Un amigo de mi marido nos invitó a pasar unos días a su
finca. A mi la verdad no me hacía mucha ilusión pasar el fin de semana en el
campo, pero mi marido estaba muy ilusionado y no le quise contradecir. Alberto,
el amigo de mi marido, nos vendría a recoger el viernes al mediodía.
Antes de seguir, me voy a presentar. Mi nombre es Ana, tengo
48 años, ¿mi físico? Bueno, normal, de mediana estatura y un poco gordita, eso
si, con curvas. Pero si me queréis conocer mejor, en la sección de "Confesiones"
tengo publicados una serie de relatos bajo el título de "El juguete".
Bueno, pero vamos a seguir con la historia. Alberto llegó a
la hora pactada, metimos el equipaje en el portamaletas y pusimos rumbo a
nuestro destino. Paramos por el camino para descansar un rato y comer algo.
Al fin llegamos al pueblo donde se encuentra la finca de
Alberto, es un pueblo de la sierra precioso, aunque la finca está en las
afueras. Paramos para comprar comida. En la tienda conocían muy bien a Alberto,
y he de decir que las gentes de aquel lugar me dieron muy buena impresión, eran
gente sencilla y educada.
Después de realizar las compras, pusimos rumbo hacia la
finca, ésta no se encontraba demasiado lejos del pueblo. Era un lugar encantador
con unas vistas de la sierra preciosa, ya que estaba situada en la ladera de un
monte. La finca no era muy grande, estaba muy bien cuidada. Tenía una casa, una
zona de jardines con una gran piscina y unos establos.
●
Bien, ¿qué os parece mi pequeño paraíso?
●
Desde luego Alberto, he de confesar que todo
esto es muy bonito.
●
Y a tu Ana, ¿te gusta?
●
Opino como mi marido, es un lugar
maravilloso.
●
Bueno primero vamos a acomodarnos y luego os
lo enseño todo.
Entramos en la casa, y Alberto nos enseño nuestra habitación,
estaba en la planta superior y tenía unas magníficas vistas de la sierra.
●
Bueno os dejos para que vaciéis las maletas.
Os espero abajo.
Deshicimos las maletas y nos cambiamos de ropa. Bajamos al
piso inferior, donde nos esperaba Alberto.
●
¿Ya estáis listo? Pues vamos a dar un paseo.
Estuvimos paseando por la finca y sus alrededores, todo era
precioso y estaba muy bien cuidado.
●
Alberto, ¿quién cuida de todo esto?
●
Me lo cuida un vecino del pueblo, Juan. Es
un hombre de confianza, y ya veis el resultado, lo bien que está todo.
Vamos, os voy a enseñar la cuadra.
●
No me digas que también tienes animales.
●
Pues si Antonio, es un pequeño capricho, y
como Juan me los cuida, no tengo que venir todos los días.
Llegamos a la cuadra y Alberto abrió el portón, me sorprendió
el olor que había en su interior, aunque no me fue desagradable. Había un
pasillo central y una serie de establos a los lados.
●
Bueno, ¿qué os parece?
●
Caramba Alberto, que callado te lo tenías.
●
Ya sabes que no me gusta hablar de mi vida
privada.
●
¿Cuántos caballos tienes?
●
Dos yeguas, un caballo y pequeño burro.
Estuvimos caminando por la cuadra y Alberto nos contaba una
historia relacionada con cada animal, hasta que llegamos a la cuadra donde
estaba el burro. Nos llevamos una sorpresa, ya que el animal estaba empalmado.
Me sorprendió ver semejante pene y no pude evitar el soltar una carcajada.
●
El burrito se ve que está sano.
●
Este es mi problema, Ana.
●
¿Y eso?
●
Que este animal es un semental y en toda la
comarca no hay ninguna burra para que el animal pueda desahogarse, y lo
tengo todo el día como lo veis ahora.
●
Pobrecito, ¿y no puedes hacer nada?
