A medida que se acercaba la fecha en la que Carmen se
encontraría con Carlos empecé a notar como la seguridad que hasta entonces había
demostrado ante ella y ante mí mismo comenzaba a resquebrajarse; Seguía pensando
de la misma forma, me excitaba sobremanera la idea de verla entregada a otro
hombre y seguía confiando ciegamente en su amor, pero visceralmente la cercanía
de aquel encuentro me producía en ocasiones una agobiante angustia ante la que
nada podía hacer. Era un temor irracional que parecía inmune a todos los
argumentos que hasta entonces habían bastado para alejarlo.
Luchaba contra estos miedos, intentaba tranquilizarme
argumentando que era lógico que me sintiera así, iba a ser la primera vez que
estuviese a solas con Carlos desde la frustrada noche sevillana; Habíamos
hablado mil veces de él y mis presiones en la cama en momentos álgidos de gran
carga erótica habían logrado que Carmen acabase por reconocer que le deseaba,
que, -literalmente -, deseaba follar con él; Sabía que aun no estaba madura y
que cuando hablaba así en realidad se movía en el terreno de la fantasía, pero
las circunstancias parecían ponerse a favor de que aquella escena pudiera
convertirse en realidad.
Si al menos pudiera estar presente; La idea de no saber
durante varias horas si Carmen habría cedido a sus propios deseos y a las
presiones que yo mismo le había hecho me provocaba una desazón que me
paralizaba, quería confiar en ella, no me cansaba de repetirme a mí mismo que no
tenía intención de acostarse con Carlos, que solo era una cita para charlar y
entregarse unos regalos, "tú eres el que no sabes diferenciar la fantasía de la
realidad" me había dicho en más de una ocasión; eso me debía tranquilizar, sin
embargo…
Sin embargo yo sabía que aquel día habría algo más que un
intercambio de regalos; Carmen me había confiado, sin ocultar su emoción, la
intención declarada de Carlos de besarla nada más verla y yo temía que no
tuviera la suficiente capacidad de resistencia ante tanta ternura, si apenas le
pudo contener en Sevilla donde ya estuvo a punto de dejarle alcanzar su sexo
¿cómo iba a detenerle ahora, después de tantas conversaciones intimas y tanto
deseo confesado?
Había algo más que me preocupaba; Carmen estaba superando el
trauma vivido gracias en parte a la desaparición de Roberto; La confirmación de
su ascenso le había dado un motivo para olvidar los malos momentos pasados y
volcarse en una euforia que le devolvían su autoestima perdida. Había salido
cambiada del pozo en el que estuvo estos meses, no sabía aun el alcance de ese
cambio pero detectaba señales que me indicaban su transformación, unas veces me
excitaban, otras me preocupaban.
Lo que aun no sabíamos era que la huella psicológica del
acoso y rendición que había sufrido a manos de Roberto estaba aun por dejarse
ver, Carmen lo vivió intentando ocultarse a sí misma la profunda repugnancia que
sentía por su conducta, había ahogado su rechazo y su propia critica
justificando sus acciones y omisiones con argumentos débiles e inconsistentes y
dejando de pensar en ello; de esta manera se creó un escudo tras el cual parecía
como si la mujer que se dejaba tocar por Roberto fuera otra persona y, en cuanto
salía del despacho, olvidaba y volvía ser ella misma, pero por mucho que se
esforzase por ignorar lo que ocurría, aquello estaba marcándola. Ahora, cuando
todo parecía hacer terminado, cuando podía por fin bajar la guardia era cuando
el rastro de Roberto podía hacerle más daño.
La terapia avanzaba según lo previsto, los resultados eran
prometedores, poco a poco los recuerdos más impactantes iban siendo menos
dolorosos, sus reacciones eran más débiles y ya conseguía hablar de ello sin
mostrar excesivos signos de ansiedad. Carlos tuvo que retrasar su viaje a Madrid
y decidieron dejarlo para después de Reyes; No dijo nada pero me pareció que
aquel aplazamiento resolvía cierta inquietud de Carmen, quizás una inseguridad
ante la perspectiva de encontrarse demasiado pronto en situaciones que podrían
recordarle escenas muy desagradables y de las que aun no estaba suficientemente
liberada. Retrasar la cita facilitó que los resultados de la terapia se
consolidasen, estaba convencido de que en su estado hubiera sido un error el
encuentro entre ellos en las fechas que se habían previsto inicialmente.
La esperada incidencia negativa del trauma en nuestras
relaciones sexuales no se había hecho notar en la forma habitual: desgana,
rechazo, nerviosismo, ausencia de excitación… Muy al contrario de lo que suele
suceder en estos casos, sexualmente se mantenía activa pero había cambiado; Mas
de una vez me sorprendió usándome para descargar su excitación de una manera
egoísta, conducta que, si la primera vez me enardeció, las otras ocasiones en
que ocurrió me produjo un malestar y una extrañeza que no obtuvo respuesta, se
limitaba a bromear diciendo que ella también necesitaba desahogarse como lo
hacemos los hombres, argumentos poco sólidos que enterraban la conversación.
Si durante Diciembre nuestras fantasías en la cama habían
prácticamente desaparecido por falta de participación suya, a comienzos de Enero
volvieron a ser cotidianas y ahí también aprecié un cambio en Carmen que me
estimulaba; ahora era ella quien proponía, quien inventaba situaciones nuevas,
me bastaba darle un pequeño argumento para que lo tomase como suyo y lo
desarrollase mientras su excitación le permitiera hablar. He de reconocer que en
aquellos días sentí a veces una sensación de riesgo, algo así como cuando
percibes que has acelerado demasiado y por un instante notas el coche fuera de
tu control.
Esa era la situación a escasas horas de la llegada a Madrid
de Carlos aquel once de Enero del dos mil.
Habían quedado a las seis de la tarde y Carmen se tomó la
tarde libre para prepararse, sus primeras reacciones en las que se sentía
violenta hablando de él habían desaparecido desde que la acompañé a comprar la
cartera, parecíamos dos buenos amigos eligiendo el regalo para el ligue de ella,
Carmen se comportó con una absoluta espontaneidad conmigo asumiendo lo que yo le
había pedido: libertad de hacer y decir, sinceridad al hablar de sus emociones y
deseos, lo cual me hacía sentir tremendamente excitado; Aquella tarde de compras
supuso un peldaño más en la transformación de Carmen que desde entonces habló de
su próximo encuentro sin los pudores y reservas que había habido hasta entonces;
Alguna noche la llevé al terreno de mi fantasía y le decía que probablemente
acabasen acostándose, pero ella, tras dejarse excitar por la idea, me devolvía a
la realidad – "No es eso a lo que voy, Mario" – me decía seriamente.
Salí del gabinete a las tres de la tarde, un enorme atasco
producido por un accidente me tuvo atrapado más de una hora y me hizo demorarme
hasta las cuatro y media.
Cerré la puerta y silbé llamándola, escuché su voz alegre
desde el baño.
La imagen que vi me dejó paralizado; Estaba casi desnuda,
lucía un tanga azul cobalto, unas medias cuya zona de presión se situaba en lo
más alto de sus muslos y un juego de zapatos de tacón negros que apenas tenían
una semana; Se volcaba sobre el lavabo para aproximar su rostro al espejo
mientras extendía rímel con un pequeño cepillito en sus pestañas, lo cual hacía
que su culo resaltase provocativamente; la espalda inclinada hacia el espejo se
mantenía recta y formaba una deliciosa concavidad en sus riñones que se
precipitaba en la rotunda curva de sus nalgas.
Salí de mi abstracción al darme cuenta de que me había
retrasado demasiado y ella estaba casi a punto de terminar de arreglarse.
El sujetador a juego estaba sobre el toallero, lanzado con
prisas sin duda porque colgaba de una de las hombreras, un nudo en el estómago
me atenazó cuando fui consciente de que estaba arreglándose para otro. Mi mente
no paraba de producir ideas, pensé que Carlos jamás la había visto maquillada.
La había descubierto y sonreí para suavizar el efecto de mi
frase, no dijo nada pero el rubor en sus mejillas aumentó, debió sentir el calor
en su rostro porque interpuso su mano izquierda simulando ayudarse en su labor.
Carmen guardó cuidadosamente el cepillo en el tubo de rímel y
se acercó a mí. Sentí un ligero temblor recorrer mi cuerpo que esperaba no fuera
visible.
Carmen no contestó y volvió a su tarea; Mientras terminaba de
pintarse los ojos observé que se había cambiado los pendientes, lucía unos que
le compré antes del verano y que incluía el piercing a juego.
Seguí mirándola mientras terminaba de arreglarse, cuidaba
cada detalle con un esmero especial, más allá del habitual, se pintó los labios
con un tono pálido, luego se puso el sujetador y salimos hacia la alcoba, tenía
extendido sobre la cama un vestido de media manga con un amplio escote en pico;
había varias prendas extendidas en la cama, la imaginé dudando, eligiendo una y
otra vez, con los nervios de una primera cita; hizo intención de cogerlo pero la
detuve.
La besé, perdí la noción del tiempo pegado a sus labios,
quería decirle tantas cosas y al mismo tiempo quería callarlas que opté por
sellar mis labios en los suyos y dejar que fluyera un monólogo que nunca salió
de mi boca.
Carmen se mantuvo pegada a mí, sin exteriorizar la
impaciencia que seguramente sentía, luego cuando me separé de ella abrió
obediente la caja de las joyas, se desprendió del piercing que llevaba y se
ajustó el que conjuntaba con sus pendientes, al fin me miró.
Subió un pie a la cama y estiró bien la media, deslizando sus
manos por su largo y esbelto muslo, ¿repetiría ese gesto al vestirse tras estar
con él? Rechacé ese pensamiento que me excitaba y me dolía simultáneamente y me
centré en Carmen que se vestía con cuidado de no estropear su peinado, se volvió
de espaldas para que le subiera la cremallera del vestido, apenas disponía de
unos minutos para claudicar, para rendirme y rogarle que se quedase conmigo.
Pero no lo hice.
Comenzó a recoger la ropa de la cama, pero la detuve.
Mi garganta estaba ahogada por un nudo mientras la veía
ponerse el abrigo y colgar el bolso de su hombro, mi cabeza me gritaba "¡párala,
detenla!", pero la seguí hasta la puerta.
No separamos como si no nos fuéramos a ver en mucho tiempo y,
en algún sentido así era; la Carmen que volvería de aquella cita podía ser otra
muy distinta a la que salía ahora de casa, quizás ésta que se despedía de mi no
regresase nunca.
La espera del ascensor fue una tortura, me empezaba a doler
la cabeza, mi mente me seguía gritando "¡párala, párala!"; Cuando se detuvo en
nuestra planta Carmen se acercó de nuevo.
Un nuevo beso me convenció de que debía cortar ya aquella
despedida, me separé de ella y le dije adiós con la mano.
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras ella, una inmensa
angustia me vapuleó. Cerré la puerta y caminé como un loco por el salón, por dos
veces seguidas me lancé hacia la puerta, estuve a punto de bajar corriendo las
escaleras y decirle que se quedara, que era un idiota, que la necesitaba a mi
lado, que estaba muerto de miedo. En ambas ocasiones me detuve y volví sobre mis
pasos.
Sonó el timbre y volví sobre mis pasos con una alegría
desbordante, era ella, seguro que había decidido quedarse.
Cerré la puerta, ¡que idiota! Aquel momento inesperado había
desvelado con toda crudeza mi inseguridad
Aun estaba a tiempo de alcanzarla, me decía angustiado, el
tiempo corría en mi contra, una parte de mi me empujaba a correr en su busca
mientras yo, paralizado, no era capaz de reaccionar y cada segundo que pasaba
anudaba con más fuerza el nudo que oprimía mi garganta.
Me senté en el salón con la mirada pérdida, arrepintiéndome
de todos y cada uno de los momentos que nos habían llevado a aquella situación,
mis ojos se clavaron en el sillón preferido de Carmen, ahora vacío, y huí de
allí para evitar que la intensa emoción que me arrastraba acabase por hundirme.
Intenté reaccionar, busqué en mi cabeza las imágenes que yo
mismo había creado en las cuales Carmen besaba a Carlos, le dejaba acariciar su
cuerpo, la imaginé rendida en sus brazos cediendo al deseo, entregándose a las
caricias que exploraban por debajo de su falda.
Pero ahora, esas escenas en lugar de placer me causaban dolor
¿Y si la relación con Carlos se convertía en algo más que sexo? Imaginé un
escenario futuro en el que Carmen, cada vez mas volcada en su amante, trasladaba
la ilusión a esa nueva relación y el amor que nos unía languidecía lentamente
hasta convertirse en rutina compartida que llenaba los momentos en los que no
estuviera con él; Aquel negro presagio me vaticinaba momentos de tensión entre
nosotros, decisiones en las que yo perdía y él ganaba y, finalmente, el
abandono.
Con una intensidad inusitada regresó a mi mente y a mi cuerpo
la memoria emocional de lo que viví tras la difícil separación de mi primera
mujer, me imaginé viviendo en ese amargo futuro abandonado, desolado en una casa
que se me volvería inhabitable llena de recuerdos de ella.
Cogí las llaves del coche de Carmen y escapé de casa sin
rumbo fijo.
Francis Cabrel sonaba en la radio mientras yo repetía "la
quiero a morir, la quiero a morir"; Siempre preferí la versión original en
francés, me sentía mucho más identificado con la letra y comencé a tararearla
sobre la música que sonaba en la radio sintiendo que aquellas frases eran mías.
