CUATRO
Los mensajeros atravesaron la llanura, en su carrera
sobrepasaron las caravanas de los pastores que huían hacia las tierras altas y
que habían abandonado el valle horas antes.
En la amplia llanura no había una red caminos, solo algunas
sendas creadas por los animales o los hombres que confluían a las aguadas o al
único camino real, de grandes losas de piedra que cruzaba en el puente de Kamar
– Al - Futura para internarse en el desierto.
Siguiendo las sendas los jinetes llegaron al camino aun no
ocupado por los pastores que huían y desierto en la mañana del tórrido verano.
Los cascos herrados de los caballos al galope sacaban chispas
al galopar con las antiguas losas y luego de horas de feroz carrera los
mensajeros alcanzaron la primera posta –reten.
En pocos minutos y mientras transmitían la noticia a la
guarnición, montaron caballos de refresco y prosiguieron su carrera rumbo a la
Ciudad.
Horas después, ya entrada la tarde los mensajeros llegaron a
las murallas de la Ciudad, las puertas estaban abiertas y un pequeño grupo de
soldados conversaba despreocupadamente junto a la puerta principal.
Los jinetes, casi sin disminuir el paso de los caballos y
gritando a los guardias "ataque orco" prosiguieron rumbo a palacio mientras el
destacamento de la puerta hacia sonar sus cuernos de guerra. No es habitual que
tres guardias de avanzada entraran al galope a la ciudad gritando tal mensaje,
eso solo podía significar peligro y las estrictas órdenes de la regente al
respecto establecieron - tiempo atrás - que ante la menor señal de peligro debía
darse la alarma.
Tal como sucedió en el valle del Rió que Hierve, el sonido de
los toscos instrumentos resonó por las callejuelas y murallas de la Ciudad y fue
repetido innumerables veces por los guardias de torres y puertas y finalmente
acompañado por las trompas de bronce de los guardias de palacio.
Obviamente nadie sabía que se trataba, pero la Ciudad entera
se preparó para un ataque. Las mujeres encerraron a los niños en sus casas, los
comerciantes y artesanos comenzaron a cerrar sus talleres y tiendas, los
soldados corrieron hacia sus cuarteles y allí se repitieron, en mayor escala los
mismos sonidos y gritos que en el pequeño fortín del paso.
En palacio, la regente dejó su baño en la fuente del patio
interior y solo envuelta en los lienzos que le alcanzaron sus sirvientas corrió
a la plazoleta frente a las puertas de palacio a recibir a los mensajeros, ya
que el centurión de guardia - a los gritos - informaba a quien quisiera oírlo
que había una alarma de ataque orco en ciernes.
No era la primera vez que una alarma como esta sucedía, y
aunque en los últimos años la Ciudad no había sido atacada la población estaba
prevenida y cada uno sabia que es lo que debía hacer. No hubo escenas de pánico,
solo rostros serios y preocupados, manos febriles cerrando puertas y ventanas,
colocando trancas y cerrojos. En cada casa se llenaron grandes vasijas con agua
y se prepararon odres con el vital elemento. Se empacaron provisiones y
pertenencias para una rápida y eventual evacuación al santuario. Es decir se
hizo todo lo que, según se había estado enseñando durante años por los maestres
de guerra debía hacerse ante crisis como esta.-
En la plazoleta el jefe de marcha del pequeño destacamento
fronterizo rindió su informe frente a la Regente y el grupo de guardias y nobles
reunidos.
En realidad el informe no era demasiado extenso y tampoco
preciso. Solo la estampida de los animales de la pradera y el silencio. Nada se
sabía sobre que clase de fuerza hostil amenazaba al país.
La Regente reunió, sin vestirse y tal como estaba al concejo
del Reino, el maestre de armas, el capitán de la guardia, los maestres de guerra
de los regimientos, el maestre de las casas de salud, los jefes de los
sacerdotes y algunos nobles de las marcas que – por causas diversas – se
encontraban en la Ciudad.
Se tomó la decisión de convocar a los jinetes de las marcas y
a los legionarios, enviar mensajeros por las postas a los reinos vecinos y
preavisar a los habitantes de los caseríos y granjas de los valles para que
preparen la evacuación.
