Obsesión:
(Del lat. obsessĭo, –ōnis,
asedio).
1.f. Perturbación anímica producida por una idea fija.
2.f. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente.
Iba mirando mis pies recorrer ese pasillo blanco, medio
mareado por el olor del desagradable desinfectante que me inducía a abstraerme
en mis pensamientos, reflexionar en lo vulnerable que es el ser humano y en cómo
había visto a Santi el último día que fui a visitarle al hospital. Y, ahora, ahí
estaba otra vez con la mano en la manija de la puerta.
Éramos compañeros de piso desde hacía un año y compañeros de
correrías desde hacía diez. Tenía su trabajo, sus amigos, su novia… Era una
persona sociable y extrovertida, aunque algo vergonzoso y timidillo para
establecer nuevas relaciones, pero, un día, cambió radicalmente. Se dio cuenta
del potencial que residía en él, su magnetismo deslumbrante, sobre todo para el
sexo opuesto, y su engreimiento salió de su letargo, rápidamente se manifestó y
le arroyó. El egocentrismo es la voz de la vanidad, la importancia que uno se da
a sí mismo, la trivialidad y el precio que le pones a los sentimientos de los
demás. Ese fue el motivo de que enfermara.
–Buenos días –recuerdo que le saludé mientras preparaba mi
tazón de cereales matutino para irme a trabajar–. No tienes muy buena cara.
–Ya… ¿Sabes qué me pasó anoche? Una subnormal me llamó a
la 1:30 y me despertó. Con lo que me cuesta dormir últimamente…
–¿Y qué quería? –preguntó con su café en las manos Sole,
mi novia, que excepcionalmente se había desperezado en mi cama aquella
mañana, a pesar de que no se llevaba muy bien con Santi y siempre estaba con
él muy irascible y a la defensiva.
–¿Yo qué sé? Lo más extraño de todo es que preguntó por
Severino.
–Ese es tu pseudónimo en ese foro de Internet en el que
entras, ¿no? –quise asegurarme masticando la primera cucharada de los
crujientes cereales.
–Sí, pero no sé quién me puede relacionar a mí y a mi
número de teléfono con Severino, un personaje inventado, un tío que solo
existe en Internet. Le pregunté a la chica esa quién era y qué quería y me
decía que era una amiga suya, de Severino, que tenía un asunto que tratar.
–¿A la 1:00 de la madrugada? –pregunté irónicamente.
–Debió creer que soy estúpido, como si no conociera la
voz de mis propias amigas. Además, una amiga no te llama con el número
oculto.
–¿Con el número oculto? Pues ya está, esa lo que quería
era joderte. No sé por qué le das el número de teléfono a gente de Internet
que no conoces de nada. Eres demasiado confiado, tronco.
–Solo se lo he dado a Ana y a Raquel, y sabes que de
ellas me puedo fiar, que las tengo en el Messenger desde hace un huevo de
tiempo, nos hemos conocido personalmente y me las he tirado. Encima
–prosigue Santi contándome el surrealista encuentro con la desconocida– se
me cabrea la tía cuando me dice que es una amiga mía y le contesto yo: "Y
una polla". Me dice que qué maneras de hablarle son esas.
–Entonces me despierta a mí y lo flipa –declaro riéndome
con socarronería y la boca llena de arroz inflado.
–Después me pregunta quién soy yo y le digo que un tío
que estaba durmiendo, y me salta: "¿Eres un tío? Pues tienes voz de tía" y
se pone a reírse, la gilipollas. ¿Qué culpa tengo yo de que no se me junten
las cuerdas vocales? Ya venían así de fábrica. Pero ¿de dónde habrá sacado
mi número de teléfono esa desconocida? Aunque… la voz se parecía bastante a
la de Pamela.
–¿Y quién es Pamela? –preguntó mi novia aun con el café
caliente.
–Era una compañera de trabajo que llevaba nueve años en
la compañía en el departamento de comunicación. Hace tres meses la
trasladaron al mío, un día discutimos, me montó una bronca y, como eso es
algo que la empresa no consiente bajo ninguna circunstancia, la despidieron.
–Cuéntale por qué te montó el pollo.
–¿Eso qué más da? –intentó escaquearse.
–Pues vale, se lo contaré yo –me dispuse a relatárselo a
Sole–. Resulta que Pamela era una compañera suya de trabajo que llevaba
nueve años en la compañía, en el departamento de comunicación, y hace tres
meses la trasladaron al de marketing. Bien, como los compañeros hablan y se
cuentan cosas, en una conversación, Santi se enteró de unas ideas excelentes
que ella tenía para un proyecto, así que un día, en la hora de la comida,
mientras todos estaban en el restaurante al que iban, se metió en su
ordenador, le robó el proyecto que estaba desarrollando y, para que no lo
terminase ella, también borró todos los archivos y hasta el disco duro para
que pareciese que la pérdida de información había sido por un problema del
ordenador –mi novia se quedó boquiabierta–. Cuando lo presentó a los
directivos y ella vio que era el suyo, imagínate la que le montó en la misma
sala de juntas. Después de unas movidas para aclarar el asunto, el consiguió
el ascenso y ella el despido.
–Pero ¿cómo eres tan cabronazo? –le preguntó Sole
indignada.
–En este negocio hay que ser un tiburón para tener éxito.
Nadie progresa siendo honrado –le contestó con gallardía, como si se
sintiese orgulloso.
Aquella mañana de viernes, zanjamos el tema. Por la noche
nos tocó, a Sole y a mí, salir con las amigas de ella, ya que hacía mucho
que no las veía porque solíamos salir con mi tropa.
–¿Qué haces aquí? –le pregunto cuando regreso de
madrugada y le veo en chándal viendo una peli tirado en el sofá– ¿No ibas a
salir con un par de compañeros del curro?
–La tía del oculto me ha mandado un mensaje de texto –me dio
como respuesta–. Además, me duele la cabeza y he cancelado la cita.
–¿Y qué ponía en el mensaje? –me interesé.
– "Farinelli il castrato"
–¿El castrado qué? ¿Eso qué es, tronco?
–Una película italiana. Por mi infantil voz, ya sabes… Estoy
esperando a las 5:00 para llamarla. En los mensajes no se puede ocultar el
número, así qué ya la tengo y lo he dejado registrado en la agenda.
–Entonces, ¿es Pamela?
–No, no. Esta mañana, en el curro, he preguntado a algunos
compañeros si tenían su teléfono, y me han dicho que se fue a trabajar a una
empresa en Alemania. De todas formas, ella no puede saber que soy Severino, ¿no?
–¿Y por qué a las 5:00? ¿No será mejor mañana por la tarde?
Ahora puede estar durmiendo o por ahí de fiesta.
–Por eso, precisamente –me contestó–. Hoy es viernes, así que
habrá salido. Si la pillo despierta, aprovecho y le pregunto qué quiere; y si
está durmiendo, la molesto y en paz.
Me quedé hasta la hora indicada con él para ver qué sucedía
al final.
–Un tono… –musitó cuando comenzó a dar señal de llamada–.
Ups, ha cortado. Ha sido muy rápida.
–Eso es que lo tenía en la mano. A lo mejor adivinó que la
ibas a llamar.
Esperamos cinco minutos y llamó otra vez infructuosamente.
Poco después, hubo un tercer intento y volvió a ser atendido por el sexy
contestador de información: "El teléfono al que usted llama se encuentra apagado
o fuera de cobertura en estos momentos. Por favor, inténtelo de nuevo más
tarde".
