A principios de Julio, mi marido y yo nos fuimos a pasar tres
semanas de vacaciones a un pueblecito de la Costa Brava. Habíamos alquilado un
apartamento muy cercano a la playa, donde nos instalamos a nuestra llegada.
Mientras Paco quedaba en el apartamento deshaciendo las
maletas, bajé a la búsqueda de un supermercado donde poder surtirnos de las
cosas más elementales. Afortunadamente había uno junto a nuestro edificio y
entré en él, dispuesta a hacer la compra. No llevaba allí ni dos minutos cuando
me pareció distinguir al fondo del pasillo donde me encontraba una figura
femenina que me pareció familiar. Según me acercaba a ella, advertí que me
sonreía y la identifiqué: era Ana, una de mis compañeras de gimnasia. Me alegré
de encontrármela tan lejos de casa, pese a que apenas teníamos confianza.
Ana es de una edad algo superior a la mía, tendrá unos
cincuenta años, aunque las sesiones de gimnasia han dado sus frutos y se
conserva de maravilla. Es morena y no muy agraciada de cara, pero con un tipo
envidiable. Incluso alguna vez estuve tentada a iniciar un acercamiento con ella
con intención de intimar, pero nunca me atreví porque a través de las
conversaciones que mantuvimos me pareció bastante "estrecha". Estaba muy
favorecida por el color moreno de su piel y el vestido corto e informal, que le
otorgaba un aire juvenil.
-¡Isabel!… que sorpresa encontrarte aquí-
-Lo mismo digo. Acabamos de llegar y nos estamos instalando-
-Yo ya llevo una semana. ¿Has venido con tu marido? –
-Sí; quedó en el apartamento deshaciendo el equipaje,
mientras yo bajaba a la compra-
-Yo estoy sola. Eduardo no ha podido dejar el trabajo, y aun
tardará un par de semanas en llegar-
-¿y no te aburres?-
-Para nada. Me encanta la playa-
-Ya se te nota. Estás negra como un chamizo-
-¿Estáis cerca de aquí?-
-En un edificio de apartamentos en esta misma calle, en el
número cuatro-
Me miró sorprendida:
-Pero si ahí también estoy yo. Que maravilla, somos vecinas-
-Vaya, si que es una suerte- dije tratando de mostrar un
entusiasmo que no sentía ni de lejos
Hicimos la compra y regresamos juntas al edificio.
Por educación, la invité a que viniese a nuestro apartamento
para presentarle a mi marido y aceptó encantada. Dejó la compra en su
apartamento, que estaba una planta más abajo que el nuestro, y luego me
acompañó. Cuando Paco me vio entrar acompañada quedó muy sorprendido.
-Paco, te presento a Ana, una de mis compañeras de gimnasia,
que mira que casualidad, está instalada en este mismo edificio, en el 6º A-
Paco se acercó a ella y le dio dos besos. Conozco a mi marido
como si lo hubiese parido, y la mirada que le echó a mi amiga fue más que
elocuente: ya estaba pensando en follársela.
Tras una corta e intranscendente conversación Ana se marchó,
no sin que antes Paco la hubiese invitado a cenar con nosotros, evidentemente
con aviesas intenciones, y ella aceptara hacerlo al día siguiente.
-¿Sabes que tu amiga no está nada mal?
-Claro que lo sé, pero me da la sensación de que vas mal
encaminado. Ana puede ser cualquier cosa menos liberal-
-Bueno, eso nunca se sabe-
-En este caso, créeme, no tienes nada que hacer. Es un
auténtico muermo-
-Bueno, pero al menos podríamos intentarlo-
-Haz lo que quieras, pero creo que lo tienes crudo-
Estuvimos toda la en la playa, y no llegamos al apartamento
hasta las diez de la noche. Tras una cena ligera, preparé café, y fue en ese
momento cuando me percaté de que no había comprado azúcar.
-Vaya, olvidé el azúcar y a esta hora está todo cerrado- de
repente recordé a Ana –voy a pedirle un poco de azúcar a Ana. Espero que no se
haya acostado todavía-
.Cogí un pocillo para el azúcar, bajé hasta su apartamento y
pulsé el timbre. Esperé unos instantes, pero Ana no daba señales de vida. Estaba
dispuesta a marcharme, cuando la puerta se abrió, y apareció vestida con una
bata.
