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Follando en una isla desierta
TODORELATOS » RELATOS » LO QUE UN PADRE PUEDE LLEGAR A HACER POR UN HIJO
[ Buenos y malos martes , los hay en todas partes. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 03 de Diciembre, 2008.
Fecha: 29-Ago-08 « Anterior | Siguiente » en Amor filial (6424 de 6524)

Lo que un padre puede llegar a hacer por un hijo

Hector Richvoldsen
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Julio tiene un grave problema: su hijo está enamorado de su propia madre, y lo peor de todo es que a él le excita la idea. Solo se le ocurre una cosa: vendar los ojos a la madre mientras el chico se la folla. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

-Bueno hijo, ahora que no está tu madre vamos a hablar de hombre a hombre. –Dijo Julio mientras servía un plato de pasta precocinada a su primogénito.

Le echó un vistazo de arriba abajo mientras colocaba el plato sobre la mesa. El chico, que también se llamaba Julio, solo vestía con un pantalón de deporte blanco y unos calcetines cortos del mismo color, dejando el torso y las piernas al aire. Se pasaba el día en la piscina de un amigo, así que estaba más moreno que de costumbre. No podía dudar que era hijo suyo, era clavado a él cuando tenía su misma edad.

-Uy papá, qué serio te has puesto... ¿De qué quieres hablar?

-Pues no sé, de todo un poco, qué tal los estudios, los amigos, las chicas... –Recalcó las últimas palabras, y su hijo captó el mensaje.

-Ya sé por donde vas, papá...

-Bueno, pues cuéntame. Ya sabes que además de tu padre soy tu amigo y puedes contarme lo que quieras.

-No sé papá, todo bien, supongo.

-¿Y no hay ninguna chica que te guste? No sé, a tu edad es normal andar tonteando con unas y con otras.

-Bueno, algo hay, pero... –La cara del chico cambió.

-¿Pero? ¿Qué pasa?

-Pues que me gusta una chica, pero no puede ser.

-¿Y eso por qué? Tiene novio, ¿no?

-Algo así, sí.

-Pues vaya. Bueno, tú no te preocupes, seguro que encuentras a otra.

-Ya, pero no sé, llevo ya muchos meses que no me la puedo sacar de la cabeza. Sé que no está bien, pero es que no lo puedo evitar.

-¡Ay, los amores platónicos de la pubertad! Si yo te contara... De todas formas tampoco te angusties, tú no tienes la culpa de haberte enamorado de la chica que no debes. Eso es algo que no se elige.

-Ya papá, si ya lo sé, pero es qué...

-Pues entonces no eches la culpa, hijo. Si algún día lo deja con el chico ese pues lo intentas; si no, pues seguro que acabas encontrando a otra. Con quince años es difícil que hayas encontrado ya a la mujer de tu vida.

-Ya, si eso pienso yo, pero llevo tanto tiempo con ella en la cabeza...

-¿Cómo se llama?

-Raquel. –Mintió rápidamente Julio. No era la primera vez que usaba ese seudónimo para referirse a la chica por la que llevaba meses pillado.

-¿Es de tu clase?

-Sí. –Mintió de nuevo.

-Eso sí, hijo, no te metas en medio de una relación, ¿vale? Yo tengo una mala experiencia en ese tipo de cosas y es algo que no te recomiendo para nada. Mejor déjalo estar.

-Ya ya, si no pensaba intentar nada. Además, que no creo que ella quisiera salir conmigo, porque ella me ve más como...

-Como amigo, ¿no?. Suele pasar, hijo, pero tú no desesperes. Tu madre siempre me decía eso y mira como hemos acabado.

-Ya, pero no es lo mismo.

-¿Por qué?

-Pues porque no.

-¿Pasa algo? A mí me lo puedes contar, sea lo que sea, de verdad. ¿Es un chico?

-¿Quién?

-La chica que te gusta. Bueno, quiero decir, ¿no será que en realidad te gusta un chico? Sabes que me lo puedes contar, que puedes hacer con tu vida lo que quieras y...