Todo quedó ahí y Santi no tuvo más noticias de la que apodaba
"la tía del oculto", sobrenombre con el que tenía su número en la memoria del
celular.
Tres semanas más tarde, echábamos la noche de un sábado
normal y corriente en Standard, un pub de la zona que frecuentábamos donde la
música que predomina es el rock alternativo. Me puse a buscar a mi colega para
comentarle el plan en el que habíamos quedado para celebrar su cumpleaños y le
encontré en la calle con el móvil pegado a la oreja.
–Mierda, no lo coge. ¿A qué juega?
–¿A quién llamas?
–A la tía del oculto, me ha vuelto a enviar un mensaje y dice
lo mismo de la otra vez: "Farinelli il castrato" –me cuenta mientras volvemos al
interior del local.
Observé la pantalla mientras le escribía una contestación:
"La segunda vez ya no tiene gracia. No t sabes otra peli? O es q eres estupida y
no puedes pensar algo original ni diferenciar a una chica cuando hablas con
ella?".
Lo malo de la que llaman la Zona, es que los garitos cierran
a las 3:00, aunque dilatan ese tiempo en tanto recogen y demás hasta las 3:30 o
incluso las 4:00 de la madrugada. Después, solemos terminar la noche en lugares
como la Garena o el Centro Comercial El Vall, áreas de Alcalá de Henares con
ocio nocturno también y con el límite de cierre mucho más permisivo. Para llegar
a ambas zonas, hay que coger el coche o gastar mucha suela, así que elegimos la
opción más cómoda: la primera.
Caminábamos hacia el aparcamiento dispuesto en el Palacio
Arzobispal, una explanada delimitada por muros con la finalidad de estacionar
vehículos y, en algunos casos, arrancar la noche con pequeños botellones a pesar
de la prohibición. Santi y yo charlábamos seguidos por nuestras novias y un
amigo más, que iban a lo suyo, cuando mi interlocutor interrumpe nuestra
conversación con motivo de la llegada de otro mensaje a su teléfono móvil.
– "¿Contestas?" –lee en voz alta para que me entere–. ¿Qué
conteste el qué? Lo que te digo, esta tía desvaría.
–A lo mejor es una admiradora secreta que está enamorada de
ti.
–No, si secreta es –dice manipulando el teclado–. Espera,
tengo un mensaje anterior de ella. "Me gustaste con tu polo azul y tu gorra
O´Neill, pero si piensas que es broma, tu sabras. Espero que nos volvamos a ver
en el Standard. 1 besazo!" –mi amigo se quedó helado.
–Hey, ¿qué hacéis ahí parados? –nos llamó la atención Marina,
la novia de Santi y ex mía, unos diez metros más adelante.
Fui a contestarle, pero cuando pronuncié las primeras
sílabas, mi compañero me dio un codazo.
–Nada, cariño, nada –reanudamos de nuevo la marcha–. No le
digas nada a Marina, que ya conoces lo celosa que es. Si le dices que hay una
piba acosándome, me va a agobiar con preguntas, va a estar todo el día encima de
mí para tenerme vigilado… Ni una palabra, ¿eh?
A Internet se puede acceder desde cualquier punto de España,
porque el número que hostigaba a mi amigo era español, y, antes de ese mensaje,
la tía del oculto podía ser de cualquier parte del país que, por alguna razón
que escapaba al entendimiento, de una manera u otra, había averiguado que detrás
de Severino se ocultaba una persona concreta, un chaval al que había puesto
cara, cuerpo, seguramente nombre y hasta número de teléfono, pero, ahora, había
ido más lejos desvelándonos algo sobre sí misma.
–Esa chica estaba en Standard mientras me divertía ajeno,
estaba observándome mientras yo le escribía el mensaje de texto. Puede que
llevase todo la noche siguiéndonos adonde fuéramos, y Pamela no era, ella no
puede ser, está en Alemania y no sabe que yo salgo por aquí los fines de semana.
Era para asustarse. Si estaba en lo cierto, la tía del oculto
podía tenía una fijación preocupante e insana. Estuvo el resto de la noche
dándole vueltas al tema. En un principio, no desechamos la idea de que pudiese
ser una broma de algún compañero de trabajo, algún pariente, alguno de nuestros
amigos… pero pronto los descartamos por distintos motivos. La posibilidad de Ana
y Raquel, los únicos contactos de Messenger con los que había intercambiado
números telefónicos, también fue desestimada. Tenía que haber una explicación
lógica para todo eso, pero ¿cuál era? Además, el único que sabía que Santi en
Internet era Severino, era yo porque compartíamos piso y ordenador. Ni siquiera
Marina lo sabía porque era demasiado curiosa y metomentodo.
Al día siguiente, un domingo triste que no había quedado con
mi novia, me entretenía navegando por la red cuando apareció en el salón mi
compañero. "Voy a llamar a la tía del oculto para contestarle" me anunció.
Activó el ‘manos libres’ para que yo escuchase la conversación y seleccionó el
número en la agenda. Dio tres tonos y la muchacha, al otro lado, cortó la
llamada. Volvió a llamar y la chica volvió a cortar. Si no lo reiteró treinta
veces más, no lo hizo ninguna, y siempre con el mismo resultado: daba un tono y
colgaba. Finalmente, optó por enviarle un mensaje de texto: "Simpatico juego,
pero muy aburrido. Q sea una broma o no m da igual, pero no le doy credibilidad
a quien m vacila sin huevos para dar la cara ni coger mis llamadas". Al no
obtener respuesta, un par de horas después, pasadas las 21:00, le envió otro con
ironía: "¿Contestas?", pero nadie contestó.
Pasó la semana y otro viernes llegó. Después de cenar en un
bar de tapas con nuestros amigos, exceptuando a Sole, que decidió quedarse en su
casa acusada de dolores menstruales; salimos de copas por los mismos sitios de
siempre. Estuvimos en Standard, en La Ruina y finalizábamos la noche en Ego. Ya
en el primer pub le mandaron un mensaje cuestionando las razones por las que
nunca se quitaba la gorra de O´Neill que llevaba en la cabeza y volviéndole a
llamar "Farinelli il castrato". Desde ese momento, Santi estuvo distante,
atento, al acecho de alguna huella que le guiase hasta la identidad de la tía
del oculto, que debía andar por ahí cerca para saber que había vuelto a ponerse
la gorra.
–¿Qué tal llevas la vigilancia? ¿Alguna pista?
–¿Ves a la chica de negro? –me preguntó señalando con el
índice a un punto indeterminado.
–Tronco, aquí hay veinte mil chicas vestidas de negro
–contesté intentando adivinar a quién hacía referencia.
–La del vestido rojo, ¿la ves? –yo afirmé–. Es Paula, y la
que tiene a su lado con un móvil en la mano, es Violeta… y está escribiendo un
mensaje.
–Se lo puede estar escribiendo a otra persona.
Violeta había sido novia suya justo antes de que Marina
decidiera poner fin a nuestra relación y comenzase a salir con él. Estuvieron
juntos seis meses hasta que la dejó embarazada. Santi, entonces, pasó de ella y
cortó dejándola tirada, no sin antes obligarla a abortar en una clínica, lo que
la acarreó problemas de salud y secuelas que casi un año después todavía le
duraban y las trataba con medicamentos. Ella todavía seguía colgada por él, pero
sus sentimientos no eran recíprocos. Siempre que nos encontrábamos en algún
local como en el que estábamos y en el que se conocieron, la chica se acercaba a
hablar con él para intentar retomar su noviazgo, lo que a Santi irritaba
sobremanera y acababa mandándola al infierno con maneras tan poco agradables
como demasiado agresivas para algo que, para mí, al menos, no era tan grave. El
amor es ciego y siempre va de la mano de la locura.
