V. Secuelas
Aquella noche fue larga para mí. Demasiadas emociones,
demasiadas cosas mucho tiempo deseadas que al fin se habían cumplido, al menos
en cierto modo. Había tenido acceso al cuerpo de mi amada, sí, pero no de la
forma que a mí me hubiera gustado, y ello por dos motivos.
En primer lugar, desde un punto de vista físico, era verdad
que había palpado y disfrutado con calma aquel cuerpo embriagador, pero también
era cierto que hube de reprimir mis más primarios instintos. En efecto, soy muy
besucona, y me moría de ganas de besar a Patricia por todas partes, probar las
cerezas de sus pezones, sus labios de fresa, el turrón que sin duda encerraba su
sexo, fresco y joven...
Pero no era eso lo que más me dolía. Lo peor era el terreno
afectivo. Y es que yo había "disfrazado" lo sucedido aquella noche, lo había
presentado como un simple masaje que, entre amigas, había sido llevado un poco
más allá. Todo había quedado como un desahogo entre colegas, sin asomo de
componente homosexual, incluso sin esperanzas fundadas de que aquello se
repitiera.
Y yo me moría de ganas de contarle a Patricia cómo era la
realidad, de reconocerme lesbiana y, sobre todo, de declararle mi amor profundo
y sincero. Pero algo me sujetaba, me impedía descargar mi interior sobre ella, a
pesar de que sabía que mi amiga había vibrado entre mis brazos como
probablemente nunca antes en su vida. Ese pensamiento me consolaba, pero no
solucionaba mi problema, Patricia era y seguiría siendo heterosexual, y contra
eso ni toda mi sabiduría ni mis malas artes podían nada; además, mi cerebro,
antes fuente inagotable de ideas, parecía agotado, exprimido al máximo. No tenía
idea de qué hacer a continuación, cómo forzar un mayor acercamiento con mi
compañera. Me arrepentí profundamente de no haberle pedido una compensación a mi
"trabajo" al terminar el masaje, hubiera sido sin duda el momento más apropiado
para hacerlo sin levantar sospechas. Al día siguiente, sin el ambiente adecuado,
no podía ni soñar en que Patricia accediera. ¡Ah, ser acariciada al menos una
vez por sus suaves manos...!
Ya digo que pasé inquieta toda la noche, dando vueltas una y
otra vez en la cama. A mi lado, noté que a Patricia también le costaba conciliar
el sueño, y eso me preocupaba enormemente ¿había ido demasiado lejos? ¿estaría
enojada conmigo, una vez pasado el placer sexual? Al día siguiente, me levanté
fea y ojerosa, cansada y con un temperamento extrañamente depresivo, jamás pensé
que la mañana siguiente a mi primer contacto físico con Patri fuera así.
Afortunadamente, ella no parecía enfadada conmigo, ni
siquiera me pareció leer en sus hermosos ojos verdes sombra alguna de sospecha,
parecía que su natural noble y confiado no podía ni imaginar que mis intenciones
para con ella pudiesen ser más oscuras de lo que yo dejaba traslucir.
Sin embargo, algo no iba tan bien entre nosotras como durante
los primeros días. Patricia parecía ausente, taciturna, la conversación no fluía
tan alegre, las risas habían desaparecido. Ni una sola vez hicimos mención
ninguna de los dos al masaje de la noche anterior. Curiosamente, aquello parecía
no existir aunque, en realidad, su presencia flotaba constantemente en el aire,
y a veces yo tenía deseos de decirlo en voz alta, de darle así realidad y
consistencia "anoche te masturbé, jugué con tu cuerpo como y cuanto quise, y a
ti te entusiasmó, te guste o no, tuviste un orgasmo increíble gracias a mí..."
Si yo tenía alguna esperanza de que aquello se repitiera por
petición de Patricia, sus ojos huidizos y su expresión azorada me quitaron
pronto toda ilusión. Creo que se sentía avergonzada, probablemente su
estereotipada moral no le permitía asimilar que, pese a ser hetero, había
disfrutado en una sola noche con una chica más que en cuatro años con un pene
duro pero poco hábil.
En fin, poco puedo contar sobre los dos días siguientes.
Tranquilas en la playa o la piscina del hotel, dejamos transcurrir las horas
hablando de cosas banales y sin importancia. Me dolía especialmente que aquellas
conversaciones largas y sin secretos pareciesen ya cosa del pasado, pero no
sabía cómo solucionarlo. Por las noches, tras un paseo corto y de compromiso
tras la cena, volvíamos al hotel, nos cambiábamos por riguroso turno en el baño
y, tras apagar la luz, nos dormíamos cada una hacia su lado, dándonos la
espalda.
Sólo faltaba pues un día y una noche para volver a Madrid. Al
día siguiente, a las once de la mañana, un avión nos llevaría de vuelta a la
rutina, y todo lo sucedido quedaría en el pasado, cada una se iría a su casa y
volveríamos a hacer una vida de amigas... No podía admitir eso, no podía ser
"amiga" de Patricia, prefería perderla para siempre que pasar otro año como el
anterior. Lo medité profundamente, sopesé pros y contras y tomé una decisión: al
llegar a casa, le contaría todo a mi amada, sabía que ella me rechazaría y eso
sería el fin, pero mejor eso que quedarme a su lado en silencio esperando el
próximo Rubén, el próximo cretino.
Pero no fue la única decisión que tomé. Quedaba un día y una
noche, y había que intentar disfrutarlos al máximo, muy probablemente serían mis
últimas horas junto a Patri, la última ocasión en que contemplara su rostro
alegre y encantador. Temblando, temiendo una respuesta negativa, le propuse
pasar el último día en alguna calita nudista "lo pasamos muy bien, y habíamos
quedado en repetirlo antes de volver". Al oír mi propuesta, mi amiga quedó unos
segundos interminables en silencio. Temí que no quisiese volver a estar desnuda
ante mí pero, finalmente, accedió. Veloz como un rayo, hice todos los
preparativos para que aquel día final fuese lo más hermoso posible.
Diario de Patricia.
No sé qué nos pasa estos dos últimos días, pero parece que
algo se ha levantado entre nosotras. La verdad es que creo que la culpable
principal soy yo. Me da tanta vergüenza lo que pasó la noche fatídica que casi
no puedo ni mirar a la cara a Nuria ¿qué estará pensando de mí? Cada vez que me
mira, me siento otra vez como si estuviese desnuda ante ella, esperando que
empiece a... a tocarme.
Puff, estoy hecha un lío, por un lado querría borrar aquello,
que no hubiera sucedido nunca ¿por qué diablos dejé que las cosas llegaran tan
lejos? ¡Hubiera sido tan fácil decir basta...! Pero por otro, no puedo negar la
evidencia, ¡ay!, sólo con recordarlo mi cuerpo se estremece y noto una agradable
punzada en...
Las noches han sido horribles, parte de mí anhelando que
aquello se repitiera y, sin embargo, sin atreverme a pedirlo, más bien haciendo
todo lo posible por evitarlo. Me he portado muy mal con Nuria, me siento muy
culpable, ella que se ha desvivido por mí y ha hecho todo lo posible.
