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Fecha: 17-Sep-08 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Al borde de la cama

Skaidan
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Tiempo estimado de lectura: [ 9 min. ]
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Como cada noche, mamá estaba sentada junto a mí en mi cama para arroparme y hablar un poco conmigo. Siempre le gustaba que charláramos un poco antes de dormir, quizá porque se sentía algo sola después de que mi padre la abandonara y se fuera a vivir con una brasileña más joven que ella. A mí me gustaban aquellas conversaciones que teníamos, que trataban los más diversos temas, desde el instituto (en el que yo cursaba mi tercer curso) hasta las chicas, aunque de éstas no sabía yo mucho todavía.

Recuerdo que aquella noche en particular, mamá llevaba puesto un camisón de tela muy fina (la verdad es que creo que era un camisón más bien barato) que no se le quedaba pegado al cuerpo. Pues bien, sucedió que, mientras hablábamos se estaba quitando una orquilla del pelo y, cuando la cogió en una mano, se le cayó al suelo junto a la cama. Cuando se agachó el escote del camisón se separó tanto de su pecho que pude verle perfectamente sus grandes (y algo colgonas) tetas. Fue tal la impresión que aquello me causó que tuve una erección inmediatamente. Y no fue una de esas erecciones pasajeras no, sino una de ésas que parecen hechas de hormigón y que no hay manera de que se quiten. Al estar yo todavía destapado, podía verse fácilmente la montaña que salió entre mis piernas y que empujaba la tela del pantalón de mi pijama hacia arriba con fuerza. Mamá, nada más que se hubo levantado del suelo, reparó en aquello y sonrió.

-¿Qué te ha pasado ahí, cielo? -me preguntó con tono burlón.

Yo no sabía qué decir, pues estaba sonrojado y deseando que me tragara la tierra.

-Ah, ya sé yo lo que ha pasado... Cuando me he agachado me has visto las... tetitas, ¿no es así?

Aunque estaba tenso, dije que sí.

-¿Y quieres verlas o te da vergüenza?

-S...sí -respondí nervioso y un poco sin creerme lo que me estaba diciendo.

-Pues venga, te las enseño, para que no tengas tanta intriga y te pasen esas cosas ahí abajo... -me dijo sonriendo.

Con total naturalidad, se quitó el camisón y se quedó allí de pie delante de mí con sólo unas pequeñas braguitas negras puestas. Su cuerpo era algo relleno, el normal en una ama de casa cuarentona, pero no estaba mal proporcionado, sino que tenía una agradable forma, aunque fuera algo gorda. Se volvió a sentar al borde de la cama mirando hacia mí, con sus enormes tetas allí expuestas.

-¿Qué te parecen? -me preguntó.

-B... bien -contesté yo, todavía algo avergonzado.

-Si tantas ganas tenías de ver un par de tetas, ¿por qué no me habías pedido antes que te las enseñara? Yo creía que teníamos confianza los dos... Además, yo te veía la colita cuando eras más pequeño, aunque creo que ya no es una "colita". Parece que ya es una cosa más de hombre, ¿a que sí?

-Sí -dije.

-Tú y yo hemos hablado de muchas cosas, pero creo que nunca sobre sexo. ¿Quieres que hablemos del tema o te da vergüenza?

-No, no me da -dije algo más calmado ya.

-Bien. ¿Tú no lo habrás hecho nunca con una chica, verdad? -me preguntó.

-No, claro que no -le contesté.

-Ah, ya lo suponía. Pero supongo que sí te tocaras tu cosita, ¿no?

-S...sí, algunas veces -admití algo nervioso de nuevo.

-Bueno, es lo normal a tu edad. Todos los chicos lo hacen. ¿Y te sale liquidito ya?

-Sí, dos o tres chorros -dije.

-Ah, eso está muy bien, quiere decir que ya eres un hombre y estás preparado para hacerlo.

-Ya, supongo...

-Pues sí, estás ya maduro y preparado para acostarte con una mujer.

-Sí, pero ya me dirás con quién, porque casi ninguna se fija en mí...

-Oh, pero eso es porque las chicas de tu edad todavía son un poco jóvenes para el sexo y les da miedo, pero yo, que soy tu madre y sé qué es lo mejor para ti, podría enseñarte algunas cosas y lo podríamos pasar muy bien los dos juntos sin que nadie se enterara, ¿qué te parece?

La idea me chocó y, por un instante, creí estar dormido y teniendo un sueño, pero no, todo aquello era real, muy real.

-¿Me... me enseñas tu...? -le pregunté tartamudeando.

-¿Mi qué?

-¿Tu chocho?

-Vaya, qué niño más malo... O sea, que le quieres ver el chocho a tu madre, ¿eh...? -dijo bromeando.

