MEMORIAS DE UNA SUMISA 3
Capitulo 3
(RESUMEN CAPITULOS ANTERIORES: Alba enamorada de su tio, le
confiesa que quiere ser su sumisa y que hará todo lo que él quiera, Pablo acepta
pero primero debe pasar una serie de pruebas, tras superar la primera, es hora
de enfrentarse a la segunda de las tres pruebas… Capitulo anterior:
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Salimos de la ciudad y me llevó hasta una casa a las afueras.
Era una casa de dos plantas con un jardín muy elegante. Pablo dejó el coche en
un garaje sólo para un coche y desde este entramos directamente a una habitación
donde había una cama redonda, un baño enorme con un jacuzzi y un balcón por el
que entraba el sol radiante.
Tras dejar la chaqueta y el bolso que llevaba en una silla,
Pablo me ordenó:
- Desnúdate y sal al pasillo. Debes ir al final de este,
donde verás una puerta de color rojo, entras allí y esperas. Enseguida te darás
cuenta de lo que tienes que hacer.
La orden me pilló un poco por sorpresa, pues esperaba que en
la soledad de aquella habitación Pablo se dedicara a besarme, decirme lo que
sentía de mí, no sé, tenía una imagen muy romántica de nuestra primera
experiencia sexual juntos y quizás por eso la orden que me dio me sorprendió.
Aún así obedecí y empecé a desnudarme como me había ordenado y entre tanto le
pregunté:
- ¿Y tú que harás?
- Eso no te interesa, por lo pronto me quedaré aquí – me dijo
seriamente.
Aquella respuesta me decepcionó un poco. Pero le obedecí, ya
que también quería pasar aquella prueba, quería agradarle, quería ser suya para
siempre. Aún así salí de la habitación algo avergonzada por el temor a que
alguien me viera completamente desnuda. Caminé deprisa y con paso firme hasta el
final del pasillo y como me había indicado Pablo, vi la puerta de color rojo y
entré. Era una pequeña habitación, casi como un lavabo, con un taburete en medio
y varios agujeros a ambos lados de la pared. Miré por uno de ellos pero no vi
nada, luego metí los dedos por otro, tratando de palpar para ver si encontraba
algo y al sacarlos, el sexo erecto de un hombre salió por él. Me sorprendió ver
aquello, pero inmediatamente pensé que quizás era el miembro de Pablo y lo
toqué. El falo pareció que saltaba y continué masajeándolo de arriba abajo,
inmediatamente por otro de los agujeros salió otro pene, un poco más grueso que
el anterior y algo más largo. Lo tomé con la otra mano y empecé a masajearlo
también sin dudar. Pensaba en cual de ambos sería el de Pablo cuando una voz que
no pude distinguir muy claramente me dijo:
- ¡Chúpalos, zorrita!
Pensando que uno de ellos sería Pablo sin duda, lo hice.
Acerqué mi boca al primero de los penes que había visto y lamí el glande. Lo
hice suavemente, como si temiera que en cualquier momento se me fuera a escapar.
Al sentir mi lengua sobre él, el glande brincó y yo sonreí divertida. Hice lo
mismo con el otro pene, mientras sujetaba ese con la mano y lo acariciaba. Lamí
el glande del segundo pene, que parecía un poco más delgado que el anterior y
este también se revolvió. Me divertía aquella situación tan extraña pero
excitante a la vez, por eso, seguí lamiendo el glande que tenía frente a mis
labios, lo introduje en mi boca y lo chupeteé, mientras con la mano movía el
otro pene arriba y abajo. Oí gemidos al otro lado de la pared, así que continué
lamiendo la polla que tenía en la boca, saboreando aquella piel, tratándolo como
un manjar exquisito, mientras mi mano se movía sobre el otro. Hasta que decidí
cambiar, y empecé a lamer el que tenía en la mano y a masajear el otro. Los
gemidos continuaban al otro lado de la pared y yo me sentía cada vez más
excitada, por eso deslicé mi mano hasta mi sexo y empecé a acariciarme, y
entonces oí una voz que me decía:
- ¡Eso, no zorrita! – Era Pablo que me hablaba a través de
algún sistema de megafonía que había en la habitación, no sé como pero él me
estaba viendo, sin duda – Quiero que consigas que ambas pollas se corran en tu
boca, pero tienes terminantemente satisfacerte – me ordenó.