El primer cuerpo de jinetes de la guardia, conformado por dos
centurias de legionarios, fue movilizado y al mando del Maestre de Guerra
Hildegarth debía partir inmediatamente hacia el paso no solo para reforzar la
defensa, de ser esto posible, sino también para conocer mas detalles del peligro
que asechaba a Minas Ramil.
Hildegarth gozaba de fama de valiente y astuto entre sus
hombres y en general entre los guerreros del Reino, algunas cicatrices en su
cara marcaban el recuerdo de varios encuentros con incursores Orcos. No era un
hombre ni alto ni corpulento, era mas bien bajo y enjuto, puro nervio y músculo
con una pequeña barba negra y su cabellera entrecana unida en una trenza, como
usaban los jinetes para facilitar sus movimientos. Sus órdenes eran simples.
Enterarse que pasaba, enviar el aviso a la Regente y resistir el ataque de la
fuerza invasora con la táctica de la guerrilla y la tierra arrasada. Salvo que
la defensa del paso fuere posible. Debía ganar no menos de 10 días para que la
Regente lograra reunir los guerreros del Reino y sus aliados para dar batalla al
invasor de ser necesario.
CINCO
Un fuerte chapoteo proveniente del río sacó a Drina de sus
ensoñaciones y fantasías, dos caballos al galope cruzaban por los vados
provenientes de la Ciudad.
Sus jinetes se internaron en el desierto caserío haciendo
sonar sus cuernos de guerra transmitiendo la señal de alarma "ataque orco", y –
al galope - siguieron por la senda rumbo al siguiente pueblo.
Antes que Drina se terminara de recuperar de la sorpresa y
mientras salía desnuda del agua en busca de su ropas un nuevo jinete entro en el
vado pero esta vez al paso.
Montaba el pequeño pero robusto caballo una mujer. Por el
tipo de animal, por la vestimenta y las armas que portaba, Drina reconoció a un
miembro de alguno de los clanes nómades del sur.
El caballo estaba muy sudado, con señales de haber recorrido
mucha distancia y una vez en el banco de arena del centro del río su jinete se
dejo caer de la silla a la refrescante corriente sin haberse percatado de la
presencia de Drina.
Allí la mujer se despojó de sus armas y ropas que colgó de la
montura del animal y se zambulló en la zona poco profunda del río, cerca del
recodo que utilizaba Drina.
En el caserío la alarma despertó de su letargo a los aldeanos
que salieron de sus casas a comentar lo sucedido y entre sofocones y gritos
comenzaron a uncir bueyes a carretas, atar caballos a los carros, recoger sus
animales de los establos y cargar sus pertenencias preparándose para abandonar
la aldea rumbo a la Ciudad.
La pequeña población no estaba en condiciones de ser
defendida de un ataque de una tropa de orcos, por más pequeña que fuere. Sus
habitantes, salvo el ya anciano padre de Drina jamás habían participado en un
combate, es más, en todo el pueblo -con mucha suerte- habría ocho o diez
espadas, incluyendo las de Rulfo y la que portaba Drina. Solo algunos jóvenes
poseían arcos de caza casi inservibles contra una armadura, aun las de cuero de
los Orcos.
Rulfo, montado en su ya también viejo caballo, dirigía al
grupo de aldeanos y aldeanas para formar la caravana. Habían acordado partir lo
más pronto posible para aprovechar la luz del día y avanzar lo más posible.
Rulfo no tenia muy claro que clase de peligro asechaba, ni de donde provendría,
solo sabía que la única forma de salvar la vida de sus vecinos era ponerlos bajo
la protección de las murallas de la Ciudad. Así le habían ordenado desde hacía
ya bastante tiempo los periódicos mensajes que la regente enviaba a los caseríos
del reino.
Las caravanas de aldeanos rumbo a la Ciudad en poco tiempo
más llenarían los caminos y eso podía dificultar el avance de las tropas de la
regente. Sin embargo, Rulfo estaba seguro que el ataque provenía del otro lado
de la Ciudad. Los mensajeros que pasaron venían de la Ciudad y antes nadie había
pasado por Riobrand. Además, el camino que cruzaba por el pueblo no venia de la
frontera, era un camino secundario que, después de cruzar el Río se dirigía
hacia el interior, hacia la cadena montañosa que cerraba la frontera como una
muralla impenetrable. La altísima cadena no tenía pasos franqueables sino a gran
altura y por pequeños en desfiladeros o cornisas que solo permitían el paso de
una persona o animal al mismo tiempo. Por allí ni siquiera los más enloquecidos
orcos se atreverían a invadir. Los pasos de esas montañas eran defendibles por
pequeñísimos grupos de guerreros que con mínimo esfuerzo los bloquearían dejando
a los invasores atrapados entre los dardos de los defensores y las nieves de las
alturas.