Violeta terminó de manipular su celular, lo guardó en su
bolso y, acto continuo, mi amigo, echándome una mirada, se llevó la mano al
bolsillo derecho, donde había notado la vibración de su teléfono al llegarle un
nuevo mensaje de texto. Me lo leyó: "Definitivamente, deberías cambiar de gorra.
Si quieres te regalo una para tu cumple. No me lo pienso perder, el que se va a
perder, serás tú. 1 Beso".
Vi cómo un monumental cabreo desfiguró su rostro y fue hacia
ella abriéndose paso entre la gente, seguido por mí que me temía lo que podría
pasar y, de hecho, pasó. Cogió a Violeta del brazo y la volteó para encararla.
–¿A qué estás jugando? ¿Quién coño crees que eres, puta de
mierda? –le recriminaba fuera de sí– Te he dicho mil veces que me dejes en paz,
que me tienes hasta los huevos. ¡Olvídate de que existo! –y su mano abierta se
estrelló fuertemente contra la mejilla de la muchacha.
Todo ocurrió en unos segundos: un revuelo, empujones y Paula,
prima de Violeta, saliendo de no sé dónde, se fue por Santi. Le golpeaba, le
arañaba, le insultaba poseída mientras él se cubría la cabeza con los brazos.
Varios individuos, entre los que me contaba yo, intentamos separarles hasta que
por fin, rodeando a la prima por la cintura, conseguí apartarla y retenerla para
que no continuase la agresión.
–¿No te basta con haberle jodido la vida, hijo de puta? –le
gritaba Paula con lágrimas de rabia e impotencia anegando sus ojos– ¡Eres un
cobarde! ¡Un cobarde y un miserable maricón! ¡Acércate si eres hombre! ¡Estás
muerto, hijo de perra, estás muerto! ¿Me oyes? ¡Estás muerto!
Llegaron hasta el lugar dos seguratas para imponer orden y
echar del local a Santi, llevado hacia la calle por uno de ellos prohibiéndole
volver al interior, y yo con ambos a esperar que saliera nuestra pandilla
acompañando a mi amigo a unos metros de la puerta de Ego.
–Te has pasado un cacho, ¿no crees? –le reprendí.
–Se lo merecía.
–¿Qué se lo merecía? Lo que Violeta se merecía era no haberte
conocido nunca. Desde que empezasteis a salir, la has tratado como una mierda.
¿La has visto ahí dentro? No le dolía la cara de la hostia que le has metido, lo
que le dolía era la decepción, el desengaño… Joder, que esa chica bebe los
vientos por ti y tú se lo agradeces haciéndole esto. Como un día se te ocurra
ponerle la mano encima a Marina, juro que te mato.
En ese momento, salieron las dos por la puerta. "Te vas a
arrepentir de esto, cabrón" le amenazó Paula, que abrazaba a su prima, la cual,
con la cabeza gacha, no levantó la mirada. Santi dio un paso, no sé con qué
intención, pero le agarré del brazo para detenerle en caso de que quisiese hacer
algo.
El lunes, alrededor de las mismas horas, volvió a realizar
una llamada, con la diferencia, esta vez, de que por fin pudo establecer
comunicación.
–¿Quién es? –contestó una voz quebrada que parecía pertenecer
a un señor maduro.
–Hola, buenas, soy "Farinelli il castrato".
–Perdone, ¿quién ha dicho?
–"Farinelli il castrato", el tío al que acosas. ¿Dónde está
tu amiguita?
–¿Qué amiguita? –preguntaba el hombre aparentando estar
bastante desconcertado.
–Violeta, la que me llamó un día a la 1:30 de la madrugada
desde tu móvil, imbécil.
–Lo siento, esas no son formas de dirigirse a una persona. No
conozco a ninguna Violeta y no sé de qué me está hablando.
–¿Cómo que no? –Santi se alteró– Estoy hablando de los putos
mensajes que me envías, joder, de eso estoy hablando. ¿Vas a seguir negándolo?
–Caballero, le pido amablemente que se calme, y le aseguro
que no tengo ni idea de lo que me dice. Se ha equivocado de número.
–Sí, claro, ¿y por qué no me lo coges cuando te llamo?
–Porque como no conocía su número, creí que se estaba
confundiendo.
–No me vengas con milongas y ¡dile a la zorra de tu amiga que
se ponga! –gritó Santi.
–Vale, ¿esto es una broma? –preguntó el hombre con risa
nerviosa– Es una broma, ¿verdad?
–Escúchame, cabrón, y dime quién eres y qué quieres de mí
–exigió.
–Lo siento, caballero, esto ya está pasando de marrón a
oscuro. Le juro que no entiendo lo que me está diciendo y si va a seguir con esa
insolencia y esos descalificativos, colgaré –dijo seriamente–. Aunque no es
asunto suyo, este teléfono es de empresa y solo lo utilizo para asuntos de
trabajo. A todos los clientes los tengo en la agenda, y al no ser reconocido su
número, creía que se estaba confundiendo, por eso no le he contestado. Déjeme en
paz, por favor. Voy a colgar.
–Vale, de acuerdo, espere un momento –le dijo mi amigo
calmándose de repente –¿Qué empresa es?
–Aluminios Apiplax. Buenas tardes –y colgó.
–Vamos a ver si es verdad y si esa empresa existe –masculló
Santi como para si mismo para informarme del siguiente paso a dar.
En silencio desde el sofá, yo le observaba proceder sin dejar
de moverse de un rincón al otro del salón. Marcó un número con el altavoz
encendido de nuevo. Comenzamos a oír la canción de los anuncios televisivos del
operador de telefonía móvil Orange.
–Hola, bienvenido al servicio de atención al cliente de
Orange –era un contestador– Con la tarifa plana navegable, podrá navegar por
Internet desde su móvil con una cuota de 29’00 € al mes; realizar llamadas
nacionales sin ningún coste adicional a móviles y fijos todos los días de la
semana entre las 6:00 de la tarde y las 8:00 de la mañana. Si desea cambiarse a
esta nueva tarifa, pulse 0, si no, permanezca a la espera. Está en el menú
principal –tras unos segundos–. Por favor, elija entre las siguientes opciones,
la que más le interese. Si desea hablar con un agente, pulse 0 o diga ‘agente’;
si desea consultar su consumo acumulado, pulse 1 o diga ‘consumo’; si desea
tratar sobre algún tema relacionado con su factura, pulse 2 o diga ‘factura’; si
desea información o cambiar de tarifa, pulse 3 o diga ‘información’.
–Agente –eligió.
–Buenas tardes, le atiende María Rosales, ¿qué desea?
–respondió la telefonista.
–Hola, buenas tardes. Quisiera verificar un número de
teléfono.
–Por favor, si es tan amable, ¿me podría decir a quién
pertenece ese número?
–Sí, claro. Aluminios Apiplax.
–Lo siento, caballero, no consta ningún cliente en nuestra
base de datos que corresponda con el que usted me indica.
–Ajá, será que lo apunté mal. Muchas gracias.
