Era el primer viernes del curso, y los ánimos estaban
bastante distendidos en el IES Ribera. Daniel y Pablo no tenían partido ese fin
de semana, pues acababan de lograr el ascenso y tenían un par de semanas de
descanso antes de empezar la liga regular. Carlos y Jaime estaban aún sin plan,
pues David y Luis apenas habían dado señales de vida en toda la semana. El
quinto que solía juntarse con ellos en los recreos, Manu, hoy había faltado a
clase al estar con gastroenteritis.
-¿Habéis quedado con alguien esta tarde? –Preguntó Pablo en
el segundo y último recreo.
-No, ¿por? –Respondió Daniel, mientras Jaime y Carlos negaban
también con la cabeza.
-Pues porque esta noche mis padres se van a una boda y me han
dicho que si quería que invitara a algún amigo a dormir para no estar solo. Si
os queréis venir...
-Vale. –Dijo raudo Daniel, que desde que había llegado de
Sevilla apenas había hecho amistades.
-Tú no has quedado con David, ¿no? –Preguntó Jaime.
-Que va. –Dijo Carlitos. –Por mí vale, mis padres seguro que
me dejan.
-Vale, pues yo también voy. –Se apuntó también Jaime. –Si eso
se lo podíamos decir a David...
-Si no te importa mejor no, que tampoco quiero que seamos
muchos. –Dijo Pablo, aunque lo cierto era que no le hacía mucha gracia invitar a
alguien a quien apenas había visto dos o tres veces.
-Vale, si seguro que decía que no...
-Pues entonces quedamos en mi casa a las 8 o así, ¿vale? Mi
madre ha dicho que me iba a dejar dinero para pedir unas pizzas o algo, y si
queréis bajamos al videoclub que hay al lado de mi casa a alquilar alguna peli.
Vosotros sabéis donde es, ¿no? –Dijo Pablo refiriéndose a Jaime y a Daniel.
Carlos era obvio que lo sabía, vivían en el mismo portal.
-Yo no. –Dijo Daniel.
-¿Sabes donde están los juzgados?
-Ni idea.
-¿Y el parque de Santa María? –Intervino Carlos.
-Ah, eso sí.
-Pues justo ahí, el único bloque que hay con los ladrillos
blancos, ese es. Es el número 14, 3ºC. –Dijo Pablo.
Unas horas más tarde ya estaban todos en casa de Pablo.
Comenzaba a hacerse de noche, y ya tenían todo preparado. Un par de juegos para
la consola, una peli de miedo con pinta de ser bastante gore, unas cuantas
bolsas de patatas fritas, una caja con cuatro helados para el postre, dos
botellas de Coca-Cola de 2 litros y dos cartones de vino que habían conseguido
gracias a Luis. El plan perfecto.
Hasta las diez y pico estuvieron viciándose a la consola,
pidieron las pizzas y se pusieron a ver la peli, que en realidad tampoco era
para tanto. El calimocho se empezó a subir, y más que miedo, la película les dio
bastante risa. La sangre era tan exageradamente roja y los gritos de dolor tan
cómicos que era imposible tomársela en serio.
Por suerte no era demasiado larga, y hora y media después,
poco antes de las doce, ya se había terminado, con un final a la altura del
desafortunado guión. Aún era pronto para irse a la cama, al día siguiente no
había que madrugar y había que aprovechar que no había padres que les mandaran a
dormir. Pablo hizo zapping, y quitando programas del corazón y películas
empezadas, no había nada de interés. Casi sin quererlo, acabó parando en los
canales locales, donde las películas empezadas eran algo más subidas de tono.
En el primer canal había una película erótica, en la que más
que verse se intuía la acción, lo cual dejaba bastante que desear. Al pasar al
siguiente la cosa mejoraba, dos chicas se desvestían la una a la otra de forma
sensual. No eran muy guapas, pero tenían un par de cuerpos muy bien modelados.
La escena tenía su morbo. Una vez desnudas, las chicas se tumbaron en el suelo
para dedicarse a un buen 69.
-Joder, que desperdicio... –Dijo Daniel.
-¿Por qué? –Preguntó Jaime.
-Pues porque se lo están montando entre ellas cuando yo le
daba un buen pollazo a cada una...