No soy nada, no soy nadie sin ella, mi vida carecía de
sentido antes de conocerla ¿cómo podía poner en peligro lo que habíamos
construido juntos a lo largo de aquellos años? Éramos la envidia de nuestros
amigos y yo, sin embargo, buscaba más, quería más de ella.
La quiero a morir, la quiero más que a nada en el mundo ¿es
esta la manera de vivir ese amor, dejándola que descubra el placer de otros
besos, despertando en ella el deseo por otros hombres?
Sus ojos, tan temibles cuando la pasión desatada los
convierte en su más poderosa arma de seducción, tantas veces he sucumbido a su
mirada que sabía bien lo que ocurriría si Carlos caía bajo el influjo de sus
ojos.
Apagué la radio, aquella letra se me clavaba en el corazón.
‘Ser solo suyo’, me reprochaba la canción; Mis presiones, mis
continuas fantasías en las que éramos tres y no dos habían provocado sin duda la
indecisión que la dejó caer en las manos de Roberto ¿cómo podía estar segura de
no entregarse a alguien que en lugar de chantajearla la trataba como una reina?
Mi escapada errática me llevaba rumbo a Navacerrada, en
cuanto pude di la vuelta, no quería alejarme tanto que me impidiera estar en
casa si ella regresaba pronto.
…..
Carmen giró la pequeña llave que restringía el acceso al
garaje y el ascensor se puso en marcha, sentía la ilusión propia de alguien que
va a emprender una aventura, recordaba la misma emoción al embarcar con sus
padres en aquel crucero por el Mediterráneo cuando apenas tenía catorce años,
emoción por lo desconocido e ilusión por conocerlo, cierto riesgo por
encontrarse en una situación nueva para la que no tenía ninguna experiencia
previa; Así se sentía mientras descendía al sótano, envuelta en una especie de
tensión parecida a un leve calambre que recorría todo su cuerpo, como una ligera
descarga eléctrica que la mantenía con la piel extremadamente sensible al
contacto de la ropa, el roce del tejido de la falda en sus nalgas desnudas al
caminar levantaba chispas que subían por sus riñones y ascendían por su columna.
Salió a la calle y el limpiaparabrisas se activó
automáticamente anunciándole la lluvia helada que caía sobre Madrid y sus
alrededores, pensó que debía ser precavida en la carretera aunque a esas horas
era más denso el tráfico de salida que el de entrada a la capital.
Apenas un atasco en Moncloa y pronto se encontró llegando a
Atocha, dejó el auto en el parking de la estación y caminó hasta la zona del
AVE, allí consultó los horarios, como era habitual no había retrasos, aun
disponía de tres cuartos de hora, su precaución para no retrasarse la habían
llevado al otro extremo, cosa habitual en ella que detesta tanto esperar como
hacer esperar.
Entró en la zona del jardín tropical y el vaho de calor
húmedo la hizo despojarse del abrigo, encontró una mesa en una de las
cafeterías, habían quedado allí y se situó mirando hacia la entrada que usaría
Carlos con toda probabilidad. Como de costumbre, ignoró las miradas que se
engancharon a ella al acercarse a las mesas y se enfrascó en sus pensamientos.
Recordó nuestra despedida, me había notado nervioso e
inseguro a pesar de mis esfuerzos por ocultarlo y pensó que aquella desazón era
una buena medicina para calmar mis veleidades eróticas y hacerme poner los pies
en la tierra, admitió que la cita con Carlos era morbosa, venía dispuesto a
besarla, sin imposiciones, estaba segura de que si hacia el más mínimo gesto de
rechazo él se detendría; Pero no se lo iba a impedir aunque tampoco irían mas
allá, sería un tiempo de confidencias, el intercambio de regalos, momentos de
ternura en los que le miraría a los ojos mientras le decía esas cosas tan
bonitas que le había dicho por teléfono, quizás algunos besos mas al despedirse
y después, un bello recuerdo, nada más.
Seguía pensando en mi, le preocupaba ese velo de tristeza que
había creído ver en mis ojos, sintió pena por la tarde tan amarga que me
esperaba, pero lo dio por bueno, era la manera más contundente de enfrentarme al
desasosiego de no saber si ella estaría cediendo a mis temerarias propuestas, si
se estaría acostando con Carlos, esa incertidumbre me despertaría del sueño
fantástico en el que me veía inmerso desde el verano. Decidió mantener un poco
la incógnita cuando regresase a casa tan solo para ver mi reacción.
Se sentía tranquila, serena; expectante e ilusionada también,
si, pero en absoluto se planteaba acostarse con él.
Un breve ahogo, una tensión mínima en su cuerpo le recordó
esos minúsculos accesos de desasosiego que la atacaban por sorpresa cuando menos
lo esperaba, le sucedía desde finales de Diciembre, no podía precisar cuándo fue
consciente de esos chispazos de tensión y malestar, quizás comenzaron tras
aquella espantosa pesadilla la noche antes de la cena de empresa. Eran como
flashes, menores de un segundo, en los que irrumpía una imagen tan fugaz que
desaparecía antes de que pudiera afrontarla conscientemente, unas veces era la
sensación de violación que experimentó al sentir como los dedos penetraban con
rudeza, otras veces era la tensión muscular que se disparó cuando notó el roce
de la mano en su pubis a bordo del coche de Roberto, a menudo era la sensación
claustrofóbica de estar acorralada en la mesa del restaurante intentando
mantener una conversación profesional mientras aquellos dedos extraños se movían
entre sus labios, otras veces era la voz de Roberto diciéndole ‘puta’, o la
expresión soez de su rostro chupándose los dedos que acababan de estar dentro de
ella.
Y sobre todas esas imágenes, la sensación agobiante,
paralizante que sintió estando desnuda ante él mientras la humillaba con sus
insultos, la manera brutal con que la despojó de su ropa, la convicción de que
iba a ser violada, la intensa angustia, reprimida para que no fuera percibida
por él, la sensación de indefensión haciendo añicos su idea de mujer
autosuficiente y segura de sí misma, la tensión que la llevó a desear que lo
hiciera ya, cuanto antes, con tal de no seguir soportando ese momento previo que
se alargaba torturándola, si tenía que suceder que fuera ya.
Y luego, el desprecio de su violador, el rechazo a abusar de
ella sentido como liberación y como humillación al mismo tiempo, la atenazante
sensación de haber quedado para siempre al borde de un precipicio, sin poder
liberarse de la tensión acumulada, sin caer por él y sin poder retirarse como si
ese instante se hubiera congelado en su mente y la fuera a acompañar toda la
vida.
No recordaba haber tenido estos pensamientos entonces, cuando
sucedió, porque era como si su cerebro estuviera en blanco; sin embargo, a
medida que pasaba el tiempo comprendió que, sin palabras, su mente expresó esas
ideas aquella tarde espantosa.
Estos flashes apenas duraban unas milésimas de segundo pero
eso es lo que los hacía más letales, disparaban una reacción emocional y física
que no podía contrarrestar con argumentos ya que las imágenes desaparecían casi
antes de que fuera consciente, incluso estaba segura de que se producían por la
noche sin que ella lo recordara.
Y lo peor, lo más desagradable es que a veces no podía evitar
que sucediera mientras hacía el amor conmigo, entonces no desaparecían
furtivamente sino que la torturaban durante diez o quince segundos, y ella huía
dándome pie para que creara una fantasía ajena a aquella que aparecía en su
mente y entonces la reconducía ella misma para alejarse del fantasma de Roberto.
Dicen que los jugadores de ruleta rusa se vuelven adictos al
juego porque cuando por fin aprietan el gatillo, suena el golpe del percutor y
no se produce el disparo se frustra la intensa reacción física y hormonal que
les prepara para afrontar la muerte, reacción que se ha ido incrementando
durante los largos segundos que median desde que la pistola roza su sien hasta
que se produce el disparo; Esa carga fisiológica y emocional de tan alta
intensidad no resuelta, ese "subidón" que diría un drogadicto, genera tras el
fracaso del disparo una sensación de carencia, de no plenitud que incrementa su
potencial excitatorio y por tanto aumenta las expectativas para una próxima
ocasión, algo así como un orgasmo interrumpido bruscamente. A partir de ahí,
cualquier estímulo que le recuerde ese momento de intensa excitación bastará
para hacerle desear volver a tener la pistola en su sien; El encuentro con los
compañeros de juego, el olor del lugar donde lo realizan, el sonido del estuche
del arma… cualquiera de estos estímulos bastará para hacerle desear jugar el
juego; No es la muerte a lo que aspira el jugador sino la extrema excitación del
ritual previo, del último segundo antes de disparar, una excitación que no es
comparable a ninguna otra; De nuevo es el camino, y no la meta, quien marca el
verdadero espacio del placer. La excitación es tan intensa que justifica el
riesgo que asume de morir, idéntico mecanismo mental del adicto al sexo que
minimiza el peligro del sida. El camino recorrido merece la pena, compensa la
meta, sea cual sea ésta.
La tensión extrema y sostenida que sufren los secuestrados de
largo plazo está también en la base del Síndrome de Estocolmo, una reacción que
se puede producir en personas retenidas contra su voluntad y que en algunos
casos terminan por sentir afinidad con sus secuestradores como una forma de
defensa psicológica; Esa tensión de alta intensidad y larga duración no resuelta
en la forma que los secuestrados han asumido como inevitable provoca tras su
liberación cuadros psicofisiológicos cercanos a la frustración que, en casos
extremos, lleva a la víctima a buscar a su agresor y ofrecerse a él como único
medio a su alcance para recuperar el nivel de excitación que vivió y que no
consumó, creando una liturgia en la que se revive la intensa experiencia no
resuelta.
Frustración era la palabra que Carmen evitaba ponerle a lo
que sentía tras esos flashes que la asaltaban desde entonces. Negar esa idea era
la única forma de ignorar la incoherencia que supondría sentir frustración tras
haberse librado de una violación inminente.
Miró el reloj, faltaban diez escasos minutos para la llegada
del Ave y su inquietud la hizo cambiar los planes, pagó al camarero y se dirigió
al andén, así le sería menos tensa la espera.
A la hora prevista vio a lo lejos aparecer la afilada cabeza
del tren, ¿cómo podía parecer el tiempo tan elástico cuando deseas que algo
suceda ya, ya mismo?
Se sintió excitada, la adrenalina disparaba las reacciones de
alerta de su cuerpo, sería un beso corto, le dejaría besarla en los labios un
instante, nada más, le preocupaba ser vista por alguien.
Tardó en aparecer, casi se había vaciado el convoy cuando su
corazón hizo una breve pausa entre dos latidos al verle descender de uno de los
últimos vagones, estaba delgado o quizás era el traje que le daba esa imagen,
llevaba un jersey negro de cuello redondo que le favorecía mucho; Su cuidado
pelo aparecía más largo que en verano y le daba un aire juvenil, se entretenía
colocando una bolsa de mano sobre la maleta y comenzó a andar hacia la salida,
no la esperaba en el andén y caminaba mirando sin buscar.
Entonces la reconoció entre las personas que esperaban en la
entrada y la expresión que Carmen vio en su rostro la envolvió en una dulce
ternura que la obligó a reconocer cuánto le deseaba.
Sin dejar de sonreír, avanzó hacia ella que se mantenía
esperándole intentando controlar los nervios que agarrotaban su estómago, por
fin se detuvo muy cerca, sin dejar de mirarla a los ojos.
-
"Eres mucho más hermosa de lo que recordaba" – Carmen
bajó los ojos abrumada por sus palabras, luego le miró de nuevo, Carlos
permanecía en silencio esperando una señal, algo que le hiciera renunciar a
su más profundo deseo, ella mantuvo la mirada, apenas había sido un segundo
de tregua a la que renunció cuando le vio aproximarse a su rostro.
Sus labios se juntaron, cerró los ojos; Por fin, por fin
saboreaba aquellos labios sin temor, sin miedos, sin reservas.
Sintió los fuertes brazos que se deslizaban por su cintura
hasta rodear su espalda por debajo del abrigo y notó como sus manos obedecían el
impulso de abrazarle y se enlazaban a su cuello, su firme propósito de reducir
aquel primer beso a un breve instante se diluyó cuando el suave roce se
convirtió en una dulce presión a la que sus labios sucumbieron abriéndose
levemente, el toque de la lengua en sus labios fue señal suficiente para
adelantar la suya y dejarse llevar por el inmenso deseo de ser besada por aquel
hombre.
Se separaron y Carmen no pudo evitar echar una mirada a su
alrededor, el temor de un improbable encuentro con algún conocido la mantenía
vigilante. Su corazón cabalgaba desbocado en su pecho, el riesgo disparaba todas
las señales físicas de alerta, su sexo palpitaba levemente, estaba abrumada por
su reacción.
La tomó de la mano y comenzaron a andar pero la prudencia la
hizo soltarse y él entendió; caminaban hablando del viaje, del frio de Madrid,
de cosas intrascendentes mientras sus ojos se decían el autentico mensaje que
circulaba entre ellos: deseo, cariño, ternura, sexo.
-
"Te esperaba aquí, en la cafetería del jardín, ha sido
una sorpresa maravillosa verte en el andén"
-
"Estaba impaciente, nunca me han gustado las esperas" –
confesó Carmen
-
"¿Me enseñas el jardín?"
-
"¿De verdad nunca te has detenido a verlo?"
