No le dio tiempo a hacer otra cosa que a cerrar los ojos de
forma instintiva cuando el marroquí empezó a correrse sobre su cara. Recordaba
como el calido liquido la salpicaba y como las arcadas le subían desde la boca
del estomago hasta la garganta. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por no
vomitar allí en medio. Recordaba como se habían empezado a formar preguntas
“¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué no estoy en el colegio?” pero todavía recordaba con
mas intensidad haber percibido, unos segundos después de la eyaculación, una
descarga de sensaciones, de calor y luz que se había iniciado en el huevo
vibrador que albergaba su joven coñito. Recordaba como subía por su
columna hasta llegar al cerebro y allí, casi instantáneamente, la transportaba a
un mundo de un placer inexplorado para ella. Quería estar allí siempre. No le
importaba como había llegado, pero sabía que no quería marcharse.
Tan rápido como se había iniciado la vibración, noto
que se paraba. Poco a poco, Amelia regresaba del mundo de Oz volviendo a estar
en aquel bar de currantes. Seguía rodeada por dos moros con las pollas babeantes
de leche, un camarero que la miraba con ojos lascivos y el hombre a quien
llamaría “Amo” el resto de sus días y que controlaba el aparato que la acababa
de hacerle correr como nunca antes. Progresivamente se dio cuenta que todavía
tenia la falda en la cintura, mostrando todo su coñito peludo y su mano seguía
moviendo la piel del marroquí, produciéndole espasmos de placer. Su cara y la
blusa estaban totalmente empapadas de semen amarillento y pegajoso, brotado del
primer hombre al que había masturbado hasta el final. Con sus amigos del colegio
había jugado a esto alguna vez, ya que era una chica muy popular entre ellos,
tanto por su belleza como por sus formas, que ya empezaban a despuntar, pero
cuando sus compañeros empezaban con los espasmos anteriores a la corrida dejaba
el rabo erecto y decía que no quería seguir “jugando”, provocando muchos enfados
entre los chicos. Ahora, sin embargo, había masturbado a un completo desconocido
hasta el final. Y no solo eso. Había permitido que se corriera sobre su cara,
cubriéndole los ojos, la nariz y penetrando incluso algún cuajo en su boca.
Aquel gusto amargo empezaba a bajarle por la garganta y sintió otra arcada al
recordar que era.
El placer iba dejando paso a la vergüenza y del orgasmo ya
solo quedaba un mar de flujos en su coñito. Amelia parpadeo, como si despertara
de un largo y placentero sueño que no recordaba muy bien, pero que le había
encantado.
- En pie, Amelia. Es hora de irnos - ordene a mi aprendiz -
tenemos muchas cosas que hacer antes de que vuelvas con tus padres.
Cuando se levanto, el morito mas joven le puso una mano en la
teta y mientras se la magreaba con fuerza, restregando el semen de su
compatriota por la otrora blanca camisa de mi pupila le pregunto, en un tosco
castellano, si se la quería pelar a el también. Soy partidario de que una
esclava ha de acatar todas las órdenes que se le dirijan durante su vida, pero
se ha de filtrar quien se las da.
- Disculpe caballero - le dije al inmigrante, en un tono
deliberadamente pomposo - la señorita ha terminado su ejercicio y ahora nos
marcharemos.
- No jefe - contesto- niña no marcha hasta que haga paja a
mí.
Como en otros aspectos de la vida, no me gusta usar la fuerza
cuando no es precisa, así que me aproxime al morito y con un rápido movimiento
aprese el carro de la cremallera y lo subí apenas dos dientes. Esto de por si no
tendría que aplacar al magrebí, pero me asegure que entre esos dientes se
encontrara parte de la bolsa testicular. Cuando su cerebro recibió los impulsos
dolorosos que emanaban de sus cojones, decidió que era mucho mas importante
librarse de la presa del pantalón que vaciar se contenido.