-Discúlpame, Ana, no quería molestarte. Es que olvidé comprar
azúcar y era para ver si me prestabas un poco-
-Tú no molestas, Isa, pasa –
Entré tras ella, que se dirigió a la cocina. Le entregué el
pocillo, que se encargó de rellenar. Mientras lo hacía, mis ojos se fueron hacia
la habitación, que estaba con la puerta entreabierta y tenía la luz encendida.
Hasta ahí, todo normal, pero lo que rompía mis esquemas era lo que vi sobre la
cama. Un hombre, completamente desnudo estaba allí tumbado y se entretenía en
masajear su enorme polla. Quedé boquiabierta: jamás lo hubiera sospechado de
alguien como Ana. Mi sorpresa fue tan grande que cuando se volvió con el pocillo
colmado de azúcar, se dio cuenta de lo que había visto.
Se acercó a mí con una sonrisa y me dijo:
-Espero que me guardes el secreto-
Yo, cosa extraña en mí, estaba avergonzada y nerviosa:
-Por su-supuesto…-
-¿Quieres verlo más de cerca?-
-Me encantaría- reconocí
-Pues pasa-
Me cogió de un brazo y me arrastró hacia la habitación.
Me presentó a su invitado, que pese a mi inesperada aparición
continuó impertérrito jugando con su polla. Se veía que la situación no le era
extraña
-Roberto, te presento a Isabel, una amiga de mi ciudad que ha
venido a pasar unos días de vacaciones. Isabel, él es Roberto, un amigo que
conocí en la playa hace unos días, con el que, como verás, he cogido mucha
confianza- dijo con una sonrisa.
Roberto era un hombre de poco más de treinta años, bien
parecido y con un físico más que aceptable, aderezado con un favorecedor
bronceado, aunque lo más atractivo era el tamaño y la dureza de su polla.
Yo estaba tan desconcertada que no me salían las palabras, y
él tampoco dijo nada, limitándose a mirarme con una sonrisa.
Ana se sacó la bata, quedando en ropa interior, un sugerente
conjunto de color negro, y olvidándose aparentemente de mí se acercó a su
invitado. Yo, con mi turbación, me limité a quedarme de pie como una estatua,
con el pocillo lleno de azúcar en la mano.
Ana se sentó al borde de la cama, extendió su mano y comenzó
a acariciar los huevos de Roberto. Después, su cabeza descendió hacia la
entrepierna de éste hasta llegar a la altura de su enhiesta polla, cuya cabeza
empezó a acariciar con la lengua formando círculos a su alrededor, para
introducirla posteriormente en su boca, después de hacer que la mano del hombre
dejara de masajearla. Él se incorporó hasta quedar sentado en la cama y accionó
el cierre del sujetador de Ana y se lo quitó, liberando de su encierro unas
tetas poderosas, coronadas por unos pezones oscuros, rodeados por una gran
aureola, que empezó a sobar con sus manos, lo que hizo que Ana aumentase el
vigor de la mamada que le estaba haciendo.
Yo, que continuaba mirando ensimismada, busqué casi
inconscientemente un sitio para acomodarme. Había una butaca muy cerca de la
cama desde la que podía disfrutar del espectáculo, y me senté allí.
Ana, sin dejar de comerse aquella hermosa polla, había
cambiado ligeramente de posición, arrodillándose sobre la cama, y poco a poco
fue moviéndose, hasta que logró situar su entrepierna a la altura de la cabeza
de Roberto, que había vuelto a tenderse completamente en la cama. Éste entendió
la muda invitación. Ella todavía llevaba la braga puesta, pero no representó
ningún tipo de impedimento. Las manos de Roberto pasaron separaron sus muslos y
a continuación se dirigieron a la negra braga de encaje, y mientras una de ellas
hacía a un lado la fina tela, dejando a la vista un hermoso coñito completamente
depilado, los dedos de la otra iniciaban un suave masaje alrededor de los labios
vaginales de Ana, que sustituyó su agitada respiración por gemidos entrecortados
de placer. Yo estaba tan cerca que pude comprobar que estaba totalmente
encharcada, incluso sin que él hubiese introducido los dedos en su interior
Un fuerte olor a sexo que me embriagó comenzó a expandirse
por la habitación. Inconscientemente mis piernas se abrieron y al acerqué el
pocillo de azúcar que tenía en mis manos a mi entrepierna, arrastrando mi falda,
y empecé a acariciar mi coño con él por encima de la braga. Estaba extasiada.
