Laila, mujer de mis noches (VII)
"Por fin en casa". Abría la puerta de mi apartamento con un
profundo suspiro que exhalé dificultosamente de mi pecho oprimido. Aunque por un
lado temía aquel momento, desde que había salido de la oficina no tenía otra
meta en mente que la quietud de mi lujoso pero solitario hogar. Y ahí estaba,
tan callada como siempre, la entrada que no me molesté en iluminar, ahora el
salón, allí me esperaba el sofá, majestuoso y en silencio. Sólo el golpeteo casi
señorial de mis caros zapatos sobre el parquet rompía la onírica calma de esa
cálida penumbra, haciéndome consciente de un modo agridulce del transcurso
imparable del tiempo. Me senté, acariciando el cuero con los ojos cerrados,
hundiendo las yemas desesperadamente. Allí habías estado tú sentada, sí, muchas
otras también y en el mismo lugar exacto, pero nadie más me importaba. Con una
rabia candente me di cuenta de que hasta la textura del cuero me hacía acordarme
de ti, de la firmeza de tu piel inmadura en la que aún no había dejado huella.
Huella. Esa palabra me hizo pensar en el mordisco que tenía
ahora el cuello de Nerea y hundí la cabeza en mis manos, replegándome sobre mi
mismo. "¿Por qué lo has hecho?" Recordaba todas y cada una de las imágenes y
palabras que habían compuesto la película protagonizada por nosotros: sus tetas
bajo mis ojos, su pregunta innecesaria, mi sonrisa seductora, su tacón sobre mi
rodilla, mi "no tengo condón", ella a cuatro patas, el aroma de su coño
hambriento… y ahora nada, nada de ello me parecía excitante. Lo único que sentía
era una tristeza que enterraba mi corazón con la frialdad de una tempestad de
nieve, congelándome poco a poco. Pensaba en ti y me odiaba a mi mismo por
haberte fallado, pensaba en ella y me sentía el hombre más idiota del universo,
porque había algo anormal en mí que impedía que te olvidase para enamorarme de
alguien como ella, que era lo que tenía que hacer. Estaba destrozado, de camino
a casa había intentado convencerme a mi mismo de que lo que había hecho no era
tan malo, buscando explicaciones biológicas, científicas, intentando
racionalizar mis actos, pero no, nada que pensara o incluso que Nerea pudiera
decirme iba a conseguir que me sintiese mejor. Había manchado mi corazón con el
fuego de sus besos, que ahora extinguida la llama lo tiznaban de negro, y eso no
era lo peor, ¿qué haría si querías verme? Si te lo contaba rompería palabra a
palabra la dulzura de un cariño que parecía tan puro como tu belleza, si no lo
hacía, viviría siempre con el veneno del engaño ensartado en el pecho.
* * *
- ¿Marina…? ¿Estás despierta?-
- Sí.
- No puedo dormir.
- Ya. La verdad es que yo tampoco. ¿Salimos un rato al
balcón?
- Vale.
Eran casi las dos de una madrugada bastante fría y todo había
sido silencio hasta hacia menos de un minuto. Dos voces femeninas flotaban en la
negrura, las espesas cortinas estaban corridas y la luna no era aquella noche
más que una fina muesca plateada. Había cuatro adolescentes en la habitación,
pero los finos susurros de las dos veladas no habían suscitado siquiera un
movimiento en ninguna de las otras dos literas.
A ésta breve conversación le siguieron una sucesión de
movimientos sordos pero presurosos.
- Ponte la bata, aquí de noche hace mucho frío.
La cortina fue retirada para abrir con rapidez un hueco en la
cristalera corrediza por el que se colaron las dos sílfides malamente abrigadas.
Como muñecas en un escaparate, ambas muchachas asomaron el
cuerpo por la barandilla, con las pupilas dilatadas a pesar de la escasa luz, el
cabello suelto y las mejillas encendidas por el contacto con el gélido aire
nocturno.
Un chasquido momentáneo encendió el fuego de un mechero. Una
de las dos adolescentes, con un cigarrillo en los labios, iluminó por un
instante su cara encendiendo aquel pitillo. Unos bucles oscuros adornaban su
plácido rostro redondeado, pudo distinguirse el brillante esmeralda de sus ojos
grandes e inocentes y la palidez de unos labios cremosos rodeando el filtro
anaranjado. Un observador meticuloso quizá se hubiese percatado también del
lunar con forma de lágrima que adornaba una de las porcerlánicas mejillas de la
niña.
