MI MADRE SUFRE LAS CONSECUENCIAS DE LA CRISIS
Desde los doce años aproximadamente esta idea empezó a
hacerse machacona en mi cabeza de manera molesta: "Mi madre está demasiado
buena". Desde niño había sido feliz con una madre tan bella y que me demostraba
tanto cariño. Además, como se había casado muy joven, era muy buena compañera de
juegos. Pero cuando llegué a la adolescencia la cosa cambió. Mi madre
revolucionaba las hormonas de cualquier macho. Mis amigos y compañeros de
colegio las tenían revolucionadas a tope.
Mi madre era un lujo de mujer que destilaba esencia de hembra
en cada una de sus voluptuosas formas. Su medía melena rubia era el marco
perfecto para aquellos ojazos verde esmeralda , aquellos labios, rojos,
carnosos, delicados, escuetos como boquita de piñón y aquella nariz ligeramente
respingona, aristocrática.
La arquitectura de sus 1,70 era pura voluptuosidad y morbo,
hermosos senos , casi excesivos y unas piernas que nacían de unas exuberantes
caderas , espléndidas nalgas que se adelgazaban armoniosamente hasta llegar a
los tobillos, siempre vestidas con medias, frecuentemente negras. Sus manos
blancas como su delicada piel, de largos dedos y uñas largas muy cuidadas.
Ese cuerpo se hacía evidente por la forma en que vestía:
elegante, lejos del recato y también del mal gusto. Era una mezcla de
insinuación y coquetería natural, no rebuscada. Los vestidos, blusas, sueters y
faldas, siempre ajustados y por encima de la rodilla, a veces regalando a la
vista más de la cuenta. La verdad es que ver a mi madre caminar es todo un
espectáculo. El "sube- baja" de sus portentosos glúteos, resaltados por la forma
que sus piernas toman, al andar sobre los empinados zapatos de tacón, saca los
ojos de las órbitas a más de uno.
Poco a poco se me hizo desagradable, escuchar lo que algunos
hombres le decían, como la miraban a las piernas y a los pechos, cuando íbamos
por la calle. Y los comentarios de mis amigos que se pueden resumir en una de
sus frases favoritas: "¡Qué buena está tu madre, Ricardo!". A mis catorce años
estaba hasta los cojones de oir lo buena que estaba mi madre; saber que era la
inspiración de un montón de pajas. Ser el hijo de la Tía-Buena.
Si por una parte, cada vez me molestaba más su manera de
vestir (hubiera deseado que fuera vestida casi como una monja), debo confesar
que de vez en cuando la miraba con "otros ojos" no muy filiales. Pero siempre
terminaba predominando mi condición de hijo, mi respeto y cariño.
Pero la cosa se hizo asquerosamente molesta hace un año
cuando entró en escena un cabroncete de mi edad. Se llama Eduardo y llegó a
nuestro edificio y a mi colegio por la muerte prematura de su madre. Su padre
hacía tiempo que no quería saber nada de ellos. Así que se vino a vivir con su
abuelo, ya viudo, que era vecino nuestro. Un viejo que le pegaba unos recorridos
con la mirada a mi madre, cada vez que se la encontraba, desnudándola con los
ojos.
Pues el nieto era más salido y cabrón que su abuelo. Casi
cada día debía aguantar las babosadas que decía de mi madre y las miradas que la
echaba cuando nos cruzábamos con él. Lo más fuerte es cuando coincidíamos en el
ascensor y la tenía cerca. Me llevaban los demonios viéndolo tan cera de ella y
sabiendo lo que pensaba.
Con su abuelo el trato era cordial ya que mi padre trataba
bastante con el. Mi padre era gestor de una agencia financiera y nunca pude
imaginarme hasta que punto estaba ligado a aquel viejo. Lo cierto es que llegó
la crisis económica y comencé a ver a mi padre con el gesto cada vez más
sombrío.
Desde el primer día me cayó mal Eduardo y las cosas no
mejoraron. Abundaban entre nosotros los insultos y las putadas llegando alguna
vez a las manos. Hasta que llegó el día en que, tras una discusión en la que
salió a relucir mi madre, insinuó algo sobre lo ocupada que estaba en casa y lo
bien que se llevaba con su abuelo. Era las 11,30 de la mañana y estábamos el
descanso de las clases. Por primera vez en mis quince años tuve un negro
presentimiento.
Salí de colegio corriendo hacía mi casa a la que apenas se
tardaba en llegar 20 minutos. Esta vez me sobraron la mitad. Mientras subía en
el ascensor recordaba una conversación de mis padres de la que solo percibí
algunas frases; en una le decía mi padre a mi madre que debía ser amable con el
abuelo de Eduardo. Recordaba como a mi madre no le gustó nada.
