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Fecha: 28-Nov-08 « Anterior | Siguiente » en Gays

El padre y la poción mágica (3)

eros
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Arturo trama un plan para hacer sucumbir a su hijo tras los efectos de la poción. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

El padre y la poción mágica (III)

Arturo se retiró a su habitación. Se había asegurado de que efectivamente, su hijo estaba dormido y no le había ocurrido nada malo después de acabar corriéndose de semejante manera. Arturo había quedado realmente encantado con los efectos de la pócima del brujo chino. Lo malo era que ahora tenía unas ganas terribles de irse a su habitación y masturbarse, pero pensó que lo mejor sería contenerse, pues estaba convencido de que para aquella misma noche conseguiría romperle bien el culo a su hijo.

Arturo estuvo toda la tarde esperando a que su hijo Ignacio intentase algo con él. Lo primero que hizo fue meterse en su habitación a hacer como que dormía la siesta, desnudo como había dicho en la comida. Se quedó encima de la cama con su miembro semirrecto reposando sobre su vientre. Le costó relajarse, pues el recuerdo de Ignacio abriéndose el culito lo alteraba enormemente y los pelitos en el ombligo le hacían coquillas en la punta de su miembro descapuchado. Y así fue cómo lo encontró Ignacio el salir de su habitación.

Cuando Ignacio se despertó, tremendamente relajado y feliz, en un principio no recordó lo que había estado haciendo antes de dormirse, pero se sentía terriblemente satisfecho. Sin embargo, enseguida notó esas extrañas cosquillitas en la entrada de su ano, lo cual hizo que le viniera todo de nuevo a la cabeza y… la imagen del pene de su padre. Y las cosquillas seguían ahí, y cuanta más atención prestaba a las cosquillas más intenso se hacía el calor en todo su cuerpo. A cada poquito, contraía los músculos del culo, pues eso le daba cierto placer, pero sabía que lo que estaba pidiendo era volver a introducir otro dedo o… tenía que dejar de pensar en ello. ¿Qué le estaba pasando? Se vistió y salió de la habitación, pero al pasar por el pasillo vio la puerta del cuarto de su padre entreabierto. Su corazón latió con fuerza. Quiso ir hacia la cocina, pero no pudo. Sin poder evitarlo sus pies lo llevaron hasta la puerta de la habitación de su padre, por donde asomo un momento para poder ver que, efectivamente, su padre estaba desnudo. No se lo podía creer. Veía a su padre como si lo viese por primera vez en toda su existencia. Era el ser más deseable y atractivo del mundo. Le gustaba todo de él. Desde la forma de su cara, su expresión, las proporciones de todo su cuerpo y… la mercancía que llevaba entre las piernas sin duda, era lo que Ignacio más deseaba. Empezó a sentir cosas muy intensas hacía su padre. Deseo de estar con él, de que lo volviera a acariciar y a abrazar como cuando era niño. Deseo de que su padre lo besara, lo poseyera… Ignacio pensó para sí mismo que ya estaba bien y se fue a la cocina a merendar.

Arturo, que en realidad estaba dormido y vio como su hijo se resistía a acercarse a él decidió que debería probar otra cosa. Luego de merendar, Ignacio se dio una ducha para limpiarse bien el cuerpo de los restos de semen y sudor. La ducha tuvo que ser rápida, porque si no iba a empezar a introducirse los dedos otra vez, pero Ignacio estaba dispuesto a resistir y a negarse. Eso no podía pasar más. No estaba bien. Resistiría el calor. Cuando el hijo salio de la ducha, el padre ya estaba fuera de baño esperando con una minúscula toalla atada a la cintura para entrar a ducharse él. Cuando Ignacio abrió la puerta del baño y se encontró de frente a su padre medio desnudo, se quedó sin respiración. Tartamudeo algo que quiso sonar a "Hola Papá, ya salgo" e intento pasar sin ni siquiera rozar a su padre, aunque Arturo no se lo puso fácil y el tocamiento de sus cuerpos fue inevitable. Ignacio volvía a sudar y se fue disparado para su habitación. Arturo se duchó con la puerta del baño entreabierta también, como invitando a su hijo a unirse a él, o al menos a mirar. Comenzó a masturbarse lentamente y a acariciarse el pecho con la otra mano por si su hijo quería disfrutar del espectáculo, pero Ignacio no salía de su habitación. "Esto va a necesitar un cierto empujoncito. Está claro" pensó Arturo.

