Desde hace aproximadamente tres años concurro puntualmente
cada lunes, miércoles y viernes a un natatorio muy exclusivo ubicado a unas diez
cuadras de mi domicilio en un barrio muy elegante de la ciudad donde vivo. No es
que la práctica de la natación me interesara especialmente. En realidad me
decidí a participar por indicación médica pero desde el primer día me sentí muy
a gusto y cómodo con el profesor, mis compañeros y el lugar pero por sobre todas
las cosas con el cambio en mi filosofía de vida que esto implicaba.
Como ya dije se trata de un lugar exclusivo donde no admiten
a demasiados interesados porque forman grupos limitados de no más de seis o
siete alumnos. No hacen discriminación de raza, edad (mientras que se trate de
adultos), o sexo y se forman grupos muy amenos donde todos participan con muy
buena predisposición.
En mi grupo participan dos varones y cinco mujeres, todas
ellas muy hermosas, jóvenes y atléticas. Uno de los varones, un joven de treinta
años de nombre Javier, es el esposo de una de las chicas llamada Soledad. El
otro es un hombre de mediana edad, de unos cuarenta años, Ezequiel, muy fornido,
dinámico, muy serio y reservado, de muy pocas palabras. El profesor por el
contrario andará también por los cuarenta y pico pero es muy dicharachero, se la
pasa haciendo bromas tanto a varones como a mujeres. Yo soy el mayor pero no se
me nota tanto, también me divierto mucho, cuento muchos chistes y debo ser el
que más se esfuerza a la hora de nadar.
Las chicas no tienen desperdicio, son bellísimas, con cuerpos
cuasi perfectos lo cual es lógico tratándose de atletas, no creo que ninguna
pase los treinta, tienen muy buen carácter y son muy buenas compañeras. Ninguna
tiene prejuicios, son muy bromistas, de esas que se ríen de si mismas dando
muchas veces a entender que a la hora del sexo no son de las que oponen
resistencia, por el contrario, todos tenemos bien claro que si les gusta el
pretendiente le dan para adelante y disfrutan como perras. Muchas veces he
pensado que más de una lo ha pasado bien en brazos del profesor pero no puedo
asegurarlo, son solo suposiciones.
Hace unas dos semanas el profe, de nombre Mario, comenzó a
hacerme bromas exclusivamente a mí. Me miraba todo el tiempo, me corregía con
mucha dedicación mis movimientos en los diferentes estilos y me tocaba los
brazos, las piernas o el pecho a la hora de relajarnos y estirar los cansados
músculos. Muchas de las bromas consistían en hacerse el afeminado tras lo cual
se reía a carcajadas disipando cualquier duda que se hubiera podido originar.
También cambió su actitud en el vestuario. Empezó a compartir
las instalaciones con nosotros luego de la clase, siendo que antes no lo hacía,
se paseaba desnudo delante de nosotros, cosa que tampoco hacía, y lo que más me
llamó la atención fue la manera como me miraba, con lascivia diría yo, deseo y
cierta perversión. Esta actitud, inédita en Mario, llegó a molestarme pero
reconozco que no fui capaz de eludirla. Cada vez que me miraba le devolvía la
mirada como si le estuviera preguntando, y tu que quieres? o, te gusta lo que
ves?
En pocos días me acostumbré a la nueva situación y no solo
permití que me mirara a su antojo, yo también empecé a mirarlo o más que eso a
admirarlo ya que siendo profesor tenía un cuerpo muy atlético, musculoso, bien
formado, sin una gota de grasa, muy atractivo. Y no es que me atrajeran los
hombres pero lo que es, es. No tengo por qué quitarle méritos cuando realmente
los tiene. Además descubrí que tiene una polla muy importante, gruesa y larga,
acompañada por un par de huevos que le cuelgan de una manera impactante.
El se dio cuanta de que lo miraba y cada vez que me descubría
haciéndolo me sonreía con malicia. El resultado fue que yo también empecé a
hacerme el maricón a modo de broma. Juro que jamás pensé que las cosas llegaran
a mayores. Ni lo pensé ni lo deseé, simplemente respondí ingenuamente a sus
provocaciones de la manera que me pareció más parecida a la que él proponía.
A partir de que estoy escribiendo este relato acepto que hubo
un día en que me pasé en mis juegos. No se por qué. Tal vez estuviera más
caliente que de costumbre o quizás de tanto mirarlo terminé deseándolo pero lo
cierto es que creo que aunque no fue de manera consciente he sido yo mismo quien
lo ha provocado.
Durante la clase permití que me manoseara más que de
costumbre ubicándome muy cerca, haciendo movimientos torpes a propósito forzando
que me corrigiera, festejé sus bromas exageradamente y respondí de la misma
manera cuando se hizo el mariposón. Al llegar al vestuario me exhibí desnudo
delante de todos tal como él lo hacía pero especialmente para él. Y no solo
caminé desnudo, haciéndome el tonto me agaché para que pudiera ver mi culo bien
abierto por causa de mi exagerada flexión y mientras lo miraba fijo a los ojos
me acaricié las bolas y la verga con la mano enjabonada logrando una incipiente
erección. Mientras me miraba Mario se mordía el labio inferior, pasaba su lengua
entre sus labios y también acarició sus genitales delicadamente.
Cuando no pudo más se acercó a mi ducha, que es donde me
encontraba, se paró enfrentándome, estiró su brazo y con su mano tomó entre sus
dedos mi tetilla. Con la otra mano primero me acarició el pecho y un instante
después la bajó para pasar a manosear mis nalgas y muslos. Instintivamente
intenté retirarme pero él fue más rápido y agarró fuertemente mi polla
impidiéndome girar. Me odié en ese momento porque aunque quise escapar lo real
fue que tuve una erección como pocas veces en mi vida. Traté de doblarme para
ocultar mis genitales debajo de mi barriga pero tiró tan fuerte que tuve que
volver a erguirme. Quería gritar pero no me salía la voz. Me sabía culpable pero
a la vez me parecía que me quería hacer pagar un precio excesivo por un juego
que hasta ese momento yo había considerado inofensivo.
Debido a mi tenaz resistencia se acercaron Ezequiel y Javier
llenándome de terror al darme cuenta de que estaban los tres confabulados con
una sola intención: violarme. Me tomaron por los brazos inmovilizándome, me
giraron y literalmente me aplastaron contra la pared. Mario aprovechó mi
inmovilidad para ubicarse detrás de mí y asir fuertemente mis nalgas
separándolas sin piedad dejando el agujero de mi ojete tan expuesto que no tuvo
ninguna dificultad para pasarle la lengua a su antojo cuantas veces quiso
dejándolo húmedo y bastante dilatado a pesar de su virginidad. Empujó mi espalda
en dirección al piso, abrió aún más mis nalgas hasta hacerme doler, tomó con una
de sus manos su verga que estaba tan erecta como un robusto consolador la apoyó
contra mi aterrorizado esfínter y cuando empezó a empujar sin ninguna piedad por
fin recuperé mi voz y pude gritar:
¡¡¡NO, NO, NO!!! YO SOY HETEROSEXUAL, YO SOY HETEROSEXUAL, yo
soy heterosexual…
Y me desperté desesperado, llorando, transpirando, temblando.
Mi mujer se despertó a la par mía muy asustada y consolándome me dijo: amor,
tranquilo, es solo una pesadilla, serénate, te haré un té.
Por fin me serené y aunque volví a soñar ya nunca me desperté
afligido. Será que me acostumbré y aprendí a reconocer que hubo un cambio en mi
vida. Es verdad, hasta el día de la pesadilla, yo era heterosexual…