooooo!! - Gritó a los cuatro vientos.
Silencio. Nada más que silencio. Maravilloso unas veces,
agobiante otras. Desde que su madre comenzara a trabajar de nuevo, por las
tardes estaba completamente sola. Ambos padres, trabajando y su hermano
entrenando con el equipo de fútbol. Y, precisamente desde que pasaba sola las
tardes, sus estudios habían caído por debajo de cualquier cota marcada
anteriormente. Evidentemente ahora, en plena época de exámenes, se veía
desbordada, y el estrés era más que evidente.
Se levantó y se dirigió a la cocina andando delicadamente,
sin hacer ruido. Notaba las frías baldosas en sus pies descalzos. Tal frescor le
hizo evocar los largos paseos descalza sobre el césped del parque. Le encantaba
esa sensación. Abrió la nevera y sacó la botella de agua. Se dirigió a por un
vaso, pero decidió prescindir de él. Un pequeño acto de rebeldía. Pero el pensar
en esta insumisión mientras bebía la hizo sonreír y esto hizo que el agua cayera
por la comisura de sus labios. Tosiendo y aún riéndose, percibió el estropicio
que había hecho. El suelo estaba lleno de agua y mojaba sus pies. Parte de su
pierna derecha también estaba ligeramente mojada, al igual que la pernera de ese
lado del pequeño pantaloncito de algodón. Se imaginó a su madre regañándole ante
tan terrible accidente. "Jeje, parece que me hubiera meado" rió para sus
adentros. El notable frescor, por no decir frío, que azotaba su pecho la hizo
darse cuenta de que también su camiseta estaba mojada. Era posible que incluso
su sujetador estuviera absorbiendo algo de agua. Tras tomar la fregona y recoger
el estropicio fue a cambiarse de ropa.
Efectivamente, tras quitarse la camiseta, pudo comprobar que
el sujetador también estaba mojado en parte, de modo que decidió quitárselo
también. Tenía la piel de gallina por aquella zona, los pezones ligeramente
erectos. Sintió un escalofrío y dejó de observarse en el espejo. Tomó una
camiseta limpia y se la puso. Era sensiblemente más pequeña que la de antes y,
aunque bien es cierto que poco, se le marcaban los pezones. Le hizo gracia verse
en esa situación, sobre todo por haber olvidado colocarse otro sujetador antes
de realizar la operación. "Estoy perdiendo la cabeza con tanta Guerra Civil"
pensó divertida. Recordó que debía volver a los estudios pero la idea no le
agradaba lo más mínimo. Se tumbó en la cama. Estaba sola en casa. Y tenía un
regalo de su último cumpleaños que todavía no había examinado con detenimiento.
Desde luego no se trataba del horrendo suéter que le había regalado su abuela.
Evocó aquel sábado. Recordó que había mentido a su padre. En
realidad, le había soltado una ristra de mentiras, una detrás de la otra, pero
era la única forma de que a sus diecisiete años la dejara volver tarde a casa (a
esto ayudó que fuera su cumpleaños), pudiera hacer un botellón y además lo
pagara su padre. Sus amigas se habían salido con la suya. Ella no quería, no le
gustaba beber. Sin embargo todas ellas eran unas borrachas, sólo salían los
sábados para beber y beber con excepciones aún peores como Nuria que lo que
hacía era beber y enrollarse con cualquier tío que se le pusiera a tiro. Sonia
seguía virgen y verdaderamente no tenía ninguna prisa en dejar de serlo. De
hecho sólo había tenido algún fugaz toqueteo.
Volvió al armario y de uno de aquellos cajones donde guardaba
las antiguas muñecas sacó una caja de cartón normal y corriente y la puso encima
de la cama. Su corazón se aceleró. Las manos le sudaban. El nerviosismo era
evidente. Aunque nadie la miraba, notaba cómo sus mejillas enrojecían de golpe.
