Ha pasado ya 20 días desde que entré de lleno en mi "nueva
doble vida", pero no he podido salir en las noches del al última semana por el
exceso de trabajo en la oficina,… y estoy a punto de explotar. Necesito con
urgencia una verga destrozándome por dentro. Podría, pienso, no sé,… o
proponerle o seducir a alguno de mis compañeros de trabajo, pero desisto de
siquiera intentarlo; alguno de los muchachos de la oficina me parecen
atractivos, pero,… en realidad no le abriría las piernas a ninguno,… a menos que
me abordasen en una esquina oscura, y no yo como Vivianita, la secretaria de
Recursos Humanos, sino como Sheyla, la puta.
Afortunadamente ya había logrado zafarme de mis compañeras de
la oficina: Camucha y Rita habían desistido de tratar de sacarme todos los fines
de semana para "olvidar a Rodrigo"; mis escapadas a solas, las supe disimular,
haciéndoles creer que salía yo con alguien, así que ahora recorría a mis anchas
las calles de madrugada, conociendo con mis clientes, nuevos hoteles, hostales y
tugurios de todo tipo: ya no necesitaba para excitarme, vestida como puta, las
cuatro paredes de mi depa: tenía las calles de una enorme ciudad para disfrutar
a mis anchas, del placer de ser comida con los ojos, por desconocidos que
babeaban viendo mis carnes casi completamente expuestas y disponibles para todos
ellos: sus miradas lascivas, sus expresiones vulgares referidas a mí, bastaban
para mojarme casi por completo.
No dejé de leer los clasificados para adultos del diario,
para masturbarme a solas: me servían mucho –aparte del goce solitario-, para
darme nuevas ideas para disfrutar de mi nueva vida. Ahora más bien jugaba con mi
clítoris leyéndolos, a la vez que ponía una peli porno en la tele: mi colección
personal ya estaba creciendo casi día a día. Un jueves, mojando mi entrepierna
con una de ellas, veía detenidamente –y gozando-, una en la cual a una tipa le
daban por el culo a la vez que a otro tipo se la chupaba con desespero; en ese
momento recordé que habían cosas pendientes con respecto a mi "oficio": mi ano
seguía siendo virgen y no le había chupado la verga a nadie aún –ni cuando tuve
enamorados-; el ver a esa mamona, gimiendo de cuando en cuando, y gritando de
loco placer con cada embestida de esa poderosa verga, clavándosele en el ano, me
hizo decidirme: mi próxima salida sería dedicada exclusivamente a estrenar mi
agujerito. Mientras seguía viendo la performance de la actriz porno, una mirada
al diario me dio la idea: dos noticias llamaron mi atención. La primera,
reseñaba sobre operativos del ministerio público, en cantinas del puerto. La
segunda, anunciaba el arribo, también al puerto -el sábado-, de un buque de la
Marina de Guerra; la sola imagen me sacudió en un terrible y potente orgasmo,
¡entregarle mi culo, cual puta burdelera, a uno o más de esos marineros,
excitados hasta el salvajismo, tras meses de no tocar mujer!,… no tardé casi
nada en explotar en un orgasmo tremendo!!; aquella noche no pude dormir: mis
sueños eran de puros brutos vestidos de blanco, arrancándome la ropa,
violándome. El viernes debo haber sido insoportable en el trabajo; estaba yo de
un genio de los mil diablos, por que no podía yo hacer nada más que esperar que
pasase el tiempo.
Finalmente llegó el sábado y yo estaba como loca, recorriendo
mi depa de lado a lado: mientras veía el sol ponerse, repasaba una y otra vez mi
apariencia: quería que "Sheyla", se viese espectacularmente puta esa noche. Tras
probarme una y otra cosa, finalmente me decidí: utilizaría esa noche un vestido
entallado, de una sola pieza, color verde, de tiritas – mismo color de mis
lentes de contacto-, con un escote que llegaba hasta casi el ombligo, y abierto
a media espalda; así podría mostrar una teta con un pequeño tirón,… o las dos a
la vez. La micro minifalda del vestido casi no cubría la mitad de mi culo goloso
y próximo a ser rematado al mejor postor, así que agregué a mis escasas prendas
un hilo dental negro y unos zapatos de taco aguja, con tiritas de cuero que se
anudan hasta los tobillos; todo eso aunado a mi cuerpo casi desnudo, con unos
toques de brillo aquí y allá, mi peluca larga y negra, uñas postizas largas,
sombras y rímel sobrecargado, me daba la pinta perfecta para que esos marinos se
me echasen encima.
