Abrió los ojos.
Durante unos segundos intentó ubicarse pero se sentía
desorientada.
Miró hacia su izquierda, no reconocía la habitación en la que
se encontraba, un intenso dolor de cabeza y un zumbido en los oídos le recordó
que se había pasado con las copas.
En pocos segundos se situó; estaba en una cama extraña, el
calor de la calefacción no evitaba que se sintiera destemplada al estar desnuda
y sin cubrir. Su cuerpo salía del letargo y comenzó a enviarle señales, notó
zonas de su piel endurecida por el sudor seco, una sensación de humedad viscosa
le llegó de su coño que percibió dilatado, rezumaba un flujo espeso que mojaba
el interior de sus muslos y se deslizaba pesadamente entre sus nalgas empapando
la sábana que se pegaba a su piel. Una molesta irritación en su ano convirtió su
preocupación en alarma. A su lado, percibió una respiración acompasada y un
penetrante olor masculino que reconoció. Sobresaltada se volvió a mirarle.
Carmen comenzó a recordar; La comida de empresa de Navidad,
esta vez en la mesa de dirección, alejada de sus compañeros con los que otros
años compartió bromas y charla y que este año le dirigían miradas inquisitivas
que le hacían sentirse el centro de todos los comentarios. Luego la copas, las
conversaciones con los socios, siempre acompañada de Roberto al que tuvo que
plantar cara varias veces para que no la pusiera en evidencia delante de todos
con sus mal disimulados magreos.
¿Cómo había acabado allí? No recordaba que el restaurante en
el que se había celebrado la comida estuviera en un hotel, porque aquello era
evidentemente la habitación de un hotel.
Mientras intentaba reconstruir los hechos que la habían
conducido a aquella situación, la mano que descansaba pesadamente sobre su pubis
se desplazó hacia abajo y uno de los dedos comenzó a hundirse entre sus labios,
instintivamente pensó hacer algo para evitarlo pero comprendió que ya carecía de
sentido, no tenía ganas de moverse y le dejó hacer; el dedo se movía despacio,
hurgando entre sus labios cerca del clítoris y apenas le molestaba.
Como en un fogonazo las imágenes se presentaron en su mente,
mezcladas, confusas, sin un orden fijo; Se acordaba de un ancho pasillo, ella
iba del brazo de Roberto, intentando caminar recto y ahogando la risa etílica
que le producía su inestabilidad; Luego, besos en el ascensor, besos que aceptó
sin que le provocaran el rechazo de otras veces; se vio a si misma protestando
por aquella mano que le había bajado el tirante del vestido y descubría su pecho
izquierdo arrastrando la copa del sujetador, recordó que en aquel mismo
instante, atrapada contra la pared del ascensor, decidió sorprenderle y cuando
se abrieron las puertas dejó su pecho desnudo y salió al hall, la emoción del
riesgo disparó su morbo, mas aun cuando escuchó a su espalda la sorpresa ante su
audacia expresada en un "¡pero qué puta eres!"; El alcohol le hacía sentirse
libre, completamente desinhibida, quería acabar con aquella imagen de estrecha
que suponía que Roberto tenía de ella; Caminaba con su pecho desnudo guiada del
brazo por el mal iluminado pasillo hacia una habitación, deteniéndose a cada
tramo para dejarse besar por Roberto que aprovechaba para manosear su pecho cada
vez con más intensidad.
La detuvo delante de una habitación y Carmen le esperó
apoyada en la pared mirando cómo introducía la llave en la cerradura; Al
traspasar la puerta Roberto la atrapó, sus manos nerviosas bajaron la cremallera
del vestido y lo hicieron caer al suelo, tuvo que sujetarse en los hombros de él
para mantener su precario equilibrio y poder levantar un pie y luego otro
dejando el vestido arrugado en el suelo, de nuevo la risa brotó incontenible por
su cómica inestabilidad; No le importaba, nada le importaba, se sentía fuera de
toda norma; Recordó una intensa emoción al despojarse del sujetador frente a su
jefe, esta vez era suya la decisión de desnudarse; Enseguida la sensación de
aquellas manos hambrientas apretando sus pechos y la falta de delicadeza al
bajarle el tanga; Luego, como en una nube, se sintió transportada hasta la cama
y, al caer en ella, aquella sensación de inestabilidad provocada por el alcohol
se convirtió en un profundo mareo; Parecía hundirse hacia atrás como si
deslizase por una acusada pendiente cada vez con mayor velocidad al mismo tiempo
que sentía lejanamente como Roberto separaba sus piernas y hurgaba en su coño
antes de comenzar a penetrarla sin más preámbulos, en ese momento temió sentir
dolor, siempre necesita unos preliminares que la exciten y la ayuden a dilatar,
por eso le extrañó estar tan lubricada que apenas le costó recibirle en su
interior; Notó, eso sí, la forzada dilatación de su coño al recibir un grosor
mayor del esperado aunque no le llegó a doler gracias a su ebriedad.