Moví la cabeza afirmativamente y seguí lamiendo y masajeando
aquellas vergas, que poco a poco iban aumentado su tamaño y su deseo. Al otro
lado se oían gemidos de placer, lo que acrecentaba mi deseo y mis ganas de ser
satisfecha, sentía mi sexo húmedo como nunca, pero no podía hacer nada para
remediar aquella calentura Pablo me lo había prohibido y mi deseo de complacerle
y hacer todo lo que me pidiera estaba por encima de mi propio deseo. Lamí la
verga que estaba más a la derecha, mientras masajeaba la otra sin parar. La
chupé y me la metí en la boca, que usé como si fuera mi sexo, haciendo que la
polla entrara y saliera de ella cada vez más velozmente, hasta que empecé a
sentir aquel caliente y semiespeso líquido que traté de tragar; un fuerte: "Aaaaaahhh"
se oyó al otro lado de la pared. Cuando dejó de expulsar semen, lamí el erecto
miembro y lo limpié bien con la lengua. Enseguida empezó a descender la erección
y el pene desapareció del agujero, pero aún quedaba el otro, que brincaba y se
retorcía en mi mano. Acerqué mi boca a él y como había hecho con el otro empecé
a lamerlo. Primero el glande, luego todo el tronco de arriba abajo y luego otra
vez hacía arriba, metiéndome el glande en la boca y de nuevo, el resto de
aquella magnifica verga que trataba de disfrutar. Lamí y chupeteé el pene
haciendo que este entrara y saliera sin parar de mi boca, cada vez más
velozmente, hasta que sentí que se ponía tremendamente duro y un gemido se le
escapaba al dueño; inmediatamente noté el primer chorro de semen cayendo sobre
mi lengua y luego otro y otro que traté de tragar. Cuando terminé de sentir el
semen cayendo en mi garganta, lamí el pene, dejándolo bien limpio y lo saqué de
mi boca. También aquel pene desapareció por el agujerito. Me quedé sentada,
estaba excitada y necesitaba desahogarme, pero…
- Bien zorrita – oí de nuevo la voz de Pablo por la megafonía
– Ahora vuelve conmigo a la habitación.
Me levanté del taburete donde me había quedado sentada y salí
de aquella pequeña habitación. Desnuda y mirando a todas partes, como si
sintiera que alguien me observaba volví a la habitación. Mientras caminaba
sentía la humedad de mi entrepierna resbalando poco a poco, necesitaba
desahogarme, quitarme aquel calor de mi interior.
Al entrar en la habitación me encontré a Pablo tendido sobre
la cama, acariciándose su hermoso y erecto pene. Me miró de arriba abajo con
lascivia y me dijo:
- Muy bien, lo has hecho muy bien, has superado tú segunda
prueba, pero ahora, ven aquí y cómeme mi polla, que me has puesto como un toro.