-
"Siempre vengo con prisas, ya sabes"
Caminaron hacia el jardín tropical y entraron por uno de los
pasillos que lo recorren, apenas había gente y Carlos rodeó sus hombros con el
brazo; Se dejó hacer, era tan agradable la sensación de ser conducida por él que
desechó las precauciones; Hablaron de las gigantescas plantas, de las formas
exóticas… Doblaron una esquina y sintió como Carlos se detenía, ella le miró
sabiendo lo que iba a suceder, le vio acercarse y le esperó, de nuevo besó sus
labios rodeándola con sus brazos, transformando el deseo en fuerza que la
apretaba contra su cuerpo; Carmen se abrazó a su cintura y se entregó con más
pasión a aquel beso, su cuerpo respondía con una facilidad inesperada y que, más
allá del sensual abandono que sentía, le preocupaba.
Salieron del jardín y subieron las escaleras mecánicas.
Salieron al exterior y caminaron por el desierto parking
hablando, recordando la última vez que pasearon juntos, Carlos la llevaba de la
mano, ni siquiera se había dado cuenta cuando la había cogido, pensó soltarse
pero se encontraba tan bien y era tan difícil que en aquel solitario lugar la
pudiesen ver…
Pulsó el mando y localizó el coche cuando se encendieron los
pilotos, Carlos abrió el capó y metió la maleta y la bolsa de mano, tras
cerrarlo se volvió con decisión hacia Carmen que le recibió en sus brazos, se
fundieron en un beso apasionado, interminable, Carmen acariciaba su mejilla
mientras sus lenguas se enredaban. Las cosas estaban sucediendo demasiado
deprisa, pensó Carmen y había que ponerle freno.
-
"Dijiste un beso, has cubierto tu cuota de tres años" –
bromeó Carmen sin separar su rostro de él.
-
"Te los robaré si es preciso" – dijo besándola con besos
cortos en la boca y las mejillas. Ella se sentía en una nube, feliz,
emocionada, envuelta en un hermoso y dulce placer.
Atravesaron el Paseo del Prado con dirección a la Gran Vía,
había escogido un hotel céntrico bien situado, pararon en la puerta y el
conserje se encargó de las maletas, Carlos se agachó para asomarse al interior
del auto, ambos se quedaron un instante en silencio, mirándose.
Cuando arrancó sintió que si hubiera mantenido el silencio un
segundo más él le habría propuesto subir a su habitación, sabía que había hecho
lo correcto pero no pudo evitar pensar que Carlos quizás esperaba otra respuesta
por su parte.
Pero no, no era eso lo que quería que sucediera.
Tardó más de diez minutos en regresar al hotel desde el
alejado parking; Cuando entró en la cafetería Carlos la estaba esperando.
-
"Por un momento creí que te lo habías pensado mejor y
habías huido" – bromeó.
-
"No me conoces" – Carmen se sentó a su lado en un butacón
de dos plazas pegado a la pared, su falda se subió excesivamente a causa de
la poca altura de la butaca pero evitó un gesto que hubiera dado una imagen
de recato algo anticuado; en la mesa baja de madera labrada cubierta con un
impecable mantel blanco humeaba un café que Carlos removió con la
cucharilla, a su derecha un pequeño envoltorio con un lazo. Carmen dejó en
una esquina el paquete en el que iba su regalo para él.
-
"¿Qué tomas?" – levantó el brazo llamando al camarero
-
"Lo mismo que tú"
Ambos estaban tensos, la ilusión por el encuentro les
mantenía expectantes, hablaron de mil cosas, sus trabajos, el verano, Sevilla…
Sobre la mesa los dos paquetes envueltos para regalo esperaban que alguno de los
dos volviera a la tierra.
Carmen mantenía una mano sobre sus piernas y cuando Carlos la
cubrió con la suya le miró a los ojos, sentía el calor en su piel, el peso en su
mano, los dedos rozaban su muslo y esa mínimo contacto se magnificó en su mente,
recordó esa misma sensación mucho más intensa cuando en Sevilla acarició sus
muslos, ¿deseaba sentirle así, igual que entonces?
Como si hubiese adivinado sus pensamientos, Carlos comenzó a
acariciar su mano hasta que la abandonó para posarse en su muslo, cerca de la
rodilla.
El roce de sus dedos sobre la media provocaron que aquella
tenue sensación eléctrica, aquel leve calambre que la acompañaba desde que se
preparaba para la cita en casa se convirtiera en una especie de vibración
ondulante que se extendía desde su rodilla, avanzando implacable por su cuerpo;
aquella cálida sensación se concentró en su coño que comenzó a emitir pequeños
pulsos intermitentes, leves contracciones que la estimulaban y anunciaban la
aparición de la siguiente, suaves espasmos que nublaban su capacidad de razonar.
Un desagradable flash rompió su sensación de bienestar, una
imagen en la que una mano sin rostro subía por sus muslos disparó un reflejo de
tensión que no pasó desapercibido para Carlos que inmediatamente retiró la mano
Carmen se rebeló contra aquella reacción incontrolada, no
podía sucumbir a Roberto incluso después de su marcha, tenía que liberarse de
él, se reprochó a si misma esa gesto absurdo que marcaba una distancia entre
ellos, además necesitaba esa pequeño placer interrumpido; Le miró a los ojos,
tomó su mano y la devolvió a su pierna, pretendía superar el trauma que la
inmovilizaba sin darse cuenta de que aquel gesto podía tener otro significado
para Carlos que ella no supo valorar hasta que vio la expresión de sorpresa
reflejada en su rostro, buscaba inspirarle confianza, borrar la impresión de
rechazo que le había dado, no pretendió incitarle pero ya era tarde. Carlos la
besó mientras volvía a acariciar su muslo bajo el mantel y ella cerró los ojos
abandonándose al efecto de los espasmos que atacaban de nuevo su coño, "no es
malo, no es malo", pensó mientras mis argumentos mil veces repetidos para
convencerla de acostarse con Carlos renacían en su mente con una fuerza que
anulaba sus ya débiles protestas
Era diferente, aquella mano que avanzaba por su muslo no le
causaba ninguna tensión como con Roberto, los dedos se deslizaban por su media,
volcándose por el precipicio entre sus piernas mientras sus labios continuaban
unidos. No era el mejor lugar para una escena de ese tipo y comenzó a sentirse
violenta.
Aquello era una proposición clara, explícita, si la aceptaba
no sabía cómo podía acabar, le miró a los ojos dudando del alcance de aquella
frase.
-
"No me refiero a…" – dijo mirando hacia arriba
simbolizando su habitación – " conozco un pub, cerca de Callao"
-
"¿Y de qué conoces tu esos sitios en Madrid, golfo?" –
bromeó intentando rebajar la intensidad del momento, ambos rieron.
-
"¿Te parece? Así podremos estar más cómodos"
-
"Me parece" – dijo cariñosa, solo un sonido, dos palabras
y Carmen sintió como si acabase de entregarse a él.
Carlos pagó y salieron a la avenida, caminaron juntos y ella
agradeció que no la intentara coger de la mano en una zona tan concurrida donde
la probabilidad de encontrarse con alguien era alta, los regalos seguían a la
espera, ninguno de los dos había pensado en ellos, se miraron mutuamente los
paquetes y se echaron a reír.
Había dejado de llover y caminaron sin prisas, charlando; La
condujo por unas bocacalles de Callao y al fin entraron en un pequeño pub
cercano a un hotel, apenas había gente y Carlos se dirigió con soltura hacia
unas cortas escaleras que subían a un entresuelo con un arco como entrada.
Se dirigió hacia él echando mano de la cartera, le dijo algo
que Carmen no llegó a escuchar mientras le ponía un billete de cinco mil pesetas
en la mano, luego se volvió y la condujo al piso superior. Eligió una mesa al
lado de la pared a la izquierda de la entrada, separó un poco la mesita para
dejarle paso y se sentaron en unas butacas bajas y algo blandas.
La rodeó con su brazo, Carmen se deslizó en el asiento para
reclinar la cabeza en su hombro y aceptar sus besos, la escalera crujió y se
separaron un poco para recibir al camarero, se sentía como una adolescente con
su cabeza apoyada en el brazo de Carlos, por un momento se sintió avergonzada
por la presencia del camarero pero se rehízo inmediatamente y ahogó su pudor en
la sensación morbosa que le producía dejarse ver en esa actitud ante aquel
extraño, como si pudiera adivinar que se trataba de una mujer casada en brazos
de otro hombre. No era así como había previsto aquella cita pero no se sintió en
peligro, era todo tan agradable, tan fluido, no había presión de ningún tipo, no
iba a suceder nada que ella no quisiera… aunque eso no la tranquilizaba.
El camarero se retiró con el pedido y ellos esperaron a que
desapareciera, Carlos se volvió hacia ella y la besó mientras acariciaba su
costado y su estómago; Un disparo de placer recorría su cuerpo, sabía que debía
detener aquello, todo estaba yendo demasiado rápido. De nuevo oyeron llegar al
camarero con las bebidas pero esta vez Carlos no se separó de sus labios y ella
no tuvo fuerzas para que su sensatez se impusiera, dejó de importarle el
camarero que frente a ellos colocaba los vasos y vertía el ron en los vasos,
siguieron besándose y hablando en voz baja como si no existiera, incluso parecía
que a los dos le causaba placer, Carmen escuchaba el ruido de los vasos en la
mesa mientras seguían besándose, no podía verle, el cuerpo de Carlos se
interponía, luego escuchó pasos y el salón quedó en silencio, se miraron como si
acabasen de cometer una travesura y se echaron a reír; Fue como si ambos
rompieran amarras, se fundieron en un nuevo beso aun más intenso, Carlos rodeaba
su espalda con el brazo izquierdo, estaba volcado hacia ella, Carmen le rodeó
con sus brazos y cerró los ojos, sintió una caricia en su cadera y se relajó,
confiaba en él.
Se dejó llevar por las sensaciones que le llegaban de aquella
mano inquieta que subía por su cintura apretando los dedos hasta convertir la
incipientes cosquillas en una intensa excitación que se extendía por su cuerpo,
Carmen tenía su mano izquierda en la cara de Carlos, acariciaba su piel, notó la
barba recién afeitada e imaginó que se había repasado en el tren, ese detalle le
agradó; Se estremeció cuando sintió la mano tan cerca de su pecho que apenas
bastaba un ligero movimiento y lo alcanzaría, sin embargo se detuvo muy cerca,
apretando sus costillas con los dedos lo que provocó que reaccionara a la
intensa sensación apretándose a su cuerpo, Carlos creyó entender lo que
significaba ese gesto y avanzó; Cuando sintió su pecho bajo aquella mano cálida
que en lugar de apretar lo recorría como si fuera una frágil pieza de cristal
supo que no iba a protestar, el roce a través de la tela disparó su excitación y
sintió como su pezón se endurecía aun mas respondiendo a la caricia que recibía,
su beso se volvió agresivo, deseaba esa boca, necesitaba esa lengua.
Se incorporó, estaba asustada del rumbo de los
acontecimientos, necesitaba tiempo.
La miró a los ojos intensamente, después sonrió.
Carmen abrió con impaciencia el pequeño paquete que contenía
un estuche de joyería, le miró asombrada sin abrirlo aun.
Abrió el estuche y encontró una pequeña pieza de oro blanco,
un piercing en forma de barra con una curvatura en el centro, lleva una pieza de
brillantes rematada en los extremos con dos bolitas a rosca. Sonrió pensando en
la coincidencia de gustos entre Carlos y yo.
Carlos hizo intención de protestar pero Carmen puso un dedo
en sus labios haciéndole callar y le señaló su regalo.
Deshizo el paquete apresuradamente y cuando tuvo la cartera
en la mano la miró con cariño.
-
"Es precioso, muchas gracias" – se acercó a ella y la
besó, Carmen pensó, mientras tenían sus bocas unidas, con qué facilidad
aceptaba sus besos, lejos quedaban aquellos días de Sevilla, días de besos
robados y asumidos con inquietud.
Carlos inspeccionó la cartera y descubrió las iniciales.
-
"¿Esto es para que me acuerde mas de ti?" – dijo
señalando las letras grabadas en la piel.
-
"Son tus iniciales, tonto"
-
"No, Carmen, ahí leo tu nombre"
Continuaron charlando, por un momento había conseguido
rebajar la intensidad del encuentro.
-
"Entonces… ¿no voy a ver hoy mi regalo puesto?" – dijo
con voz de niño travieso.
-
"¡Nooo, por supuesto que no!" – dijo ella mostrándose
exageradamente rotunda.
-
"Ni… ¿sentirlo?" – dijo moviendo los dedos con rapidez –
"Me gustaría tanto que te lo pusieras"
Carmen dudó, se acordó de mi empeño en que fuera conjuntada
con sus pendientes, pensó que yo deseaba que él la viese desnuda y ese
pensamiento despertó un brote de excitación; le miró a los ojos sopesando la
idea, de repente se incorporó, tomó el estuche y se levantó.
-
"De acuerdo, me lo pondré, solo eso ¿me lo prometes?" –
Carlos negó con la cabeza.
-
"No cielo, no puedo prometer eso, te deseo como pocas
veces he deseado a una mujer; lo que si te prometo es que te bastara decir
una sola vez "no"
Carmen se quedó mirándole unos segundos, le parecía tan
honesto, tan sincero que no pudo por menos que sentirse agradecida, se agachó
hacia él y por primera vez fue ella quien inició un beso, luego se marchó a los
lavabos.