Hijo, salgo a hacer unos recados. No tardó, estaré aquí para hacerte la cena.

"Hacerte la cena y otras cuantas cosas que tengo en mente" se dijo mentalmente el padre. Y así fue como Arturo salió a por algo que consideraba imprescindible para que su plan funcionase. Él sabía que si quería poseer a Ignacio aquella noche, debía conseguir que se estuviese quieto. Cuando hubo comprado lo que quería y ya regresaba a casa pasó por delante de un Sex Shop y pensando "Esto puede ser divertido…" entró sonriente en la tienda.

Cuando volvió a casa, Ignacio ya había salido de la habitación y estaba en la sala viendo la tele. Se le veía más relajado, pero cuando vio a su padre volvió a alterarse de nuevo y cogiendo el móvil se fue a hablar a la terraza. Arturo le hizo la cena a su hijo, los dos cenaron juntos y bastante rápido. Además, el interesado papá se había procurado cocinar algo ligero para aquella noche. Después de cenar Ignacio se fue a su habitación, como siempre. Pero aún era temprano y a Arturo le daba tiempo de prepararlo todo. Había llegado la hora.

……………..

Ignacio oyó cómo su padre lo llamaba desde la sala. Llevaba un buen rato centrado en un videojuego que lo mantenía distraído y había conseguido apartar el calor y las cosquillas de su mente. Quiso hacer como que no había oído nada, pero su padre lo volvió a llamar. Ignació fue al salón a regañadientes, donde se lo encontró sentado en el sofá. La tele estaba apagada y el hijo se preguntó que querría su padre. El salón no era pequeño. Un sofá grande se situaba delante de la tele, entre los cuales se interponía una mesita que reposaba sobre una gran alfombra. A ambos lados de esta había otro sofá, algo más pequeño y un sillón para una sola persona. El padre estaba sentado en el sofá pequeño, justo enfrente de donde Ignacio había llegado.

Ven conmigo Nacho, te he comprado una cosa.- le dijo el padre sonriente.

¿Qué me has comprado una cosa? – le preguntó Nacho perplejo.

Sí, pero es una sorpresa, así que tienes que cerrar los ojos y confiar un poquito en tu padre.

Bueno…- y algo mosqueado Ignacio cerró los ojos. Pudo notar como su padre se acercaba a él, lo agarraba por los brazos y lo conducía hacia delante donde le hacía sentarse en lo que él intuyó que era el sofá pequeño. Oía como ruidos metálicos, y le pareció que su padre se había agachado y hacía algo en la mesita. Luego, notó que le agarraba un tobillo y…

¡Papá! ¿¿¿Qué es esto??? ¡Me acabas de esposar a la mesa!

Efectivamente, Arturo había comprado unas esposas para conseguir que su hijo se estuviese quieto y le había enganchado un tobillo a la pata de una mesa, que por la estructura de la mesa, era imposible de soltarse y salir corriendo. De modo que o Ignacio intentaba escaparse de allí con una mesa colgando del tobillo, o no se iba.

¿De que va todo esto Papá?

Tranquilo Nacho, sólo quiero ayudarte. Es parte de la sorpresa. Tú sólo tienes que relejarte. No va a pasar nada que tu no quieras.

Ignacio estaba flipando. Entre lo que había ocurrido aquella tarde la extraña actitud de su padre no entendía nada. Su padre se había levantado y había introducido un dvd en el reproductor. Después, encendió la tele y le dio al play. Se trataba de una película de carácter erótico donde en un hotel un montón de bellas mujeres de dejaban magrear por hombres de todo tipo.

Papá, por favor, se te está hiendo la cabeza. – pero su padre no le contestaba. Sin embargo, para espanto de Ignacio, se estaba quitando toda la ropa delante suya.

Arturo se quedó desnudo en el sofá grande. Fuera del alcance de su hijo, pero completamente a la vista. El miembro de Arturo, aunque flácido, empezaba a tomar volumen con la situación. El hijo lo miraba de arriba abajo. Le gustaba mucho ver así a su padre y comenzó a excitarse. Otra vez el calor. Otra vez las cosquillas en el culo.

