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 TODORELATOS.COM Fecha: 01 de Diciembre, 2008.
Fecha: 09-Oct-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (6496 de 6569)

Marcos

Darienjulian
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Llevaba dos semanas buscando piso y Marcos, mi agente inmobiliario, acababa de dar con el piso perfecto. Un piso que estrenaríamos los dos aquella misma tarde. Me costaría dinero, pero no me importaba. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Marcos

Se apoyó en el mostrador, se quitó las gafas de sol y encendió un cigarrillo.

—Creo que deberías quedártelo. Es un apartamento cojonudo.

Le miré por un momento, el humo saliendo por su nariz y el Lucky Strike colgando de sus gruesos y rosados labios.

—¿Eso crees?

—Sin lugar a dudas, macho.

Marcos era mi contacto en la agencia inmobiliaria. Le había conocido hacía un par de semanas, porque me acababa de mudar a la ciudad y estaba buscando un sitio donde vivir. Habíamos contactado a través del correo electrónico y habíamos conectado inmediatamente. Sabía perfectamente lo que estaba buscando y hacía que me sintiera comprendido.

Era alto y tenía el pelo oscuro. Tendría alrededor de treinta y cinco años y tenía definitivamente un gran cuerpo. Me gustaba su perilla y la sombra de barba oscura sobre sus mejillas, como si nunca fuera a desaparecer aunque se afeitara todos los días. Sus labios eran grandes y gruesos, casi como los de una mujer y tenía un tono de voz casi de barítono, muy masculino. Su voz fue lo primero que llamó mi atención cuando hablamos por teléfono por primera vez.

Me pasó el paquete de cigarrillos y cogí uno. Me encendió el Lucky con su encendedor zippo y siguió hablando.

—Es el mejor que hemos visto, tío. Mira a tu alrededor. Es enorme. ¿Y has visto la cama? –me miró y expulsó el humo hacia el techo—. A las tías les va a encantar. Imagínate a una chica gimiendo, sudando y gritando tu nombre sobre esa cama mientras te la follas.

Yo soy gay, así que sus comentarios acerca de las chicas que supuestamente me llevaría a la habitación no es que me emocionaran mucho, así que simplemente no dije nada. Sonreí y di una calada profunda. Marcos continuó bromeando.

—Te estoy imaginando, macho —se movió y se comportó como un actor sobre el escenario—. Tú, fumándote un cigarrillo sentado en la cama mientras una tía buenísima baila para ti. ¿No lo estás viendo? Porque yo lo estoy viendo y me pone cachondo. Ella se quitaría la falda, te mostraría su coñito rasurado por el tanga transparente. ¡Tío, pagaría por ser tú!

Se volvió y me miró con una sonrisa pícara. Le dio una última calada a su Lucky, lo tiró por la ventana y de un salto se sentó en el mostrador. Llevaba una camisa color crema con los primeros botones desabrochados, mostrando su pecho con bastante vello, una chaqueta marrón muy elegante y unos pantalones vaqueros. No puede evitar mirar furtivamente a su paquete cuando se sentó. Era grande. Me gustó. Así que inconscientemente me lamí los labios cuando terminé el cigarrillo y lo lancé también por la ventana.

—No sé, Marcos. Me gusta, pero ¿no es un poco grande para mí?

Marcos saltó del mostrador y me pasó el brazo por encima del hombro, sacándome de la cocina y conduciéndome de nuevo al dormitorio principal.

—No, tío, es perfecto. Vamos. ¡Mírate! Eres un tío joven, guapo y exitoso. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinticuatro? ¿Veinticinco?

—Tengo veintiséis —le respondí.

—Así que solo tienes veintiséis años y ya eres todo un yuppie, todo un broker —me siguió conduciendo hacia la habitación, pasando por el salón, con el brazo todavía rodeándome por el hombro. Podía sentir la temperatura de su cuerpo transpirar por la tela fina de la camisa, el duro bíceps de su brazo detrás de mi cuello. Lo tenía realmente duro y trabajado así que miré furtivamente a su pecho por la abertura de la camisa. Lo tenía bien formado y duro también. Era obvio que iba al gimnasio a menudo—. ¡Vamos, chaval, menuda habitación!

Se sentó sobre la cama y saltó. La cama botó un par de veces debajo de su culo duro. Entonces se echó hacia atrás y se rió.