Hemos quedado en volver mañana a una playa nudista. La
primera vez fue muy divertido, pero la verdad es que no me apetece demasiado
repetir, temo ponerme en evidencia delante de ella otra vez, me pongo colorada
cada vez que lo recuerdo. En fin, intentaré que el último día sea agradable,
Nuria se merece eso y más.
VI. Acercamiento
Pues al fin llegaba el temido último día. ¡Con qué nostalgia
recordaba el día de la llegada, feliz y con una maravillosa semana por delante!
Pero ya habría tiempo de lamerse las heridas, ahora se imponía disfrutar al
máximo del momento, estaba dispuesta a que nuestras últimas horas en Mallorca
fuesen agradables y placenteras. Patricia parecía de mejor humor, lo cual me
animó mucho.
A media mañana, llegamos a una retirada playa mallorquina.
Tras dejar la carretera principal, tuvimos que recorrer alrededor de diez
kilómetros por una pista en un pésimo estado, di gracias de que el coche fuera
alquilado, no me hubiera gustado meter mi viejo renault por semejante camino de
cabras. Al final del camino, aparcamos junto a un acantilado, sólo se veía un
pequeño chiringuito donde daban bocadillos y refrescos. Mi guía del trotamundos
presentaba la playa como una de las más bellas y solitarias de la isla, ideal
para nudistas amantes de la tranquilidad.
Metiendo en la bolsa playera las toallas, el dinero y las
llaves del coche, empezamos a caminar por un estrecho sendero que, entre una
frondosa vegetación, descendía de modo abrupto hacia la playa. El camino fue
largo y dificultoso, y durante más de media hora nuestros pies sufrieron las
piedras y distintos obstáculos que nos hacían tropezar y casi caernos. Cuando
llegamos abajo, tras un brusco giro a la izquierda, apareció el mar, y todo el
esfuerzo de cargar con la bolsa por el tortuoso sendero se vio recompensado.
La playa era francamente preciosa. Sus aguas, cristalinas y
limpias, su arena, fina y salpicada de conchas. Había poquísima gente alrededor,
pero nosotras seguimos caminando un ratito más en busca de un sitio lo más
solitario posible. Al fin, extendimos las toallas en la arena y se repitió la
historia de nuestra primera experiencia en la playa nudista: en breves segundos,
yo estaba completamente desnuda, mientras Patricia conservaba aún su bikini
puesto. Por poco tiempo, esta vez no tuve que insistirle y, dándome la espalda,
mi compañera se despojó de su breve vestuario.
Pasamos el resto de la mañana allí, tomando el sol y
refrescándonos en las cálidas aguas mediterráneas. Yo intentaba aprovechar al
máximo el tiempo, saborear despacio cada minuto. Estar tumbada junto a Patricia,
ambas desnudas, era un delicia que tenía que fijar en mi memoria, sabía que me
serviría de consuelo en un futuro no muy lejano.
Habíamos pasado una mañana tan agradable, tan alejada del mal
ambiente de los dos últimos días que, al llegar la hora de comer, decidimos
tomar un bocata en el chiringuito y pasar la tarde en la misma calita. Nos
pusimos nuestros bikinis, cogimos la bolsa con las toallas y retomamos
nuevamente el estrecho sendero. Esta vez, tocaba trepar, y al llegar al bareto
de playa las dos estábamos jadeantes y sudorosas, pero nos sentíamos vivas y
felices.
El bar estaba atendido por un chaval melenudo delgadísimo y
muy simpático. Sus ojos devoraban a Patricia mientras nos comíamos nuestro
bocadillo. No había más de diez o doce personas en el chiringuito, incluso me
extrañó que hubiese un establecimiento en un lugar tan solitario. Nada más
comer, vuelta a la playa. Afortunadamente ahora, con la tripa llena, el camino
era en descenso. Pronto volvimos a estar en el mismo sitio de la mañana, en
cueros, tostándonos felices al sol.
Yo me sentía dichosa y angustiada a un tiempo. Por un lado,
el último día estaba siendo encantador, por otro, era eso, el último, y sentía
que el tiempo se me escurría entre las manos sin poder evitarlo. Decidí que no
podía renunciar a un último intento, total, entre provocar la ruptura aquí o en
Madrid, poca diferencia había. Intenté llevar la conversación al terreno que me
interesaba.
-Bueno, mañana a estas horas estaremos en Madrid. ¿Lo has
pasado bien?
-Mucho, han sido unas vacaciones estupendas, me has ayudado
mucho con lo de Rubén. Te prometo que en cuanto trabaje te invitaré yo a ti.
-No seas boba, eso es lo de menos... Hemos hecho muchas
cosas, ¿verdad?
-Sí, fuimos a La Calobra, visitamos la Catedral de Palma, la
playa nudista...
-... tuviste un orgasmo memorable...
Dije esto riéndome, como quitando importancia al asunto. Era
la primera vez que alguna de nosotras hacía mención al tema, y Patricia se puso
súbitamente colorada.
-No debes avergonzarte. Tengo la impresión de que llevas dos
días dándole vueltas al asunto.
-Sí... tienes razón, soy una tonta pero...
-¿Pero?
-No puedo evitarlo. Me da vergüenza haberme...
-¿corrido gracias a mí?
-Sí, eso.
-Deberías disfrutar más de la vida, sin dar tantas vueltas a
todo. Hay veces que las cosas suceden y punto, no hay que tratar de
comprenderlas, sólo aprovecharlas tal como vienen.
-Supongo que tienes razón.
-Y dime –traté de poner una sonrisa pícara pero indiferente-
¿te gustó mucho?
-... sí, me gustó... mucho –bajó la cabeza de un modo
encantador al contestar-.
-Ponle nota del uno al diez –no estaba dispuesta a dejar el
tema, quizá no volviese a tener otra oportunidad-.
-Ay, no sé, ocho, bueno, nueve. La verdad es que fue un diez.
Dijo esto último colorada como un tomate. Le había costado,
pero al final lo había soltado. Fingí reír al contestar, pero notaba el corazón
salírseme por la boca.
-Entonces, ¿por qué no me has pedido repetirlo? –lo dije de
un tirón y sin respirar-.
-... jo... yo, pensé que... no sé. Es tan extraño.
-¿Extraño por qué? ¿Por que te ha gustado más lo que yo te he
hecho que lo que te hacía Rubén?
-Es que yo no soy lesbiana, nunca he tenido la más mínima
inclinación y tampoco ahora la siento, y sin embargo...
Sus palabras se clavaban en mí alma como dardos, pero sabía a
dónde nos conducía el camino que habíamos tomado. Tragándome mi dolor, continué
diciendo lo que ella no se atrevía a decir.
-...y sin embargo, estás deseando repetirlo.
-...sí –dijo con un hilo de voz-.
-No hace falta que te pongas tan trágica, no me importa
acariciarte de nuevo.
-¿De veras? Es que yo... quiero decir que... yo... yo no me
atrevería...