Roberto comenzó a moverse y Carmen detectó los estímulos que
le recordaban que aquella polla no era la mía, otra forma de moverse, una mayor
longitud que rozaba zonas muy profundas de su útero, una curvatura distinta que
frotaba con más intensidad la cara superior de su vagina… Roberto la besaba
mientras ella pasivamente abría la boca ante la presión de la lengua invasora;
poco a poco su cuerpo fue reaccionando y sus muslos se movieron solos hasta
rodear la cintura de su jefe, su coño, obligado a adaptarse al diámetro de
aquella polla le hacía sentirse llena, Roberto se movía vigorosamente en su
interior provocando los primeros brotes de placer, sus brazos acariciaron la
espalda de su amante mientras éste besaba su cuello disparando la incontrolable
excitación que esa caricia siempre le provoca.
Pensó que ya estaba hecho, ya no tenía sentido mantener
aquella ansiedad tan agotadora que la había dominado durante los últimos meses;
se sintió relajada, por primera vez en mucho tiempo podía bajar la guardia,
Roberto bombeaba con fuerza y ella se sentía por fin tranquila, sin temor, sin
tensión, apreciando la novedad de follar con otro hombre. Se sorprendía de su
reacción pero no la juzgaba, pensó que aquello no era tan malo, estaba
sucediendo y no era tan terrible como había supuesto, a partir de ahora sabia
que aquello formaría parte de su vida, un polvo cada cierto tiempo con su jefe,
al menos ya podía descansar y dejar de luchar.
Los demás recuerdos eran borrosos, se sumió en una especie de
letargo mientras recordaba dedos en su interior, besos por todo su cuerpo, manos
que la acariciaban en lugares en los que solo yo lo había hecho; Notó de nuevo
un escozor en su ano y eso le trajo el recuerdo de la desagradable presión de
dos dedos que acabaron por penetrar sin mucha delicadeza cuando la follaba desde
atrás.
Mientras todas estas imágenes la ponían al corriente, Roberto
había seguido acariciando su clítoris y los primeros signos de placer comenzaron
a aparecer, se sentía como fuera de su cuerpo, como si estuviese presenciando
una escena en la que no era la protagonista. Roberto giró hasta situarse encima
y Carmen respondió como estaba acostumbrada a hacer conmigo: rodeó su cuello con
sus brazos y flexionó las piernas para recibirle, la estaba besando y ella
respondía a sus besos, no le deseaba, no le amaba, sin embargo su cuerpo y su
sexualidad funcionaban sin el menor desajuste.
Roberto culeaba torpemente intentando que su polla acertase,
Carmen bajo una mano, rodeó su miembro, lo situó entre sus labios y lo movió
arriba y abajo varias veces para lubricarlo con su propio flujo, luego lo situó
en la entrada de su coño, se comportaba como si aquello fuera lo más normal,
como si estuviera habituada a follar con cualquiera, no acaba de superar el
asombro ante su comportamiento, un asombro con tintes de orgullo por ser capaz
de asumir su nueva situación sin reproches, sin mortificarse. Roberto empujó y
resbaló con facilidad dentro de ella. De nuevo la percepción de no estar
habituada al grueso cuerpo que la penetraba la excitó.
Era agradable, pensó mientras la follaba, era más agradable
de lo que había imaginado, sus piernas se elevaron y acarició sus nalgas con las
plantas de los pies, Roberto chupaba su cuello con fuerza, temió que éste le
dejara marcas en esa piel tan sensible y planeó usar maquillaje para
disimularlas. Curiosamente temió más que esas marcas la delataran ante sus
compañeros que ante mí.
Roberto estaba ahora de pie al lado de la cama y tiraba de su
mano arrastrándola para levantarla. Carmen quedo sentada frente a él intentando
que la habitación dejara de oscilar, la tomó de los hombros y la hizo
arrodillarse en el suelo, enseguida supo lo que quería y sorprendentemente no
tuvo ninguna intención de negarse, ya había sucedido esa tarde y la primera
impresión al tenerla en la boca no había sido desagradable, fue una sensación de
rendición total, ahí se acababa su altiva mirada, su gesto de superioridad y en
algún sentido se sintió liberada. Seguía muy mareada, sus piernas apenas la
sujetaban y se dejó caer hasta apoyar sus glúteos en los talones, tomó la
erguida polla en una mano y con la otra recogió sus testículos, la tenía cerca,
brillando por el flujo de su coño, una gota transparente apareció en la punta,
aspiró profundamente y el olor la excitó; Introdujo el glande en su boca y
comenzó a lamerlo. De nuevo la novedad de las diferencias: una cabeza más
redondeada, más oscura, el borde posterior del glande sobresalía más que el mío;
La humedad en su boca se hizo más líquida y un sabor conocido excitó sus
papilas, un sabor parecido al que estaba acostumbrada pero claramente diferente,
ni mejor ni peor; Se fijó en la acusada curvatura hacia arriba que le permitía
lamer el tronco por debajo, recorriéndolo con su lengua desde la base del
frenillo hasta la blanda bolsa que colgaba rozando su barbilla, se detuvo ahí,
golpeando con la punta de la lengua las dos bolas, aspirando una de ellas con su
boca abierta hasta engullirla entera.