Entró en uno de los aseos y se bajó la cremallera del vestido
dejándolo en la cintura; por un momento imaginó ese mismo gesto ante Carlos, en
su habitación y de nuevo sintió el placer despertando su sensibilizado sexo. Con
cuidado se deshizo del piercing que llevaba y se puso el nuevo, hubiera querido
vérselo en el espejo pero no se atrevió a salir así; Se vistió y aprovechó para
orinar, las huellas de la excitación marcaban el salvaslip y lo arrojó a la
taza, abrió el bolso para tomar otro pero vaciló un instante, ¿era posible? –
Pensó asombrada – ¿era posible que estuviera calibrando la idea de….? Estaba
loca, tomó con decisión un salvaslip nuevo y lo situó sobre la parte interior
del tanga que se mantenía estirado entre sus piernas separadas.
Otra vez se detuvo, y si… no quería que sucediera pero ¿y si
las cosas se le escapaban de las manos? No estaba en sus planes dejarle llegar
tan lejos, ¿o sí?
Colocó firmemente el salvaslip en el tanga y se subió la
prenda, estiró las medias y respiró hondo.
Salió del aseo y se miró en el espejo sobre el lavabo, se
sentía feliz, excitada, alegre, emocionada.
Entró en el salón y caminó hacia él sintiéndose acariciada
por sus ojos que recorrían su cuerpo; al sentarse a su lado bromeó.
-
"Ya está, ahora te toca a ti ponerte tu regalo" – ambos
estallaron en risas cuando Carlos amagó con meterse la cartera por la
cintura del pantalón, aquella broma había servido para descargar la tensión
que acumulaban.
Carlos hizo intención de acercar sus dedos a su vientre.
Carmen le miró, parecía un niño pidiendo un caramelo, asintió
con la cabeza entornando los ojos.
Carlos la rodeó de nuevo con su brazo y ella se arrellanó en
la butaca para recuperar la postura y descansar su nuca en el brazo, se sentía
segura en sus brazos, protegida, arrullada; La presión de las yemas de los dedos
en su estómago, más arriba de su ombligo, la hizo cerrar los ojos, quería notar
esa suave caricia tanteando a ciegas su vientre buscando el piercing y eso le
impidió verle acercarse a su rostro. Cuando sintió el inesperado contacto de sus
labios abrió instintivamente la boca y se entregó a un suave y dulce beso que
apenas ejercía presión, al mismo tiempo sentía esa mano vagabundear demorando a
propósito el encuentro con la joya para poder sentirla más tiempo. Los dedos
descendieron y era ahora la palma de su mano la que recorría su vientre y su
estómago mientras sus bocas seguían explorándose mutuamente.
Por fin alcanzó el perfil del piercing sobre la tela y las
yemas de sus dedos recorrieron una y otra vez toda su forma.
Aquella mano insaciable se deslizó hacia su cadera, parecía
reconocer la forma del hueso con sus dedos y luego bajó hacia su muslo, entonces
cambió de rumbo y descendió hacia su glúteo, Carmen estaba ligeramente girada
hacia él y notó como la mano bajaba hasta abarcar su nalga.
No debía suceder, no podía ir más allá, confiaba en él pero
desconfiaba de ella.
-
"Te deseo Carmen, te deseo como jamás he deseado a
ninguna otra mujer…" – su mano recorría su nalga y bajaba por la parte
posterior de su muslo subiendo una y otra vez, sus besos eran cortos y
suaves, acertando en los lugares de su rostro donde Carmen se sabía perdida
– "…Quiero hacerte el amor como jamás nadie te lo haya hecho" – sintió un
golpe en su pecho, su corazón se había detenido un segundo antes de
desbocarse.
Ella también lo deseaba ¿cómo decir ‘no’ cuando todo su
cuerpo delataría su deseo?
Se incorporó un poco y Carlos detuvo su mano aceptando su
petición de tregua, sus rostros estaban casi pegados, sus ojos clavados en los
del otro.
-
"Ese privilegio solo lo tiene una persona" – dijo en un
susurro.
-
"¿Quién? ¿tu marido?" – Carmen no contestó, le pareció
innecesario – "¿O es Mario?"
Por un momento había olvidado la historia que manteníamos
ante él, sus ojos se desviaron al escuchar mi nombre y eso la delató
-
"¡Dios, qué suerte tiene! Debe ser un tipo excepcional
para conseguir de ti…"
-
"Yo no he dicho que sea él" – protestó débilmente pero
acabó sonriendo al ver la expresión de escepticismo en el rostro de Carlos.
-
"¿Qué tengo que hacer? Dime y lo haré sin dudarlo" –
Carmen sonrió, intentaba encontrar una frase adecuada que no le hiriera pero
que tampoco le diera esperanzas
-
"Deja que el tiempo actúe" – no era eso, no quería decir
algo así pero ya estaba dicho.
Carlos se mantenía inclinado hacia ella, la besó en los
labios una vez más, su mano no había abandonado su cadera y de nuevo sintió como
se movía hacia su nalga, traspasó la falda y su piel se erizó al sentir la mano
en la parte trasera de su muslo, temió que al subir intentara hacerlo por
dentro, no estaba preparada para algo así pero pronto se tranquilizó cuando notó
como levantaba la mano antes de regresar a su cadera, esos detalles la inducían
a confiar en él.
-
"A veces… durante estos meses, he recordado el día que
apareciste a mediodía después de haber pasado la noche fuera, con tus
amigos" - Carmen creyó sonrojarse – "desde entonces los he envidiado por
poder tenerte, por poder desnudarte y disfrutar de ti"
Sintió el intenso calor en sus mejillas, no podía separar sus
ojos de los de él a pesar de que hubiera deseado poder ocultarse.
-
"Pero ahora… de quien realmente siento envidia es de
Mario…" – Carlos se incorporó un poco quedando mas encima de ella y
continuó.
-
"Podría decirte que te deseo, se que tú me deseas
también, es evidente, podría pedirte que me dejases follar contigo…" – el
placer la conmocionó – "… no creo estar en desventaja con tus amigos de
Sevilla".
De nuevo se detuvo, mirándola como si no la hubiese visto
nunca.
-
"Pero no es eso lo que quiero, no deseo follar contigo,
al menos no la primera vez, aspiro a hacerte el amor, algún día, cuando tu
lo desees tanto como yo. No eres un polvo mas, un revolcón demorado desde el
verano, no, no eres eso para mí"
Carmen estaba abrumada por sus palabras, tomó su rostro con
la mano y le besó con ternura, le besó con agradecimiento dejando que la pasión
contaminase lentamente aquel beso. Luego, la furia del deseo enlazó su brazo
alrededor del cuello de Carlos y ambos se estrecharon fuertemente con hambre de
tocarse, de sentirse.
La pasión desatada de Carmen le servía de guía, no quería
cometer ningún error, intuía su entrega y regresó a acariciar sus abultados
pezones que le ganaban la batalla a la ropa y se marcaban con nitidez en la
tela, el roce de sus dedos la volvía loca, su sensibilidad en los pechos es tan
intensa que puede llegar fácilmente al orgasmo con solo mantener una caricia
constante, un roce continuado en ellos.
Respondía a la excitación de Carmen con más pasión y mas
deseo, la atrajo hacia él, separándola del respaldo y ella le abrazó besando su
cuello, de pronto sintió los dedos de Carlos bajando la cremallera de su vestido
y se incorporó.
Carmen se levantó y se dirigió a los lavabos con el bolso, en
parte era la excusa ideal para darse un momento y poder pensar y serenarse.
Entró en uno de los servicios y se bajó el tanga, lo que imaginaba por el calor
húmedo que sentía se confirmó al ver el salvaslip totalmente empapado, lo separó
del tejido y lo arrojó a la taza, sacó de su bolso un pequeño paquete de
toallitas húmedas y se secó, de su coño manaba un abundante flujo que limpió
varias veces antes de subirse el tanga, en ese momento se dio cuenta de que ni
se le había pasado por la cabeza ponerse otro salvaslip, se asustó al comprender
que inconscientemente se estaba preparando para recibir las caricias de Carlos
en su sexo. De nuevo el recuerdo de una escena similar vivida con Roberto la
vino a turbar, una escena en la que ella se limpiaba en el baño de un
restaurante; Sintió la desagradable tensión que nacía en su estómago pero la
desechó con energía; no era igual, no era lo mismo.
Salió del servicio y se miró al espejo, "¿qué estoy
haciendo?" pensó. Echo las manos hacia atrás para subir la cremallera que había
comenzado a bajar Carlos pero se detuvo, estaba bien así.
Se miró de nuevo al espejo, estaba asustada, la emoción del
encuentro había roto sus planes para esta cita, todo estaba sucediendo demasiado
deprisa, no entendía como era capaz de dejarse besar y acariciar por alguien que
no fuera yo, ¿qué había pasado para que estuviera haciendo cosas que hubieran
sido impensables tan solo unos meses antes? Todo era tan agradable, tan…
arriesgado… Le sorprendía su incapacidad para frenarle, con él no se sentía
forzada a nada y quizás eso era lo que la dejaba mas indefensa, hasta ahora cada
uno de los avances de Carlos había sucedido en medio de tal delicadeza, envuelto
en palabras cargadas de ternura y pasión… y ella se veía desbordada por sus
propias emociones.
Pensó en mi, intentando convertirme en el motivo para imponer
un cambio en el curso de la cita pero mi recuerdo actuó en sentido contrario,
mis palabras y mis deseos se hicieron presentes en su memoria y comprendió que
yo era un argumento más para dejarse llevar por lo que su cuerpo le pedía a
gritos, mi recuerdo parecía empujarla a seguir el rumbo que Carlos iba marcando
Contempló a la mujer que se asomaba al espejo ¿Qué es lo que
realmente deseaba que sucediera?
Con estas dudas volvió al salón y mientras se acercaba a
Carlos se fue haciendo a la idea de que estaba a punto de dejarle llegar más
allá de lo que lo hizo en Sevilla, iba a suceder, parecía inevitable, lo deseaba
profundamente y por primera vez utilizó mis argumentos para desarmar las últimas
dudas que la retenían; sabía que yo deseaba que sucediera, le esperaba una
intensa noche de sexo y morbo conmigo durante la que me contaría como se había
dejado acariciar y respondería a mis preguntas; No encontró ninguna otra razón
para evitarlo, su pudor y las normas que habían guiado su comportamiento ante
los hombres hasta entonces habían sido pulverizadas por mi pasión desatada al
imaginarla con él y por el deseo que había ido creciendo en ella con cada
conversación que había mantenido con Carlos aquellos meses. El paseo por el
Parque Maria Luisa y los primeros besos y caricias que sintió allí habían ido
minando sus reglas sobre lo que podía y no podía hacer con un hombre.
Cuando se sentó su decisión estaba tomada, iba a disfrutar
sin perder el control, confiaba en él y eso le daba más libertad para dejarse
llevar sin temor.
Pronto quedó de nuevo cobijada entre sus brazos, Carlos
acariciaba su mejilla y la besaba tiernamente, Carmen apoyó la mano en su pecho,
a través del fino tejido del jersey pudo apreciar la forma de sus pectorales, le
gustaba mucho, le atraía cada vez mas; Se dio cuenta de que nunca se había
permitido reconocer esas emociones al ver a algún hombre atractivo; Desde que
era una cría le advirtieron de las consecuencias de actuar de la misma manera
que lo haría un chico, ella no debía hacerlo si no quería… y ahí venía una serie
interminable de consecuencias horribles. Un chico podía mirar con deseo a una
chica y tantearla, pero una chica jamás, sería como declararse fácil, dispuesta,
significaría pasar a ser clasificada como la típica chica para pasar el rato
pero no para ser la novia de nadie. En aquel momento y por primera vez se sentía
libre para pensar y actuar sin la opresión de la férrea censura de la educación
recibida.
Bajó la mano acariciando su pecho y su estómago, adivinando
formas y músculos a través del tejido, los besos de Carlos la devolvían a un
estado de irrealidad en el que cualquier cosa era posible, incluso que se
deslizase por debajo del jersey; Sintió el vello de su cuerpo, fino, corto,
supuso que se depilaba, su dedo índice se hundió en el hoyuelo del ombligo y
luego ascendió por su estómago que se contrajo al sentir el contacto de sus
dedos, el roce del vello en su mano la excitó aun mas y subió palpando su piel,
alimentando su excitación a cada palmo de terreno conquistado; alcanzó su pecho
y sus dedos se entretuvieron con la pequeña tetilla apretándola, rozándola hasta
endurecerla, notó como Carlos reaccionaba a sus caricias atrayéndola hacia él,
sintió el impulso que la separaba del respaldo y ella, sin voluntad para
resistirse, se desplazó dejando que volviera a buscar la cremallera y la hiciera
descender lentamente hasta sus riñones, Un pensamiento fugaz le dijo lo fácil
que sería dejarse desnudar.
Cuando notó la mano fría en su espalda no fue capaz de decir
nada, aquella caricia la desarmó, le deseaba, le deseaba tanto que no podía
detener aquellos dedos que jugaban con el cierre de su sujetador; De nuevo
recordó, sin miedos y sin tensiones, simplemente le pareció tan diferente que
pensó que aquel gesto limpiaba el mal recuerdo de otro muy similar en la forma
pero absolutamente diferente en su intención.
El cierre saltó con facilidad y noto su pechos liberarse de
la presión del sostén, luego se dejó dócilmente llevar hacia el respaldo, le
miró, estaba entregada, sus ojos se lo decían; Carlos tomó la hombrera de su
vestido y comenzó a bajarla, su hombro izquierdo quedó desnudo, Carmen pensó en
el camarero, podía aparecer sin que lo advirtieran, Carlos la protegía con su
cuerpo y ella, por encima de su hombro podía ver parte de la entrada al salón,
eso le daba un escaso margen si le veía aparecer, aun así sería una situación
tan violenta…
Su atención volvió a centrarse en aquella mano que seguía
bajando el vestido, notó como la copa del sujetador se ahuecaba separándose de
su piel y un ahogo convirtió su respiración en suspiro, iba a suceder, ya estaba
sucediendo y sabía que no lo iba a evitar.