Mientras que el morito saltaba por el bar, en un intento de
liberar sus genitales del pantalón, pague las ultimas consumiciones y salí del
bar con mi joven alumna pegada a los talones. Un frenazo brusco de una
camioneta de reparto y un par de exclamaciones soeces del conductor hacia la
cría que tenia a mis espaldas hizo que me girara hacia Amelia. Con la luz
artificial del bar, no me había dado cuenta que tenia la cara totalmente
empapada en una lefa amarillenta que le resbalaba por la barbilla y caía sobre
su blusa blanca. Durante el magreo del segundo moro, un par de botones se habían
desabrochado y ahora se podía ver el sujetador de la aspirante a sumisa. Era una
monada de encaje que peleaba duramente por mantener el par de tetas de Amelia
dentro. Sin embargo, lo que no conseguía el sujetador era que no se
transparentaran los pezones de la chiquilla. Pese a estar todavía poco
desarrollados, se le dibujaban bajo las dos capas de ropa y evidentemente, eso
era algo que no podía pasar por alto. Estire la mano, la metí entre los botones
desabrochados y sortee el sujetador sin problemas, hasta notar el contacto
de su caliente piel. Tenia la respiración agitada y el corazón le iban a mil por
hora, pero allí estaba, sin marcharse. Seria un buen ejemplar. Con mi dedo
índice empecé a jugar con pezón, pasándolo un par de veces por encima, hasta que
decidí agarrarlo con la ayuda del pulgar. Lo retorcí un poquito, nada serio al
principio, pero poco a poco, fui incrementando la presión.
- Ay – fue la respuesta de mi nueva cachorrita tras una buena
dosis de presión. Su cara se había ido congestionando conforme iba incrementando
la presa sobre su indefenso pecho, pero no se había movido ni dicho nada hasta
aquel preciso momento.
- ¿Pasa algo, aprendiz? Le pregunte como si no supiera que
estaba dejando sin riego sanguíneo su pezón.
- Amo, me duele – fue su escueta respuesta
- Ya lo se. Estoy mirando tus niveles antes de aceptarte en
mi piara. Tienes prohibido abrir la boca ni que sea para quejarte sin mi
permiso. Cualquier incumplimiento de esta orden será corregido con azotes.
Volvamos a intentarlo.
Esta vez, apreté con ganas y sin previo aviso el dolorido
pezón de la chiquilla. Amelia gimió, se retorció de dolor, pero no abrió la boca
para nada, ni cuando amarrándole el otro, hice que se pusiera de puntillas para
que no le arrancara las tetas. Se había portado bien, así que era normal que le
diera su azucarillo. Metí la mano en el bolsillo y conecte el huevo vibrador a
minima intensidad. Cuando el artilugio volvió a zumbar, Amelia dio otro gemido,
esta vez de placer y se agarro a mí. Le habían fallado las piernas del gusto que
notaba con aquello dentro de su infantil coñito. Lo deje haciendo su trabajo un
par de minutos y luego lo volví a desconectar.
- Sube al coche. Esto empieza a tener mucho publico – Ordene
– pero antes, despelotate completamente, no quiero que me manches la tapicería.
La verdad es que la gente del polígono se había dado cuenta
que estaba pasando algo raro delante del bar cuando dos camiones casi chocan al
mirar como un adulto le estaba retorciendo las tetas a una cría, sin que esta
dijera nada ni intentara marcharse, pero las alarmas saltaron cuando la niña,
antes de subir al coche, se quito absolutamente toda la ropa, quedándose solo
con los calcetines largos y los zapatos.
Cuando Amelia subió al coche, le explique que a menos que yo
le ordenara otra cosa, ella subiría por la puerta del copiloto y se pondría de
rodillas a los pies del asiento. Todavía no se había ganado el derecho a
sentarse en mi presencia y menos con aquel aspecto que presentaba. Tenia la cara
llena de semen medio seco que le caía hasta sus ahora desnudas tetas y le seguía
resbalando por su estomago hasta su pobladísimo coño. Sin embargo, acato la
orden sin problemas y se quedo de rodillas donde el indique, mirando al suelo.