Mientras tanto, Roberto había metido dos dedos en el coño de
Ana y los movía lentamente en su interior, pero pronto incorporó su lengua al
juego, lamiendo con sabiduría y voracidad sus paredes vaginales.
Pese a tener aun la boca ocupada, los gemidos de Ana fueron
aumentando de intensidad hasta convertirse en gritos, y cuando por fin la lengua
de Roberto alcanzó su clítoris, no pudo evitar soltar un procaz comentario, tras
abandonar la polla de su amante:
- No sabes las ganas que tenía de sentir tu boca en mi coño.
Cómemelo bien, quiero que me lo dejes seco, cabrón-
Aquello acabó de romper mi timidez inicial. Sin pensármelo,
abandoné mi pasivo papel de espectadora y decidí participar. Dejé el pocillo del
azúcar sobre una mesita que había al lado de mi asiento, y me acerqué a ellos.
Ana se había incorporado y permanecía arrodillada con el coño sobre la boca de
Roberto, que no cesaba en su lamida
-Creía que no te ibas a decidir nunca- me dijo Ana con voz
ronca por la excitación, para después acercar su boca a la mía y darme un
tórrido beso, introduciendo su lengua en mi boca y enzarzarse con la mía en un
húmedo combate, al tiempo que yo sobaba con mis manos sus tetas.
Cuando nos separamos me dijo:
-Quiero ver como te comes esa polla-
No tuvo que repetirlo. La polla de Roberto seguía
completamente tiesa, mientras su propietario continuaba enfrascado con la cabeza
enterrada en la entrepierna de Ana. Me subí a la cama y, tomando aquel hermoso
vástago entre mis manos, acerqué mi hambrienta boca y me la tragué hasta donde
pude, rodeándola con mi lengua mientras acariciaba sus huevos con las manos. Yo
continuaba completamente vestida. Sentí una mano que se introducía entre mi
falda y ascendía acariciando mis muslos. Yo seguí chupando polla, sin molestarme
siquiera en conocer la identidad de quien invadía mi intimidad. Los deseaba a
los dos.
Unos dedos echaron a un lado la braga y se introdujeron en mi
mojado coño, haciéndome dar un respingo, que volví a repetir cuando otro dedo se
enterró en el agujerito de mi culo.
El movimiento de aquellos dedos, entrando y saliendo de mis
dos agujeros, me estaba causando un placer extremo, y el morbo de no saber quien
era su dueño, añadido a la polla que mi boca devoraba, completaba un cúmulo de
sensaciones que estaban acelerando mi éxtasis. El orgasmo era inminente. Sentí a
mi espalda una especie de estertor, en el que reconocí la voz de Ana. Se estaba
corriendo. Una aceleración en el movimiento de los dedos que invadían mis
intimidades me dejó claro que eran suyos, algo que me causó más placer, y de
inmediato alcancé un orgasmo sensacional, que me hizo caer desmadejada, pero ni
por esas dejé de chupar golosamente la polla de Roberto. Quería que se viniese
en mi boca.
Las contracciones que noté me hicieron ver claro que estaba a
punto de conseguirlo. Pero ya no estaba sola. Ana, tras alcanzar el orgasmo, se
había cambiado de posición, y su boca estaba junto a la mía, con la evidente
intención de que compartiese con ella el néctar que estaba a punto de fluir. Así
lo hice. Aparté mi boca de la polla y se la ofrecí. Comenzamos a pasar las dos
la lengua por su tallo, rozándonos esporádicamente una a la otra. Una especie de
rugido nos anunció la venida de Roberto, y de repente de su polla salió un
chorro de leche que embarró la cara y el pelo de Ana. Fue el primero de una
serie de tres o cuatro que nos puso perdidas a las dos. Cuando terminó, cayó
exhausto, mientras nosotras nos dedicábamos a limpiarnos mutuamente con nuestras
lenguas hasta que quedamos casi secas.