●
Si, de vez en cuando viene un chico que
ayuda a la monta de caballos y "le alivia un poco"
●
¿Cómo que "le alivia"?
●
Ana, mujer...
●
Antonio, que estamos entra adultos. Si, que
el chico lo masturba.
●
¿Y cuando viene otra vez? Yo eso no me lo
quiero perder.
●
¡Ana, por favor!
●
No te preocupes Antonio, sois mis invitados
y os complaceré en lo que pueda.
Alberto sacó su móvil y llamó al chico:
●
Hola Fernando, soy Alberto. ¿Podrías venir
esta tarde a mi casa?... Es que el burro está otra vez muy nervioso y
tengo miedo que se haga daño...Bien, pues quedamos a las cinco...Hasta
luego.
●
Desde luego Ana, mira que eres caprichosa.
●
No te preocupes Antonio, a mi no me importa,
y además a este animal hay que aliviarlo ya.
Terminamos de visitar la finca y no metimos en la casa para
comer.
Después de la comida, nos sentamos en el salón a charlar, mi
marido y Alberto charlaban amigablemente recordando viejas batallitas vividas en
su juventud, yo no me podía quitar de la cabeza al burro y no echaba cuenta de
lo que hablaban, así que cuando se dirigía a mi respondía con una sonrisa o un
si...si, ya...ya. Aquel animal se me había metido en la cabeza, no
podía apartarlo de mi pensamiento, me obsesionaba, me mojaba las braguitas.
Llamaron al timbre de la puerta y Alberto fue a contestar,
era el chico que trataba con el burro.
●
Ya está aquí Fernando, voy a ir a abrirle la
verja de la entrada y enseguida vuelvo.
●
¿Por qué no vamos todos juntos?
●
Bueno, y así nos dirigimos directamente a
las cuadras.
Salimos de la casa y nos dirigimos a la entrada de la finca,
allí estaba Fernando, era un joven apuesto y fuerte.
●
Hola Fernando.
●
Hola don Alberto.
●
Estos señores son amigos míos.
●
Buenas tardes señores.
●
Como te conté por teléfono, el burro está
otra vez nervioso.
●
Don Alberto a ese animal hay que buscarle
una hembra como sea.
●
Eso vamos a tener que hacer, voy a ver si en
la protectora de animales me dan una solución.
Llegamos a la cuadras, y cuando llegamos a la cuadra del
burro, el chico se sacó unos guantes de látex del bolsillo, se los puso y entró
dentro de la cuadra. Acarició el lomo del animal y con una cuerda lo ató muy
corto. Luego empezó a tocarle el miembro. Al burro se le puso el pene erecto en
un santiamén, mostrando una virilidad sorprendente. A mi aquello me estaba
excitando tanto, que aparté a mi marido para tener una mejor vista de aquel
espectáculo.
El olor del lugar y el pene erecto de aquel animal me estaban
excitando mucho, demasiado. Tenía las bragas chorreando y tuve que contenerme
para no entrar en la cuadra y terminar yo misma de masturbar al burro. Cuando el
animal eyaculó, me sorprendió mucho la enorme cantidad de leche que soltó.
●
¡Vaya corrida ha tenido el burro! ¿Siempre
echa tanta leche?
●
Si Ana.
●
¡Es alucinante!
●
¿Nunca habías visto algo así?
●
No, nunca.
El chico se quitó los guantes y los echó dentro del cubo de
la basura.
●
Don Alberto, ya he acabado.
●
Bien, vamos a casa para que te pague.
Salimos de las cuadras y nos dirigimos a la casa. No podía
quitarme la imagen del pene del burro de la cabeza, su tamaño, su virilidad, la
cantidad tan enorme de esperma lanzado.
Alberto despidió al chico y pasamos el resto de la tarde
dando una vuelta por los alrededores de la finca, mi marido y su amigo con sus
charlas y yo pensando en el pene del burro.
Cenamos y nos fuimos a nuestros respectivos dormitorios a
dormir. Nada más entrar en el nuestro, me desnudé y me puse de rodillas en la
cama con la cabeza apoyada en la almohada.