-No papá, no es eso. –Le interrumpió Julio. –Es algo peor.

-¿Cómo que peor?

-Es que no te lo puedo contar, papá, no insistas. Vas a pensar que estoy loco o algo peor...

-Julio, me estás empezando a preocupar. Sea lo que sea, confía en mí, si tú quieres no se lo cuento ni a tu madre.

-Es ella. –Dijo el chico soltando una lagrima y retirándole la mirada a su padre, muerto de vergüenza.

-¿Es ella qué?

-Pues que es mamá quien me gusta.

-¿Qué dices, hijo?

-Pues eso papá. Por eso me siento tan mal, porque sé que es una guarrada y un montón de cosas peores. ¿Entiendes por qué no te lo quería contar?

-No sé que decirte, la verdad. A ver, ya te he dicho que no puedes elegir de quien te enamoras y todo eso, pero de tu propia madre...

-Ya. –Dijo Julio, llorando casi desconsoladamente y aún sin poder mirar a su padre a la cara.

-Bueno, pues no sé muy bien como, pero te voy a ayudar, ¿vale? No sé, siempre dicen que la distancia ayuda a olvidar, a lo mejor te podíamos mandar a estudiar al extranjero o algo así... –Se levantó de la mesa y abrazó con fuerza a su hijo. Tampoco él estaba preparado para afrontar una situación como esa.

-No sé, papá. ¿Te importa que me suba a mi cuarto? Se me ha quitado el hambre.

-Como quieras, a mí también se me ha quitado. Debe de ser que estos ravioli me han salido un poco malos... –Dijo el padre tratando de bromear un poco, aunque le quedó algo forzado.

-Gracias papá. –Dijo el hijo desde las escaleras. –Gracias por intentar entenderlo.

Julio se encontraba ahora en una difícil situación. Nunca es plato de buen gusto saber que otro hombre está enamorado de tu esposa, pero si encima es tu propio hijo quien te lo confiesa, es aún más complicado. De haber sido cualquier otro le hubiera partido la cara en ese mismo momento, pero era su hijo, y le quería pese a todo. No sabía muy bien que sentir, ni como actuar en tales circunstancias. Quizá Montse, su mujer, podría lidiar mejor con el asunto, pero le había prometido a su hijo no decir nada y no le traicionaría, pese a todo.

Era algo que nunca se había planteado, no esperaba que algo así pudiera ocurrir. Sí, conocía las historias clásicas de Edipo y otras tantas, pero solo eran eso, historias. Tan fantásticas como la Iliada y sus cantos de sirena o la lucha de Teseo con el minotauro. Eso no ocurría en la realidad. Los hijos querían a sus padres, pero no se enamoraban de ellos. Pero el pobre Julio había visto con sus propios ojos que su hijo no mentía.

Debía convencerle de que aquello era obsceno, y que cuanto antes se quitara la idea de la cabeza, mejor sería para todos. Se dijo a sí mismo que hablaría con el chico a menudo para ver los avances, y si la cosa no iba a mejor, se plantearía más en serio lo de que abandonara la casa por un tiempo. El problema de esa decisión era que no sabía hasta que punto lo hacía por ayudar a su hijo y no por castigarle. El chico no tenía la culpa, pero en cierto modo se sentía furioso porque su confesión ponía en peligro la estabilidad familiar. Fuera como fuera, debía sacarse a su madre de la cabeza.

Montse tenía esa noche ganas de guerra, y Julio accedió enseguida, no solía negarse a ese tipo de peticiones. Pese a que llevaban casi veinte años de casados, el sexo seguía bastante presente en su relación, aunque últimamente Montse ponía más pegas que de costumbre. No sería nada, siempre hay épocas en que uno tiene menos ganas de nada, pero Julio aprovechaba cada ocasión que se planteaba.