- Lo primero que vamos a hacer es llevar al tinte tu
uniforme. Cuando te devuelva a casa esta noche, quiero que parezcas las niñita
que todavía ven tus padres y no la aprendiza de esclava que voy a fabricar hoy.
Así pues, puse en marcha el coche y me dirigí a un gran
centro comercial, de los que hay en las afueras de la ciudad. Un monstruo de
tiendas donde todo es posible y donde todo se compra o se vende. Escogí uno
donde ya había estado con anterioridad y conduje hasta él. Sabía a ciencia
cierta que era discreto. Se accedía a la lavandería por un lateral, justo al
lado de donde estaban los muelles de carga, separado de estos por una bonita
vaya de color azul. Durante el trayecto le explique como había de colocar sus
brazos para que las grandes tetas que tenía pudieran ser accesibles sin ningún
problema. Era parte de la postura de ofrecimiento y consistía en algo tan
sencillo como cruzar los dedos detrás de la nuca y abrir los codos todo lo que
le fuera posible. La ejecuto perfectamente y durante el trayecto, me entretuve
jugando con sus pezones. No estaban todavía totalmente desarrollados, pero ya
eran muy sensibles a los roces y tras un ratito de jugar con ellos, se quedaban
salidos, desafiantes, sobre sus grandes aureolas. Sus ojos, sin embargo, seguían
mirando al suelo. Solo se lo había explicado una vez, hacia tiempo y eso lo
tenia clarísimo. Una esclava, a menos que se le ordene, no puede mirar los ojos
de su Amo. Es una norma básica de respeto.
Cuando llegamos, le dí a mi perrita una cazadora deportiva de
baseball. Evidentemente, no era de su talla y llamaba la atención. Sus largos
calcetines de colegiala delataban que la prenda superior tenia que ser una falda
de colegio de monjas, pero en lugar de eso, no se veía nada debajo de la
chaqueta que llegaba justo un palmo por debajo de su coñito y que dejaba al
descubierto gran parte de sus muslos. También le ordene que plegara su ropa de
forma conveniente para que cuando la entregara, vieran en la lavandería que era
lo que quería limpiar, ya que el manchurrón de semen quedaba justo encima.
- Ahora bajaras del coche y nos dirigiremos por separado a la
tintorería – le explique a mi aprendiz – yo iré detrás de ti por si pasa alguna
cosa, no te preocupes por tu seguridad. Te dirigirás al fondo del pasillo y le
dirás al dependiente si ellos te pueden limpiar una mancha en la ropa, que te
gustaría que estuviera para esta tarde a las seis.
- Si, amo.
- Si te preguntan de que es la mancha, le dirás la verdad:
que se ha corrido sobre ti un moro que no conocías después de hacerle una paja
en un bar y que no quieres que tus padres la vean cuando llegues a casa
- Pero Amo...
- Amelia, no te lo repetiré mas – le dije con gesto severo
mientras le cruzaba la cara con una sonora torta que le dejo los cinco dedos
marcados – si me vuelves a cuestionar, se termina ¿Queda claro?
- Perdón, perdón, Amo – Me dijo mientras se frotaba la cara y
las lágrimas asomaban en sus ojitos – pero es que me da mucha vergüenza hacer lo
que me ordenas.
- Pues te aguantas. Tú has elegido servirme, no te he
obligado yo. Si no puedes seguir el ritmo, me lo dices y se acaba. Si te da
vergüenza las chorradas que te ordeno ahora, no quiero ni pensar como te
comportarías cuando empiece a darte las verdaderas ordenes.
Tras este pequeño acto de duda (que esperaba sinceramente que
fuera el último por que no toleraría otro) le explique que una aprendiz de
esclava como pretendía ser ella, tenia que decir siempre la verdad; no podía
mentir a nadie y menos para ocultar su condición. Evidentemente y puesto que
tenia solo 14 años, tenia que hacerlo con sus padres y familiares directos, a
menos que le dijeran que la habían visto. Entonces ya veríamos que se podría
hacer para que mantuvieran la boca cerrada.
- Cuando termines en la lavandería, te dirigirás a la
farmacia y compraras un enema. El más grande que tengan. ¿Lo has usado alguna
vez?