-¿A tocarme a mí? No te preocupes, no es necesario. Has
pasado veintiún años sin orgasmos, bien mereces una alegría.
Estaba a punto de echarme a llorar. Patricia no me quería a
mí, ni siquiera se planteaba la idea de tocar mi sexo. Sin embargo, sí deseaba
ser acariciada otra vez, ser conducida al éxtasis por su experta compañera. Era
humillante, iba a ser utilizada como tantas y tantas mujeres como simple objeto
de placer... y ni siquiera podía reprochárselo. Yo la había engañado, y éste era
mi castigo, Patricia no sabía el dolor que me infligía y no tenía culpa de nada.
Estaba cayendo la tarde, con un repentino impulso, miré a mi
alrededor. La playa estaba prácticamente desierta, sólo una pareja mayor, a mi
espalda, era testigo de nuestra presencia, pero estaban a más de cien metros de
distancia. Me puse de costado y le pedí a Patricia que se tumbase boca arriba.
-Voy a acariciarte. Ahora.
-¿Ahora? ¿estás loca?
-No hay nadie alrededor, sólo esa pareja mayor, y están
lejísimos. Además, mi cuerpo impide que vean nada. Tú déjate hacer, ¿has tenido
sexo alguna vez en una playa?
-No... claro que no...
Mi mano derecha estaba ya jugando por los alrededores de su
pubis. Patricia estaba nerviosísima, intentaba detenerme, pero yo insistía.
-Si te mueves llamarás la atención. Si te estás así, quieta,
disfrutarás con locura y nadie se dará cuenta. Confía en mí.
Patricia estaba temblando ya de excitación. Creo que el mero
recuerdo de su último orgasmo le convertía en una marioneta entre mis manos,
podía hacer con ella cuanto quisiese. Así que era eso lo que la había tenido
seria aquellos dos días, deseaba con anisa que la transportase al cielo, pero no
se atrevía a pedirlo. Se reía conmigo, se divertía, gozaba con frenesí. Si yo
hubiera sido un chico, estaría ya enamorada de mí, pero...
Mi amiga estaba tumbada, con los ojos cerrados. Era obvio que
no me quería a mí como amante, quería mi habilidad, probablemente pensaba en
Rubén o en algún actor famoso mientras era "mi" mano la que la llevaba al cielo.
Así es la vida, unas veces se gana y otras se pierde. "Al menos, pensé, he
llegado a un grado de unión con ella que nunca imaginé posible." Contuve las
lágrimas y me concentré en mi trabajo.
Esta vez iba a ser todo lo contrario, nada de preparación,
ambiente y ritmo pausado. Ahora se imponía el aquí te pillo y aquí te mato. La
excitación la provocaba ahora la novedad, lo imprevisto, el estar al aire libre,
el pensar que la pareja mayor podía vernos.
Patricia empezó a jadear casi desde el principio. Me
sorprendió que su sexo se humedeciera tan rápido, como si sólo la conversación
previa hubiera servido para entonarla. Me felicité por el buen trabajo de la
noche pasada. Pronto, tuve dos dedos en el interior de su vagina, estaba
empapada, los notaba deslizarse con suavidad infinita, como si el sexo de mi
amiga llevase años esperándolos.
¡Qué diablos! Patricia iba a tener unos orgasmos memorables,
yo también merecía algo a cambio. Mi amiga permanecía tumbada boca arriba con
los ojos cerrados, yo estaba tumbada a su lado, sobre mi costado izquierdo.
Mientras mi mano derecha pugnaba por abrirse camino en lo más profundo de
Patricia, introduje dos dedos de la mano izquierda en mi propio sexo. Ahora ya
me estaba permitido, Patri no podía extrañarse, una no es de piedra. En cuanto a
la pareja madura, si miraban y se enteraban de algo, mejor para ellos, tampoco
estábamos haciendo nada malo.
Durante más de diez minutos, moví ambas manos al unísono, una
ocupándose de Patri, la otra aliviando mi propia tensión. Ella mantenía sus ojos
cerrados, evadiéndose de mí, yo clavaba la vista en su bello rostro, tratando de
memorizar cada detalle, intentando fijar en mi mente su expresión al alcanzar el
orgasmo. Éste sobrevino veloz, pero intenso. Patricia gritó como la primera vez
y sus mano derecha buscó mi mano... pero en esta ocasión no la encontró. Casi al
unísono con ella, mi propio placer me hizo gemir y derrumbarme sobre el pecho
derecho de mi amiga. De modo inconsciente, abrí la boca y besé aquel seno que
adoraba con locura. Fue sin embargo un beso casto, inocente, un beso enamorado.
-Uff, ¿qué hemos hecho? ¿nos habrá visto alguien?
-¡Maldita sea!, olvídate de los demás por una vez.
-Y tú..., ¿tú también te has...?
-Puff, pues sí chica, yo también estaba a tono, y como has
dicho que tú no querías acariciarme, pues...
-Jo, lo siento. La verdad es que lo haces muy bien, me ha
gustado tanto como el primer día. Ha sido diferente, pero igualmente
maravilloso.
-Me alegro –sonreí tristemente-
-¿Sabes qué?, esta noche salimos, nos tomamos unas
caipirinhas y, a lo mejor, luego me atrevo a acariciarte yo a ti.
-... bueno..., pero no quiero que hagas nada obligada, tiene
que salir de ti.
-Claro que no es obligado. Eso sí, cuando volvamos a Madrid,
las dos nos buscamos unos buenos chicos que nos hagan felices. Esto de tener que
recurrir a amigas es un poco patético. Ahora vamos a darnos un chapuzón ¡Qué
vergüenza!, orgasmos en público, espero que nadie nos haya visto.
Pasé del cielo al infierno en una sola frase. Patricia no
desdeñaba la idea de darme placer, pero lo hacía por amistad, en justa
correspondencia, ni se le pasaba por la cabeza la idea de continuar nuestra
relación en Madrid, al menos no como a mí me hubiera gustado. De todos modos,
tenía que reconocer que aquello era mucho más de lo que jamás soñé obtener de
ella. Con una curiosa mezcla de alegría y tristeza, corrí junto a ella y ambas
nos adentramos en el mar.
VII. La aventura
El momento había sido increíblemente excitante. Casi no me
había detenido a pensarlo pero ahora, mientras nos mecíamos juntas sumergidas en
las cálidas aguas, me asusté de mi propia temeridad ¡dios mío, habíamos
practicado sexo en medio de la playa, desnudas! Desde su posición, la pareja
mayor podía verme de espaldas, seguro que los movimientos de mis brazos les
habían llamado la atención. Estaban demasiado lejos para oír nada, pero
probablemente habían disfrutado del show atentamente. Al menos ahora no se les
veía, podríamos ahorrarnos la vergüenza de pasar cerca de ellos al marcharnos.