Gateé sobre la cama hasta alcanzar el pene de Pablo, lo así
con una mano y entonces me di cuenta al observarlo detenidamente que no era
ninguno de los que había estado chupando en la habitación del final del pasillo,
ya que él de Pablo era más grueso y largo. Acerqué mi boca a él, saqué la lengua
y lamí el glande. La verga se tensó. Continué lamiendo y descendí por el tronco,
noté como Pablo ponía sus manos sobre mi cabeza para dirigir los movimientos,
continué lamiendo esta vez por el tronco. Lo hacía despacio y con lentitud pues
quería que Pablo disfrutara de aquel momento, que sintiera que aquella era la
mejor mamada que le estaban haciendo. Enseguida empecé a oír sus gemidos de
aprobación y eso me llenó de orgullo. Lamí los huevos, primero uno y luego el
otro, pasando la lengua lentamente por ellos y chupándolos después, llenándome
la boca con uno y luego con otro y finalmente con ambos, luego ascendí de nuevo
por el tronco. Pablo gemía cada vez más. Volví al glande, que me metí en la boca
y empecé a chuparlo y lamerlo como si fuera el más exquisito plato y degusté
cada rincón de aquel instrumento, mientras Pablo no dejaba de gemir y
convulsionarse, hasta que poco a poco sentí como su polla se hinchaba y un
chorro de su caliente semen chocaba contra mi campanilla, tragué como pude todo
el espeso líquido hasta que no quedó ni una gota. Entonces limpié la polla y al
terminar, mirando a Pablo le pregunté con cierta inocencia:
- ¿Te ha gustado?
- Buff, ha sido la mejor mamada que me han hecho en la vida,
ven aquí preciosa, te mereces un premio.
Y situándose entre mis piernas sentí como hundía su boca en
mi sexo. El primer roce de su lengua hizo que todo mi cuerpo se estremeciera y
tensara. Suspiré y sentí como mis labios vaginales palpitaban de deseo, luego
noté su lengua adentrándose entre los pliegues de mi vulva, buscando mi
clítoris. Empecé a gemir excitada, mientras Pablo movía muy sabiamente su lengua
sobre mi clítoris, noté como daba pequeños golpecitos sobre él y como con uno de
sus dedos acariciaba mis labios vaginales. Todo mi cuerpo se tensó al sentir
aquella caricia y gemí. Luego sentí como la lengua de Pablo descendía hasta mí
vulva y se adentraba en mi agujero vaginal, de nuevo un estremecimiento me hizo
temblar. Pablo empezó a mover su lengua dentro y fuera de mí, entrando y
saliendo, mientras su manos masajeaban mis nalgas y las apretaba con fuerza. Yo
sentía mi sexo ardiendo, mi cuerpo acalorado y unas ganas inmensas de sentirle
dentro de mí. Pablo se afanó en lamer mi vulva por completo y mi clítoris, en
hacerme estremecer una y otra vez, hasta que finalmente sentí como el orgasmo
empezaba a nacer:
- Me voy a correr – murmuré.
Pablo levantó su cabeza y mirándome a los ojos dijo:
- Pues córrete, hoy te lo has ganado.
Volvió a hundir su boca en mi sexo, una fuerte convulsión me
hizo temblar al sentir su lengua de nuevo entrando y saliendo de mí, el orgasmo
nuevamente volvía a nacer y se extendía por todo mi cuerpo, haciéndome gemir
incontroladamente. Cuando llegué al éxtasis y dejé de convulsionarme, miré a
Pablo y vi su cara observándome desde mi entrepierna. Estaba tan guapo, tan
sexy, tan… que no pude evitar acercar mi boca a la suya y besarle. Pablo
correspondió a mi beso y luego añadió:
- Escúchame preciosa, ahora te llevaré otra vez a tu casa.
Mañana volveremos a vernos, pasaré a buscarte después de comer sobre las cuatro
¿vale? Recuerda, ponte muy sexy, mañana tienes una importe prueba, la última, si
la pasas, serás mi sumisa. ¿De acuerdo?
- Vale – acepté dócil y feliz por escuchar aquellas palabras
a pesar de no saber que era lo que me esperaba.
- Y nada de masturbarte. A partir de ahora, lo harás sólo
cuando yo te lo diga y te lo permita y sólo te correrás cuando yo te de mi
permiso.
Bajé la cabeza el suelo y acepté:
- Sí, como tu quieras Amo – era la primera vez que utilizaba
aquella palabra y Pablo pareció mirarme emocionado.
- Así me gusta, preciosa. Anda vístete.
Tras eso nos vestimos y salimos de aquel original hotel.
Pablo me llevó a casa.