Generalmente lo hacían casi a oscuras, con una pequeña luz iluminando la habitación, y aquella noche no fue una excepción. Sin muchos preliminares, Julio se subió sobre su esposa y la penetró suavemente. Montse ya no era la chica de veinte años con la que se había casado, pero conservaba un buen cuerpo. Después del embarazo no había sido capaz de quitarse la barriguita, pero aunque le sobraran diez kilos de más, su mujer seguía excitándole como el primer día. En cierto modo, comprendía que su hijo se hubiera encaprichado de una mujer así.

Se sorprendió pensando así mientras su polla resbalaba entre la tibia humedad de su esposa, pero en parte podía entenderlo, sí. Igual que él de joven se había encaprichado de una vecina que le doblaba la edad, su hijo se había enamorado platónicamente de otra madurita de buen ver, aunque en este caso fuese su propia madre. Embistió con más fuerza, con rabia, tratando de apartar de su cabeza todo lo que había sentido desde que su hijo le había contado su secreto, pero era incapaz. Cada vez que penetraba a Montse, no podía evitar pensar en si su hijo les habría espiado alguna vez, añorando estar algún día en el lugar de su padre.

Lejos de desanimarle, la idea le excitó escandalosamente, y se sorprendió moviendo sus caderas con más fuerza, para delirio de su mujer. Giró la cabeza hacía la puerta entornada, y aunque en la oscuridad no pudo ver nada, pensar que Julio podría estar observándoles le puso a mil por hora. Montse no abría la boca más que para gemir, cosa que no hacía desde bastante tiempo atrás. Si su hijo seguía despierto era más que posible que les estuviera oyendo, pero ninguno de los dos podía reprimirse. Finalmente ambos estallaron con poca diferencia, y se quedaron dormidos envueltos en las sábanas y en sudor frío.

Julio se despertó en mitad de la noche con la sensación de que todo lo ocurrido el día anterior no había sido más que un sueño, de esos tan extraños que tienen lugar cuando se tiene fiebre y no se sueñan más que incoherencias. Pero no, la habitación aún olía a sexo, y tanto él como su mujer seguían desnudos.

Lo que más le trastornaba, por encima de la revelación de su hijo, era el hecho de haber fantaseado con la idea mientras se acostaba con Montse. Lo de su hijo no estaba bien, pero lo suyo tampoco. No lo hacía a propósito, y su hijo posiblemente tampoco se había enamorado de su madre queriendo, pero había pasado y había que asumirlo.

Durante las dos semanas siguientes, la relación padre-hijo estaba algo tensa, si bien delante de la madre trataban de disimular lo máximo posible. Julio había tratado de hablar con su único hijo del tema, pero cuando se quedaban a solas éste le rehuía, avergonzado ahora que su padre conocía el secreto. No quedaba más remedio que atacar por otro lado.

-Cariño, ¿no crees que deberías ir un poco más tapada por casa?

-¿Qué pasa? –Preguntó Montse bromeando. -¿Ya no te gusto o qué?

-No es eso, es por Julio. Ya es mayorcito y no sé si ver a su madre en bragas es muy bueno para sus hormonas...

-Venga ya... –Dijo ella riendo a carcajada limpia. –Ni que se fuera a poner cachondo con su propia madre...

-Pues no sé, eres la mujer que más cerca tiene...

-Sí, seguro. Al ritmo que van los chicos de hoy en día, seguro que Julio ya ha tenido por lo menos un par de novietas... Con quince años los chicos tenéis las manos muy largas...

-Bueno, haz lo que quieras.

El asunto le superaba, sin ninguna duda. Trataba de hacer lo que podía, pero sentía que no estaba preparado para afrontar algo así. Su mujer no se enteraba de la misa la mitad, su hijo seguía dedicándole miradas delatoras a su madre, y para colmo él no paraba de darle vueltas al asunto, incluso cuando se acostaba con Montse. Bueno, siendo fieles a la verdad, sobre todo cuando se acostaba con Montse.