Por favor Papá, yo no quiero esto… ¿Qué me vas a hacer? ¿Pretendes violarme o algo así?

¿Violarte? Por supuesto que no, jamás haría algo así. Ya te dije que aquí no pasará nada que tú no quieras. Es más: el ritmo lo vas a marcar tú, pero para eso tienes que estar preparado, y primero tienes que reconocer lo que sientes por mí.

¿Lo que siento por ti?- preguntó Ignacio jadeando.

Claro hijo, lo que sientes por mí. Me he dado cuenta de cómo me miras y se que te gusta verme desnudo. Sé también que te mueres de ganas de tener sexo conmigo, no puedes negarlo. – la hipocresía del padre era desmesurada, pues decía todo aquello como si no lo hubiera provocado él mismo usando artes extrañas.- Mira hijo, te he puesto el video para que veas como funcionan estas cosas. Esas bellas mujeres que ves en la tele se entregan a muchos hombres, porque es lo que le gusta y eso las complace. Yo te quiero, y se que lo que te gustaría es sentirte como esas mujeres. Sé que te gustaría que yo fuera el hombre que te complaciera, de modo que, si me dejas, esta noche te estrenaré el culito para que puedas quitarte esas horribles ganas que tienes.

Ignacio no sabía qué decir. Por un momento calló. Las palabras de su padre lo habían pillado por sorpresa, lo habían abrumado y también excitado, pero decidió desmentir aquello.

No Papá, te equivocas, yo no quiero eso…

Bueno, si es así ¿por que estas tan excitado? Hijo, tenemos toda la noche. Cuanto antes te decidas antes podrás disfrutar con esto.- dijo agarrándose el rabo.- De todos modos, se que no aguantarás mucho.

Era verdad. El pantalón de Ignacio mostraba una tremenda erección. La película, su padre desnudo, la situación… lo estaban provocando de sobremanera y hacían que el calor y las cosquillas se multiplicasen. Su padre se tocaba y ya estaba completamente erecto sonriéndole con picardía. No iba a ceder, pero tampoco podía aguantar más aquel calentón. Sin embargo, no se iba a rendir a su padre. Comenzó a tocarse por encima del pantalón. Una ola de placer lo inundó. Ignacio sudaba. Quería más. De modo que sin más dilación se quitó la camiseta y se sacó los pantalones y la ropa interior hasta donde las esposas se lo permitieron y comenzó a masturbarse delante de su padre.

Eso es Nachito, dejate llevar.

No te confundas, me estoy excitando mucho por las mujeres del vídeo.

Te estás excitando mucho por la mercancía que te traigo entre las piernas y que lleva tu nombre, hijo mío. No puedes negármelo. Lo que te gustaría es cabalgarme, así que déjate de tonterías y hazlo. Ya empiezas a aceptarlo.

No digas más tonterías papá y acaba con esto. Me gustan las mujeres y no quiero cabalgarte, ¿no lo entiendes?

¿Ah sí? Y entonces, ¿Por qué te frotas el ano?

Era verdad, inconscientemente Ignacio se estaba acariciando el ano para apagar las cosquillas. Ya ni se había dado cuenta.

Bueno Papá, eso es algo normal que mucho heterosexuales hacen.

Es cierto hijo… puede ser, puede ser… Entonces si eres tan heterosexual, supongo que no querrás usar esto.- y al decirlo sacó de una caja que tenía a su lado y en la cual el hijo no había reparado. De la caja saco un consolador rosa y liso. No era demasiado grande, apenas quince centímetros. – Toma, haz con él lo que quieras.- y se lo lanzó dejándoselo al lado en el sofá.

Ignacio miró el consolador. No quería usarlo pero las cosquillas eran cada vez más grandes y cada vez las contracciones en sus músculos internos eran más fuertes y frecuentes. El culo le picaba por dentro, y pedía ser atendido. Ignacio se seguía frotando el ano con fuerza, casi se concentraba más en este punto que en su polla, hasta que se dio cuenta de que ya estaba metiendo la punta de uno de sus dedos. No pudo más, confió el consolador y se lo metió casi de golpe. Soltó un primer gemido de placer al ser la primera vez que recibía algo tan grande en su culo. Sin embargo, no hubo dolor. Sólo una corriente eléctrica que le recorrió por toda la columna vertebral y que le hizo estremecerse. Se sacaba y se metía el consolador en el culo. Le estaba gustando muchísimo. Y entonces ocurrió. Vio el pene de su padre, que se le antojó claramente deseable, bueno, algo que era necesario y completamente natural desear. Lo que quería era a él, besarle, que le hiciera el amor con ese pene, que le llenase con dentro.

papá… ahh…. No puedo más… lo admito… ahhh… te quiero a ti…

Ya lo sé mi niño, ya lo sé, y ahora podremos estar por fin juntos.