Escuchando los gemidos de su jefe sintió que, aun estando de
rodillas, sometida a su capricho, era ella quien mandaba en ese momento. Recogió
en la palma de su mano el escroto mientras volvía a saborear el glande y lo
recorría con su lengua, los testículos se encogían y se relajaban en su mano
cada vez que sus dientes arañaban con delicadeza la hinchada cabeza y la uña de
su dedo medio se clavaba en el periné. Roberto mantenía una mano en su cabello y
de vez en cuando la forzaba a mirarle mientras se la chupaba. Carmen mantenía la
mano izquierda rodeando el tallo mientras su derecha seguía acariciando sus
testículos, bajaba por el interior de sus muslos y retrocedía hasta tocar sus
nalgas para luego volver a recoger en su mano la cálida bolsa. No estaba
especialmente excitada pero si muy relajada, como si se hubiese quitado un gran
peso de encima, ponía en práctica con Roberto sin ningún remordimiento todas las
artes que había desarrollado para hacerme desfallecer en su boca. Sintió el
sabor de un nuevo brote de líquido preseminal en su boca cuando una mayor
turgencia tensó la polla en su mano. Roberto retrocedió sujetándola por el
cabello y la hizo andar de rodillas unos pasos con la boca abierta persiguiendo
el esquivo bocado que se le escapaba de los labios, se vio obligada a
arrastrarse gateando hasta situarse delante de la luna del armario, quería verla
reflejada y que ella se viese, le dijo; Carmen miró de reojo al espejo y vio a
una mujer con sus mismos rasgos, no sentía que fuera ella, estaba arrodillada,
con el cabello revuelto, mamando la polla de su jefe, comprendió que aquello era
el sueño de Roberto y que por eso quería hacérselo ver, esa escena era su
triunfo, la rendición que había conseguido de ella; Tantos años de desprecios,
de altivez y de orgullo se enterraban en ese ritual de sumisión, de dominación;
Ella, la orgullosa e inaccesible psicóloga, estaba desnuda, arrodillada ante su
jefe, chupando su polla y acariciando sus testículos, no cabía mayor
humillación.
Roberto comenzó a gemir más fuerte, el sabor se hizo más
intenso, otra densidad diferente a la de su saliva comenzó a llenar su boca, la
sujetó fuertemente por su melena convertida en una coleta coordinando el
movimiento de la cabeza y de su polla y comenzó a bombear como si se tratase de
un coño.
El primer disparo de semen llenó el fondo de su paladar y la
hizo separarse instintivamente, el siguiente impactó en su rostro, en su
mejilla, cerca de su ojo, otro se pegó a su cabello destacando tanto el
contraste del blanco sobre el negro que incluso lo percibió de reojo en el
espejo, los siguientes fueron a parar a su frente y a su pecho. Roberto perdía
rápidamente su erección y la acercó a su boca apretando el tallo con dos dedos,
Carmen vio salir el grueso goterón justo antes de abrir los labios y engullir de
nuevo su polla, el sabor de su semen no era muy diferente al mío y lo tragó,
notó como uno de las manchas de semen se deslizaba desde su frente por el puente
de su nariz y otra resbalaba por su mejilla.
Fue entonces cuando percibió algo que, hasta ese momento no
había visto; Más aún: hubiera jurado que no había una terraza ahí, sin embargo
justo a su izquierda un amplio ventanal abierto daba paso a un gran espacio
donde se celebraba un cóctel a tenor de la vestimenta de los asistentes; Frente
a ella, con una copa en la mano y mirándola con estupor, vio a Andrés, el
presidente del gabinete, había interrumpido su charla conmigo que tampoco dejaba
de mirarla con expresión de tristeza; Mas allá, Julia y algunas compañeras
comentaban la escena con expresión de disgusto, a la derecha su padre - ¿qué
hacía allí? – lloraba mientras su madre intentaba alejarle, un poco más atrás su
hermana ocultaba el rostro en el hombro de su cuñado que la miraba con una sucia
expresión de deseo, regocijo y superioridad.
Aterrorizada, quiso huir pero no consiguió moverse, intentó
levantarse del suelo, estaba como paralizada, quería gritar pero no le salía la
voz de la garganta; A duras penas logró levantarse y comenzó a caminar hacia el
baño para esconderse, sus piernas no le respondían, caminaba exasperantemente
lenta, como si el baño en lugar de acercarse se alejara mas, desesperada quiso
gritar, sintió la vibración de sus cuerdas vocales pero de su garganta no salió
ni un solo sonido …
Me despertó un grito angustioso, Carmen dio un salto en la
cama. Estaba tan desorientado que no acerté con la luz al primer intento y
cuando al fin la encendí la encontré sentada, empapada en sudor, con la
respiración agitada y con expresión de pánico.
Carmen me miró ausente, sin acabar de salir del horror que le
había producido aquel mal sueño, se volvió hacia mí y me abrazó, estaba
temblando.
Cuando logré calmarla se acostó pegada a mí, la rodeé con mi
brazo y ella apoyó su cabeza en mi hombro, cruzó su brazo por mi pecho como si
buscara mi protección, temblando intermitentemente. Tardó en volver a dormirse,
aun continuaron los temblores hasta la madrugada.