Patricia parecía feliz, se había relajado y tenía un
increíble tono rosado en sus mejillas "!lo que hemos hecho, lo que hemos hecho!"
repetía sin cesar. Me alegró pensar que, cuando mi amiga fuese vieja, echaría la
vista atrás y, sin duda, recordaría aquella tarde como la más emocionante de su
vida. No sabía hasta qué punto aquella tarde sería recordada por ambas.
Llevábamos más de media hora en el agua, empezaba a
oscurecer. Era hora de volver al hotel, no se me iba de la cabeza la promesa de
Patricia, tenía fundadas esperanzas de que hubiera más sexo esa noche. Se
imponía volver a toda prisa, antes de que el ánimo de mi amada se enfriase. Al
salir del agua, vimos que nos habíamos despistado, probablemente las corrientes
marinas, suaves pero constantes, nos habían desplazado unos metros sin apenas
notarlo. Miramos en todas direcciones buscando nuestras toallas, pero no las
veíamos por ningún sitio.
Empecé a ponerme nerviosa. Al fin, Patricia lanzó un gritito
de alivio "!allí están nuestras zapatillas!" Corrimos hacia el lugar que
señalaba su brazo y, en efecto, las zapatillas de playa estaban en su sitio...
pero eso era todo. No me lo podía creer, las toallas, la bolsa con los bikinis,
la cartera, las llaves de coche, todo, todo había desaparecido. Miramos
alrededor, desesperadas, no se veía absolutamente a nadie. ¡Nos habían robado!
Absurdamente, lo primero que sentí fue rabia, con lo "dispuesta" que parecía
Patricia aquella tarde, este contratiempo podía tirarlo todo por la borda.
Luego, poco a poco, me di cuenta de nuestra situación real: estábamos las dos
solas, completamente desnudas, en medio de una playa desierta a 40 km del hotel,
no teníamos las llaves del coche, ni móvil, ni dinero ¿cómo íbamos a salir de
aquello?
Curiosamente, Patricia se reía, casi feliz.
-¿Qué te parece tan divertido?
-Bueno, queríamos correr aventuras diferentes ¿no? Pues esta
sí que es buena. Además, no llevábamos las tarjetas de crédito, apenas nos han
quitado nada de valor.
-Pues explícame cómo vamos a volver al hotel, en cueros, con
una mano delante y otra detrás –por primera vez en mi vida, estaba irritada con
Patricia, en el fondo sentía ganas de llorar, estaba segura de que, con el
embrollo, mi amiga olvidaría los planes para esa noche-.
-¡El chiringuito –dijo Patricia- es nuestra única
oportunidad, quizá todavía esté abierto!
A toda velocidad, retomamos el sendero que ya empezaba a
conocer las huellas de nuestros pasos. Mientras subíamos, Patricia se reía sin
cesar, temí que estuviera sufriendo un ataque de histeria, pero parecía
simplemente alegre y divertida con la situación. En tan sólo veinte minutos,
hicimos el trayecto que esa misma mañana nos llevara media hora, las dos
temíamos encontrar el chiringuito cerrado ¿qué podríamos hacer entonces? Al
llegar al final del camino, ambas nos detuvimos en seco. Al fondo, podíamos ver
el bareto, todavía estaba abierto, se oía la música puesta a todo trapo. El
muchacho melenudo de la mañana seguía allí, colocando las cosas y limpiando la
barra, era obvio que se estaba preparando para cerrar. Desde nuestra posición,
nosotras podíamos verle a él, pero la espesa vegetación que rodeaba el sendero
nos protegía de las miradas del exterior. ¡Dios!, lo único que llevábamos puesto
las dos eran nuestras zapatillas playeras, yo cada vez estaba más nerviosa,
hubiera dado cualquier cosa por estar ya en el hotel, darme una ducha caliente
junto a Patri...
Nuestra primera intención fue gritar para llamar la atención
del muchacho melenudo. Le pediríamos que se acercase y, escondidas entre la
vegetación, le explicaríamos nuestra situación. Seguro que él podría prestarnos
algo de ropa y dejarnos usar un móvil. Pero la cosa no iba a ser tan sencilla.
Por más que gritábamos las dos a la vez, la música del chiringuito estaba tan
alta que el chico no oía nada. Teníamos ya las gargantas roncas y jadeantes
cuando hubimos de rendirnos a la evidencia, si queríamos recibir ayuda,
tendríamos que salir del sendero y acercarnos, desnudas, hasta la caseta del
bar. Entre risas y grititos nerviosos, decidimos salir las dos a la vez,
estaríamos unidas y codo con codo hasta superar aquella aventura.
Encogidas, muy nerviosas, salimos las dos de entre el
follaje, ambas con la misma postura, una mano cubriendo los pechos, la otra
sobre el pubis. A pesar de mi estado alterado, fui consciente de que, mientras
yo cubría perfectamente mis menudos senos usando el antebrazo y la mano
izquierdos, Patricia apenas alcanzaba a tapar sus hermosos pechos, que
amenazaban continuamente con ofrecer una vista incluso más generosa y directa.
Afortunadamente, no parecía haber nadie en el chiringuito
aparte del melenudo. Andando casi a gatas, nos acercamos a él por la espalda,
estaba limpiando unos vasos cuando llegamos a su altura.
-Ejem... perdona, mira, es que nos han robado.
Cuando se dio la vuelta, su cara reflejó una alegría inmensa,
sus ojos nos recorrieron con calma y aprobación, y una sonrisa infinita de
satisfacción se dibujó en su rostro.
-Pero si yo os conozco, esta mañana os he puesto unos
bocadillos.
-Sí... mira, nos han quitado todo, ¿no tendrías algo de ropa
ahí dentro?
-Puff, mira que lo siento, estoy yo solo y ropa no tengo,
¿queréis tomar algo? Invito yo, un par de tías en pelotas se merecen eso.
-Ya, pero no queremos nada...
-¿Por qué no?, yo estoy sedienta tras la subida.
Patricia me dejó boquiabierta. De repente, ella era la
desinhibida y la que afrontaba la situación con toda naturalidad. Ni corta ni
perezosa, se había encaramando a uno de los taburetes de madera y le había
pedido al melenudo una coca cola. Ya no se tapaba los pechos, aunque su sexo, al
estar el chico al otro lado de la barra, no era visible para éste. Tras pedir al
melenudo que bajase el volumen de la música, traté de encauzar la situación de
un modo lógico.
-Por favor, ¿no podrías dejarnos un móvil? Tenemos que hacer
una llamada.
-El problema es que aquí no hay cobertura. Mira, no te
preocupes, en quince minutos va a venir mi colega a recogerme en el coche.
Podemos llevaros donde queráis.
El sudor empezaba a correr por mi frente y no se debía a la
subida andando. ¿Cómo íbamos a entrar desnudas en un coche con dos desconocidos?
Y, si no lo hacíamos, ¿tendríamos que caminar en pelotas haciendo auto stop?
Miré a Patricia, incluso ella parecía empezar a preocuparse, creo que se iba
dando cuenta poco a poco de nuestra situación. Pensé en pedir al chico que nos
prestase a alguna su camisa de flores, pero, ¿qué haría la otra? Además, ir
desnuda de cintura para abajo me parecía incluso más provocativo.