●
Venga Antonio, follame.
●
Ahora mismo cariño, deja que me quite la
ropa.
●
Venga, meteme la polla.
El tiempo que mi marido tardó en quitarse la ropa me pareció
una eternidad, estaba deseosa de ser follada. Por fin sentí como mi marido me
agarraba por las caderas y de una embestida me metía su polla hasta el fondo.
●
Así, Antonio...así...
●
¿Te gusta?
●
Si...si...fóllame...fóllame...
●
Toma polla guarra...toma polla...
●
Fuerte...fuerte...dame fuerte...
Enseguida tuve un orgasmo, estaba tan caliente, la imagen del
burro me había puesto tan cachonda, que no tardé mucho en correrme. Mi marido
también se corrió, llenándome el coño de leche.
●
Antonio...me corro...me corro...
●
Toma polla...puta...toma polla...
●
Dame...dame...
Cuando mi marido sacó la polla de mi coño, me incorporé y
puse mi mano en mi coño para recoger el semen de mi marido. Luego me llevé la
mano a la boca y saboreé bien su leche, lamiéndome la mano, luego me metí su
polla en la boca y se la dejé bien limpia.
●
Antonio, he disfrutado mucho.
●
Estabas caliente, ¿verdad?
●
Si, mucho.
●
¿Y qué te ha puesto tan caliente, mi amigo o
Fernando?
●
El burro.
●
¿El burro?
●
Si, no he podido evitarlo, me he puesto
cachonda viéndole el pene.
●
Desde luego mira que eres guarra y puta.
●
Antonio, quiero masturbar al burro, quiero
tocarle el pene.
●
¡Estás loca!
●
Necesito hacerlo.
●
¿Y qué hacemos con Alberto? No quiero que se
entere de nuestra vida secreta.
●
Tú déjame hacer a mi.
Mi marido no se quedó muy convencido, pero accedió a mi
petición.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano, y después de
un abundante desayuno, Alberto nos invitó a dar un paseo en caballo por la
sierra. Estuvimos hasta mediodía paseando con los caballos, fue un paseo muy
bonito, aquel lugar era verdaderamente un paraíso, la vegetación era muy
abundante y las vistas de ensueño.
Regresamos a la finca y entramos en las cuadras para dejar
allí los caballos. El burro estaba rebuznando y dando coces.
●
Alberto, ¿qué le pasa a ese animal?
●
Que le va a pasar, que está falto de hembra.
●
Pobrecito.
●
Luego llamaré a Fernando para ver si puede
venir mañana.
●
¿Y tanto va a tener qué esperar el
animalito?
●
No le queda más remedio, Fernando tiene sus
compromisos, y esto me lo hace como un favor, y no quiero abusar de su
confianza.
●
Pero es un lástima que el animal esté así.
●
Ya, pero no podemos hacer nada.
●
Quizás si podamos.
●
¿Y qué podemos hacer?
●
Si quieres yo misma puedo aliviarlo.
●
¿Tú Ana?
●
Si no te importa claro.
●
No, si no me importa, en absoluto, pero me
da cosa que tu toques al burro. ¿Tu qué opinas Antonio?
●
Mi mujer no ha tenido una mala idea, pero
ese animal está muy alterado y le puede hacer daño.
●
Si lo atáis corto, no creo que pueda hacerme
daño.
●
Bueno, está bien, voy a ir por la cuerda
para sujetarlo.
Alberto se marchó a buscar una cuerda para sujetar el burro,
y mi marido y yo nos quedamos en la cuadra esperando a que volviera.
●
Mira que eres puta, al final te vas a salir
con la tuya.
●
Yo no me voy de aquí sin tocarle el pene al
burro.
●
¡Qué guarra eres!
Alberto regresó con las cuerdas, entró dentro de la cuadra y
amarró al burro dejándolo casi inmóvil.
●
Ana, ya lo tiene listo.