-Claro, y seguro que se conforman con una polla canija como
la tuya... –Dijo Pablo, el único que había visto a Daniel desnudo.
-Pues si, a las tías les gustan las pollas sin casi pelos,
como a nosotros los coños. –Afirmó Daniel muy convencido.
En la pantalla, un primer plano del coño rasurado de una de
las chicas era lamido con fruición. Los rosados labios vibraban mientras la
lengua de la otra atacaba directamente a su clítoris. Giro de cámara, y vista
general del otro chochito. Un par de dedos se adentraban suavemente en él,
aunque daba la impresión de que podían entrar otros dos sin problemas.
Los cuatro chicos se estaban empalmando irremediablemente, y
ninguno parecía tener interés en dejar de ver la película. Es más, todos estaban
pensando en lo mismo, hacerse una paja disfrutando de la peli, pero ninguno se
animaba a ser el primero. Daniel miraba a Pablo, no le parecía de recibo empezar
sin tener el beneplácito del dueño de la casa. Tampoco le importaba mucho la
presencia de Carlos y Jaime, seguro que en cuanto empezaran a masturbarse ellos
también estarían a lo suyo.
Pablo se pellizcó la polla sobre el pantalón, un gesto que
pareció abrir la veda. Daniel hizo algo similar, aunque de paso se levantó
suavemente la camiseta verdiblanca del Real Betis Balompié, dejándose el ombligo
al descubierto. Era como un primer paso, una declaración de intenciones. Hubo un
cruce de miradas por toda la sala de estar, aunque nadie dijo nada.
Tampoco hizo falta. Un nuevo pellizco de Pablo fue acompañado
por un descarado restregón de Carlos y por un movimiento rápido de Jaime
colocándosela bajo los slips. Daniel lo interpretó como vía libre, y también
metió su mano dentro del pantalón, aunque esperando acontecimientos. Pablo se
arrancó, y los demás le imitaron enseguida.
De la nada había aparecido un hombre en la escena, que se
apresuraba a desnudarse mientras las dos chicas terminaban con su dueto. Una vez
desnudo, se abalanzaron sobre él y comenzaron una mamada a dos bocas. Antes de
que soltara el primer gemido, los cuatro ya estaban con las pollas en la mano,
eso sí, aún por dentro del pantalón.
Era un tanto absurdo, pues al fin y al cabo todos sabían lo
que estaban haciendo los demás y salvo Daniel con Carlos y Jaime y viceversa se
habían visto todos, pero en el fondo todos estaban bastante pudorosos. La
estancia comenzó a llenarse de olor a polla, propia o ajena, y Pablo cayó en la
cuenta de que necesitarían algo con que limpiarse o alguno podría ponerle la
casa perdida. Se fue rápido al baño y trajo un rollo de papel higiénico a medio
terminar, con eso sería más que suficiente.
Ya que él era el dueño de la casa y también el único que se
había masturbado ya con los tres invitados por separado, decidió ser quien
tomara la iniciativa a la hora de quitarse algo de ropa. Hacía calor, y aunque
no lo hubiera hecho, siempre es más cómodo hacerse una paja en pelotas y dejar
que el chorro de lefa caiga donde quiera sin miedo de mancharte la ropa.
Se quitó la camiseta y se bajó un poco los vaqueros piratas y
los boxers de lycra para estar más cómodo mientras Jaime, sentado justo a su
derecha en el sofá, le miraba como pensando por qué no se le habría ocurrido a
él antes. De paso, aprovecharía para lucir los cuatro pelitos que le habían
crecido en las últimas semanas, que aunque seguían bastante lejos del matojo
negro de Pablo, le ponían por delante de Carlos, como poco.
La incógnita era Daniel, aunque hubiera apostado porque
andaría también por detrás. Duró poco la emoción, pues de un tirón se bajó
pantalones y boxers hasta los tobillos. Como Carlos, más o menos, aunque su
polla era más rara, si bien Jaime no sabía muy bien por qué. No dijo nada pues
tampoco le interesaba demasiado el tema, prefería mirar a los dos pivones del
televisor.
-¿Qué te pasa en la polla, tío? –Saltó Carlos, que sí parecía
más interesado.