- No Amo. No se ni lo que me pides que compre.
- Un enema es un producto de limpieza que utilizaras a partir
de ahora todos los días de tu vida. Es, básicamente, agua para meterte por el
culo y limpiarte la parte final del aparato digestivo. – Le explique a Amelia –
No pongas esa cara. ¿Te creías que no iba a usar tu culo como, cuando y donde me
plazca? Pues te equivocabas. Es mas, hasta que me apetezca penetrarte por tu
coñito, será el único agujero de entrada que usare, a parte de la boca, por
supuesto. Así pues, te conviene tenerlo limpio, puesto que pasare de uno a otro
sin mayor problema.
- Muy... muy bien, Amo – Su voz entrecortada y cara de
aprensión denoto que se estaba imaginando mi polla entrando en su boca después
de salir del recto sin una buena limpieza. Le había contado muchas veces como
con mis otras sumisas tenia sesiones de sexo anal durante horas, ya que retenía
mi eyaculacion y sustituía mi polla por un consolador o por otros juguetes
cuando me acercaba.
- He estado aquí otras veces y he visto al farmacéutico, así
que se que es un vejete la mar de simpático. Puesto que no lo has usado nunca,
le pedirás que te explique como se pone y una vez recibidas todas las
instrucciones y aclaradas todas las dudas que tengas sobre como te has de
limpiar bien el recto para mi, si te dice si quieres algo mas, le dices que
quieres vaselina de uso anal (yo se que no existía esa denominación en la
farmacia, pero ella no) así le quedara bien claro para que quieres el enema.
Cuando salgas de la farmacia, te iras al baño de mujeres, te pondrás el enema
tal como te abran explicado y vendrás a buscarme al Mc Donal’s que hay en junto
a la salida norte. ¿Te queda claro?
- Si Amo. Me queda claro.
Amelia permanecía de rodillas sobre el suelo del asiento del
copiloto y antes de abrir los seguros para bajar, deslice mi mano bajo la
cazadora, en busca de un indicador de su estado de ánimo. ¡Bingo! Su coñito
estaba totalmente empapado. Parecía que se había meado encima y sus fluidos
incluso resbalaban por sus muslos. “serás una buena esclava” le dije mientras le
acariciaba lentamente el clítoris. Ella sonrío, agradeciendo el piropo. Quería
ante todo que yo me sintiera orgulloso de ella y que cuando hablara con ella, la
viera como a una autentica mujer capaz de hacer lo que fuera por complacer a su
Amo, pese a que su instinto le dijera otra cosa. Cuando empezó a poner cara de
placer, pare, le di una toallita húmeda para que se limpiara la cara de la leche
reseca del moro y le ordene que bajara. Afortunadamente no había nadie en el
aparcamiento cuando la cachorrita bajo del coche. Si alguien la hubiera visto
salir, habría podido observar perfectamente su culo, ya que tuvo que apoyar sus
manos en el suelo para poderse volver a poner de pie. Cuando bajo del coche, se
quedo esperando a ver que le decía. Repase su ropa y aspecto y le hice un gesto
con la cabeza. Nos encaminamos por separado a la tintorería, ella unos metros
delante mío.
Cuando la vi cruzar las puertas del centro comercial, me di
cuenta que la cazadora le cubría bien el coño, pero que le venia tan justa que
tenia que estar constantemente tirando de ella hacia abajo para que no le
asomaran las nalgas, puesto que al tener una goma elástica en la parte de abajo,
se le arrapaba a las piernas y tenia tendencia a subir. De eso también se dio
cuenta un vigilante de seguridad que se encontraba allí y que tras pasar mi
aprendiz por la puerta donde estaba, les comunico a los de la sala de control
que tenían “una putita provocativa” en el centro, que la siguieran por las
cámaras y que ya le enseñarían la grabación de seguridad. La idea de que mi
nueva adquisición despertara el interés en otros hombres me gustaba y si de
forma casi involuntaria había atraído sus miradas lascivas, estaba seguro que
cuando lo hiciera a posta, los hombres no podrían quitarle la vista de encima.
