Entonces lo entendió, Dios esa mole le iba a follar, le iba a
dar por el culo y ¿entonces su ama?, ¿como iba a follar el a su ama?
En un segundo se disiparon sus dudas. El ama se sentó en la
silla los pies en el potro, las piernas bien abiertas y la polla de la modaza
justo en la entrada de su coño y a una señal, Bestia
Le metió todo aquel trozo de carne de un solo golpe y con la
fuerza del empujón él a su vez penetró a su ama. Así es como iba a follarla. Con
la fuerza de las embestidas de Bestia, la propia inercia hacía que la polla de
su boca entrara y saliera del coño de su ama. Era la humillación total, ni
siquiera le permitiría tocarla, sería ese Bestia a través de él el que follaría
a su ama. El dolor era intenso, pero la humillación fue lo que le hizo llorar.
¡Bestia para! Vete ya no necesito tus servicios,
lárgate.
Pero ama, no me he corrido, quiero correrme dentro de
este culo apretado.
Bestia no paraba de bombear, cada vez más fuerte, se notaba
que le faltaba poco para el orgasmo y que quería lograrlo. No estaba dispuesto a
quedarse a medias, quería correrse y la excitación le impidió darse cuenta de la
furia que se hizo visible en la cara del ama. No se dio cuenta que se bajaba de
la silla, ni de que se acercaba a él. Pero si que gritó de dolor cuando la mano
de su ama cogió sus huevos y los apretó salvajemente, clavando sus uñas en el
escroto sin importarle si provocaba heridas incluso si sangraba.
¡He dicho que ya no necesito tus servicios! – Las
palabras salieron siseando entre los dientes apretados de la boca del
ama - ¿Te crees que me importa una mierda si te corres o no? Cuando digo
basta, es basta. Cuando digo que pares, es que pares, inmediatamente, en
seco. ¿Quién coño te has creído que eres tu, mierdecilla? Eres un
esclavo más, uno más de mis perros. Hoy te ha tocado estar de pie, pero
la próxima vez puede que seas tu el que esté en ese potro. No eres nada
más que lo que a mí se me antoje en cada momento: un machito follador,
un perro faldero, una puta sumisa, un mueble más de mi casa. Me has
cabreado y mereces un castigo.
Lo estaba oyendo todo, pero no podía ver. Bestia había
enfadado al ama, había desatado toda su furia y ahora debía pagar. Las
palabras del ama le habían excitado, el ama había dejado claro que bestia no
estaba por encima de él en ningún aspecto, era su igual. Los dos debían
competir por el afecto de su ama en la manera que a ella se le antojara,
pero eran iguales.
Mientras estos pensamientos llenaban su mente, ante sus
ojos apareció el ama arrastrando a bestia por lo huevos. Este iba sollozando
y suplicando perdón al ama. Te equivocas, pensó, no debes suplicarle perdón
al ama, debes darle la razón, aceptar tu culpa, entender tu equivocación y
acatar el castigo que te imponga, para aprender a complacerla mejor. Eso es
lo que debe hacer un buen sumiso. El ama llevo a Bestia hasta uno de los
postes de castigo, cogió una cuerda de cáñamo, la ató a la base de la polla
y los huevos maltrechos del pobre hombretón. El otro extremo de la cuerda la
ató en un gancho del poste junto con las manos de Bestia, a una altura que
solo le permitía estar de puntillas, ya que si intentaba poner planos los
pies y acomodar la postura, estrangularía sus genitales de una forma muy
dolorosa.
Bueno perro, quédate aquí un rato y reflexiona sobre
tus faltas. Debes aprender la lección.
¡Ama por favor, perdóname! ¡No podré aguantar, me
arrancaré los huevos! ¡Te lo suplico mi reina, disculpa mi torpeza, no
volverá a pasar, lo juro!
Pues claro que no volverá a pasar, aprenderás la
lección y si es necesario te quedarás sin huevos para ello.
Y dejó al pobre hombre colgado de los cojones, de puntillas.
La cara de Bestia ya no mostraba arrogancia, era puro dolor y pánico. El no
sabía cuanto tiempo hacía que era siervo del ama, pero desde luego no la
conocía, no la entendía, ni mucho menos deseaba ser suyo. Si fuera de esa manera
confiaría en ella, sabría que no dejaría que el mal fuera extremo, sabría que el
ama cuidaba de sus sumisos y le entregaría todo el dolor y sufrimiento con
placer, incluso con alegría. Pero desde luego no tendría esa expresión de terror
en sus ojos y su cara.
