Mi teléfono móvil comenzó a sonar dentro del bolso, que dejé
encima del sofá. Arrodillada ante Marco, con su mástil dentro de mi boca, con
dos orgasmos tremendos en mi cuerpo, con aquel pene increíble latiendo,
sintiendo su bombeo de sangre en mi paladar, miré a los ojos de mi amante, que a
su vez se dirigían a mi bolso. Lo tomó y me lo dio. Saqué su miembro de mi boca
y, sin dejar de agarrar su falo, rebusqué hasta buscar el aparato… telefónico.
Era Enrique. La vergüenza y el morbo aparecieron por igual al comprobar mi
situación y la llamada de mi marido.
-Hola –dije en el tono más cariñoso que pude, aunque creo que
no pude ocultar mi excitación.
-Hola… ¿Qué haces? –inquirió Enrique. Tenía la sensación de
que me estaba observando, viendo mi culo abierto.
-Pues… Estoy en una reunión… Me he salido de ella para
cogerte-
-Ahhhh. Bueno. ¿No me dices nada?
Empecé a sudar. ¿Qué quería? ¿Por qué esas preguntas en aquel
momento? ¿Estaría realmente, observándome?
-¿Nada? ¿Nada de qué? Enrique, estaba una reunión…
-Ya. No sé. 30 de agosto. ¿No te dice nada?
De pronto, caí. Mi marido cumplía, efectivamente, ese día 49
años. Tras 17 años de matrimonio, y 5 de noviazgo, nunca, nunca, nunca, me había
olvidado de su cumpleaños. Es más, siempre lo recordaba con tiempo, para
realizarle siempre alguna sorpresa y tener el regalo siempre dispuesto, además
de invitarlo a almorzar, pues nació entre las 14.00 y las 15.00. Siempre… hasta
entonces. Mi mano no soltaba el pene de Marco, que seguía erecto.
-¡¡Cariño!! ¡¡Por supuesto!! ¡¡Felicidades!! –dije, con
expresión falsa- ¡¡Llevo por llamarte toda la mañana, pero no he encontrado ni
cinco minutos!!
-Vaya tela, ¿no? De todas formas, no sé, cuando me he
despertado esta mañana, tampoco me has felicitado, como haces siempre.
Siempre que cumplía años, no sé por qué, solía despertarme
antes que él, felicitarle cariñosamente, y si había tiempo, hacer el amor.
-Enrique hijo… Que no se me ha olvidado…
-Bueeeeeno. Escucha, ¿a qué hora has reservado? ¿Dónde me
llevas?
Aquella era otra de las prácticas de su cumpleaños. Siempre
le invitaba a comer, en un buen restaurante, aunque siempre en un sitio nuevo.
Mis fantasías y la cita con aquel gurú de la lascivia habían borrado ya esa
tradición. Miré a Marco; a su miembro, erguido, duro, expectante; miré mi mano,
que no soltaba su falo; calculé que me ofrecía cada posibilidad. Y decidí.
-Ay, cielo. No sabes cómo se me ha complicado la mañana.
Mira, cuando salga de aquí tengo otra reunión, una firma, y tendré que
invitarles a almorzar. Este año el día será diferente. Además, por la tarde
tengo un montón de cosas que hacer. No sé ni a qué hora llegaré – respondí,
calculando qué daría de sí mi encuentro con aquel poderoso chico.
-Joder Marta. Vaya tela. ¿No te puedes escapar ni un ratillo?
-Imposible –dije, no sin cierta lástima por él, pero también
con ansia por comprobar si la mentira colaba, se tranquilizaba, y tenía el resto
del día tranquilo.
-En fin. Si es imposible, ya me buscaré la vida. Pero intenta
no llegar tarde. Anda…
-Vaaaaale. Cariño, te compensaré, pero es que se ha dado el
día así.
-Bueno, venga, adiós.
-Un beso, adiós.
Colgué el teléfono y Marco me miraba con una media sonrisa.
Me quedé quieta, sin saber qué hacer.