Por otra parte, en algunos sectores de la cadena habitaban en
cavernas defendidas por largas galerías algunos clanes de enanos que – tal como
se sabe – si bien no eran grandes amigos de los hombres, no estaban dispuestos a
permitir a los Orcos y sus aliados (Y tampoco a elfos u hombres) el paso por sus
dominios.
Allí, en la ladera del monte del techo del Cielo estaba el
santuario.
Rulfo consideró estas cuestiones y decidió partir de
inmediato, su pequeña caravana no interferiría el paso de las tropas y no
parecía que la Regente hubiera ordenado la retirada de la población al
Santuario.
Ordenada la caravana, y haciendo sonar su cuerno Rulfo se
puso en marcha, pero con el trajín de la preparación de la evacuación recién
ahora notó que faltaba Drina.
Notó que no estaba en el establo su caballo y conociéndola,
sabía que estaría por el río o por el bosque, seguramente que al atardecer,
cuando volviera y no encontrara nadie en el poblado, los alcanzaría, los rastros
de la caravana los podría seguir aun un niño y de noche, más aun una rastreadora
experta como Drina.
Su caballo era diez veces más veloz que la caravana de
rebaños, carros y carretas de bueyes. No había problema, y además no había
tiempo que perder. Drina podía arreglárselas perfectamente y no se atisbaba
peligro inminente. La caravana partió.
SEIS
En el río Drina sentada desnuda en la arena de la costa se
quedó observando a la joven mujer que se bañaba en el remanso sin haberse
percatado de su presencia. Una extraña sensación había empezado a correr por su
cuerpo.
En su cabeza – de pronto – se borró cualquier pensamiento
guerrero, solo admiraba la desnudez de la bañista y su único pensamiento era
hacer el amor con esa mujer.
Drina, desde hacia ya tiempo y según las costumbres del país
había tenido relaciones sexuales con varios jóvenes de su edad. Relaciones que
le resultaron satisfactorias y la llenaron de placer. Jamás había pensado en la
posibilidad de tener sexo con otra mujer. Por eso no solo se sentía extraña sinó
confundida. En el Reino las relaciones entre personas del mismo sexo, si bien no
estaban prohibidas como en otros lugares, no eran consideradas apropiadas.
Sin embargo eran conocidas (y muy comentadas en todo tipo de
tonos), las relaciones entre si de las sacerdotisas vírgenes que rodeaban a la
Regente y (en reservadísimo tono) las de la Regente con ellas.
Sin embargo nunca tales relaciones fueron públicas y no
pasaba – en definitiva – de comentarios: parloteo de mujeres en el mercado y de
hombres en la taberna.
Pero Drina se sentía atraída por la belleza joven y agreste
de la jinete del Sur.
Drina era decidida y no se caracterizaba por los
rebuscamientos y melindres de las mujeres de la Ciudad. Tener sexo con la sureña
era, para ella, un objetivo que debía llevarse a cabo rápida y eficientemente,
como cazar una gacela o enlazar una vaca que se separaba del arreo. Y se decidió
a realizarlo.
Entonces se dirigió, desnuda como estaba, hacia donde la
sureña disfrutaba de su baño.
La aparición de Drina frente a la bañista fue una total
sorpresa para ella, que solo se percató de su presencia por el chapoteo de sus
pies en el agua. Se irguió rápidamente en busca de su espada, pero al observar
que su visitante venia desnuda y – obviamente – sin armas su gesto defensivo se
detuvo.
Tampoco intentó tomar sus ropas. Eran dos mujeres en el medio
de la soledad. Hacia mucho calor y no existía ninguna razón para apurarse a
vestir nuevamente las sudadas ropas de viaje.
Tarsia – así se llamaba la sureña – guardó la espada en su
vaina y saludó levantando la mano, estaba sorprendida no solo por la aparición
de una persona en el vado del río (Los mensajeros que había cruzado en el camino
le informaron sobre la evacuación de los pueblos del valle) sino de una mujer de
extrema belleza y además, desnuda.