Debían de ser las doce de la noche cuando Silvia y Laura se
ausentaron de aquel pequeño botellón cortesía del padre de Sonia. Al cabo de 15
minutos aparecieron con una bolsa rosa y el regalo que le habían hecho sus
amigas. Es que no podían esperar al día siguiente?? Tuvo que abrirlo, por
supuesto, y lo que vio la dejó anonadada. Qué demonios era aquello? Qué le
habían regalado sus amigas? Sonia se hizo más pequeña al tiempo que su cara
enrojecía visiblemente. "Bueno, enséñalo, no?" comentó alguna de ellas. Se oían
algunos cuchicheos de curiosidad, todos estaban atentos al regalo. Un
sorprendente silencio cubrió la zona. Sonia estaba paralizada pero alguna de
ellas, no recordaba cuál exactamente, la ayudó a quitar el envoltorio de regalo
y a mostrar el mismo a todos los asistentes: un consolador, una grandiosa polla
artificial, perfecta réplica donde las haya. Las risas comenzaron a aflorar y
también los comentarios obscenos. "Pero es que no lo va a probar? Podría estar
defectuoso, jajaja". "A mí me parece un poco pequeño, tendréis el resguardo,
no??". "No sabía de tus necesidades, pero yo me ofrezco!!". "Pero lo va a probar
o qué?". Todos, porque sobre todo eran ellos, aunque algunas no se quedaban
atrás, todos y cada uno de los chicos presentes hacían comentarios y se reían.
Tomás, Alberto, Luis, José, incluso Elio, aquel chico que le gustaba tanto a
Sonia.
Abrió la caja y vio otra caja de colores chillones con
fogosas inscripciones en los lados. La parte delantera de plástico dejaba ver su
contenido: un consolador de unos buenos 20 cms de largo y entre 4 y 5 de ancho.
Rugoso, color pálido, una fiel réplica de la realidad. Oyó un portazo y cerró
rápidamente la caja, metiéndola debajo de la cama. Tardó casi medio minuto en
darse cuenta que era el vecino de enfrente. Con su corazón galopando en su
pecho, se agachó lentamente a recoger la caja. Volvió a abrirla. Miró su regalo
durante otro medio minuto y se decidió a cogerlo con sus manos. Le costó algo de
trabajo sacarlo de su caja original. Lo tomó en sus manos, comprobando el tacto.
No se le parecía a otras cosas de plástico que había tocado. En ese momento
pensó que el tacto también sería similar a la realidad, pero no tenía forma de
saberlo. Meses más tarde comprobaría que no era así. Lo giró, lo volteó, lo
sobó, comprobando todas sus estrías, palpándolo en toda su extensión. Era un
juguete, y era nuevo, qué otra cosa podía hacer? Estrenarlo. Pero no se atrevía.
Eso no estaba bien. No es que no hubiera tocado ya su cosita y se hubiera
masturbado, muchas veces a lo grande, pero no era lo mismo hacerlo con aquello.
Sin embargo, le atraía, le atraía mucho.
Estaba sudando, presa de la terrible excitación del momento.
Estaba muy nerviosa. Un escalofrío recorrió su espalda y el juguete cayó de sus
manos. Lo miró sobre la colcha de la cama. Miraba curiosa su forma, su color, su
tamaño. De verdad aquello iba a entrar? Debía probarlo, pero... quizá otro día.
Volvió a guardarlo. "Y ahora qué?" se preguntó, aunque ella misma sabía la
respuesta: "La Guerra Civil". Sacó de nuevo la caja y precipitadamente tuvo otra
vez en sus manos aquel falo de mentira. Nuevamente estaba mirándolo, apreciando
su tacto, palpándolo.
