Amores perversos en un hotel
Al fin había terminado su turno. Ya era la hora de comer pero
su compañero Roberto aún no se había presentado a sustituirla. Aquello era
típico en él, más de una vez había llegado tarde a reemplazarla……
CAPÍTULO I
Al fin había terminado su turno. Ya era la hora de comer pero
su compañero Roberto aún no se había presentado a sustituirla. Aquello era
típico en él, más de una vez había llegado tarde a reemplazarla. Era algo que
sacaba a la muchacha de quicio. Ella siempre trataba de estar puntual en su
puesto de trabajo, así que pensaba que era justo que hicieran lo mismo con ella.
¿Dónde se habrá metido? –pensó mientras esperaba que
el amplio ascensor descendiera hasta el vestíbulo del hotel.
Deseaba llegar lo antes posible a su habitación para
descalzarse y tumbarse aunque sólo fuera media hora antes de comer. Aquellos
molestos zapatos de tacón le estaban destrozando los pies. Patricia deseaba
hablar con Roberto de lo que le ocurría al maldito fax. No era especialmente
mañosa con los temas tecnológicos pero para eso le tenía a él. Aquel muchacho
era un auténtico tesoro para sacarla a una de cualquier atolladero que se
presentara.
Patricia sacó la llave y abrió la puerta de su habitación.
Nada más entrar se deshizo de los zapatos mientras lanzaba un suspiro de alivio.
Colocó con sumo cuidado la chaqueta en el respaldo de la silla y, a continuación
bajó la cremallera lateral de la falda dejándola deslizar hasta el suelo.
Aquella mañana había sido extremadamente calurosa con lo que
un ligero olor a sudor escapaba de su femenino cuerpo. Patricia era
obsesivamente cuidadosa con su higiene personal, su trabajo de atención al
público la obligaba a resultar agradable para los clientes así pues frunció su
respingona nariz en un gesto de desagrado. Se quitó la blusa mientras se dirigía
al armario para coger otra de las que guardaba perfectamente planchadas. Sobre
el perfume del desodorante se imponía el de su cuerpo sudoroso además de otro
mucho más penetrante procedente de su entrepierna. Aún recordaba los agradables
estímulos que le había prodigado Roberto a la hora del almuerzo.
Pensó en tomar una rápida ducha antes de tumbarse en la cama.
Abrió el cajón de la cómoda en busca de ropa interior limpia y eligió un
conjunto de sujetador y braguita en color rosa pálido que le resultaba
especialmente cómodo. Cuando se disponía a dirigirse al baño escuchó llamar a la
puerta con un débil golpe de nudillos.
¿Sería él? –pensó con impaciencia mientras notaba
como el corazón se le aceleraba sin que pudiera evitarlo.
Su compañero Roberto tenía la extraña habilidad de
encontrarse en el sitio adecuado en el momento oportuno. Observó unos segundos
la cama, estrecha pero suficientemente grande para ella, y recordó con agrado el
ardiente encuentro del que había disfrutado dos noches antes en esa misma
habitación con el apuesto muchacho. Patricia había disfrutado hasta el paroxismo
de las habilidades amatorias de Roberto. Primero se habían amado en el baño
mientras se duchaban. Ambos habían cubierto de espuma sus respectivos cuerpos
para, una vez enjuagados convenientemente, salir de la ducha.
El muchacho no la había dejado llegar al dormitorio. Nada más
salir de la ducha la sentó con pasión desbordante en el lavamanos con las
piernas bien abiertas. Se arrodilló ante ella y abriendo la boca empezó a lamer
con suma delicadeza su palpitante sexo el cual acogió aquella caricia con enorme
satisfacción. Roberto sabía cómo tratarla, qué puntos de su anatomía debía tocar
para hacerla gozar de modo conveniente. La verdad es que aquel muchacho era el
mejor amante que había tenido, en los dos años que llevaban trabajando juntos le
había hecho gozar los mejores orgasmos de su dilatada vida sexual. Aprovechaban
cualquier momento para acariciar sus ardientes cuerpos, para saciar sus más
oscuros apetitos.
Tras hacerla correr dos veces en el baño con su traviesa
lengua, la había llevado a la cama tumbándola boca abajo con las piernas bien
abiertas. Sin darle tiempo a respirar notó el poderoso miembro en el interior de
su lubricada vagina empezando a darle placer.
¡Maldita sea! ¿Dónde estaría en esos momentos? Hubiese dado
cualquier cosa porque se encontrara junto a ella en esos instantes, necesitaba
sentir su gruesa polla arrancándole varios orgasmos a la vez, sentirse
desgarrada por aquel incansable músculo que sabía cómo hacerla enloquecer….¡Era
un bastardo! Debía reconocerlo, sabía como hacerla enojar pero al mismo tiempo
lo deseaba con todas sus fuerzas. Lo deseaba tanto que era capaz de cualquier
locura por él.
¡Adelante! –dijo con voz autoritaria pensando que era
el muchacho quien venía a visitarla. Las visitas de Roberto a su
habitación eran frecuentes y en ellas aprovechaban para reconocer sus
candentes cuerpos siempre que tenían ocasión.
Su visitante era bella y poseía un cuerpo realmente
apetecible, pero evidentemente no era Roberto.
¿Ya acabaste tu turno? ¿Comemos juntas en el buffet?
La verdad es que me siento hambrienta –exclamó Silvia mientras apoyaba
la espalda en la pared.
La verdad es que no tengo hambre, pero gracias por el
ofrecimiento –contestó amablemente. Iba a darme una ducha, tengo los
pies molidos.
Silvia era una de las doncellas del hotel, llevaba cinco
largos años trabajando en el mismo y, desde que Patricia entró a trabajar dos
años más tarde, ambas se hicieron rápidamente amigas y confidentes. Patricia
sabía que su amiga Silvia era bisexual, ambas compartían los favores sexuales de
Roberto sin que entre ellas existiera el más mínimo atisbo de enfrentamiento o
de celos. Por otra parte, su amiga se acostaba siempre que podía con Claudia, la
cuarentona subdirectora del hotel. Claudia profesionalmente hablando parecía
fría y distante pero en la intimidad resultaba ser tremendamente complaciente y
sumisa. Desde que entró a trabajar en aquel hotel no transcurrió más de una
semana hasta que saltó la chispa del deseo entre ambas mujeres.
Silvia tenía la extraña habilidad de saber impresionar a todo
aquel con el que se cruzaba. Poseía un profundo e innato atractivo ante el que
resultaba difícil no caer rendido a sus pies. Lo cierto es que era una auténtica
preciosidad de mujer. Tenía 29 años así que era tres años mayor que su amiga
Patricia. Era morena, de rasgos exóticos y sensuales con los que encandilaba al
más pintado. Tenía los ojos achinados los cuales le daban un carácter claramente
oriental. La espesa y rizada cabellera, que cuidaba con los mejores champús,
descansaba a lo largo de la espalda hasta casi llegar a la cintura. Su cuerpo,
de redondas y tentadoras curvas, quedaba perfectamente remarcado bajo el
elegante vestido de doncella con el que trabajaba. Era algo ancha de caderas
aunque ello no era óbice para que tuviera un trasero excesivamente prominente.
