Vuelta al redil
Pasé unos días de terrible indecisión. Quería volver a ser la
perra de mis compañeros, sí, pero, ¿cómo plantearlo? ¿Me aceptarían? ¿Cuál sería
mi castigo?
Decidí que prefería hablar únicamente con Jorge, cuando
estuviese solo en casa conmigo. La oportunidad se me brindó una mañana, en que
los demás habían salido a trabajar.
"No puedo desaprovechar la ocasión. Ahora o nunca…" pensé,
nerviosa, con el corazón latiéndome a mil por hora.
Me desnudé completamente, me puse el collar de perra, que
llevaba varios días en mi estantería, me peiné con una coleta (era algo que les
gustaba que hiciese a menudo para facilitar que me agarrasen del pelo) y salí,
rumbo al salón.
Cuando llegué, Jorge estaba leyendo. Di un par de pasos más y
carraspeé. Me miró, distraído, y al ver cómo iba, me comprendió y su mirada se
endureció.
- Qué pasa – dijo.
- Que… lo siento mucho, de verdad – susurré.
- Sientes, ¿qué?
- Haber sido una imbécil, Jorge, llevo unos días horribles,
no puedo estar así después de haber probado a vivir como vuestra perra, necesito
que volváis a admitirme.
- Imposible – dijo con rotundidad, y siguió leyendo.
Me puse a cuatro patas, desesperada, y fui gateando hacia él.
- ¡Por favor! Todos tenemos derecho a equivocarnos, ¿no? Lo
siento muchísimo, estaba confusa, y…
- Y no se te ocurrió hablar conmigo civilizadamente, claro,
era más fácil montar una escena.
Bajé la cabeza, con lágrimas de impotencia en los ojos.
- De verdad que lo siento, ojala me creyeras.
Me agarró de la cara, me secó la lágrima y me miró a los
ojos.
- Te creo – murmuró, con una ternura desconocida.
- ¿De verdad?
- Sí. Pero no quiero forzarte a hacer cosas. Una cosa es que te fuerce como
parte del juego, y otra que te sometamos a cosas que no quieres.
- ¡Sí quiero! – exclamé, casi desquiciada porque me
readmitiera – me he dado cuenta al no ser vuestra perra… Lo… lo necesito.
- No quiero que follar con un vecino sea un inconveniente, o
un poco de exhibicionismo, o una humillación cualquiera. ¿Qué pasa si algún día
quiero cederte a alguien? ¡Que te negarás y tendré que volver a pasar la mayor
vergüenza de mi vida! ¿Sabes la cara que se me quedó cuando el Señor Hernández
me abrió la puerta con la polla en la mano pensando que eras tú y le tuve que
explicar que no ibas a ir porque ya no querías ser nuestra perra?
Las lágrimas volvieron. Comprendía que les había fallado.
- Haré lo que sea. Humillaciones, sexo con quien quieras,
exhibicionismo, lluvia, castigos, ¡lo que quieras! Bueno, lo que queráis los
tres – rectifiqué – por favor.
Se quedó pensativo.
- Sí, esa es otra. Sabes que si vuelves habrá castigo. Más
fuerte que los otros.
Le miré alarmada.
- ¿Cómo de fuerte? Me da miedo no soportarlo.
- No seas tonta, conozco tus límites mejor que tú – dijo con
desdén.
- ¿Eso quiere decir que me readmitís?
- Siéntate a mi lado – me ordenó.
Obedecí al instante, y lo que hizo me sorprendió. Cogió mi
cabeza con suavidad y me besó. Busqué su lengua con ansiedad y la enredé con la
mía, correspondiendo con pasión. Después nos separamos.
- Si bajas al cuarto, el Señor Hernández te usa a su antojo
durante un mínimo de hora y media y queda satisfecho, sí. Te readmitiremos. Pero
a la mínima falta grave no querremos volver, nunca, a saber nada de ti.