Seguía con los pezones duros, aunque ya no tenía el mismo
frío de antes. Sentía un pequeño nudo en el estómago y su pubis parecía algo más
caliente que antes. Se recostó en la cama al tiempo que cerraba los ojos y
comenzaba a pensar en Elio. Durante el último mes se había masturbado siempre
pensando en él, en su cuerpo vigoroso y en las duras facciones de cara. Las
clases de educación física eran un suplicio para Sonia, que no perdía un solo
movimiento de su amor platónico, no tan platónico en el futuro.
Mientras seguía apretando el consolador con la mano
izquierda, introdujo la derecha en sus pantalones y se comenzaba a acariciar
toda la zona por encima de sus braguitas, unas delicadas braguitas rosas con el
borde blanco. El suave pero continuo frote hizo que sus braguitas absorbieran
parte de su excitación, mojándose ligeramente. Este perpetuo rozamiento la hizo
apretar su mano izquierda, con el juguete incluido, sobre su pecho. Tocaba cada
vez más fuerte, metiendo sus braguitas en su impune rajita. La palma de la mano
se apoyaba en la parte superior de la vulva, apretando improvisadamente el
tímido clítoris. El juguete era apretado fuertemente por su mano izquierda, y
esta se agolpaba en su pecho, quedando el consolador entre ambas tetas y
apuntando hacia su boca. Pero Sonia permanecía con los ojos cerrados y frotando
su raja, apretando los dientes mientras el caluroso roce de la ropa interior la
encendía más y más hasta llegar irremediablemente a un delicioso orgasmo, que
apagó entre pequeños gemidos. Según recuperaba la respiración contenida,
jadeando silenciosamente, abría los ojos, sin apenas darse cuenta de que aquel
miembro de goma le miraba directamente a la cara situado en el valle que
formaban sus tetas.
Involuntariamente y sin apenas consciencia, soltó la enorme
polla, la cual no se movió lo más mínimo, pues estaba atrapada entre sus pechos.
Ahora con las manos libres, bajó hasta los tobillos de un tirón el pequeño
pantalón y las dulces braguitas, más dulces que nunca al estar empapadas de la
propia esencia de Sonia. Al tocar levemente su vulva notó su humedad, fruto de
su acción anterior. "Elio, si me vieras ahora..." pensó para sí misma. Pronto se
centró, llevaba por su excitación, en su tímido clítoris, que permanecía muy
agazapado en su escondrijo, pero no lo suficiente para poder ser tocado lo justo
y necesario para poner a su dueña a cien. El aparato de plástico subía y bajaba
en su pecho, acompasado a su cada vez más fuerte respiración. Próxima ya a un
segundo orgasmo, apartó de golpe las manos, haciendo reposar las caderas
levantadas en la cama. Acercó ambas manitas a su pecho para liberar el
consolador, que seguía atrapado en el canal natural entre sus dos pechos. De
este modo su nariz percibió el dulce y suave aroma que emanaba su coñito. Fue
fuerte la tentación de saborearse a sí misma, pero esta vez se retuvo y sólo
pasó los dedos más empapados por su nariz. Al separar la mano, un hilillo de
flujo se estiraba desde la punta de su nariz hasta su mano haciéndose más y más
fino hasta romperse. Su perfume persistía y la embriagaba, llevándola a un nuevo
estado de excitación.
Bajó su mano hasta su pubis y tras empaparla bien, la llevó
hacia su nuevo juguete sexual, porque era suyo, y esto la ponía más cachonda
aún. Bien mojado de sí misma, acercó el pene inerte a su gruta y lo mantuvo
fuertemente delante de la misma. El pequeño contacto que hizo sobre sus labios
mayores fue suficiente para que volviera a correrse, ni siquiera le dio tiempo a
introducirlo. Tras degustar este segundo orgasmo, tan ansiado por otro lado, se
relajó y volvió a cerrar los ojos, quedando ligeramente amodorrada. Hubieron de
ser necesarios otros largos 10 minutos de ensoñamiento para que volviera a la
realidad.