—Joder, esta cama está de puta madre. Si tan solo pudiera pagarme un apartamento como este, joder…

—¿No puedes? —Me apoyé contra la ventana y le miré. Estaba tumbado boca arriba, con las manos sobre el estómago y los ojos cerrados, sobre la que podría ser mi futura cama. Había un agujero bajo sus pantalones y no podía dejar de imaginarme cómo sería Marcos con la polla dura—. ¿No te puedes pagar un apartamento como este? Eres el dueño de una inmobiliaria, se supone que ganas un montón de pasta, ¿no?

—Macho, tengo que pagar la pensión de mi exmujer, y es tanto dinero que tengo que vivir en un pequeño piso a las afueras —se incorporó de nuevo y me ofreció otro cigarrillo. Lo cogí y me lo puse entre los labios, jugando con la lengua con la parte del filtro. Él se llevó el paquete a los labios y cogió otro cigarrillo con los dientes. Lo encendió con su zippo y exhaló, como si realmente le encantara fumar. Entonces adelantó el brazo y me encendió a mí el cigarrillo. Di una calada profunda. Fue como si estuviéramos compartiendo algo muy íntimo—. Mi exmujer es una puta cabrona. Me pilló follándome a su hermana y a su mejor amiga a la vez en nuestra cama y se divorció. Joder, macho. ¡no habíamos follado en ocho semanas! No podía aguantarme más. Y, bueno, su hermana está buenísima. Y su mejor amiga también. ¿Has estado alguna vez con dos mujeres en la cama? Es la hostia!

—No —le di una nueva calada a mi cigarrillo mientras intentaba no imaginarme a Marcos follándose a dos tías, no quería que se me pusiera dura y pasar la vergüenza—. Debe de haber merecido la pena.

—Y tanto. Pero ahora estoy mucho peor, porque desde que me divorcié no tengo un puto duro. No tengo ni siquiera dinero para salir de copas y conocer chicas. Hace tres meses que no echo un buen polvo. ¡Tres meses, macho! ¡Una tragedia!

Volvió a darle una calada al cigarrillo y se rió con fuerza con su voz de barítono mientras salía el humo lentamente de su boca, a través de sus dientes blancos. Di una calada yo también. Me estaba poniendo realmente cachondo verle fumar sobre la cama mientras hablaba de su vida sexual. Sabía que era una técnica para convencerme de que debía cogerme el apartamento, comportarse como si fuéramos viejos amigos, pero me gustaba.

—Así que no tienes un euro y hace tres meses que no has follado —sonreí y noté cómo el humo se me escapaba por la nariz—. Tu vida es una puta mierda, tío!

—Ya te digo… —dijo después de reírse otra vez—. Pero así es la vida.

—¿Harías algo para cambiarla? —le pregunté después de darle una calada al Lucky. Me lo dejé entre los labios y le miré—. ¿Hasta dónde serías capaz de llegar?

Marcos se rió otra vez. Tenía una voz tan masculina que me gustó incluso más que antes. No sabía qué era lo que estaba haciendo.

—¿A qué te refieres, tío?

—Nada –sonreí y me llevé el cigarillo de los labios--. Solo quería saber si harías cualquier cosa por dinero.

—Depende —dijo enigmáticamente, mirándome, con el cigarrillo entre los labios, en el lateral de su boca, como solía hacerlo Paul Newman.

Empezó a latirme el corazón a cien por hora. ¿Qué narices estaba haciendo? Marcos era hetero, en la vida…

—Déjame verte. Desnudo. Fumando. MAchacándotela. Aquí. Ahora. Te pagaría.

Marcos dio una calada y me miró fijamente, claramente sorprendido. Expulsó el humo lentamente, como si estuviera pensando. Se lamió también lentamente los labios y dio una nueva calada con sus ojos azules clavados en los míos.

—¿Y bien? —le pregunté de nuevo—. ¿Qué dices?

—¿De qué coño estás hablando?

Sonreí. Ya lo había hecho así que no había vuelta atrás. Y además estaba lo suficientemente cachondo como para no desear una vuelta atrás.

—Pues precisamente de lo que acabo de decirte. Quiero verte desnudo, quiero verte fumando y haciéndote una paja sobre esta cama. Fácil. Y te pagaría. Has dicho que necesitabas el dinero, ¿no?

—Ya, tío, pero… —parecía azorado, entonces me miró con decisión—. No soy gay, tío.

—Nunca he dicho que lo fueras… —encendí otro cigarrillo y exhalé el humo hacia su cara. Me dio la impresión de que estaba casi convencido—. Mil euros.