De hecho, no fueron pocos los que se giraron después de cruzarse con ella en el
pasillo.
Cuando llegamos a nuestro primer destino, la suerte quiso que
estuviera prácticamente vacío, a excepción de una maruja que entro justo después
de mi aprendiz. Como que solo había un dependiente, no le quedo más remedio que
hacer cola y esperar a que Amelia terminara de entregar la ropa. El morbo me
pudo y quitándome la chaqueta, entre también, para ver como se desenvolvía mi
aprendiz en su primer encuentro no tutelado.
- Buenos días, señorita – le dijo el dependiente, un chico de
unos veintipocos años, con gafas – ¿En que puedo ayudarla?
- Buenos días – Contesto Amelia. Tenía la cara roja como un
tomate. En su forma de hablar se notaba que estaba muy nerviosa, ya que
tartamudeaba y no tenia fluidez en las palabras. – me he manchado el uniforme
ahora mismo y me gustaría que lo tuvierais limpio para esta tarde, antes de las
seis, por favor.
- Claro que si, señorita – respondió el dependiente mientras
manipulaba el uniforme. Cuando desplegó la camisa y vio el manchurrón
amarillento le cambio la cara. Siguió manipulando la ropa y encontró el
sujetador y una falda que tenia los mismos restos que la blusa. El chaval sabía
perfectamente la respuesta, pero hizo la pregunta del millón - ¿Y sabes de qué
te has manchado, guapa? Lo digo por que es mucho mas fácil limpiar una mancha
que conoces de que es que una que no tienes ni idea.
Tras ponerse mucho mas nerviosa de lo que estaba y empezar a
sudar copiosamente, Amelia respondió la verdad: que havia sido un moro
desconocido, tras hacerle una paja en un bar la que la había puesto perdida de
semen y que no quería que sus padres la descubrieran con esa mancha en el
uniforme del colegio. Cuando escucho esto, el chico se puso colorado también,
pero mas de cachondez que por vergüenza y la mujer que tenia detrás, tras soltar
un sonoro “pero que golfa” se marcho de la lavandería, no sin antes decir que la
juventud estaba perdida y que se vivía mucho mejor cuando había menos
libertinaje y Franco era el jefe del estado.
- Joder, que bueno!! – dijo el chaval cuando la clienta ya
había salido de la tienda y aprovechando que yo estaba mirando una publicidad (o
al menos, eso creía él) – ¿has pajeado a un tío que no conocías?
Amalia asintió, roja de vergüenza. En su cabeza estaban mis
palabras, explicándole que alguien que se entrega libremente a otra persona, no
ha de esconder lo que en realidad es a menos que se le ordene. La siguiente
pregunta del joven fue si las bragas no se las había manchado, respondiendo
Amelia que no, que se las había quitado antes de hacerle la paja y que se las
había quedado el dueño del bar. Entonces el dependiente le dijo que si se lo
hacia a él también, le tendría el uniforme listo para una hora y que no le
cobraría los gastos. Fue entonces cuando la aprendiza se bloqueo y me miro,
pidiendo instrucciones con un “Qué le digo, Amo?. El chico se tensiono cuando mi
golfita me miro y por un momento creyó que había hablado mas de la cuenta.
- Oiga, yo... lo siento... no quería... si hubiera sabido...
– empezó a disculparse el jovencito, totalmente pálido
- Tranquilo, no pasa nada – le conteste – Si puedes cerrar la
tienda cinco minutos, mi esclava hará lo que le has pedido siempre y cuando tú
cumplas tu palabra y tengas listo el traje escolar antes de una hora.
Sin pronunciar una sola palabra, el dependiente salió de
detrás del mostrador y a la carrera, cerro la puerta, hizo girar el
pestillo y dijo que por supuesto, que lo limpiaría él personalmente a mano si
hacia falta, pero que le encantaría que esa muchachita le hiciera una paja.
Convenimos que sin ningún problema y un minuto después, estábamos en la
trastienda.
