David llevaba un tiempo pensándolo, pero por unas cosas o por
otras al final lo había ido dejando. Kevin le había insistido alguna vez para
que se apuntara con él al gimnasio, pero siempre le había puesto alguna excusa.
La verdad es que le quedaba bastante lejos de casa, y el que tenía más cerca
tenía una pega: era el mismo al que iba Marcos. No se iba a cruzar con él,
claro, pero el hecho de saber que había estado allí le frenaba.
Pretendía seguir actuando como si lo de Marcos no le hubiera
afectado, pero lo cierto es que no se atrevía a plantar cara a la situación. Se
dijo que era algo irracional, una chorrada sin fundamento, y un viernes antes de
quedar con Jennifer y los demás se acercó para apuntarse.
Nunca había estado allí antes, pero una extraña sensación le
pasó por la cabeza, una especie de déjà vu. Siguió adelante, hasta el
mostrador, donde una agradable señora de unos cuarenta y pico años le extendió
una ficha de inscripción y le explicó las condiciones de uso del
establecimiento. David rellenó todo, pagó la primera cuota con los ahorros que
había acumulado en las últimas semanas y aunque le faltaba por entregar la
autorización paterna y un par de fotos de carnet, la recepcionista le invitó a
que diera su primera sesión.
Por desgracia David no se había traído ropa de deporte, pero
si aceptó hacer una pequeña visita a las instalaciones. La sala de máquinas no
era muy grande, pero estaba repleta de todo tipo de artilugios. Algunos eran
bastante comunes, como las cintas andadoras o las bicis estáticas, pero otros
eran más complejos y costaba intuir su utilidad.
Al ser cerca de las seis de la tarde no había demasiada
gente, sólo par de cuarentones que empezaban a peinar canas tratando de bajar
algunos kilos, un chico de veintitantos bastante fibrado machacándose en una
aparatosa máquina de musculación y un chaval de piel oscura calado en sudor en
una bicicleta estática. Todos observaron al recién llegado con bastante
indiferencia, salvo el chico más joven, que se acercó a David y a la
recepcionista mientras se secaba la cara con una toalla.
-¿Qué tal, Encarna? ¡Qué novio más joven te has buscado! –El
chico hablaba con un suave acento árabe. A David le sonaba de algo su cara, pero
no recordaba de qué.
-Que tonto eres. Es David, un chico que se acaba de apuntar.
-No sabes dónde te has metido, tío. Una vez que empiezas, no
lo puedes dejar. Esto es peor que las drogas.
-Ya será menos, Yussef. –Dijo Encarna, tratándole con
familiaridad. –Aunque bueno, cuantos más os enganchéis mejor, que si no me quedo
yo sin trabajo... Bueno David, pues si tienes alguna duda o lo que sea
pregúntame.
-No, creo que ya está. Entonces me paso el viernes que viene
a esta hora más o menos, traigo lo que falta y me quedo para practicar un poco.
-De acuerdo. Te quería presentar al monitor, pero no está por
aquí, ¿no?
-Ha salido hace un rato, no sé lo que tardará. –Dijo Yussef.
–Bueno David, pues ya nos veremos por aquí.
David se ajustó la gorra y dirigió sus pasos hacia la casa de
Jennifer, que quedaba a apenas tres minutos de allí. Ella no sabía que iría,
pero a esas horas siempre estaba sola en casa, y estaba decidido a pedirle una
mamada. No es que fuese a dejarla si decía que no, pero tampoco perdía nada por
probar.
Llamó al telefonillo, se identificó y se montó sin esperar un
segundo en el ascensor. Pulsó el botón y se palpó el paquete, que empezaba a dar
señales de vida en vista de la posibilidad de que Jenny dijera que sí. Incluso
se pajeó un poco por encima de la tela del pantalón mientras que el ascensor
llegaba a su destino para estar listo para la acción en cuanto entrara por la
puerta.
-Hola, ¿estás tú sola?
-Claro. Pasa, anda. Me podías haber avisado y me arreglaba un
poco, que tengo unas pintas...
-Da igual. –Dijo David estrujándola contra él. –Para lo que
te va a durar la ropa puesta...
-Ya veo que te alegras de verme. –Dijo ella apretándole el
bulto del pantalón.
-Sí. Oye, ¿por qué no me la chupas, aunque sea un poquito?
-¿Que te haga qué? Tú eres un guarro. ¿Tú te crees que yo soy
una cualquiera para hacerte esas cosas? Ya te vale, tío...