Abrió los ojos y casi se le salieron de sus órbitas al escucharme. Sabía que la cantidad era grande y, vamos, lo único que tenía que hacer era desnudarse para mí y machacarse la polla para mí. No tendría ni que hacer nada "gay". Sabía que era hetero. Aunque al final, habló después de darle una nueva calada bien profunda a su cigarrillo y mientras lo hacía, el humo le fue saliendo por su boca junto a sus palabras.

—Está bien. Lo… lo haré. Necesito el puto dinero –dijo suavemente—. Pero no pienso tocarte.

—Nunca te he pedido que lo hicieras. Pero yo sí te tocaré a ti. ¿De acuerdo?

—Hecho.

—Bien. Ahora levántate.

Me senté en una silla y me deshice el nudo de la corbata mientras le miraba. Parecía perdido, como si no supiera qué hacer. Me gustó verle así, casi vulnerable.

—Quítate la camisa, Marcos.

Él obedeció. Uno a uno fue desabrochándose los botones con sus manos grandes y masculinas. Tenía las palmas grandes y los dedos largos, el dorso de la mano estaba cubierto de vello oscuro. Se movieron por la camisa y pronto estuvo desabrochada. Entonces me miró y sonrió. Sus dientes eran muy blancos.

—Te gusta, ¿verdad? —dijo cuando dejó que la camisa se le deslizara por los brazos hasta el suelo. Su pecho estaba lleno de vello oscuro. Sus pezones eran ovalados y oscuros. Yo sonreí también. Ya no tenía dudas de que iba al gimnasio. Sus pectorales estaban duros y tenía un estómago plano sin una pizca de grasa. Estaba más que bueno. Era un macho de los pies a la cabeza.

—No lo dudes —le dije—. Ahora quiero que te quites los pantalones. Quiero verte la ropa interior, Marcos.

—Como gustes.

Sin quitarme los ojos de encima, se desabrochó los vaqueros y los lanzó hacia el otro lado de la habitación. Llevaba un boxer negro de Calvin Klein. Me gustaban. Su paquete parecía relajado, pero no pasaba nada, pronto estaría duro como una piedra.

—Me encantan tus calzoncillos, Marcos.

—Gracias, macho —me dijo sonriendo. Podría hasta decir que Marcos estaba disfrutando, pero no era algo que me sorprendiera. Estaba bueno, era todo un tío y lo sabía. Y además era un hombre. Aunque yo fuera otro hombre y a él le fueran las mujeres, estaba seguro que le encantaba ser admirado y observado como un miembro de su especie masculina. Y eso era precisamente lo que estaba haciendo.

Por aquel entonces yo ya estaba tocándome el paquete por encima de los pantalones. Tenía la polla empalmada y estaba deseando correrme, pero no podía. Él debía hacerlo primero.

—Ahora quiero que enciendas un cigarrillo. Hazlo despacio. Quiero deleitarme en tu manera de fumar.

Alargó el brazo hasta su camisa y sacó el paquete de Lucky Strike. Cuando se dio la vuelta, pude ver su culo duro y bien formado bajo sus boxers CK. Tenía unas piernas fuertes también, cubiertas de pelo oscuro. Sacó el paquete del bolsillo de la camisa y me miró. Entonces se lo llevó a los labios y cogió un cigarrillo con los dientes. Lo hizo despacio, tal y como le había pedido. No era la primera vez que cogía un cigarrillo del paquete de aquella manera así que pensé que sería su modo usual de hacerlo. Era realmente masculino y sexy.

—Seguro que haces eso siempre delante de las chicas que te quieres follar, ¿me equivoco? —le pregunté cuando me sonrió con el Lucky entre sus labios.

—Tienes razón —se rió mientras se acariciaba el hombro—. Y entonces les pido fuego —me lazó el zippo y me guiñó el ojo. Lo cogí al vuelo—. Si fueras tan amable de encenderme el cigarrillo, por favor…

Contuve el aliento. Era una escena realmente caliente, tenerle allí, casi desnudo, con un cigarrillo entre sus labios gruesos, rodeados por esa perilla tan masculina, y Marcos pidiéndome por favor que se lo encendiera. Se inclinó ante mí y me miró a los ojos.

—Por favor… —repitió.

Le sonreí yo también y encendí el cigarrillo con su propio mechero. Me encantaba que me lo hubiera pedido. Se sentó sobre la cama y empezó a fumar. Estaba disfrutando tanto como si este fuera su primer cigarrillo.

—¿Cuándo empezaste a fumar, Marcos? —le pregunté.

