Mi hijo baja para ayudar a su padre y a Alberto a meter las compras dentro de
la casa, yo me quedo en el baño y me doy una ducha rápida. No me demoro
demasiado porque quiero ayudar también a guardar las cosas, así que apenas me
seco, me coloco un albornoz y bajo a la cocina. Cuando entro sólo se encuentran
mi marido y Alberto, estos al verme de esa guisa se quedaron paralizados, el
albornoz me llegaba a medio muslo y con el movimiento se me había abierto un
poco dejando a la vista buena parte de mis piernas y un generoso escote.
• Estas preciosa Ana.
• Si cariño, cualquier cosa que te pones te sienta de maravilla.
Aquellos halagos de mi marido y Alberto me hicieron sonrojar, e incliné un
poco la cabeza a la vez que cerraba los ojos en señal de agradecimiento.
• Sois unos caballeros. Ahora si no os importa voy a terminar yo
de guardar las cosas y os voy a preparar la cena.
• No es necesario Ana, para esta noche hemos comprado unos
aperitivos, además nos tenemos que acostar temprano ya que Alberto nos tiene
preparada una sorpresa para mañana.
• ¿De qué se trata?
• Mañana lo sabréis.
• ¿No me puedes adelantar nada?
• No, si os cuento algo dejará de ser una sorpresa.
Pedro entró en la cocina preguntando si ya estaba lista la cena, y eso fue lo
que hicimos. Entre todos preparamos la mesa y cenamos. Después nos quedamos un
rato charlando en el salón y nos despedimos hasta el día siguiente.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano, la luz del sol inundaba la
habitación, hacía un día maravilloso, me asomé a la ventana y pude ver a la
naturaleza en todo su esplendor.
• ¿Qué hace Ana?
• Buenos día cariño, nada sólo miraba por la ventana el paisaje,
ven mira que día tan bonito hace.
Antonio se levantó de la cama y me abrazó por la cintura y se puso a mirar
conmigo por la ventana.
• Si que hace un buen día, pero vamos a vestirnos, Alberto nos
pidió que bajáramos temprano a desayunar.
• Si, voy enseguida.
Recogimos la habitación y nos vestimos y bajamos al salón, allí ya estaban
Alberto y Pedro.
• Vaya, ya están aquí los dormilones.
• Perdonad, pero es que aquí, en la paz del campo se duerme de mil
maravillas.
• No te disculpes Antonio, a mi me pasa lo mismo. Venga vamos a
desayunar, Pedro ya lo tiene todo listo.
• Alberto, y que es de la sorpresa que nos tiene preparada.
• No te impacientes Ana, primero desayunaremos y luego os cuento.
Mi hijo había preparado un exquisito y abundante desayuno, del cual dimos
buena cuenta no dejando nada sobre la mesa.
Estábamos recogiendo los platos cuando sonó el teléfono de Alberto.
• ¿Diga?...Buenos días Fernando...si, de acuerdo, cuando
quieras...de acuerdo, no hay problema...te estamos esperando, no tardes.
• ¿Quién era Alberto?
• Era Fernando.
• ¿El chico que "alivia" al burro?
• En efecto, y ya verá la sorpresa que os vamos a dar.
• ¿No nos puede adelantar nada?
• No, no seáis impacientes.
No conseguimos que Alberto nos contara nada. Mientras que llegaba Fernando
salimos a dar un paseo por los alrededores, antes fuimos a las cuadras a buscar
a Lupo, había pasado allí la noche, cuando nos vio se puso a dar carreras a
nuestro alrededor en señal de alegría.
• Pobre animal, todo este tiempo encerrado en un apartamento,
tiene que estar alucinado de ver tanto espacio libre.
• Y que lo digas, si es en nuestra casa, que aunque no es muy
grande, pero como tiene un pequeño jardín, el pobre animal se lo pasa muy
bien.
• Bueno y que Ana le está "enseñando", ¿no?
• Si, ya lo tengo muy bien "entrenado".
Reímos a carcajadas, ya que todos sabíamos de que tipo de "entrenamiento" era
al que se refería Alberto.
• Antes de irnos nos tienes que enseñar los avances que has
conseguido con el.
• Estoy en deuda contigo Alberto, antes de irnos te lo voy a
enseñar.
De pronto suena el claxon de un coche.
• Vamos a la entrada, ese debe ser Fernando.
Nos dirigimos a la entrada de la finca, y al llegar pudimos comprobar, que
efectivamente se trataba de Fernando. Traía un vehículo todo terreno con un
remolque de los que se utilizan para el traslado de animales.
• Buenos días Fernando.
• Buenos días don Alberto, buenos días señores.
• Traes la burra.
• Si señor, está en el remolque, pues no hagamos esperar al
burro, ve tu a las cuadras que nosotros llegamos enseguida.
• Alberto, no me digas que has conseguido una hembra para el
burro.
• Así es, me la ha prestado un vecino del pueblo de al lado,
se enteró de que tenía un semental y me pidió si lo podía aparear con su
burra para que la embarazara. Así que vamos a las cuadras para ver como va
todo.
• Vaya mamá, parece que te ha salido una competidora.
• Tu madre no tiene competencia.
No contesté ya que estaba ansiosa por llegar a las cuadras y ver al burro
montar a la hembra, nunca había visto algo así y tenía mucha curiosidad.