Llegadas las 9, salí a la calle: estaba tan excitada que ni
siquiera tomé la precaución de ser discreta; probablemente mis vecinos se
percataron de mí. Tomé un taxi al vuelo, y tuve que convencer al taxista –con
una buena paga-, de llevarme directo a los barrios más peligrosos del puerto;
tuve que, disimuladamente, secar mi entrepierna con pañuelos de papel más de una
vez, durante el largo trayecto: así de excitada me encontraba. Tras solicitarle
algunos datos al taxista, finalmente me dejó en una cantina donde las putas sin
"territorio", pueden pescar clientela sin peligro (no tenía yo la intención de
acabar esa noche en una pelea de putas, como a veces suele suceder, por la
propiedad de las esquinas); el taxista se marchó, tras prometerme que vendía más
tarde,… apenas reuniese trabajando, dinero suficiente: para él, yo era puta
cara. La cantina en cuestión no podía ser de lo más decadente: un ambiente sucio
y ruinoso, abarrotado de mesas, con humo del techo a la mitad, apenas decoradas
las paredes con fotos de revistas porno viejas, y una vetusta rocola que, apenas
con fuerza, soltaba boleros de esos que "son para cortarse las venas"; era un
ambiente realmente excitante para mí, pero lo mejor era la clientela: todas las
mesas estaban llenas de marineros rudos y apestosos de alcohol, riendo, con
putas sentadas en sus piernas, palmeándolas al verlas pasar, riendo como
descosidos.
Temblando como una hoja –de la excitación-, me acerqué a la
barra de la cantina y pedí ron: tomando mi copa, recogí sensualmente una pierna,
sabiendo bien que esos tipos (todos en la cantina), me miraban, deseándome; mi
pezones se erectaron sin remedio: estaba yo a mi, ansiosa de ser abordada por
quién sea. De pronto, una putilla muy joven, que estaba en la barra junto mío,
me pasó la voz:
- Oye, amiga: esos dos quieren con nosotras –me dijo,
apuntando a la mesa de enfrente: estaba sentados ahí dos marineros-, ¿vamos?,…
¡Que si voy con ella!!; como estaba de caliente, hubiese
aceptado pagarle a uno de esos tipos por que me coja. Es así que "Sheyla" (o sea
yo) y "Rubí", nos sentamos a la mesa con esos tipos, los cuales me eran
completamente apetecibles: no recuerdo sus nombres (casi nunca recuerdo cómo se
llaman mis "clientes"), eran marineros: servían en el buque insignia de la
armada (al parecer, eso les enorgullecía); uno era bastante joven, apuesto, de
pelo cortado al mínimo, cuerpo musculoso, ojos cafés y nariz partida; el otro,
mucho mayor, solo puedo describirlo como "cuadrado": piel bronceada, tórax
cuadrado, como de piedra, manos cuadradas y gruesas, rostro cuadrado y mirada
lasciva,… mmm,… me excitaba cómo me miraba, clavándome sus ojos, como si me
quisiera violar ahí mismo. Riendo, bebiendo, bailando y disfrutando las caricias
del marinero de más edad, pasamos las horas: aquellos tipos vaciaban botella
tras botella de licor a una velocidad alarmante; yo por mi parte, vaciaba al
instante cualquier trago con el que llenaban mi vaso; quería que me hiciesen
gritar como una cerda ya!, pero ellos preferían algo de conversación y
distracción, antes de ir a un hotel. Cada vez que el marino recorría mis muslos
con sus manos ásperas, sentía yo que me venía, y no era para menos: sus risas
estruendosas me estremecían por completo. Como no soy de buen beber, al poco
rato ya la cabeza me daba vueltas, y ahí descubrí otro motivo de disfrute
intenso: cuando debía yo ir al baño, desfilaba para todos los brutos esos,
quienes sin ningún temor, me soltaban a boca de jarro los "piropos" más soeces
que yo jamás había escuchado, haciendo con eso que el cuerpo me ardiese;
asimismo, mientras las otras putas del lugar, les soltaban a ellos bofetadas
ante la más mínima caricia, yo por mi parte me dejaba tocar: cada paso mío
camino al baño equivalía a seis u ocho manos rudas, cogiéndome le culo, las
piernas, la raja, las tetas, haciéndome gozar como loca; en el baño, otras putas
cogían con otros tantos marinos, pegadas a las paredes, dándome un delicioso
espectáculo mientras estaba ahí, para luego volver a disfrutar, con mi paseo de
vuelta a la mesa: aquella morbosa y placentera pasarela de manoseos, la repetí
más de una vez, y muchas sin necesidad verdadera.
