AURORE
En los suburbios de la gran ciudad.
Principios del siglo pasado.
Atravesando la trinchera del ferrocarril del norte, cruzando
las vías, por una senda hecha camino trillado por tantos pies mal calzados, solo
fango en invierno y polvo en verano, se llega a la escarpa de las antiguas
defensas, ahora abandonadas, pero que hace treinta años detuvieron a los
prusianos.
Al coronarla, cuando el camino desciende rápido la
contraescarpa, un puñado de casuchas, chozas, barracas, tiendas...
Habitaciones de fortuna, edificadas sin mucho orden alrededor
de la luneta de los baluartes.
Aurore, joven pero a punto de ser una mujer completa, según
los usos de la época.
Vino a vivir aquí, con sus padres, hace mucho tiempo.
Apenas recuerda el interminable viaje, desde el sur, y el
principio de su vida aquí, siempre protegida por su madre, querida por su padre,
diferente a casi todos los niños de su edad del barrio.
Después, todo cambio, eso ya lo recuerda mejor, su madre
desapareció, el padre cambio. Dejo de ir a la ciudad en busca de trabajo, casi
siempre en el gran mercado, de donde volvía puntualmente al anochecer con algo
de dinero y verdura y fruta caída de las cajas que ayudaba a descargar.
Ni una palabra sobre su madre pudo obtener del hombre
taciturno, violento, casi siempre ebrio, en que se convirtió su padre.
Pronto dejo de preguntar, harta de conseguir solo bufidos y
alguna bofetada cuando insistía.
Los comentarios cuchicheados entre los vecinos, callados
cuando notaban la atención de Aurore, la dejaban mas perpleja.
Creyó oír que un tren, en una mañana de niebla..., que un
coche recogió a una guapa meridional al otro lado de las vías...
Su vida cambio, de golpe desaparecieron de su vida su madre y
su padre.
El hombre que lo había sido se convirtió en un extraño,
huraño, del que procuraba estar alejada.
Aprendió a desenvolverse, maduro con rapidez.
Empezó a acercarse a otras adolescentes del barrio, de las
que antes el cuidado de su madre la aislaba.
Conoció de golpe, de forma sórdida, los misterios de ser
mujer, acompañada solo por los soeces comentarios de sus compañeras.
En cualquier caso, siempre entre los recuerdos de su vida
anterior en compañía de sus padres y las realidades de su actual convivencia con
los muchachos del barrio, precoces descubridores de sus respectivos cuerpos, se
acerco a la pubertad.
Fue entonces cuando conoció al "argelino", un muchacho algo
mayor que los demás compañeros de "juegos".
Ninguno sabia su nombre, para todo simplemente el argelino.
Mas alto que la mayoría, fornido, no mas oscuro de cara que los demás, el pelo
negro, corto, ensortijado, los ojos verdeoscuros, siempre risueños. Aunque la
seriedad de la boca, grande y siempre ligeramente entreabierta, pero seria, les
desmentía.
Su expresión cambiaba continuamente; de un muchacho ingenuo a
un precoz rufián.
Sus ademanes y comportamiento también pasaban de un extremo a
otro.
Podía defender a un crió al que sus amigos estuvieran
pegando, y al instante siguiente aplastar contra la pared a una jovencita,
compañera de "juegos", hasta aterrorizarla.
Tomo bajo su protección a Aurore.
Sin que ella supiera el motivo, los chicos del barrio dejaron
de agobiarla con su deseo precoz.
Sin casi notarlo fue acostumbrándose a las rudas atenciones.
También se acostumbro a los celos de sus amigas, que se
ofrecían descaradamente al argelino, y se extrañaban de que Aurore, a la que ni
siquiera tocaba, fuese siempre su centro de atención.
El argelino no ocultaba su carácter, ni sus deseos, se
jactaba de hacer lo que quería con las mujeres.
Solo esperaba a tener algún año mas, para conseguir un par de
esquinas en los alrededores de la place Pigalle e instalar allí algunas
"huchas".
Ellas estaban preparadas para que se lo pidiera, incluso se
vanagloriaban de ser las primeras de la futura lista.
Entretanto disponía de ellas a su capricho, y practicaba su
futuro negocio controlando prácticamente la actividad sexual del grupo de
jóvenes.
En su presencia y a su mandato, en el raquítico bosquecillo a
espaldas del baluarte, ellas se entregaban al amigo que él quería.
Se desvivían por ser la elegida para sus caprichos de
incipiente sátrapa.
Aurore, aunque mas de una vez presencio, entre indiferente y
asustada, estos juegos de su protector, no percibía aun la extraña atracción que
el argelino sentia por ella.