Arturo se levantó y soltó las esposas que ataban a su hijo, le terminó de sacar los pantalones y lo cogió en brazos como el novio que lleva a la novia a la habitación nupcial en la noche de bodas. Se oyó caer el consolador al suelo, que se había salido del culito ahora tragón de su hijo. Arturo se dejo caer en el sofá grande y le hizo a su hijo sentarse encima. Se miraron por un momento y se besaron con pasión.

Papá… por favor…

¿La quieres hijo?

Sí… si la quiero… por favor…

Y al decir esto, Arturo hizo que su hijo se levantase lo justo como para poder poner su polla en la punta del culo de Ignacio. Después Ignacio bajó, su padre lo llenó por completo y ya todo estuvo bien para Ignacio. Cualquiera hubiera podido llegar a pensar que, llegados a este punto de la historia, hubieran empezado a brotar cálidas palabras de cariño entre los dos y que el padre le haría tiernamente el amor al hijo. Pues no, no fue así. El cariño estaba ahí, pero lo que los dos querían era otra cosa. El padre llevaba meses deseando taladrar a su hijo. La poción hacía del hijo un joven pasivo deseoso de ser follado por su padre. De modo que Arturo comenzó un mete y saca a toda velocidad que nadie se hubiera imaginado de él. No paraba y el chop chop de sus pelotas la chocar con el culo de su hijo resonaba por todo el salón junto con sus jadeos.

¿Te gusta? .- no había respuesta.

Dime… ¿te gusta? .- se oyó un débil y bajo "sí"

No te oigo, grita, ¡grita!

¡Sí! ¡Me gusta!

¿Más fuerte?

¡Sí sí! Más fuerte, más fuerte.

Y así siguió Arturo durante quince minutos bombeando el culo de su hijo en el sofá del salón, hasta que de pronto paró y se la sacó.

¡No no, por favor! Papá no pares, no me la saques.

Tranquilo mi niño, que sólo vamos a cambiar de postura. Pero puedo seguir saciándote toda la noche. Con las ganas que te tenía…

Apartaron la mesa y Arturo tiro a su hijo al suelo, donde se le echó encima y comenzó a penetrarlo. Ignacio estaba boca abajo, con el culo en pompa pidiendo recibir más. Las palabras casi no podían salir de su boca, babeaba de placer.

¿Y tu eras el machito que pretendías aparentar? ¿Eh? Qué los heterosexuales no hacían eso, decías. ¿Eh? Y ahora, ¿qué? ¿Eres un machito heterosexual? ¿Recibiendo rabo con el culo en pompa? ¡Contesta a tu padre!

NOOOOoooo, no lo soy… ahhhhh… no….

Muy bien, así me gusta, así…- le decía Arturo mientras tiraba del pelo de su hijo obligándole a echar la cabeza hacia atrás mientras le penetraba más profundo.

Después de probar dos posturas más, siguieron haciéndolo de pie. Ignacio contra la pared mientras Arturo le follaba el culo. Y entonces Arturo se corrió en el interior de su hijo, mientras Ignacio le pedía que por favor lo llenase con su semen y de puro placer y, sin tocarse, Ignacio se corrió también.

Aquella noche, Arturo le dijo a su hijo que dormirían juntos, que le había gustado mucho y que lo repetirían siempre que él quisiera. Ignacio se dio cuenta de que no podía separarse de su padre. Para él ahora mismo, todo consistía en estar con él y no deseaba nada más. De modo que durmieron abrazados y contentos en la cama de Arturo cuan feliz matrimonio, como satisfechos amantes y como amados padre e hijo.

Pero un pensamiento calló aquella noche sobre la mente de Arturo y era que… el efecto de la poción sólo duraba tres días.



© eros

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