-Marta, si te tienes que ir, vete. Vuelve otro día –señaló
Marco.
Eché mi pelo hacia atrás. Me mordí mi labio inferior.
Acaricié su polla. Toqué sus huevos. Bajé la cabeza y le miré con lujuria.
-No… Ahora no…
Mi boca comenzó a acoger, por segunda vez, el extraordinario
tamaño de aquel pene, al que comencé a hacerle un traje de saliva en casi toda
su superficie. Subía mi cabeza y bajaba, provocando a Marco el placer que tantas
veces había imaginado. Con una mano, pajeaba su miembro. Con mi boca, recorría
su carne. Con mi lengua, rodeaba su volumen a una velocidad de vértigo.
Disfrutaba como una auténtica zorra de chuparle la polla, era una experiencia al
alcance de pocas, seguro, y aquel mástil estaba creado para mi deleite, para que
yo lo engullera, para saborearlo con mis labios, para que mi esófago se topara
con su capullo. Mi lengua, de vez en cuando, recorría toda su extensión, su
superficie, seguía el rastro de sus venas hinchadas, recogía las muestras de mi
propia saliva para escupir un poco más y volver a recogerlas y volver a escupir.
Chupé su capullo con fruición, como quien chupa un caracol para sacarle lo más
profundo. Bajé hasta sus huevos, sabrosos, y mi lengua los envolvieron en un
juego sádico mientras mi mano continuaba estimulando aquellos interminables y
gordos centímetros hinchados. Pasé su polla por mi boca, por mi frente, por mi
nariz, por mis ojos, por mis orejas. Me toqué mi coño, empapado ante mi práctica
oral, y me llevé mis líquidos a mi pecho, lubricándolo. Tomé la polla de Marco,
impresionantemente brutal, y la encerré entre mis tetas. Notaba aquel trozo de
carne dentro de mí, taladrando mi pecho, hirviendo de pasión. Marco sonreía ante
mi cubana. Yo bajaba y subía con mis tetas, haciendo aparecer y desaparecer su
capullo, mucho más gordo que una pelota de golf, ua y otra vez. Escupí sobre su
polla y mis tetas continuaron masajeando, masturbando, jugando, coqueteando con
su polla, sintiéndome llena, apretando mis tremendos pechos sobre ellos,
envolviéndolo todo, aún con más lubricación. La punta de la polla de Marco
comenzó a toparse con mi barbilla. Mientras continuaba a gran velocidad mi
cubana, bajé la cabeza, abrí la boca, y comencé a acoger, una vez más, aquel
capullo cuando aparecía de entre mis tetas, dándole chupadas parsiomoniosas,
metódicas, rápidas.
-Quiero que me folles… Quiero sentirte dentro de mí… Quiero
que me metas todo esto dentro de mí- suplicaba, mientras mis tetas seguían
invadidas por su polla- Que me folles como follas a esas niñatas… Que me hagas
llegar al cielo todas las veces que puedas – Miraba a Marco como una auténtica
diva del placer – Que me lleves donde nunca nadie me ha llevado. Que me
controles. Que me manejes –Marco disfrutaba de todo aquello – Quiero que me
conviertas en una fuente de placer. Quiero sentir tu joven polla dentro de este
coño tan vacío…
Marco sacó su polla de entre mis tetas y me ordenó que fuera
a su cuarto, en busca de un condón.
-Sin condón. Yo ya no puedo quedarme embarazada…
-De momento con condón. No sabes con quien he podido follar…
-Me imaginé, intenté calcular cuántos coños había podido traladar aquella polla,
poniéndome más caliente-
Casi corriendo, desnuda, solo con mis medias y mis tacones,
con las tetas botándome, fui y volví con dos condones en la mano. Tomé uno y,
como había visto en una de mis incursiones pornográficas, me lo puse en la boca
y fui bajando hasta extenderlo por su superficie dotada, ayudándome de la mano…
Su polla se veía grandiosa, poderosa, exigente, retadora.
