Por
causa de sus estudios, mi hijo se ha tenido que marchar de casa durante dos
meses. Aunque antes de irse me hizo una buena follada, estoy tan acostumbrada a
sus secciones de sexo, que me siento como una perra en celo.
A mi
marido nada más llegar a casa le beso y le meto mano con tanta pasión que le
tengo desconcertado. Él, en su juventud era un hombre muy apasionado, pero la
edad y el estrés del trabajo han ido haciendo mella en su ímpetu sexual.
Nuestras relaciones se limitaban a una vez a la semana, eso sí, debo decir que
muy satisfactoria. Pero mi hijo había sacado una parte de mi que desconocía, que
tenía dormida dentro de mi. Había abierto para mí las puertas de la satisfacción
sexual sin tapujos.
Desde
que se marchó mi hijo, aunque él no esté, ando desnuda por la casa. Así hago las
tareas, y raro es el día que no acabo masturbándome. A veces, cuando llega mi
marido, estoy tan caliente que me abalanzo sobre él y sin mediar palabras le
hago una mamada hasta que acaba corriéndose en mi boca. Debo de tenerle
aturdido, ya que yo antes nunca me había comportado así.
Un día
recibimos una llamado de mi hijo, mi marido atendía el teléfono:
●
¿Qué tal todo hijo?... Aquí
estamos todos bien... Espera que te paso a tu madre.
El
corazón me dio un vuelco. Me alegraba hablar con mi hijo, y sobre todo me
alegraba hablar con mi dueño.
Como mi
marido estaba delante mantuvimos una conversación de lo más natural. Me alegré y
me excitó mucho escucharle, y sobre todo que nos invitaba a que fuéramos el
próximo fin de semana a visitarle. Se lo comenté a mi marido, pero me dijo que
para él era totalmente imposible, que tenía una visita de delegados a su empresa
y que le era del todo imposible.
●
Vete tu.
●
No te quiero dejar solo.
●
No te preocupes. Además voy
a estar ocupado todo el fin de semana. Vete con tu hijo.
El
corazón se me aceleró, iba estar otra vez con mi hijo. No tardé ni un minuto en
llamar a mi hijo para comunicarle que iría yo sola.
●
Hola Pedro soy mamá.
●
Hola mamá.
●
Cariño voy a ir yo sola a
verte, tu padre tiene que trabajar.
●
Mucho mejor.
Concertamos la hora de llegada, y él iría a recogerme a la estación de
ferrocarril.
Llegó
el día de mi partida, hice la maleta y mi marido me acompañó a la estación a
despedirse de mí.
●
Pásatelo bien cariño, y
dale besos a tu hijo.
Pues
claro que le iba a dar besos, me lo iba a comer. Desde la ventanilla dije adiós
a mi marido.
Durante
las dos horas y media que tardó el tren en llega a su destino no podía quitarme
de la cabeza a mi hijo, cerré los ojos y me puse a recordar las folladas que me
había echo, los juegos sexuales a los que me sometía, exhibiéndome y
entregándome a extraños,. Cada vez me ponía más caliente, tanto que tuve que ir
al retrete a masturbarme.
Por fin
el tren llegó a si destino, bajé del tren y me puse a buscar a mi hijo con la
mirada, no lo veía por ninguna parte y empezaba a fastidiarme aquello. De pronto
alguien se agarró por detrás y tiró hacia el. Sentí su aroma y sobre todo sentí
su polla pegada a mi culo. Me volví y le dí una gran beso en la boca. Él me
separó un poco.
●
Tranquilizate mamá, estamos
llamando mucho la atención.
Todas
las personas que estaban en el andén nos miraban. Claro no es muy normal una
mujer madura con un chico joven, si supieran que soy su madre.
Cogimos
un taxi y nos dirigimos al hotel donde se hospedaba mi hijo. Durante el trayecto
se dedicó a meterme mano, sobándome las tetas, meriendo la mano dentro de la
blusa y del sujetador y , como llevaba falda, no tuvo muchos problemas a la hora
de meterme mano en mi chorreante coño. Lo hizo con mucho cuidado de que el
taxista no se diera cuenta, y yo tuve que mordeme los labios cuando me vino el
orgasmo.
Por fin
llegamos al hotel, mi hijo pagó la cuenta del taxi y entramos en la recepción.
El recepcionista nos saludó y entregó a mi hijo la llave de la habitación. Nada
más entrar en la habitación me desnudé y me fui hacia mi hijo, estaba tan
caliente que no podía esperar más. Él supo satisfacer mis necesidades y me
dedicó una follada que calmó mis ansias de sexo.
●
Vaya parece que estabas
cachonda ¿no?
●
No sabes como te he echado
de menos....
●
No te preocupes, en este
fin de semana lo vamos a pasar bien.
Yo creí
que mi hijo me sacaría a conocer la ciudad, que comeríamos fuera, pero me tuvo
todo el fin de semana sin salir de la habitación, estando todo el tiempos
desnuda, salvo cuando venía el servicio de habitaciones, que me ponía el
albornoz.
La
primera noche llamó al servicio de habitaciones pidiendo que nos trajeran la
comida. El mozo que la trajo llamó ala puerta y mi hijo le invitó a pasar
cerrándola después. Dejó la comida en la mesa.
●
Señor ya tiene la comida
lista.
●
Espera que te voy a dar una
propina.
Yo
estaba de pie junto a la ventana y mi hijo se dirigió hacia mí, me cogió de la
mano me llevó junto al mozo y me quitó la cinta que abrochaba el albornoz. Éste
se abrió dejando ala vista de aquel chico buena parte de mis pechos y mi de mi
coño.
●
Ahí tiene tu propina.
El
chico no dijo nada, se acercó a mí, me abrió por completo el albornoz, me lo
quitó y empezó a meterme mano. Me sobaba las tetas con las dos manos, me besaba
en el cuello y en la boca metiendo su lengua muy adentro. Aquel chico sabía como
tratar a una mujer, yo en agradecimiento a su delicadeza me puse de rodillas, le
bajé los pantalones y los calzoncillos y le chupé la polla durante un rato.
●
¡Qué bien la chupa! Así,
así, me corro, me corro...
Paré
justo a tiempo y el chico pudo retener la corrida. Lo llevé a la cama, me puse
de espaldas y le invité a que me la metiera. Introdujo su pene en mi coño y lo
estubo follando un rato.
●
Me voy a correr, me corro.
Me la
saqué del coño y me la metí en la boca haciendo que se corriera dentro. Me bebí
toda la leche y le limpié los restos que le quedaban en la polla.
●
¿Ya has cogido tu propina?
Vete ya.
Mi hijo
había estado viendo toda la escena mientras comía.
●
Ahí tienes algo para comer.
Me
senté a la mesa y comí algo.