Llegué a casa pasadas las 11 de la mañana. No tuve mayores
problemas en justificar la noche fuera; tanto Ismael como yo teníamos varios
grupos de amigos paralelos, formados en las sucesivas empresas por las que
pasábamos, a los que sólo conocíamos de oídas.
Toda la seguridad que tenía en volver a reunirme con Efraín
se diluyó al poco de llegar a mi casa. Como si quisiera darle una última
oportunidad a mi marido, durante la semana estuve más cariñosa y desinhibida que
de costumbre. Pedía a gritos algo a lo que agarrarme y no dejarme arrastrar por
Efraín. Con cualquier excusa acosaba a mi marido con besos o arrumacos, estrené
un par de conjuntos de ropa íntima…. con la misma respuesta de siempre; nada. El
miércoles por la noche, cansada de la pasividad de Ismael, tomé la decisión de
acudir a la cita con Efraín.
Esa oportunidad que sin saberlo, había tenido Ismael, me dio
confianza, me justificaba a mi misma para ir a la vez que me permitía preparar
la cita con excitación sin sentimientos de culpabilidad. La primera decisión fue
la ropa con la que ir; ¿algo provocativo? ¿o algo más "formal"? Un factor
importante era que debía cruzar la ciudad el viernes a las 4 y media de la
tarde. Finalmente el vestido me encontró a mí; me esperaba dentro de un armario
en mi casa. Lo había comprado para una boda en pleno verano hace dos años y
desde entonces aguardaba su oportunidad para su re-estreno. Era de gasa, quizá
demasiado ligero, de tonos azules, con dos tirantes y con un generoso escote en
forma de V. La falda caía con algo de vuelo y quedaba ligeramente por encima de
la rodilla. Como calzado elegí unas sandalias casi planas compradas para la
ocasión.
Más me costó decidir la ropa interior; tras mucho cavilar
descarté el atrayente hecho de prescindir de ella totalmente, siempre tendría
momento para que me la quitaran, pensé. Finalmente me decidí a no llevar
sujetador y ponerme un tanga color azul a juego con el vestido.
El viernes pedí día libre en la oficina y me preparé como si
fuera una víctima en un sacrificio. Ismael no venía a comer con lo que nos
habíamos despedido ya hasta el día siguiente. Me duché con tranquilidad, con
deleite (me impuse la exigencia de no masturbarme para llegar más excitada)
mientras mi mente no dejaba de fantasear con las experiencias que me aguardaban
No sabía dónde quedaba el lugar de la cita; tan sólo sabía
que era una pueblo (barrio rural más bien) a unos 10 km’s de la ciudad. Mientras
el taxi sorteaba el escaso tráfico de primera hora de la tarde y el taxista se
mostraba más interesado en vigilar el final de mis muslos que el resto de
coches, me entretuve en imaginarme cómo sería el escenario de la cita.
El taxi enfiló el centro del pueblo. Cuando esperaba que se
dirigiera a las afueras, a la zona de las urbanizaciones, giró en sentido
contrario y se adentró en una zona de calles estrechas y de casas viejas. Era la
parte antigua del pueblo dominada por una gran fábrica de productos químicos
cerrada hace unos años. Entramos en un calle estrecha y larga, ocupada en uno de
sus lados por las cocheras de la antigua fábrica, hoy refugio de sin techo y
pandillas juveniles. Enfrente manzanas de viviendas idénticas construidas en su
día para los trabajadores de la fábrica y que sobrevivían como pisos de renta
baja. El taxi paró en la puerta de un bar.
Dos escalones daban paso al local, estrecho y largo. En la
entrada, junto a una pequeña ventana había dos mesas, una de ellas ocupada por
tres hombres que bebían silenciosamente. Por la apariencia parecían del Este de
Europa; polacos o rusos tal vez. Muy cerca de ellos un chico extremadamente
flaco echaba monedas en una tragaperras maquinalmente. Ninguno de ellos reparó
en mi presencia lo que me defraudó un poco. Al fondo de la barra, Efraín hablaba
animadamente con el camarero. Con decisión entré en el bar y llegué hasta ellos.
"Buena chica, puntual tal y como te ordené. Mira, te voy a
presentar; el es Antonio, un buen amigo y espero que dentro de poco un socio.
Ella es Marta; la muchacha de la que te ha hablado"
Antonio era un hombre de unos cincuenta años mal llevados.