—Cuando tenía quince años —exhaló el humo hacia mí—. Tengo muchos primos y son mayores que yo así que fue solo cuestión de tiempo que yo también me enganchara a sus vicios. Desde entonces no he parado. Me encanta, tío. ¿Y tú?

Me estaba encantando todo esto. Verle fumar medio desnudo. Marcos, siendo consciente de que le estaba observando, fumando para mí, solo para mí. Y disfrutando de su cigarrillo casi tanto como yo estaba disfrutando de las vistas.

—Empecé cuando fui a la universidad. Me colé por mi compañero de habitación y pareció ser que fumar era lo único que teníamos en común para empezar. Él era hetero, ya sabes. Pero en nuestras sesiones de borrachera y fumeteo, una vez logré que me follara mientras se fumaba un puro para celebrar que nuestro equipo de fútbol preferido había ganado la liga. Desde entonces, no he parado de fumar.

Marcos dio una calada y me sonrió con complicidad.

—Parece que siempre consigues lo que quieres…

—Sí —le dije—. Ahora quiero tu cigarrillo. Quiero que te levantes y que me pongas el cigarro que te estás fumando en la boca.

Me miró por un momento, entonces dio una última calada y se le vantó. Caminaba muy despacio hacia mí, sus músculos se acompasaban a un ritmo perfecto y no pude evitar sonreír cuando llegó hacia mí. Su piel era oscura y me encantaba el caminillo de vello rizado que subía desde el borde de sus calzoncillos negros hasta su pecho entrenado y duro. Me pregunté cómo sería el pelo alrededor de su polla.

Me levantó la cara con sus manos. Sus palmas estaban calientes. Ahora estaba mirándome directamente a los ojos. Dio una nueva calada y entonces me echo el humo a la cara. Lo interpreté como algo violento, porque aunque se estaba comportando galantemente conmigo, estaba seguro de que no le gustaba lo que estaba haciendo por dentro. Después de todo, le estaba pagando para que se expusiera desnudo ante mí. A pesar de todo, me encantó aquel gesto y respiré en su nube de humo. Sentí como su humo entró dentro de mi cuerpo y me excité al pensar que estaba fumando un humo que ya había entrado dentro del suyo. Le sonreí desde dentro de la nube y él me devolvió la sonrisa. Sus dientes blancos brillaron cuando abrió la boca y se cogió el cigarrillo para ponerlo entre mis labios. Di una calada y sentí sus propios dedos tocando mis labios. Pensé que el cielo tendría que ser algo parecido a eso.

Volvió hacia la cama y le miré con el cigarrillo que antes había sido sobre mis labios. Se sentó y me miró. Yo me levanté y me quité la corbata. Me desabroché la camisa blanca y me quité los pantalones. Ahora estaba casi desnudo, solo levaba mi camisa desabrochada. Tengo que decir que no soy un tío feo. Como a Marcos, me gustan los deportes y voy al gimnasio a menudo. Soy rubio, pero mi padre es indio, así que mis ojos y mi piel son oscuras. Todo el mundo dice que tengo una combinación muy sexy y que parezco muy masculino aunque dulce a la vez. Normalmente nadie piensa que soy gay hasta que se lo digo.

Tenía la polla bien dura, y se me estaba escapando el liquidillo preseminal. Me cogí la polla con las dos manos y se la enseñé a Marcos, a quien había pillado mirándola.

—¿Es la primera vez que ves una, colega?

Marcos se rió tan fuerte que mi polla vibró de calentón.

—¿Crees que soy tan inocente? —me miró a la polla de nuevo y después me miró a los ojos—. ¿En qué te crees que pasábamos las tardes mis primos y yo cuando éramos adolescentes? Alquilábamos películas porno y nos las machacábamos al ver a las macizorras de la pantalla en el salón de casa de la abuelita —se rió de nuevo—. Así que he visto bastantes pollas, sí. Tantas como para saber que no me gustan. Pero la tuya no está mal. Es grande. ¿Activo o pasivo?

—Versátil —le respondí.

—Ah, así que ya te han follado el culito. ¿Cómo es? ¿Duele? —Marcos parecía relajado, y mientras tanto, yo, de verle así, tan natural, me estaba poniendo cada vez más cachondo. Estábamos hablando de sexo y estábamos medio desnudos. Me encantaba.

—Solo al principio —le respondí y después le eché el humo del cigarrillo a la cara. Qué pena que se estuviera consumiendo—. Entonces, cuando te acostumbras, es puro placer. ¿Quieres probar?

