Este capítulo de mis memorias arranca justo después del
relato anterior. Para haceros un resumen el tío que me gustaba se había
enrollado con una de mis amigas y yo, esa misma noche, busqué cobijo en los
brazos y entre las piernas de un taxista.
Y después del taxista vino un camarero, un médico, un DJ, un
quiosquero, un paleta y muchos más que no supe de qué trabajaban. Casi cada fin
de semana me pasaba uno por la piedra. Y sin repetir.
Recuerdo una noche que Dani y Esther no paraban de comerse
los morros, de reír y de tocarse. A mi se me revolvía el estómago de tanto amor
empalagoso y, para no verlos, acabé refugiada bajo la mesa del DJ. De rodillas
seguía el ritmo de la música con mi boca mientras su polla entraba y salía cada
vez más rápido y fuerte. Al final ya no sabía si el ritmo de la mamada lo
marcaba la música o viceversa... Lo único seguro es que con esa polla en la boca
ya no existían ni Dani, ni Esther ni la madre que los parió. Cuando se corrió el
volumen de la música parecía un estruendo y la gente iba bailando enloquecida
sin saber lo que pasaba ahí arriba.
Otra noche me lié con dos tíos: el primero en el bar y el
segundo en la dsco. Con el primero no pasé de toqueteos, besos y pajas pero el
segundo me folló en plena calle entre dos camiones enormes. Varias personas me
pudieron ver abierta de patas con la cara contra el camión pero me importaba un
bledo: a mi me estaban amando y a ellos no.
Así llegó una noche en que me lié con uno que vino directa a
mi, nada más pisar la pista de la disco. Resultó ser un amigo del que la semana
anterior se me había agenciado entre los camiones. La fama me precedía y yo
estaba encantada. Quien necesitaba un amor de por vida si podía tener uno cada
semana.
Nada más hacer las presentaciones me acorraló contra la barra
y me llenó de besos en cuello, labios y cara, a los que yo respondí con el doble
de intensidad. Acabamos en su coche delante de la playa y rodeados de un montón
de coches con los cristales entelados.
La cosa fue desarrollándose según el guión previsto: morreos,
abrazos y toqueteos de profundidades varias, un 69 que disfruté como una burra,
tanto por su buen hacer de lengua como por el considerable tamaño de su polla.
Rematamos la faena en el asiento trasero yo de rodillas y mirando pa Cuenca a
través de la luna trasera del coche. Su postura no era muy cómoda así que acepté
ponerme a cuatro patas cuando me lo pidió... Acepté por su comodidad y, tampoco
os engañaré, porque la postura me pone un montón.
Él empezó paseando su polla por mi raja yendo de abajo a
arriba presionando lo justo para separar mis labios. El condón le quitaba gracia
al asunto pero me gusta ese tipo de juego y disfruté de él, ajena a sus
intenciones. Luego me quedó claro que no quería contentarme, sólo buscaba
lubricante.
Y ese luego llegó enseguida: de un salto la punta de la polla
pasó al agujerito de más arriba. Sin darme tiempo a nada pegó un empujón de
caderas mientras su mano mantenía con fuerza su polla contra mi ano. La punta
entró de golpe y yo me sentí morir. Yo salí disparada hacia delante. Creo que
golpeé mi cara contra la puerta y que nunca había gritado tanto, pero sólo había
ganado unos centímetros de ventaja, que su polla recuperó enseguida.
-"Por ahí no, por ahí no." grité a todo pulmón.
Caso omiso.
La polla volvió a tomar posiciones, demasiado arriba para mi
gusto mientras él me decía: -"tranquila ya verás como te gustará".
-"Y una mierda" volví a gritar sentándome y cerrando mi culo
todo lo que podía.
-"Vale, vale, no te mosquees. Pensaba que a ti te iba eso"
-"Y ¿por qué has pensado eso?"
-"Mi amigo de la semana pasada dijo que te lo habías dejado
hacer".
-"Llévame a la disco"- es todo lo que pude decir.
-"vale, vale. Entiendo que no me lo dejes hacer a mi... Yo la
tengo más grande y te asusta, pero no pretenderás dejarme así, ¿no?"- me dijo
agarrándome de la muñeca y mirándose su polla trempada.
Quería salir de allí. Necesitaba gritar y llorar... Pero
callé, me estiré y me abrí de piernas.