….
Aquella noche se celebraba la tradicional cena de empresa y
este año suponía para Carmen un momento de especial tensión; Temía el
reencuentro con Roberto, tras el anuncio de su marcha a Colorado se esperaba su
despedida en aquella cena y Carmen no se sentía con ánimo de volver a verle, por
otra parte los rumores que circulaban por la empresa se habían disparado a raíz
del anuncio de su ascenso y de la precipitada marcha de Roberto; Intentaba estar
ajena a las habladurías pero acabaron por llegar a sus oídos, todas estas cosas
la mantenían en tensión ante la ineludible cita anual, esta vez en la mesa de
Dirección.
La Navidad estaba al caer y como cada año nos repartiríamos
entre ambas familias, el viernes era Nochebuena y cenábamos en casa de los
padres de Carmen, con sus hermanas, los cuñados y los niños, Navidad la
pasaríamos en la casa de la Sierra con mis padres y mis hermanos hasta el
domingo, todo transcurría como cualquier otro año, sin embargo para mi aquel no
era como los demás, Carmen había quedado con Carlos la semana siguiente y antes
quería elegir un regalo para él;
Aquella tarde ambos salimos a mediodía del trabajo y quedamos
en el Corte Inglés de Princesa sin una idea fija, tan solo disponíamos de un par
de horas para elegir el regalo antes de regresar a casa y prepararnos para la
cena; Yo me sentía especialmente excitado ante la idea de compartir con ella la
decisión de elegir el regalo para el que podía llegar a ser su amante, nos
movíamos por diferentes departamentos eligiendo artículos que desechábamos,
Carmen pensó en regalarle un libro pero la convencí de que no era una buena idea
sin saber con exactitud qué tipo de literatura le interesaba; Yo, más
convencional, me detuve al pasar por las colonias y ella me lanzó una mirada de
desaprobación – "¡una colonia! ¿y por qué no una corbata?" – me dijo tirando de
mí; Al final elegimos una cartera de documentos en piel donde mandó grabar sus
iniciales: C. R.
-
"¿Te has fijado que también son la tuyas?" – Carmen
sonrió, era evidente que ya lo había pensado.
-
"Y coincidimos en mas letras, CAR en el nombre y en el
apellido RO"
-
"Es cierto podríais compartir la cartera sin problemas"
-
"Demasiado masculina para mi ¿no crees?"
Bromeábamos, como si fuera lo más natural del mundo elegir
juntos el regalo para su amante; la situación me excitaba, poder compartir su
ilusión, ayudarla a elegir el obsequio, ver en sus ojos el brillo de la aventura
que suponía quedar con Carlos tras tantos meses sin verse pero con el recuerdo
siempre vivo de los besos y las caricias interrumpidas en Julio.
Poder ser el cómplice de su aventura me resultaba turbador,
Carmen hablaba conmigo de Carlos con una libertad que hasta entonces no había
usado y yo ocultaba mi intensa excitación aparentando una normalidad que estaba
lejos de sentir. Idealizaba una conducta que trasladaba a momentos imaginarios
en los que me veía recibiendo a su amante en nuestra casa con un apretón de
manos y les veía retirarse a nuestra alcoba mientras yo seguía con nuestra
rutina y realizaba las tareas diarias habituales, recoger los platos de la cena,
bajar al perro a la calle, tomarme una última copa acodado en la terraza de
arriba… Escenas que me excitaban sobremanera y que me llevaban a abusar de la
masturbación como jamás, ni en mi adolescencia, había abusado. Hice de aquella
fantasía un ritual imaginario que ansiaba convertir en realidad.
A pesar de ello, cuanto más se acercaba aquella fecha más
dudas me asaltaban sobre cuál sería mi verdadera reacción cuando ya estuviera
con él; La determinación que había mantenido hasta entonces dejaba paso ahora a
una incógnita en la que no quería pensar pero que era inminente. ¿Me echaría
atrás? ¿Me arrepentiría de haber provocado esta situación?
Llegamos al restaurante con veinte minutos de adelanto,
Andrés ya estaba allí con dos de los socios y algunos otros empleados, nos
saludamos efusivamente y nos enzarzamos en una conversación profesional donde la
pasión por la universidad, que ambos compartíamos, nos permitió charlar
cómodamente.
Notaba a Carmen tensa y, sin abandonar la atención a la
conversación que mantenía con Andrés, la seguía con la mirada intentando
localizar el origen de su inquietud. Quince minutos más tarde Carmen se aproximó
a nosotros y se unió a la charla. Poco más tarde Andrés ordenó a los camareros
con un gesto el inicio de la cena.
Observé a Carmen que recorría con la mirada toda la sala,
parecía estar buscando a alguien, fue entonces cuando noté la ausencia de
Roberto.
-
"No he visto a Roberto" – le dije a Andrés mientras
caminábamos hacia el comedor, Carmen me miró violenta, como rechazando la
pregunta.
-
"Me llamó a mediodía excusándose, está muy liado con los
preparativos de su viaje y le resultaba complicado asistir"
Ella pareció visiblemente aliviada, me pregunté qué habría
ocurrido entre ellos para que reaccionase así.