—No, gracias. Prefiero ser el que empuje dentro de un coñito húmedo. No te ofendas, tío, pero te lo desgarraría —sonrió y se acarició el pecho suavemente, como si no se estuviera dando cuenta de que le estaba mirando. Sus pezones estaban poniéndosele duros—. ¿Quieres saber cómo conseguí mi primer cigarrillo?

—Pero antes déjame encenderte uno —el cigarrillo que me estaba fumando se había consumido ya, así que saqué uno de mis Camel y lo encendí yo mismo con su zippo. Se lo pasé y él lo cogió. Nuestras manos se tocaron. Entonces encendí otro para mí—. ¿Cómo lo conseguiste entonces?

—Como ya te he contado, mis primos y yo solíamos machacárnoslas juntos, ¿no? —le dio una calada al cigarrillo y dejó escapar el humo de una manera tan sexy y erótica, lentamente, a través de la comisura de sus labios, que pensé que no podría respirar, así que di una fuerte calada del mío y me rendí ante el sabor de la nicotina—. También jugábamos a un juego especial —dijo enigmáticamente—. Lo llamábamos el juego de la galleta. Teníamos que hacernos una paja al mismo tiempo sobre una galleta. Tenía doce años la primera vez que jugué, pero gané. Fui el último el correrme así que me gané un cigarrillo de mi primo mayor. ¿Sabes qué era lo que tenía que hacer el primero en correrse? —se rió y el humo salió de su boca lentamente otra vez, hacia el techo—. Tenía que comerse la galleta con la lefa de todos los primos sobre ella. Rica, ¿eh?

No pude aguantarme más. Cuando pude darme cuenta, me había estado masturbando al tiempo que Marcos me contaba aquella historia. No había podido evitar ponerme muy cachondo al pensar en tantos adolescentes masturbándose y fumando juntos. Habría pagado casi tanto como lo que le iba a pagar a Marcos por comerme esa galleta.

Mi polla vibró cuando me imaginé el sabor de tanta leche junta para mí que me mordí el labio inferior mientras sujetaba el cigarrillo con mi otra mano. Miré a Marcos y di una calada profunda, llenando mis pulmones de humo, como si mi cuerpo entero necesitara llenarse con algo.

—Quítate los boxers —le ordené con la voz ronca por la excitación.

Se levantó y, sonriendo, se quitó los calzoncillos. Me incliné y se los cogí. Me los llevé a la nariz y aspiré profundamente. Olían a orina y a esperma. Los lamí y me acaricié el pecho con ellos, sintiendo cómo me ponía cada vez más cachondo.

—Ahora siéntate, Marcos —lo hizo—. Tócate. Quiero ver cómo se te pone dura. Y dime en lo que piensas, lo que harías ahora si pudieras. Lo que te excita. Quiero que compartas tus fantasías conmigo hasta que el rabo se te ponga tan duro como el mía —le dije sosteniendo mi verga entres sus manos y mostrándosela a él.

Marcos estaba desnudo. Para mí. Solo para mí. Su polla no era muy grande pero sí que era muy gruesa. Pensé que su verga hacía juego con su cuerpo. La mía, por ejemplo, era más larga pero más delgada. La suya me gustaba, todavía estaba relajada, pero reaccionó en cuanto se la tocó. Acarició su polla cuidadosamente con sus dedos, adelantando y retrasando el prepucio casi a cámara lenta. Su respiración también era lenta y, de vez en cuando, entrecerraba los ojos presa del placer. Me miró una vez.

—Te gusta, ¿verdad?

—Sí —le dije mientras fumaba y me acariciaba el pecho, disfrutando de las vistas.

—Sé que te gusta. Las mujeres siempre ponen esos ojos cuando me ven desnudo. No hay nada que me ponga más cachondo que una tía mirándome la polla con ojos cachondos y calientes. Me encanta darles por culo. A algunas no les gusta, pero hago que se rindan ante mí, les prometo el cielo solo para poder follarles el culo. Me enantan los coños, pero me gusta todavía más agarrarles las tetas mientras me las follo por detrás.

Su polla se estaba poniendo cada vez más dura. Y la mía también. Pero intenté no tocármela. No quería correrme todavía y estaba tan caliente que seguramente lo hiciera solo poniéndole un dedo encima.

—¿Y qué más? —le pregunté.

Marcos empezó a machacársela más rápido. También se acariciaba los pezones, su pecho, su cuello, sus brazos peludos. Sus piernas estaban abiertas ante mí y las venas de sus brazos se estaban llenando de sangre, parecían mucho más gruesas también.