Ahora, Aurore, es una joven, casi mujer completa, su tipo
meridional, prontamente maduro, se esta abriendo a la sensualidad.
La tosca sexualidad que la rodea, la enerva, aunque
exteriormente mantiene un aparente contraste con el comportamiento de sus
amigas. Hace tiempo que aprendio a tocarse y procurarse un incompleto placer.
Nunca delante de las otras como hacen ellas, ni delante de
los chicos a quienes provocaban cruelmente, y mucho menos delante del argelino,
que se lo ordenaba de vez en cuando a las otras.
Sentía por el una extraña mezcla de sentimientos; oscuro
orgullo por ser su predilecta, extraña atracción pero también miedo de la
crueldad que leía en su boca en ocasiones.
Una tarde, sola, a la sombra del pequeño bosque, comenzó a
masturbarse.
Siempre lo hacia en la relativa intimidad de su camastro,
pero algo la impulso a hacerlo allí, en la aparente soledad de la tarde.
Comenzó a tocarse por encima de la ropa, con la mente
oscilando entre las escenas vividas allí mismo con sus amigos, y otras
ensoñaciones en las que vagamente aparecían los ojos y la boca del argelino.
Acelerando sus movimientos y su respiración, levanto el vestido, bajo la braga y
se paso la mano por el sexo, hasta descubrir el pequeño botón que ya conocía.
Respondió fácilmente al estimulo, se endureció y le noto mas,
se sintió mojada entre los muslos, retiro completamente la braga que la
entorpecía y abrio las piernas a la suavidad de la tarde.
Sin saber de donde, apareció delante de ella Jean, alto y
rubio, al contrario del argelino, mas respetuoso con las chicas y rival suyo.
Debía estar mirándola hacia un rato, sin decir nada, se arrodillo delante de
ella y apartando su mano continuo masturbándola.
Tras un pequeño gesto de protesta, inconcluso, Aurore se
abandono a su excitación.
Su respiración se convirtió en jadeo.
Jean retira la mano del sexo de Aurore y apartándola del
árbol sobre el que se recostaba, la tendió de espaldas.
Jean, echado sobre ella trataba de sacar el pene del
pantalón.
Un tirón casi le levanto en el aire, y fue arrojado
violentamente al suelo. Al notarlo Aurore abrio los ojos y se enfrento a la cara
del argelino, manchas lívidas, la hacían mas terrible aun.
Los ojos entrecerrados, la boca fuertemente cerrada, los
gruesos labios convertidos en líneas duras.
Durante unos segundos los dos se miraron, muy próximas sus
caras.
El mascullo entre dientes "Guarra, eres igual que las demas",
la bajo el vestido...
..........................
Están aburridos, reunidos como otras tardes bajo los árboles,
pero sin gritos ni risas.
Dos días en que echan en falta a Aurore y a Jean.
El macho alfa, el argelino, mas huraño que nunca, cruel como
nadie recuerda, ellas a su alrededor, entregadas, miedosas y excitadas con su
silencio y su rudeza.
De espaldas a él Justine muestra orgullosa las tetas a sus
amigas; dos mordiscos, amoratados, con los dientes profundamente marcados.
El argelino la sorprendió en una risita y rudamente la mando
desnudarse y se hecho sobre ella, delante de los demás, forcejeando, mordiendo y
arañando.
Ella con cuchicheos explica a las demás que si, la marco con
mordiscos, pero su verga no estaba dura, como de costumbre, ni siquiera intento
metersela en el coño.
Todas saben que la causa es Aurore, la odian y la envidian,
pero no se atreven a mencionarla siquiera.
Ayer él escucho decirlo a Babette, la rubita de piel
blanquita, casi tímida en ocasiones.
La cara del argelino volvió a tener las manchas lívidas que
temen.
La hizo desnudar y mando a los tres compañeros que quedan
tras la marcha de Jean que la follaran alli mismo, en el polvo, delante de
todos.
Ella aparento dureza y acepto atreviéndose a mirarle a la
cara, pero cuando se levanto, cogió su ropa y se aparto entre los árboles, tenia
los ojos brillantes de lagrimas.
Justine, vuelta de espaldas es la primera que la ve,
sorprendida señala a sus amigas.
Aurore, con la vista baja, se acerca.
Alertados por las miradas también los chicos la miran.
La tensión excita a todos. No se atreven a llamar la atención
al jefe, que sigue pensativo y huraño. Al fin Babette, pensando en hacer meritos
le llama la atención.
"Ahí viene Aurore".
El argelino se vuelve, sus ojos sonríen un momento, pero al
instante vuelve a apretar los labios y a palidecer.
Aurore pasa en medio del grupo, se para junto a él. Ayer no
salido de su casucha, casi todo el día en el camastro, pensando.