Patricia se mostró risueña y aturdida en compañía de su
amiga. Pese a la confianza existente entre ellas no podía evitar un leve
escalofrío siempre que se encontraba en su presencia . Silvia era consciente de
la atracción que su amiga sentía hacia ella pero no quería dar ningún paso en
falso. Tan solo debía dejar que los acontecimientos se sucedieran por sí mismos,
casi sin darse cuenta de ello tarde o temprano su amiga se entregaría a ella….
¿Qué te preocupa, cariño? Sabes que puedes contarle
cualquier cosa a tu amiga Silvia –le dijo sentándose en la cama junto a
ella al tiempo que le pasaba un brazo por los hombros de manera
amigable.
¡Toda la culpa la tiene ese fax! Me tienen entre la
espada y la pared –soltó al fin como si con ello se despojara de una
pesada losa.
Déjame ver –le dijo arrancándole el papel de entre
sus delicados dedos.
Paseó unos segundos los ojos por encima del texto tratando de
hacerse a la idea de lo que indicaba en el mismo. Su rostro fue adquiriendo un
rictus de preocupación a cada palabra que iba leyendo. Evidentemente no eran
buenas noticias para su amiga.
Y bien, ¿quién crees que te está haciendo chantaje?
–preguntó con voz grave una vez sus ojos abandonaron el escrito. ¿Un
empleado o más bien piensas en un cliente del hotel?
Patricia suspiró con fuerza antes de responder. Su cabeza
galopaba en busca del posible autor del peligroso fax. No había pensado que
fuera obra de alguien del hotel. Aunque todo era posible, rechazó rápidamente la
idea.
Tiene que ser obra de algún cliente del hotel. He
pensado en ello y veo poco probable que sea alguien cercano a mí.
Revisaré la lista de los clientes del hotel y empezaré a descartar
gente.
Muy bien, cuenta conmigo en tu búsqueda. Sabes que
puedes contar conmigo para lo que sea.
Lo sé Silvia, muchas gracias. Había pensado en
Roberto para que me echara una mano.
Nos será de gran ayuda. Es un buen tío y se puede
confiar en él –admitió Silvia apoyando la mano en el brazo de su amiga.
Patricia se atusó el cabello con los dedos mientras cruzaba
las piernas de manera delicada. Llevaba sus largas y torneadas piernas cubiertas
con las medias negras que complementaban su uniforme reglamentario…….
CAPÍTULO II
¡Mierda! Como si ya no tuviera suficientes problemas como
para encima toparme con uno más –pensó Patricia mientras corría a través del
frondoso jardín de marcado carácter inglés. Tan solo trataba de contentarse
pudiendo enfrentarse a sus sentimientos. Tenía una cuenta pendiente para saldar
con su amiga Silvia y el bastardo de Roberto, justo en esos momentos en que lo
que más necesitaba era tener la mente clara.
Su loca cabecita tenía que mantenerse alerta sin verse
confundida por los apetitos de su cuerpo. Patricia apretó el paso y, bajando las
amplias escaleras, avanzó a través del sendero cubierto a ambos lados por una
larga hilera de cipreses. Trataba de borrar de su cerebro aquellos pensamientos
lascivos para centrarse en aquello que más le preocupaba.
El principal problema residía en que la idea de peligro la
intrigaba sin hallar un motivo aparente para ello. El hecho de ser observada de
manera secreta la excitaba enormemente. Era extraño, pero al pensar en el autor
de aquellos mensajes amenazantes y de claro contenido enigmático, algo en su
bajo vientre se encendía sin remedio notando su entrepierna claramente húmeda.
No importaba el sexo de aquel desconocido, hombre o mujer no era importante sino
el desenmascarar aquella figura que tanto la atormentaba. Dime, ¿quién eres?
–lanzó aquella pregunta al aire sin obtener respuesta entre la soledad del
jardín.
Juan Arteta, era el principal sospechoso, el hombre perfecto
para cualquier mujer, elegante en extremo y guapísimo, y se lo imaginaba
dominante y despiadado tanto en la alcoba como en la sala de juntas. Un tiburón
de las finanzas, siempre le había visto vestido con exquisitos trajes de Hugo
Boss. Parecía delgado y vigoroso y lleno de energía pese a su cercanía a los
cuarenta. Debía ser impetuoso e incansable, capaz de alargarlo mucho tiempo y de
provocar en su compañera una catarata de orgasmos.
Otro posible candidato era Sergio Orbaiz, uno de los
principales tenistas del país. Un joven muchacho cuyo portentoso físico era
venerado por todas las mujeres del mundo. La audiencia televisiva se disparaba
siempre que aparecía en escena mostrando sus poderosos bíceps cuando se
despojaba del inmaculado polo de una conocida marca deportiva. No resultaba
difícil fantasear con aquel cuerpo de deportista sudoroso y desnudo y luego
imaginar cómo debía desempeñarse en la cama.
Los otros dos principales sospechosos eran mujeres, y
Patricia luchó por que su innegable atractivo no se apoderara de sus locos
pensamientos.
No había forma de escapar de aquellas imágenes llenas de
contenido sexual. No podía dejar de sentirse excitada mientras caminaba hacia el
amplio estanque cubierto todo él de nenúfares. Notaba sus bonitos senos tensos y
agitados y su sexo se mostraba nuevamente encendido, dolorido y empapado por
debajo de su pequeña braguita de tonalidad rosa pálido.
No pudo aguantar más y se detuvo tras un alto parterre que la
cubría de miradas indiscretas. Necesitaba masturbarse de manera furiosa. Ojalá
estuvieran allí la sensual doncella o su amigo Roberto pensó mientras su mano se
ocultaba bajo la falda en busca de su excitado sexo.
¡Patricia eres tonta! Si no fueras tan testaruda ahora
tendrías quien te hiciera compañía –meditó mientras se sentaba en el suelo
abriendo las piernas con brusquedad. Tanto Roberto como Silvia se hubieran unido
a aquel bucólico paseo. Se hubieran mostrado tremendamente encantados……
De pronto se asustó al escuchar la cercanía de unas voces.
Apenas a cincuenta metros de ella notó la presencia de gente junto al camino. No
se equivocaba. Eran un hombre y una mujer que hablaban como en susurros. Una
mezcla de risas y leves cuchicheos la puso alerta haciéndola aproximarse a
aquella desconocida zona del jardín. De manera silenciosa se fue acercando
pisando matorrales y malezas y tratando de no llamar la atención de aquella
pareja.
Finalmente desembocó en un pequeño claro situado en una
hondonada. Parecía el escenario de una película cayendo el sol de mediodía a
plomo sobre el verde césped. La joven se arrodilló cuidadosamente mientras
observaba a aquella pareja, un hombre y una mujer que se abrazaban de forma
apasionada. Estuvo a punto de emitir un grito ahogado de emoción ante aquella
escena incestuosa.
No le fue difícil reconocerles pues el rostro de ambos se
encontraba en dirección a donde ella estaba. Ella era la señora Clare Hulme, la
acaudalada viuda de origen neozelandés y él era ¡su propio hijo!, el jovencito y
guapísimo Chris, un adonis de apenas 18 años cumplidos. Ambos estaban medio
desnudos en medio del césped, y cuando Patricia espió aquel modo de besarse y
acariciarse lleno de lujuria y contenida sexualidad, no pudo evitar morderse los
labios de envidia. ¡Necesitaba de manera imperiosa un poco de satisfacción y
justo había ido a parar ante una escena que iba a ponerla aún más cachonda!