Decidimos esperar, y el melenudo nos invitó a un refresco,
salió de detrás de la barra y se sentó junto a nosotras a charlar alegremente.
Yo estaba muy cohibida, me parecía absurdo seguir tapándome, así que allí
estuvimos los tres, tomando unas bebidas mientras llegaba su "colega". Patri
estaba más tranquila que yo, parecía una persona diferente, sus hermosos pechos
se movían y brincaban mientras hablaba con el chico, yo apenas intervenía en la
conversación. El melenudo, por su parte, parecía un chaval simpático e
inofensivo, desde luego, estaba feliz en compañía de dos chicas atractivas en
cueros.
Tras un tiempo que se me hizo interminable, y viendo que se
nos hacía de noche, indagué de nuevo.
-Perdona, ¿cuándo va a llegar tu amigo?
Entonces, el chico empezó a reírse como un loco. Todo había
sido una broma, nos dijo. A última hora de la tarde, una pareja mayor había
subido el sendero mascullando algo sobre unas lesbianas indecentes que se
tocaban en público. Él había adivinado enseguida que éramos nosotras, pues se
había fijado especialmente en los dos bombones que por la mañana le habían
pedido un bocata. Había estado toda la tarde vigilando el sendero para vernos y
sabía que no habíamos subido. Entonces, a toda prisa, había cerrado el
chiringuito y había bajado a la playa tan rápido como pudo.
-Desgraciadamente, cuando llegué ya habíais terminado,
estabais en el agua. Pensé que sería gracioso gastaros una broma. Tengo la bolsa
aquí, detrás de la barra.
Experimenté tanto alivio que ni siquiera le reproché nada. De
mala gana, el muchacho nos devolvió nuestras cosas "si os quedáis a cenar
conmigo en pelotas, os invito". Ya en el coche, más tranquila con el bikini y el
pareo puestos, arranqué y, mientras avanzábamos por la pista forestal que nos
llevaba a la carretera, comenté la pequeña aventura con Patricia. Ahora sí, yo
también tenía ganas de reírme.
-Bueno, esto sí que ha sido una aventura. Deberíamos haberle
matado.
-La verdad es que ha sido muy excitante. No te lo vas a
creer... pero a mí me ha gustado.
-Sí... ya lo he visto. Tanta vergüenza que te daba ir a la
playa nudista, y te tomas una coca cola en pelotas con un desconocido.
-Yo misma estoy sorprendida. No sé, son muchas cosas nuevas.
El caso es que, después de tus caricias, me encontraba a gusto allí, desnuda, y
mira que el chico era feísimo.
-Vas a pasar de ser una mojigata a una libertina, ja ja ja.
-Se me está ocurriendo una idea. No te rías, pero después de
tanto tiempo de aburrirme con Rubén, me apetece hacer locuras, cosas excitantes
y divertidas. ¿Qué te parece si...
No terminó la frase. Sin decir nada, sonriendo, se quitó la
parte de arriba del bikini, luego el pareo y la braquita y los arrojó al asiento
trasero del coche.
-¿Qué haces?
-¿Y si volvemos desnudas al hotel?
-Ahora eres tú la que se ha vuelto loca.
-Mira, es casi de noche, nadie va a vernos, y si nos ven
¿qué? Vamos, será divertido. Por favor, me apetece tanto...
-Pero, ¿y si aparece la policía?
-Oh vamos, ¿cuántos policías has visto desde que llegamos a
la isla? Además, llevamos los bikinis al alcance de la mano, podemos cogerlos
enseguida.
La miré pensativa. De repente, la idea de conducir desnuda
junto a ella me pareció increíblemente sexy. Aquello sí que sería algo que
contaríamos de abuelas con una sonrisa, difícilmente algún tío iba a
proporcionarle a Patri una experiencia más rompedora. Sonriendo, detuve el
coche, me desnudé completamente y, las dos en pelota picada, iniciamos el
regreso al hotel.
Fue maravilloso. Las dos cantábamos juntas y dábamos saltos
dentro del coche. Con las ventanillas bajadas, el frescor de la noche acariciaba
dulcemente nuestros cuerpos. Apenas nos cruzábamos con nadie, y la oscuridad y
el brillo de nuestros faros nos protegían de miradas extrañas. Deseé que aquel
trayecto no terminara nunca, ojalá pudiera seguir agarrada a ese volante
eternamente, viendo a mi derecha a Patricia en cueros, preciosa y riendo
salvajemente. ¡Qué lejos parecían los dos tristes días que habíamos pasado
juntas!
Eran cerca de las once de la noche cuando llegamos al hotel.
Estaba en una urbanización muy tranquila, muy apartada de cualquier centro
urbano. Excitadísimas las dos, me dirigí a la parte posterior de las
habitaciones. Se trataba de una calle poco iluminada, la farola más próxima
estaba fundida y sólo se veían unos pocos coches aparcados. Entonces, fui yo la
que quiso ir un poco más lejos.
-¿Y si entramos en la habitación así?
-Ja ja, ¿te atreves?
-¿Te atreves tú?
-Yo voy donde tú vayas y hago lo que tú hagas.
Con tal de sentirme más unida a Patricia, hubiera bailado
desnuda en medio de un salón lleno de camioneros. Afortunadamente, no era tan
difícil nuestro reto. Nuestra habitación disponía de un pequeño jardincito en la
parte posterior con salida a la calle. Se podía entrar sin necesidad de pasar
por recepción, tenía una de esas llaves electrónicas que puedes llevar a todas
partes, y yo la tenía conmigo. Había sólo 20 ó 25 metros desde donde había
aparcado hasta la puerta del jardín, y no se veía a nadie por la calle. Aún así,
la sensación de asomarse a un abismo, de estar expuesta a todo y a todos, era
increíble. Nada que ver con una paseo por la playa nudista, allí todo el mundo
está desnudo y no se sorprende de verte. Ahora, el riesgo de ser vistas, aunque
mínimo, nos hacía sentirnos en un estado de embriaguez nuevo y tonificante.
Todo fue muy rápido. Las dos a la vez, abrimos las puertas
del coche, corrimos por la acera completamente desnudas y llegamos a la
portezuela. Temblando, metí la llave electrónica en su sitio. La luz roja pasó a
verde, empujamos la puerta y... ya estábamos dentro, a salvo. Apoyadas contra el
muro por la parte interior de jardín, suspiramos excitadas. Nos reíamos, dábamos
palmas... nos abrazamos...
Era el momento, ahora o nunca, ni hablar de salir a cenar o a
tomar una caipirinha. Abrazadas todavía, mis pechos rozaban los de Patricia y
sentía que iba a perder el sentido. Nos quedamos las dos serias, mirándonos.
-¿Sabes? –le dije- estoy muy excitada.
-Yo también.
-¿Te... te importaría aliviarme un poco?
-Para eso están las amigas –se río- pero tendrás que guiarme,
aunque no lo creas, no me masturbo casi nunca, y desde luego no tengo tu
habilidad.