-Ven- dijo Marco, sentado- Pon cada rodilla al lado de mis
piernas.
Obedecí a su orden y noté su polla empujando fuerte mis
nalgas. Volví a besarlo incoscientemente, copiosamente, mientras mi mano, en un
escorzo, acariciaba sus huevos. Marco hizo que me levantara unos centímetros y
el tomó con su mano su polla. La dirigió a la altura de la entrada de mi
caliente coño.
-Muy bien… Ve bajando, poco a poco-
Cuando inicié el movimiento, Marco no me dejó. Me capturó con
sus dos manos el culo y me mantuvo en el aire. Yo estaba al borde del infarto.
Al fin iba a estar ensartada en aquel pene, como nunca lo había estado, con un
chico increíble, con un estado increíble, con un miembro increíble… Marco fue
bajando mi cuerpo a su antojo, poco a poco. De pronto, noté que la punta de su
capullo rozaba ya mi pubis. El pulso se aceleró hasta el límite. Mis labios se
abrieron solos frente a la rotundidad de su glande. Mi coño hervía. Su capullo
ya estaba dentro y, casi milímetro a milímetro, Marco comenzaba a entrar en mí.
Clavé mis uñas en su cuello. Mi cuerpo seguía descendiendo, autoempalándome
aquel mástil. Sentía una invasión desconocida. Su polla ardía en mi cueva, me
llenaba todas las entrañas, no podía casi no moverme. Nunca me había sentido tan
llena, mientras seguía sintiendo que aquella impresión iba aumentando, pues
Marco continuaba metiéndome la polla en mi chicha. Notaba que reventaba, que mi
coño no daba más de mí, que aquel falo tan salvaje me estaba desgarrando.
-¡Ohhhh! –exclamé, con gesto de dolor y excitación…
-Tranquila… Verás cómo se amolda. Tiene que entrar entera.
Marco siguió bajando, bajando, bajando y yo notaba abrirse,
resquebrajarse, fracturarse todo mi cuerpo. Mi coño necesitaría un gato para
amoldarse a aquello, y litros y litros de flujo. Estaba al límite, cerrando los
ojos con fuerza, apretando los dientes, al borde de un ataque de locura, cuando
noté que mi culo ya rozaba sus huevos. Ya. Había conseguido que todo aquello
estuviera dentro. Todo. Mi coño había cedido ante tal calentura, ante mi
emputecimiento, ante mi aquiescencia, ante mis ganas de más, ante mis ganas de
follarme a aquel niñato, a aquel gigante, a aquel ser divino, a aquella máquina.
-¡Joder! ¡La noto entera! ¡Me quema..!
Marco fue subiéndome, manejándome como quien maneja un trozo
de carne, o un trozo de pan. Agarrándome de mi culo me alzaba como una marioneta
para volver a sacar su polla de mi. Al poco, volvió a bajarme. Y a subirme. Y a
bajarme. Lento. Despacio. Dulce. Sintiéndonos. Llenándome. Vaciándome. Mordí mis
labios. Saqué mi lengua. Poco a poco comencé a sentirme más cómoda y libre hasta
el punto de comenzar a moverme sobre él. Apoyándome en mis rodillas inicié mis
propios movimientos de disfrute, notando el falo de Marco llenando todo mi
interior, era yo quien me lo estaba follando. Comencé a apretar el ritmo todo lo
que mis 43 años me permitían, todo lo que aquella mostruosidad me permitía. La
situación estresante y calienturienta vivida los días atrás no tardaron en
volver a aparecer. Tomé cada una de las manos de Marco y las dispuse a la altura
de su cabeza. Las mantuve agarradas, a modo de grilletes para que yo fuera la
única que controlara la situación, para follarme a mi antojo a aquel imberbe
hombre, para disfrutar de su tranca, para llenar, vaciar, mi coño como me
saliera de él mismo.