La aristócrata y enloquecida señora Hulme, retorciéndose bajo
los mudos rayos solares, ya no era la mujer exquisita, culta y distinguida con
la que Patricia se había cruzado en la recepción del hotel. Para aquella
aventura campestre había dejado de lado sus delicados y carísimos vestidos de
Chanel y sus zapatos de alto tacón que tan bien realzaban su figura. Pese a su
edad aún resultaba interesante para una muchacha como Patricia.
Los desgastados tejanos y las zapatillas deportivas
descansaban junto a la pareja de amantes. La mujer todavía cubría su curvilíneo
cuerpo con una camisa blanca de seda italiana, la cual se encontraba medio
desabrochada, arrugada y llena de manchas de tierra. El sujetador blanco
completamente desbocado, prácticamente dejaba al descubierto sus redondos y
turgentes senos.
El apuesto Chris también se encontraba prácticamente desnudo.
Sus tejanos reposaban en la hierba junto al de su incestuosa amante, al igual
que los horrendos calcetines, la camisa y el pequeño slip. La única prenda que
todavía mantenía puesta era una camiseta de tirantes, la cual destacaba con
respecto a su bronceado trasero que brillaba bajo los rayos solares.
La escena era tan sumamente erótica que Patricia se vio
obligada a reprimir el gemido que estaba a punto de lanzar. La diferencia entre
la delicada piel blanca de la mujer y la morena del joven era excitante, al
igual que el modo lascivo de acariciarse y besarse. Patricia no pudo menos que
llevar una de sus manos hasta su pecho manoseándolo con fuerza. Aquella imagen
llena de erotismo y lujuria la estaba llevando al límite de sus fuerzas.
Deseó ser ella quien ocupara el lugar de la señora Hulme, de
yacer sobre el césped con una polla joven y poderosa presionando sobre sus
entrañas, y al muchacho pidiéndole que le dejara penetrarla…..Al escuchar a la
madurita señora Hulme animar a su propio hijo gimiendo como una perra en celo,
Patricia no pudo soportar por más tiempo tanto placer y llevándose la mano a la
entrepierna empezó a frotar lentamente su sexo apartando a un lado la tela de la
fina braguita.
Se acariciaba con extremo cuidado, buscando alargar al máximo
su propio placer al tiempo que observaba con los ojos entrecerrados los
movimientos de madre e hijo. Era una imagen sobrecogedora, más por lo que
significaba que por ver a una pareja hacer el amor en plena naturaleza. Más de
una vez había visto follar a gente cerca de ella pero aquello era distinto a
todo lo conocido. El elemento pecaminoso de ser madre e hijo quiénes se
estuvieran amando lo hacía aún más morboso.
La refinada señora Hulme, con las piernas completamente
abiertas y una de ellas apoyada sobre el hombro del muchacho, parecía provocar
lascivamente a su hijo frotando su húmedo sexo contra el de él. Patricia estaba
asombrada ante el dominio ejercido por el joven aguantando sin eyacular sobre el
cuidado pubis de su madre. Sus bonitas nalgas se contraían una y otra vez, como
si el muchacho estuviera soportando una auténtico tour de force y no, en cambio,
llevando a cabo un delicado acto de amor.
¡Oh sí, Chris, eres maravilloso cariño! –murmuró
débilmente la señora Hulme mientras enredaba los dedos entre el cabello
ensortijado del joven. La tienes tan grande….y siempre estás dispuesto a
darme placer…¡Dios, resulta tan fácil correrse contigo, mi niño…así,
así!
Estremeciéndose bajo su hijo, la madura aristócrata emitió
desde lo más profundo de su ser un fuerte quejido que la guapa recepcionista,
por propia experiencia en aquellos dulces menesteres, reconoció como el paso
previo al tan deseado orgasmo.
¡Oh, sí muchacho! ¡Te siento sobre mi clít…Oh , Dios
mio, sí…así…es fantástico…Oh, Dios! ¡Sí….hijo mío…no lo soporto más…me
corro…sí!
Las poderosas piernas de aquella viciosa hembra se removieron
con fuerza cruzándose por detrás del trasero de su compañero al tiempo que con
la mano libre laceró con fuerza las delicadas nalgas de su hijo.
Fue un orgasmo largo y copioso. Patricia sintió fluir sus
propios jugos entre las piernas al observar cómo el muchacho extraía el perverso
dardo para, apuntando sobre la entrada de la húmeda vagina de su madre, volver a
hundirse hasta golpear sus testículos sobre ella. Sintió la proximidad del
espantoso orgasmo y con el dedo rozó levemente su clítoris notando como una
corriente eléctrica le recorría la espalda. Por suerte pudo evitar gritar al
cielo el clímax que la consumía.
Por supuesto sería una tragedia para ella ser descubierta
espiando a unos clientes del hotel. Aquello podía suponer para ella su inmediato
despido. Los huéspedes del hotel gozaban de total libertad para utilizar las
instalaciones como creyeran oportuno aunque la señora Hulme y su fornido hijo se
hubieran, evidentemente, extralimitado en su uso.
Además, Patricia no quería que aquello acabara. La enorme
tensión del broncíneo trasero de Chris le demostró que se encontraba próximo al
clímax. Los músculos sudorosos del joven brillaban como madera finamente pulida.
Patricia no pudo menos que preguntarse cuánto tiempo más resistiría con su
herramienta erecta dentro del lubricado sexo de la mujer. Seguramente, la señora
Hulme, hundida en su propio placer, deseaba que aquel exquisito deleite se
alargara hasta el infinito.
Clare Hulme jadeó enteramente complacida y empezó a apretar
con fuerza el cuerpo agotado y sudoroso de Chris. Finalizó aquella unión carnal
dando paso al tan necesario reposo de ambos amantes. El agitado corazón de
Patricia fue recuperando paso a paso su ritmo cardíaco y, sin pensárselo dos
veces, cogió fuerzas tratando con dificultad de ponerse en pie.
Sin embargo, al instante fue sorprendida al notar cómo un
fuerte brazo la enganchaba por la cintura mientras que una nervuda mano le
tapaba la boca evitando que pudiera gritar.
El sobresalto fue de tal calibre que poco faltó para que se
orinara en las bragas, aunque estaba segura que algo se habrían mojado. De forma
obediente guardó silencio.
Buena chica. No te asustes, soy yo –escuchó la voz de Roberto
junto a su oído.
¡Maldito cerdo! Me has dado un susto de muerte
–exclamó mientras observaba como Roberto le sonreía de manera descarada
a través de sus bonitos ojos castaños, brillantes tras la montura de sus
gafas de elegante diseño italiano.
La guapa recepcionista había probado todo un cúmulo de
pasiones totalmente opuestas entre ellas. Estaba caliente y consternada por
llevar a cabo cualquier tipo de sexo pero, por otra parte, crecía en ella un
intenso impulso de matar a su compañero. Se sentía romper por dentro debido a
sus crecientes emociones y, a tan solo unos metros de donde se encontraba, una
turbadora atmósfera de cálida sensualidad seguía su curso hacia un nuevo y
fascinante estado. La muchacha, sin poder pronunciar palabra, notó su cuerpo
girar hacia el claro del jardín pudiendo seguir la escena desde un ángulo mucho
más propicio.