Cogidas de la mano, pasamos a la habitación. Sabía que ella
no me amaba, sabía que para Patricia era un juego novedoso y excitante, pero
sólo eso, un juego. Al día siguiente, yo estaría deprimida y desesperada. Pero
para eso quedaba un mundo. Tenía toda la noche por delante.
VIII. El desenlace
Todavía de la mano, entramos en la habitación y nos sentamos
en la cama de matrimonio, muy juntas. Mi corazón experimentaba un torrente de
sensaciones contradictorias, por un lado, apenas podía creer que lo que estaba a
punto de pasar fuese real. Por otro, leía en los ojos de Patricia un deseo
fugaz, pasajero, un simple interés de experimentar cosas que pronto caerían en
el olvido. Tenía miedo al dolor, al desagarro que sabía que sufriría pronto,
pero ahora ya nada ni nadie podía detenerme.
Estábamos sentadas en el borde de la cama, con los pies en el
suelo, desnudas y mirándonos. Patricia fue la primera en hablar.
-No sé cómo empezar –soltó una risita nerviosa- dime qué
quieres que haga.
Ahora era yo la que estaba cohibida. Deseaba con desenfreno
que Patricia me besara en la boca, pero eso, lo más inocente, era justo lo que
no podía pedirle.
-Me… me gusta mucho que me acaricien los senos.
Obediente, Patricia tomó cada uno de mis pechos y empezó a
masajearlos. Otra vez viví sentimientos contradictorios. Era evidente que mi
amiga lo hacía sin pasión, que ella no experimentaba placer al hacerlo. Pero,
por otro lado, procuraba hacerlo bien, quería sin duda devolverme los "favores"
prestados. Mi mente se nubló ¡dios! ¡Patricia estaba acariciando mi torso
desnudo! No sé cuántas veces había soñado con ello, creyéndolo imposible. Mis
pezones doblaron su tamaño y dureza inmediatamente, provocando una risa
cristalina en mi amiga, parecía una niña absorta con un juguete nuevo.
-Ahora, acaricia mis muslos por aquí, por dentro, ¡con una
mano!, con la otra sigue tocándome el pecho por favor.
Era divino tener su mano caliente tan cerca de mi pubis.
Estaba ya mojadísima, pero quería retrasar al máximo el orgasmo, que todo el
proceso durara el mayor tiempo posible. Intenté distraer la mente, pensar en
otra cosa.
-¿Te gusta hacerlo? –pregunté estúpidamente ¿y si respondía
que no, que quería dejarlo?
-Bueno –rió- me gusta más cuando me lo haces tú a mí, pero no
me importa, de verdad, te mereces una alegría, has renunciado a los chicos por
mí esta semana y sé que eso es duro para ti.
Era mejor no hablar más o conseguiría fastidiarme un momento
tan especial. Decidí obviar su frase y disfrutar de lo que era un sueño hecho
realidad.
-Vale –traté de fingir serenidad- ahora, puedes pasar la
palma de la mano abierta por la rajita, arriba y abajo.
Para facilitarla el trabajo, me puse de rodillas junto a ella
en la cama, con las piernas abiertas. Siempre me ha gustado ser acariciada de
esta forma. Patricia, sentada frente a mí, podía manipular mi cuerpo con toda
libertad. ¡Ohhhhh! El primer contacto de su mano con mi sexo fue lo más
alucinante que he sentido jamás. Una descarga eléctrica me recorrió de arriba
abajo, mi amiga se detuvo confusa.
-¿Lo he hecho mal?
-Oh, no, no, sigue, me gusta.
Su mano derecha era suave y cálida, me acariciaba con ternura
mientras la izquierda se apoyaba ahora en uno de mis muslos. Mis jadeos eran
cada vez más fuertes y profundos. Otra vez, intenté refrenar el placer, que
llegaba demasiado rápido.
-Para, para un instante, me gusta ir despacio. Por favor,
acaríciame un poquito la espalda.
Me tendí boca abajo para que Patricia pudiera deslizar sus
manos por mi espalda morena y suave. Fue delicioso sentir su roce en mi piel
caliente todavía por el sol. Me encantaba además ir dando órdenes a mi
compañera, que obedecía dócil y deseosa de agradar.
-Bien, muy bien, ahora el culete, por favor.
Mi culito pequeño pero redondito agradeció con pasión sus
caricias, quería aprovechar al máximo la situación, que cada poro de mi piel
conservase el recuerdo del tacto de Patricia para toda la eternidad. Pero ya no
podía más, necesitaba descargar la tensión o me iba a volver loca. Volví a
incorporarme y me puse de rodillas otra vez frente a Patri, las piernas bien
abiertas.
-Uff, ahora, ¿puedes meter un dedo en mi rajita por favor?
¡No, no del todo!, primero, sólo… la puntita… así, así… ummm, es fenómeno.
Patricia cumplía punto por punto mis órdenes. Su dedito
dentro de mí me abrasaba de placer y felicidad ¡dios! Si hubiera podido
encerrarlo allí para siempre…
-Gracias cariño, busca el botoncito, sé buena… ¡Ah!.. sí,
¡uy!
-¿Te gusta?
-¿A ti… qué te… parece? –la llegada del placer me hacía
sentirme más libre. Ahora estaba preparada para gozar al máximo de la situación.
-¿Sigo así? ¡Dios mío, estás empapadísima!
-Uffff, ya… ahora… mete el dedo hasta el fondo… despacioooo
¡aaaah! ¡qué gusto da!
-No sabía que fuera tan buena –se rió Patricia inocentemente.
-Créeme, has… nacido para esto. Mete otro dedo más… así, así,
¡no! ¡no los muevas! Mételos todo lo que puedas y déjalos quietos.
Era increíble. Cerré los ojos, estaba en pleno éxtasis,
quieta, abierta tanto cuanto podía y los dos deliciosos deditos de Patri dentro
de mí, sentía que el orgasmo me llegaba por momentos, sin movernos ninguna de
las dos.
-¿Estás bien? ¿sigo o…
-¡Calla!, quieta, por favor… quie…ta, así es… per… fec…to.
¡AHHH!
Mi cuerpo se convulsionó salvajemente sin que yo tuviese nada
que ver en sus movimientos. Patricia aguantó firme, sus dedos llevándome a la
luna, yo quería que permaneciesen allí para siempre. Tuve un orgasmo fantástico.
Pero quería más.
-¿Has terminado?
-¡Espera!, no es el final. Por favor cariño, mete un tercer
dedo.
-Pero, voy a hacerte daño.
-No te preocupes por eso –sonreí interiormente ante su
candidez- vamos, despaci…o así… uff, muy bien. Cariño, eres un consolador
maravilloso.
-Me alegro de servirte de utilidad, ¿me quedo quieta o
empiezo a moverlos?
-Quieta, por favor, quieta, es… perfecto.