La idea de que su hijo llegara a mayores con su propia madre había pasado en poco tiempo de repugnarle a excitarle en secreto. Cada vez que penetraba a su mujer imaginaba a su hijo espiando tras la puerta, contemplando el cuerpo desnudo de su madre en éxtasis y esperando pacientemente su turno. Incluso en alguna ocasión había fantaseado con que ese turno acababa llegando, y tras acabar él, su hijo le sustituía en el coño de Montse. Era algo pecaminoso y en frío se convertía en algo sucio, pero no podía dejar de excitarse con esos pensamientos mientras follaba con su mujer.

La cosa iba a mayores, Julio acababa buscando de forma periódica contenidos incestuosos en Internet, tanto gráficos como escritos. Padres con hijas, hermanos con hermanas, madres con hijos. Por lo visto, la fantasía de mantener sexo dentro de la propia familia era algo más común de lo que hubiera pensado. Los relatos y experiencias que abundaban en la red tenían toda la pinta de estar escritos por mentes fantasiosas, pero más de una vez acabó masturbándose con ellos como un adolescente en pleno descubrimiento de su cuerpo. Tan compulsivamente que acabó por ser descubierto.

-Papá, ¿qué haces?

-¿Tú que crees? –Respondió Julio mientras se subía el pantalón a toda prisa.

-No, ya, si ya veo... Pero no sé, pensaba que tú y mamá... Bueno, que hay veces que os oigo y pensaba que no te hacía falta hacer eso tú solo.

-Pues ya ves que sí... Por cierto, ¿y eso de que nos oyes? –El padre estaba interesado en el asunto, no por regañar a su hijo, sino por conocer detalles morbosos del asunto.

-Pues eso, que hay veces que se os oye cuando lo hacéis. Yo junto la puerta de mi habitación, pero se os oye.

-¿No te habrás levantado a cotillear, no?

-Pues claro que no.

-Pero seguro que alguna pajilla ha caído oyendo a tu madre...

-¡Papá! ¿Quieres dejar de tirarme indirectas? Pues sí, pero ya te dije que no lo hago a propósito. Si lo llego a saber no te cuento nada...

-Lo siento, hijo. Es que desde que me lo contaste...

-¿Qué pasa?

-No sé, no paro de darle vueltas.

-Ya, ni yo.

-Ya, pero no me refiero a eso. Desde que me lo contaste no paro de imaginarte a ti con tu madre, los dos ahí... Y lo peor es que aunque sé que no está bien, me excito con la idea, ya me ves...

-Papá... Yo... No sé que decir.

-Ni yo. Pero tenemos que hacer algo, esto va a acabar mal. No podemos seguir así, tú enamorado de tu madre y yo con la cabeza llena de ideas raras.

-Ya papá, ¿y qué hacemos?

-No lo sé, hijo, no lo sé.

Julio mentía. Llevaba días pensando en una solución, aunque la cabeza le decía que aquello, más que una solución, era una satisfacción para sus fantasías más oscuras. Días luchando infructuosamente contra una idea que le aterraba y le excitaba por igual. Cuando pensaba con lucidez se daba cuenta de que aquello no lo hacía por ayudar a su hijo, sino por puro morbo. Esa solución solo provocaría un problema mucho mayor, pero dado que no podía quitarse la idea de la cabeza, no se le ocurría nada mejor.

-¿A ti te gustaría acostarte con tu madre? –Dijo Julio de sopetón.

-¡Papá! ¿Tú estás bien de la cabeza?

-No, a estas alturas no. Pero no se me ocurre otra cosa. A lo mejor acostándote una vez con ella se te pasa el calentón y la olvidas.

-Ella no va a querer, y como se lo digas, nos echa de casa a los dos.

-¿Y si no se entera de que lo está haciendo contigo?