Antes de la cena observé que apenas participaba de los grupos
en los que otras veces la había visto moverse, conozco a muchos de sus
compañeros, los más cercanos a ella y me extrañó ver que Carmen solo estuvo un
rato con Julia antes de acabar uniéndose a la conversación que manteníamos
Andrés y yo, Tras la cena pude observar como los compañeros de Carmen que yo
conocía se mantenían distantes, saludé a algunos de ellos y sentí una frialdad
que atribuí a la envidia por su ascenso.
Nos despedimos de Andrés hacia la una de la madrugada y
fuimos caminando hasta el aparcamiento donde dejamos el coche. No tenía claro
cómo abordar el tema pero quería saber qué había ocurrido.
-
"No me habías contado lo de Roberto"
-
"No pensé que te interesara" – sonaba a excusa.
-
"Es extraño ¿no te parece? De un día para otro, dejarlo
todo… no sé, es muy raro"
Carmen continuó caminando en silencio a mi lado.
-
"No se…" – insistí – "… tanto esfuerzo en este proyecto,
tanta… inversión personal y de pronto desaparece ¿no te resulta raro?" –
Carmen me miró violenta, incómoda por mi insistencia.
-
"Mira, mejor así, estaba bastante harta de él" – su voz
mostraba cierta crispación.
-
"Ya, ya lo sé, pero me resulta todo tan misterioso, es
como si le hubiesen defenestrado y lo envolviesen en celofán para que
parezca otra cosa, ¿no has oído nada? Me resulta raro que no estés enterada
de…" – Carmen me cortó con una violencia sorprendente
-
"¿Por qué no lo dejas ya? ¡Estoy harta de oír hablar de
Roberto!; Se ha ido y es lo mejor que podía ocurrir, ¡ya está, se acabó!"
No estoy acostumbrado a que Carmen reaccione así y ella misma
se dio cuenta.
-
"Perdona, estoy algo nerviosa"
-
"Lo sé, llevas unos días muy tensa, pero hoy ha sido más
evidente, la primera parte de la velada parecías un gato enjaulado… hasta
que Andrés dijo que Roberto no estaría en la cena" – su mirada la delató, se
sentía descubierta en ese comentario e intentó reaccionar.
-
"¿Otra vez? ¿ya estamos de vuelta con lo mismo?" – me
detuve, Carmen avanzó un paso más pero al ver que no la seguía se detuvo y
volvió su rostro hacia a mi; Sufría.
-
"Qué ha pasado Carmen, ¿me lo vas a contar?" – me miró
con tal tristeza en los ojos que me conmovió.
-
"En casa, aquí no, por favor"
Hicimos el trayecto en un incómodo silencio difícil de
romper, mis intentos por encontrar aunque solo fuera una frase que suavizara la
tensión no dieron fruto, me preocupaba que aquella desagradable situación
pudiera hacerla creer que yo estaba enfadado; Entramos en el ascensor en lo que
fue un tiempo de extrema violencia, yo la miraba intentando captar sus ojos pero
ella me rehuía abrumada por sus pensamientos, su rostro reflejaba una fuerte
tensión; Un tinte de amargura, un velo de fatalismo parecía ensombrecer un
rostro hecho para sonreír.
Entramos en casa, ella fue directamente a la alcoba y yo me
quedé en el salón preparándome una coca cola con ron.
Apareció poco después vestida con su bata, me miró desde la
puerta del pasillo, apoyada en el dintel, con los brazos cruzados en postura
claramente defensiva, sus ojos aparecían enrojecidos, la miré en silencio,
aplastado por un mal presentimiento, luego le hice un gesto para que viniera a
sentarse a mi lado, dócilmente avanzó y se sentó junto a mí, su expresión
mostraba una profunda preocupación. Tomé su mano.
-
"Qué te ha pasado, vida, cuéntamelo" - volqué toda mi
ternura en esa frase, intentando borrar cualquier vestigio de exigencia.
Aquellas palabras desencadenaron un llanto incontenible que
me angustió, temí lo peor pero intenté no agobiarla, necesitaba descargar la
tensión antes de poder hablar.
Poco a poco el llanto fue remitiendo, aun se mantuvo
refugiada en mi pecho atacada por profundos suspiros durante diez largos
minutos, luego se incorporó y me miró a los ojos como si estuviera a punto de
pasar por el patíbulo.
Comenzó a hablar, su voz mostraba un aire resignado, quizás
pensaba que su confesión provocaría en mi un rechazo insoportable, aun así sabia
que debía hablar y lo hizo, sobreponiéndose a su vergüenza; Atrás habían quedado
sus falsas excusas para tolerar lo intolerable que ahora se le antojaban
ingenuas y estúpidas.
Habló pausadamente pero sin detenerse como si soltarlo todo
de una vez la librara de la tentación de censurar algo. Yo la escuchaba
intentando entender sus dudas, sus vacilaciones, sintiendo una mezcla de
lástima, excitación, rabia y deseo, recordé con estupor la escena que fantaseé
en los lavabos del gabinete y un absurdo pensamiento supersticioso me hizo
pensar por un solo segundo si aquella escena inventada con la que me había
masturbado no habría conjurado la aparición del momento adecuado para que
Roberto intentara aquel brutal ataque.