Yo asentí, envalentonado. Mamá se puso de pie de nuevo y, delante de mis ojos, se bajó las pequeñas bragas, enseñándome la frondosa mata de pelo negro que había entre sus piernas. Luego se sentó de nuevo al borde de la cama y puso su mano derecha sobre el bulto que había entre mis piernas, acariciándolo lentamente pero con fuerza.

-¿Y tú, me dejas ver esto tan duro que hay aquí? -me preguntó con la seriedad de alguien excitado.

-Claro.

Con las dos manos, mamá me bajó el pantalón del pijama y los calzoncillos a la vez, dejando al aire mi gorda erección de dieciséis centímetros.

-Bueno, definitivamente no es una colita ya... -dijo mientras empezaba a masturbarme muy despacio-. ¿Te gusta que mamá te la toque?

-Sí...

-¿Quieres tocarme a mí?

-¿Puedo?

-Claro que sí, cariño... Tú pídeme lo que quieras, que para eso soy tu madre...

Sin pensármelo dos veces, empecé a tocarle las tetas mientras ella me masturbaba.

-¿Te lo estás pasando bien? -me preguntó.

-Sí -contesté yo.

Los dos seguimos así durante un rato, pero, al poco, mamá se inclinó sobre mi rabo y, para mi increíble sorpresa, empezó a chupármelo. Al principio no podía creer que mi madre estuviera chupándome la polla, ya que acababa de ir al servicio y no estaba seguro de que estuviera limpia del todo, pero luego el placer hizo que se me olvidaran todos los pudores. Mamá subía y bajaba la cabeza por mi miembro en silencio, esmerándose en lo que estaba haciendo y proporcionándome unas sensaciones que jamás había tenido antes. Sin embargo, no pude aguantar mucho y, poco después de un par de minutos, mi cuerpo se estremeció y me corrí. Mamá, sorprendentemente, ni se inmutó, simplemente recibió con agrado mis chorros de esperma y se los tragó. Luego me la siguió mamando un poco y, cuando finalmente, paró, se incorporó y se quedó sentada mirándome con cariño.

-¿Te ha gustado eso? -me preguntó.

-Sí -respondí yo.

-Me encanta cómo te sabe la picha, cariño... -dijo mientras me la acariciaba-. Pero, ¡todavía está dura como antes!

Por un momento pensé que aquello era algo malo por alguna razón.

-Claro, es que con tus años tienes una energía que ya la quisieran hombres mayores que tú... -dijo sonriendo, aunque no sin cierta admiración.

-¿Me dejas que te la meta? -le pregunté sin creerme que aquellas palabras estuvieran saliendo de mi boca.

-¡Vaya! Así que tienes ganas de meterla en el chochito de mamá, ¿eh?

Yo me sonrojé de nuevo.

-Oh, pero no te pongas colorado... -dijo, dándome un breve beso en los labios después-. Si mi niño quiere meterle la colita a su mamá en el chocho, entonces así va a ser... Además, a mí también me apetece. ¿Sabes? Desde que me dejó tu padre no he vuelto a hacerlo con ningún hombre. Y ocho meses son ocho meses...

-Ah, yo creía que te acostabas con alguno -dije yo, extrañado.

-No, cariño, con ninguno. Me da miedo acostarme con cualquiera y prefiero que me lo haga mi niño, que de ti sí me fío y sé que eres bueno. Pero, una cosa sí te quiero advertir, no te pongas nervioso ni te decepciones si terminas demasiado pronto. Tú ten en cuenta que en las películas esas guarras (que seguro que has visto alguna) los hombre en realidad ni aguantan tanto. Además, ahora va a ser tu primera vez y es normal si me echas tu liquidito demasiado rápido. Hasta que no lo hagas muchas veces no empezarás a controlar bien.

Me hacía gracia el tono de mamá. Hablaba con diminutivos como si estuviera hablando con un niño de siete años, pero era lógico en cierto modo, porque yo era su hijito y, además, estaba seguro de que hablar de aquella forma le daba cierto morbo.

El caso es que mamá se tumbó en la cama a mi lado y me dijo que me pusiera de rodillas entre sus piernas, que estaban separadas. Ante mí tenía su raja, rodeada de espeso vello púbico y algo reluciente a causa de sus flujos. Mi polla estaba tan brutalmente dura que creo que podrían haberse roto ladrillos si se hubieran lanzado contra ella.

-Venga, cielo, métemela despacio por aquí -dijo indicándome con un dedo dónde estaba la entrada de su vagina.