Padre e hijo eran igual de conscientes de que aquello no funcionaría. Solo conseguirían que el chico se acabara pillando aún más por su madre, y que en el peor de los casos, ésta descubriera el embrollo y les mandara a los dos a freír espárragos, y con razón. Pero ninguno de los dos podía negarse. Julio padre se moría de ganas por ver a su vástago beneficiándose a su mujer, y Julio hijo ardía en deseos por sustituir a su padre en una de aquellas noches de sexo que se oían desde su cuarto. Tenían que hacerlo, aunque no arreglara nada y pudiera empeorarlo todo.

Dado que físicamente padre e hijo tenían bastantes similitudes, y que a nivel de tamaños no había grandes diferencias, con la suficiente sugestión Montse no tendría problemas en pensar que se estaba acostando con su marido, como siempre. Con los ojos vendados, las manos atadas y las luces apagadas, Montse tendría difícil distinguir nada.

El sábado siguiente pusieron en marcha la estrategia que habían ideado. Para empezar, el chico anunció que pasaría la noche en casa de un amigo. Preparó sus cosas y salió de casa a media tarde, aunque había concertado con su padre la vuelta para unas pocas horas después. La primera parte del plan estaba lista.

La segunda consistía en una romántica cena preparada y servida por Julio, para celebrar los veinticinco años que habían pasado desde el día en que se conocieron. Ninguno de los dos recordaba la fecha exacta, pero cualquier excusa era buena para una velada como esa. La mesa adornada con velas, el último disco de Katia Melua en el equipo de música y una buena botella de vino, un Vega Sicilia de 2003. Montse llevaba años esperando algo así. Julio pertenecía al selecto club de hombres que siguen pensando que una cafetera es el regalo perfecto para San Valentín.

Tras la cena, compuesta por entrantes suaves y salmón en salsa Teriyaki de segundo, pasaron al postre, que debía ser servido en el dormitorio. Aquí también había velas y música romántica, pero las sábanas de raso compradas por Julio para la ocasión delataban que aquí habría otro tipo de romanticismo. Aunque Montse no tenía la menor idea de lo que en realidad iba a suceder.

Julio la tumbó en la cama y comenzó a desnudarla con sensualidad, quitando una a una las prendas con las que ella se había arreglado para la cena. Primero la blusa, después el pantalón, y por ultimo el sujetador negro de encaje y un tanguita a juego, ambos regalo de su marido por su último cumpleaños. Una vez la tenía completamente desvestida, también él se quitó la ropa, al menos para guardar las apariencias.

Había llegado el momento. Con unas cintas de raso ató las muñecas de su esposa al cabecero de la cama. Julio se estaba excitando pensando en lo que vendría después, aunque estaba claro que no le hubiera importado ser él quien rematara la faena en otras circunstancias. Aunque alguna vez ya habían hecho ese mismo juego, hacía tiempo que no lo practicaban. Pero había algo que le excitaba aún más: ser consciente de que estaba preparando a su mujer para que su propio hijo se la follara. Estuvo a punto de arrepentirse, pero ya era demasiado tarde. La cabeza decía que no, pero su polla decía una y otra vez que siguiera adelante. Y así lo hizo.

El último paso era vendar los ojos de Montse con una cinta más gruesa, procurando ajustarla lo mejor posible. Si se movía o se caía del todo el plan sería al traste, con las consecuencias que eso tendría. Aunque la habitación solo estaba iluminada por media docena de velas, a corta distancia sería imposible no distinguir al padre de su hijo. Comprobó que su mujer no podía ver absolutamente nada y la susurró al oído que volvería en un momento.

Su hijo llevaba ya un rato escondido en su cuarto para no ser visto. Se había quedado en ropa interior, en cuanto su padre le avisara tendría que actuar rápidamente. No le hacía falta estimularse para estar listo, solo con pensar que en unos minutos se estaría acostando por fin con su madre su polla estaba completamente dura. Su padre y él habían comprobado que no había diferencias significativas en el tamaño, así que podría dar el pego. Otra cosa sería disimular la falta de experiencia, pero era un riesgo asumible.