–A usted, hasta luego.
Santi volvió a marcar otro número.
–¿A quién llamas ahora? –le pregunto y la respuesta me la da
la musiquilla de Movistar, su antigua operadora.
–Bienvenido al centro de relación con el cliente de Movistar
–otro contestador–. Pásate gratis a Movistar sin cambiar de número y disfruta de
nuestras ventajas. Si eres cliente de Movistar contrato o Movistar tarjeta, diga
‘uno’; si no es cliente de Movistar y está interesado en nuestro servicio, diga
‘dos’ –se quedó callado y el contestador repitió la última locución–. Si eres
cliente de Movistar contrato o Movistar tarjeta, diga ‘uno’; si no es cliente de
Movistar y está interesado en nuestro servicio, diga ‘dos’ –me extrañaba la
reacción de mi amigo, que fue la misma hasta que, debido a su mutismo ante una
opción, la locución le informó de que le pasaría con un agente.
–Buenas tardes, le atiende Manu Carrasco, dígame.
–Hola, buenas. Llamaba para confirmar un número de teléfono.
–Muy bien, dígame el número.
–639 500 XXX. Quisiera saber si es de una empresa llamada
Aluminios Apiplax. Estoy llamando y no contestan.
–Así es, 639 500 XXX pertenece a una empresa llamada
Aluminios Apiplax.
–De acuerdo, muchas gracias.
–¿Desea algo más?
–Por el momento no, gracias.
–Parece ser que el tío ese te ha dicho la verdad –le dije.
–Pero eso no quiere decir que no haya sido él –insistió
Santi– Vale, puede que no haya sido él –dijo al ver la expresión de enfado por
su cinismo que mi cara pintó– pero puede que Violeta le coja el teléfono de vez
en cuando para escribirme.
–¿Y si no es Violeta? ¿Cómo va a tener ella tu número si en
el tiempo que estuvisteis juntos nunca se lo diste para que no te agobiara y
siempre la llamabas tú cuando te interesaba y lo hacías con el número oculto?
Además, ese hombre no sabe nada de ella.
–Sí, eso es verdad… Pero aunque no sea Violeta, su hija o su
hermana o quien sea puede que le coja el teléfono para llamarme sin que el tío
ese lo sepa. Eso sí que puede ser, no me digas que no. Bueno… por hoy ya ha sido
suficiente, mañana le llamo otra vez.
Llegó la tarde del siguiente día y volvió a llamar al
representante de aluminios, recibiendo la misma respuesta que en un principio, y
no era de extrañar que el hombre no le cogiese las llamadas, que fueron un
mogollón, después de la falta de educación y esos modales con que le había
obsequiado en la conversación que tuvieron el día antes. Esto se repitió hasta
el viernes. El fin de semana recobró fuerzas para volver a la carga el lunes con
su ariete brioso, aunque utilicé mil argumentos para que desistiera porque ya se
estaba pasando. Le aconsejé que lo dejara pasar porque, al final, el denunciado
por acoso, iba a terminar siendo él, pero no conseguí nada, Santi estaba
empeñado y no daba su brazo a torcer.
Ese día, la contestación fue diferente. La típica voz sexy
del contestador de información, le dijo que el número al que estaba llamando
estaba apagado o fuera de cobertura en esos momentos. Tras varias rellamadas
durante los tres días posteriores, la conclusión fue la misma.
El primer día puede ser normal; quizás al hombre se le
hubiera acabado la batería, quizás se hubiera dejado el móvil olvidado en algún
sitio inadecuado, o quizás lo hubiera apagado por cualquier razón como ignorar
completamente a mi compañero de piso, lo que era más probable. Pero cuando eso
se repite durante tres días consecutivos, siendo un teléfono de empresa, ya no
es tan normal.
–Bienvenido al centro de relación con el cliente de Movistar
–el contestador–. Pásate gratis a Movistar sin cambiar de número y disfruta de
nuestras ventajas.
–Tronco, pasa ya de ese tío –le dije con un gesto tedioso de
su terquedad desde el sofá, donde jugaba on line con el ordenador–. No creo que
te vuelva a molestar después de haberle cantado las cuarenta.
–Si eres cliente de Movistar contrato o Movistar tarjeta,
diga ‘uno’; si no es cliente de Movistar y está interesado en nuestro servicio,
diga ‘dos’ –seguía la locución.
–La que me llamó era una tía que sabe quién soy y de alguna
manera que desconozco se ha enterado de mi número de teléfono y de que soy
Severino hurgando en mi intimidad.
–Si eres cliente de Movistar contrato o Movistar tarjeta,
diga ‘uno’; si no es cliente de Movistar y está interesado en nuestro servicio,
diga ‘dos’.
–Voy a llegar al fondo de esta cuestión –finalizó
solemnemente.
–Si eres cliente de Movistar contrato o Movistar tarjeta,
diga ‘uno’; si no es cliente de Movistar y está interesado en nuestro servicio,
diga ‘dos’ –silencio–. A continuación, le pasaremos la llamada a uno de nuestros
agentes.
–Buenas tardes, le atiende Miriam Serrano.
–Hola, buenas. Me gustaría verificar un número telefónico.
–¿De qué número se trata?
–639 500 XXX.
–Lo siento, no aparece en la base de datos.
–Pero si antes estaba con esta compañía, ¿quiere decir que se
ha dado de baja?
–Si no está en nuestra base de datos, es que se ha dado de
baja o ha firmado un contrato de portabilidad con otro operador.
–Está bien, gracias.
–A usted por su llamada.
–Necesito que me busques una cosa en Internet un momento.
–Dime –le dije abandonando la partida.
–Búscame el teléfono de información de todos los operadores
de telefonía móvil de España.
–Pero, tronco, ¿estás loco? –no cabía tanta incredulidad en
mí–. Olvídalo de una vez. ¿Qué quieres? ¿saber si se ha cambiado de compañía? Y
¿de qué te va a servir? ¿eh? Si tiene un contrato de portabilidad con otro
operador, va a seguir con el mismo número –le sermoneé exasperado.
–Ya lo sé, pero ¿de qué le iba a servir cambiarse de operador
si conserva el mismo número? Lo que quiero es saber si está inactivo en todas
las compañías de telefonía, si solo se ha cambiado el número. Podría llamar a
información y pedir el teléfono de Aluminios Apiplax, pero nos darán el de la
empresa, y ahí, sin el nombre del representante, no creo que nos vayan a dar la
nueva numeración; pero, aun así, quiero asegurarme que ese número ya no existe
por si acaso.
Lo hice solo por darle el gusto, no porque estuviese de
acuerdo con él, ya que toda esa movida era absurda y lo más seguro es que el
hombre del aluminio hubiera solicitado otro número para que Santi dejara de
darle el coñazo. La prueba estaba en que ningún operador contaba con ese número
como cliente.
En el remoto casual de que le volviera a enviar un mensaje o
le llamara desde otro teléfono, lo mejor que Santi podía hacer era no
escucharla, hacerle caso omiso hasta que ella se cansase y le dejase en paz al
no obtener ningún resultado o buscara otro medio para llamar su atención, porque
si seguía en su empeño, es que era lo que buscaba; y continuar con esa actitud
hasta que se hiciera tan evidente que ella misma se delatase. Así se lo hice
saber a él.