Llegamos a las cuadras y Fernando nos estaba esperando dentro. Ya había
metido a la hembra en el mismo establo con el burro. La hembra se veía
tranquila, pero el burro estaba nervioso, tenía las orejas tiesas y hacía muecas
con el hocico.
• Fernando, ¿ya lo tienes todo listo?
• Sin don Alberto, cuando los señores quieran podemos empezar la
monta.
• Adelante entonces.
Fernando acercó al burro a la parte de atrás de la hembra y le acercó el
hocico a la vagina de la burra, éste no tardó en reaccionar y de un brinco se
subió encima. La hembra hizo el intento de deshacerse del burro, pero Fernando
la había sujetado bien y no pudo hacer nada. El burro tenía el pene erecto y
daba golpes en el trasero de la burra sin atinar a meterla por la vagina, en eso
Fernando le agarra el pene y le introduce la punta en la vagina, fue visto y no
visto de un golpe se la metió entera. Le dio varias sacudidas con fuerza y
enseguida se corrió, al sacarla le chorreaba aún bastante semen de su pene y
sobre todo de la vagina de la burra.
A mi todo aquello me estaba excitando mucho, se respiraba sexo, lujuria,
salvajismo. Me había puesto en primera fila para no perder detalle, estaba con
las manos apoyadas en las tablas del establo, ajena a todo lo que ocurría mi
alrededor. Entonces mi marido se me acercó por detrás, se pegó a mi e
introduciendo una mano por debajo del vestido llegó hasta mis bragas, no tuvo
dificultad ninguna para apartarlas y llegar hasta mi ya chorreante coño.
Entonces me susurró al oído:
• Dime cariño, ¿no te gustaría ser tu esa burra?
Sus caricias acabaron por encenderme del todo y sin volver la cabeza le
contesté:
• Si...me gustaría mucho.
Alberto se dio cuenta de todo, y nos sorprendió a todos cuando le dijo a
Fernando:
• Fernando, ¿crees que sería capaz de ayudar al burro para
que se folle a la señora?
Fernando giró la cabeza y nos miró con cara de sorpresa, tenía los ojos
abiertos como platos y me miraba fijamente.
• ¿A la señora?
• Si, ¿crees que podrías?
• Si, si la señora quiere y a los señores no les importa...
No le dio tiempo a terminar la frase cuando ya estaba dentro de la cuadra.
Fernando sacó la hembra y me preguntó que si estaba preparada, le respondí
afirmativamente. Me desnudé por completo y le hice saber que estaba lista.
• Señora, inclínese y apoye las manos en las tablas.
Seguí las indicaciones de Fernando. Una vez inclinada siento como los dedos
de Fernando hurgando en mi coño, los metía y sacaba. Al principio no entendía lo
que hacía pero me gustaba, pronto lo entendí todo le daba a chupar los dedos al
burro, este saboreaba mis jugos.
No tardó mucho en tenerlo listo, lo acercó a mi y el burro se subió en mis
espaldas. Notaba el pene del burro golpear en mis nalgas, hasta que Fernando se
lo cogió y lo puso en la entrada de mi coño. Al igual que con la burra me
penetró, pero esta vez tuve una penetración más profunda que la vez anterior.
Fernando le tenía agarrado el pene, de no ser así me hubiera desgarrado por
dentro.
Sentir ese enorme miembro dentro de mi hizo que tuviera un orgasmo que se
incrementó al sentir la corrida del burro en mis entrañas. Me inundó con una
cantidad enorme de semen. Cuando se bajó de mi y pude ponerme incorporarme noté
como el semen baja por mis muslos, estaba caliente y no dudé en llevar una de
mis manos a los muslos para coger parte de semen y llevármelo a la boca para
saborearlo.
Cuando terminé vi que Fernando no me quitaba los ojos de encima, y le
pregunté:
• ¿Habías visto algo así alguna vez?
• Si, pero nunca con tanta entrega.
• ¿Y te has gustado?
• Mucho, me ha dejado sorprendido...y caliente.
• Eso lo arreglo yo enseguida.
Me puse de rodillas delante de él y le bajé los pantalones y los calzoncillos
dejando ante mi una polla erecta, no muy grande, pero si bastante gorda y sobre
todo dura, muy dura.
Me entretuve con su glande, jugando con mis labios y mi lengua. Alcé la vista
un momento y vi que tenía los ojos cerrados y cara de satisfacción. Me metí la
polla entera en la boca, al hacer esto, Fernando me agarró de la cabeza y empezó
a follarme la boca, no tardó en correrse. Lo hizo de forma abundante, llenando
mi boca de leche caliente y espesa, cuando terminó sacó la polla de mi boca y
pude beberme toda su corrida.
Cuando terminó me ayudó a ponerme de pie.
• Señora, nunca antes había conocido una mujer como usted.
• ¿Y te gusta?
• Mucho, señora, es usted única.
Me había olvidado por completo de mis "espectadores", allí estaban los tres
con cara de sorpresa.
• Que, ¿os ha gustado el espectáculo?
Se quedaron callados, fue mi marido el que rompió el silencio.
• Mucho cariño, una vez más nos has vuelto a sorprender.
Eres increíble.
• Si, Ana, eres alucinante.
• Buenos dejaros de tanto halago, me tengo que bañar y ya
empiezo a tener hambre.
Recogí el vestido y me lo puse y salimos del establo. Fernando nos acompañó a
la casa y Alberto le invitó a comer, aceptó de buen grado y se quedó a comer con
nosotros.
Continuará...