Creo que la cara se me iluminó y él no pudo reprimir una
sonrisa.
- Te juro que haré todo lo que esté en mi mano para no
decepcionaros.
- Sé que aprobarás con nota. No en vano te hemos adiestrado
como una perrita viciosa.
- Pero, ¿y si él no quiere? Quiero decir… después de no haber
ido el otro día.
- Humíllate hasta que quiera. Lo máximo será que se haga de
rogar. En caso de que agotes todos tus cartuchos y no hayas conseguido nada, yo
hablaré con él. Pero, si logras aprobar este examen con nota, estaremos
orgullosos de ti y el castigo será un poco más leve.
- No me importa el castigo, sé que me lo merezco – dije con
sinceridad – lo único que quiero es volver a ser vuestra sumisa, vuestra perra…
y que no os sintáis decepcionados, enmendar el tremendo error que cometí.
Lo dije con tanta franqueza que Jorge volvió a sonreír y me
acarició la cabeza.
- Vete, anda. En ascensor, a cuatro patas, y ya sabes que
aunque veas a algún vecino, no debes modificar tu conducta. Y eso que hoy vas
desnuda del todo. ¿Podrás hacerlo? Sé que es humillante, pero bueno, es lo que
hay.
Evidentemente, por muy puta que pareciera sin apenas ropa,
era mejor que ir desnuda, pero habría hecho cualquier cosa que me hubiesen
pedido, así que asentí sin rechistar.
Esperé el ascensor pacientemente, y la suerte estuvo de mi
parte, porque nadie lo cogió a la vez que yo. Bajé al cuarto, nerviosa. ¿Querría
ese hombre aún algo conmigo? Si lo quería, ¿me humillaría mucho? ¿Me haría daño?
¿Me dejaría correrme? ¿Me azotaría?
Llamé al timbre con manos temblorosas y me las restregué
contra el vientre desnudo. Pensaba que no había nadie, por lo que tardaban, pero
cuando iba a darme media vuelta, abrió. Al principio no vio a nadie, y después
bajó la mirada. Allí estaba yo a cuatro patas, con mi collar como único atuendo.
- Vaya, vaya – dijo burlón – ¿qué tenemos aquí?
- Discúlpeme, Señor Hernández, siento haberle dado plantón el
otro día, sé que cometí un grave error al no venir a verle como me ordenaron, y
me gustaría que ahora dispusiera de mí a su antojo. De verdad le pido mil
disculpas y espero que sepa perdonarme.
- ¡Estúpida! – murmuró entre dientes – tampoco me gustó tu
comportamiento en la calle. Demasiado altiva para una vulgar puta. No sé por qué
tus compañeros te tienen en tan alta estima y confían tanto en tus aptitudes.
Serán cosas de la edad y la inexperiencia.
Sus palabras me entusiasmaron. ¿Alta estima? No podía
defraudarles, pensé.
- Sé que me comporté demasiado mal, estaba confundida y
avergonzada, pero me gustaría poder enmendar mi error de la manera que usted
desee.
Pareció pensárselo.
- ¿Harás todo lo que te ordene sin excepción?
- Sí, Señor, pero dentro de unos límites.
- Ya los sé, zorra, nada de sadismo, ni guarradas… aunque te
advierto que yo no considero una guarrada la lluvia, y tampoco soy sádico pero
unos cuantos azotes sí que te mereces. ¿Vas a salir corriendo si te arreo unos
correazos o te meo?
- No, Señor, no se me ocurriría hacer una cosa así.
- Bueno, te haré el favor de usarte y adiestrarte un rato,
tengo un par de horas libres. Pasa al salón, anda.
Entré a cuatro patas, como era mi deber, y me dio un sonoro
azote en una de las nalgas.
- Tienes un culo follable. Muy follable.
- Gracias, Señor.
Subió las persianas del todo y descorrió las cortinas. El
vecino de enfrente, si es que estaba en casa, podría vernos perfectamente.