Se detuvo y la miro a los ojos antes de continuar, Carmen no
dijo nada, incapaz de actuar, esclava de los acontecimientos que sucedían y ante
los que ella, de nuevo, se sentía espectadora de sí misma.
Un leve movimiento y su pecho izquierdo quedó desnudo ante
él, la hombrera quedó por mitad del brazo, la parte derecha del vestido impedía
que bajara mas, la copa quedó vuelta hacia fuera y por alguna extraña razón la
turbó mas mostrar su ropa interior que enseñar su pecho; Carmen sintió el latido
en su coño, un pulso continuo que había ganado en intensidad a lo largo de la
tarde; observó cómo Carlos abría los ojos asombrado – "¡Dios, qué preciosa
eres!" – exclamó con autentica emoción en su voz, su mano rodeó la curva
exterior apenas rozándola, el pulgar extendido rozó su pezón y ella se
estremeció, una leve presión de los dedos buscaba conocer la dureza de su pecho,
luego le vio bajar la cabeza y cuando sintió el contacto de sus labios cerró los
ojos y gimió.
Su lengua trataba con esmero y delicadeza su puntiagudo
pezón, lo recorría una y otra vez, abría su boca y parecía querer absorberlo,
luego lo soltaba y le daba pequeños besos que lo volvían aun mas turgente, lo
humedecía con la lengua y luego lo enfriaba soplándole para erguirlo si cabe aun
mas; El deseo le superaba, su mano recorría nerviosa su costado, su cadera,
ascendía al hombro y volvía con avidez a buscar lugares que palpar, se detenía
más en su cadera siguiendo la curva que conducía a su muslo, el vestido se había
subido hasta quedar reducido a una estrecha franja que apenas cubría su pubis y
la superó pronto; Su mano acariciaba el muslo y, al subir, arrastraba la tela,
Carmen se alertó al notar el contacto de los dedos sobre su piel desnuda, supo
que había traspasado el límite de la media, estaba tan cerca… apenas unos
centímetros y volvería a su cadera, esta vez por debajo de la ropa, lo
presentía.
La acariciaba con suavidad, sincronizando sus movimientos con
los roces de su lengua en su pezón, Carmen tenía la cabeza baja, mirándole como
chupaba igual que un niño, un sentimiento de ternura se hizo paso entre su
excitación y la hizo acariciar su cabeza.
Sintió el roce de la mano en su cadera, bajo la falda, tuvo
un instante de tensión que dejó paso a una intensa relajación, el tacto de su
cálida mano en su carne desnuda le arrancó un suspiro de placer, sus dedos
avanzaron hasta rozar la cinturilla del tanga, la acariciaba con la palma de la
mano, moviéndose por su cadera, intentó avanzar hacia su vientre pero la postura
de Carmen se lo impedía, retrocedió hasta que alcanzó su nalga, un destello de
placer erizó toda su piel y nubló su vista, le estaba acariciando el culo
desnudo, por primera vez, nunca antes había sentido algo así.
Debía detenerle, si le dejaba continuar no sabía si podría
volver a estar en condiciones de decidir. La mano se movía inquieta por su
carne, se encontró con el pequeño triangulo posterior del tanga y lo recorrió
con las yemas de los dedos, luego volvió a bajar reptando por su sensibilizada
piel hacia sus rodillas y se adelantó situándose entre sus muslos, dibujando con
dos dedos la mínima rendija que había entre ambos; Carmen no lo pensó, tampoco
lo evitó, sus piernas se separaron solas más de lo que hubiera querido, aquel
gesto declaraba sus deseos más profundos; Como si no hubieran pasado los meses
la escena interrumpida en Sevilla aquella última noche se reanudaba y otra vez
sentía a Carlos deslizarse entre sus piernas, sintió una intensa descarga de
placer que recorrió su cuerpo y no pudo ahogar un gemido que escapó de su
garganta.
Sus dientes mordían su pezón sujetándolo con suavidad, su
lengua acariciaba la punta prisionera, al mismo tiempo su mano rozaba la
sensible piel del interior de sus muslos y avanzaba cautamente como intentando
no asustarla, Carmen sentía sensaciones limpias, diferentes a las sufridas con
Roberto. Acariciaba el cabello de Carlos con su mano sujetando su cabeza contra
su pecho. La mano ascendía lentamente entre sus muslos y estos respondían al
avance dejando el paso abierto, el tacto cambió cuando superó el final de las
medias y palpó su piel desnuda muy cerca de su sexo, Carmen supo que estaba a
punto de ocurrir lo que quedó inconcluso en Sevilla; Entonces, como si no fuera
su cuerpo, sintió como el último espacio cerrado entre sus muslos se abría.
El roce de la yema de un dedo en su pubis disparó su
excitación y su espalda se irguió como presa de un calambre, Carlos abandonó su
pecho para fundirse en un beso interminable que servía de fondo a su entrega.
Estaba semidesnuda y el riesgo aumentó su placer. Sintió la caricia suave en su
sexo, la presión del dedo sobre su braga siguiendo la senda de sus labios y
ella, totalmente entregada, notó como su cuerpo, liberado de su control,
aceptaba aquella caricia abriendo las piernas y abrazando con fuerza al hombre
que la poseía; Le pareció hundirse en un torbellino que giraba cada vez con más
velocidad, sin control; Sus sentidos parecían estar cegados, solo su piel
parecía inmensa, enviándole millones de señales, su pezón abandonado tras la
intensa caricia le recordaba que estaba ahí, reclamando su parte de placer; Y su
coño convertido en el núcleo de su cuerpo, acaparaba toda su capacidad de
percepción, se había vuelto sorda, ciega y muda, toda ella era un inmenso coño
palpitante que exigía mas.
Cuando los dedos traspasaron la fina tela de la braga no lo
experimentó como una invasión, ni siquiera se sorprendió, era el paso esperado,
lógico, necesario, inevitable; Se dejó llevar de las turbadoras sensaciones que
la envolvían, sintió como se deslizaba entre sus encharcados labios y no le
importó que notase su copiosa humedad, al contrario, deseaba que supiera cuanto
le deseaba.
Su espalda se arqueó, alcanzada por un rayo de placer cuando
el dedo rozó su clítoris y comenzó a frotarlo suavemente, su respiración se hizo
audible cerca del cuello de Carlos, sus jadeos significaban "sigue, continua";
¿Cómo podía ser tan delicado?, su dedo se deslizaba entre sus labios sin prisas,
suavemente, regresando al pequeño promontorio que se había endurecido con las
primeras caricias y haciéndola temblar visiblemente; pero no se quedaba mucho
tiempo allí, surcaba el canal inundado entre los labios, se acercaba a la
entrada de su coño, lo recorría con dos dedos y lo abandonaba cuando ella, loca
de placer, esperaba recibirlo dentro; Por fin una de las veces que su dedo llegó
a la pequeña oquedad comenzó a acariciarlo suavemente dibujando círculos en su
perímetro, dejando que la yema del dedo poco a poco se aventurase en su
interior, Carmen dejó que su pelvis cobrase vida propia y se adelantase
buscándole, sus piernas se abrían instintivamente, la derecha, atrapada contra
el muslo de Carlos buscaba hacerse hueco y se dobló elevándose, él detuvo su
intima caricia y la ayudó a subirla sobre la suya, un destello de pudor la hizo
mirar hacia abajo, su vestido apenas cubría su pubis, su pecho desnudo apuntaba
hacia arriba como si buscase la boca que le había abandonado, se mostraba
obscenamente abierta con una pierna colgando de la de Carlos y la otra vencida
hacia el sillón y con aquella mano hurgando en su coño; Cerró los ojos, la
imagen que había tenido de sí misma le provocó un pensamiento que no rechazó:
"soy una puta", quiso pensar ‘parezco’ pero la frase se materializó así y no
sintió nada que no fuera placer, un intenso placer que, como si fuera un
escalofrío, hacía temblar todo su cuerpo en oleadas continuas.
Carlos movía el dedo en círculos inspeccionando la entrada
del húmedo canal que le daba cobijo, Carmen sorprendida se preguntaba cómo era
posible que se moviera justo como ella necesitaba, sin prisas, sin ejercer
apenas fuerza, sin invadirla violentamente, aquello era lo más alejado de una
agresión. Se movía en su interior explorando concienzudamente, ganando terreno
poco a poco, recorriendo las rugosidades y acertando en la forma y en los
lugares antes de avanzar un solo milímetro mas, ¿Podía haber mayor sensibilidad
en un hombre? pensó.
Una leve presión en la pared superior le provocó un ahogado
grito de sorpresa que delató que había acertado, a partir de ese momento Carlos
la sometió a una presión intermitente en ese punto que disparaba en Carmen una
especie de corriente eléctrica que convulsionaba su cuerpo.
Abrió los ojos y le miró, estaba ebria de placer, la sonrisa
que nació en el rostro de Carlos fue una caricia para ella que volvió a cerrar
los ojos para abandonarse al placer, indefensa, incapaz de resistirse,
entregada; No había podido devolverle la sonrisa, sus músculos no respondían,
solo su coño palpitaba.
Carlos penetró más profundamente, primero con un dedo, luego
dos, Carmen se revolvía en el asiento con su boca pegada a la de él, atacada por
intensos espasmos que la llevaban al borde del paroxismo, su pelvis se volvió a
adelantar hasta dejarla en el borde del asiento dejando el vestido atrás, un
gemido parecido a un lamento brotó de su garganta, su cuerpo se tensó y su
pierna izquierda se dobló elevando el pie y adoptando en el aire la posición de
su pierna derecha mostrándose abierta, jadeando ruidosamente; Carlos, abrumado
por la intensidad de su excitación sacó su dedos y acarició sus nalgas en
tensión que se mostraban rotundas, duras e indecentes ante él, Carmen notó como
descendía y comenzaba a recorrer la curva de sus glúteos endurecidos por la
tensión de sus piernas, la mano extendía su propia flujo por sus nalgas y esa
sensación húmeda la hizo sentirse sucia, excitantemente sucia y deseó que
regresara dentro de ella, sus piernas en tensión casi rozaban su pecho y le
hacían percibir mejor su coño dilatado, notó el cordón del tanga estirado
apretado contra su ano, "puta, puta", repetía mentalmente, tenía un vacío
inmenso en su coño que no cesaba de contraerse.
De nuevo pensó en el riesgo de que apareciera de improviso el
camarero, sabía que estaba casi desnuda pero no pudo pensar más, estaba loca de
placer, y cuando los dedos volvieron a entrar en ella sus piernas se desplomaron
desmadejadas, su mano abandonó el cuello de Carlos y, como si fuera a cámara
lenta, descendió por su pecho hasta posarse sobre el duro bulto en su bragueta,
comenzó a acariciar la forma rígida aprisionada en el pantalón mientras sentía
los dedos en su interior acariciándola despacio, con suavidad, sin urgencias.
¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo se atrevía a hacer una cosa así? Apenas prestó
atención a la protesta que su sentido común le lanzaba, el ahogado gemido que
escuchó fue un regalo para ella, Carlos desfallecía en su mano; El placer
insufrible que le provocaba aquella boca de regreso en su sensible pezón la
tenía ya al borde del orgasmo, los dedos que exploraban el interior de su coño
sintieron las fuertes contracciones que anunciaban el estallido cercano.
¿Cuándo le había bajado la otra hombrera? Se percató de que
tenía los dos pechos al descubierto, el vestido y su sujetador quedaban colgando
de sus brazos, ¿cuándo había ocurrido? Si aparecía el camarero no dispondría de
suficiente tiempo para… ¿y qué más le daba? Nada importaba salvo sentir, sentir
y dejarse embriagar por el placer prohibido de acariciar a un hombre en su
hermosa virilidad.
Carlos solo pudo articular esa palabra y Carmen, como una
autómata, busco impaciente el tirador de la cremallera que por dos veces se
atascó antes de recorrer completamente su camino, buscó en la abertura del
pantalón y metió su mano, sintió el calor que emanaba de aquella dureza oculta
por el ligero tejido del slip y la palpó buscando conocer su forma, su longitud,
Carlos se movió para facilitarle el camino, se sentía desbordada por sus
impulsos, no podía ni quería detenerse, no se reconocía en aquella indecente que
acariciaba la polla con avidez, los dedos en el interior de su coño habían
aprendido el ritmo de sus contracciones y presionaban hacia arriba en el mismo
instante, con la misma intensidad, llevándola una y otra vez al límite del
desmayo, al borde de un orgasmo que todavía no llegaba, que deseaba y temía a la
vez, porque no quería gritar allí, no podía hacerlo.
