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Follando en una isla desierta
TODORELATOS » RELATOS » KLANDESTINOS II
[ Como es la mujer, así es la casa. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 03 de Diciembre, 2008.
Fecha: 27-Ago-08 « Anterior | Siguiente » en No Consentido (1768 de 1816)

Klandestinos II

GothicDarkness
Accesos: 3,093
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Para vos obvio. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Debe ser por la noche. La luz del día ahuyenta estos demonios. Pero andan sueltos en esta oscuridad de hoy. Desatados e insomnes. Y me siguen por los adoquines sonoros, y me empujan y me guían. Y vos estas durmiendo tal vez, al amparo de tus paredes y tus cobijas. Inocente. Hace apenas unas horas nos mirábamos joviales y divertidos a través de los vapores del café. Había sol en la vereda que era nuestro mundo clandestino por esa tarde, te pido que me entiendas, no soy el mismo por la noche.

La locura de un cine oliendo a sexo bizarro no estuvo en nuestra conversación. Mejor no hablar de ciertas cosas. Los dos sabemos que pasó y punto. Atardecer y despedida, nos vemos sin disfraces en el lado virtual de la calle. Que lindas piernas que veo partir, te llevas la luz, como vas a dejarme a solas con este deseo cuando el sol ya no te protege. Si te das vuelta antes de llegar a la esquina te hago una seña y hablo para prevenirte, si no, no voy a tener más remedio que confesarte como sucedió todo en este relato. Y doblaste la esquina sin mirar atrás. Y me dejaste pensándote, obvio que no fue tu culpa, no sabías. Yo lo supe después.

Y mis pasos deben estar resonando fuertes sobre los adoquines de tu calle, tratando de alertarte. Debe ser por la noche, no oigo nada aparte del aliento de la bestia que llevo dentro. La que ahora acecha tu puerta, muro frío y protector. Es muy tarde, no importa que suene a metal el timbre, no deberías haberte levantado. El animal nocturno te percibe llegando indefensa a la puerta de tu castillo, latidos irrefrenables y resoplo caliente en las fauces, la mirilla de bronce te engaña, te deja ver lo que crees que soy, no esto en lo que me convertí esta noche.

Y esa carita incrédula y azorada me nombra, advierto un tono de preocupación, pero no entiendo lo que decís, ni me importa realmente. No te digo que no escucho nada. No sé para que explicar si igual no vas a perdonarme. El empujón te desparrama sobre el sillón floreado de dos cuerpos que comanda la salita. El portazo te hizo cerrar los ojos. Todo pasa muy rápido para vos, para tus defensas somnolientas, cuando te llega el miedo fuiste arrastrada al dormitorio, todavía está tibio el colchón convertido en depravado altar de sacrificios. Cuando quisiste gritar, tus manos estaban atadas al respaldo de la cama, no ves que no podías hacer nada, nadie te escucha esta madrugada anónima.

Me sorprende la certera velocidad de mis propios movimientos, la perfección natural del depredador, no fue tu culpa, no tuviste la menor oportunidad. Desde tu espalda la tela se desgarra y exhibe tu piel

perfumada a vos, no puedo detenerme, no vine para eso. Leo en tus labios que no estas gritando, estas reclamando por un motivo para esto que te atropella, quise hablarte pero solo un gruñido monocorde se me permitía en la garganta, y este resoplar salvaje en mis pulmones empieza a quemar

desesperado. No vine por tu placer, ni siquiera por el mío. Presa indefensa a merced de la jauría del deseo perverso que me trajo hasta vos esta noche, dentelladas salvajes a tus pezones delicados, mis dedos convertidos en garras se clavan en la cueva de tu sexo, escarban impiadosamente hacia adentro y arriba, el pulgar golpea el clítoris en el adentro y afuera enloquecido que busca el espasmo que te derrumbe. No vine por tu orgasmo corazón, así que no me mires más a la cara.

Inevitable se te escapa el primer grito, y no quiero que me veas, y pego tus pechos y tu vientre agitado al colchón afiebrado, no quiero que veas esta erección insolente que te amenaza. Jadeos que se descontrolan dentro tuyo, no termino mi penetración manual a sabiendas que la desesperación va a derrotarte. No quiero que veas mi boca y mi nariz explorando la cañada entre tus nalgas. Estas tan inevitablemente agitada que me permito olerte y saborearte degeneradamente. Exquisita, tus muslos aprietan tensos, mi lengua tienta tu esfínter anal, lo rodea, toques suaves depositando toda la saliva

 

que soy capaz en los bordes de ese recinto aún mas estrecho y oscuro que el agujero que estoy mancillando descaradamente para anestesiarte. No se si es involuntario o no, o mi fiebre te contagia,

pero tus caderas suben en cada temblor, bajan en cada tensión, no quiero que veas este monstruo al atacarte. Duele ya la erección, gotea delicada la carne que esta a punto de profanarte. Esto es muy mío, seguí con la cabeza clavada en la almohada por favor. Un último quejido antes del dolor repentino.

Pero no, tu cuello gira y esos ojos muy abiertos se me clavan en los míos. Justo al instante en que apoyo delicadamente el glande para empujar en el asalto final. Ese fue el momento para detenerme,

para balbucear mil excusas y perdones y salir corriendo. La presión me delató, supongo, y estos latidos míos que me aturden, no se si tu boca pide o niega, o ruega por la salvación, no se si tus párpados aprietan porque no soportan más la visión de mis ojos destellando salvajismo o fue el ramalazo de dolor, porque no pude detenerme, cede tu carne , por un instante al borde de la ruptura, para devorar la mía un segundo después. Siento tu recto succionarme hasta un fondo que no alcanzo,

y emerjo de nuevo solo para volver a caer dentro tuyo, cada vez un poco mas violento, cada vez mas bestial y desenfrenado. Debe ser por la noche mi vida que cabalgo tu humillación inesperada. Subo y bajo, salgo por completo para ver la obra consumada, y para demorar mi propia derrota. Porque mi locura tiene al fin sosiego en un borbotón espástico de esperma que te dejo bien adentro, dos, tres derrames más entre los estertores de mi propia garganta antes enmudecida. Y los brazos que se aflojan, y mi peso te roba el aire. Al borde del desmayo empiezo a recobrar la conciencia y perpetro el abandono.

Ya no oigo los latidos de la bestia, solo ese sollozo mezcla de dolor e incomprensión que sacude tu cabello desordenado por toda la almohada. Tengo que irme antes que se te ocurra mirarme y preguntarme el porqué de todo esto. Justo llegaron juntos el amanecer y la huída. No quise mostrarte la vergüenza, y ahora te la escribo. No puedo ni pedirte el perdón ni el entendimiento. No tengo excusas. Si el insomnio te atormenta una de estas noches y terminas leyéndome, solo quiero que sepas que no pude ni quise evitarlo. Y que tal vez, solo tal vez, en el tiempo que te tome recorrer estas palabras, desande de nuevo los pasos para acechar tu puerta, de nuevo.

Otra vez sueño despierto, otra vez me aturden mis propios latidos, al imaginarme penetrando tu boca húmeda…debe ser por la oscuridad…no sé, tal vez sea el olor a vos que todavía llevo en mis dedos…

TodoRelatos.com © GothicDarkness

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