Una barba canosa de varios días cerraba una cara redonda y brillante por el
sudor. El polo que vestía, azul marino, amenazaba con romperse por algunas
costuras. Sus manos, regordetas y dominadas por los hoyuelos que le marcaban los
nudillos, tenían los dedos cortos y muy gruesos cubiertos por varios anillos
dorados. Precipitadamente, salió de la barra colocándose frente a mi. Me acerqué
a él ofreciéndole mi mejilla para saludarle a lo que él respondió atornillándose
a mis labios al mismo tiempo que sus manos colándose por debajo del vestido
exploraban mi culo. Yo, sorprendida, no sabía si responder con efusividad o
separarme. Pasados unos segundos que parecieron minutos debió considerar que ya
bastaba como saludo y me soltó. Efraín no pareció darle importancia a las
confianzas tomadas por su amigo y le dijo:
"Bueno, Antonio…. ¿qué le parece? ¿había exagerado algo?
¿está buena o no está buena la pendeja…….?"
"Joder Efraín…. Está mucho más buena de lo que imaginaba….
¿dónde me has dicho que la encontrasteis?"
"En un bar por una zona de marcha de españolitos…. La muy
guarra iba de marcha con su maridito y unos amigos pero la dejaron sola y allí
estaban Efraín y sus muchachos… y ella eligió seguirla con ellos. No es cierto,
¿Marta?"
Sonreí asintiendo. El tal Antonio parecía muy impresionado
con conmigo y la historia. Me miraba como un objeto, como mercancía. Me gustaba
la situación.
Efraín me atrajo hacia si tomándome por la cintura. "Mira,
Antonio, hoy es tu día de suerte. Te voy a redondear la oferta. Si te animas a
hacer negocios conmigo en las condiciones que hemos hablado antes…" Efraín hizo
una pausa antes de seguir y me miró rápidamente, "… tendrás a Marta dos días por
mes para que hagas con ella lo que te venga en gana. Todo lo que quieras"
Antonio abrió mucho los ojos mirando primero a Efraín y
después a mí. Visiblemente nervioso, se introdujo nuevamente en la barra
simulando buscar una botella. Por fin, se sirvió en una vaso pequeño un whisky
de una botella que tenía delante y tras bebérselo de un trago volvió donde
estábamos nosotros.
"No es que quiera dudar de lo que me propones Efraín pero….
Es española, joven, está buena y no sé si…."
"¿Qué no sabes?... entiendo… duda de ti, Martita…." me dijo
Efraín volviéndose hacia mi, "… duda de las posibilidades que se le ofrecen.
Hazle una demostración"
Efraín se me quedó mirando con una mueca burlona. Quería una
demostración. "¿Pero de qué?", pensé. Evidentemente la demostración era sobre mi
obediencia y mi sumisión. Convencerle que podría hacer lo que a él se le
antojara. Ofrecerme a Antonio…. no, demasiado obvio, pensé. Miré a los chicos de
la entrada que seguían bebiendo junto a la entrada. Ya sabía lo que iba a hacer.
Sonreí y respiré hondo.
"¿Me ayudas con esto, Efraín?", le dije mientras descubría la
cremallera de mi vestido.
Por fin me giré otra vez y muy despacio, sin dejar de mirar a
Antonio, me desprendí del vestido, dejándolo doblado sobre una banqueta. Antonio
babeaba con la mirada clavada en mis tetas. Me las acaricié describiendo
círculos lentamente en ambas a la vez que me pellizcaba los pezones. Mi público
en ese momento era Antonio y lo quería impresionar. Tras unos segundos de pausa,
me deshice de la braguita sacándomela por los tobillos.
"Me podrías guardar mis bragas, ¿Antonio? Luego las recojo.
Gracias"
Casi tuve que ponerle yo las bragas en sus manos. Durante
unos segundos dejé que Antonio me recorriera con la mirada. Era un tipo de
mirada (una de tantas) que me volvía loca; el de una persona que no acaba de
creerse que pueda tener acceso a una mujer como yo. Sin mediar palabra, Efraín
tras pasar una de sus manos por mi sexo se la mostró a Antonio.
"¿No te lo dije? Empapada. La muy zorra está empapada….."
Enfilé la barra del bar camino de las mesas donde estaban los
chicos. A cada paso que daba, mi humedad aumentaba. El hecho de no tener la
evidencia de que fuera a gustar me hacía sentir más inferior, más desprotegida….
más caliente. Pensar que alguien me pudiera rechazar tras ofrecerme desnuda me
llenaba de miedo y placer a partes iguales. Uno de los chicos, el que me quedaba
de frente, fue el primero en verme. Tras decirles algo a sus amigos en un
lenguaje que no comprendí, sus dos compañeros se volvieron hacia mi.
Tendrían mi misma edad más o menos. A juzgar por las manchas
en su piel y en su ropa eran pintores de brocha gorda. Dos de ellos tenían el
pelo muy corto y eran muy delgados. El tercero, algo más gordo y que vestía un
peto blanco, llevaba el pelo muy largo, cogido por una goma en una coleta. Sus
caras denotaban sobre todo sorpresa mientras me veían acercarme a ellos.