Llegó a una zona donde el slip dejaba traspasar una copiosa
humedad, la forma redondeada bajo la tela se mostró extremadamente sensible a
sus caricias – "¡Oh Dios!" – exclamó Carlos abatido por un espasmo y aquello le
sonó maravillosamente bien, siguió acariciando con delicadeza su glande,
necesitaba más, ahora que estaba a punto de explotar; Buscó el borde lateral del
slip, hizo presión con la punta del dedo índice y logró levantar lo suficiente
como para introducirse por debajo;
El contacto con el vello púbico de Carlos les hizo gemir a
los dos, sus dedos se enredaron en una tupida mata rizada, a la altura de sus
dedos anular y meñique sintió la forma globosa de sus testículos mientras el
índice y el medio tocaban la base del duro tallo surcado por un grueso canal
central más blando, avanzó buscando atrapar aquella roca, el tejido del slip
crujió al ser forzado en sus costuras por la mano ansiosa que penetraba dentro y
por fin rodeaba el grueso tallo con sus dedos, le estorbaba todo y Carlos,
presintiendo en sus insatisfechos movimientos lo que necesitaba, abandonó su
clítoris y como un rayo desabrochó el cinturón y el botón superior de su
pantalón antes de regresar a su cálido refugio, Carmen se sintió mucho más libre
en sus movimientos, soltó su presa y se metió por la cintura del slip, se hizo
dueña de la polla y la recorrió con la palma de la mano desde la punta hasta
acoger sus testículos, suaves, blandos y frágiles en su mano; Tenía los dedos
mojados y volvió a apoderarse de la gruesa cabeza para escuchar a Carlos
desfallecer en un gemido acompañado de un espasmo en su polla que derramó en sus
dedos un abundante y cálido caudal de flujo con el que resbaló por el hinchado
glande
Su orgasmo era inminente, su coño palpitaba cada vez más
rápido, más intensamente, movió la mano dentro del slip y consiguió bajar la
parte delantera dejando la polla ante ella, quería verla antes de sucumbir.
Le pareció hermosa, potente, la deseaba más que nada; desnudó
también los testículos y los acarició con mimo viendo como la polla latía una y
otra vez, un hilo transparente se descolgó de la punta hasta su vientre y Carmen
lo recogió, frotando el glande con sus dedos y empapándose del continuo flujo
que brotaba. ¿Era ella quién estaba haciendo esas cosas?
Le miró sin acabar de entender, sin asimilar sus palabras –
"Vámonos" – repitió Carlos, Carmen se incorporó, se colocó el sujetador e
intento abrochárselo, entonces sintió las manos de Carlos que lo abrocharon y le
subieron la cremallera. Se miraron mientras se esforzaba para acomodar su
hinchado miembro dentro del slip y ambos rieron con cierta turbación.
Carlos pagó en la barra mientras ella esperaba fuera, no se
sentía cómoda delante de los camareros, el aire frío en su rostro la ayudó a
recuperar el ritmo de su respiración, estaba a punto de acostarse con él, iban
hacia el hotel, en cuestión de minutos le sentiría dentro de ella.
Caminaron con prisa, Carmen le había cogido del brazo
inconscientemente y cuando se dio cuenta no quiso soltarle, esperaría a llegar a
calles más céntricas, ahora le apetecía ir de su brazo.
Quizás fue el frio en la cara, puede que fuera el brusco
cambio al salir a la calle lo que rompió el momento de locura que habían vivido
en el pub; Carmen comenzó a ver claro, por encima de su excitación, que no era
esa la forma en que quería que sucedieran las cosas, su paso se fue haciendo más
lento hasta que se detuvo. Carlos supo que algo había cambiado.
,
Carmen se volvió a mirarle, esta vez su rostro mostraba
desolación.
-
"Carlos, yo… no…" – suspiró, las palabras que surgían en
su mente le parecían insuficientes para expresar su lucha – "Antes me
dijiste algo precioso que si es cierto…" – de nuevo titubeó, no lograba
darle forma a sus ideas –"¿De verdad soy algo más que un polvo para ti?" –
Carlos afirmó con la cabeza – "Porque si lo que quieres es eso… entonces
sigamos adelante; Pero si lo hacemos nos vamos a arrepentir, lo sé, estoy
segura"
El silencio pareció durar más, mucho más de lo que en
realidad duró, Carlos la miraba como si no pudiera asumir lo que acababa de
escuchar, agachó la cabeza, se quedó pensando un momento.
Carmen le miró con lástima, imaginaba lo que debía suponer
para él renunciar ahora, casi podía sentir el esfuerzo tan enorme que estaba
haciendo
Porque eso es lo que sentía si se acostaba esa tarde con él,
me había asegurado que era capaz de separar la fantasía de la realidad y ahora
se encontraba en sus brazos, totalmente entregada y a punto de ceder a su deseo.
Deseaba hacer el amor con él, deseaba estar desnuda delante
de Carlos mostrarle su cuerpo observar la expresión de su rostro al verla en su
abrumadora desnudez, sentirse orgullosa cuando él le hablara de su espléndido
cuerpo.
Pero no así, no sin mí, no era así como lo deseaba, no quería
regresar a casa esa noche y decirme que había sucumbido. Sin mí.
Había ido mucho más lejos de lo que jamás hubiera podido
prever y se sentía culpable, eso tenía que haber sucedido conmigo a su lado.
Carlos se volvió hacia ella con el rostro muy serio.
-
"No quiero follar, no hasta que hayamos hecho el amor,
luego te follaré, cien, mil veces, de todas las formas y en todas las
posturas posibles, pero no renunciaré a hacerte el amor, no me conformaré
con quedarme en el escalón de tus otros amigos"
‘Tus otros amigos’. Carmen se reprochaba aquella provocación
estúpida en Sevilla que la había conducido a declararse promiscua, nunca imaginó
que aquel morboso juego se volvería algún día en su contra. La situaba ante
Carlos en una posición ambigua e incoherente que le desconcertaba, había una
discrepancia inmensa entre la mujer liberal que se acostaba con Mario y
participaba en una orgía y esa otra que dudaba, retrocedía y le negaba un polvo
tras permitirle desnudarla y dejarle alcanzar los lugares más íntimos de su
cuerpo, esa mujer vacilante que se mostraba audaz apoderándose de su polla y un
minuto después le ponía reparos para acostarse.
-
"¿Nos vamos?" – aquella frase la sacó de sus
pensamientos, se entristeció pensando que Carlos estaba frustrado y daba por
terminada la cita, su rostro debió delatar ese pensamiento – "No te
preocupes, aun no te pienso dejar libre, demos un paseo, sigamos hablando,
quiero conocerte todo lo que tú me dejes" – su tono de voz volvía a ser
alegre, desenfadado, sin rastro de la frustración que sin duda sentía.
Carmen estaba emocionada y se echó a sus brazos besándole una
y otra vez, no le importaba que la vieran.
Caminaron casi una hora, sin rumbo fijo, Carlos prudentemente
buscó temas de conversación que la alejaran de comentarios violentos para ella,
no quería hacerla sentir en deuda; recorrieron toda la Gran Vía hasta Plaza de
España, descendieron hacia Palacio y bajaron luego hasta el Viaducto, cuando por
fin llegaron a Sol, eran las diez de la noche, Carmen se sobresaltó al ver la
hora.
-
"No pensé que fuera tan tarde" – dijo apurada.
-
"¿No puedes cenar conmigo?" – agachó la cabeza – "que
tontería, claro que no"
Carmen le miró compasivamente, era otra frustración para
Carlos que la aceptaba con el mismo buen carácter con que había renunciado a
acostarse con ella; Le miró, era como si le conociese de toda la vida, se
encontraba tan bien con él que no quería que aquello acabara aun, calibró la
posibilidad de llamarme, estaba segura de que le iba a plantear ninguna
oposición, temía hacerme daño pero recordó mis palabras al despedirnos:
‘disfruta’; Lo siguiente que pensó fue cómo hacerlo sin levantar las sospechas
de Carlos.
-
"Déjame intentarlo…" – se dio cuenta de que jamás había
mencionado a su falso marido por ningún nombre e improvisó – "se que Javier
llegaba hoy tarde, quizás pueda inventar una excusa"
-
"No quisiera ponerte en un compromiso" – Carmen negó con
la cabeza, sacó el móvil y dio unos pasos tomando algo de distancia con
Carlos, éste comprendió su gesto y se alejó fingiendo interesarse por un
escaparate.
….
Cuando sonó mi móvil supe que era ella antes de ver el
numero.
-
"Hola" – intenté parecer despreocupado
-
"Hola cielo, Oye… Carlos me ha preguntado si podría cenar
con él, se marcha mañana, no tardaría, sería como máximo…" – la interrumpí,
un frío intenso recorrió mi cuerpo y me dejó una desapacible sensación, al
mismo tiempo sentí como mi polla cobraba vida.
-
"Claro, no me des más explicaciones, idos a cenar, ¿Qué
tal va todo?"
-
"Genial… bien, quiero decir…"
-
"Tranquila cielo, disfruta"
-
"Gracias"
-
"No seas tonta, no me des las gracias"
-
"Te quiero"
-
"Lo sé, yo también te quiero"
-
"Yo también lo sé, me lo demuestras cada día… ahora
mismo"
-
"No bebas, que te pones demasiado mimosa" – era un broma
que delataba mis miedos, pero Carmen lo entendió de otra forma y entró a un
juego que yo no había pretendido iniciar pero que le daba una excusa para
insinuarme toda su excitación.
-
"¿Eso es lo que quieres? ¿Qué no beba? ¿o en realidad lo
que quieres es que beba?" – su voz sensual me decía que intentaba satisfacer
lo que creía un comentario morboso por mi parte, le seguí el juego.
-
"Bebe… lo suficiente, un poquito de alcohol os vendrá
bien a los dos"
¿Por qué había ido tan lejos? Aquel comentario era una
incitación a seducirle o a dejarse seducir.
¿Qué contestarle? Me había metido yo mismo en un callejón sin
salida e improvisé una respuesta evasiva.
-
"Tú sabrás para qué te interesa beber, pero en cualquier
caso un poco de alcohol siempre ayuda"
-
"Seguiré tu consejo" – sonó profundamente sensual.
-
"Disfruta cariño"
-
"Lo estoy haciendo" – un escalofrío recorrió mi espalda.
-
"¿Si? ¿mucho?" – mi voz sintonizaba con la suya,
sugerente, intima, intencionadamente morbosa.
-
"Mucho más de lo que esperaba… por cierto…" – su voz se
había vuelto claramente obscena – "¿sabes? Ya no tengo puesto el piercing" –
de nuevo un frio glacial me recorrió el cuerpo, no pude evitar una pausa, no
sabía que decir, por fin continué
-
"¿Te… lo quitó él?"
-
"¡Bobo! Me ha regalado uno y me pidió que, ya que no lo
iba a ver, me lo pusiera" – su voz había vuelto a la normalidad y agradecí
aquel cambio que me sacaba de la inseguridad y el miedo.
-
"¡Qué mala eres!"
Nos despedimos y, después de la tensión, su última frase me
dejaba un salvavidas al que agarrarme para no hundirme ‘ya que no lo va a ver…’
había dicho.
Me senté en la cocina y comí sin ganas algo frio que encontré
en la nevera. Tras la fuerte tensión que había experimentado en los primeros
momentos tras su marcha y mi posterior huida en coche, había regresado a casa y
me encontré sumido en una apatía extraña, había caído en una especie de
entumecimiento de las emociones que me mantuvo ausente durante varias horas, sin
ganas de hacer nada. Procuraba no pensar, intenté engancharme a una película
pero al cabo de media hora me di cuenta de que ni siquiera sabía cuál era su
argumento. Lo peor había pasado, la indecisión mientras aun era tiempo de
detenerla había sido con diferencia el momento más duro, ahora solo quedaba
esperar, hacer lo posible porque el tiempo pasara cuanto antes.
Seguía excitado, imaginaba que a estas alturas Carmen ya
habría probado su boca y habría sentido caricias en lugares a los que solo yo
había sido invitado. Tenía una trágica resignación, un sereno fatalismo que me
decía que ya no había vuelta atrás, si me quedaba alguna duda sobre el camino al
que la había conducido mejor la desechaba o caería en la desesperación. ¿Cómo
podía compaginar el morbo y la excitación sexual más intensa con el miedo, el
autentico terror ante la idea de que Carmen a estas horas podía haberse
entregado ya a otro hombre?
….
Carlos miró hacia el cielo con las manos cruzadas.
-
"¡Gracias Señor, hoy vuelvo a creer en ti!" – exclamó con
un tono melodramático que hizo volverse a varias personas que pasaban por su
lado, Carmen rió complacida y se agarró de su brazo, había olvidado sus
precauciones, se sentía tan cómoda que dejaba a un lado el riesgo que asumía
dejándose ver cogida del brazo de un hombre a esas horas de la noche.
Entraron en un conocido restaurante del Madrid antiguo,
apenas había clientes en un día de diario; se sentaron en una mesa junto a un
ventanal pero Carmen prefirió otra menos expuesta.
Tras ordenar la cena, siguieron hablando, Carlos extendió su
mano a través de la mesa para coger una de las suyas y ella se dejó llevar de la
ternura que emanaba de cada uno de sus gestos. La conversación era fluida,
estaban descubriendo tantos puntos comunes de interés que se sintió cada vez más
cerca de él, en todos los sentidos. Un pensamiento fugaz la alarmó tanto que lo
desechó con fuerza, las emociones que sentía iban más allá de la atracción
física y le asustaron.
Hubo un silencio en el que ambos se quedaron mirando a los
ojos, Carlos tenía una leve sonrisa en sus labios, se le notaba feliz, su dedo
pulgar acariciaba el dorso de la mano de Carmen, entonces hizo un gesto que no
le pasó desapercibido: llevó la otra mano a su rostro apoyando el codo en la
mesa, sus dedos rozaban su nariz; Carmen comprendió de pronto aquel gesto.
-
"¿Qué estás haciendo?" – dijo regañándole con un
delicioso mohín. Carlos aspiró y cerró los ojos, luego la miró.