Obviamente no dije nada.
- Ponte de pie, piernas abiertas, manos detrás de la cabeza.
Nunca cerrarás las piernas cuando estés conmigo que, si me satisfaces, espero
que sea más veces. Aunque no lo tengo muy claro todavía, pareces calientapollas
pero no una guarra de verdad.
- Me esmeraré al máximo, Señor, se lo aseguro.
- La mirada baja siempre, aunque tengas la cara levantada.
Clavé los ojos en el suelo, y por eso no vi venir el bofetón
que sobrevino. Me cruzó la cara con la mano, dejándome doloridas ambas mejillas.
- Por desobediente. Aunque no tengo por qué darte
explicaciones – aclaró.
- Gra… Gracias – murmuré.
- Me gusta tu coño – dijo, metiéndome un par de dedos –
siempre chorreante como corresponde a una zorra como tú. Pero no me gusta que
seas descuidada, tienes pelos.
- Lo siento muchísimo, Señor. Todo ha sido muy precipitado,
y…
- ¡Cállate! No quiero disculpas absurdas, no vuelvas a
presentarte ante mí con ningún pelo. ¡Ninguno! ¿Me has entendido?
- Sí, Señor, perdóneme.
Me miré el coño. Efectivamente, hacía ya tiempo que me había
depilado, y en los últimos días me había salido algún que otro pelo, si bien no
eran muchos.
Apartó las cosas de una mesa cercana, que le llegaba más o
menos por la cintura, y me ordenó tumbarme en ella. Me colocó las piernas
completamente separadas, subidas una a cada respaldo de una silla. Sólo pensar
que iba a follarme así me mojé aún más, y por mi coño empezó a resbalar líquido,
fruto de mi mente calenturienta.
Pero me equivocaba. Me estaba magreando el coño, contando los
pelos que encontraba.
- Trece pelos. ¿Sabes lo que eso significa?
- ¿Que debo tener más cuidado para la próxima, Señor?
- ¡No, imbécil! – contestó, quitándose el cinturón – trece
pelos equivalen a trece azotes. ¿Los prefieres en las tetas, o en el coñito?
- Donde usted considere adecuado azotarme, Señor – respondí
sumisa.
- Contéstame.
- En las tetas, Señor – respondí, decidida.
- Ya veo. Dices las tetas porque crees que te dolerá menos,
¿verdad?
- Sí, Señor.
Habría sido inútil negarlo.
- No me gusta. Sé que eres capaz de soportar el dolor y, sin
embargo, vas y te quedas con lo fácil.
- Lo siento, Señor, pensaba que…
- Abre las piernas del todo, que te voy a poner el coño bien
rojito. Tranquila, que después también te castigaré las tetas. Como se te ocurra
cerrar las piernas vuelvo a empezar, así que tú verás, esto puede durar minutos,
o las dos horas que estés aquí.
- No las cerraré, Señor.
- Cuenta tú, puta.
Descargó un primer golpe con violencia en el clítoris. El
dolor era tremendo y se me escapó un grito. Me bastó ver su mirada amenazadora
para adivinar que, si chillaba, sería mucho peor. Uno. Dos. Tres…
- ¡Por favor, Señor, le suplico que no me azote más! – dije
con lágrimas en los ojos, cuando descargó el número doce.
- Si falta el mejor, preciosa… Mira, el número trece, va a
ser el más fuerte de todos, que me he estado reservando – dio la vuelta al
cinturón por la parte de la hebilla - ¿estás preparada, pequeña zorra?
- ¡No, por favor!
Me miró con gravedad.
- Claro que también podemos volver a empezar, y dar todos
como este último. Sería una pena que tu coñito se enfriase. Entonces, ¿estás
preparada, o vuelvo a empezar?
- Estoy preparada – respondí con resignación.