Saltaba sobre Marco, con mi cuerpo, mi culo estirado, tanto
que seguro que mi ano estaba todo lo tenso y abierto que pudiera estar en esos
momentos. Mis movimientos cada vez eran más bruscos. Subía y bajaba. Hacía
círculos, quemándome con la polla de Marco en mis adentros, notando cómo de mi
coño seguía saliendo una cantidad impropia de flujo. Salía y entraba, salía y
entraba, salía y entraba. Mi cuerpo comenzó a sudar, a gritar, a berrear, a
desesperar, como la zorra en la que me estaba convirtiendo y mi espina dorsal
comenzó, de nuevo a verse invadida por aquel latigazo único del placer
potencial.
-Me viene. ¡¡Me viene!!
Marco entonces se liberó de mis garras, me volvió a tomar del
culo, me mantuvo en el aire y fue él, con movimientos fuertes, salvajes,
coordinados, potentes, de su culo quien me penetraba desde abajo mientras yo
sentía que sí, que de nuevo, que otra vez, me estaba empezando a correr con
aquel pene de 21 años dentro mía, notando que mi mente se volvía a escapar al
limbo, que me daba igual todo, que lo hubiera dado todo, que me sobraba todo,
que me entregaba al máximo, que empezaba a flotar, que Marco no cesaba en su
ritmo sino que aumentaba, que mi coño casi humeaba, hasta que todo mi cuerpo
quedó preso de aquel orgasmo tremendo con el que mi cuerpo dejó de pesar, con el
que mis gritos seguro invadirían todo el bloque y con el que, echando la cabeza
hacia atrás, superaba una nueva barrera en mi vida.
-¡¡¡¡Follame, joder!!!!!!!! ¡¡¡¡Sí, Sí, Sí, Sí!!!!!!!!
–bramé.
Marco era una puta máquina de follar y mientras arañaba su
cuello, su polla me penetraba al ritmo que mi cuerpo exigía mientras me corría
desesperada y sórdidamente.
Ayudado por el final de mi éxtasis, Marco fue aminorando el
ritmo y yo comencé a moverme sobre él con parsiomonia, en círculos, mientras le
besaba.
-Levántate- me ordenó Marco- Joder, mira el condón.
El preservativo de Marco estaba absolutamente invadido por un
copioso y espesísimo rastro blanco que, sin duda, había salido de entre mis
entrañas y cubría el látex. cayendo en varios chorros hasta sus huevos y pubis.
Me obligó a arrodillarme, de espaldas a él, mientras me
sobaba las tetas y, con mi cabeza girada, me comía la boca y tanteaba de nuevo
el terreno de mi caliente entrada entrada. Condujo con su mano mi espalda y me
obligó a arrodillarme del todo, con las manos en el suelo, exponiéndole todo mi
secreto ante él. Noté su boca en mi vagina y lo imaginé bebiendo los restos de
mi corrida y eso me provocó otra descarga. Al poco, su capullo comenzó a
inundarme de nuevo, esta vez sin contemplaciones. Mis labios, mis rugosidades,
le dieron permiso de momento, de pronto, de golpe, a su tremendo miembro. Marco
me tomó de la cintura, casi agarrando las tiras de mi liguero, y comenzó a
follarme, a penetrarme, a taladrarme, a empalarme a un ritmo de martillo pilón,
mecánico, primitivo, racial. En menos de un segundo, su polla estaba dentro de
mí, su pubis tocaba con mi culo y volvía a salir. Era un puto bicho rellenando
mi coño y comencé a gritar. Me apoyé en mi mano izquierda y llevé la derecha
hasta mi coño por debajo de mi cuerpo. Allí, rocé sus huevos y después la llevé
hasta mi clítoris.
El bombeo de Marco era tremendo, impresionante, imponente y
la estimulación de mi botón mágico hizo el resto, junto con sus palabras.
-¿Esto era lo que querías? ¿No? ¿Buscabas esto? ¿Por eso
venías? ¿Buscabas esto? Pues toma ración doble. Eres una buena hembra.
Buenísima. Tienes mucho dentro, pero hay que sacarlo. A ese coño hay que
enseñarlo.