En la noche bailaba ahora un punto rubí cuyos efluvios se
confundían con la bruma ligera que flotaba bastante bajo.
Joder, Marina, ¿cómo te puede gustar eso? – el
susurro, liberado por el espacio exterior, se apreciaba áspero pero
dulce a la vez. Una voz extraña que parecía negarse a perder el matiz
infantil aunque no le encajaba realmente.
Dices eso porque todavía no lo has probado las veces
suficientes- ésta voz era cantarina, aguda.- Si insistes, te acaba
gustando.
Pues yo no pienso hacerlo ¿para qué?
La otra río.
Hay muchos motivos Laila, por ejemplo, si fumas, es
más fácil que los chavales mayores te hagan caso.
"Qué estupidez" pensó Laila "Marina siempre ha gustado a
los chicos mayores, y yo no fumo y sin embargo Alvaro…" Laila detuvo el hilo
de sus pensamientos, eso era lo que no le dejaba dormir, no podía parar de
pensar en él, contando cada día que faltaba de menos para poder estar otra
vez en su ciudad, llamarle, verle, besarle. Hacía tiempo que había caído en
la cuenta de que se había enamorado, y ahora Marina le brindaba la
oportunidad perfecta para confesarse, y, decididamente, si no se lo contaba
a alguien iba a explotar por algún lado.
Pues eso para mí es una chorrada.
Lo había hecho, a esa frase siguió la confesión de todo
lo acontecido los últimos meses entre Álvaro y ella. Marina, al principio
incrédula, no perdía detalle del relato de la que era su mejor amiga desde
que empezaron a ir al conservatorio. A pesar de que no iban al mismo
instituto, ni habían ido al mismo colegio, se veían asiduamente y hacía
tiempo que se lo contaban todo (o eso creía Marina).
¡¿Que te hizo qué?!
Laila se ruborizaba cada vez que su amiga parecía
escandalizarse con los detalles lascivos que ella misma demandaba, pero se
lo estaba contando, con pelos y señales, y a Marina le encantaba, había
momentos que incluso cerraba los ojos deleitándose con la erótica de la
narración, imaginando a su bonita compañera satisfaciendo los deseos de un
hombre atractivo.
"Un hombre" En la mente de Marina se repetía la palabra
"hombre" con la insistencia de un martillo aporreando un clavo sobre una
dura pared de ladrillo. Ya se había formado una imagen de Álvaro al antojo
de sus deseos más bajos, una imagen para gozar de su evocación, sí, una
imagen para masturbarse en la intimidad. Escuchaba con placer, pero no podía
evitar sentir a la vez una oleada de celos amargos en su corazón vital y
ardiente por la fiebre de la adolescencia. Ella, a quienes muchos compañeros
de su edad consideraban una chica fácil, aún no había tenido un hombre de
verdad para sí, a pesar de los múltiples rumores acerca de sus zorrerías.
Los jóvenes son crueles, y hacer daño cuando se tiene la
sensación de tener el mundo a los pies se convierte en un juego fácil y
divertido.
Se imaginaba a sí misma a arrodillada delante de alguien
como Álvaro, convertida en su esclava del placer, con un falo vigoroso
rozándole los labios… casi podía aspirar el aroma de la virilidad invadiendo
sus pulmones agitados, pero en su imaginación ella tenía los labios
palpitantes de su amiga y aquella melena mágicamente lisa le caía
sensualmente sobre la cintura desnuda.
Laila seguía hablando, muy tranquila, sus ojos azules
eran dos luces veladas por un brillo lechoso que había robado de la ínfima
luna. Sus rasgos, más que verse, se adivinaban por Marina, que tanto conocía
esa cara que le parecía extrañamente atractiva. Veía el contorno de los
labios abultados, la dentadura de piezas grandes, el resplandor (a ratos),
de los enormes párpados y la línea impecable de una mandíbula pronunciada
que no escatimaba dulzura al ovalo de ese rostro.
Marina se aventuró a preguntar.
Oye, y ¿a qué sabe una polla?