¡Dios mío, el maldito bastardo piensa acompañarme en mi dura
tarea de voyeur! –se dijo a sí misma. Aquel pensamiento resultaba horrible pero
, al mismo tiempo, tremendamente estimulante para una mente joven y ardiente
como la suya. No podía escapar del influjo de aquel hombre, se mostraba
completamente desvalida entre sus brazos, incapaz de dominar sus sentidos como
lo había estado durante la mañana en la recepción del hotel donde le había
arrancado el primer orgasmo del día.
Roberto operaba una especie de control pleno sobre la
muchacha, que se veía obligada a permanecer silenciosa e inmóvil. La protesta
para que él la soltara no era posible, pues si lo hacía los amantes advertirían
su presencia. Se encontraba en medio de una deliciosa encrucijada y lo único que
podía hacer era entregarse a aquella inesperada situación.
Notaba la respiración del muchacho junto a su oído, el
musculoso cuerpo tras ella y cómo algo duro se restregaba audazmente contra su
pobre trasero. Patricia empezó a cavilar sobre el tiempo que llevaría Roberto
junto a ella observando a los amantes solazándose en medio del prado.
Patricia abandonó los carnosos labios del muchacho para
volverse hacia la escena entre madre e hijo. Pudo ver a Chris levantarse y
separarse de su fatigada madre. Con exquisito cuidado se hizo a un lado, y en
ese mismo momento los ojos de la joven se quedaron fijos en el sexo de aquel
joven adonis.
Ahora entendía las palabras de Silvia diciendo que Chris
Hulme tenía 18 años, pero que su pene era el de un hombre en la plenitud de su
poderío sexual. Poseía un miembro de tamaño respetable y de sorprendente
elegancia el cual giraba hacia la izquierda mostrándose duro e inflamado pese al
reciente encuentro mantenido. Las venas oscuras destacaban sobre la fina piel
que las cubría. La longitud y el grosor semejaban los de una vara. El glande, de
intenso tono rosado, se mostró orgulloso al echar hacia atrás la fina piel que
lo envolvía. Patricia deseó fervientemente que la señora Hulme se inclinara y se
la chupara hasta dejarla limpia de restos de semen; sin embargo, ella besó
dulcemente al chico en sus temblorosos labios.
¿Aún quieres más, cariño? –le interrogó, rodeándole
con los dedos el vientre moreno y sin un gramo de grasa, y lanzó una
fuerte carcajada cuando el grueso ariete del joven dio un respingo
mostrándose dispuesto a un nuevo combate.
Escondida tras el parterre, Patricia sintió el cuerpo de
Roberto apretarse un poco más contra ella empujando con fuerza su polla contra
la hendidura de sus nalgas. La sujetó del cuello y llevándola hacia atrás besó
con suavidad el cuello de la guapa muchacha susurrándole junto al oído con voz
apenas perceptible:
¡Vaya tío con suerte! Me encantaría follarme a esa mujer……
Aquel comentario molestó a Patricia, sin embargo centró su
atención en la pareja de amantes. En el prado, Chris Hulme se había ruborizado
levemente. Sus delicados y húmedos labios se unieron nerviosos aguantando la
respiración antes de acercarse al oído de aquella sensual hembra a la que
obsequió con unas palabras. Tanto a Clare Hulme como a Patricia les pareció
encantadora la timidez del muchacho pidiendo permiso a su madre para llevar a
cabo el siguiente paso de aquella unión enloquecedora.
Pues claro mi niño, son todo tuyos –contestó en voz
baja con el rostro descompuesto mientras deslizaba a los lados los
tirantes del molesto sujetador. Con gran rapidez se deshizo del mismo
dejando al aire sus todavía turgentes y hermosos pechos.
El sostén aún le rodeaba el diafragma, sin embargo este hecho
hacía que el pecho pareciera más libre y desnudo; el delicado y oscuro encaje
destacaba su brillante piel de tono níveo. Chris aventuró una de sus manos hasta
contactar con los duros pezones femeninos. Clare Hulme emitió un ahogado gemido,
completamente satisfecha y, al mismo tiempo que él se dedicaba a maltratar de
forma deliciosa uno y otro pezón, ella alcanzó afanosamente las braguitas
bajándoselas de manera nerviosa. Al llegar a la altura de las rodillas las dejó
descansar allí sin la más mínima intención de despojarse de ellas. Los lascivos
ojos de Patricia la miraron recorriendo con deseo contenido su monte de Venus de
suave color castaño en el que brillaba el vello rizado y humedecido por los
primeros jugos de aquella hembra maravillosa.
El joven Chris, sin titubear un instante, unió sus dedos en
forma de cuña y se los metió con delicadeza acariciando a su madre con renovadas
fuerzas. La señora Hulme le provocaba para que siguiera, elevando primero la
pelvis para abrir más las piernas pero, a continuación, separando aquellas manos
de su frondoso tesoro.
Vamos, ahora te toca a ti, hijo –le invitó para,
haciéndose a un lado, colocarse a cuatro patas con las piernas bien
abiertas.
Su apetecible trasero se ofrecía a los ojos del muchacho como
el de una yegua en celo en espera del semental que la monte. Las nalgas de
aquella mujer resultaban tan firmes y redondas como las de una jovencita. El
guapo muchacho se situó arrodillado tras ella. Su juvenil rostro aparecía
contraído y lívido por el esfuerzo que hacía para contener sus impulsos y, en el
preciso momento en que la señora Hulme alargaba la mano hacia atrás en busca de
tan preciado aparato, él no pudo evitar morderse el labio inferior.
Empujando con decisión hacia delante, la penetró con su polla
inclinándose sobre la espalda de ella, jadeando y lanzando pequeños ayes
satisfechos. Al fin el tan deseado acoplamiento se había producido. Patricia
cerró los ojos mientras Roberto le masajeaba con fuerza los redondos senos por
encima de la tela de la blusa.
Así…así Chris. Fóllame, vamos jódeme muchacho –empezó
a decir la madura mujer animando a su hijo a que siguiera con aquel
dulce tormento.
El muchacho, una vez aposentado tras ella, inició un lento
movimiento adelante y atrás taladrando con extremo cuidado el empapado sexo de
su madre. Le besó los hombros con ternura y suavidad mientras ella emitía
pequeños gemidos ayudando a su joven amante en aquel lento balanceo. Chris se
quedó parado tras la mujer con lo que Patricia imaginó que el apuesto doncel se
habría corrido en el interior de su madre cumpliendo así con el pecaminoso
incesto.
Sin embargo, pudo contemplar fascinada cómo retardaba el
orgasmo comenzando nuevamente a apretar de manera rítmica y regular contra la
vagina de la excitada mujer. La señora Hulme no tenía tanto dominio de sí misma,
y sus gemidos se convirtieron en auténticos berridos de placer cada vez que el
muchacho ingresaba dentro de ella. De su boca empezaron a salir palabras
obscenas y desconocidas en una mujer de tan alta alcurnia.
Vamos cabronazo…..clavámela hasta el fondo. Me
gusta….cómo me gusta….Vamos muchacho, métesela a la puta de tu madre….