Las palabras de Marco me llevaron a otro tremendo orgasmo que
me provocó otra serie de gritos y de salida de flujo hasta el final.
No sentía nada, excepto la polla de Marco en mi interior.
Estaba entregada, derrengada, hastiada. No podía más.
-Quiero tu semen. Quiero probar tu semen. ¡¡Quiero que te
corras en mí!!
-Vaya- dijo Marco, sin dejar de follarme – Repite eso y
pídemelo como a mí me gusta.
-Quiero tu semen. Que te corras encima mía. Donde quieras,
pero quiero sentirlo –Acerté con lo que añadí, pues era lo que Marco esperaba-…
Por favor…
Necesitaba sentir aquella leche sobre mi cuerpo. Sobre mis
tetas, mi boca, mi pelo, mi cara, mis manos, mis muslos, mi barriga, mis pies,
mi culo… Donde él quisiera. Pero necesitaba protagonizar aquella descarga. Me
había emputecido del todo por aquel niñato de mierda.
-Muy bien –dijo Marco, saliéndose de mí. Se puso de pie y yo
me dí la vuelta mientras se quitaba el condón. Mi boca volvió a mamar aquella
polla tremenda que ya estaba en su máxima expresión y por lo que veía en la cara
de Marco, al borde del derrame- Muy bien Martita, muy bien.
Mi boca seguía chupándosela, de rodillas, él de pie, quizás
con más ansia que la primera vez. Ya no controlaba nada y mi saliva, en grandes
hilos, salían de mi boca sobre su polla, sobre sus tetas, sobre el suelo. Marco,
bruscamente, tomó su polla y la sacó de mi boca.
-Aprende lo que es una buena corrida –anunció Marco, mientras
se comenzó a pajear. No imité a las actrices de mis películas porno. Le miraba a
los ojos y a la polla alternativamente, sacaba mi lengua, me sacudía el pelo, me
tocaba el coño, le pedía que me llenara entera.
-Vamos, cielo. Dámela… Quiero probarla… Es lo que llevo
queriendo desde hace mucho tiempo…
Marco, que se tocaba los huevos y creo que el ano al mismo
tiempo, cerró los ojos y me preparé para la descarga.
-¡¡¡¡¡¡¡OHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!
Fue impresionante. Impresionante, queridos lectores. Marco
comenzó a eyacular semen por doquier, sin control, como una regadera con
potentes chorros de líquido blanco. El primero llegó a mi mejilla derecha con
tanta fuerza que me dolió. No me dio tiempo a reaccionar cuando sucesivos
chorros densos, cargados de peso, veloces, fuertes, potentes, llenos, enérgicos,
empezaban a invadir mi pelo, mis labios, mis hombros, mis tetas, el resto de mi
cara, e incluso el suelo y sus propias manos. Su polla era un torrente sin
freno, un potente martillo del que salía el néctar de la pasión, el zumo de sus
entrañas, un yogur consistente que pronto comenzó a penetrar en las comisuras de
mis labios.
Marco empezó a aminorar el ritmo, mientras yo notaba que mi
pelo caía a mi cara, que de mi cara caía a mis labios, que de mis labios caía a
mis tetas, que de mis tetas, en grandes hilos colgantes, caí a mis piernas…
Aquel plato jugoso, aquel pene recién estallado con restos de
semen, me pareció más que apetitoso y acerqué mi boca a su forma, a su círculo,
a su rotundidad. Engullí más allá del capullo de Marco, mirándole a los ojos,
chupando, intentándo extraer más leche de su meato mientras le tocaba los
huevos, y mientras de mi boca salían calostros, hilos de semen blanca y grumosa,
potente, que abría para saborear con mi lengua la base de su ancho pene, sus
huevos, su perineo y volver al trozo de carne…
-Joder… -Dijo Marco, tranquilizándose.
Me ofreció su mano, como quien saca a una mujer a bailar, y
dejé mi postura arrodillada para levantarme y ponerme a su altura. Su boca y la
mía se juntaron y nos besamos como dos adolescentes…