—Me encanta que me la chupen. Un tío me la chupó una vez. Estaba en la universidad, estábamos tan borrachos que no sabíamos lo que estábamos haciendo. Era un novato y yo un veterano. Lo hicimos delante de todo el mundo de la residencia de estudiantes. Pobre chico, le hice atragantarse, casi se asfixió. No era gay y le hice probar mi lefa. ¿Quieres probar mi leche? Eso te costará otros mil euros.

Su respiración era irregular. Sabía que estaba tan cachondo ahora, mientras se la machacaba, que no lo había pensado detenidamente, se había dejado llevar por la excitación al hacerme aquella oferta. Oferta a la que yo no podía ni quería negarme.

— De acuerdo. Pero tienes que fumar, Marcos. Me gusta cómo lo haces. Me pone muy cachondo. Enciéndete otro Lucky y fúmatelo. Quiero que te lo fumes mientras te mamo la polla. Quiero que me mires y que me eches el humo a la cara. Quiero que al menos toques mi pelo para dirigirme en el ritmo que quieras. Quiero que me digas como te gusta lo que te hago.

—Como gustes —respondió.

—Mantuve la respiración por un segundo y entonces me eché hacia delante para llegar hasta él. Estaba sentado sobre la cama con las piernas abiertas ante mí. Le acaricié las piernas. Adoraba el vello oscuro que las cubría. Yo estaba sentado en el suelo y miré hacia arriba. Marcos me estaba mirando. Consciente de que yo también lo estaba haciendo, se acarició la polla con el paquete de tabaco, cogió un cigarrillo y puso un poco de su líquido preseminal en el filtro. Entonces, se lo llevó a la boca y lo encendió.

Me mordí el labio.

Le dejé dar un par de caladas, le dejé disfrutar del sabor del tabaco. Sabía cómo hacer anillos con el humo y me hizo una experimentada demostración. Mientras, yo le acariciaba las piernas y las ingles, estaban suaves por el pelo. Pero no pude contenerme más y le pasé la lengua por la polla.

Marcos gimió porque le había cogido por sorpresa. El humo salía de su boca y de su nariz mientras gemía. Me encantaba.

Le mordí el capullo suavemente y sonreí. Entonces le lamí la polla. Empecé despacio, muy despacio. Me encantaba su sabor, ácido y amargo a partes iguales, salado pero a la vez dulce. Empecé desde los huevos, estaban duros, llenos de leche, y su polla también lo estaba, respondiendo a mis caricias. Entonces fui hacia arriba, le chupé el capullo de nuevo y finalmente me metí la polla en la boca. No era muy larga pero era tan gorda, tan gruesa, que tuve que abrir muy bien la boca para que cupiera.

Marcos gimió intensamente y le miré. Tenía los ojos cerrados y el cigarrillo le colgaba del lateral de los labios, lo fumaba sin cogerlo con las manos, que ahora las tenía sobre mi cabeza, empujándola para que le mamara la polla más intensamente. La habitación estaba llena de humo y el olor nos rodeaba. Marcos gimió de nuevo y su respiración se entrecortó.

—Tú, cabrón… tú… sabes mamarla bien.

Con su polla en mi boca sonreí. Por su puesto que sabía hacerlo. Lo llevaba haciendo desde los diecisiete. Estos años me habían dado mucha experiencia. Le mamé mucho más fuerte y soltó un gruñido bien largo. Le vi darle una calada al cigarrillo y me encantó.

—Dame una calada —le pedí.

Me miró y sonrió con picardía. Entonces acarició mi cara con la mano que sostenía el cigarrillo y me lo puso entre los labios sin dejarlo caer. Tenía los dedos contra mis labios y yo estaba fumando de su propio cigarrillo. Definitivamente era el paraíso.

Exhalé el humo hacia su polla y continué mamándosela. Lo hacía cada vez más rápido, cada vez más intensamente. Marcos se echó en la cama rendido y abrió las piernas. Le acaricié el estómago, llegué hasta su pecho duro y bien formado, le pellizqué los duros y peludos pezones. Estaba muy bueno y yo muy caliente. Le mamé, le mamé y le seguí mamando la polla como si no hubiera nada más que hacer en el mundo. El humo salía de su nariz. Respiraba con dificultad.

—N-No pares, macho, por… favor. No… pares —gimió.