Los nudillos de Julio golpearon la puerta del cuarto de su hijo sin hacer mucho ruido. Enseguida abrió y salieron juntos hacia el dormitorio principal. El chico se quitó rápidamente los boxers y contempló deslumbrado a su madre, desnuda y expectante. Era su turno.

Julio había omitido información a su padre. Había tenido un par de escarceos con chicas de su edad, y con una de ellas había llegado a desvirgarse. Habían sido solo tres veces, pero lo justo para saber más o menos lo más básico. No había dicho nada por vergüenza, pues en su día no se lo había contado y no quería que su padre se enterara tiempo después y casi de rebote. Ya que no se lo había dicho cuando pasó, vio conveniente que siguiera pensando que era virgen, para que no pensara que no confiaba en él.

Se tumbó en la cama junto a su madre sin decir una palabra. Ese era otro problema, la voz, así que no quedaría más remedio que estar todo el tiempo callado. Ni un solo gemido, ni un jadeo. Julio tampoco era muy expresivo cuando se acostaba con su mujer, así que ésta no se extrañaría demasiado. Su hijo se colocó suavemente sobre Montse y buscó con rapidez su vagina. Por suerte acertó a la primera, y su polla volvió al lugar del que hacía ya quince años había salido al mundo. Por fin hacía realidad su fantasía, estaba dentro de su propia madre.

Su padre observaba todo de pie junto a la cama, también desnudo como su esposa y su hijo. Era una situación de lo más grotesca, y hasta hacía muy poco tiempo le hubiera resultado repugnante, pero su polla bien tiesa delataba que estaba de acuerdo con lo que sucedía.

Julio júnior ya había comenzado a follar en serio. No iba muy deprisa, pues se suponía que tenía que ser algo romántico, pero no podía evitar ir más rápido de lo que en principio había previsto. Llevaba unos meses sin experimentar ese placer, y hacerlo con su propia madre era algo exquisito, psicológicamente muy distinto a hacerlo con una chica de su edad. Su madre gemía discretamente con las primeras embestidas, y aunque notaba algo extraño en los movimientos de su amante, no parecía sospechar que su marido se hubiese buscado un suplente. Le notaba con menos vello púbico que la última vez, pero Julio solía recortárselo de vez en cuando, así que por inercia pensó que sería simplemente eso.

Pero no, su marido no estaba sobre ella, sino a su lado, a apenas un metro de la cama donde madre e hijo retozaban. Había comenzado a masturbarse casi instintivamente, su cabeza seguía diciéndole que aquello no estaba nada bien, pero no podía reprimirse. Además, era preferible que su polla tuviera ciertos síntomas de haber sido usada cuando quitara la venda de los ojos a su mujer. Y de paso se desahogaba, claro, pues la escena le estaba poniendo a mil.

El Julio más joven parecía estar más que acostumbrado a montárselo con su madre, pues embestía con fluidez, como si hubiera visitado ese coño a menudo. Más le hubiera gustado, pero la experiencia adquirida anteriormente le estaba sirviendo para hacer un buen papel. Al menos, se movía con soltura, algo que no consiguen todos los novatos. Le hubiera gustado probar alguna postura más, pero las circunstancias no permitían ese tipo de florituras. El plan era meterla, aguantar hasta que Montse se corriera y después de correrse él, largarse cuanto antes. De momento estaban cumpliendo todos los pasos.

La sensación era muy distinta a las que había experimentado hasta ahora. No solo se estaba acostando con la mujer a la que deseaba desde hacía meses, también la sensación física era más intensa. Sus tres polvos anteriores habían sido con preservativo, pero ahora lo estaba haciendo a pelo, sintiendo con toda nitidez como la vagina de su madre abrazaba su polla.

Montse también estaba gozando. La situación romántica y sensual que había planeado su marido la había excitado como hacía tiempo que no se excitaba, y el ritmo que Julio marcaba la estaba haciendo disfrutar. En cierto modo, se sentía como en aquella primera vez, tras la noche de bodas, a oscuras y sintiendo cosas que nunca antes había sentido. Recordó a su marido con unos años y unos kilos menos, abriéndose paso con delicadeza, como quien no quiere romper algo tan frágil como bello. Era la misma sensación que esta sintiendo ahora.