-Que tengo fimosis, creo. –Respondió Daniel.
-Hostia, eso lo tuvo un primo mío de pequeño. Es lo de que
tienes la piel de la polla muy estrecha y te molesta, ¿no?
-Más o menos. Dolerme no me duele mucho, pero no puedo dejar
el capullo al aire.
-Joder, ¿y entonces como te haces pajas? –Intervino Jaime.
-Pues así. –Explicó Daniel mientras hacía una pequeña
demostración a poca velocidad.
-Pues vaya. –Carlos cortó la conversación, se bajó un poco el
pantalón y comenzó a pajearse de nuevo con la peli, no era plan de descentrar a
todo el mundo, pues Jaime y Pablo seguían a lo suyo pero empezaban a molestarse.
En la tele, el tío comenzaba a cepillarse a una de las chicas
mientras la otra se dejaba meter mano por los dos. Era un trío de libro, sin
aportar apenas nada al género, pero en el fondo era excitante. Había multitud de
primeros planos, algo que el pajillero siempre agradece.
Pablo se había colocado de medio lado en el sofá, con las
piernas dobladas sobre él. Aún conservaba el moreno que había cogido en la
playa, y era sin duda el que tenía la piel más oscura de los cuatro. Era incluso
difícil de distinguírsele los cuatro pelos negros que tenía por las piernas. El
corte del bañador le dejaba un corte blanco en el pubis y los muslos, haciendo
un fuerte contraste con el resto de su piel.
Se pajeaba deprisa, sin mucho afán por aguantar mucho tiempo.
Comenzaba a ser tarde y tenía algo de sueño. También estaba más emocionado que
de costumbre con la película, aunque había cogido la costumbre de ver los
canales locales siempre que podía. Una gota de sudor resbaló desde su axila,
mientras su mano derecha se agitaba sobre su polla.
Incluso un poco más rápido iba Daniel, subiendo y bajando el
prepucio con buen tino para no darse tirones. Se fijó en que Jaime dejaba al
descubierto casi todo el glande cada vez que se echaba la piel hacia atrás,
mientras que Carlos se pajeaba más o menos como él, con el capullo siempre
tapado. Al menos no era el único en hacerlo así.
Se giró y vio a Pablo poner caras raras. Había acelerado un
poco y miraba fijamente a la pantalla, aunque tan absorto que parecía estar
mirando más allá de la televisión. Sin previo aviso, un chorro blanco se
estrelló contra su moreno abdomen, y dos gotas más salieron disparadas un poco
más cerca del vello púbico. Los demás le miraron, como de costumbre, aunque esta
vez su corrida no fue tan copiosa como en otras ocasiones.
Jaime se animó y se propuso superarla, aunque sería difícil.
Se había desarrollado un poco más en los últimos meses, pero seguía sin correrse
en condiciones, apenas unas gotillas acuosas en el mejor de los casos. Había
probado con todo lo que había oído, quesitos, tocino, bollería industrial, y
hasta con pistachos, pero lo único que había conseguido era que le saliera un
nuevo michelín. El único método que le había dado algún resultado era estar dos
o tres días sin pajearse, pero era demasiado sacrificado.
En la tele el tío había cambiado tanto de chica como de
postura, pero continuaban la misma música repetitiva y los primeros planos
recurrentes. La calidad de la cinta era bastante pobre, pero en realidad eso era
lo de menos. A los chicos les bastaba con lo que se veía.
Mientras Pablo se limpiaba un poco con el papel higiénico,
Jaime se preparó para correrse. Cogió un trozo de papel y se lo colocó sobre la
tripa, para evitar pringarse de lefa. Las medidas de precaución eran del todo
desproporcionadas, ni un caballo habría necesitado tanto para limpiarse. Lo
retomó por donde lo había dejado, y en pocos segundos se demostró que se había
pasado con las previsiones. Se le formó un goterón de semen espeso en la punta,
pero que quedó contenido con la mano que rodeaba la polla. Agarró el papel y se
limpió con él, pero aún así siguió sobrando un buen trozo.