Sin parar de empujar con las nalgas hacia atrás para sentir
con mayor firmeza los embates de su joven amante, manteniendo el mismo ritmo que
él, se apoyó en un solo brazo llevando la otra mano hasta su inflamado clítoris
el cual empezó a frotar de manera furiosa.
Chris trataba de aguantar la inminente eyaculación, pero
evidentemente la madura señora Hulme era demasiada mujer para un joven aunque
fornido muchacho como él. Las finas y delicadas facciones del apuesto joven se
retorcieron en un rictus de placer empezando a gemir y gritar en pleno orgasmo.
Sus bonitas nalgas vibraban de emoción a cada explosión seminal que proyectaba
sobre la satisfecha hembra. Finalmente cayó derrengado sobre la espalda de la
mujer la cual se tumbó sobre la húmeda hierba buscando el aire que le faltaba.
La hermosa recepcionista se sintió feliz por la pareja y
agradeció el que fueran tan escandalosos mientras hacían el amor. Realmente
había sido una estupenda cópula que había logrado ponerla a mil por hora. Le
resultaba imposible poner límite a sus propios jadeos, ni evitar los movimientos
espasmódicos de sus piernas. Jadeando y gimiendo, mordió la mano que le cubría
la boca….
Se vio obligada a morder esa mano o los lamentos se hubieran
convertido en gritos desgarrados….pues, sin previo aviso, Roberto había cambiado
su posición empezando con la otra mano a profundizar entre las piernas de la
muchacha………
CAPÍTULO III
Resultaba inmensa la horrible sensación de chillar, sin
embargo la joven logró soportarla a duras penas. Se agitó y enroscó como el
gusano en el anzuelo que le oprime, y dando forma a sus labios modeló la soez
expresión ¡hijo de perra! contra la mano que silenciaba su ansia por rebelarse.
Como contrapartida notó una exaltada actividad entre sus
bragas, y cómo los nervudos dedos de su compañero se posicionaban astutamente
sobre su sensible clítoris el cual respondió, al instante, ante aquella
despiadada caricia. Tan enorme canallada se recrudeció cuando Roberto abandonó
la presión ejercida sobre la desamparada muchacha dejando que fuera ella quien
resistiera aquel descortés suplicio reprimiendo con enorme dificultad las ganas
de aullar su inmensa satisfacción.
Patricia sintió un creciente acaloramiento que invadía su
rostro, sofocada por los constantes temblores que no era capaz de refrenar y por
la humedad que inundaba su satisfecha vagina.
Ambos se encontraban tumbados sobre el verde césped,
escondidos tras el parterre desde donde podían observar las evoluciones de la
feliz pareja de enamorados. La señora Hulme y Chris todavía suspiraban de placer
aunque sus suspiros y lamentos iban perdiendo gradualmente intensidad y
vehemencia. Patricia, totalmente confundida, difícilmente podía centrar la
mirada en los amantes, pero cuando lo logró contempló ensimismada los bronceados
muslos del muchacho estremecerse, los músculos en tensión a causa del colosal
esfuerzo que el joven hacía para no caer derrumbado sobre su madre. Patricia
pensó que, pese a su juventud, aquel muchacho disfrutaba de una abundante
experiencia con la que hacer gozar a su pareja. Sabía mantener el ritmo adecuado
para postergar el éxtasis de manera conveniente. No era como otros muchachos de
su edad incapaces de retardar el momento mágico del orgasmo. Hasta cuando lo
empujaba el frenesí amoroso, sabía anteponer el deseo de su amante al suyo
propio.
¡Qué maravilla de muchacho! ¡Menuda diferencia con otros que
conozco!, meditó furiosa batallando en la doble trampa de Roberto y la singular
tesitura en que se encontraba sumida. Al silenciarse las quejas de la pareja,
los mirones se vieron obligados a ser mucho más cuidadosos en sus movimientos
aunque Roberto aprovechó tan comprometida coyuntura para redoblar sus caricias
entre las piernas de la atractiva recepcionista.
Patricia se mordió el labio inferior al apreciar la impetuosa
caricia del dedo de su compañero alrededor de su inflamado clítoris al tiempo
que abusaba de ella restregándole su virilidad entre las nalgas con total
impunidad. La muchacha, desesperada, experimentaba el contacto con la ardiente
humanidad del joven. El aspecto del voluminoso e hinchado bálano podía
distinguirse sin ningún género de dudas mientras lo frotaba sobre la tierna
hendidura anal de ella. Las firmes piernas de la chica comenzaron a temblar,
encogiéndose estremecidas y sus mancillados labios vaginales, convenientemente
irritados, palpitaban de deseo. Se encontraba al borde del abismo, a punto de
alcanzar el tan necesario orgasmo y plenamente consciente de no poder mantenerse
en silencio mucho más tiempo. Se había producido sangre al morderse el labio. Y
cuando creyó que ya no podría sufrir aquel dulce tormento por más tiempo, el
deshonesto dedo de él se separó arrancándole una queja de desaprobación.
Pero el suplicio no finalizó ahí. No correrse era aún peor
que hacerlo y de los bellos ojos de la muchacha brotaron lágrimas de angustia y
desesperación.
La mano de Roberto, que desprendía un leve olor a sexo
femenino, tapó delicadamente la boca de ella acallando el cercano grito.
Patricia sintió cómo ríos de decepción le corrían por su bello rostro. Odiaba
profundamente al hombre que la mantenía sujeta, pero se habría desplomado ante
él, completamente sometida, si Roberto le hubiera brindado un mínimo de sosiego.
En esos momentos la humillación y el agravio de la joven eran absolutos.
No tardó Roberto en cambiar de posición haciéndose con uno de
los erectos pezones de la joven la cual apoyó la cabeza en el hombro del
muchacho. Susurrando débilmente su nombre junto al oído de Patricia empezó a
retorcerle levemente el erizado pezón el cual respondió al instante a tan
encantador tratamiento. La muchacha sentía la necesidad urgente de gritar pero
la mano de su amante se lo impedía. Removía su pelvis adelante y atrás y de
forma circular tratando de estimularse con ese simple roce, pero cuando sus
movimientos amenazaron con delatarles, el apuesto recepcionista varió su
posición llevándola consigo sobre el verde prado hasta cubrir la deseable figura
de la muchacha con su cuerpo.
Prosiguieron sus caricias cómodamente estirados, la vulva de
la joven encendida y emocionada de manera constante. Roberto, de tanto en tanto,
prolongaba su martirio estrujándole suavemente su excitado pezón sabedor de que
aquel era uno de los puntos más sensibles de la muchacha. Patricia mantenía la
mirada fija, con los ojos bañados en lágrimas, en la madre y su hijo los cuales
poco a poco iban recuperando el aliento.
Después de separar sus sudorosos cuerpos, ahora distendidos y
complacidos, la feliz pareja se deshacía de las hierbas que atestaban sus
arrugadas indumentarias mientras se prodigaban miles de arrumacos y enamoradas
expresiones.
La muchacha, pese a su comprometida postura, no pudo dejar de
sentirse gratamente emocionada ante la actitud cortés de Chris. Aquel bello
ejemplar masculino daba la sensación de idolatrar a su madura progenitora. Todo
en él era afectuoso y sencillamente encantador lo cual hizo que Patricia
sintiera una especie de envidia sana respecto a la afortunada señora Hulme.