Me encantaba verle así, tan vulnerable hacia mí. En general me encanta ese momento en los hombres, cuando estamos tan excitados que ya no nos importa lo que nos estemos follando, en que lo único que queremos es corrernos y que nos toquen. Me daba la impresión de que podía conseguir lo que quisiera de cualquier macho en ese momento. Podía escuchar los latidos de su corazón con fuerza en su pecho, su polla estaba comenzando a temblar. Sabía que estaba a punto de correrse. Y él también lo sabía porque se puso el cigarrillo entre los labios, sujetándolo con fuerza, me cogió la cabeza con sus dos manos, grandes y peludas, y me empujó hacia su polla para que no parara de chupársela, para que lo hiciera más rápido, con mucha más fuerza, más profundamente.

—Me estoy corriendo, macho. Estoy … a punto… de…

Pero no pudo terminar la frase. Me separé un poco de su polla y comencé a pajeársela. Le miré a la cara, que mostraba el placer que le estaban proporcionando mis cuidados, me dio la sensación de que realmente me deseaba aunque, en su interior, para qué engañarnos, seguramente estuviera pensando en tetas y coños. Pero no me importaba. Le besé el capullo y se corrió.

Marcos y gritó y de pronto mis labios y mis mejillas estaban cubiertas de su crema blanca. Estaba caliente. Y él también lo era, ahora relajado, con los ojos cerrados, tocándose la polla, terminando la corrida con sus propias manos. Me encantaba.

Yo estaba cubierto de su lefa, así que me la chupé de los labios pero entonces tuve una idea mejor.

—Bésame, Marcos. Lame tu propia lefa de mi cara y entonces bésame. Tu lefa merece estar en mi boca. Y es tuya. Te pagaré quinientos. Quinientos por un beso.

Me miró y sonrió. Sus dentadura perfecta y blanca brilló por efecto de la saliva. Su respiración todavía era irregular, su pecho subiendo arriba y abajo indicando que estaba relajándose cada vez más. Entonces se inclinó hacia mí y me lamió el carrillo. Fue una lamida corta. Puso sus manos tras mi cabeza y me la agarró. Casi dolía sentir sus manos sujetándola con fuerza por detrás, sus dedos casi aplastándome el cráneo.

—Quieres que te lama, ¿verdad? ¿Quieres que mi lengua juguetona se meta en tu boquita, cabroncete? ¿Te ha besado alguna vez un tío de verdad? Porque yo soy un tío de verdad. ¿Crees que alguien que no se siente un verdadero macho, un tío de verdad, aceptaría todo esto, que le pagaran por exponerse? —me lamió la otra mejilla—. No, no te ha besado nunca un verdadero macho. Pero ahora lo vas a ver —su voz ya no era dulce, era agresiva, violenta—. Vas a comprobar cómo es que te bese un hombre de verdad. Y gratis. No te cobraré por esto.

Sonrió y me besó las mejillas. Su propia lefa se quedó pegada a sus labios. Suavemente comenzó a besar los míos. Entonces los chupó y los chupó y después los lamió. Me chupó los labios, me lamió la cara por completo, hasta los párpados. Mi cara estaba completamente cubierta por su saliva y por su leche, que también estaba sobre su lengua. Finalmente, me miró y ronroneando, empujó mi cabeza hacia la suya y me besó.

Fue el mejor beso que me han dado nunca. Sus labios eran gruesos pero muy suaves. Se movían por mi boca con la experiencia de un hombre habilidoso, su boca sabía a humo, a lefa y a pasta de dientes y no pude evitar levantar las manos y agarrarle el cuello. Estábamos los dos desnudos y besándonos. Mi polla estaba vibrando. Siguió besándome, su lengua bailando alrededor de la mía, mordiéndome los labios y finalmente succionando mi lengua hacia su boca antes de separarse.

Nos miramos el uno al otro por un segundo, nuestra respiración inconsistente después del beso. Jadeé ante aquella visión. Todavía tenía un poco de lefa sobre su perilla, así que la lamí. Sonrió pero no me dejó acercarme más. De hecho, lo que hizo fue quitarse toda la lefa que había sobre su polla, se la puso en la punta de la lengua, se chupó el dedo y se la tragó.

—Ahora… ahora ya tienes lo que querías.

—No aún —susurré cuando volví a la silla—. Ahora es mi turno.

Tenía la polla tan dura como no lo había estado nunca en mi vida y no podía dejarla así, así que empecé a machacármela.

—Siéntate en la cama y fuma de nuevo. Dilo en alto. Di que estás fumando para mí. Dime cómo te gusta fumar. Tócate. Dime guarradas.