Me aproximé a su entrepierna avanzando sobre mis rodillas y agarré mi verga con la mano derecha. La pasé un poco por su raja, sintiendo el cosquilleo de su vello púbico, y, de pronto, sentí cómo se hundía rápidamente en el agujero de mamá. Estaba tan sumamente lubricado y dilatado que casí fue como si nada hubiera sucedido, pero el calor y la humedad me recordaban dónde estaba y cuán placentero aquello era. Mamá agarró mis nalgas con sus manos y las apretó para que me hundiera más en ella. Con la polla metida hasta el fondo, mamá empezó a moverse y, al poco, comprendí lo que quería, que era que la empezara a meter y sacar. Fue así como lo hice y comencé a sentir maravillas mientras mi pene se hundía y  luego salía para luego entrar de nuevo hasta el fondo. Mamá tenía las piernas casi totalmente cruzadas sobre la parte trasera de mis muslos mientras seguía apretando mi culo. Supongo que le excitaba mi cuerpo, aún delgado y más de niño que de hombre y fibroso. Debía ser curioso observar la escena, ver a una mujer madura siendo follada por un adolescente que tenía bastante menos masa corporal que ella. A pesar de eso, mamá gemía de placer y me rogaba con voz casi ahogada que siguiera así, que no parara. Yo continué de la misma forma, con un ritmo constante, y, al cabo de cinco minutos, ocurrió algo que estoy seguro que ella no se esperaba. Mamá empezó a respirar muy rápidamente y cerró los ojos con fuerza. Su cuerpo se estremeció y una ola de placer recorrió su cuerpo hasta salir por su boca en forma de gemidos fuertes de gusto. Cuando aquel clímax remitió, me di cuenta de que había estado apretando mis nalgas tanto con su manos que me había hecho algo de daño con las uñas.

-Sigue así, cariño mío, por favor... -me suplicó con voz ronca.

Algo asombrado y quizá algo asustado por cómo la lujuria se había apoderado de ella y de su voz, seguí como hasta entonces, con un ritmo constante, disfrutando de la humedad y el calor de su agujero, que me parecía el lugar más confortable y apetecible de la Tierra. También miraba sus tetas moverse de un lado a otro sin control. Parecían un flan moviéndose y tengo que reconocer que no eran ya las tetas perfectas de una veinteañera, pero eran grandes y suculentas como las de las antiguas amas de cría que daban el pecho a los niños de otras mujeres a las que no les subía la leche materna.

Entre jadeos y gemidos de placer de mamá, mi polla siguió hundiéndose en su agujero, que parecía insaciable. Yo estaba empezando a sentir cierto hormigueo de placer ya también, pero logré controlarlo (es curioso que lo consiguiera la primera vez, aunque ya era la segunda vez que me iba a correr) y mamá llegó a un segundo orgasmo. Su cuerpo entero vibró y se retorció sobre la cama, apretándome con fuerza contra ella de nuevo. Los dos estábamos sudando ligeramente, pero yo no me detuve. Seguí con energía y, al poco tiempo, noté que había pasado ese punto de no retorno que todos tenemos y que un cosquilleo de intensidad enorme aparecía en mi entrepierna. Un violento chorro de semen salió disparado de mi rabo y se estrelló contra el cuello del útero de mamá. Un segundo y un tercer espasmo depositaron aún más esperma en su vagina, y el cuarto y los siguientes ya casi no hicieron que saliera nada.

Mamá, sonriendo como sólo una mujer satisfecha sabe hacerlo y cubierta de sudor, me miró y me agarró la espalda con las manos hasta que caí sobre su cuerpo. Decía que le gusta sentir mi cuerpo sobre el suyo y me besó en la boca durante un rato. La sensación de humedad y el contacto entre nuestras lenguas era también algo nuevo para mí y me volvió a excitar. Tanto es así que, mi pene, que ya se había salido de mi madre, volvió a empinarse tan sólo diez minutos después de nuestra primera cópula. Mamá, que se dio cuenta, sonrió asombrada.

-¡Otra vez! ¿Ya tienes ganas de metérsela a mamá otra vez?

Yo dije que sí y de nuevo mamá me dejó que la penetrara. Esta vez no apretó mis nalgas con las manos, sino con sus propios muslos, que se cruzaron sobre ellas. Mamá me tenía así atrapado mientras mi miembro entraba y salía de su vagina, de la que salía un poco de semen. Aquel polvo duró incluso más que el anterior y mamá se corrió dos veces más. Yo no eché más semen, porque sinceramente no debía quedarme ya más, pero el gusto fue enorme aquella tercera vez.

-Ha sido una maravilla, cielo... ¡No tenía ni idea de que fueras tan bueno! Le has dado a mamá un gusto enorme -me dijo encantada cuando ya yacíamos el uno junto al otro en mi cama, ella con su coño bien abierto y yo con mi polla pringosa con semen y flujos vaginales.

-¿Lo repetiremos algún día? -quise saber.

-¡Ya lo creo! Con los bien que nos va a los dos en la cama, espero que quieras hacerlo con mamá muy a menudo. Además, creo que te podrías venir a mi dormitorio ya y dormir conmigo todas las noches. Como eres el hombre de la casa, debes venirte conmigo allí y estar con tu mujer, ¿no te parece?

A mí, naturalmente, me parecía una idea estupenda...



© Skaidan

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