Pero había algo más: en la mesa de junto, dos marineros no me
despegaban la mirada ni un instante. Eran dos negros, altos, enormes, de mirada
dura, ambos con las camisas abiertas de par en par, mostrando tatuajes y
cicatrices. Sus miradas lascivas, acompañadas por una sonrisa, algo así como
maléfica, me estremecía por completo; borracha como estaba, meneaba mi culo
frente a ellos, para luego sentarme y, por efecto de mi diminuto vestido
mostrarles mi culo, y mi hilo dental. Estábamos tan cerca, que ellos podían
escuchar nuestra conversación,… y yo, sentir su respiración en mi nuca, mmmm,….
Tomando la última copa, Rubí estaba sentada en las piernas de
muchacho, con las tetas al aire, riéndose escandalosamente, mientras él le lamía
los pezones frente a todos; yo por mi parte, disfrutaba como loca mientras el
otro marinero hundía su manaza entre mis piernas, mientras me besuqueaba le
cuello con desespero. Fue entonces que nos dijeron lo que deseaban: que los
cuatro nos fuéramos a un cuarto de hotel, a hacer una pequeña orgía; Rubí habló
por las dos, proponiéndoles un precio: para mí daba igual, ya que eso no me
interesaba. Los marineros accedieron al monto estipulado:
- …Pero con todo, ¿no? -, preguntó entonces el marino de
mayor edad.
- Todo lo que quieras papito, menos anal – le replicó la
chiquilla-, yo te hago lo que quieras, pero no por el culo: si quieres metérsela
a alguien por ahí, búscate un maricón,…
- …Yo sí lo hago,… -solté yo entonces, en medio de mi
borrachera y mi excitación-, y estoy para estrenar,…
¡Para qué dije eso!, no pasó ni un segundo, y los dos
negrazos de la mesa de junto, saltaron de sus asientos como de un resorte: uno
de ellos, el más alto, se me abalanzó y de un tirón, me tomó del brazo,
haciéndome poner de pie.
- ¡Yo me la llevo!!-, dijo con su voz tronante.
- ¡Oye!, ¿qué te pasa? –apenas dijo mi acompañante-, ¡ella,…!
El vaso que llevaba en la otra mano estalló en la cabeza del
marino mayor en un instante, ¡el otro negro la emprendió a puños contra le
muchacho, armándose una bronca: SE ESTABAN PELEANDO POR MI CULO!!!; yo estaba
como ida y realmente excitada; ni en mis más locos sueños había yo imaginado que
podría descontrolar a los hombres de esa manera. Por unos instantes yo fui como
una muñeca de trapo, zarandeada de un lado a otro, hasta que sin saber cómo, me
hallé fuera del bar, en la calle, siendo arrastrada por ese marino bruto e
inmenso y su compañero, a los cuales apenas les llegaba yo a la altura del
pecho: estaba aterrada, pero dichosa de que esos machos me llevasen casi en
vilo, cual trofeo, hacia donde ellos quisiesen.
- Vamos al descampado -, me dijo el que me tenía prendida,
mostrándome todos los dientes, y como si yo supiese qué sitio era ese.
No tardamos mucho en llegar: tras recorrer varios callejones
oscuros, llegamos al descampado: era un espacio abierto, lleno de chatarra de
barco, y que estaba entre el barrio del puerto y las fábricas del cercano
distrito industrial. Corría un viento helado, pero a esos dos no les importaba:
estaban borrachos a más no poder; yo por mi parte, ni sentía frío, al
encontrarme a la vez muy asustada,… y terriblemente excitada. Casi no hablamos:
el negro que le rompió el vaso en la cabeza la tipo con el que tomaba, me tendió
su mano inmensa, mostrándome un montón de billetes: era mi paga si en verdad yo
era virgen por el culo (después averigüé que me dió como un mes completo de su
sueldo); tomé los billetes temblorosa, tras lo cual no tuve tiempo a nada. Con
su fuerza brutal, me dió media vuelta y de un empellón, me hizo caer de bruces
al suelo terroso; mientras escuchaba cómo se reían los dos, mientras se quitaban
las camisas y se desabrochaban los pantalones; yo apenas pude voltear a verlos,
inmovilizada del pánico.