—Tú eres quien paga —rió Marcos.

Se sentó lentamente sobre la cama, casi parecía que estaba bailando para mí. Se abrió de piernas y vi que su polla ya estaba relajada. Era igual de gruesa relajada que dura. Se llevó el paquete de Lucky Strike a los labios y se encendió uno. Siempre me han gustado las primeras caladas, esa calada que termina con tu ansiedad. Fumó profundamente, lo suficiente como para vaciar sus pulmones de humo cuando lo expulsó hacia mi cara. Respiré en su humo.

—Me encanta fumar, macho. Y sé que te encanta que lo haga. Te he visto —me señaló con la mano que sujetaba el cigarrillo—. Sabía que esto iba a pasar. Quería ponerte tan cachondo que no te importara pagarme. Y lo he conseguido. Me pagarás y no me ha costado nada. ¿Crees que eres el primer cliente con quien he tenido un poco de sexo? Por supuesto que eres el primer hombre, y si fuera por mí, serías el único. Pero sé que los hombres pagan. Y lo haré. Una vez me tire a una vieja puta en esta cama. Tenía sesenta años, pero la cabrona tenía experiencia. Le di bien fuerte en el culo con mi polla. Me encantó. Quería que se la metiera bien profunda por el culo, así que lo hice. Me gané dos mi leeros así. No se quedó el apartamento, pero me bebí la botella de vino más cara aquella noche a su salud. E invité a este apartamento la noche siguiente a la tía más buena que me encontré por la calle. Se pensó que era rico. Y la mentí.

Me encantaba que me hablara así. Estaba fumando, se estaba tocando a sí mismo. Me estaba hablando a mí. Fumando para mí. Sabía lo que me gustaba. Gemí. Estaba a punto de correrme pero quería que siguiera hblando.

—Si… gue —dije entre gemidos.

—Sí, te vi mirándome hacia los labios la primera vez que fumé delante de ti. ¿Te gustó? ¿Te gusta mi boca? –Se levantó y fue hacia mí, su boca estaba muy cerca de la mía, nos separaban apenas milímetros. Quería besarle, pero no me dejó. Estaba hablándome directamente a la boca, podía sentir su aliento entrar dentro. Dio una calada a su cigarrillo. Estaba tan cerca que pude escuchar al cigarrillo consumirse. Entonces echó el humo dentro de mi boca. Sentí el humo llegar a mis pulmones—. Pero mi boca no es tu boca. Es mía. Solo mía. Y te gusta —se lamió los labios, su boca tan cerca de la mía que era una tortura no poder besarle. Seguí masturbándome, más rápido, mucho más fuerte—. Y has probado mi polla. Haces buenas mamadas, tío —le dio una nueva calada al cigarrillo y se sentó en la cama—. Me correría otra vez en tu boca, puta.

Era tan sexy que no pude contenerme más. Exhalé el humo que había en mis pulmones. Era el humo que Marcos mismo había expulsado dentro y entonces gemí. Mi polla estaba a punto de explotar y eso hice. Con un gruñido me corrí por todo el pecho. Me corrí gritando su nombre, Marcos, diciéndole que le deseaba, que quería que fumara para mí y que lo hiciera mientras me corría. Estaba sonriendo, consciente de ser el que había hecho que me corriera. En ese momento odié su actitud arrogante, pero a la vez, me encantaba, me volvía loco.

Respiré profundamente y paré. Sentí la humedad y la viscosidad de la lefa sobre mi cuerpo. Le miré, estaba dando las últimas caladas a su cigarrillo.

—Déjame terminarlo —le pedí.

Se levantó y puso el cigarrillo en mi boca. Me encanta fumarme un cigarro después de una buena sesión de sexo. Marcos empezó a vestirse mientras fumaba y me miró. Echaría de menos su precioso culo.

—¿Sabes qué? —le dije—. Me quedo con el apartamento.

Marcos sonrió, dejó de vestirse, cogió el cigarrillo que tenía en mis labios, le dio una calada y me lo devolvió.

—Eso está bien —dijo echando el humo hacia el techo para después mirarme a los ojos—. Si pagas, vendré de visita.

—Eso está hecho.

Le sonreí y empecé a abrocharme la camisa. Tendría que ponerme a ahorrar desde ya mismo. Seguramente follarle el culo me costara muy caro. Pero estaba dispuesto a demostrarle que, si alguien tenía que romperle el culo a alguien, ese sería yo.

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