Por fin ha decidido que quiere que él la perdone, que
aceptara su capricho, lo que quiera imponerla de castigo, pero le necesita,
ahora lo sabe.
"Argelino, Jean no me hizo nada.."
"Calla puta, ¿qué quieres?
"Perdóname argelino... "
"No, eres una niña y una guarra, no quiero verte mas.
Márchate o veras".
"No soy una niña, Perdóname, haré lo que tu quieras".
Los ojos de él casi cerrados, llenos de rabia y rencor.
Sus ilusiones rotas cristalizando en una terrible venganza.
"Serás una perra para mi"
"Lo que tu quieras argelino"
Sin comprenderle, pensando en algún "juego" nuevo.
"¡Babette, tu pañuelo!"
Ella, sin saber para que, obedece por la fuerza de la
costumbre, se lo acerca.
"¡Tordo, ven¡". Algo le dice al oído. Grita a Aurore:
"Y tu, guarra desnúdate"
Aurore lo oye como un mazazo, pero ha venido decidida a hacer
lo que sea para que todo vuelva a ser como antes. A tener sus miradas cariñosas.
A sentir su protección.
Lo ha pensado mucho, aceptara todo lo que él mande.
Baja la mirada y se quita la ropa, sin mirar a ningún sitio,
roja de vergüenza, pero decidida a continuar.
Sueltos los botones de la blusa, la deja caer al suelo.
Sus pechos, nuevos, de leche entre el moreno de cuello y
brazos, violeta por contraste la areola.
Fresas los pezones chiquitos.
Todos miran silenciosos, admirados ellos. Cambiando la
envidia y los celos por tristeza y pena ellas.
Solo el argelino mantiene la mirada dura y la boca apretada.
En su mano el pañuelo de Babette es un guiñapo.
Aurore continua desabrochando la falda, la deja caer y queda
con la braga, blanca, sencilla, duda.
"Vamos, termina", finalmente se baja la braga.
El Tordo, llega con una perra oscura atada por el cuello con
una soga, arrastrándola,
La perra gruñe, pero no se atreve a atacarle, todos los
perros de los contornos temen a Tordo.
Tras ellos un labrador, grande, sucio, acercándose a veces
hasta tocar a la perra, alejado por las certeras patadas de Tordo y junto a el
dos chuchos pequeños, ágiles, brincando para acercarse a la perra, esquivando
las patadas del muchacho y los colmillos del perrazo.
"¡Perra, ponte de rodillas!".
Aurore no entiende nada, aun no ha visto a los perros, solo
mira al argelino, esperando que capricho tendrá que satisfacer.
"Vosotros dos, sujetarla bien".
Ellos, comprendiendo, ya, serios, la inclinan hasta que tiene
la cabeza en la tierra y la sujetan con fuerza.
El argelino se levanta, ella ya no puede verle, se acerca a
la perra y con lentitud pasa el pañuelo entre las patas traseras, una vez, dos,
lento, masticando los cristales de la venganza.
Acerca el pañuelo a los perros, saltan a su alrededor,
gruñendo, se mueven inquietos.
"Vosotras, ¡Sujetar a los perros!".
Ahora que Tordo ha desaparecido tirando de la cuerda con la
perra, ellas no se deciden a enfrentarse con el gran perro, finalmente,
intimidadas por la mirada de su jefe les sujetan a regañadientes.
El argelino se acerca a Aurore.
Con la misma parsimonia que hizo con la perra, le pasa el
trapo entre las piernas, lento, desde el vientre hasta la espalda y vuelta,
desde la espalda hasta el vientre. Después por los pechos, hacia un lado, hacia
el otro.
Los perros están frenéticos.
El olor de la perra en celo les enloquece. Las chicas no
pueden sujetar al labrador, que gruñe y tira de las dos que casi subidas encima
intentan mantenerle inmóvil.
Los dos chuchos, mas pequeños, casi ahogados, gruñen y
enseñan los colmillos.
El argelino vuelve a sentarse en la hierba seca.
"Abrirle la piernas"
Todos están serios, el juego no es nuevo, pero hay algo ahora
que es diferente.
Aurore empieza a entenderlo.
Pero no habla ni se mueve.
Solo uno de los que la sujetan ve su cara, blanca ahora, los
ojos cerrados.
La respiración hecha jadeo.
Ellos obedecen a su jefe, con una mano y todo su peso sobre
el brazo, con la otra mano tirando de la pierna para abrirla un poco.
"Soltarlos"
Los perros de abalanzan sobre Aurore.
El perrazo se libra de los chuchos y olisquea a Aurore, pasa
la lengua entre sus piernas.
La verga rojiza asoma en el vientre. La monta....