Por un momento quise correr, pero no pude: apenas hice el
ademán de incorporarme, el negrazo ese apoyó sus manos en mis caderas, y con
todo el peso de su cuerpo, me aprisionó firmemente contra el suelo. Con un
movimiento de pulgares, alzó mi falda hasta mis caderas, dejando al aire mi culo
tembloroso; de un zarpazo certero, tiró de mi hilo dental para atrás; ¡grité de
dolor, al sentir el ardor de la fricción de la prenda, sacada tan
violentamente!!; en ese momento, en que la borrachera desapareció por completo,
pensé en rogarles que se detuvieran, pero no había ya marcha atrás: se me
saltaron las lágrimas al sentir dos dedazos del marinero, completamente
ensalibados, metiéndoseme por el ano, con vehemencia, como queriendo lubricar
hasta el fondo de mi conducto así violado.
- ¡Jejeje!, oye, ¡si era virgen por el culo!, ¡jajaja!!! -,
le dijo a su camarada, mientras seguía metiéndome sus dedos dolorosamente.
En eso se entretuvo un buen rato, riéndose al verme tratando
de empujar con mis pies, tratando de avanzar, alejarme de sus dedos,… pero
valgan verdades, poco a poco sentía cómo me embargaba un extraño y cada vez
delicioso placer, que me adormecía las piernas, al sentir sus gruesos dedos,
explorando mi estrecho conducto. Mi conchita se iba mojando sin remedio cuando
el dolor comenzó: usando sus dos pulgares, me separó por completo las nalgas,
hasta un punto en que pensé que me rasgaría, para luego colocar la inmensa
cabeza de su pene en mi ano enrojecido, ¡grité como nunca en mi vida, al sentir
su grueso aparato entrando!!!; ¡era horrendo el dolor que sentía, con cada
centímetro de su tranca metiéndoseme, desgarrándome por dentro en varios puntos
a la vez!!!. Solté a llorar como una niña, chillando, resoplando,… hasta
pidiendo por mi mamá, mientras el negrazo se esforzaba por meterla por completo,
mientras mi rostro estaba inundado de lágrimas.
Una vez que logró ensartarme hasta sentir el golpe de sus
bolas, el marinero se prendió de mis tetas, atenazándolas hasta hacerme doler,
hundiéndome sus dedos, par a continuación dar inicio a un violento mete-saca,
¡quería gritar: ME ESTÁN VIOLANDO, ME ESTÁN VIOLANDOOOO!!!!,… pero de mi
garganta solo salían salvajes jadeos, quejidos de puro y enfermo gozo, mientras
que comencé a babear, sintiendo a la vez que me estaba matando, y la llegada de
un brutal orgasmo, que se cortaba de pronto, convirtiéndose en ardor por dentro,
con cada embestida de ese animal. Era una sensación extraña, pero placentera: no
sentía mis piernas, una sensación de ardor por dentro, la sensación de estar a
punto de evacuar sin remedio; una "bola" mitad jadeo, mitad quejido, que se me
atragantaba en la garganta,… una sensación de gozo indescriptible, y a la vez,
como que me revolvían las entrañas por dentro,… todo junto.
- ¡Te gusta que te den por el culo!!!, ¿no puta? –me dijo
entre jadeos el marino, sin parar de clavarme.