- Golfita, quiero que te quites la chaqueta y la dejes
perfectamente plegada sobre esa silla – ordene a la aprendiz. Cuando dejo la
prenda en su sitio, le dije – ahora, quiero que te pongas en cuclillas, delante
de este caballero, le saques la polla de la bragueta y lo masturbes como has
hecho con el moro del bar ¿Has entendido?
-Si, Amo – fue la escueta respuesta de Amelia
Cuando las tetas de la cría pasaron por delante de la
bragueta del dependiente, su trempera era más que evidente. Amelia estaba
francamente nerviosa. Hacia poco que había masturbado a un desconocido y ahora
se disponía a hacérselo a otro. El tacto de las pollas adultas era algo que
todavía no conocía, ya que todas las que había tocado hasta aquel día eran de
compañeros suyos de colegio. Las que ahora tenia en la mano era una polla de
tamaño mas bien normalito. Nada que ver con el pollote del moro del bar. Pese a
todo, estaba roja y de la punta manaba una gota de fluido viscoso que mostraba
la excitación del chico. Cuando la aprendiza la agarro y empezó a moverla arriba
y abajo, el dependiente puso los ojos en blanco. Tal como le había ordenado,
inició la paja al dependiente a escasos centímetros de su cara, tal como tenia
la polla del moro en el bar. Me gusto el detalle y decidí recompensarla con un
mínimo movimiento del huevo vibratorio. El pitido me indico que esté había
empezado a vibrar justo en el momento que Amalia dio un pequeño saltito y
también puso los ojos en blanco. Aquel movimiento, desconocido por ella hasta
ahora era una motivación suficiente como para que obedeciera las ordenes que le
daba. En lo mas profundo de su ser, sabia que si obedecía, le suministraría
placer con aquel aparato y todavía, de una forma totalmente inconsciente, sabia
que lo que hacia estaba bien. No sabia el porque, pero le importaba poco.
Tras unos minutos de meneo, la gotita se havia convertido en
un hilo blanco y la rojez del miembro, había ganado intensidad. Amelia también
había incrementado el ritmo de la masturbación, ayudada por el juguete que
albergaba en su interior. La polla del chico seguía moviéndose a escasos
centímetros del angelical rostro de mi sierva y esté no perdía un solo detalle
de lo que le hacia mi proyecto de golfa.
- Golfa, saca la lengua y saborea la gotita de semen que te
ofrece este caballero – le dije irónicamente
El solo roce de la punta de su infantil legua provoco el
orgasmo instantáneo del trabajador. El capullo se hincho de golpe y se vació con
largos chorretones en la cara y boca de la niña. Si la anterior vez, solo algún
resto de semen le havia entrado en la boca, es esta ocasión, al tener la boca
abierta para lamer, le havia entrado hasta la garganta el primer chorretón
completo. Una arcada le subió desde la boca del estomago al notar el gusto y la
textura del semen de otro desconocido, pero esta vez intento por todos los
medios reprimirla, no sin conseguir que de forma casi automática, se le abriera
la boca para vomitar. Afortunadamente para ella, lo controlo y continúo
aguantando estoicamente los lechazos del chaval hasta que le vació las pelotas.
El resto de la leche que la salpico lo hizo en su cara y tetas; incluso la que
tenia dentro de la boca termino resbalando y añadiéndose a la que le recorría en
dirección al coño. Se había portado como se esperaba de un animal como ella y
era la hora de la recompensa. Volví a meter la mano en el bolsillo e incremente
el movimiento del dispositivo que conduciría a mi esclava a un nuevo orgasmo
electrónico. Efectivamente. Un minuto después, la pequeña se corría otra
vez con tanta fuerza que le fue imposible reprimir una larga meada. Cuando
termino, apague otra vez el aparato, consciente de que se había corrido como una
perra por segunda vez en menos de media hora.
- ¿Te he dado yo permiso para que mees, cerda? – le pregunte
en tono autoritario
- No, Amo. Lo siento.
- Ahora solucionaremos esto. Ponte de rodillas y límpialo con
ese trapo – ordene a la muy cerda – y tu, será mejor que le pongas algo en la
boca, para evitar los chillidos.