-Joe, lo siento, es que me apetecía. Pero si no quieres nada,
hacemos lo de siempre y ya está, que también está bien.
-Pues ya no me apetece. ¿A quién se le ocurre pedirme eso?
-Vale vale, perdona tía. Tampoco es para ponerse así.
-Déjame en paz, anda.
-Joder, pues para no hacer nada y que encima estés enfadada
conmigo me voy a mi casa.
-Pues hala, vete, y cuando me quieras pedir perdón me avisas.
A David se le había chafado el plan de pleno, no sólo no
había conseguido la mamada sino que encima se había quedado con el calentón.
Para tardar menos en llegar a su casa, se acercó hasta la parada del autobús,
que no quedaba muy lejos y le dejaba justo al lado. Apenas tuvo tiempo de
sentarse a esperar, pues enseguida asomó por la esquina. Pagó el correspondiente
euro que costaba el billete y se fue a sentar, como siempre, a las últimas
filas.
-Coño, ¿dónde vas? –Le dijo desde el fondo una voz que
resultó ser de Carlitos.
-A mi casa, ¿y tú?
-A la mía. Vengo de casa de Daniel, que me tenía que devolver
una cosa... –Dijo tratando de hacerse el interesante.
-Ah. –Respondió David con desgana. –Pues yo vengo de
apuntarme al gimnasio, y ahora me he pasado un poco por casa de Jennifer, pero
estaba un poco mosqueada.
-¿Y eso?
-Nada, cosas nuestras. –No tenía ganas de dar explicaciones,
pero su vena fanfarrona le hizo seguir.- Yo quería tema y ella no, así que me he
quedado con las ganas.
-Ah, pues si quieres te dejo la revista que me ha devuelto
Daniel, si es que el cabrón no me ha pegado todas las páginas... Y como a él le
operan mañana de fimosis, pues no le va a hacer mucha falta. Es que cuando te
operan de fimosis luego tienes que estar un montón de tiempo sin poder...
-¿Tienes aquí una revista porno? –Interrumpió David,
cambiando el tono.
-Sí. No es la mejor que tengo, pero al final vienen unas
cuantas fotos que son la caña. ¿La saco?
No es que el autobús fuera muy lleno, pero no era cuestión de
ponerse a verla allí mismo. Más que nada porque había gente sentada mirando
hacia atrás y no había nada con que taparse sin levantar muchas sospechas. Lo
mejor sería ir a casa de alguno de los dos.
-¿En tu casa hay alguien? –Preguntó David.
-Mis padres y supongo que mi hermano.
-Joder, pues en la mía también hay gente y no es plan...
-Si quieres podemos ir a un callejón que hay detrás de mi
casa, que por allí no pasa nunca nadie. –Propuso Carlos.
-¿En mitad de la calle? Tú flipas, tío.
-Joe, si no pasa ni Dios por allí. No sé si has pasado alguna
vez, es como una entrada al garaje que al final no hicieron, entonces hay como
un callejón superestrecho que han dejado para ir a la sala de calderas y eso.
Pero siempre que me he asomado, nunca había nadie.
-Bueno, va, nos pasamos y si no me gusta nos vamos a otro
lado.
La verdad es que el sitio era bastante tranquilo. Pese a que
se oían los coches y otros ruidos de la calle, daba la impresión de que por ahí
no pasaba nunca ni un alma. Varios graffitis de dudoso gusto decoraban las
paredes y hasta la puerta metálica del cuarto de calderas, y varias colillas y
envoltorios de preservativos tirados por el suelo reflejaban el uso que se le
daba a aquel pasaje.
-¿Qué? –Preguntó Carlos.
-Bueno, para una paja rápida... Saca la revista, anda.
No era nada del otro mundo, pero la revista tampoco estaba
mal del todo. Las primeras páginas estaban ocupadas por reportajes fotográficos
a diferentes modelos ligeras de ropa, aunque realizados con cierto buen gusto,
sin mostrar apenas nada. Luego venía una parte central llena de artículos de
todo tipo: política, deportes, coches, cine, comparativas entre maquinillas de
afeitar... Cosas de hombres. Pero lo realmente interesante estaba al final,
donde venían un par de fotonovelas en las que los protagonistas no acababan
casándose, sino que pasaban directamente a la noche de bodas.