Nuestras vidas retomaron su rutina habitual: trabajar, salir
de copas, alguna escapadita de fin de semana; al menos en mi caso, con mi novia…
Esos findes, en concreto, eran los que Sole y yo bautizábamos como "finde en
plan comando". Tuve la suerte de tropezarme con una chica entusiasta de la
escalada libre, igual que yo, y una vez al mes nos íbamos a la Pedriza, una zona
de la sierra madrileña de Guadarrama de interés geológico y paisajístico, a
disfrutar de los riscos y paredes escarpadas que nos ofrecía, de los arroyos de
agua fresca, de la naturaleza y del sexo al aire libre bajo un cielo raso y
estrellado. Esto, claro está, cuando no se encontraba copado de nubes puñeteras,
que se cabreaban, se meaban en nosotros y nosotros en la madre que las parió.
Solíamos volver los domingos a la tarde-noche, derrengados y satisfechos, y
cuando yo entraba en casa, siempre me encontraba a Santi y a Marina en ropa
interior, único atuendo durante su fin de semana, y, algunas veces, incluso ella
en topless, lo cual no les importaba porque Marina y yo fuimos pareja más de
tres años.
Y precisamente de ella hablamos poco antes del siguiente
punto de inflexión de la historia. Habíamos celebrado el cumpleaños de Santi en
la segunda planta de una discoteca que habíamos alquilado únicamente para la
fiesta, con un montón de invitados y muchos más litros de alcohol. Después les
acercaría a nuestro apartamento y yo me iría a dormir a casa de mi novia para
dejarles el piso a su entera disposición y siguiesen a solas la juerga, aunque
yo me tuviera que aguantar y reprimir. Sole vivía con sus tíos desde que sus
padres falleciesen cuando ella todavía era una niña que no llegaba al metro de
altura, y el hermano de su madre era demasiado protector con ella y eso de
pernoctar en la misma cama le hacía tan poca gracia como a mí dormir allí.
Aquella noche, supongo que por ser tan especial ocasión,
Marina estuvo mucho más cariñosa con el homenajeado. Cada caricia o cada beso en
mi presencia, era una aguja clavada en mi piel haciéndome sentir como un muñeco
de vudú, pero ¿qué iba a hacer? En el trayecto desde la discoteca hasta la
primera gasolinera, los arrumacos en el asiento de atrás mientras yo conducía,
presagiaban que, cuando regresase a casa a la mañana siguiente, los cimientos de
nuestro edificio seguirían bailando mambo.
Bajamos ambos del coche.
–Se os ve muy bien juntos –le comenté refiriéndome a Marina y
a él.
–Sí, es una chica muy cariñosa y muy… dulce. Ella eligió
–dijo como si intentase disculparse por habérmela levantado.
–Ganó el mejor –le quité hierro con una sonrisa y un puñetazo
en el hombro.
–Qué va, tú eres el mejor con esta pedazo de fiesta que me
has montado –dándome ahora él a mí el puñetazo.
Ahí, nuestro andar se separó. Yo fui a la ventanilla a pagar
los 30 € que pensaba echar de gasoil y él al servicio, independiente a un
lateral de la tienda porque, a esas horas, está cerrada para evitar atracos.
Cuando colgué la manguera tras saciar a mi coche, notando que
Santi tardaba demasiado, fui a ver si se encontraba bien, pues había bebido
demasiado. Estaba dentro del excusado, sentado sobre la tapa del tigre y con la
pantalla de su teléfono iluminándole el rostro.
–¿Qué haces ahí? ¿Estás bien?
–Nos ha visto… nos ha visto…
–¿Qué? ¿Quién nos ha visto?
–La tía del oculto. Me ha enviado otro mensaje ¡y con el
mismo número! "Me gusta esa camiseta que llevas con esas dos hojitas de
marihuana estampadas. Solo quiero felicitarte por tu cumpleaños ya que va a ser
el último que disfrutes" –leyó.
–Está bien, apaga el móvil ahora mismo –le mandé
autoritariamente–. Mañana por la mañana vamos a ir a la Guardia Civil a poner
una denuncia y el lunes vamos a un establecimiento de Orange a que te cambien el
número.
Salió cabreado del cuartel de la Benemérita. Allí se había
quedado nuestra declaración con una copia que le entregaron a él, pero la
denuncia no era procedente porque no había indicios ni tenía pruebas que
atestiguaran lo que él afirmaba.
–Es que no sé por qué has borrado todos los mensajes, hasta
el que te envió anoche.
–No sé, es que… es que tenía un poco de temor… me daba cosa
dejarlos ahí –intentaba explicarse.
–A partir de ahora, no los borres, aunque mañana vamos a ir a
que te den un número nuevo.
Y el lunes, desde el propio establecimiento de Orange, mi
amigo llamó al 470 como nos dijo la chica que nos atendió, y ahí solicitó una
nueva numeración que en unos minutos ya estuvo operativa. La verdad es que
razones para estar asustado tenía, y Marina, a la que finalmente se lo tuvo que
contar todo la noche que cumplió 28 años, me había expresado su preocupación.
Que te acose una persona que sabe tanto de ti y sigue tus pasos en la sombra, ya
de por sí, cuando menos, intriga; pero que te digan que tu presente cumpleaños
va a ser el último, acojona bastante. Además, lo más extraño e inquietante de
todo, es que el número desde el que se emitían esos mensajes de texto, se
suponía que estaba fuera de línea, no existía. Parecía cosa de brujas.
Nuestras vidas volvieron de nuevo a la normalidad,
recuperamos el día a día tranquilo y cotidiano, todo el mundo ya tenía el número
nuevo de Santi e incluso Álvaro y Leti, dos amigos del grupo, seguían adelante
con sus planes de boda, que pronto se culminarían. No es que no fueran una
pareja sólida, es que estamos hablando de matrimonio. Por eso, un mes más tarde
y una semana antes del ‘hasta que la muerte os separe’ y el posterior llanto,
nos fuimos de despedida de soltero.
Nos encontramos en un céntrico restaurante de Madrid los
chicos y las chicas desplazándonos en sendos minibuses alquilados para que nadie
tuviese que conducir y pudiera beber lo que le apeteciese. Tras la velada, las
chicas se fueron a lo que tenían preparado como los chicos también hicimos. En
nuestro caso era una actuación en directo de un grupo novel en un pub con barra
libre para nosotros y un club de strip tease con un table dance para el novio.
El único que no pudo asistir fue Santi, que sufría migraña
desde que le conocía. Solían ser fuertes dolores de cabeza, pero, en el último
año, los síntomas se habían incrementado y las jaquecas eran acompañadas de
entumecimiento de las manos, la lengua, parálisis parcial de la cara y una
sombra en la vista, como un velo, que opacaba su visión.
Volví a casa bastante contentillo pasadas las 5:00 de la
mañana. Desde la calle vi que había luz en casa, por lo que imaginé que Santi
estaría chateando con sus amigos del foro donde se apodaba Severino. Delante de
la puerta, probando qué llave era la que correspondía con la cerradura, oí un
grito de mi compañero. Un ‘no’ largo y prolongado me golpeó en la sien y, cuando
entré al salón apresuradamente, fue su imagen la que golpeó mi retina.
–No… –dijo casi inaudiblemente de rodillas en el suelo
delante del sofá.
–¿Qué te pasa? ¿Estás bien? –le dije alarmado.
–Tengo… tengo otro mensaje –dijo con voz plañidera sin
apartar los ojos de la pantalla de su teléfono.
–¿Qué dice?
–"Te voy a destrozar la vida".