Dejé que acabase incapaz de mover un músculo. A él le importó
una mierda, me folló hasta correrse sin darse cuenta. Ni tan siquiera me miró a
la cara ni un momento. Me chupó las tetas, me agarró las nalgas y me separó las
piernas sin darse cuenta que yo no paraba de llorar. Yo aparté mi mirada y lo
dejé acabar mientras las lágrimas caían por mis mejillas, mientras mi cuerpo se
agitaba con sus golpes de cadera y mi coño se iba secando por segundos.
Acabó y yo me escurrí bajo su peso. Recogí la ropa y salí del
coche. Me vestí fuera importándome una mierda si alguien me veía y fui caminando
sin rumbo.
No se cuanto tardé en volver a casa ni recuerdo cómo, sólo sé
que me metí en la cama y lloré hasta deshidratarme. Estuve dos días en la cama.
Mis piernas eran incapaces de mover un cuerpo convertido en acero. Mi mente era
incapaz de generar nada más que monosílabos y mi cabeza me pesaba como nunca.
Estaba deprimida. En una semana no fui ni a la universidad ni al curro -en esa
época compaginaba las dos cosas- y, por primera vez en meses, ese fin de semana
me quedé en casa.
Poco a poco fui saliendo del túnel gracias a mis amigas que
me obligaron a salir , manteniéndome protegida de nuevos buitres y asegurándose
que no hacía tonterías. Siguiendo sus consejos me busqué alguien para más de una
noche: se llamaba Enric, un amigo del grupo que me iba detrás desde hacía
tiempo. Yo sabía que aquello no tenía futuro, era simplemente un medio para
sentirme yo otra vez, pero nos lo tomamos con ganas. Además, nos entendíamos muy
bien en la cama. El primer día que acabamos en la cama, dos meses después del
primer beso, yo me sentía incapaz de hacer nada, estaba completamente agarrotada
y bloqueada de pies a cabeza. Él se lo tomó con calma y me fue ofreciendo un
cariño y una comprensión que creía imposibles (eso y una comida de coño
antológica ayudó mucho a mi recuperación).
Cuatro meses después de esa primera follada, su lengua llegó
más allá. De mi coño fue pasando por mi ano de una manera que nunca me habían
hecho: con tranquilidad, tomándose su tiempo, casi como si me estuviera
saboreando. Hasta el momento sólo habían sido lametones furtivos, lametones que
parecían más un error que otra cosa. Lametones que morían nada más nacer... En
cambio ese día Enric se mantuvo ahí asegurándose que yo me daba cuenta que
chupaba mi culo a propósito. ¡Y como me lo chupaba!. Aspiraba y metía la lengua
todo lo que podía abriendo mis nalgas para llegar hasta el fondo una y otra vez.
Luego yo le besé su boca como nunca y dejé que me follase
hasta que casi nos desmayamos. Al acabar, los dos sudados y sin poder casi
respirar, con su polla aún dentro de mí se lo dije:
-"Quiero que me lo hagas por detrás".
Él sonrió y me acarició la cara, me besó y contestó : -"cada
cosa a su tiempo, cariño. Cada cosa a su tiempo".
Y ese tiempo llegó una semana más tarde.
-"Sobre lo que me dijiste la semana pasada... He comprado
algo que ayudará". Me dijo casi sin atreverse a mirarme.
-"¿Qué es?"- le pregunté hirviendo de excitación.
Él se levantó y volvió con un pequeño tubo entre sus manos y
me lo entregó.
Sólo tuve que leer la palabra lubricante para entenderlo.
Me lo hubiera puesto ahí mismo pero sólo lo besé. Y el beso
fue el principio de todo. Ya desnudos en su cama me puse bocabajo. No hizo falta
decir nada, mi cuerpo hablaba por sí solo: culo en pompa y nalgas separadas.
Él se sumergió entre ellas y volvió a chuparme hasta el hueso
de la rabadilla. La lengua entraba bien pero aún quedaba un trecho para que
entrase ahí una polla.
