Estaba sola en casa, tumbada en la cama. Mi marido tenía
guardia esa noche; patrullaba las calles. Estaba recién casada con un policía y
muy caliente en la noche solitaria. En varias ocasiones llegué a masturbarme,
pero estaba tan excitada que esa vez concretamente lo consideraba ridículo: lo
que necesitaba era un hombre.
Entonces oí la puerta de la calle y me asusté. Podría ser un
atracador, o quizá un violador. ¡Claro, un violador! Las ganas que yo tenía. En
realidad era mi marido, que pasaba por el barrio y venía a tomar algo para el
dolor de cabeza; y de paso a saludarme. Con él venía su compañero de patrulla,
un tal Isaías. Les recibí en bata de estar en casa y les rogué que se detuvieran
un rato a tomar algo. Fue entonces cuando mi marido me pidió que le hiciese
aquello que yo sabía para quitarle el dolor de cabeza. No era otra cosa que
chuparle la polla, pero me pareció increíble que me lo pidiese delante de su
compañero.
Le propuse ir los dos solos al dormitorio y dejar a Isaías
bebiendo un trago en el comedor, pero mi marido dijo que esa no era una buena
idea y que además les dolía la cabeza a los dos. Y es que el trabajo de policía
es muy duro y las esposas de los polis somos muy abnegadas; hacemos lo que sea
por el cuerpo. Ante mi calentura, bien estuvo hacerlo con dos hombres,
experiencia novedosa y excitante, con más morbo si cabe cuando uno de ellos era
mi marido y el otro su compañero.