¡Sin duda la ama!, pensó Patricia dominando su deseo cuando
los insolentes dedos de su amante le retorcieron su tierno pezón. Le irritó
sobremanera la evidente diferencia de trato entre el atento Chris y el
detestable y burdo sinvergüenza que la acogía entre sus brazos. No obstante este
hecho horrendo y execrable aumentó su entusiasmo hasta límites insospechados. Su
inquieto sexo se vio bañado por los cálidos efluvios que rezumaron entre sus
piernas. Roberto rozó ligeramente la oreja de la muchacha y este simple aunque
placentero contacto le hizo menear violentamente las piernas provocando un
ligero crujido que inquietó profundamente a la bella señora Hulme.
La recepcionista aguantó la respiración y luchó por
mantenerse quieta pese a que su osado compañero seguía rozándola, sobándola e
incordiándola sin descanso. Afortunadamente el joven Chris escogió la seductora
senda de estrechar a su amante entre sus brazos y unir sus labios en un cálido e
impetuoso beso. El muchacho apretaba las nalgas de su madre rotando las manos
sobre ellas de manera fascinante.
Aquel beso apasionado, mezclando sus respectivas salivas, se
alargó escandalosamente como si el tiempo no existiera para ellos. Patricia
fantaseó por un instante con la idea de que volvieran a hacer el amor pero como
colofón a tan emotivo encuentro Chris acabó retirándose con una sutil carantoña
sobre el inflamado y agradecido semblante de su madre. El muchacho recogió del
suelo la americana color burdeos de la señora Hulme y le ayudó caballerosamente
a ponérsela. Ella le rodeó la cintura con el brazo mientras él posaba la mano
sobre el hombro de ella atrayéndola cariñosamente contra él para, de ese modo,
alejarse del idílico escenario de su encuentro amoroso.
¡Suéltame, maldito cabrón! –bramó una vez se vio
libre de la presencia de los amantes.
Sssh…vamos cállate preciosa. Ahora estamos solos –las
palabras del muchacho resonaron en su cabeza con un leve susurro.
La joven se deshizo del contacto con aquel cuerpo masculino;
su primer impulso fue salir corriendo camino del hotel, en cambio su natural
inclinación la llevó a quedarse donde estaba. Tomó asiento sobre la hierba y
miró a su compañero procazmente a los ojos mientras humedecía los labios pasando
la lengua sobre ellos.
Roberto vestía una camisa blanca de lino y unos pantalones
negros de pinzas bajo los cuales su terrible erección amenazaba romper la tela
que la cubría. Ella percibió cómo su frente estaba cubierta de sudor. En su
rostro podía vislumbrarse el terrible deseo que le consumía. Él también clavó su
mirada en ella como la rapaz en el momento preciso de lanzarse sobre su presa.
Tienes unos ojos preciosos…tus ojos son fascinantes
–dijo admirándolos profundamente.
¡Oh, deja de adularme, no seas farsante! –exclamó
totalmente fuera de sí. Podías fijarte en otras cosas más interesantes.
Está bien –objetó él con su habitual perspicacia y
arrogancia que tanto molestaba a la muchacha. ¿Y puedes decirme en qué
estás pensando en concreto?
¡Cállate de una buena vez! –respondió tratando de
mantenerse sosegada pues sabía que a Roberto le complacía enormemente
verla enfadada.
Con actitud claramente descarada el muchacho se llevó la mano
a la entrepierna empezando a acariciarse de manera obscena por encima del
pantalón.
Patricia querida, te deseo enormemente, eres una
mujer tremendamente bonita. Tienes unos senos muy apetecibles y unas
caderas que tentarían al más pintado –confesó mientras su mano se
removía levemente como si se estuviera masturbando.
¡Oh, eres un maldito bastardo! –dijo un tanto turbada
ante las palabras de su compañero.
Lo soy pero sabes que te encanta. Admite que estás
tan cachonda como yo, que me deseas tanto como yo a ti……Vamos, niégalo
si puedes…..
La muchacha debía reconocer que Roberto tenía razón. Su
compañero le hacía sentir emociones y sensaciones que no había gozado con ningún
otro hombre y eso que poseía una experiencia considerable en las lides amorosas.
Desde jovencita había probado los placeres masculinos cuando su tío materno le
enseñó todo lo que un hombre podía mostrar a una mujer. La había iniciado en las
mayores perversiones, en los más procaces placeres que la mente humana pueda
imaginar: reuniones con hombres maduros completamente desconocidos para ella,
dobles penetraciones, sexo interracial, trios, orgías, sodomía, lluvia
dorada….cualquier variante era válida. Más tarde llegaron los amores lésbicos
así que poco le quedaba por aprender a la guapa y seductora damisela.
Lentamente empezaron a intimar. El muchacho trataba de no
centrar su libidinosa mirada en la breve apertura que mostraba la falda de ella
insinuando apenas aquellos muslos robustos y deliciosos. En breves flashes
fotográficos levemente se vislumbraba la rosada tela de la braga femenina.
Roberto estaba sentado frente a ella y se encontraba ya muy animado, de modo que
empezó a tratar de seducirla. Dejó que Patricia siguiera hablando mientras la
miraba con ojos llenos de vicio.
Se descalzó de uno de los mocasines y, una vez lo tuvo libre,
alargó el pie hasta rozarle la desnuda rodilla. La muchacha parecía no querer
darse cuenta de tan inocente caricia. Roberto se mostró más atrevido al subir el
pie hasta introducirlo por la raja de la falda buscando su excitado triángulo.
La joven calló totalmente incapaz de pronunciar palabra mientras podían oírse
sus jadeos entrecortados combinados con los de su amante.
El guapo muchacho continuó indagando con su desnudo pie sobre
la rodilla. Patricia se echó hacia atrás, pero esta vez, el habilidoso pie, en
vez de retirarse. apretó con mayor decisión. Ella se encontraba rodeada por el
parterre, sin posibilidad alguna de escape, mientras sentía cómo el pie apoyaba
toda la planta sobre su sexo a través de la suave tela de la braga.
¿Qué pretendes hacerme? –preguntó la muchacha con una
voz que apenas podía esconder el deseo que la embargaba.
Roberto no replicó a su pregunta. Tan solo empezó a mover
circularmente el pie sobre la húmeda entrepierna. Buscaba apartar con el dedo
gordo la tela que cubría el tesoro femenino hasta que finalmente su trabajosa
tarea logró el resultado apetecido. Alcanzó el vello que vestía el pubis
femenino y continuó frotando su ladina pezuña sobre la cada vez más empapada
vagina. La joven procuraba a duras penas evitar su cercano orgasmo, aplacar su
placer, pero su amante estaba obsesionado en hacerla correr. Tan solo podía
pronunciar leves sonidos inarticulados sin sentido alguno. Sus cuidadas uñas
arañaban el césped para finalmente echar la cabeza para atrás empezando a jadear
ruidosamente meneándose de manera acompasada contra el pie que la
maltrataba…..El joven, con gesto triunfante, siguió presionando contra su rosada
concha hasta mucho después de que ella se hubiera corrido.