Entré en la cuadra, cuando tuve al animal tan cerca me dio un
poco de miedo, Alberto se dio cuenta y me dijo que si quería que lo dejara, yo
le contesté que no, que ya que estaba allí acabaría "mi trabajo". Empecé a
acariciar aquel animal por el lomo, era muy suave, y me sorprendió mucho su
suavidad. Era agradable acariciarlo. Estuve una rato acariciándolo, por el lomo,
la cabeza, y lentamente me fui acercando a su miembro viril. Me agaché y empecé
a acariciarle la panza, y luego me puse de rodillas en el suelo, quedando casi
debajo del animal.
Ahora tenía ante mis ojos el pene del burro, podía olerlo, me
embriagaba aquel olor tan penetrante. Tenía el pene semierecto, con una mano le
acariciaba la panza y con la otra le agarré el pene. El animal al sentir mi mano
dio como una especie de respingo, yo aparté la mano un poco asustada, pero
cuando vi que animal estaba tranquilo le volvía a agarrar el pene. Primero se lo
estuve acariciando, lo hacía con las dos manos, y al animal no tardó nada en
tener una erección, y que erección.
Alberto y mi marido no decían nada, sólo miraban mi faena.
Lentamente Acariciaba el pene del burro y poco a poco fui aumentado el ritmo de
mis manos. El pene de aquel anima alcanzó un tamaño increíble, yo a esa altura
de la situación me había puesto muy cachonda, y mientras masturbaba al animal
miraba su pene con deseo. Olvidé por completo que Alberto y mi marido estaban
presente observando todo lo que hacía, pero yo ya estaba fuera de control.
Me acerqué aún más al pene del burro, tanto que lo tenía casi
pegado en mi cara. Aquel olor me emborrachaba, me tenía aturdida, me excitaba, y
ajena a todo me metí en la boca la punta del pene del burro. Ahora, aparte del
olor, podía saborearlo también. Mientras le acariciaba el pene con las manos,
con mi boca podía saborear su virilidad. Cuando sentí que se iba a correr, me la
metí todo lo que pude en la boca, casi hasta la garganta y cerré bien los
labios, y cuando llegó la corrida de aquel animal sentí como su leche me entraba
directamente en mi garganta, pero era tal cantidad lo que echaba aquel animal
que no podía tragármelo todo, llenándome la boca haciendo que buena parte de su
corrida saliera fuera.
Cuando terminó de correrse, estuve un rato chupándole el pene
para dejárselo limpio, luego me estuve relamiendo como una gata saboreando los
resto que había en mis labios y en mi cara.
Una vez hube acabado, volví a la realidad. Allí estaban
Alberto y mi marido con los ojos muy abiertos, atónitos, sin decir nada. Yo me
quedé un rato de rodillas en el suelo mirándolos. Fue mi marido el que rompió
aquella gruesa capa de hielo.
●
Ana...deja que te ayude a ponerte de pie.
●
Gracias cariño.
●
Ana...te agradezco que hayas aliviado al
burro...yo...
●
No tienes que agradecerme nada...me daba
lástima el animal.
La situación era muy tensa, salimos de las cuadras sin decir
nada, casi sin mirarnos, y nos fuimos a la casa para comer. Luego nos retiramos
a nuestra habitaciones para descansar un rato, ya que esa noche bajaríamos al
pueblo para cenar en un restaurante que nos había recomendado Alberto.
Nada más entrar en la habitación, mi marido me abordó.
●
Desde luego Ana, mira que eres guarra y
puta.
●
No pude evitarlo, me puso cachonda el
miembro de ese animal.
●
Pero lo de meterte su pene en la boca fue
muy fuerte, Alberto se quedó alucinado.
●
Y a ti, ¿no te gusto lo qué viste?
●
La verdad es que si, mucho. Fue muy
excitante.
●
¿Y no te gustaría follarte a tu mujercita?
●
¿Estás cachonda?
●
Mucho.
Nos desnudamos y mi marido me puso a cuatro patas sobre la
cama y me estuvo follando con fuerza, salvaje.