-
"Conocerte mejor, memorizar… algo de ti para cuando no te
tenga cerca"
Carmen sintió el calor en su rostro, no era pudor, era
excitación.
-
"¡Eres un pervertido!" – dijo fingiendo enfado.
-
"Me encanta tu olor, es… intenso, embriagador… me aturde"
Carmen sintió el placer que esas palabras le producían;
hablaba del olor de su sexo, le recordaba que había estado dentro de ella y esa
insinuación despertaba el recuerdo de la intensa sensación al ser invadida en su
intimidad. Sus ojos le atropellaron con esa arrebatadora intensidad que carga su
mirada cuando esta excitada; le sonreía pero se mantuvo en silencio, no había
contestación posible a esa frase, tan solo podía devolverle un gesto. Llevó una
mano a su nariz y aspiró profundamente, el olor del sexo masculino la obligó a
entornar sus ojos, cuando los abrió Carlos la miraba extasiado.
Ni un reproche, acababa de dejarle con la miel en los labios
y de su boca solo salían palabras de agradecimiento, la emoción estuvo a punto
de arrasar sus ojos.
-
"Anda, vete a lavarte las manos" – la tensión la llevaba
a refugiarse en la broma.
-
"Nunca, esta mano jamás volverá a sentir el agua" – rió
relajada, con ganas, podían hablar de cualquier cosa, incluso del olor de
sus genitales.
-
"¡Qué horror! Se nos van a caer los dedos a trozos"
-
"¿Quieres decir que tu tampoco te la vas a lavar?" –
Carmen rió negando con la cabeza.
Carlos la miró intensamente a los ojos mientras ella reía,
poco a poco su risa se fue apagando y le sostuvo la mirada, entonces lentamente
chupó dos de sus dedos sin apartar los ojos de ella; Carmen vaciló, por fin
acercó sus dedos a la boca y probó el sabor del flujo que los había regado, sus
ojos se mantenían fijos el uno en el otro, al hacerlo se sintió golfa,
libertina, ahora si se reconocía en el papel que había fingido en Sevilla, era
la mujer promiscua que Carlos creía, había sido capaz de dominarle torturando su
glande, había sido capaz de desnudarle y apoderarse de su polla, no era la
tímida mujer que cedía pasivamente al asedio de un hombre.
-
"Acabas de firmar un pacto conmigo" – dijo Carlos
-
"¿Un pacto de sangre?"
-
"Más o menos, pero te compromete igual"
-
"¿Tú crees?" – su voz se tornó sugerente
-
"Sabes que si"
El camarero vino a interrumpir aquel momento, comenzaron a
cenar entre bromas y confidencias.
Eran las doce menos cuarto cuando salieron del restaurante,
Carlos propuso caminar hasta el aparcamiento donde tenía el coche pero ella al
ver la hora prefirió buscar un taxi.
-
"Que pase antes por tu hotel y te quedas allí"
-
"De eso nada, te acompaño al parking luego caminaré, hace
un día esplendido, luce el sol, los pájaros cantan, huele a primavera…"
-
"¡Estás loco! Estamos en pleno invierno, es medianoche…
¿qué has bebido?"
-
"Tan solo lo he esnifado y mira el efecto que me ha
provocado" – Carmen rió con ganas, de nuevo una insinuación al olor de su
coño que impregnaba sus dedos y que tampoco esta vez la hizo sentir
violenta. Carlos prosiguió.
-
"Si lo llego a beber… me hubiera muerto de placer" –
Carmen le miró a los ojos sin disimular el efecto que esa frase le había
provocado.
-
"No quiero ser responsable de una muerte" – dijo con una
voz sensual.
-
"Pues yo si quiero morir bebiendo en esa fuente, Carmen,
o agonizaré hasta que lo consiga" – el retrovisor le devolvió la mirada del
taxista que espiaba la conversación, un brote de placer exhibicionista la
obligó a frotar disimuladamente sus muslos.
-
"Estás loco…" – repitió Carmen abrumada por las
sensaciones que aquella situación le provocaba.
¿Y por qué no? – Pensaba - ¿por qué no dejarse llevar y
disfrutar de sentirse tratada como una reina? Si con los dedos había sido tan
bueno, con su boca sería…. Le imaginó con su cabeza perdida entre sus muslos y
se obligó a suspender esa idea ante la intensidad de las sensaciones que la
podían llevar a replantearse el final de la noche; Carlos se mostraba tierno,
amable, cariñoso, estaba segura que sería igual en la cama, ¿Sabría acariciarla
sin prisas o se centraría en los pechos y el coño como su primer novio? Aquel
chico también tenía buenas palabras y luego resultó un fiasco.
Continuaron el recorrido con las manos entrelazadas reposando
sobre su muslo, de nuevo los dedos de Carlos rozaban su vestido y lanzaban una
leve presión sobre su piel; Carmen se dio cuenta que deseaba sentirle más, más
cerca. Más dentro.
Llegaron demasiado pronto a su destino, Carlos pagó el taxi y
la acompañó a canjear el ticket, luego se quedaron mirando, frente a frente.
-
"Mañana intentaré quedar con Mario, le invitaré a comer.
-
Llámale temprano, antes de que haga planes…" – un idea
loca que le provocó un intenso morbo la indujo a continuar – "…o, mejor aún,
si le llamas ahora, le pillarás levantado, seguro"
-
"¿Tú crees? Es un poco tarde" – Carmen estaba
intensamente ante la posibilidad de que Carlos hablase conmigo, imaginaba el
efecto que me causaría y le incitó de nuevo.
-
"Se suele acostar muy tarde, seguro que le pillas
trabajando"
…..
A medida que transcurría el tiempo se me hacía más difícil la
espera, estaba inquieto, era tarde, demasiado tarde, no estaba preparado para
aguantar tantas horas de tensión, me había hecho a la idea de que como muy tarde
volvería sobre las diez pero la improvisada cena estaba alargando mi agonía
hasta un punto en el que ya solo pensaba en verla llegar cuanto antes. La
tensión sexual continuada en la que me encontraba desde que se fue, unida al
desasosiego y la inseguridad que me provocaba haberla dejado sola en manos de
Carlos actuaban como un poderoso estresante.
El sonido del móvil me sorprendió en el ático, corrí
escaleras abajo para cogerlo antes de que quienquiera que fuera colgase,
imaginaba que sería Carmen anunciándome su llegada.
-
"Dime" – ni siquiera había tenido tiempo para ver el
número.
-
"¿Mario? Soy Carlos, no sé si te pillo en mal momento" –
la sorpresa me dejó casi sin palabras
-
"No… en absoluto, estaba… ¿Qué tal? ¿cómo estás?"
-
"Ahora mismo en la gloria…" – Carlos miró a Carmen
sonriendo pero yo imaginé escenas que deseaba y temía a la vez, noté como se
me erizaba el vello – "…estoy con Carmen y me ha dicho que podía llamarte
aunque sea tan tarde.
Sonreí, vi la intención morbosa de mi mujer en aquella
llamada, me incitaba a imaginarla con él y esa complicidad que me enviaba
mediante esa llamada hizo que toda la angustia y el temor desapareciesen de un
plumazo y solo quedase el morbo, una sensación de complicidad y el intenso
placer por estar compartiendo a mi esposa.
-
"Dale un beso de mi parte"
-
"Ahora mismo, mejor dos ¿no?"
-
"O tres" – bromeé intentando ocultar la fuerte excitación
que amenazaba con hacer temblar mi voz.
Carmen seguía nuestra conversación cada vez mas excitada, su
marido y su… amante charlaban cordialmente.
Amante. Por primera vez asumió esa palabra y esa idea. Ser
consciente de su aceptación la hizo sentir una profunda liberación.
De pronto Carlos apartó el teléfono, se volvió hacia ella y
la besó en la boca cogiéndola de la cintura.
-
"De parte de Mario" - escuché a través del teléfono, mi
polla creció instantáneamente protestando por el encierro al que estaba
sometida, me volví loco e intenté torpemente con mi mano izquierda soltar el
pantalón pero tuve que cambiar de mano, dejé que el pantalón cayera al suelo
y baje mi slip con urgencia, mi polla saltó hacia arriba y la aprisioné con
mi mano
-
"Misión cumplida, ya tiene el primero, luego terminaré tu
encargo"
-
"Así me gusta" – no tenía palabras, la emoción me
superaba, era tan fuerte que apenas podía hablar.
-
"Oye Mario, ¿Qué tal tienes el día mañana? Había pensado
invitarte a almorzar, si no tienes ningún compromiso"
Tenía una comida con el decano, pero ni por un segundo dudé
en posponerla.
-
"Me parece perfecto, pero invito yo, ya te tocará cuando
vuelva a Sevilla"
-
"De eso nada…" – nos enfrascamos en la típica disputa por
hacerse con la invitación.
-
¿Quedamos entonces sobre las dos y media ¿te viene bien?
– le dije
-
"Sin problemas, aprovecharé la mañana para hacer unas
gestiones y ver Madrid"
-
"¿Qué tal ha ido?" – no pude contener mi morbosa
curiosidad.
-
"Bien, muy bien… genial, ha sido…" – Carlos se detuvo y
la miró, no podía alardear delante de ella – "En fin, nos vemos mañana ¿de
acuerdo?
Carmen entendió que la conversación tocaba a su fin y le hizo
un gesto a Carlos.
El corazón golpeó mi pecho cuando escuché su voz.
-
"Hola" – dulce, tierna, sensual. Un arrollador
sentimiento de amor me invadió
-
"Hola amor mío ¿Qué tal estás?"
-
"Muy bien…" – miró a Carlos antes de continuar – "… en
buena compañía" – Él la tomó de la cintura y la estrechó, Carmen dejó que su
cuerpo obedeciese el impulso que la llevaba a apoyarse en él.
-
"¿Estás contenta?" – quería preguntar otras cosas, pero
solo atiné a plantear aquello.
-
"Mucho, hemos pasado una velada genial" – la mano de
Carlos acariciaba su costado.
-
"¿Vais a… os queda mucho?" – torcí el gesto lamentando
aquella estúpida pregunta.
-
"Bueno, te dejo, me voy para casa, mi marido debe estar a
punto de llegar"
-
"Vale cielo, te espero"
-
"Un beso cielo, hasta pronto"
Cerré el móvil, estaba sonriendo, un simple gesto de Carmen
forzando esa llamada había bastado para apagar todos mis miedos.
…..
Carmen le devolvió el teléfono, la mantenía sujeta por la
cintura y no hizo intención de separarse de él, al volverse sus ojos se cruzaron
y de nuevo supo que iba a ser besada, le esperó viendo como se acercaba a su
rostro. Cerró los ojos, quería concentrar toda su atención en el sabor de su
boca, en el olor de su aliento, en la suavidad de su lengua.
-
"Le envidio" – dijo Carlos refiriéndose a mi.
-
"Es tarde, debo irme ya" – había comenzado a separarse
pero mantenían las manos cogidas.
-
"Carmen… lo que daría por…" – ella puso un dedo sobre sus
labios para hacerle callar y Carlos, resignado, renunció a terminar la
frase– "¿Nos podremos ver mañana, en algún momento?"
-
"No lo sé, quizás" – lo deseaba intensamente, ¿cómo no
verle? Pero dependía de mí, no quería herirme.
-
"Hablamos entonces, te llamaré por la mañana"
Tiró de sus manos y Carmen obedeció dócilmente el impulso que
la llevaba a cobijarse en sus brazos, de nuevo los besos demoraron la
separación.
Cuando por fin lograron separarse Carmen bajó al parking
flotando en una nube, con la sensación de haber dejado frases por decir y cosas
por hacer, se sentía feliz pero al mismo tiempo tenía una sensación de carencia,
de algo inacabado.
Podían haber terminado en su habitación, hubo algún momento
que faltó poco para que la proposición apareciera de nuevo y su reacción… no
podía saber cual habría sido; Ahora cuando ya no había marcha atrás, un impulso
ciego e irreflexivo le decía que hubiera deseado hacer el amor con él, pero
sabía que había tomado la decisión correcta, no habría encontrado reproche en
mí, pero no era esa la forma en que, si tenía que suceder, deseaba que
sucediera. Sentía que me necesitaba allí, junto a ella en ese trascendental
momento.
Porque aquello estaba dejando de ser una utópica fantasía y
cada vez parecía más una cercana realidad. Nunca hasta esa noche se había
planteado seriamente meterse en la cama con otro hombre. Lo pensó de nuevo
mientras se acomodaba en el asiento del coche, en apenas unas pocas horas su
planteamiento había cambiado radicalmente, había salido de casa con la firme
intención de permitirle unos besos y poco mas, regresaba tras haberse entregado
a él, segura de querer hacer el amor con ese hombre. Ahora estaba convencida de
que iba a acostarse con Carlos, lo deseaba, cada vez más.
Y ese convencimiento la llenó de alegría.
Camino de casa se asombró del rumbo que habían tomado las
cosas, no se acababa de creer que hubiera sido real todo lo que había sucedido
esa tarde. Recordaba su audacia dejándole desnudar su pecho en aquel pub y una
sonrisa se dibujó en su rostro, aun podía sentir sus dedos penetrando en su coño
y esa tibia sensación despertó de nuevo el deseo. No podía creer que estuviera
haciendo aquello pero su cuerpo no le daba opción a arrepentirse; muy al
contrario, le pedía más. Una y otra vez llevaba sus dedos a su rostro para
recordar el olor de su polla y cada vez un nuevo latigazo de placer encogía su
coño, ¿cómo había sido capaz de acariciar su polla? Era una sensación tan nueva…
no se reconocía, parecía tan diferente….