Se restregó los ojos ¿No sería una aparición y Melian la
diosa del bosque le estaba jugando una broma? No, no era una visión provocada
por el calor.
No era un Elfo del Bosque, ella los conocía, más de una vez
los había visto, los Elfos no tenían la piel color bronce como la aparición y
–por supuesto - eran mucho más altos.
Era una hembra de la raza humana. Y además hermosa.
¿Que demonios hacia una mujer como esa, desnuda en la playa
de un pueblo abandonado ante una avance Orco?
No tenia apariencia de demente, ni parecía estar huyendo de
alguien o de algo, solo una amplia sonrisa en su cara y la mano levantada, en el
típico saludo de los nómadas y los viajeros.
En definitiva, no tenia sentido. Pero no le desagradó.
Cuando los mensajeros le dijeron de la evacuación de los
diversos pueblos y caseríos que iban dejando atrás, se amargó sobremanera. El
viaje hasta la Ciudad sería de lo más aburrido, solitario y hasta peligroso en
un país vacío, la aparición de otra persona cambiaba la situación.
Tarsia se relajó, sonrió y desde la distancia gritó, en el
idioma común: "soy Tarsia"
"Soy Drina" fue la respuesta.
Venís a la costa o yo voy al agua?
Voy, dijo Tarsia y tomando de las bridas a su
caballo, se dirigió a la playa donde la esperaba su interlocutora.
Mientras se acercaba, vio el caballo de Drina pastando en el
linde del bosque, su montura, sus armas y sus ropas amontonadas junto a un
árbol. Esto terminó de convencerla que no se trataba de una aparición.
La situación le agradaba sobremanera. Solo la sensación de
vacío en el estomago la molestaba. Desde la mañana galopaba furiosamente y no
había comido nada. Realmente tenía hambre.
Y ya no existía urgencia en llegar a la Ciudad.
Desensilló su caballo, dejo su montura, armas y ropas junto a
un árbol y soltó a la fiel bestia que contagiándose de su ama se dirigió a los
suaves pastos del borde del bosque y luego de revolcarse en la arena comenzó a
pastar como si estuviera en sus tranquilas planicies del Sur, en primavera.
Drina se sentó en la arena, a la sombra del bosque, la arena
todavía estaba caliente del sol que la había castigado todo el día. Y con un
gesto invitó a la recién llegada a sentarse a su lado. De cerca la visitante se
veía aun más bella a los ojos de Drina. Pero su deseo de sexo podía esperar.
Primero tenía que saber.
Tarsia, aun con un poco de temor se sentó cerca de Drina.
Rápidamente Drina le contó que vivía en el caserío cercano,
que este se llamaba Riobrand, que habían pasado unos mensajeros anunciando
ataque Orco hacia muy poco tiempo y que – seguramente – su padre Rulfo estaría
guiando a los habitantes rumbo a la Ciudad.
Esto y la calmada voz de Drina, terminó de tranquilizar a
Tarsia. Ella le contó que su clan se había internado bastante en la planicie de
la zona de frontera, mas allá del Río que Hierve aprovechando los pastos del
verano para sus rebaños, pero que hacía ya un tiempo había percibido la huida de
los animales de la pradera y sus vigías divisaron a lo lejos las avanzadas de
una inmensa formación de Orcos. Comenzó allí una alocada huida del clan con sus
rebaños; hacia tres días habían cruzado el Río que Hierve casi en sus nacientes,
en las faldas de las montañas y proseguían su huida hacia el interior a las
tierras altas pero lejos de la Ciudad, siempre cerca de la montaña donde en los
valles ocultos y en los desfiladeros solo conocidos por los nómades se podrían
ocultar o bien sostenerse – con éxito - ante un ataque orco.
Hacia aquellas zonas convergían también otros clanes de los
nómades del sur alertados del ataque. Varios clanes reunidos formaban una
importante masa de guerreros montados que podrían enfrentar a una tribu entera
de Orcos, sobre todo en una guerra de desgaste entre las faldas de la montaña,
los cañones, quebradas, hondonadas y estribaciones montañosas.