No se hizo de rogar. Llevó el cinturón detrás de la espalda y
descargó un sonoro latigazo, rasgando el aire con rapidez. No pude contenerme y
solté un alarido a la vez que las lágrimas acudían a mis ojos.
- Ya, putita, ya – decía él – si sólo estamos empezando.
Se agachó entre mis piernas y me lamió el clítoris. El
contacto de su saliva empezó a aliviarme, y las lágrimas poco a poco
desaparecieron. Su lengua experta me recorría todo el coño y me mordisqueó el
clítoris. Gemí con intensidad. ¿Cómo podía pasar del dolor al placer en
centésimas de segundo? Me acaricié las tetas y bajé la pelvis, restregando mi
coño contra su boca. Di un gemido largo y profundo.
- No pensarás correrte sin permiso – objetó, separándose de
mí.
- Por favor, Señor, ¿me permite correrme?
- Ja,ja,ja, sí claro, en eso estaba pensando. El que tiene
que disfrutar aquí soy yo, zorra, y no tú. Bájate de ahí y… ¡mierda! – exclamó
contrariado, al oír el sonido del teléfono – ven conmigo, puta, que no me fío de
ti, eres capaz de correrte frotándote contra la mesa o algo así.
Fue hasta la mesilla y descolgó el auricular. Parecía una
llamada de alguien con quien tenía confianza, pero un poco inoportuna, e
intentaba despacharle rápido. Pensé que no quería contarle lo que estaba
haciendo, pero me equivoqué.
- Bueno, tengo que dejarte, que estoy a punto de calzarme al
putón verbenero de mi vecina – me puse roja, y el continuó, ignorando mi
presencia – sí, sí, esa… ya, no vino el otro día, pero hoy no veas si tiene
ganas de que la monten, la muy perra. ¿Por qué no te pasas mañana o pasado?
Seguro que con dos disfruta más. Hablo luego con sus dueños y te digo algo.
Venga, vale. Hasta más tarde.
Vino hasta mí otra vez y se sentó en una butaca.
- ¿Te han follado la boca muchas pollas?
- No sé, sí, algunas.
Arqueó las cejas.
- ¿Tan puta eres que has perdido la cuenta?
- Siete u ocho, Señor.
- Pues esta- se agarró el paquete por encima de los
pantalones – te va a dar caña a menudo, así que trátala con delicadeza.
- Sí, Señor.
- ¿Qué haces? – preguntó quitándome las manos con brusquedad
cuando hice amago de desabrochar los pantalones.
- Lo siento, Señor, pensaba que quería que…
- Claro que quiero, zorra, pero te lo tendrás que ganar. No
recuerdo haberte oído pedirla.
- Por favor, Señor, le suplico que me permita mamar su polla.
- Bueno, está bien, pero haz una cubana a la vez, que si no…
vaya desperdicio de tetas.
- Gracias, Señor.
Le abrí la bragueta y me di cuenta de que no llevaba
calzoncillos. Tenía la polla durísima, y tuve que apartarme un poco para que no
me diera en la cara, ya que tenía la boca en su cremallera. Me ordenó que no
usara las manos y me dio golpes con ella alrededor de la cara.
- ¿Qué pasa, que no sabes atinar? – se burló – vamos zorra,
cógela.
Me la metí en la boca. Estaba muy húmeda y tenía un sabor
fuerte, muy diferente a la de Jorge, Raúl o Alberto. Me excitó terriblemente.
Cogió mis tetas con brusquedad y retorció los pezones con fuerza. Gemí de dolor.
- Tú trabájame la polla y calla – dijo, despectivo.
Alargó un brazo para coger algo de una mesa cercana. Yo no
miré, no fuese que me diera un bofetón, pero enseguida supe lo que era: pinzas
de la ropa, de esas típicas de madera, y por supuesto sabía para lo que eran.