Laila enrojeció de inmediato, sin darse cuenta de que la
oscuridad la amparaba, pero su sinceridad sorprendió a Marina más allá de lo
esperado.
¿A que sabe la polla o a que sabe el semen?
Ahora era Marina la que se ruborizaba.
O sea que él se… bueno, a qué sabe el semen.
Laila suspiró largamente, intentando encontrar las
palabras mientras su amiga esperaba, anhelante, notando cada segundo en sus
latidos. De pronto Marina cayó en la cuenta de algo: su coño estaba tan
húmedo que más bien el adjetivo era "mojado", el flujo le enfriaba los
muslos bajo un camisón en el que se colaba un aire frío que la devolvía a su
realidad. Se había puesto la bata, pero había olvidado el detalle de las
bragas que nunca usaba para dormir. Se estremeció y Laila la miró con
curiosidad.
¿No me vas a contestar o qué?
Estoy intentando encontrar las palabras, el semen
tiene un sabor raro, bueno, no es sólo el sabor, es una mezcla entre
dulce, ácido y amargo y tiene una textura pegajosa que te deja el
paladar áspero. Es así como yo lo recuerdo, pero no se si todos sabrán
igual…- respondió Laila, con los ojos en blanco, como intentando buscar
en el fondo de su cerebro la respuesta.
La definición que había dado la adolescente a su amiga
era tan física y desprovista de adornos que hubiese decepcionado a la
mayoría de personas, pero en realidad Marina lo único que deseaba era seguir
alimentando su curiosidad de las experiencias sexuales que ella no había
tenido la suerte de experimentar. Se había excitado muchísimo con toda la
narración y ahora escudriñaba a su amiga, que siempre le había parecido
frágil, infantil. Nunca hubiese imaginado que Laila pudiese tener
experiencias verdaderamente sexuales antes que ella, que nunca había pasado
de los sobeteos que siguen a un morreo desesperado en cualquier portal
oscuro a la hora de volver a casa. "Y encima con un hombre."
Volvió a mirarla, en aquella espesa negrura su piel
parecía tener luz propia. Realmente era bonita, y su ser poseía una
sensualidad que iba más a allá de cualquier atributo físico. Quizá eran sus
gestos, la forma de mirar, la voz… había algo especial en Laila que la hacía
irresistible.
Ambas chicas se observaban en silencio, quedaba poco que
decir y era muy tarde, pero ninguna manifestaba signos de cansancio. Ambas
habían tenido un día difícil. Los profesores intentaban exprimir hasta la
última gota de sus capacidades musicales y Marina recordó haber sorprendido
lágrimas prendidas en las pestañas de su compañera tras su clase individual
de aquella tarde, pero Laila no había querido contarle nada. Eduardo podía
ser muy hijo de puta con sus alumnas, Marina había coincidido con él en
varios cursos, y reconocía en él al típico profesor convencido de que el
talento natural sólo se encontraba en alumnos varones, a las niñas las
humillaba, las gritaba, las hacía trabajar durante muchas más horas, pero al
final conseguía sacar de ellas pasión y melodías sobrecogedoras.
Marina le tendió la mano a Laila, y le sorprendió una vez
más la fragilidad de su físico, aquella mano pequeña y delgada se encogía
entre sus dedos fortalecidos por el piano. Su piel era muy fina, suave pero
a la vez firme, como los pétalos de una rosa aún cerrada.
En aquella noche extraña, Marina creyó vislumbrar un
brillo acuoso al final de los ojos de su compañera, y no se sorprendió.
¿Laila?
La muchacha mestiza cerró los ojos.
Le echo tanto de menos…le amo.
Marina la observaba extasiada y sabiendo que su amiga
vivía uno momento de intensa intimidad sintió un acuciante urgencia de ser
partícipe. ¡Estaban tan cerca!
Cerró los ojos como su amiga.
No sabría explicar como sucedió. El frío, la dulzura de
un instante suspendido en la oscuridad, la amistad que las unía más allá de
las palabras: un beso.
En el balcón de una escuela había dos niñas en camisón,
con los cabellos despeinados fundidas en un estrecho abrazo que se extendía
a sus labios fríos que poco a poco se encendían con el calor de una juventud
que les nublaba los pensamientos y las convertía en corazones desnudos,
puros.
Laila tiró de Marina.
- Vamos a dormir, es tarde.