Su abuelo, el jefe del clan, por ser diestra jinete y para no
desprenderse de ninguno de los hombres que podían ser necesarios para defender
al clan de un ataque, la envió para dar aviso de la invasión a la Ciudad. Urlik,
si bien no se sentía vasallo de la Regente, creía que era obligación de honor
comunicarle la noticia. Hacía tres días y tres noches que venía galopando
furiosamente, solo descansando cuando se lo requería su caballo, pero ya no
había apuro. Los mensajeros que cruzó en el camino le indicaron que ya la
noticia había llegado. Su mensaje no tenía la urgencia inicial. Podía descansar
y seguir mas tarde. Debía cumplir informando a la Regente y a los Maestres de
Guerra de lo que su Clan sabía y su Abuelo le había encomendado transmitir y
entregar el mensaje que - escrito por su abuelo en pergamino - llevaba en su
morral. Era una cuestión de honor y en el Sur, el honor es sagrado.
Tarsia, después de descargarse con Drina y sintiéndose bajo
su protección, se tiró exhausta sobre la arena e instantáneamente se quedó
dormida.
Drina después de escuchar el relato quedó totalmente
sorprendida, y mas aún cuando Tarsia se durmió. Sorprendida por las noticias y
por la belleza de la joven sureña dormida a su lado, en su sueño Tarsia se
relajó, su cuerpo irradiaba calor y Drina sentía que sus deseos de poseerla se
multiplicaban, pero aprovecharse de la joven dormida para gozar de su cuerpo era
una violación, contraria a la lealtad y el honor. La viajera - de hecho - se
había puesto bajo su protección, Drina también tenia honor y el honor le hizo
posponer su deseo de sexo.
Y el sol comenzaba a bajar, ya era más de la media tarde y
Tarsia dormía placidamente, en sus sueños se dio vuelta en la arena y su cabeza
terminó recostada sobre su brazo, casi pegada al cuerpo de Drina.
Drina se acercó a la cara de su protegida para ver mas en
detalle ese bello rostro, Tarsia se despertó de golpe y con los labios de Drina
muy cerca de los suyos. No se inmutó, abrió levemente los suyos, y sin decir
palabra pasó su mano por detrás del cuello de Drina y sosteniéndose con su brazo
se elevó de la arena tibia, apoyó su boca en la de la de ella y sintió el placer
de introducir su lengua en la húmeda boca.
Drina, sorprendida y halagada respondió al beso… las dos se
abrazaron, Tarsia sintió como los erguidos pezones de la diosa del bosque se
clavaban en sus tetas y mas se aferró, entre su cuerpos no cabía una brizna de
hierba, las dos mujeres se revolcaban en la arena besándose y acariciándose,
Tarsia fue bajando su mano hasta la vagina de Drina, allí con sus gruesos y
fuertes dedos jugó con la enrulada mata de vello y hurgando entre ella introdujo
uno, luego dos y hasta tres dedos en la mojadísima concha de Drina, que
revolviéndose de placer dejaba hacer. En segundos la previa excitación de Drina,
que llevaba mas de una hora aguardando que Tarsia abandonara el sueño, más las
expertas manos de la sureña hicieron que explotara en varios orgasmos seguidos
arqueando su cuerpo y clavando más aun sus pezones en las tetas de Tarsia, que
no dejaba de besar el cuello y la cara de su pareja.
Drina también bajo su mano y penetró con sus finos dedos en
la húmeda concha de Tarsia, acarició su clítoris y en menos de un minuto Tarsia
se retorcía en un orgasmo múltiple que le causaba tres dedos en su concha y dos
en su culo. Largo rato estuvieron las dos hembras dándose placer sobre la playa,
sin hablar, solo se escuchaban sus jadeos, sus gritos de placer, el ruido del
río y el canto de algunos pájaros que trinaban en los árboles cercanos.
Ya casi estaba anocheciendo cuando se separaron, con todo su
cuerpo cubierto de arena, mezclada con sus fluidos y el sudor del combate
amoroso. Tarsia se levantó y entre risas corrió hacia el agua.
A bañarse antes que anochezca ¡!!! Gritaba
Voy.
Fue el grito de Drina y en segundos ambas estaban nadando en
el remanso dejando sus cuerpos limpios y brillosos.
La jovencita del sur, salió corriendo del agua gritando:
te amo, tengo hambre y quiero comer un montón
antes de hacerte el amor de nuevo!!
(Continua)