La polla de Roberto había perdido momentáneamente el vigor y
estaba fuera de combate, pero nosotras no estábamos saciadas, ni mucho menos.
Ana me desnudó completamente con suavidad. Hizo que me sentara al borde de la
cama y ella se arrodilló ante mí, mientras Roberto nos contemplaba.
Abrió mis muslos con sus manos y contempló mi coño, con la
lujuria pintada en su semblante. Aquella mujer era una caja de sorpresas. Y yo
pensando hasta media hora antes que era un auténtico ejemplo de castidad. Me
empujó con suavidad hasta que quedé tumbada boca arriba sobre la cama, y noté
como sus dedos abrían mis paredes vaginales y su lengua comenzaba a lamer en mi
interior, primero con suavidad para incrementar posteriormente el ritmo de sus
lamidas y mi grado de excitación. Mis jadeos iban in crescendo, mientras sentía
como su lengua chapoteaba dentro de mi mojado chocho. Sorbió con sabiduría mi
clítoris con sus labios, haciendo que experimentara una sensación de placer
increíble.
-Súbete a la cama, quiero hacerte lo mismo- acerté a decir.
Me obedeció, haciendo que me tumbase boca arriba a lo largo
de la cama y ella se puso sobre mí, adoptando la clásica postura del 69. No
pusimos a devorarnos desaforadamente, mientras con el rabillo del ojo veía como
la polla de Roberto comenzaba a dar de nuevo señales de vida. Deseé que me
ensartara con ella, y estaba a punto de pedírselo, cuando un sonido rompió el
encanto de aquella situación. Era el timbre de la puerta.
De repente me vino a la cabeza el motivo por el que yo había
acudido a aquel apartamento, y supe que la persona que estaba en la puerta era
Paco, alarmado por mi tardanza.
-Ese tiene que ser mi marido- dije.
Ana me respondió, llena de preocupación: -vístete rápido, a
ver si podemos evitar que se entere-
-No conoces a Paco. No creo que se moleste por lo que estamos
haciendo, sino todo lo contrario-
Ana y Roberto exhalaron al unísono un suspiro de alivio, y
ella contestó:
-pues voy a abrirle, y si le apetece, que se una a la fiesta-
-Puedes estar segura de que le apetecerá-
Ana se incorporó, se vistió solamente con la bata y acudió a
abrir la puerta. Roberto no tuvo ni la delicadeza de esperar y de tiró a por mí.
Volvía a estar caliente. Yo tampoco le iba a la zaga y le pedí que me follara.
Tras hacer que me arrodillara, él lo hizo detrás de mí, abrió los labios de mi
coño con sus dedos, y me penetró sin problemas, dado el estado de lubricación en
que me encontraba, y comenzó a bombear con firmeza.
En ese momento, Ana abría la puerta de la calle. Oí la voz de
Paco.
-Hola, Ana, busco a Isabel. Bajó hace tres cuartos de hora a
por un poco de azúcar y no ha regresado-
-No te preocupes, que no corre peligro. Está ahí en la
habitación, bien acompañada. Pasa-
Oí unos pasos por el pasillo y vi como se abría la puerta. En
el umbral, aparecieron Ana y Paco, ella muy sonriente y él con gesto
sorprendido, cosa lógica, porque lo que menos se esperaba era encontrarse a su
mujer siendo follada por un desconocido, cuando lo que había ido a hacer allí
era conseguir un poco de azúcar.
Pero la sorpresa le duró poco, justo hasta que notó la mano
de Ana posarse en su entrepierna y acariciarle la polla por encima del pantalón.
Ana, toda una experta, se agachó y con una hábil maniobra bajó la bragueta,
metió la mano dentro, sacó la polla de Paco totalmente enhiesta, y sin
pensárselo, se la metió en la boca.
La cara de mi marido se transfiguró por el placer que estaba
empezando a experimentar, incrementado por la morbosidad de ver como se follaban
a su mujer delante de sus narices, algo que no era la primera vez que ocurría,
pero en esta ocasión no estaba previsto de antemano.