"Buenas tardes chicos…. me llamo Marta", les dije a la vez
que subía una pierna a la silla que ellos dejaban libre. Mi coño se mostraba
abierto y palpitante ante ellos. "Soy nueva en el bar de Antonio. Sólo quería
deciros que hoy, por ser mi primer día, hago un precio especial; por 3 euros me
dejo tocar todo lo que queráis, por 5 euros os la chupo y por 10 euros me dejo
follar. ¿Os interesa?"
Mis temores eran primero que entendieran el español y
segundo, que estuvieran interesados, por supuesto. Tras unos segundos, el más
gordito se levantó y tras buscar en el bolsillo de su peto, arrojó un billete de
diez euros me tomó a de la mano y me llevó al baño.
Casi a empujones me metió al baño; me besó en la boca
mientras sus manos recorrían mi cuerpo. Acto seguido y con voz huraña dijo algo
en su idioma mientras desabrochaba el peto y se lo bajaba hasta los tobillos
quedándose sentado en la taza del water. Me atrajo hacia él y me arrodilló
tomándome de la nuca.
Me metí su polla en la boca. No estaba interesada en
trabajitos artesanales, quería que me follaran aquellos tres chicos cuanto antes
para impresionar a Antonio y que Efraín se sintiera orgulloso de mi, de su puta.
Así que tras lamerle el miembro, delgado y largo, me incorporé y sentándome de
espaldas a él, me introduje su polla. Poco me duró porque apenas dos minutos
después él se corrió dentro de mi sin previo aviso. Acto seguido me quitó de
encima suyo de malos modos y salió del baño mientras se vestía.
Mi segundo amante estaba esperando en la puerta a que
terminara su amigo. Cuando entró ya no llevaba pantalones y se masajeaba su
polla más pequeña pero mucho más gruesa. Mientras me decía palabras más amables
pero igualmente incomprensibles para mi, se sentó. Yo me senté frente a él, y al
notar que las paredes de mi coño se adaptaban a su polla, pude confirmar que su
grosor era decididamente mayor. Mientras me comía las tetas yo empecé a moverme
lentamente al principio y con más ritmo después, gozando con cada movimiento de
ese miembro pequeño pero tan grueso en mi interior. Tras un buen rato nos
corrimos prácticamente a la vez, quedándome exhausta en el suelo del baño. En
ese momento pude ver cómo la escena había sido observada por Antonio desde la
entrada. Le sonreí. Mi fogoso segundo amante del día se despidió de mí con un
beso en los labios.
Peor me fue con el tercero, un chico tímido que no consiguió
una erección aceptable pese a todos mis esfuerzos. Tras muchos intentos se
corrió en mi boca entre jadeos.
Una vez me quedé sola en el baño me lavé y salí. Había
cumplido mi misión. Sólo tenía que recoger el dinero que había sobre la mesa de
los pintores y volver con Efraín y Antonio que en el fondo del bar me esperaban
sonrientes. Pero cuando me aproximaba a la mesa mi mirada se cruzó con la del
chico de la tragaperras. Parecía que estaba atornillado al suelo. No había
puesto dinero ya que de haberlo hecho hubiera guardado su turno ante la puerta
del baño. Sin pensármelo mucho me acerqué a él y tomándole de la mano nos
metimos en el baño.
Su cuerpo desnudo era un saco de huesos, tanto que daba la
impresión de que te ibas a hacer daño al rozarte con el. Fui más amable y
cariñosa que con el resto. Lo besé largamente en la boca. Después me ocupé de su
polla, de aspecto tan desnutrido como el resto del cuerpo, lamiéndosela con
delicadeza hasta que noté que no aguantaría mucho más momento en que me lo
introduje en mi. Tras correrse entre gemidos me pasó una mano por la mejilla y
me dijo un "Gracias" que me impresionó.
Con la sensación de haber pasado el examen con nota, salí del
baño y recogí de la mesa los 28 euros que había sobre ella. Con ellos en la mano
crucé el bar para reunirme con Efraín y Antonio. Una vez llegué hasta ellos
entregué el dinero a Antonio. Efraín dijo:
"Ahora ya sabes Antonio, qué tipo de presente te ofrezco". Se
volvió a mi y me dijo "Muy bien Marta…. ponte el vestido y vámonos, tenemos
trabajo. Las bragas déjaselas a Antonio mientras se piensa si hacemos negocios o
no"
Una vez me puse el vestido, Efraín me tomó de la cintura y
salimos del bar. En la calle, Efraín se giró hacia mi y me susurró "Danilo y sus
muchachos te envían saludos y quieren que te diga que han terminado la obra así
que ahora tendrás que cumplir con ellos. Creo que también sería bueno que
pasaras un rato con los nietos de Gladis, ¿no crees?"
Le miré y sonreí. Decididamente, el día estaba superando mis
más húmedas expectativas.