Entonces, fui yo la que, subida sobre su mano, empezó a
cabalgar. Supongo que por algún lado tenía que salir mi faceta de lesbiana
dominante, quería follarme los dedos de Patri, sentirme taladrada por ellos que,
firmes, aguantaban mis embestidas. Mientras mis riñones trabajaban a mi
servicio, moviéndose frenéticos y buscando el ángulo de mayor penetración
posible, me agarré al brazo de Patricia con mis manos, apoyándome sobre él. Mi
amiga no se movía ni hablaba, obediente, dispuesta a ofrecerse como el
consolador más encantador del mundo.
-Gracias… gracias… es… increíble… oooooh.
Mis labios mordían el hombro de Patrica, mis dientes quedaron
marcados en su piel, pero ella permaneció quieta, aunque mis sacudidas empezaban
a hacerle daño en la muñeca. Con un gemido salvaje, apreté aún más fuerte mis
dientes, un hilito de sangre salió de su hombro, Patri dio un respingo, pero
siguió en su puesto, velando hasta que un orgasmo interminable terminara de
arrasar mi cuerpo.
Luego, quedé exhausta, derrumbada sobre su brazo. Por un
tiempo eterno permanecí allí, abrazada a su hombro, sus dedos dentro de mí. No
quería moverme, no podía, pero la triste realidad me reclamaba.
-¡Vaya! Veo que te ha gustado. Lo siento pero, ¿puedo
recuperar mi mano? Empieza a dolerme, casi no siento los dedos.
-Oh sí, perdona, estaba agotada.
Con infinito dolor, me levanté y dejé que aquellos dedos
salieran de mi conejito enamorado.
-¡Qué barbaridad!, esto es estar mojada, tengo la mano
chorreando. Voy a lavarme un poco, y ahora me toca a mí, tanto jadeo me ha
puesto todavía más a tono, no voy a conformarme con cualquier cosa.
Mientras se lavaba las manos, traté de ordenar mis
pensamientos. Aquel no podía ser el fin, Patricia tenía que abrir los ojos,
estábamos hechas la una para la otra, me negaba a creer que jamás iba a volver a
disfrutar sus caricias. ¡Ay! Me iba a volver loca. Para ella aquello era un
juego, a mí me iba la vida en ello. No sabía cómo terminaría todo, pero sí que
ya no había sitio para remilgos ni treguas, su sexo me pertenecía, al menos por
esa noche. Patricia era merecedora de mis mejores artes y habilidades.
Volvió enseguida y se tumbó boca arriba, con las piernas
abiertas y sonriendo. Definitivamente, se había quitado todas las vergüenzas en
inhibiciones, estaba dispuesta a gozar si límites ni prejuicios, quería placer,
y sabía dónde encontrarlo. Pero entonces Patricia hizo algo que me dolió
profundamente.
-¿Puedes darme el antifaz, por favor?
-...Sí, claro, ¿para qué lo quieres?
-Bueno –se rió nerviosa- me ayuda a relajarme... y así me
imagino que eres Brad Pitt, por ejemplo, jajaja.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla. Quería morirme,
terminar con todo de una vez. Tantas caricias, tantas cosas juntas, tantos
lugares comunes que recordar... ella me quería, seguro, pero como se quiere a un
colega, a un amigo. En silencio, rebusqué en la mesilla y le di el antifaz.
-Estoy muy a tono, con tantas aventuras, ja ja, no hacen
falta muchos prolegómenos.
-¿Te han comido alguna vez el coño? –el despecho me hacía
utilizar un lenguaje soez, agresivo, necesitaba liberar mi frustración.
-¿Qué dices?
-Que si te han comido alguna vez el chichi como dios manda.
-...sí, claro..., bueno, un poco, Rubén era un prisas para
todo. Pero... ¿no me digas que...
-Cariño, ahora vas a saber lo que es estar en el cielo.
-Pero... jo... no sé, ¿no te da asco hacer eso? Con la mano
no te digo, pero con la boca...
Se había quitado el antifaz y me miraba con cara de
incredulidad.
-¿Quieres que lo haga o no?
-Su... supongo que sí, pero...
-No te preocupes, tú no tendrás que hacérmelo a mí.
-Oh, vaya, no quería decir eso, es que... chupar la vagina de
otra chica... estoy bastante mojada, te lo advierto.
Llevaba un puñal clavado en el pecho. Patricia se moría de
ganas de experimentar el placer del sexo oral, pero le aterraba la idea de
devolverme el "favor". Estaba próxima al llanto, desesperada, sabía que mi
relación con ella estaba llegando al final. Por eso necesitaba besar su sexo,
aquel manantial por el que iba a aspirar sus fluidos con pasión, intentando
apropiarme así de su alma. No podía besarla en la boca, pero sí en esos otros
labios que eran para mí como néctar de los dioses.
Otra vez se había puesto el antifaz. Estaba desnuda ante mí,
con las piernas abiertas. Yo le había dado todo, y estaba dispuesta a darle aún
más, iba a poner toda mi sabiduría a su disposición, pero también iba a llevarme
lo máximo posible en forma de recuerdos. Con cuidado, besé su pezón izquierdo.
Patricia dio un pequeño respingo, sorprendida, pero no dijo nada. El pezón se
endureció al instante, agradecido. Continué con el otro pecho, despacio,
degustando en mi boca el exquisito sabor de aquellas tiernas cerezas.
Fui luego directa al ombligo, acaricié con mi lengua aquella
deliciosa oquedad. Con suavidad, abrí las piernas de Patricia al máximo,
haciendo sitio así para besar sus ingles, el delicioso lunar que tenía donde
terminaba el vello púbico. Mi amiga se removía satisfecha, esperaba nerviosa que
yo me lanzara hacia su sexo con mi boca voraz.
-¿De verdad vas a hacerlo? No puedo creerlo ¿sabes?
-¿Qué?
-Pues que Rubén era un escrupuloso, la verdad es que nunca me
lo ha hecho, decía que como yo no se la chupaba hasta el final no me lo merecía.
-Entonces, ¿nunca te lo han comido?
-No. Ya ves, te pareceré una sosa, uff, siempre he deseado
saber cómo es, pero sólo he estado con Rubén, y me daba miedo insistir y que
pensara que era una guarra.
Me detuve un momento, era increíble. Estaba en mis manos, (en
mi boca, hablando con propiedad) hacerla feliz. Pensar que podía dar a mi amiga
aquella satisfacción nueva me llenó de alegría, a pesar de mi desgracia, aquella
semana iba a ser algo realmente memorable.
-Entonces –dije- en realidad llevas mucho tiempo esperando
esto.
-Uff, qué vergüenza –se rió debajo del antifaz- tener que
recurrir a ti para experimentar esto...
-Yo no tengo problema en hacerlo pero, si de verdad lo
deseas, tienes que pedírmelo.
-Jajaja, no... no sé, ¡qué corte!
-Bueno, entonces recurriremos al método tradicional.
Me sentía dueña de la situación por primera vez desde que
conocía a Patricia. Quería que me pidiera, que me suplicase que le diera placer
oral. Mientras esperaba su petición, empecé a jugar con su sexo como mis manos.