Con la cara desencajada y despatarrada completamente, con el
coño rezumante y los pezones aún erguidos, levantó el consolador esgrimiéndolo
como si de una espada legendaria se tratara. Los jugos que previamente había
esparcido sobre él parecían estar secos. Su cueva, aunque húmeda y caliente en
su interior, en su parte más externa lucía un flujo más viscoso y frío. Pero era
tal su excitación, aún latente, que no le fue necesario esperar mucho para
volver a estar en el punto álgido de la contienda. Se incorporó y escupió un
poco de saliva sobre el consolador, untando bien el líquido para dejarlo
brillante y resbaladizo. Tomó el pene con ambas manos y lo situó frente a su
pequeño coñito, el cual parecía cerrarse más aún ante la inminente penetración.
"Esto va por ti Elio" susurró Sonia quien, delicada pero fuertemente, comenzó a
apretar la cabeza del consolador contra su vulva. Cedía, pero poco. En un acto
de constancia y mucha paciencia, Sonia consiguió autopenetrarse con aquel
consolador.
Al topar con una resistencia mayor, tal y como era el himen,
salió de su ensimismamiento y dejó de apretar. No era el momento de empujar
hasta el fondo, aunque bien sabe su cuerpo que era lo que deseaba. Como jugando
con ella, su coño pareció abrirse más en aquel momento, sabedor de que ella no
podía empujar en ese momento. Ignorando aquella burla, Sonia sacó el juguete de
su interior para volver a introducirlo acto seguido hasta donde su virginidad se
lo permitía. Este continuo mete-saca duró un tiempo mayor que el prudencial,
pero Sonia estaba inmersa en el ejercicio, ajena a horarios y cualquier otra
cosa superflua. Emulando alguno de los mejores polvos que muchos y muchas
podamos recordar, estuvo masturbándose con aquel consolador durante casi media
hora, obteniendo varios de los mejores y más sabrosos orgasmos que hubiera
tenido hasta aquel día. Exhausta, cayó rendida en la cama, dejando caer el
consolador al suelo, y cayendo ella misma en un profundo y relajante sueño. Un
portazo la sacó de golpe de un sueño de paz y armonía.
- Sonia! Fran! Ya estoy en casa! - La voz de su madre retumbó
en sus oídos.
No podía reaccionar. Estaba paralizada. Podía oírla en la
cocina. Notaba sus pasos. Avanzaba impetuosamente por el pasillo. Oía el taconeo
de sus zapatos. Haciendo acopio de toda su voluntad fue capaz de incorporarse y
levantar su pantaloncito corto y sus bragas, los cuales tenía aún por los
tobillos. En lo que le parecieron horas y no fueron más que unos pocos segundos,
guardó el consolador bajo el colchón y tiró la caja bajo la cama. Su madre abría
la puerta de su hermano. Nada. Se dirigía hacia su cuarto. Sonia se puso ante el
escritorio. Todo había salido bien.
- Sonia, hija, estás sorda?
- Uh? Ah, hola, mamá, no me di cuenta.
- Ya... Y eso? - Le preguntó inquisitivamente su madre al
tiempo que señalaba la cama completamente deshecha.
- Eh... Bueno... Estaba un poco cansada y... bueno, dormí un
poco.
- Claro... Mira que te he dicho veces que no te acuestes tan
tarde, pero tú ni caso - Las últimas palabras las dijo mientras se marchaba por
el pasillo.
Sonia resopló, soltando la respiración contenida. "Por los
pelos!" pensó. Tenía la boca seca. Decidió ir a la cocina a beber un poco de
agua, esta vez sí, en vaso. Al depositar la botella en la nevera se fijó en una
nota que no recordaba haber visto antes:
"Mamá, hoy no ceno en casa, me voy al cine con mis amigos. Un
beso, Fran"
Cómo era posible que...? Esa nota no estaba antes!
Bueno, quizás al final, no todo había salido tan bien.