Llegué ante la puerta de mi casa y temblando del nerviosismo
introduje la llave con dificultad. Entré en mi casa y esperé oir a mi madre
haciendo algo; sin embargo lo que escuché fue una voz de hombre que provenía de
la habitación de mi madre. Al acercarme pude reconocer la voz del abuelo que le
decía todo tipo de güarradas a mi madre sin que ella dijera nada:
- Cada día me pones más caliente zorra. Me he tomado una
viagra para darte rabo durante dos horas y hacer que te corras como una perra
caliente. Te vas a enterar mamona.
El no escuchara mi madre me alarmaba; tenía que ver que
pasaba allí dentro. Recorrí toda la casa cerrando puertas y bajando persianas
despacio para no hacer ruido; asegurándome de que cuando abriera la puerta de la
habitación de mis padres todo estuviera oscuro. Una tenue luz que se veía por
debajo de la puerta me indicaba que en la habitación había una cierta claridad,
lo cual jugaba a mi favor.
Con mucho cuidado giré la manilla y abrí un poco la puerta;
la circunstancia era ideal ya que la luz provenía de la lámpara de la mesilla de
noche a la cabecera de la cama y estaba muy cerca d sus cabezas. La verdad es
que la única que podría darse cuenta era mi madre ya que el viejo estaba como
loco afanándose en metérsela a mi madre.
Ella estaba abierta de piernas, con los brazos extendidos a
los lados, aguantando las embestidas del viejo que, montado en cima de ella
entre sus muslos, se retorcía y empujaba clavando su pija en el coño de mi
madre. Mientras tanto la besuqueaba y amasaba con fuerza sus nalgas agarrdo a
ellas. Mi madre soportaba con asco la cogida que el viejo le daba. A ratos el
tipo se paraba agotado de empujar y entonces le comía la boca a mi madre o se
entretenía en chuparle las tetas. Luego volvía a bombearla con más brío.
Sin esperar al final salí de la habitación y tras dejar las
puertas y ventanas tal y como estaban antes me marché. Iba jodido y preocupado
porque en una de las veces que el tipo se había dado un descanso se le salió la
polla de la concha de mi madre y vi que se la estaba follando sin condom. Aquel
viejo cabrón era capaz de dejar preñada a mi madre. Llegué a la última hora de
clase y me tuve que aguantar la mirada de disfrute de Eduardo que adivinaba lo
que yo había visto.
Dos días después, escuchando una discusión de mis padres,
supé que mi madre se estaba convirtiendo en la puta del viejo debido a que mi
padre había utilizado parte de su dinero para pagar la hipoteca de nuestro piso,
ya que estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades: y otra parte del
dinero lo había gestionado mal. Lo que podía haber sido un pelotazo era un
desastre por la crisis económica y solo con suerte y tiempo podría recuperarse.
El viejo, que tenía otras rentas financieras, exigía los favores de mi madre a
cambio de su paciencia con mi padre que se había convertido en un cornudo
consentidor.
El tipo empezó a actuar cada vez con más prepotencia como si
mi casa y mi madre fueran suyas. Además de lo que hiciera con ella cuando
estábamos mi padre y yo fuera; no se cortaba un pelo y si le apetecía venía a
pasar el rato. Más de una tarde mientras estaba yo haciendo las tareas del
colegio llegaba el tipo y se sentaba con mi madre en el sofá, la obligaba a
enseñarle las tetas y, mientras se las estrujaba, mi madre debía hacerle una
paja con sus delicadas manos.
Pero lo más duro estaba aún por llegar. Eduardo era un
vividor y un golfo que apenas estudiaba. Si embargo cuando nos dieron las
calificaciones de la tercera evaluación aquel cabrón que siempre suspendía dos o
tres, había aprobado todas las materias e incluso había sacado alguna buena
nota. El muy cabrón me dijo que su abuelo le había prometido un buen regalo si
se esforzaba. Al finalizar las clases le entregó al tutor un justificante
firmado por su abuelo de que al día siguiente no podía venir a clase. Yo intuí
lo que aquello podía significar y al día siguiente no fui a clase. Me quedé
escondido en la escalera de mi edificio.
A eso de las 10,30 de la mañana escuché como Eduardo llamaba
a mi puerta y mi madre lo recibía.
- Buenos día Señora, me ha dicho mi abuelo que quería verme.
El hijo de puta se cachondeaba encima. Esperé a que empezaran
y se distrajeran y entré en casa. Los ruidos venían de la cocina. Me asomé con
cuidado para descubrir como Eduardo le ofrecía a mi madre su verga para que se
la chupara. Ella estaba medio desnuda con sus tetas al aire, sentada en una
silla, comiéndole la "chota" al tipo con ganas.