Al llegar a casa, me dirigí directamente a mi habitación
tratando de que nadie me viera con aquel aspecto de puta, y me estaba cambiando
cuando llamaron a la puerta:
- ¿Alba, puedo entrar? – Era mi hermana pequeña que sin que
le contestara entró.
- Hola ¿Cómo han ido el campamento? –Le pregunté, ya que
había estado una semana de campamento con el colegio, razón por la cual no había
podido acudir a mi fiesta de cumpleaños.
- Bien, muy bien. ¿Y la fiesta? – Me preguntó mientras yo
escogía la ropa que iba a ponerme.
- Bien, muy bien, la verdad. Se lo dije a Pablo y…
- ¿Te atreviste? – Me preguntó mi hermanita, la única persona
a la que había confesado mi secreto, la única que sabía que estaba enamorada de
Pablo y que por él sería capaz de cualquier cosa.
- Sí.
- ¿Y que te dijo? – Me preguntó curiosa.
- Que vale, que primero debía hacerme unas pruebas para ver
si era capaz y cuando las superara podría ser su sumisa.
- Vaya, vaya con el tio Pablito ¿y qué?
- Bueno, pues la primera prueba la realizamos aquí mismo, esa
noche, en la habitación de invitados.
- Vaya, lo que me perdí, me hubiera encantado verlo en
directo.
- No seas guarra, hermanita – le recriminé.
- Ya me conoces, Alba. Anda, cuenta, en que consistía esa
primera prueba.
Le conté a mi hermana todo lo sucedido aquella noche y
aquella misma mañana en el hotel. La cara de mi hermana era todo un poema,
supongo que porque jamás habría imaginado que la mojigata de su hermana mayor
sería capaz de todo aquello.
- ¿Y tú que has hecho en el campamento, hermanita, con
cuantos te lo has montado? – Le pregunté medio en broma, medio en serio, pues a
pesar de tener sólo dos años menos que yo, Amelia, era muy desinhibida y ya
había incluso perdido su virginidad hacía sólo unos seis meses con un compañero
de colegio.
- Bah, sólo lo hice con el profe de mates.
- ¿Con el profe de mates? ¿Tú estás loca? – Le recriminé.
- Sí, por él, el tio está buenísimo y lo hace… buff, no veas.
Lo hicimos en medio del bosque, fue increíble – exclamó mi hermanita con los
ojos encendidos de deseo - Bueno, y cuéntame algo más, ¿cuándo será la próxima
prueba, hermanita? ¿cuándo sabrás definitivamente que eres su sumisa? – Me
preguntó tratando de cambiar de tema
- Mañana, creo, si supero la última prueba.
- ¿Y en que consistirá? – Preguntó curiosa mi hermanita.
- No lo sé, Pablo es así, nunca me dice lo que vamos a hacer
hasta el momento en que lo hacemos. Sólo sé que mañana vendrá a buscarme después
de comer.
- Bueno espero que tengas muchas suerte, hermanita – me dijo
Amelia feliz
- Gracias, hermanita. Bueno, tendríamos que ir a comer ¿no?
- ¿De verdad tienes hambre después de haberte comido tres
rabos de toro? – Me preguntó Amelia bromeando. Ambas reímos.
Pasé el resto del día muy nerviosa, sin dejar de pensar que
me depararía Pablo para el día siguiente, cual sería esa última y definitiva
prueba a la que quería someterme para convertirme en su sumisa definitivamente.
Me costó dormirme aquella noche pensando en eso y en Pablo y en aquel primer
orgasmo que él me había dado, el más maravilloso de todos los que había sentido
hasta entonces.
Al día siguiente y a las cuatro punto de la tarde, después de
una mañana de relajación en la piscina junto a mi hermana Amelia, me dirigí al
mismo lugar donde habíamos quedado Pablo y yo el día anterior. Yo estaba
nerviosa, y ansiosa a la espera de que por fin aquel fuera el día en que Pablo
me hiciera suya por completo…
Erotikakarenc (Autora TR de TR)
Texto
de la licencia