Aunque era un clásico, previsible, no por eso era menos doloroso. Me ensalivó
los pezones y colocó una pinza en cada uno. Después las apretó con las manos un
par de veces, sádico.
Me hizo sacarme su polla de la boca.
- Vale, glotona. Dime, ¿tomas anticonceptivos?
- Sí, Señor.
- Bien, a lo mejor luego me corro en tu precioso coñito, pero
ahora voy a catar el otro agujerito, que desde que el otro día bajabas las
escaleras me la he cascado varias veces pensando en tu culazo.
- Perdone, Señor, pero me preguntaba si tal vez me permitiría
seguir mamándole la polla y así sentir menos dolor. Aunque me han follado el
culo, aún me duele cuando lo hacen.
- En ese caso, razón de más para follarlo… no, déjalo, que ya
me la has mamado bastante.
Iba a suplicar, pero me hizo ponerme a cuatro patas de
espaldas a él.
- ¿Te gustan las pinzas?
- Sí, Señor, aunque me hacen daño.
- De eso se trata. Apoya las tetazas en el suelo, pero que ni
se caigan las pinzas ni te las quites o me puedo enfadar mucho.
- Dime, perra, antes de que te dominaran, ¿te masturbabas
mucho? Supongo que ahora no lo haces, teniendo tanta polla para ti sola.
- A veces sí lo hago para ellos, Señor. Antes de todo esto me
masturbaba a diario, a veces incluso más, he llegado a hacerlo tres veces,
Señor.
- ¿Te pones cachonda como la perra que eres muy a menudo?
- Muy a menudo, Señor.
- ¿Serías capaz de humillarte por un orgasmo?
- Ya lo he hecho a veces, Señor, me humillan a diario.
- Bien – dijo, dándome algún azote en el culo – porque si
quieres correrte, desde luego que vas a tener que hacerlo.
- Lo que usted diga, Señor.
Me metió durante un par de minutos un dedo en el culo,
habiéndolo mojado previamente en mi coño encharcado. Cuando decidió que ya era
suficiente, separó mis nalgas y puso su polla en la entrada de mi ano.
- Tengo la polla bastante sequita, zorra. Seguro que la vas a
notar perfectamente. Pero he tenido la delicadeza de mojarme los dedos en tu
coño.
- Gracias, Señor.
Me abrió el culo y empezó a meterla. Ahogué un grito cuando
entró la cabeza, a la vez que tiraba de las pinzas de mis pezones con ambas
manos.
- Ya ha entrado lo peor, putita – dijo – así que, ahora la
sacamos… y la volvemos a meter entera. ¿Así es como te gusta?
- Sí, Señor, pero me duele, le suplico que lo haga más
despacio.
Se quedó quieto, acariciándome el culo. Luego, me asió de las
caderas y la metió de un golpe seco que me hizo gritar. Noté sus huevos en mi
coño.
- Señor, ¿me puedo acariciar el coño? – pregunté, en parte
por mitigar un poco el dolor, y en parte porque me sentía extrañamente cachonda.
- Tócate, pero no te corras. Si te vas a correr, me avisas.
Me introduje tres dedos, metiéndolos y sacándolos
violentamente, y me froté el clítoris. Pasaron un par de minutos y jadeé
ruidosamente.
- Señor, estoy muy caliente, por favor, ¿me da permiso para
correrme?
- No. Pero síguete tocando.
- Es que… Señor, no puedo aguantar, si sigo me correré.
- Y si te corres te castigaré por puta estúpida y
desobediente, y los azotes de antes te habrán parecido caricias.
Descendí un poco el ritmo, desesperada. Menos mal que él
seguía bombeando y me apretó ambas nalgas con las manos, azotándolas
compulsivamente.
- ¡Me corro, cerda, me corro, aprieta el culo, vamos!
Noté varios espasmos y su semen inundándome. Después la sacó.
- Qué bien, qué zorra eres. Tu culo sí que sabe cómo exprimir
un rabo.