- ¡Ahhhhggggg!!!,…. ¡seeeeee!!!!,… -apenas le respondí, casi
inconsciente, con un sonido gutural, que en nada se parecía a mi voz-,…..
seeeeiii!!!!,…. ¡maaaaaásss!!!!,…
No paraba yo de llorar mientras ese bruto me desvirgaba el
ano de una manera tan dolorosamente deliciosa: su inmensa tranca la sentía yo
desde el ano hasta la cabeza,… y esa sensación me encantaba. Sentía que los ojos
de me volteaban sin proponérmelo, con cada salvaje penetración, mientras que mis
lágrimas y mis babas se convertían en lodo en mi rostro, cada vez que ese negro
me tomaba de los cabellos y me enterraba la cara en el suelo, gozando con
violarme así; tardó muchísimo en terminar; hasta tuve tiempo de maldecirlo
mentalmente: le maldecía por no haberlo conocido antes; me estaba enamorando de
esa inmensa verga que me estaba rompiendo el culo. Cuando finalmente descargó su
lechada dentro mío, haciéndome gritar como una salvaje, al sentir cómo abrasaba
mi herido conducto, ya estaba yo obnubilada con su sudor que inundaba mi
espalda, con su aroma ácido y penetrante en extremo. Cuando su enorme aparato
salió de dentro de mí, temí que la marea de sangre y semen que brotaba de mi
agujero muy dilatado, fuese preludio de perder en ese instante total control
sobre mi cuerpo. El negro mientras tanto se reía, guardándose ese aparato divino
en sus pantalones, e invitando a su amigo a que disfrute de mi agujero: estaba
hecha polvo, sin fuerzas para hablar, pero quería más,… mucho más.
Ya con mi agujero dilatado y húmedo al extremo, la verga del
segundo negro (eran muy similares en tamaño: enormes), se introdujo con
facilidad dentro de mí; excitado como estaba al ver a su amigo desvirgar mi ano,
el segundo marinero me empezó a penetrar con loca desesperación; era delicioso
prolongar toda esa marea de sensaciones, y a pesar que apenas tenía yo fuerzas
para nada, este segundo "cliente" me hizo gozar como loca, al clavarme con
fuerza su aparato, mientras me vejaba como a mí me gusta:
- ¡Levanta el culo, puta!!!-, me ordenaba de cuando en
cuando, y yo le obedecía a pesar que ya no daba más-, ¡mueve le culo, perra!!!,…
Duró menos que el segundo, pero no por eso fue menos
placentero. Cuando se aprestaba a descargar su verga dentro de mí, se prendió
también de mis tetas con fuerza, para luego clavarme los dientes en la nuca,
firmemente, pero sin hacerme doler: ¡me sentí como una gata callejera, prendida
así por su gato semental, impidiendo que escape!!!; el orgasmo que tuve al
terminar el negro dentro mío fue una sucesión de varios, y duró varios minutos;
no fuñe el único que tuve: cuando su amigo me desvirgó el culo, yo ya había
creado un charco alrededor de mi concha; dada la inmensa cantidad de mis jugos
que descargué, desde que esos dos hicieron lo que les vino en gana conmigo.
Bañada en semen hasta las rodillas, tirada en el suelo, sucia de barro y semen,
y sin poder ponerme en pie, ahí me quedé: los dos marineros conversaban entre
ellos mientras se vestían, sin importarles mi persona; me habían pagado, me
habían usado y ahí me dejaban, como cualquier cosa,…. mmm,… eso es lo que me
encanta más en el mundo. Al rato se fueron sin más, cantando cancioncillas
obscena, muertos de la risa. Por la gorra de sus uniformes, sé en qué buque
están destacados, pero eso no lo compartiré con ustedes, chicas.
Tardé buen rato en ponerme de pie: las piernas no me
respondían. Ya casi amaneciendo, me limpié lo mejor que pude y salí del
descampado; afuera en las calles del puerto, las putas estaban en sus esquinas
esperando al último cliente de la noche; yo caminaba como una ebria, sin poder
mantenerme en pie. Ellas se burlaban de mí, viendo mi vestido sucio de lodo, con
un manchón enorme se semen pegoteado atrás, y un hilito de sangre recorriendo la
parte posterior de una de mis piernas, pero no me importaba: había gozado con mi
primera experiencia anal. Tardé buen rato en conseguir un taxi, y al llegar a
casa, caí rendida: tuve que pedir libre el lunes en la oficina: aduje que estaba
resfriada. Los moretones de los dedazos de ambos en mis senos tardaron tiempo en
desaparecer; de día era fácil ocultarlos, pero en mi otra "vida",…
Igualmente, por varias semanas, mi lacerado agujero me hizo
recordar a esos dos salvajes marineros, cada vez que iba yo al baño:
inexplicablemente, en esos días, como ahora, ese tipo de dolor, más bien me sabe
a un delicioso placer.
(CONTINUARÁ,…)