Bueno, vamos a seguir siervo, todavía no he acabado
contigo
El ama retiró la silla, le soltó las manos y los pies del
potro y le quitó el collar de castigo. El dolor que sintió al incorporarse fue
agudo y profundo, llevaba mucho tiempo en aquella postura y sus músculos se
quejaban al incorporarse tan rápidamente. La mordaza seguía en su boca,
impregnada de los jugos de su ama. El olor le excitaba y rogaba por que le
permitiera follarla. Le colocó su collar habitual y con la cadena lo llevó hacia
la mesa de reconocimiento, como la llamaba su dueña. No era otra cosa que una
camilla ginecológica, adaptada a la altura que le gustaba al ama, justo para
poder quedar de pié sobre ella con las piernas abiertas con sus esclavos en
ella. Con movimientos suaves pero enérgicos lo colocó en la posición adecuada:
los pies en los estribos, las piernas bien abiertas encadenadas a las patas de
la camilla, el culo en el borde mismo de la superficie de cuero para tenerlo
expuesto y completamente accesible a sus manipulaciones y por último los brazos
encadenados a los pies.
Al fondo se oían los gemidos de Bestia y los esfuerzos que
hacía para mantener la postura y no lastimar más sus maltrechos genitales. Su
ama le había colocado en una posición que podía ver perfectamente el rincón con
el poste donde se encontraba atado el pobre desgraciado y le gustaba esa
decisión.
Distraído como estaba mirando la escena protagonizada por su
no hace mucho torturador, no supo cuanto tiempo paso hasta que volvió a sentir
la presencia del ama junto a él. Había acercado una mesa al lateral derecho de
la camilla, una mesa cuyo contenido conocía muy bien y en ese momento estaba
manipulando una máquina justo delante de sus abiertas piernas. La máquina
constaba de un motor, una serie de engranajes y un tubo de metal horizontal al
suelo que terminaba en un gran consolador grueso, largo y rugoso. El ama lo
colocó justo a la entrada de su ano, lo untó con lubricante, tanto la poya de
goma como el agujero de su culo y se lo metió hasta la mitad. El dolor era
intenso después de la violación de la verga de Bestia, pero en cuanto su ama
puso en marcha el motor del aparato y el consolador empezó a entrar y salir de
su culo a un ritmo constante y suave, el dolor se mantuvo, pero también empezó a
crearse una sensación cálida de placer que le provocó una erección, para
satisfacción de su dueña – así me gusta mi dominio, que goces con tu castigo,
que disfrutes con el dolor para mi- Y agachándose sobre la polla del sumiso, la
metió en su boca y comenzó a lamer. Dios, el placer, el dolor, el placer, era
tremendo. Quería que cesara el dolor, que cesara el placer, que continuase, que
no parara nunca el dolor, no quería correrse nunca, estaba deseando correrse,
quería explotar en esa boca de nuevo, quería aguantar toda la eternidad con ese
dolor, con ese placer.
Su dueña se incorporó manipuló en la mesa junto a la camilla
y pasando una pierna sobre su cabeza, se metió el falo de su mordaza en su coño
con un solo movimiento, aplastándole la cara, dificultando su respiración e
impidiendo la visión de lo que le preparaba su dómina. Aunque no necesitaba
verlo, lo sabía muy bien. El mordisco de la primera pinza en el escroto le
produjo más ansiedad que miedo y el pellizco de la segunda aceleró su corazón y
aumentó su erección. Quedó esperando y oyó el clic. Todo su cuerpo se
convulsionó, penetrando a su ama con el pene de su boca y provocándole un
gemido. La electricidad no era suficientemente fuerte para dañarle, pero si para
provocarle espasmos en sus músculos y un dolor agudo en sus huevos. De nuevo el
clic y su cuerpo se relajó. Clic y de nuevo las convulsiones, esta vez un poco
más fuertes, algo más de tiempo. No pudo reprimir ya los gritos que salían de su
garganta. Cada vez que oía ese clic su cuerpo se tensaba, los huevos a punto de
estallar y su ama cada vez más cercana al orgasmo, por dios era una delicia. Un
dolor insoportable. Y al sexto clic, la fuerza eléctrica fue total, el espasmo
de su cuerpo brutal y el grito de placer de su ama llenó toda la habitación. El
ama apagó el aparato, pero continuó moviéndose sobre su boca, para exprimir a
fondo el orgasmo producido. Los jugos de su dueña resbalaban por la mordaza y
por su cara y dentro de su terrible dolor le inundaba una alegría inmensa. Le
había proporcionado un orgasmo a su ama.