- Gracias, Señor.
- ¿Sigues cachonda?
- La… la verdad es que sí, Señor.
Salió a la terraza. Miró a ambos lados y me hizo una seña
para que saliera con él.
- Te doy dos opciones: o te masturbas y te corres aquí,
aunque te vean – señaló a una pareja que había al lado, hablando, en la terraza
de nuestra derecha – o te vas a casa calentita con orden expresa de no correrte.
- Aquí, Señor. Estoy demasiado cachonda para irme así.
Se sentó en una silla, mirando al frente.
- No esperaba menos de semejante furcia. Bueno, pues lo
haremos de forma un poco diferente… - hablaba bastante alto, y la pareja ya
había reparado en nosotros así como, probablemente, alguno de los vecinos de
arriba, que desde su terraza tenían una vista perfecta a la nuestra, pero al
contrario no – móntame.
- Perdón, Señor, no comprendo.
Me señaló su zapato.
- Siéntate encima de mi zapato. Pon el coño en él – yo
obedecí, esperando más órdenes, expectante – ahora muévete follándote el
clítoris con mi pie, y córrete.
Acomodé el coño en su pie y me agarré a la pierna. Vi a
través del cristal que la parejita nos miraba, atónita.
- Venga, frótate, perrita – me dijo con un silbido,
humillándome.
Agarrada a su pierna para no caerme, empecé a mover las
caderas hacia adelante y hacia atrás, y la punta del zapato me follaba el
clítoris. Él me miraba desde arriba, altivo y divertido, disfrutando de mi
humillación, exhibición y degradación.
- Señor, voy a correrme – balbucí.
- Pues venga, cerda – me apremió él.
Sentí una oleada de placer. Mi coño se contrajo en espasmos y
noté que mi raja chorreante le empapaba el zapato. Gemí, jadeé sin importarme
que me estuviesen mirando, y me quedé exhausta. El Señor Hernández movió el pie,
indicándome que me bajase.
- Joder – dijo mirándoselo – haz el favor de lamer el zapato
y dejarlo bien limpio, como estaba. Vergüenza debería darte ir chorreando así.
- Lo siento muchísimo, Señor, no puedo controlarlo.
- Lame el zapato y lárgate, no quiero seguir usándote. Luego
le diré a tu compañero que te has portado bien y que quiero hacer un trato para
gozarte regularmente.
- Sí, Señor, muchas gracias por haberme usado.
Me quitó las pinzas de golpe y me arrancó un quejido.
- De nada puta, vete ya. Y cierra bien el culo, no vayas a
mancharme el suelo dejando un rastro de leche, o te haré bajar de tu casa para
limpiarlo con la lengua.
Su semen ya estaba casi seco. El único que se me había salido
del culo había ido a parar al zapato y había tenido que lamérselo.
Cuando llamé al ascensor, no tuve tanta suerte como un rato
antes. Un par de chavales subían desde la planta baja. Cuando se abrieron las
puertas y les vi mirándome, creí que iba a morir de humillación y vergüenza allí
mismo. Uno de ellos dio un silbido de aprobación.
- Vaya una hembra – dijo.
El otro chaval, que era el que vivía en el sexto compartiendo
un piso de estudiantes, y no tendría más de dieciocho años, le aclaró:
- Es la guarra del último piso. ¿A que sí?
- Sí – contesté, simplemente.
Antes el chico era muy tímido, pero una vez nos lo
encontramos Jorge y yo, y se detuvo a explicarle que era una guarra y que podía
preguntarme todo lo que quisiera.
- Pues nada puta, hasta otro día – dijo riéndose, saliendo en
el sexto –y si algún día necesitas que te metan caña bájate a mi casa.
Por fin, el ascensor se detuvo en el octavo y llamé al
timbre. Estaba exhausta, pero feliz. Había superado la prueba. Lo cual quería
decir, que las aguas volvían a su cauce.