Santi estaba abatido, hundido y al borde del llanto
desesperado de impotencia. Se sentía solo y desprotegido, porque, e incluso la
ley, le había dado la espalda. Intenté consolarle abrazándole y dándole palabras
de apoyo y sustento diciéndole que sería alguna broma pesada de alguien y que
tenía que haber una explicación, pero la verdad es que, a esas alturas, era
difícil de creer.
Fui a mi habitación a descalzarme y ponerme cómodo y le dejé
ahí inerte, turbado y nervioso. Decidí ponerle una tila, y, según el vaso estaba
en el microondas calentando el agua, oí el ladrido de perro que le avisaba a
Santi de la llegada de otro mensaje. Volví al salón con él y leyó en voz alta.
–"Te noto muy tenso y tu pijama rojo es muy feo…" ¡Está aquí!
¡Nos está observando! –gritó mi amigo atacado mirando hacia todas partes.
–Tranquilo –le insté poniéndole las manos en sus hombros en
señal de confianza–. Aquí no hay nadie, estamos solo tú y yo –con una cadencia
que inspirase seguridad–. Solo tú y yo.
–"Si quieres te dejo en paz" –continuó recitando el mensaje
de texto– "y le dedico más atención a tu novia, Marina, que tiene mejor gusto
que tú. Hoy está preciosa con… su pantalón negro y su blusa azul celeste" –se
quedó paralizado y, de pronto, como si alguien le hubiera puesto en pausa y, a
continuación, hubiera vuelto a pulsar el play, reaccionó raudo y llamó a su
novia–. Marina, Marina, ¿cómo vas vestida...? No, no, que qué llevas puesto… Ya
te lo explicaré, pero dime qué ropa llevas… –la energía se le fue de la misma
forma que le había venido–. Pantalón negro y blusa celeste –pronunció
apesadumbrado apoyándose en la pared para dejar su espalda deslizarse hasta
quedar sentado en el suelo–. ¿Cómo puede estar en dos sitios a la vez? –y
comenzó a sollozar–. No dejes que le pase nada –me pidió.
–Vete a la cama –le extendí la mano para ayudarle a ponerse
en pie.
Ahí terminó su declive, el que comenzase tiempo atrás con el
levantamiento y la exaltación de su codicioso ego.
Se inició un bombardeo a su bandeja de entrada con mensajes
que le indicaban que la tía del oculto sabía lo que hacía. "El pijama gris que
llevas hoy es más bonito que el de ayer" cuando estaba en su dormitorio; "Espero
que te hayas secado bien" al rato de salir de la ducha; "Me encantan los filetes
de pollo" si era eso lo que estaba comiendo…
Las dos primeras veces que intentó contestarla, la pantalla
mostró un aviso que decía que el mensaje de texto había sido rechazado, y es que
el número de la tía del oculto no existía. Por lo tanto, empezó a hacer caso al
consejo que le di de tratar de ignorarla en la medida de lo posible; sin
embargo, esperaba ansioso los mensajes. Todas las noches le llegaban tres o
cuatro y cuatro o cinco y eso no le dejaba dormir. Se convirtió en una obsesión
y su vida comenzó a resumirse en ello.
Aprovechando que un domingo iban a jugar en el estadio
Santiago Bernabéu los eternos rivales Real Madrid y F.C. Barcelona, Marina, Sole
y yo decidimos llevarle para que se distrajera un poco y dejase por unas horas
su encierro voluntario en un mundo carente de sentido.
Él era el único al que parecía que el partido no le importaba
con su teléfono móvil convertido en una parte más de su cuerpo y cuyo entusiasmo
solo hizo acto de presencia cuando le llegó otro dichoso mensaje de texto: "Lo
más apropiado cuando vas a ver a tu equipo favorito, es llevar una camiseta con
sus colores, no una con el logotipo de Metallica." Vaya tarde nos dio…
Cada día tenía peor aspecto y su altanería se difuminaba con
cada mensaje que recibía. Estaba paranoico. Desatendió su imagen, que siempre
había cuidado con especial esmero; desatendió a sus amigos, construyéndose un
universo propio en el que recluirse… Su hurañía y el agotamiento físico
diagnosticado por su médico de cabecera, que le firmó la baja laboral por
depresión, fue una frenética carrera para terminar colisionando contra todos los
aspectos de su vida, ya que, aunque cueste creerlo, todo esto fue en el periodo
de tan solo un par de meses. Esto provocó que Marina, temerosa y preocupada por
él, buscase refugio en mí de nuevo, como yo anhelaba.
El último fin de semana de aquel mes cada vez más
insostenible y autodestructivo para Santi y con quienes recordaba sus días, a
Sole y a mí nos tocó nuestro habitual "finde en plan comando". Escalamos,
hicimos senderismo, nos bañamos en una poza del riachuelo, obsequiamos a
nuestros organismos con aire puro, disfrutamos del sexo y el domingo al
atardecer regresamos a casa, pasando primero por la suya para despedirla hasta
el día siguiente.
Cuando llegué a mi piso, al tiempo que me quitaba de encima
la mochila, reparé en la cocina, a la que se accedía desde el recibidor. La
cortinilla de tiras que cubría el vano de entrada estaba en el suelo, todos los
armarios patas arriba, los electrodomésticos redistribuidos por medio, platos y
vasos apilados en una esquina y alguno que otro hecho añicos.
Me acerqué lentamente intentando encontrar un razonamiento en
mi cabeza y, al llegar a la puerta abierta del salón, a la derecha, del susto
inicial pasé al horror. Su estado era peor que el de la cocina. Todos los
muebles estaban desarmados, tablas y maderas cubrían el suelo junto con lo que
cuyos cajones guardasen, ya fuesen películas y CD´s o revistas y otros enseres;
los cojines y los almohadones de los sillones y el sofá, rajados; la televisión,
el equipo de música y el ordenador portátil, destripados… Aquello era un
auténtico caos.
–Madre mía, madre mía… Nos han desvalijado –me dije sin poder
reprimir las lágrimas en mis ojos.
Oí ruido en una de las habitaciones, así que me adentré en el
pasillo interior hasta llegar a la habitación de Santi, al que me encontré
volcando un cajón de su armario dejando caer todo lo que había en él.
–Santi… ¡Santi…! –le llamé por segunda vez más enérgicamente
y giró la cabeza mirándome fijamente con los ojos muy abiertos–. ¿Qué ha pasado
aquí? –le pregunté desolado con un disgusto que me aplastaba.
–Hay cámaras en casa… Las estoy buscando… –dejé de llorar,
efecto de la confusión y la congoja, pues, aparte de cómo estaba el piso, sentía
que algo no encajaba.
–¿Qué… qué cámaras?
–Las que han puesto.
–¿Quién? –no entendía absolutamente nada.
–La tía del oculto y sus socios.
–¿Qué? –volví a balbucear divisando en la distancia mi propia
ira que se acercaba con cautela temiéndome un funesto desenlace.
–Han puesto cámaras, por todo el piso, microcámaras, por eso
siempre saben lo que estoy haciendo –me contó agitado como si fuera un gran
acontecimiento.
–¿Qué? –yo no daba crédito.
–Sí, las estoy buscando para vencerles.
–¿Las estás buscando? ¿eso es lo que estás haciendo? –cerré
los puños todo lo que pude intentando contenerme, pero era tan absurdo que
terminé explotando–. ¡Te mato, yo te mato! ¡¿Estás loco o qué te pasa?! ¡¿Tú has
visto como está el piso? ¿lo has visto?! ¡Te has pasado, te has pasado tres
pueblos… veinte pueblos! ¡Me tienes hasta los cojones con los putos mensajitos!