Tenía las piernas abiertas, ya desprovista de tanga.
Ofreciéndome una vista impresionante de su concha depilada. A pesar de el coraje
que me dio, la pija se me puso dura. El desgraciado no aguantó mucho y se corrió
en el cuello y en las tetas de mi madre que si se descuida se traga su leche.
Pero Eduardo quería más así que obligó a mi madre a que se pusiera su pene entre
las tetas y le hiciera una cubana; la verdad es que mi bulto estaba a reventar y
comencé a masturbarme.
Cuando la tuvo dura le dijo a mi madre que se tumbara sobre
la mesa de la cocina, la abrió de piernas y se la clavó. Estuvo dándole un buen
rato mientras le amasaba las tetas y le estiraba los pezones. Luego le dijo se
quería darle por detrás y mi madre puesta de pie se dobló sobre la mesa y él se
la metió desde atrás mientras le magreaba las nalgas. Fueron dos pajotes los que
me hice mientras el tipejo se la trajinaba por delante y por detrás amasando sus
nalgas y estrujando sus tetonas. Después de un buen rato en que el mamón cada
vez se cimbreaba más rápido le descargó dentro su lefa.
Yo estaba jodido por ver la degradación de mi madre y por no
haberme podido contener. Y aquello no se detenía. El abuelo había encontrado una
manera de estimular a su nieto y manejaba bien el asunto. Eduardo de momento no
volvió a follarse a mi madre. Sin embargo el viejo le permitía venir a mi casa
alguna de aquellas tardes en que mi madre con las tetas al aire se la chupaba o
masturbaba al abuelo. Hubiera preferido que fuera mi madre a su casa pero se ve
que el viejo nos quería putear por lo que mi padre había hecho.
Cuando ellos venían yo no salía de mi cuarto para no darle el
gusto al hijo puta de Eduardo de verme la cara; pero dejaba la puerta
entreabierta para escuchar y me pajeaba imaginando lo que mi madre estaba
haciendo.
Por su parte el muy cabrón empezó a decir a sus amigos que mi
madre era una calentona que le gustaban los chicos jóvenes y que estaba
empezando a enrollarse con ella.
Después de la cuarta evaluación sabía que los buenos
resultados de Eduardo tendrían su recompensa. La mañana en que a primera hora no
se presentó en clase supe lo que le esperaba a mi madre. A penas terminó la
clase salí como alma que lleva el diablo. Lo que me encontré fue más duro.
Apenas entré en casa escuché los chillidos de mi madre:
- Nooooo!! ¡Basta por favor! ¡Sácala, te lo suplico!
Cuando pude abrir la puerta de la habitación vi a mi madre
tumbada boca abajo sobre la cama mientras Eduardo enterraba su pija entre sus
gluteos. Aunque no se distinguía bien era claro que la verga del desgraciado
estaba penetrando por el estrecho agujero del culo de mi madre. Además el tipejo
se abrazaba a ella agarrándole las tetas hasta hacerle daño, apretándoselas con
fuerza cada vez que la embestía.
Mi madre se aferraba a las sábanas gimiendo de dolor mientras
él la mordía el cuello y le decía:
- Te voy a hacer un buen agujero para que al abuelo no le
cueste trabajo romperte el culo.
A pesar del dolor de mi madre, salí de la habitación y me
masturbé recordando lo que acababa de ver. El pervertido se la volvió a coger
otra vez por el culo. Volví al colegio sabiendo como se reiría de mí al día
siguiente.
Luego el abuelo siguió con su estrategia y hasta fin de curso
Eduardo no se la volvió a follar; aunque se hartó de pajearse delante de mi
madre mientras su abuelo disfrutaba de las tetas y las mamadas de mi madre.
Las vacaciones de verano no fueron muy duras ya que las
cogimos en meses distintos y ahí tuvimos un alivio.
Pero lo peor estaba por llegar. Empezado el nuevo curso había
elecciones para delegado de clase; Eduardo quería ser el elegido y hacerse el
puto jefe. Cuando me lo contó mi amigo Carlos me quedé de piedra:
- Nos ha reunido en el patio a casi todos los de la clase y
nos ha dicho: "Os gustaría meterle mano a la madre que esta mas buena de todo el
colegio ¿verdad? Pues si me elegís delegado podreís hacerlo con la madre de
Ricardo"
Evidentemente muchos le dijeron:
-No te lo crees ni loco.
- Mañana a la salida de clase abrir bien los ojos ¡
Gilipollas!