●
Toma polla puta...toma polla...
●
Dame...dame...fóllame...
Me embestía como si fuera un animal, me insultaba. Y cuando
se fue a correr, me puso boca arriba, se subió encima de mi metiendo su polla
dentro de mi boca. La metió hasta el fondo y cuando se corrió me tragué todo se
semen. Pero cuando terminó no se quitó de encima, y permaneció sobre mi, con la
polla dentro de mi boca. Noté como poco a poco se le iba bajando la erección y
empecé a jugar con ella con mi lengua, hasta que empezó a orinar dentro de mi
boca, me lo bebí todo y luego le dejé la polla bien limpia.
Cuando terminó me fui al baño para lavarme y masturbarme, ya
que no me había dado tiempo a correrme con mi marido. Llené la bañera con agua
caliente y me metí dentro, cerré los ojos y mientras recordaba todo lo sucedido
estuve acariciándome, lentamente, sin prisas. No solo recordaba lo sucedido,
sino que empecé a fantasear. Me imaginaba al burro encima de mi, penetrándome
haciéndome suya. Aquellos pensamientos hicieron que aumentara el ritmo de mis
caricias, me estaba excitando tanto que acabé abierta de piernas con tres dedos
dentro de mi coño, metiéndolos y sacándolo con fuerza, me imaginaba al burro
follándome y llenándome el coño de su abundante leche.
Aquellos pensamientos unidos a mis caricias provocaron en mi
orgasmo muy intenso. Cuando terminé un suspiro largo y profundo se escapó de mi
boca, me había quedado muy satisfecha y me quedé un buen rato dentro de la
bañera con los ojos cerrados y la mente en blanco.
No sé el tiempo que estuve en la bañera, pero el caso es que
me había relajado mucho. Me puse el albornoz, salí del baño y me fui a mi
dormitorio, allí estaba mi marido echado en la cama, se había quedado dormido,
así, que sin hacer mucho ruido salí del dormitorio y bajé a la cocina para
hacerme un café. Pero al llegar al la cocina me llevé una sorpresa, allí estaba
Alberto. Me quedé cortada, sin saber que decir, Alberto me saludo:
●
Hola Ana.
●
Hola Alberto.
●
Ana, tengo que darte las gracias por lo de
esta mañana.
●
No tiene importancia.
●
Si la tiene, ese pobre animal va a caer
enfermo.
●
Bueno, tendrás que buscarle una solución.
●
Yo había pensado que si tu pudieras
mañana...
●
Mañana, ¿el qué?
●
Que si tu pudieras tocarlo otra vez mañana.
●
Bueno, por mi no hay inconveniente.
●
No sabes como te lo agradezco.
●
Ni hay de que hombre, para eso estamos los
amigos.
Me preparé el café, por supuesto le hice otro a Alberto, y
seguimos charlando amigablemente hasta que llegó mi marido, quien se unió a la
charla. Luego nos retiramos para vestirnos.
Aquella noche fuimos a cenar a un restaurante del pueblo, el
lugar era acogedor y la comida excelente. Comimos abundantemente y bebimos con
generosidad, fue una velada maravillosa. Alberto sabía como tratar a sus
invitados.
Cuando regresamos a la finca, nos sentamos un rato en el
salón para tomar una copa antes de acostarnos, entonces Alberto sacó otra vez el
tema del burro:
●
Bueno Ana, entonces mañana vas a aliviar
otra vez al burro, ¿no?
●
Bueno, si a Antonio no le importa.
●
A mi no me importa en absoluto.
●
Entonces, podemos ir después de desayunar,
¿te parce bien Ana?
●
Está bien.
Está claro que Alberto había disfrutando viendo mi exhibición
del día anterior.
A la mañana siguiente nos levantamos tarde, y después de
desayunar, Alberto volvió a abordarme sobre el burro:
●
Ana, cuando tú quieras vamos a ver al burro.
●
Yo estoy lista, cuando ustedes quieran.