Ni Daniel ni Carlos lo necesitaban, aunque de haberlo hecho
tampoco se lo hubieran pedido prestado, claro. El primero no soltaba ni una
gota; el segundo apenas se mojaba los dedos. Tampoco es que estuvieran
obsesionados por el tema, eran los más pequeños y era normal, pero en el fondo
sentían cierta envidia sana por Pablo. Iván le había contado a Carlos que desde
que había empezado a correrse aquello le daba mucho más gusto, así que tenía
interés por experimentarlo, no por presumir de machote.
El sevillano era feliz así, era un pajillero compulsivo y
solían caer más de dos o tres diarias. Le bastaba con el gustillo que sentía al
cabo de un rato dándole al manubrio, aunque externamente no diera ningún síntoma
de haber llegado al orgasmo. "Ya llegará", se decía. En el fondo hubiera
preferido tener la polla más grande para presumir en las duchas, como todo el
mundo, pero tampoco le quitaba el sueño.
Siguió pajeándose a su manera mientras Pablo y Jaime se
subían la ropa. Se la sujetaba con dos dedos y movía la piel todo lo que podía,
evitando no hacer tope para no hacerse daño. No había tenido acceso a demasiado
porno, así que aquella película era de lo mejor que había visto hasta el
momento. Se imaginó siendo él quien se montaba un trío con su antigua profesora
de Lengua y con una compañera repetidora que siempre iba enseñando tanga y no
duró mucho más sin correrse. Como siempre, fue un orgasmo discreto y nada
aparatoso, al ser totalmente en seco. "Ya me correré", pensó.
Carlos se había quedado el último, quizá porque se había
pajeado ya tres veces a lo largo del día. Una nada más llegar a casa después de
clase, otra después de comer y la última en la ducha, antes de salir de casa.
Ninguna tenía un motivo especial, sólo le había apetecido y lo había hecho, sin
más. Como cuando estaba sin compañía se corría en menos de dos minutos, se podía
permitir el lujo de hacérselas en cualquier momento.
La cuarta del día estaba costando un poco más, pese a ser la
única con inspiración gráfica. Le gustaba la peli, pero se resentía del esfuerzo
de toda la tarde. Se propuso correrse antes que el tío de la tele, pero apenas
lo pensó, cambió la escena y el protagonista se masturbaba frente a la cara de
las dos chicas, que esperaban su corrida con la lengua fuera y los ojos
cerrados. El primer chorro le cayó en el pelo a una de ellos, el resto se
esparció por sus caras de una forma muy poco glamourosa. Carlos lo observó con
atención y comenzó a pajearse a toda leche, como tuviese que esperar a la
siguiente escena se le iba a cortar todo el rollo.
Por suerte las chicas se pusieron a jugar con el semen,
esparciéndoselo por la cara y las tetas. No le gustaba mucho ese tema, pero
Carlos no tenía más remedio que aprovechar. Unas cuantas sacudidas rápidas y se
corrió sin pena ni gloria, apenas mojando un poco el glande con líquidos
preseminales. Demasiado esfuerzo para un solo día. Se limpió lo poco que había
manchado y se vistió también, y siguió mirando la tele a la espera de que
alguien decidiera que hacer.
-¿Lo cambio ya? –Preguntó Pablo cortésmente cuando comprobó
que los demás habían terminado.
-Sí, sí, quítalo ya, yo ya estoy. –Respondió Carlos
subiéndose de nuevo el pantalón.
-Vale. Joder, vaya rollo de tele.
-Oye Daniel, ¿has ido al médico o algo para lo de la polla?
-Que va.
-Pues yo que tú iría, que a mi primo le dijeron que si no se
operaba se le podía romper en cualquier momento y desangrarse allí mismo...
–Dijo Carlos, convencido de ser un experto en el tema.
-Venga ya... –Dijo Jaime.
-Los del equipo ya le hemos dicho que se lo mire, pero él
pasa...
-Joder, es que... ¿Qué hago? Voy y le digo a mi madre: "mamá,
mírame la polla a ver si me pasa algo", ¿no? –Dijo Daniel, partiéndose de risa
nada más terminar la frase.
-Pues tú verás, pero como un día te hagas sangre vas a tener
que decírselo igual... –Intervino Carlos.
-Bueno, pues ya veremos lo que hago. ¿Otra partida al FIFA?