Aparcó en el garaje y se quedó unos segundos dentro del auto,
se sentía… ¿orgullosa? No estaba segura de que esa fuera la palabra adecuada,
osadía, valor, libertad… eran conceptos que la producían una sensación de…
orgullo, si, orgullo; Había sido capaz de aceptar sus deseos superando
prejuicios, miedos y censuras. Pensó en mí, sabía perfectamente lo que esperaba
de ella en cuanto entrase por la puerta, ¿Iba a poder responder abiertamente a
mis preguntas? Un conato de pudor ante la idea de contarme todo la hizo
consciente de que una duda o un silencio por su parte me dolería más que
cualquiera de las escenas que había vivido aquella noche.
Venía de estar con otro hombre, pensó, su cuerpo se lo
recordaba aun y esa idea atenazó su garganta con una sensación cercana al
riesgo, estaba comenzando a vivir una aventura con Carlos y la intensidad de lo
que sentía al afrontarlo la abrumaba. Arrollada por una intensa emoción echó sus
manos a la cara, mordió su labio inferior mientras su cabeza se movía de un lado
al otro, notó el calor en su cara y una humedad en sus ojos que intentó evitar
agitando sus manos cerca de sus párpados a punto de desbordarse.
Retiró las llaves del contacto y se giró para recoger el
bolso y el abrigo del asiento lateral; al hacer estos gestos notó la humedad en
su entrepierna y recordó que no llevaba salvaslip; Era improbable pero sintió la
necesidad de comprobar si había manchado la falda, separó las piernas y llevó la
mano a su coño; sus dedos se impregnaron de la humedad que traspasaba la braga y
había mojado la parte interior de sus muslos, quizás en el trayecto, sentada al
volante la humedad habría empapado la parte posterior del vestido; Salió del
coche preocupada y buscó algún rastro de humedad en el tejido, no se escuchaba
ningún ruido en el garaje y con cautela metió su mano entre sus piernas y palpó
por dentro la parte posterior del vestido y tampoco halló huellas. Recogió sus
cosas y tras cerrar el auto se dirigió a la puerta de acceso al edificio.
Mientras el ascensor subía pensó en mi, ¿cómo me iba a encontrar? ¿Cómo iba a
empezar a contarme todo?, ¿cómo lo encajaría?
…..
Escuché el ascensor y, como tantas otras veces aquella noche,
bajé las escaleras del ático y la esperé en la puerta; Esta vez sonaron las
llaves en la cerradura, no me esperaba allí y, cuando abrió la puerta, se
sorprendió de encontrarme tan cerca e impulsivamente se echó a mis brazos.
Nos besamos y una intensa excitación me invadió al percibir
el aroma de una colonia de hombre, aquellos labios habían estado besando a
Carlos, aquel cuerpo que estrechaba se había dejado acariciar, - no sabía hasta
qué punto -, por alguien que deseaba hacerla suya.
Nos quedamos abrazados, mirándonos a los ojos.
-
"¿Cómo estás?" – acerté a decir, Carmen me miró y subió
las cejas al tiempo que agitaba una mano.
-
"¡Uffff!" – se apretó a mí y una risa nerviosa escapó de
su boca y brotó incontenible, su cuerpo temblaba en mis brazos, hubo un
momento en que dude si reía o lloraba, me contagié de su emoción, intuía que
aquel temblor no solo era debido a la risa que intentaba dominar.
-
"Cuéntame" - ¿Para qué adornarlo con mas palabras? Ambos
lo necesitábamos; yo, escuchar y ella hablar.
-
"Déjame que me dé una ducha antes"
La seguí hasta la alcoba donde se despojó del vestido y lo
colgó cuidadosamente en el armario; Se debió sentir observada porque se volvió
mirándome fijamente, me acerqué a ella, estaba tan hermosa en ropa interior, me
recordó la misma imagen aquella tarde antes de terminar de vestirse para salir
al encuentro de su… amante.
Ahora ya no era la misma mujer, recordé el antiguo
pensamiento de Heráclito, nunca te bañas dos veces en el mismo río, jamás vuelve
a ser el mismo; De la misma manera que la mujer que salió aquella tarde de
nuestra casa jamás regresaría.
Me fijé en el piercing, regalo de su amante.
-
"Es bonito" – Carmen me miró algo azorada
-
"Si, es precioso" – su voz sonaba tímida, insegura,
incapaz de discernir si sus palabras me podían doler o excitar.
-
"¿Te lo llegó a ver?" – me miró con los ojos muy abiertos
-
"¡no, claro que no!" – le sonreí intentando calmarla
Sin darme cuenta de cuándo y cómo había sucedido, me
encontraba enlazado en sus brazos, no estaba seguro, podía ser mi idea sobre lo
que habría sucedido pero… creí percibir un intenso aroma que ascendía de su
sexo, el perfume embriagador de su excitación
-
"¿Estás bien?" – me susurraba al oído entre pequeños
besos.
-
"Claro que si, amor, estoy genial, deseando que me
cuentes"
-
"Déjame que me duche, será solo un momento"
-
"Claro"
Me separé de ella y la observé mientras se despojaba del
sujetador, sus pechos oscilaron brevemente al girarse sobre sí misma para dejar
la prenda en la cama, luego se sentó en el borde y se quitó los zapatos, masajeó
brevemente sus pies y ejecutó ese rito tan erótico de desnudar sus largas
piernas deslizando las medias con delicadeza hasta sus tobillos, elevó una
pierna para sacar la primera media y mis ojos escudriñaron el pequeño trozo de
tela que ocultaba su sexo buscando humedades, cambios en el color que delatasen
su flujo. Repetí mi intrusa mirada cuando al quitarse la segunda media separó
sus piernas, entonces creí ver una sombra en su pubis, un cambio de tonalidad en
el reflejo de la luz sobre la oscura prenda que delataba el placer que le había
proporcionado otro hombre, o quizás fueran los rastros de su semen; mi polla
reaccionó con violencia ante esa posibilidad.
Se levantó y se bajó el tanga doblando ágilmente su cintura,
recogió la prenda en su puño y entonces se fijó en mis ojos clavados en su mano.
Se detuvo y eso me hizo mirarla, su rostro mostraba una picara sonrisa
maliciosa.
Carmen dio un paso hacia mí, mis ojos vieron oscilar sus
caderas, abrió la mano y dobló el tanga del revés, entonces acercó la prenda a
mi rostro, mostrándome la amplia mancha de flujo que resaltaba sobre la oscura
prenda, estaba tan absorto ante la conducta obscena de Carmen que no reaccioné
cuando tuve la prenda en mi nariz.
Aspiré, una, dos, tres veces, llenando mis pulmones con el
perfume de su coño, perdiendo la razón con cada dosis. La arrebaté de sus manos
y mis dedos resbalaron sobre la baba que cruzaba la prenda, mi polla me dolía
retenida hacia abajo en mi slip. Lleve los dedos a mi boca y saboreé aquel
manjar derramado para otro hombre.
Me miraba excitada, arrojé la prenda al suelo del baño y me
acerqué despacio a ella, tomé sus manos entre las mías y las besé, un fogonazo
de alerta se disparó en mi cerebro, una explosión de imágenes surgieron al notar
el olor que me llegaba de sus manos, olor a macho, estaba seguro, supe con toda
certeza que aquellas manos se habían mojado tocando la polla de Carlos, en mi
mente aparecieron escenas en la que ella le masturbaba con su mano hasta hacerle
eyacular en sus dedos, o quizás, incluso en su boca… Se me nubló la vista cuando
mi polla comenzó a brincar contra el slip, estaba a punto de correrme en mis
pantalones; Carmen se dejaba besar ajena a mis pensamientos hasta que al verme
quieto con su mano en mi cara debió comprender lo que sucedía y se soltó
enlazando sus manos por detrás de mi cuello, creí ver una expresión de
preocupación en su rostro, nuestros cuerpos aun estaban separados sus brazos
intentaban atraerme hacia ella pero yo resistía su presión sin dejar de mirarla,
¿era posible que hubiera sucedido? ¿Se habrían acostado? Me acerqué con mi mano
extendida a la altura de su pubis, Carmen, impasible me dejo llegar y cuando
sintió mis dedos en su coño elevó el talón derecho y separó su pierna, cruzó sus
brazos por detrás de mi cuello, besé su hombro, mis dedos se deslizaron en aquel
charco de humedades cálidas, su densidad me hacía pensar que no había semen, ¿y
si se había lavado hasta borrar el rastro? Mi cabeza daba vueltas de una idea a
otra, negando y aceptando, deseando y temiendo que hubiera sucedido.
-
"¿Así vienes?" – susurré en su oído antes de morder el
lóbulo de su oreja.
-
"Esto no es nada, tenías que haber visto como estaba
cuando fui a cambiarme de salvaslip"
Me parecía imposible que aquella mujer que me hablaba al oído
fuera mi esposa; Entonces caí en la cuenta de que no lo traía puesto.
-
"¿Y… cuando lo perdiste?" – su rostro de extrañeza me
hizo continuar – "el salvaslip, ¿cuándo lo perdiste?" – sonrió y me besó,
estaba disfrutando de mi turbación.
-
"No lo perdí, me lo quité"
-
"¿Te lo quitaste?" – su mirada lasciva, su sonrisa golfa
me prepararon para lo que iba a escuchar.
-
"Por si acaso" – la emoción ahogaba mi garganta, la besé
en la boca.
-
"¿Por si acaso, que?" – entornó los ojos mimosa pero no
contestó.
-
"Y Carlos ¿se ha enterado de cómo estabas?" – me miró
intensamente, quizás dudó un segundo, no lo sé, pero aquella pausa me
pareció eterna.
No pronunció una sola palabra, bastó un gesto afirmativo de
su cabeza para provocar una tormenta en mi interior, mi corazón parecía a punto
de estallar, sentía una presión en el pecho que apenas me dejaba respirar.
Notaba un temblor que no sabía si se exteriorizaba o solo era una sensación
interna. Carlos había tocado esa humedad, había alcanzado su coño y Carmen,
veladamente me lo decía.
-
"Así que… se ha enterado de que estabas empapada…" –
asintió de nuevo con la cabeza
-
"¿Mucho?" – quería saber, necesitaba saber hasta dónde
había llegado
-
"Todo" – mis ojos se debieron abrir de par en par porque
Carmen inmediatamente matizó su respuesta
-
"No quiero decir… no, sino que… bueno… me tocó"
-
"Te tocó el coño"
-
"Si" – mi silencio la instaba a ser mas explicita – "me
tocó el coño" – es lo que quería escuchar de su boca.
-
"¿Por encima?" – negó con la cabeza, pensé que iba a
estallar, mi polla cabeceaba apresada por el slip, notaba la humedad
extenderse por la tela que la cubría.
-
"Dilo" – le pedí; me miró a los ojos, mis dedos no
dejaban de acariciar su coño, se deslizaban con facilidad por el canal
perfectamente lubricado y se hundían una y otra vez entre sus labios.
-
"Metió los dedos por dentro de la braga…" – su voz era un
susurro, casi un gemido – "me estuvo acariciando, luego se hundió y…
encontró el clítoris"
Me moría de placer al tiempo que un inmenso dolor me
desgarraba, pero incluso aquel dolor me provocaba mas placer, era un sinsentido,
mi esposa, mi niña me estaba confesando como se había entregado a un hombre y yo
me desangraba en una tremenda agonía que me causaba un placer como jamás había
sentido..
-
"…después, me metió un dedo… y luego dos" - Carmen
temblaba en mis brazos, la besé con furia, la tuve que hacer daño en la
boca, pero era tal mi pasión que apenas podía contenerme
La arrastré a la cama y ella renunció a la ducha, la tumbé y
me esperó abierta mientras me arrancaba la ropa. La sangre me hervía en las
venas, la idea de que hubiera follado con él me enardecía y al mismo tiempo me
causaba una sensación de soledad que me entristecía; si no había ocurrido, si
tan solo se habían tocado sería diferente.
No, no me podía engañar; si Carmen había tenido su polla en
sus manos lo cambiaba todo y me devolvía a esa doble sensación de extrema
excitación y de angustiosa desolación, yo mismo le había impulsado a transitar
por el sendero del morbo, le había hecho perder el miedo; Ahora mi mujer
caminaba sola, ya no me necesitaba.
Carmen estaba muy excitada, necesitaba sentirme dentro,
necesitaba follar, llevaba varias horas necesitándolo, ¿Podría decírmelo? se
preguntó, ¿Podría compartir conmigo su necesidad?
Dobló las piernas hasta dejarlas pegadas a su pecho,
impúdicamente separadas, mostrando su coño hinchado y abierto, con los labios
menores de un intenso rojo oscuro por la excitación y brillantes por el flujo
que no cesaba de manar, un reclamo infalible con el que todas las hembras atraen
al semental de la manada
-
¡Ven, fóllame!, ¡necesito follar!, ¡ya!" – respiró
liberada, lo había dicho.
Su voz sonó sucia, obscena, deliciosamente vulgar, mi corazón
saltaba en mi pecho, recibí aquella frase como una confirmación de lo unidos que
estábamos, compartía conmigo su necesidad nacida en manos de otro hombre pero
que venía a consumar conmigo.
Carmen se relajó aliviada, la sonrisa que vio en mi rostro le
confirmó que todo estaba bien.
Cuando estuve encima de ella, dirigiendo mi polla entre sus
húmedos labios le pregunté
Carmen me miró sin contestar, dudaba, no sabía cómo empezar,
sin embargo yo creí ver en esa vacilación la prueba de mis más profundos
temores.