●
¿Te parece bien que vayamos Ahora Antonio?
●
Si Ana está dispuesta, por mi no hay
inconveniente.
Ya no había dudas, Alberto quería ver otra vez como tocaba a
su burrito, y la verdad sea dicha, yo también estaba deseando volver a tocarlo.
La noche anterior, antes de quedarme dormida estuve pensando en el burro, en su
pene, en su olor, en su semen, en fin que me tuve que follar a mi marido.
Llegamos a las cuadras y entramos donde estaba el burro.
Aquel animal estaba tranquilo, pastando y no nos echaba mucha cuenta, yo pensé
que hoy el burro no tendría ganas de hembra, pero Alberto me animó a que le
acariciara. Empecé a acariciarle el lomo, luego me puse delante suya y le
acaricié el hocico y las orejas. Entonces mi marido me hizo una propuesta:
●
Ana, ¿por qué no te desnudas?
●
Antonio, está Alberto delante.
●
Por mi no te preocupes, además estarás más
cómoda.
El muy pícaro quería verme desnuda, y yo que ya estaba muy
excitada y cómo a mi marido no le importaba, me quité toda la ropa quedándome
desnuda delante de aquel burro teniendo a mi marido y a su amigo de
espectadores.
Me volvía a poner delante del burro y volvía a acariciarle el
hocico y las orejas, luego empecé a refregar mis tetas con su hocico, al
sentirla sacó su lengua y me dio un lametón en los pechos, tenía la lengua
húmeda y caliente. Luego baje mis manos y empecé a acariciar su panza, me puse
en un lado y poco a poco fui acercándome a su pene, hasta que llegué a el y se
lo cogí con mi mano. Lo tenía flácido, pero el animal al sentir mi mano no tardó
nada en tener una erección tremenda.
Me puse de rodillas y le cogí el miembro con las dos manos y
estuve un rato acariciándoselo, luego me lo acerqué a la boca y lo estuve un
rato chupándoselo. El animal se excitó tanto que empezó a dar coces en el suelo,
yo me asusté mucho y me levanté rápidamente y salí fuera de la cuadra.
●
Desde luego Ana, sabes como excitar al
burro.
●
¿Por qué no sigues?
●
Me da miedo a que me de una patada.
●
Antonio, ¿te importa mucho si ayudo a tu
mujer?
●
Por mi no hay inconveniente, siempre que
ella quiera.
●
¿Quieres qué te ayude Ana?
●
Si, por favor, me da miedo que me haga daño.
Alberto fue a buscar unas cuerdas para sujetar al burro, y
una vez que lo tenía afianzado me invitó a que siguiera con mi tarea.
El miedo ya se me había pasado, así que no me hice de rogar y
entré de nuevo en el establo, Alberto sujetaba al burro, y yo me puse otra vez
de rodillas, pero al hacerlo miré hacia atrás y pude ver como Alberto me miraba
el culo. Me incliné hasta llegar a la altura del pene del burro, estaba
prácticamente debajo del burro, pero mi culo quedaba fuera a la vista de Alberto
y de mi marido. Aquella situación me excitaba tanto que le agarré el pene al
burro y me lo volvía meter en la boca, mientras que lo masturbaba. Entonces se
me pasó por la cabeza la idea de follar con el burro:
●
Alberto, este animal lo que necesita es una
hembra, ¿no?
●
Así es.
●
Pues yo seré su hembra.
●
¡Ana! ¿Estás loca?
●
No Antonio, es que me da lástima el animal.
●
Ana...no creo que puedas...
●
Si me ayudáis lo podemos intentar.
Me vieron tan decidida, que Alberto fue a buscar una manta
para ponérmela encima, así cuando el burro se subiera encima de mi no me
lastimaría con sus patas.
●
Ana, ¿estás listas?
●
Si, cuando queráis lo hacemos.
Me puse de pie y me incliné hacia delante apoyando mis manos
en las tablas de la cuadra, Alberto me puso la manta en mi espalda y acerco el
burro a mi. Pero claro aquel animal no sabía de qué iba la cosa y se quedó
quieto.
