Como excelentísimo inspector de impuestos del Emperador, mi
labor consiste en vigilar muy de cerca a esos grandes terratenientes que, a
pesar de ser el motor del Imperio en más de un aspecto aparte del económico,
también pueden resultar siendo su perdición o, por lo menos, un lento pero
imparable lastre para su bien (nuestro bien común).
Es difícil que un señor de cientos de tierras, de soldados y
de esclavos no quiera, en algún momento de su carrera, cegado por su
interminable sed de prosperidad o por su directa avaricia (en todos nosotros
late y a todos nos termina pillando por sorpresa), conspirar desde sus riquezas
contra el Emperador o contra su corte.
El empresario Arkán es uno de esos nuevos ricos que, siendo
un esclavo, fue liberado por su agradecido amo (de cuyas riquezas –que, por
supuesto, heredó- fue él el causante en la sombra) y cuyas opulentas cuentas
parecen no cuadrar del todo.
En su enorme mansión de las afueras me recibe, y con montones
de alimentos y de bebidas me agasaja. No como ni bebo nada: le pido, con el ceño
fruncido, que me enseñe sus cuadernos de compras y ventas.
Mientras envía a su sirviente mano derecha a por los papeles,
me comenta que piensa patentar un nuevo método de explotación de esclavos,
método que es uno de los causantes de su riqueza, que ahora está en boca de
todos en la capital.
Ni siquiera le miro y tampoco le contesto: espero de pie a
que me traigan los libros de cuentas.
¿Quiere saber cual es, señor recaudador? – me
pregunta, y, sin decir nada, sale al gran jardín trasero de su
propiedad, jardín que culmina en un gran campo de trabajo.
Yo le sigo respetuosamente, aunque le espeto a que, con
rapidez, me entregue sus cuentas, ya que no tengo todo el día y aún he de
revisar las de otros terratenientes como él.
Inmediatamente, al salir, me llevo mi pañuelo a la frente.
En el campo de trabajo el calor es aplastante y la presencia
de los esclavos es patente en el aire, surcado tanto por el frescor de los
cultivos, de los árboles frutales, como por el almizcle de los cuerpos desnudos,
de los cientos de cuerpos de esclavos desnudos que se extenúan para producir la
riqueza de su amo.
Avanzamos por los caminos de piedras que separan las huertas,
en las que hombres y mujeres de todas las razas y edades jóvenes trabajan sus
cuerpos al sol. Los gustos exquisitos de Arkán (que compruebo que son ciertos)
quedan patentes en sus esclavos, todos elegidos entre los mejores tesoros de los
mercados del mundo conocido: los hombres tienen la grasa justa, los músculos
contorneados y firmes pero no hinchados, y las mujeres las formas de sus cuerpos
bien proporcionadas, redondeadas y fuertes, pero nunca flácidas. Todos están
escrupulosamente depilados (excepto sus cabezas, pestañas y cejas) y todos lucen
unos sexos exaltados hasta la catársis, febriles hasta el paroxismo. Únicamente
portan sandalias y guantes de piel: su amo no quiere que se lastimen, pues todos
valen una fortuna y pueden ser revendidos, regalados, alquilados o prestados
para favores a amigos o a enemigos.
Arkán me hace saber de sus métodos: los esclavos producen más
cuando están sexualmente insatisfechos y cuando saben que podrán desahogarse si
trabajan bien a lo largo del día. Así, según me contó, todos trabajan desde el
amanecer hasta el anochecer desnudos y mezclados. Al caer la noche, los que
hayan sido productivos según los informes de los capataces, podrán satisfacer
sus ansias durante media hora con un compañero o compañera de su elección, tras
lo cual serán bañados y puestos a punto para las fiestas o para volver al
trabajo al día siguiente.
Observo a los pobres desdichados trabajar. Unos son blancos y
otros negros, y otros del color de la tierra. Sus pollas, sostenidas por sus
huevos en tensión y férreamente levantadas hacia el cielo y coronadas por
relucientes glandes, parecen a punto de estallar de placer contenido. Sus
clítoris arden en un infierno de humedad mientras ríos de cristal corren por sus
piernas hacia el suelo. Los pezones son duros, rasposos a la vista, puntiagudos.