Carlos empezó a pasar páginas desde el final, más o menos
sabía por donde estaban las fotos verdaderamente porno. En la página 74 encontró
la primera historia, que consistía en un hombre que llegaba a casa y decidía
romperle el culito a su joven novia. Un par de tocamientos por allí, unos
besitos con lengua por allá, y antes de la sexta foto la chica ya tenía la
rasurada polla de su supuesto novio en la boca.
David se metió la mano en el pantalón casi de inmediato,
llevaba con la polla morcillona desde que había salido de casa de Jenny y las
fotos se la habían puesto dura del todo enseguida. Sobre todo con las fotos de
la mamada, menudo gusto debía de dar lo que hacía aquella tía con la boca.
Carlos también empezó, y también por dentro del pantalón. Si por algún casual
aparecía alguien por allí, era más fácil disimular así. Dos tíos con las pollas
fuera en un callejón solitario podría dar pie a muchas habladurías.
Habían llegado al final de las dos primeras páginas, así que
Carlos se encargó de pasar a las siguientes. Aquí la cosa había pasado ya a
mayores, el chico había cumplido su deseo y su polla entraba y salía del culo de
su chica desde todos los ángulos y posturas posibles. Por razones obvias (Daniel
aún no se corría), las páginas estaban intactas, quizá un poco arrugadas del
uso, pero las fotos se veían perfectamente. Suerte que el hermano de Carlos era
bastante cuidadoso con sus cosas, y aunque llevaba varios años sin echarlas
siquiera un vistazo, las había conservado de recuerdo debajo del colchón hasta
que se las había cedido a su hermano pequeño.
David iba a toda leche, y no tardaría en descargar su ídem.
Con el calentón que llevaba encima, se hubiera excitado con cualquier cosa, pero
la revista estaba bastante bien y también ayudaba. Carlos empezó más relajado,
pero ante el peligro de que David se corriera enseguida y decidiera largarse
aceleró hasta ponerse a su mismo ritmo. Le gustaba más la segunda historia, pero
mejor sería no parar de masturbarse. Además, tampoco podían extenderse mucho o
el riesgo de ser descubiertos iría en aumento.
David agarró la revista y pasó de página, a las escenas
finales. En ellas el chico se la sacaba del culo a la chica justo a tiempo para
soltarle toda la corrida en la cara. "¿Podría hacer eso algún día con alguna
chica?", se preguntó David. Con Jennifer estaba claro que no, pero dado que
tarde o temprano lo acabarían dejando y él se liaría con bastantes chicas más,
quizá en algún momento podría poner en práctica su fantasía. Apretó el ritmo de
pajeo aún más, el orgasmo estaba cerca. Se centró en la foto que mostraba a la
chica jugueteando con el semen que resbalaba por su cara y se corrió calando el
algodón de sus calzoncillos y parte de la tela del pantalón.
Por cortesía esperó un poco a Carlos, mientras rebuscaba sin
éxito en sus bolsillos algo con lo que limpiarse un poco el pringue. Carlos
tenía un pañuelo de papel en el bolsillo, pero se había sonado con él los mocos
y no era cuestión de compartir aquello. Vio como finalmente se limpiaba la mano
restregándola con el hormigón de una de las paredes del callejón y desvió de
nuevo la mirada a la revista. Ante esas fotos, él tampoco tardaría en correrse.
Pasó un par de páginas hasta localizar su foto preferida de
toda la revista. Una pelirroja tremenda se metía un gran consolador por el coño
mientras una morena le comía las tetas. Lo que hubiera dado por llegar a casa y
encontrarse una escena así antes sus ojos, dos pivones solo para él. Sabía
perfectamente que en la vida real esas cosas no pasaban, pero no tenía nada de
malo fantasear un poco. Se imaginó sustituyendo a aquel trozo de plástico y se
corrió sin más tardar, aunque no tuvo el mismo problema de David al no soltar ni
una gota de semen. Solo se le humedeció un poco el glande de un liquillo
transparente, pero a eso no se le podía llamar lefa.
Sin cruzar palabra, se recompusieron un poco y se fueron por
donde habían venido, aunque más aliviados que antes. Sobre todo David, pues
Carlos se había hecho una esa misma mañana y no tenía mucha necesidad, pero
nunca venía mal algo así.
-¿Te vas ya para casa? –Preguntó Carlos al pisar de nuevo la
calle.
-Si, son ya las ocho y tengo que hacer un montón de
ejercicios de Inglés.
-Vale, pues yo también, que me he dejado a medias una partida
al Age of Empires y voy a ver si la termino antes de cenar.
-¡Que capullo!