Su cuerpo se empezó a estremecer, igual que aquella noche. Sus jadeos eran cada vez más fuertes y frecuentes. La polla que entraba y salía de sus entrañas la estaba haciendo correrse como hacía años que no se corría. Julio no estaba muy seguro, pero si, aquello parecía un orgasmo femenino. A su antigua novia nunca había sido capaz de provocárselos, al menos usando solo la penetración. Pero con su madre lo estaba logrando.

Julio padre seguía observando y oyendo todo desde su lugar. Seguía masturbándose frenéticamente, y el hecho de ver a su mujer correrse mientras follaba con su hijo le tenía a mil. Tenía que aguantar un poco más, pero no sabría si sería capaz de hacerlo.

Su esposa seguía jadeando, incluso pedía más y más. Julio estaba ya algo cansado, pero no podía dejar de embestir, tenía que lograr que su madre tuviera un orgasmo bestial. La estaba engañando, traicionando todos los valores que ella le había inculcado todos estos años, pero a la vez la estaba haciendo disfrutar como nunca. Ya que estaba aprovechándose de ella, lo menos que podía hacer era provocarle un buen orgasmo.

Pero a la velocidad a la que su polla entraba y salía de la vagina de su madre no iba a poder aguantar mucho más sin correrse. Se le estaban durmiendo las piernas, pero no podía dejar de moverse. Estaba casi a punto. Sus huevos golpeaban una y otra vez el perineo de Montse, llenos de leche lista para ser expulsada. Un par de embestidas más y una fuerte descarga de semen llenó el interior de Montse. Leche de su propio hijo. Era la culminación a una obsesión que llevaba meses atormentándole. Por fin no había culpa, solo placer.

El padre sintió que su hijo se corría, así que había llegado el momento de acabar él también. No le hizo falta mucho esfuerzo, se sacudió la polla con un poco más de fuerza y antes de que su hijo se retirara, él ya estaba regando la alfombra con su eyaculación. Había disfrutado más mirando que de haber estado en el lugar de su hijo.

Pero había llegado el momento de cambiar los papeles. Julio se retiró con cuidado, y se bajó de la cama. Su padre anunció que iría al baño un momento, era la excusa para justificar que se levantase nada más terminar. El hijo volvió a su dormitorio, donde debía volver a vestirse y salir de nuevo de casa. Su padre corría con los gastos de la noche en un hostal.

Julio se lavó las manos, y también la cara. Se miró al espejo avergonzado de sus actos. Se sentía como el asesino que se arrepiente de haber matado a su primera victima, y que es consciente de que no va a poder evitar seguir matando. Había traicionado a su mujer, y en parte también a su propio hijo. Él era demasiado joven como para ser responsable de sus actos, pero él era un adulto que no debía sucumbir a sus deseos. Se sentía sucio, había vuelto a sentir el mismo asco que había sentido cuando oyó la confesión de su hijo. Y lo peor es que no se veía capaz de escapar de aquella espiral.

Fuera como fuera, no había tiempo para más lamentaciones, Montse seguía atada y vendada y si se alargaba por más tiempo en el baño, comenzaría a pensar. Se mojó la nuca y se tumbó junto a su mujer, que aún respiraba de forma acelerada.

-¿Qué tal he estado? –Dijo Julio, tratando de fingir normalidad mientras desataba las muñecas de Montse.

-Mejor que nunca. Tenemos que repetir este jueguecito más a menudo, me he corrido como hacía años que no me corría. Aunque para la próxima vez que lo hagamos me gustaría que...

-¿Qué? –Preguntó Julio con un hilo de voz.

-Pues que la próxima vez preferiría que no me vendases los ojos, así puedo ver yo también como nuestro hijo me folla.

TodoRelatos.com © Hector Richvoldsen

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