Los capataces los vigilan blandiendo fustas: quien es
descubierto satisfaciendo sus necesidades, es inmediatamente azotado en público.
En el centro del campo de trabajo hay levantada una tarima y, sobre ella, una
jovencita desnuda languidece atada a una cruz con el cuerpo surcado por finos
trazos rojos.
-Intentó masturbarse- me señala Arkán, y sus guardias le
sonríen con complicidad, tras lo cual añade: habitualmente, suelen aprender de
la primera lección.
Seguimos caminando y el olor se hace más fuerte: el olor a
miembros de bestias insatisfechas, el olor a sudor dulce. Las espaldas se
arquean y se levantan recorridas por torrentes transparentes pero brillantes,
los glúteos se balancean mientras entre ellos corren pequeños ríos, los miembros
erectos en todas sus formas atacan a los ojos. Mi polla casi va a atravesar mi
túnica, y Arkán lo sabe. Me sorprendo.
Y el terrateniente me ofrece un esclavo. O una esclava. O las
dos cosas.
-Elija, le regalo al que quiera.
Y, sin decir palabra, baja a uno de los huertos y, en cuanto
lo hace, todos los esclavos y los capataces detienen su labor. Los primeros
colocan, como si de un ritual se tratase, sus manos tras la espalda. Hay un
jovencito de color caoba cuyo gran rabo me apunta directamente. Sus venas laten
como el fuego de las antorchas, su glande se expone sabroso como una fruta y los
huevos los tiene prietos y suaves. Se los estoy tocando: he caído en el juego de
Arkán. Se los masajeo y él no dice nada, aunque es bien visible por su leve
temblor y por su rostro gacho que siente una terrible vergüenza y destemplanza.
-Toque todo lo que quiera, me anima el mercader. Es un joven
aspirante a guerrero de las tribus del sur que fue capturado tras la destrucción
de su pueblo. Iban a venderlo como gladiador, y, pensando que iba a ser todo un
desperdicio de esclavo, lo compré para traerlo a mi finca.
Le ordenado al esclavo que se de la vuelta y también masajeo
sus nalgas negras y fuertes pero espumosas, y las abro ligeramente para dejar
ver su ano rosado. Un estremecimiento recorre a mi víctima. Le ordeno voltearse
de nuevo y pellizco sus pezones, recorro su clavícula y también su vientre que
se infla y se desinfla ya sin descanso. El sudor le recorre todo el cuerpo y el
aliento se le torna como el de un caballo cansado. Me lo quedo. Se lo digo a
Arkán y, al mirarlo, veo que ha mandado traer a una jovencita del mismo huerto.
-Pruebe a esta chica, me dice. Es deliciosa. Es la hija de un
noble que se arruinó y cuya familia tuvo que ser vendida por completo para pagar
sus deudas.
La joven tiembla como el chico negro, aunque ella luce una
piel blanca ligeramente rosada y una cabellera rojiza ondulada no demasiado
larga pero sí frondosa. Su cuerpo está recorrido por pecas y lunares y también
está bañada en sudor. Su coño es pequeño y delicado, y sus labios asoman de él
como la espuma en la orilla del mar. Los masajeo. Son extraordinariamente
suaves, como su clítoris hinchado, que únicamente rozo (al hacerlo, le arranco
un estremecimiento). La ordeno voltearse y sopeso sus nalgas, pequeñas y
redondas como melocotones, y las palmeo antes de ordenarle que se vuelva de
nuevo. Hago ahora lo propio con sus pechitos, recatados y ligeramente picuditos,
y pellizco asimismo sus pezones rosas en flor. Me la quedo. Por supuesto.
Arkán, muy solícito, ordena a sus capataces que me preparen
mis dos nuevas adquisiciones, que son conducidas dentro de la casa para ser
bañadas y perfumadas.
Mi camino hacia la corrupción acaba de ser forjado. Y casi no
me he percatado de ello.