Patricia se sintió desfallecida y derrotada tras el intenso
orgasmo que su compañero de recepción había logrado arrancarle. A ella el
muchacho le resultaba repulsivo en esos momentos aunque realmente estaba lejos
de pensar eso de él. Roberto era la persona que lograba hacerle sentir las
mayores emociones, era uno de los ejemplares masculinos con mayor atractivo
sexual y que más autoridad ejercían sobre ella. Pese a intentarlo no le era
posible aislarse del influjo que producía sobre ella. Le resultaba tan
fascinante y encantador….
Sin darse cuenta, ensimismada en sus propios pensamientos, no
apreció cómo el joven se separaba de ella poniéndose de pie con gran agilidad.
Sin mostrar prisa alguna tomó la hebilla del cinturón, la desató y, con un
rápido movimiento de los dedos, desabrochó el botón de los pantalones. Agarró la
lengüeta de la cremallera y la bajó de forma delicada. El metálico siseo de los
dientes de la cremallera quebró el silencio de la tarde y fue seguido por el
susurro de la tela cayendo hasta el suelo. Una vez bajados los pantalones agarró
el boxer, que ocultaba su virilidad, por ambos lados y lo fue deslizando con
pasmosa lentitud hasta llegar a la altura de las rodillas.
Luego, con la espalda reclinada en el tronco del milenario
cedro que les envolvía, adoptó una postura premeditadamente exhibicionista, y
empezó a mover de manera sugerente las caderas haciendo que su miembro se
balanceara a un lado y a otro. ¡Y la verdad es que había tanto para balancear! A
la muchacha le hubiera gustado tanto haber sido ella quien bajara el boxer que
ocultaba aquel presuntuoso monolito que le apuntaba como si tratara de
hipnotizarla.
Patricia se humedeció sus marchitos y arrugados labios
imaginando todo aquello que podría hacer con semejante espécimen. Era evidente
que había subestimado la capacidad amorosa del muchacho. Tan solo unos minutos
antes había quedado fuertemente sorprendida ante las dimensiones del miembro de
Chris Hulme, pero debía reconocer que la polla de Roberto era mucho más grande,
larga y gruesa, una polla sumamente apetecible para cualquier mujer que se
preciara.
La muchacha notó cómo su rosada concha se encontraba abierta
y anhelante, deseosa de ser amada por aquel enorme miembro masculino.
¡No aguanto más, Roberto quiero que me folles de una
vez! –suplicó con voz trémula.
Está bien muchachita, pero primero quiero que me la
chupes un rato –sugirió amablemente mientras sujetaba aquel duro aparato
entre los dedos.
Ella no pudo menos que caer rendida a sus pies adorándolo
como si fuera un tótem de cualquier tribu de la antigüedad. Realmente se sintió
atemorizada ante semejante rabo que se mostraba ante ella recto, vertical y
desafiante.
¡Es enorme…Dios mío, menuda polla tienes muchacho!
Vamos querida, deja de hablar y cómetela –la animó
mirándola a los ojos mientras se acariciaba lentamente con los dedos.
Patricia abrazó con su mano aquella dura culebra y llevándola
cariñosamente hasta sus labios empezó a lamerla deliciosamente arriba y abajo
con su lengua. Desde la base fue subiendo poco a poco hasta llegar a la rosada
cabeza la cual desnudó tirando hacia abajo la piel que la cubría. Del glande fue
bajando por aquel duro tronco hasta apoderarse de los cargados testículos los
cuales empezó a absorber con extremo cuidado. Notó cómo al muchacho le fallaban
las fuerzas teniendo que agarrarse con fuerza a su cabello para no caer.
Ella escupió con fuerza sobre el miembro masculino al tiempo
que cruzaba su mirada con la de él sonriéndole con picardía mientras se la
besaba y succionaba. Ensalivó convenientemente aquel formidable músculo para
facilitar la entrada y salida en el interior de su boca. Realmente la muchacha
había hecho del arte de la felatio una de sus mayores virtudes. Sabía dar placer
y sacaba ventaja de ese hecho haciendo estremecer a sus compañeros de juegos
amorosos. Roberto gruñía como un animal en celo apretándole la cabeza contra su
pubis para que siguiera con aquel enloquecedor tratamiento.
No pudo aguantar tanto placer así que cogiendo a la muchacha
por los hombros la obligó a levantarse haciéndola volver de espaldas a él. Se
aproximó por detrás sacando un brazo por un lado de su cintura y el otro por el
otro. Su excitado sexo se arrimó a su redondo trasero hasta entrar en contacto
con el mismo. Roberto empezó a juguetear con su cuello besándoselo
apasionadamente mientras ella se mantenía completamente inmóvil disfrutando de
aquel ardiente roce. El muchacho alargó las manos hasta sus muslos los cuales
acarició de manera obscena.
Patricia se volvió repentinamente hacia él encarándole con
mirada seductora en la cual podía apreciarse un profundo deseo a través del
brillo de sus bellos ojos. La agarró de la mano llevándola con decisión hasta
apoyarla en el ancho tronco del árbol que les cobijaba. Ella se dejó arrastrar
por él sin oponer la más mínima resistencia.
El joven se arrodilló ante ella y con extremo cuidado le bajó
la cremallera lateral de la falda acompañándola hasta dejarla caer plácidamente
en el suelo. La muchacha levantó los pies y con uno de ellos enganchó con
habilidad la prenda para tirarla unos metros más allá. Roberto atrajo a su
compañera hacia él, sujetándola por la cintura y hundiéndole su mano en sus
apetecibles nalgas. Subió las manos a través de los costados para acabar
uniéndolas sobre los excitantes senos de ella. La excitada hembra apoyó una mano
sobre el hombro del muchacho mientras con la otra le revolvía cariñosamente el
cabello.
El miró los ojos de su agitada amante intercambiando ambos
una mirada breve. Acercó una de sus manos hasta introducirla bajo las bragas
apartando tan exquisita prenda a un lado dejando aparecer el lubricado sexo
femenino. Patricia empezó a apretarle la cabeza buscando llevarla hasta su sexo,
el cual acariciaba él con la máxima maldad, intentando que alcanzara el tan
deseado orgasmo.
Las bragas de la muchacha desprendían un aroma muy agradable.
Roberto creyó marearse levemente. Juntó su boca y le besó en el pubis, después
le mordió con suma delicadeza. Y por fin le bajó muy despacio las bragas y
hundió la nariz y la boca en su sexo. Separó con los dedos sus labios abultados
descubriendo aquel clítoris rosado y excitado el cual lamió de manera brusca. La
enloquecida joven hacía un esfuerzo por doblar su cintura tratando de abrir sus
piernas para ofrecerle toda su empapada vagina. Su experto amante colocó sus
manos sobre cada muslo, de manera que su sexo quedó entre ellas. Luego se
entretuvo separando con los dedos los labios que cubrían aquel codiciado tesoro.
De ese modo el sexo femenino quedó abierto para que la boca
del hombre hiciera diabluras con él. Tan pronto lo lamía en toda su extensión
como sacaba la lengua en forma de pequeño falo dedicándose a presionar con ella
sobre el hinchado clítoris.
Ella continuaba de pie, creyéndose morir, con las manos en su
cabeza, casi apoyándose en él, pues las piernas comenzaban a flaquearle. Sintió
cómo cantidades ingentes de jugos vaginales fluían entre sus piernas demostrando
el brutal orgasmo alcanzado. Parecía como si se estuviera meando de gusto, jamás
se había corrido de aquel modo…..