La escuchaba hablar con un estoicismo fatalista en su rostro
y mi mente ponía imágenes a las escenas que me confesaba, la veía dejándose
desnudar por Roberto, soportando sus vejaciones sin inmutarse y no entendía, no
podía comprender por qué no había reaccionado. Me asaltó un incipiente brote de
desprecio y reaccioné al instante; No era justo, no podía juzgarla por algo que
yo mismo había alentado. Mi comportamiento mientras la escuchaba era
incoherente, una incontenible oleada de placer endurecía mi polla que oculté con
mis manos cruzadas sobre las piernas
Terminó de hablar y quedó agotada, con los ojos bajos,
esperando un veredicto que no pensaba apelar.
No sabía que decir, estaba aturdido intentando asimilar todo
lo que había escuchado, una parte de mi, ciertamente egoísta, temía que esa
experiencia la hiciese rechazar el camino que habíamos comenzado a recorrer
desde Sevilla; intenté rechazar estos pensamientos oportunistas pero esa
vertiente insana me seguía susurrando al oído que quizás pudiera reconducir esta
mala experiencia si actuaba con calma, si no me precipitaba. Me rebelé asqueado
contra esos pensamientos intrusos ¿Cómo podía ser tan manipulador? me decía a mi
mismo mientras Carmen esperaba mi decisión.
Puse mi mano en su hombro y presione para atraerla hacia mí,
Carmen se dejó llevar y cayó sobre mi pecho, la besé en la sien, en la frente,
aspiré el olor de su cabello.
-
"Ya pasó cielo, se acabó, ese cabrón no te va a volver a
molestar, te lo aseguro" – noté como su cuerpo comenzaba a agitarse por los
sollozos.
-
"Lo siento, lo siento" – repetía entre lágrimas.
La dejé llorar en mi hombro, susurrándole palabras de
tranquilidad.
-
"Ya pasó cariño, ya pasó"
-
"No quería…" – puse un dedo en su boca para callarla.
-
"No ha sido culpa tuya amor, no ha sido culpa tuya"
Nos acostamos y se acabó durmiendo abrazada a mí.
Pero yo no podía dormir, hubiera querido saltar de la cama,
la tremenda erección que sufría me pedía urgentemente un desahogo que no podía
hacer sin despertarla al intentar separarme de ella; Aquella noche la pasé en un
tensión sexual insoportable recreando una y otra vez cada una de las escenas que
Carmen me había confesado sin poder masturbarme como necesitaba, sin poder
follarla pidiéndole que me volviera a contar cómo se sintió al quedar desnuda
ante él, cómo aguantó que le arrancara la ropa tras la noticia de su aumento de
sueldo, como le metió los dedos en el coño; Me había relatado su profunda
humillación al haber quedado con las bragas a medio bajar y aquella imagen era
tan potente que mantenía mi polla en una rígida tensión palpitando sobre mi
vientre.
Sentía una humillación atávica, una inmensa vergüenza ante la
improbable ocasión de encontrarme frente a Roberto, ¿qué sucedería si éste se
iba de la lengua? ¿Qué sabrían en la empresa? Reviví las miradas y los
comentarios que había observado durante la cena y los reinterpreté a la luz de
lo que ahora sabía, ‘pobrecito…’ – habrán comentado – ‘no sabe que su mujer se
lo monta con el jefe’.
Y sin embargo, esa imagen redoblaba la excitación que
mantenía dolorosamente hinchada mi polla.
Las escenas de lo sucedido se fundían con las de la fantasía
de los lavabos; la veía aceptando esos dedos intrusos en su coño y en lugar de
quejarse musitaba palabras de placer en su oído y permitía que se moviera en su
interior hasta provocarle un orgasmo que la dejaba inerme mientras Roberto la
follaba sobre la alfombra de su despacho.
A las seis y cuarto, tras una noche de tenso insomnio me
levanté de la cama, me encerré en el baño principal, más alejado de la alcoba y
dejé que el agua fría de la ducha me despejara.
De nuevo las escenas escuchadas e imaginadas avanzaron en
tropel invadiendo mi mente que se abandonó a las emociones reprimidas durante la
noche, mi polla volvió a reaccionar y me volqué en una masturbación brutal que
no detuve tras eyacular, Carmen era la protagonista de una orgía en la que
Roberto, Carlos y algunos desconocidos la follaban de todas las maneras posibles
y en la que ella participaba no como una víctima sino como una activa e
insaciable ninfómana.
Me dejé caer contra la pared de la ducha cuando mi polla
terminó de cabecear y empezaba a languidecer; Cerré los ojos abrumado por la
crítica que mi comportamiento despertaba en mi parte más racional, más sensata.
¿Cómo podía despreciar el sufrimiento de Carmen de esa manera? ¿Cómo era capaz
de ignorar su angustia y cebarme en la parte más escabrosa de algo que jamás
debió suceder?