El dependiente no sabia muy bien a lo que me refería hasta
que vio como me quitaba el cinturón y como me ponía detrás de mi perra. Ahora
tenia claro que le iba a azotar el culo y si chillaba, resultaría evidente para
todo el centro comercial que algo pasaba dentro de esa pequeña tienda. Miro
desesperadamente a su alrededor, buscando algo para ponerle en la boca antes de
que cayera mi primer latigazo y justo en el momento que mi cinturón mordía sus
blancas nalgas, le puso un par de calcetines ya limpios que algún cliente
vendría a buscar.
Amelia no se lo esperaba. Sabia que si hacia alguna cosa mal,
el castigo seria inmediato y en forma de azote. Se lo había contado hacia
tiempo, pero no se esperaba que de una forma tan inmediata y brutal. Cuando el
cinturón estaba a punto de llegar a sus nalgas, con un brusco gesto de muñeca
hice que restallara y que impactara con más fuerza sobre su desprevenido culo.
- El castigo por mearte sin permiso serán diez azotes – avise
a mi sumisa - No intentes esquivarlos o se multiplicaran por dos.
Uno tras otro, los nueve latigazos restantes se estrellaron
contra su culo. Cada estallido del cinturón sonaba como una seca palmada y era
seguido por un mugido ahogado por los calcetines que tenia la infractora en la
boca. No intento zafarse en ningún momento, pese a que los últimos cuatro fueron
dados con verdaderas ganas. La chica sabia perfectamente que había actuado sin
el consentimiento expreso de su Amo y que aquello no se podía permitir de
ninguna manera, así pues aguanto los latigazos mientras se repetía a si misma
que no volvería a pasar, que no podía volver a desobedecer de aquella forma tan
tonta. Mientras el cuero castigaba las posaderas de la cría, el chaval se había
vuelto a recuperar y al tercer fustazo, ya se la estaba pelando otra vez como un
mono. Para cuando termine el castigo, se había vuelto a correr en la cara de
Amelia, que ahora chorreaba de dos corridas.
Al final no fue un castigo muy duro comparado con los que le
separarían mas adelante, pero si que fue una buena toma de contacto para que
viera que toda acción tenía una reacción. Con cinco fustazos en cada nalga, se
le empezaban a poner coloradas, a coger algo de color. Sus ojos se volvieron a
llenar de lágrimas, pero era mas por el susto y la humillación de los azotes
ante aquel desconocido que por el dolor que sentía en sus posaderas. Cuando
termine el correctivo, me volví a agachar tras ella y comprobé que su coño
todavía seguía tan húmedo como cuando se acababa de correr. Le saque los
calcetines de la boca y le seque el coño con ellos. Luego se los tire al chaval,
que los olio y se los guardo en el bolsillo. Por un momento pensé que excusa le
iba a dar al dueño.
- ¿Comprendes que no me queda otra opción que castigarte
severamente cuando hagas una cosa mal? – Argumente a mi sollozante aprendiz
- Si Amo. He sido estúpida y no me he comportado como tendría
que haberlo hecho. Te pido perdón, pero es que ha sido algo que no he podido
controlar. Ha sido brutal.
- Procura controlarlo la próxima vez o no seré tan suave.
Ahora límpiate la cara de las corridas del pajillero, ponte la chaqueta y vete a
la farmacia a por el enema. Cuando te lo hayas puesto ven a buscarme. Te
esperare en el Mc Donal’s. Si surge algún imprevisto, improvisa. Imagina que es
lo que yo te ordenaría que hicieras y aplícalo. Ve.
Amelia se limpio con celulosa y se volvió a poner la
chaqueta. Pese a que su cara estaba limpia, uno de los chorretones de la segunda
corrida le había manchado el pelo y con las prisas y el escozor del culo, no se
dio cuenta. Cuando salio por la puerta, mi primer pensamiento fue como acabaría
de cachondo el farmacéutico si mi aprendiz hacia todo lo que le había ordenado.