Y ese trecho se encargó de recorrerlo con una generosa dosis
de lubricante. Como buen inexperto que era usó algo más de lo necesario por lo
que ahí hubiera resbalado hasta una bola de Loctite. Sentía como si mis nalgas
se fueran a caer en cualquier momento de lo mucho que resbalaban una contra la
otra. Empezó trabajando la zona con una mano. El primer dedo entró casi sin
querer: mi culo era un agujero negro donde caía todo lo que se le acercaba.
Conmigo a cuatro patas Enric tomó posición de rodillas y
dirigió su polla hacia mi culo. Yo estaba tensa como un cable de acero esperando
a notar la flecha hundiéndose en mí. Y el momento llegó dejando claro que eso no
era un dedo. Él la paseó recogiendo todo el lubricante que pudo e intentó
entrar.
Puerta cerrada. A cal y canto. Las bisagras de mi puerta
trasera llevaban cerradas toda una vida de manera que no se abrirían así como
así.
Intentaba relajarme pero era imposible: cerraba mis ojos,
abría la boca, me dejé caer sobre la almohada... Todo cedía menos mi culo.
Cuando la polla apretaba mis nalgas eran arrastradas hacia dentro de una manera
tan bestial que pensé que acabarían metiéndose dentro de mi culo como cuando
giras un jersey del revés.
Entonces Enric empezó a hablarme. Me dijo cosas que no
recuerdo porque no venían al caso. Yo no entendía nada y le contestaba por
inercia... Y, de repente, entendí sus intenciones.
Al hablarme consiguió que me olvidase de mi culo y cuando
creyó que ya era suficiente me la metió. Y entonces entró. Empezó sólo con la
punta. Yo me quedé petrificada... A la espectativa, pero ¡no sentía nada!. No me
dolía.
Poco a poco Enric fue metiendo más polla... Y más. Entonces,
con media polla incrustada en mi culo, empecé a sentir una ligera punzada: mi
esfínter estaba llegando al límite y él pareció notarlo retirándose un poco.
Yo me giré, le miré y sonreí queriendo agradecer su
comprensión. La sonrisa se borró de mi cara al sentir un súbito y fuerte empujón
de sus caderas. Sentí como si algo se descosiera en mi culo y la polla entró
hasta los huevos abriéndose paso con su parte más ancha.
Grité. Grité como nunca había gritado antes. Era más un grito
de sorpresa y victoria que de dolor. Pese a que ya lo notaba un poco más, seguía
sin dolerme.
Sus culeadas empezaron a coger ritmo y la follada era ya,
completa. Yo me mantenía quieta bajo su peso concentrada en las sensaciones que
pudiesen venir de mi culo... Que eran pocas o ninguna.
Yo continuaba gritando con cada penetración porque estaba
cachondísima, fuera de mis casillas por estar siendo enculada por fin más que
por un placer físico. De hecho me sentía más incómoda que otra cosa... Entonces
Enric se corrió. Toda su leche entró a presión por mi ano mientras notaba
perfectamente como su polla temblaba contra las paredes de mi esfínter.
Instintivamente cerré mis bajos para poder retener todo ese torrente y la polla
resbaló hacia fuera al quedarse sin espacio.
La leche derramaba de mi culo sin control y entonces sí que
me sentí incómoda de veras: tenía la sensación de estarme yendo patas abajo. De
un salto corrí hacia el baño y me senté preparada para vaciar mis intestinos.
Afortunadamente fue sólo una sensación. De ahí sólo salía semen y más semen.
Volví con Enric que me esperaba preocupado y con su polla aún
rezumando líquido.
Al verme aparecer con una sonrisa de oreja a oreja él se
tranquilizó y, tocándose la polla, me preguntó que tal había ido.
Estaba eufórica por haber dejado atrás mi última virginidad
pero no podía ocultar mi desconcierto por la falta de sensaciones. Él, en
cambio, me confesó que era lo más maravilloso que había hecho en su vida.
Con eso ya me sentí satisfecha. Cuando no estuve tan de
acuerdo fue a la mañana siguiente: mi culo parecía un hierro al rojo vivo y me
pasé todo el día sentada en el bidet con el culo sumergido en agua helada.
Volvimos a hacerlo incontables veces, no en vano era el mejor
agujero para correrse sin efectos colaterales (ahogos o embarazos), y cada vez
era mejor que la anterior. Pese a eso la primera vez que me corrí con una polla
en mi culo no fue con Enric... Quizás sea por eso que aún vivo con quien lo
consiguió.