Salí de la ducha y, cuando comencé a afeitarme, escuché el
microondas; Carmen se había levantado y estaba preparando el desayuno, salí aun
con el jabón en la cara y me acerqué a la cocina; Carmen, de espaldas a mí, no
había oído mis pasos descalzos sobre la tarima y se ocupaba en preparar las
tazas de café. Me quedé mirándola un momento, parecía serena, envuelta en su
bata, con el pelo recogido en un improvisado moño… de nuevo mi sucia mente la
imaginó rezumando el semen de Roberto mientras le preparaba el desayuno que
compartirían en la cama antes de volver a follar. ¿Cómo rebelarme ante estos
pensamientos intrusos, no deseados, no buscados, pero que parecía incapaz de
silenciar?
Carmen se volvió hacia el armario para tomar el azucarero y
se sorprendió al verme en el quicio de la puerta.
-
"¿Te asusté?" – su rostro se mudó en una expresión
culpable.
-
"No te escuché llegar"
-
"Buenos días cielo" – me acerqué a ella olvidando la
espuma que cubría mi rostro y la besé, ella no hizo intención de detenerme y
cuando la vi cubierta de espuma una débil sonrisa cruzó su rostro, una
sonrisa censurada por una mujer que se creía sin derecho a reír.
Tomé un trozo de papel de cocina y limpié cuidadosamente su
cara, cuando acabé la miré a los ojos pero ella rehuyó mi mirada, acaricié su
mejilla con los dedos.
Necesitaba un poco de tiempo para pensar cómo debía
reaccionar. No podíamos hacer como si no hubiese pasado nada pero tampoco quería
mortificarla más. Cuando sentí la toalla alrededor de mi cintura me di cuenta de
que, sin pretenderlo, había marcado una diferencia que podía ser dolorosamente
interpretada por Carmen, jamás me cubro con una toalla cuando me afeito, ninguno
de los dos nos vestimos tras la ducha, ni en invierno; Solemos terminar de
arreglarnos desnudos, ¿Por qué hoy, precisamente hoy, había alterado una
costumbre de años y sin darme cuenta me había cubierto con aquella toalla?
Carmen podía interpretar aquel gesto como una decisión de marcar una fría
distancia entre ambos, si era así imaginé el dolor tan intenso que le debió
producir verme en el quicio de la puerta. Me despojé de la toalla y la arrojé
con rabia al suelo, como si fuese la culpable de mi torpeza.
Regresé a la cocina con el albornoz abierto, y me senté a su
lado, Carmen removía el café con lentitud, tenía la mirada perdida en la mesa.
Preparé una tostada como le gusta y se la ofrecí, ella la miró con desgana y
tras una duda la cogió de mi mano y la mordisqueó antes de dejarla en el plato.
-
"¿Lo sabe alguien más?" – Carmen detuvo el gesto que
llevaba la taza a su boca y la volvió a dejar en el plato.
-
"No, creo que no… ha habido rumores, pero…" – apoyó los
codos en la mesa sujetando su cabeza con las manos – "¡no lo sé!" – parecía
abatida.
-
"Los rumores, son solo eso: rumores y acabarán por
desaparecer, lo que queda es que tú estás respaldada por los socios y
Roberto está fuera"
Carmen no respondió, parecía envuelta en pensamientos que no
la dejaban descansar.
Sé bien a lo que me refería, iba a poner al servicio de
Carmen años de experiencia con mujeres maltratadas, con niños abusados. Me
proponía volcarme en su recuperación hasta lograr borrar el daño emocional y
dejar el recuerdo de lo sucedido libre de traumas; Carmen jamás olvidaría lo
sucedido, como tampoco lo hacen las víctimas de grandes traumas, el olvido es la
peor medicina para estas personas que acaban somatizando el horror no digerido;
mi misión con Carmen consistía en despojar el recuerdo del componente emocional
responsable de la ansiedad y tantos otros síntomas posteriores que podrían
convertir su vida en un infierno. Tras el tratamiento Carmen no olvidaría lo
sucedido pero el recuerdo carecería de la carga emocional negativa responsable
directa de los innumerables casos de trastorno por stress post traumático en
víctimas de terrorismo, accidentes aéreos, violaciones, acciones de guerra,
catástrofes…
Aquella misma tarde comenzamos la terapia renunciando de
común acuerdo al gimnasio y cuando llegué a casa ya me estaba esperando.
Me proponía desensibilizar el recuerdo, despojarle de su
carga emocional para que no disparase las reacciones fisiológicas que la
dañaban; Teníamos que reelaborar juntos el recuerdo de lo sucedido para que los
pensamientos y creencias que se habían desarrollado durante el abuso se
reconstruyeran de una manera positiva, no se trataba de olvidar sino de
reconstruir su respuesta al recuerdo. Carmen asumió su papel de paciente
renunciando a su propia vertiente profesional y se puso en mis manos, teníamos
la ventaja de la proximidad de los hechos, lo cual lo haría más efectivo que en
los casos en los que al existir una intervención judicial se debe retrasar esta
terapia que presentaría ante el tribunal a una víctima que puede hablar del
suceso sin caer en el pánico ni la ansiedad, lo que puede dar una falsa
impresión de levedad que lleve a reducir la pena del agresor.