Te vas a deshacer de la tarjeta, te vas a deshacer del jodido móvil; ¡esto tiene
que acabar, ¿me oyes?! ¡Tiene que acabar! –la furia me sobrepasaba– ¿Quién se va
a gastar el dinero en monitorizar el piso para gastarte una puta broma? ¿eh?
¡¿Quién lo va a hacer?! Pero si aquí no ha entrado nadie, aquí no ha entrado
nadie más que nuestros amigos, joder.
–Mira, mira –me dijo subiéndose a su cómoda y cogiendo un
cable rojo que salía de la pared desconchada a la altura de la cenefa–. Este
cable tiene que ir a algún sitio.
–¡Pues claro que va a algún sitio, gilipollas, es el cable de
tu lámpara del techo! –le grité sintiendo como mis cuerdas vocales se
desgarraban y dando dos golpes en el aire señalando a la lámpara– Joder, me
estoy mareando. A mí me da algo, a mí me va a dar algo.
–La tía del oculto… –fue a decir al bajar de la cómoda pero
le callé.
–¡Basta ya, hostias! No me vuelvas a mentar a esa tía porque
no sé lo que te hago. Te has vuelto loco, ¡te has vuelto loco, joder! –y, preso
de la rabia, le empujé contra la pared–. Ven –cogiéndole agresivamente de la
muñeca y llevándole al salón–. Mira como está esto. ¡¿Lo ves?!¡Parece que un
huracán haya pasado por aquí! ¡¿Quién coño va a pagar los desperfectos, todo
este desastre que has causado?! –andaba con la desesperación sobre mis hombros
de un lado a otro sobre los restos, algunos de ellos totalmente destrozados e
insalvables, de lo que una vez había sido nuestro salón.
–Otro mensaje, otro mensaje… –se alborotó Santi buscando su
teléfono bajo unas maderas y comenzó a leer en voz alta–. "Este fin de semana te
he dado un respiro porque no tenía cobertura. ¿Sabes ya quién soy?" ¿Lo ves? Es
la tía del oculto –me dijo mostrándome el móvil.
Se lo quité de la mano para ponérselo en la cara.
–¿Qué ves tú en la pantalla? –le pregunté mucho más calmado.
–¿Eh?
–¿Qué ves tú en la pantalla?
–"Este fin de semana te he dado un respiro porque no tenía
cobertura. ¿Sabes ya quién soy?"
–¿Qué ves tú en la pantalla?
–"Este fin de semana…"
–Vale ya. No me tomes el pelo, que no estoy para bromas, por
favor –pero su gesto era de incomprensión–. ¡En la pantalla no hay nada! ¡La
bandeja de entrada está vacía, joder! ¡Completamente vacía! –rugí en un arrebato
y Santi cogió el teléfono desconcertado–. ¡Estás loco, tío, te has vuelto
completamente loco!
–No… no… Aquí… aquí pone…
–¡No pone nada! –le grité quitándole el móvil y poniéndoselo
otra vez delante de sus narices–. Mira, no hay nada, ni letras, ni palabras, ni
mensajes… ¡Nada, me cago en dios! –la ira trepó por mi cuerpo hasta mi mano, que
estampó el teléfono contra el suelo rompiéndolo en varios trozos.
–No, no, mi teléfono –se lamentó yéndose al suelo para
recoger los pedazos, y, al ver que no se podía recomponer, levantó su rostro, me
clavó una envenenada mirada y se lanzó contra mí a lomos de la demencia contra
la pared.
Quedamos cara a cara. Notaba en mi barbilla su aliento
inflamable, la enajenación resplandeciendo en su mirada, la exasperación y el
odio tallados en su rostro.
–Tío, necesitas ayuda… Estás enfermo.
La fuerza de sus dedos en mi pechera fue amainando.
Arrodillado y abrazado a mis piernas, comenzó a sollozar vencido. Yo saqué mi
móvil del bolsillo. "Marina, soy yo. ¿Puedes venir, por favor?"
En fin, claro que había una explicación, la que nos dio el
Doctor Costilla: sufría un brote paranoide con manía persecutoria y necesitaba
tratamiento psiquiátrico. Convencí a Marina de que lo mejor era internarle en un
sanatorio donde le tratasen y recibiese el cuidado especializado que necesitaba
y se adecuaba a su enfermedad hasta que estuviese mejor. Yo mismo realicé los
trámites para su ingreso y me encargué de comunicárselo a su familia.
Y, ahora, ahí estaba otra vez con la mano en la manija de la
puerta sabiendo que sería la última vez que le vería. También de asegurarme de
ello me encargaría. Justo cuando me atreví a abrir, una enfermera salía de la
habitación.
–Esta tarde ha tenido una crisis y le hemos tenido que sedar.
Mañana ya estará tan lúcido como siempre –me advirtió.
–Gracias.
Me quedé delante de él. Santi tenía la mirada atornillada a
la pared que había a mi espalda, por encima de mi hombro; y las muñecas atadas a
dos barras de la cama mediante correas de fuerza. Agité la mano en el aire y él
siguió impasible. Estaba ido, pero sabía que me escucharía cuando le saludé y
sus ojos medio cerrados se dieron cuenta de que estaba ahí.
–Sole te manda recuerdos –hice una pausa para tomar aire–.
¿Sabes…? Hemos cortado, ya no somos novios. Una vez finalizada la transferencia,
terminado el trato, creyó que ya no tenía sentido continuar juntos, porque lo
nuestro era una relación de conveniencia. Una farsa, si quieres llamarlo así. La
verdad es que le he cogido cariño y tenía la esperanza de que, después de todo,
quisiese que siguiéramos saliendo, pero ahora me he dado cuenta de que solo me
utilizó. Una pena… Era una chica de trato fácil y agradable, rápidamente nos
hicimos amigos y el sexo, las ganas de compartir tiempo y las demás cosas
llegaron solas, de una manera natural. Hay que reconocer que es muy atractiva y
tú al principio flirteabas con ella, no creas que no me di cuenta. Ese era tu
peor defecto, creías que tenías derecho a coger cuanto quisieras solo por ser tú
–me senté en una silla a la izquierda de su cama, junto al cabezal.
>> Te voy a contar lo que te pasa. En este sanatorio hay
muchas realidades. En la habitación de al lado, hay un tío que dice que todas
las noches le visita un duende verde llamado Woodstock que viaja montado en un
dragón blanco y entra por su ventana para charlar. Y ahora mismo, en el pasillo,
me he cruzado con el hombre ese que afirma que, desde la cara oculta de la luna,
una legión de extraterrestres le controla utilizando nuestros satélites porque
él tiene información muy valiosa –me levanté y comencé a caminar alrededor de la
cama mientras Santi, consciente ya sin lugar a dudas de que yo estaba ahí, me
seguía con sus pupilas–. Oye, no se ha podido demostrar que no sea verdad. De
hecho, eso es cierto… para él. Esa es su realidad, esa es su vida, eso es lo que
él siente, conoce, le asusta, sabe o escucha… Y tú también tienes tu realidad,
pero la tuya es la que se supone que es la verdadera, la ‘real’, la misma que la
de los demás. Tú no sufres crisis, sufres ansias de libertad. Sabes
perfectamente, igual que yo, que no estás loco, que eres una persona sana y
cuerda, pero ¿quién va a creer a un loco? Encerrado en este sombrío lugar, eres
un fantasma para la sociedad, un ser etéreo, invisible y volátil que se dispersa
y se mezcla en el ambiente, humillado y sin dignidad… Encima, empiezas a
quedarte calvo.