Por un momento, Patri permaneció callada, temí que su pudor le impidiera decir
nada y me privara así de mi propio placer, pues lo cierto es que me moría de
ganas de probar el sabor de su sexo. Pero no tuve que esperar mucho, ya le había
puesto el caramelo a la vista, y era demasiado jugoso para dejarlo escapar.
-Espera, espera. ¿Puedes... puedes usar la boca, por favor?
-No veo que tengas demasiado interés.
-¡Ay Nuria, cómo eres! Por favor, bésame... bésame ahí...
abajo.
-No sé, ¿estás segura? –seguía usando mis manos.
-¡SÍÍÍ! Por favor, estoy acatada, ¡quiero que me lo hagas, lo
habías dicho!
-¿Te mueres de ganas de que te coma el coño, verdad?
-¡Ohhhh sí!, quiero saber cómo es, sé buena, lo necesito.
-Está bien, está bien, nena, prepárate para entrar en el
paraíso.
-Uff, gracias, gracias, ¿puedo pedirte una cosa más?
-Claro.
-Es todo... tan perfecto. Estoy aquí tumbada, con el antifaz,
y... me gustaría que no hablases, quiero imaginar que es un chico el que me lo
hace, ¿no te importa, verdad?
-No... claro, cómo iba a importarme.
-Eres una amiga... increíble.
Ya no podía experimentar más dolor. Pero tampoco podía estar
más excitada. Patricia, "mi" Patricia, acababa de suplicarme que le besase en su
parte más íntima, y yo estaba dispuesta a disfrutarlo. Primero, empecé por besar
nuevamente sus ingles, con ternura. Notaba que mi amiga estaba más que
preparada, impaciente por que yo empezara a cumplir mi promesa.
Mientras mi cabeza se sumergía entre sus piernas, cogí sus
manos con las mías y la mantuve sujeta. Usando primero sólo la lengua, di
pequeños toquecitos a sus encantadores labios. Patricia suspiró profundamente.
Mi lengua iba recorriendo los alrededores de su vagina, rozando levemente,
apenas sugiriendo las caricias. Fue suficiente para que el sexo de Patricia se
abriese como una flor, ofreciéndome una maravillosa visión de su interior cálido
y rosado.
Notaba mi propio sexo agradablemente acalorado cuando, al
fin, introduje mi lengua entre las suaves y acogedoras paredes de Patricia. Fue
delicioso, exquisito, nunca podré encontrar manantial más fresco, origen de
fluidos propios de dioses. Mi amiga se retorcía sobre sí misma, jadeando
dulcemente. Metí y hurgué con la lengua tan profundo como me fue posible, en
todas direcciones. A veces la sacaba para descansar, y aprovechaba entonces para
dar suaves toquecitos sobre su clítoris, hinchado y palpitante.
Patricia parecía ya al borde del orgasmo, sus gemidos habían
subido en volumen e intensidad. Soltando sus manos, así su trasero con la
derecha para izar levemente su pubis y así tener un mejor acceso. Mientras, mi
mano izquierda se deslizó automáticamente hacia mi propio sexo, que necesitaba
ser atendido. Ahora, abrí mi boca y, amorosamente, introduje en ella los labios
mayores de Patri, succionando, besándolos con frenesí.
Con su sexo dentro mi boca, mi amiga se corrió eternamente,
dando pequeños grititos entrecortados. En silencio, yo aspiraba ávidamente la
deliciosa humedad que destilaba su vagina, mientras mis sabios dedos contribuían
a mi propio orgasmo. Fue el más hermoso de mi vida, pues tenía aprisionados
entre mis labios aquellos otros labios que me hacían perder el control.
Cuando ya ambas habíamos gozado, todavía estuve un rato allí,
lamiendo y besando el maná que Patricia me ofrecía.
-Uff, es increíble. Gracias, jamás pensé que esto pudiera ser
tan placentero. Pero puedes dejarlo ya, jajaja, no sé cómo no te da asco.
Con tristeza, me despedí del sexo de Patricia con un beso
largo y amoroso. Sabía que era la última vez que tenía acceso a aquel paraíso.
Esa noche, dormimos las dos desnudas, yo abrazándola y
velando su sueño tranquilo y relajado. A la mañana siguiente, antes de que
Patricia se despertase, cogí la cámara y le hice una foto, desnuda y hermosa
como nunca. Luego me duché y empecé a hacer las maletas.
Al llegar a Madrid, en el aeropuerto, el día estaba nublado y
una suave lluvia obligaba a que nuestra despedida fuese más corta. Patricia se
quedó mirándome con gesto grave.
-Nuria.
-¿Sí?
-Estás enamorada de mí, ¿verdad?
Mi silencio fue elocuente.
-Supongo que siempre lo he sabido, pero no quería
reconocerlo.
-Han sido las vacaciones más maravillosas de mi vida.
-Para mí también, para mí también. He disfrutado mucho
contigo, me ha gustado mucho que me hicieras el amor, ha sido fantástico, no me
arrepiento de nada, pero...
-Pero tú no eres lesbiana.
-Podemos ser amigas, las mejores amigas. Pero yo quería ver
cosas nuevas y ya las he visto. Lo de anoche no... no volverá a repetirse.
-Lo sé. El problema es que no podemos ser amantes, pero
tampoco amigas Patricia.
Cogí mi maleta y empecé a caminar. No pude evitar volver por
una vez la mirada. Patricia estaba llorando. Me acerqué a ella por última vez.
-¿Puedo pedirte un favor?
-Claro.
-¿Puedo darte un beso de despedida?
Sin esperar respuesta, me acerqué a ella y le di un beso en
los labios. Fue un beso largo y apasionado, Patricia abrió la boca y permitió
que mi lengua entrase en ella, se enredase con la suya, se despidiera de todos y
cada uno de sus rincones... Después, aguantando las lágrimas, llamé un taxi y me
fui.
Ese año pedí mi traslado de expediente y me matriculé en otra
universidad.
Epílogo.
Han pasado diecinueve años desde aquellas vacaciones. Hoy, 12
de septiembre, Patricia cumple 40 años. No he vuelto a verla, ni a hablar con
ella. No sé nada de su vida, si se ha casado, si ha tenido hijos. Al
despedirnos, le prohibí llamarme, y yo he resistido heroicamente la tentación de
marcar su número, aunque miles de veces he tenido el teléfono en la mano. Pero
sé que ella sólo podía ofrecerme una buena amistad, y yo no podía estar presente
cuando el próximo Rubén hiciera su aparición.
En estos años han pasado muchos amores por mi vida, he
compartido experiencias con mujeres de todo tipo. Sin embargo, en mi pecho hay
un hueco imposible de llenar. Por las noches sueño con Patricia, con su
encantadora forma de ponerse colorada, con su cuerpo sensual y joven. Entonces,
me despierto y saco mi más preciado tesoro: la foto que la tomé el último día
juntas. A veces me masturbo con ella, otras simplemente la miro. Para mí,
Patricia tendrá siempre 21 años, será siempre joven y guapa.
Pero, todavía hoy, lo que más hago al ver la foto es llorar.