Yo por mi parte, estaba disfrutando al máximo, con la más que
respetable polla de Roberto enterrada en mi coño y la excitante visión en primer
plano de Ana en cuclillas, con la bata completamente abierta mostrando sus
encantos, y devorándole la polla a mi marido mientras se frotaba furiosamente el
coño con los dedos.
Paco, preocupándose de que en ningún momento la boca de Ana
abandonase su polla, fue desnudándose como buenamente pudo. Cuando lo hubo
conseguido, pidió a Ana instalarse en la cama, para hacernos compañía a Roberto
y a mí, a lo que ésta accedió gustosamente. Según se acercaban, no pude evitar
hacer un comentario:
-Quiero ver como te follas a esta zorra delante de mí-
Obediente, Ana se situó frente a mí, y se arrodilló,
adoptando la misma postura que yo tenía. Paco, sin preámbulo alguno, se
introdujo en ella desde atrás. Vi la cara de viciosa que puso Ana en el momento
de sentirse invadida, y la excitación me puso la carne de gallina. Nuestras
caras estaban a pocos centímetros de distancia, lo que aproveché para fundirme
con ella en un húmedo beso.
Tras unos minutos en esa posición, noté como a Ana le
sobrevenía un intenso orgasmo. Yo todavía no lo había logrado por segunda vez,
así que tuve la iniciativa de cambiar. Me apetecía tener dos pollas a mi
disposición, y así lo reclamé. Mientras Ana se recuperaba, me separé un instante
de Roberto e hice que Paco se tendiera boca arriba. Yo me senté sobre él,
tomando su polla con una mano e introduciéndomela en el coño, mientras pedía a
Roberto que me la metiera por el culo. Éste hizo lo que le decía, aunque con
cierto esfuerzo, dado el tamaño de su polla. Pero yo era incapaz de sentir
dolor; todo era placer, era como si estuviera embriagada de lujuria. Cuando mis
dos agujeros estuvieron ocupados, me sentí plena, pero aun no estaba saciada.
Quería más, y para conseguirlo necesitaba ocupar mi boca en algo, así que llamé
a Ana y le pedí que pusiera su coño al alcance de mi boca. Ella se incorporó y
se sentó sobre la cara de mi marido mirando hacia mí, de forma que puso el culo
sobre la boca de Paco y el coño al alcance de la mía, y mientras entreveía la
lengua de mi marido introduciéndose entre las nalgas de Ana, la mía pasó a
explorar su coño.
Formábamos un cuadro atípico y las posturas eran algo
incómodas, pero nadie protestaba, solo se oían gritos y jadeos de placer. El
segundo orgasmo me llegó con más intensidad que el anterior, y lo anuncié con un
grito que forzosamente tuvieron que escuchar los vecinos, pero no desmayé.
Sentía tanto placer que quería continuar hasta el límite de mis fuerzas. A
partir de ese momento, empecé a tener orgasmos en cascada, al igual que le
estaba pasando a Ana, producto de la doble lamida que estaba disfrutando.
Algunos minutos después le llegó a Paco el turno de correrse.
Noté como su polla se contraía dentro de mi coño, y de inmediato sentí como mi
interior se inundaba de semen, y casi a renglón seguido le tocó el turno a
Roberto, aunque éste no llegó a descargar dentro de mi culo, sino que se separó,
se puso en pie y acercó su polla a la cara de Ana, que abrió la boca, deseosa de
recibir el chorro de leche. Roberto manoseó la polla unos instantes y la metió
en la boca de Ana, donde descargó. Ella hizo que me incorporase un poco y acercó
su boca a la mía, para transmitirme la leche que había recibido y que compartió
conmigo mientras jugábamos con nuestras lenguas. Cuando la hubimos hecho
desaparecer, ella, insaciable, se amorró contra mi coño para devorar la leche
que Paco había dejado allí, mientras yo limpiaba los residuos que habían quedado
en su polla.
Estábamos agotados, y los cuatro quedamos extenuados sobre la
cama, y aquello acababa por ese día. Las vacaciones habían tenido un inicio de
lo más prometedor, pero lo mejor era que iban a continuar así, al menos mientras
no llegara el marido de Ana, para lo que todavía quedaban dos semanas, y
después…. ya veríamos.