Carmen se resistía a revivir los sucesos; Una vez que había
desechado las excusas y justificaciones que había usado para tolerar a Roberto,
sentía una intensa vergüenza, una gran humillación y se le disparaban todas las
señales que derivan la ansiedad en ataque de pánico, evitaba entrar en detalles,
intentaba narrar vaguedades, ambos sabíamos que el éxito de la terapia se basa
en la completa colaboración del paciente pero la reacción que le provocaba
recordar aquellos momentos era tan desagradable que caía en la tentación de
rehuir el encuentro con sus propios recuerdos.
La veía debatirse, luchar contra las imágenes a las que yo la
forzaba a enfrentarse, se removía en el sillón sufriendo, pero yo sabía que era
imprescindible que pasara por este infierno si quería salir de él alguna vez.
Me llevó cuatro sesiones conseguir que la intensidad de todas
estas reacciones comenzase a disminuir, tras el parón en la terapia durante el
fin de semana de Navidad continuamos el lunes. Carmen se recuperaba a ojos
vistas pero pronto me di cuenta de que me encontraba ante un caso diferente a
los tratados hasta ese momento.
Notaba en Carmen una reacción difícil de catalogar, mi
experiencia me situaba frente a una víctima que mostraba un incipiente TEP y que
luchaba con todas sus fuerzas para superarlo, la vía habitual en este tipo de
pacientes es la negación y aunque Carmen sabía que no era esa la forma adecuada
de afrontarlo, el desasosiego que le producía rememorar aquello la llevaba
inevitablemente a rechazarlo; Era en esos momentos cuando mi papel de terapeuta
me llevaba a desmontar sus excusas, a bloquear sus huídas.
Cuando la arrinconaba y le negaba la posibilidad de
abandonar, de dejar de hablar de ello, me parecía observar un cambio difuso,
como si intentase utilizar una estrategia diferente para hacerme desistir o al
menos desviarme de mi objetivo; Era un cambio de actitud casi imperceptible pero
que fue cobrando cuerpo paulatinamente, como si se revistiera de una máscara que
distorsionaba su forma de ser, su forma de actuar, incluso su forma de hablar;
En esas ocasiones a veces mostraba inesperadamente una absurda ligereza al
hablar de lo sucedido, una especie de despreocupada insolencia al rendirse y
contestar por fin a mis preguntas.
Eran pequeños matices, al principio no le di importancia,
pero a medida que la terapia avanzaba y la intentaba llevar a las escenas más
duras, comencé a sorprenderme por el cambio tan claro que veía en ella. Era una
forma de intentar escapar de la realidad a la que la enfrentaba que no había
observado antes en ningún paciente.
Pero lo que más me sorprendía era su capacidad para volver a
la normalidad en cuanto dábamos por finalizada la sesión; es habitual que el
paciente, tras haber sido sometido al choque emocional que supone enfrentarse a
los recuerdos traumáticos necesite diez o quince minutos para recuperar unos
niveles normales de serenidad, es frecuente que tras la sesión dedique unos
minutos a inducir una relajación en el paciente que normalice sus parámetros de
estrés, aun así suele ocurrir que durante la noche el paciente tenga accesos de
ansiedad provocados por la terapia.
Carmen, sin embargo, abría los ojos y parecía salir de un
sueño reparador, de una charla intrascendente, mi perpelejidad me llevó a
vigilar sus parámetros fisiológicos, el pulso era normal, la respiración
acompasada, el ritmo cardiaco perfecto… aunque apenas un minuto antes estuviera
sometida a una visible agitación; Tampoco sus parámetros conductuales
correspondían con los de una persona sometida a la fuerte tensión que acababa de
vivir durante la terapia.
Di por hecho que se debía a su formación y a su experiencia
en técnicas de relajación, técnicas que suele usar tanto en clínica como en su
práctica personal; Aun así me sorprendía la rapidez, casi instantánea, que tenía
para pasar de un estado de alta ansiedad y estrés, - inducido por la terapia -,
a una relajación completa, no encontraba en su rostro ni en sus gestos el más
mínimo rastro de la tensión física que acababa de exteriorizar frente a mi;
Tampoco comentaba nada sobre la sesión, parecía como si quisiera cerrar ese
tiempo de trabajo intenso para no volverlo a abrir hasta la próxima vez. Se
levantaba del sillón como si nada hubiera pasado y podía recordarme la cita en
el taller para el coche, la llamada de mi madre o bromear con el retraso que
estaba acumulando para arreglar la persiana de la habitación pequeña; Era una
forma de protección, me decía a mí mismo, muy elaborada teniendo en cuenta su
conocimiento de la psique.
Decidí prestar más atención a estas reacciones e incluso
afrontarlas en terapia, si era una defensa Carmen tenía que ser consciente de
ello y usarlo en su provecho sin que se convirtiera en una muleta que la ayudara
a caminar en vez de hacerlo por sí sola.
Pero si era algo mas, se convertía en un aspecto que convenía
tratar cuanto antes.