>> Me da lástima verte postrado aquí… así... Qué injusto es
el mundo pero… ¿realmente el mundo es injusto o somos nosotros quienes lo
hacemos así? Los animales actúan por instinto, pero ese otro morador de la
Tierra, un ser tan maravilloso como para haber creado tecnología y ciencia y, al
mismo tiempo, tan aterrador, capaz de cometer las más inimaginables atrocidades,
es el cáncer de su propio hábitat, cuyos individuos, dotados de su inteligencia,
son quienes codician, quienes desean, quienes quieren ser dioses y, sin embargo,
no saben crear sin destruir. El chantaje por la obtención de dinero, es habitual
para ellos. El genocidio por el poder, la vejación por la superioridad, la
sumisión por el dominio, el terror por la tiranía; la prostitución, la
violencia, el odio, el despotismo, la envidia, la soberbia, la ambición, la
intolerancia, la tortura de nuestra conciencia y la corrupción de nuestro alma
por ser humanos.
>> Y yo estoy jodidillo por haber roto con Sole. Es curioso
como la conocí. ¿Sabías que no fue en un bar como te conté? Un día vino a casa
y, cuando le abrí la puerta, sacó un cuchillo de carne y se me tiró encima
totalmente histérica intentándomelo clavar. Tú te acababas de ir al cine con
Marina. Cuando le arranqué de las manos el cuchillo y conseguí que se le pasara
el ataque, su agresividad se desmoronó igual que ella. Estaba muy nerviosa y la
dejé entrar en casa al ver que era inofensiva para que tomase un poco de agua.
Resultó que se había equivocado de persona. ¿Sabes a quién quería matar? A ti
–hice otra pausa para intentar ver alguna reacción en Santi– porque ¿sabes qué
más es injusto? Que una niña de 7 años no tenga una infancia feliz y de color de
rosa, como fue la mía o la tuya. Sole tuvo una niñez traumática. Su familia se
peleaba por su custodia cuando no tenía ni voz ni voto, estuvo hasta los 16 años
saltando de hogar en hogar, nunca pudo hacer amigos y tuvo que soportar las
ofensas y las burlas de los demás niños porque ella no tenía padres –adquirí un
tono más sereno–. Un camionero se saltó un stop y embistió al coche donde iban
sus padres. Su madre, murió en el acto, y su padre, estuvo dos semanas
agonizando en el hospital. ¿Te suena de algo ese accidente? Sí, era tu padre el
que conducía ese camión, y por ello cumplió condena, pero para Sole no era
suficiente: él seguía respirando y sus padres no. Para ella, lo justo era que él
sintiera el dolor que se siente cuando alguien te arrebata lo más importante,
como él le arrebató a sus padres ¡o como tú me arrebataste a Marina!
>> Llevábamos tres años juntos, teníamos planes de futuro,
éramos felices, ¡pero tú lo tuviste que joder todo! Te tuviste que meter por
medio y me quitaste lo único que tenía, lo que más amaba. ¿Qué pasa? ¿No tenías
bastante con tirarte a todas las tías que quisieras? ¿No era suficiente con ser
el centro de atención en todas partes? No, también me arrancaste el corazón y me
obligaste a presenciar como te lo comías porque ¿tú sabes lo que es veros
juntos? ¿eh? ¿Acaso lo sabes? ¿Sabes lo que es ver cómo os besáis o cómo te
susurra al oído? ¿Sabes lo que es escuchar a través de un tabique por las noches
su risa o sus gemidos? No, porque tú eres Santi, y lo único que te importa es
Santi, y lo único que para ti tiene algún valor ¡es Santi! –saqué un
cigarrillo–. Supongo que tampoco te importará que fume, ¿no? –le dije tras
encenderlo, dar una calada y expulsar el humo–. Exploté por dentro aquella tarde
que me dijiste con todo el morro que te concedía tu egoísmo, que por qué no me
buscaba yo un piso para vivir juntos Marina y tú en el nuestro, cuando fui yo
quien consiguió ese piso y que nos rebajasen el precio del alquiler y el que lo
acondicionó para que tú llegaras y te instalaras sin más.
>> Desde que te llevaste a Marina de mi lado, desde que me
limitaste su mirada y el sonido de su voz, solo he pensado en este momento. La
verdad es que nos lo pusiste más fácil de lo que pensé. Ya te decía yo que la
tía del oculto no existía, idiota, fue Sole la que te llamó aquella noche a la
1:30. ¿Sabías que tapar con un pañuelo el teléfono para disimular la voz y no la
reconocieras funciona? Y los mensajitos… los mensajitos también te los enviaba
ella desde el móvil de empresa de su tío sin que él lo supiese. En eso sí que
acertaste. Y, después, tú mismo nos diste la oportunidad perfecta sin más
complicaciones y en menos tiempo –reí–. Tuvimos que dejar de lado el plan que
habíamos trazado desde un principio, pero nos dio igual, nos estaba saliendo
todo a las mil maravillas. Gracias a tu cabezonería, a tu insistencia, a tu
orgullo –enfaticé– el tío de Sole cambió de número, dejándolo libre para quien
lo quisiera. Ella lo cogió días después de que tú llamases a todos los
operadores nacionales, y no le dijo a nadie de nuestro entorno su nuevo número,
por si las moscas, no podíamos arriesgarnos a que nos descubriese alguien. Yo
hacía de espía. Le llamaba, le decía qué estabas haciendo y ella te enviaba un
mensajito. Saturé su bandeja de entrada para que rechazase todos los mensajes
que le pudieras mandar tú y pareciese que ese teléfono no existía en ninguna
compañía. No veas lo que me reía a escondidas viéndote flipar, era genial, tío.
Eso sí, que te cargaras el piso no lo planeé ¡y claro que veía el último
mensaje, claro que lo veía! No estoy ciego –y cambié el tono de voz divertido a
uno más firme– Pero ahora me las estás pagando todas juntas, cabrón. ¿No te
gusta estar encerrado aquí? –le pregunté con burla–. Pues ahora te jodes, porque
me voy a encargar de que te pudras en este antro –y me senté de nuevo en la
silla que había junto a su cabezal para hablarle en voz baja mientras le
acariciaba y le revolvía el cabello para que recordase durante el resto de su
vida las palabras–. El genocidio por el poder, la vejación por la superioridad,
la sumisión por el dominio, el terror por la tiranía… la obsesión por la
venganza.
Caminé hacia la puerta, la abrí, tiré el cigarrillo al suelo
con fuerza, lo pisé y, antes de salir de la habitación, grabando en mi memoria
su grotesca imagen, me despedí de él para siempre: "Lo siento, tío… somos
humanos."
"¿Quién puede decir dónde el odio empieza?
¿Quién es capaz de poner precio a tu cabeza?
¿Quién decidirá dónde acaba la cordura?
¿Quién te aliviará cuando tus heridas ya no curan?"
(Reincidentes – "La historia se repite")
Dedicado a GatitaKarabo por involucrarse con esta historia,
por su apoyo y sus ideas, por recorrerse conmigo y recorrerse a mi lado la
ciudad de Valencia.