●
Ana, sería conveniente que el animal te
oliera el coño.
●
Pues venga acercame el hocico al coño.
●
Es que no creo que sea suficiente, tendría
que saborear el sabor de tu coño.
●
¿Y cómo lo hacemos?
●
Tendría que mojar mis dedos y dárselo a
chupar al burro.
●
Pues venga, meteme los dedos en el coño y
dáselo a chupar al burro.
●
Antonio, ¿no te importa si...?
●
Es toda tuya Alberto, procede.
Alberto introdujo dos dedos en mi ya chorreante coño y luego
un tercero, y se los puso al burro en el hocico, éste los chupó y parece que
surtió efecto porque se puso a rebuznar.
●
Creo que ya está listo, prepárate Ana.
El animal se subió encima de mi, me sujeté bien a las tablas
y Alberto le cogió por el pene para guiarlo a mi coño, pero aquel animal estaba
muy nervioso y Alberto no atinaba a meterme el pene en le coño, así que le tuvo
que pedir ayuda a mi marido:
●
Antonio, entra en la cuadra que me tienes
que ayudar.
●
¿Qué quieres que haga?
●
Separale las nalgas a tu mujer para que yo
pueda meterle el pene del burro.
Mi marido entró en el establo y me separó las nalgas. Ahora
tenía el coño a la vista. El burro se volvió a subir encima de mi, y Alberto le
volvió a coger el pene para guiarlo a mi coño. Ahora si atinó a metermelo.
El burro al sentir el pene dentro de mi coño daba embestidas
muy fuertes, afortunadamente Alberto le tenía sujeto por el pene y no dejaba que
me penetrara hasta el fondo.
El sentir aquella masa de carne en mi coño me excitó mucho, y
cuando el burro se corrió dentro de mi, no pude evitar el tener un orgasmo.
Cuando el burro sacó su pene de mi coño pude notar como su semen se salía de mi
coño y me llenaba las piernas. Me fui a incorporar, pero Alberto me sujetó:
●
Ana, esperate que el burro se recupera
enseguida y te va a follar otra vez.
Hice caso a Alberto y permanecí inclinada. Como dijo Alberto,
el burro, no tardó mucho en subirse otra vez encima de mi. Mi marido me volvió a
separara las nalgas y Alberto cogió el pene del burro y lo guió de nuevo a mi
coño.
Pero una vez que lo tuvo dentro, soltó el pene del burro e
invitó a mi marido a que hiciera lo mismo con mi culo.
●
Antonio quitale las manos a tu mujer del
culo y deja al burro solo con ella.
●
¿No le va a hacer daño?
●
No creo.
Me dejaron sola con el burro, yo al principio tuve miedo de
que me la metiera muy adentro y me hiciera daño. Pero el miedo se pasó enseguida
al comprobar que el burro no me hacía mucho daño. Como la vez anterior, no tardó
mucho en correrse. Cuando lo hizo se bajo de mi y me pude poner de pie, notaba
como su semen salía de mi coño y caía al suelo.
●
Bueno Ana, ahora el burro va a estar una
temporada tranquilo.
●
Yo me alegro por el.
●
¿Te ha echo daño?
●
No mucho.
●
¿Y te ha gustado?
●
Si...
●
¿Cuánto?
●
Bastante.
●
Pues ahora nos tienes que aliviar a
nosotros.
●
Antonio, por mi no te preocupes.
●
¿No me digas que no te ha excitado lo que
has visto?
●
Si mucho, pero tu mujer tiene que tener el
coño dolorido.
●
Si queréis os la puedo chupar.
●
¿No te importa Ana?
●
No en absoluto.
Al primero que se la chupé fue a Alberto, hasta que se corrió
en mi boca y me bebí su leche y después hice lo mismo con mi marido.
Después nos fuimos a la casa y yo me metí en el cuarto de
baño para lavarme.