No aguanto más tanto placer….quiero que me folles.
¿Cómo puedes ser así de morboso, maldito cabrón? –preguntó la muchacha
con enorme dificultad sin haberse recuperado aún de tan inmenso placer.
Tus deseos son órdenes querida –respondió él
sonriendo a la muchacha mientras la hacía apoyar en el árbol dándole la
espalda.
La muchacha alargó su mano hacia atrás hasta sentir en la
palma la suave piel del caliente prepucio. Se dedicó a manosear aquel músculo de
manera delicada y sensual tirando hacia atrás la piel que cubría aquella rosada
cabezota. Dejó descansar la cabeza sobre el hombro del muchacho sintiendo cómo
la lengua recorría su cuello de manera deliciosa. Roberto la agarró de las
caderas mientras ella restregaba su mano sobre su polla la cual empezaba a
recuperar el terrible estado que había mostrado minutos antes.
¡Dios mío, qué grande es….qué ganas tengo de que me
la metas! –dijo ofreciéndole sus jugosos labios para que se los besara
de forma apasionada.
El guapo recepcionista le bajó con los labios los tirantes
del sujetador dejando sus bonitos senos al aire. Se hizo con ellos empezando a
sobarselos a conciencia hasta que tras un rato de hacerlo se entretuvo
pellizcándole los pezones hasta que le hizo gritar de dolor. Así continuó con
aquel tormento hasta que acercándose a su oído le susurró con enorme dulzura:
¿Te gusta putita? ¿Así que quieres que te folle? Te
voy a follar como nadie te haya follado, te lo puedo asegurar nena, ya
lo verás…..
Patricia llevó su propia mano entre sus piernas apretando su
inflamado botoncito para después pasar a meterse un dedo en su mojado coñito. Su
compañero la animaba a que siguiera haciéndolo mientras la muchacha gemía con
aquella caricia que ella misma se prodigaba.
Fóllame, vamos fóllame –sollozaba cayéndole lágrimas
de satisfacción a través de su bonito rostro.
Tras aquella invitación, Roberto introdujo un par de dedos en
el hambriento agujero moviéndolos a gran velocidad. Aquel contacto la pilló
totalmente desprevenida así que no pudo más que coger su mano ultrajante y
disfrutar con lo que le hacía. Con gran placer observó cómo volvía a aflorar
aquel líquido como el jugo de una fruta madura. La muchacha se convulsionó entre
los brazos del muchacho sufriendo el enésimo orgasmo de aquella inolvidable
tarde.
El musculoso muchacho le estiró del cabello obligándole a
incorporarse y ella apoyó las manos sobre el rugoso tronco del árbol. En ese
momento dirigió con la mano su erecto pene hacia el sexo de la joven. Le ayudó a
meterlo lanzando un pequeño lamento mezcla de dolor y placer. Una vez hubo
entrado el grueso glande, fue profundizando paso a paso en tan ardua tarea hasta
quedar completamente ensartado dentro de ella.
Patricia arqueó la espalda disfrutando de tan agradable
invitado mientras su amante se dejaba caer sobre ella aprovechando para besarle
los hombros y la sudorosa espalda. El muchacho empezó a apretar contra ella,
flexionando ligeramente las rodillas mientras echaba su vientre hacia atrás
para, a continuación, moverse y golpear con fuerza contra su deseable compañera.
Por otro lado, se recreó rozando el ardiente clítoris con sus traviesos dedos al
tiempo que le daba a probar uno de los dedos de la otra mano para que degustara
sus propios jugos.
La polla de Roberto tan pronto salía de tan caluroso reducto
como volvía a clavarse taladrándola sin compasión. Entraba sin prisa pero de
manera implacable en el sexo de ella hasta acoplarse en una lenta sinfonía de la
que ambos eran protagonistas. Aquella pareja de baile continuó follando cada vez
con un ritmo más acelerado. El apuesto muchacho separaba las redondas nalgas
para que su fiel camarada fuera entrando y saliendo de aquel conducto con
facilidad.
Dime putita, ¿te gusta que te follen fuerte? ¿Te
gusta cómo te lo hago? ¿O acaso preferírias que fuera el joven Chris
quien te la estuviera metiendo? –preguntó con voz autoritaria.
Patricia parecía disfrutar con las palabras del muchacho. Sin
embargo no respondió a las preguntas del hombre permaneciendo callada y
silenciosa mientras gozaba de aquel modo tan sublime. Giraba la cabeza a derecha
e izquierda como buscando el aire que sus cansados pulmones necesitaban. Tan
solo esperaba la llegada de un nuevo orgasmo, un orgasmo aún más abrumador que
los anteriores…De ese modo, no tardó en bramar angustiosamente diciendo:
¡Me corro….me corro otra vez! ¡Oh Roberto, es
fantástico! Ya no recuerdo las veces que me he corrido…..
El joven embistió salvajemente ingresando hasta el fondo y
saliendo casi por completo para volver a entrar en ella hasta que sus repletos
huevos golpearon contra sus nalgas haciéndola estremecer. Patricia sufrió un
orgasmo magnífico y prolongado como si varios orgasmos se unieran en uno solo.
Él se tumbó en el suelo y agarrándose la polla con la mano
apuntó con ella hacia el cielo. La sensual muchacha se puso en cuclillas sobre
él y arrebatándole con furia aquel estupendo eje lo dirigió contra la entrada de
su coño sentándose de un solo golpe encima de Roberto.
Ummmmmmmmm. ¡Es fantástico….me llena….Dios….cómo me
llena! –suspiró echando la cabeza hacia atrás y respirando con fuerza
para que sus pechos se llenaran de aire.
La polla desapareció por completo dentro de ella hasta que
los cansados testículos hicieron tope contra la muchacha. Ella apoyó las manos
sobre el velludo pecho de su amante empezando a columpiarse lentamente con aquel
devastador músculo dentro de su dilatada vagina.
El lento balanceo de aquella sensual amazona fue tomando paso
a paso mayor velocidad con el paso del tiempo. Los gemidos fueron aumentando con
cada ingreso masculino en su interior. El muchacho abandonó las nalgas de ella y
llevando las manos hacia su agujero posterior empezó a acariciárselo mientras
Patricia seguía cabalgando encima suyo. Lanzó un fuerte gruñido y con la mirada
perdida dijo:
¡Me vuelves loca cariño…me estás volviendo completamente
loca!
Roberto metió un dedo presionando sobre el estrecho anillo y
una vez se fue dilatando lo acompañó por un segundo compañero. La joven inició
un rápido galope buscando su propio placer pero también el del muchacho que tan
bien la follaba. Él resoplaba con fuerza presintiendo la proximidad del orgasmo.
De pronto emitió un fuerte aullido y, quedándose quieto, empezó a expulsar
varios chorros de semen los cuales golpearon con fuerza contra las paredes de la
bella muchacha que se corrió por última vez agitándose sobre Roberto como una
loca hasta que cayó derrumbada sobre su amante.
Cuando empezaron a recuperar el aliento notaron cómo una fina
capa de lluvia iba cayendo sobre sus cabezas así que se levantaron y con gran
rapidez fueron recogiendo las desperdigadas prendas y una vez vestidos salieron
corriendo camino del hotel…….