Aquello fue penoso para mi. Al día siguiente mi madre estaba
a la puerta del colegio esperando con la falda más corta que tenía. Eduardo se
acercó a ella y comenzaron a caminar. Yo me puse al lado pero fue inútil; el se
situó al otro lado de ella y comenzó a tocarle el culo mientras íbamos para
casa. A veces la agarraba de la cintura y otras le echaba la mano por encima del
hombro. Mi madre iba muerta de vergüenza.
Aquella demostración fue suficiente para que saliera elegido
delegado aunque muchos no acabaran de creer en su promesa. Pero él estaba
dispuesto a hacerse el puto jefe de la clase y, para mi pesar, cumplió lo
prometido. Solicitó una excursión cultural de la clase eligiendo para
acompañarnos al profesor de matemáticas que era un pitagorín despistado e
ingenuo se invitó a mi madre. Cosa que era habitual con los miembros de la
Asociación de padres.
Empezado el viaje, tras una media hora, los chicos se las
arreglaron para montar una historia, y mi madre, fingiendo ser la mamá
simpática, se fue hacía atrás del autobús y se sentó en un asiento de la
antepenúltima fila para no llamar demasiado la atención.
Tres o cuatro de la clase se encargaron de tener entretenido
al profesor y la "cosa" empezó. Me obligaron a sentarme en la misma fila al otro
lado del pasillo para encubrir mejor lo que iba a ocurrir.
Mi madre ya había pactado con Eduardo lo que debía hacer.
Mientras un chico se sentaba en el asiento de al lado, ella se subía la falda
hasta la cintura y se bajaba el tanga. Todo su chochazo y sus piernas abiertas
quedaba a la vista del muchacho. Luego se desabotonó la chaquetilla que llevaba
puesta y se subíó el sueter hasta el cuello. No llevaba sujetador y sus tetonas
quedaron a la vista. Los chicos que iban en las dos filas por delante se volvían
y reían con los ojos desorbitados.
Mientras, mi madre le indicó al chico que se sacara la polla
y comenzó a pajearlo mientras él, vuelto hacia ella comenzó a sobarle las tetas,
los muslos y la concha. En poco más de 5 minutos se corrió. Alguién trajo unos
papeles de periódico y los puso en el suelo y en el respaldo del asiento
previendo el charco que se iba a hacer.
Y así uno detrás de otro todos los chicos de la clase iban
sentándose al lado de mi madre para magrearla y pajearla mientras ella les hacía
con su delicada mano un tremendo pajote. En las dos horas y media que duró el
trayecto mi madre les dio satisfacción a todos, excepto a mi.
Luego durante la visita cultural y la comida se le acercaban,
le metían mano y la magreaban como podían. Bien calientes todos esperaban su
desahogo a la vuelta.
Para ello idearon un sucedáneo de penetración.
Esta vez yo me tuve que sentar en el asiento que está al lado
de la escalera de bajada del autobús en la parte trasera. Empezado el trayecto y
montada por mis compañeros una "movida" de distracción y diversión, mi madre se
acercó a la escalera y se puso de pié en el peldaño de abajo. Se levantó la
falda hasta la cintura y se sacó las tetas al aire. Su cabeza quedaba a mitad
del respaldo de los asientos delanteros. Estaba perfectamente oculta para el
retrovisor del conductor.
Llegó el primer chico y ella se inclinó hacía adelante
apoyando sus manos en el respaldo del asiento de adelante. El muchacho se
desabrochó los pantalones y se bajó hasta las rodillas su slip. Se agarró a sus
tetas por detrás y apretó su pene contra sus nalgas, comenzando a restregarse. Y
así estuvo amasando sus tetas y restregándose hasta que se corrió.
En seguida se colocó de la misma manera otro chico que optó
por meter su polla entre los muslos de mi madre; moviéndose mientras ella los
apretaba, como si la estuviera penetrando. No tardó mucho en correrse.
Poco a poco las nalgas y la parte interior de los muslos de
mi madre se llenaron de la lefa de los chicos, pero a ninguno le daba asco
frotarse contra ella mientras le estrujaban las tetas. Al final cuando se corrió
el último, se limpió como pudo y se sentó, aunque por breve tiempo, ya casi
habíamos llegado.
Desde ese día me recuerdan a diario lo buena que está mi
madre. Me siento una mierda. La crisis económica va a durar; el viejo se follará
en mi casa a mi madre cuando quiera, Eduardo seguirá teniendo su recompensa cada
evaluación y seguramente al próximo año, si mi padre no hace algún "milagro", mi
madre tendrá un papel relevante en la reelección de Eduardo. Está muerta de
vergüenza y no ha vuelto a ir por el colegio; yo también, pero tengo que ir
todos los días.
Eso si, auque luego siento un enorme remordimiento, me hago
unas pajas increíbles recordando todo lo que he visto hacer a mi madre.