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TODORELATOS » RELATOS » CUATRO TURCOS
[ El corazón no habla, mas adivina aunque calla. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 25-Ago-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (6410 de 6573)

Cuatro turcos

luisfo
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Me hice colega de los turcos del kebab de debajo de mi casa y hay muchas cosas que se les pueden enseñar. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Volvía a casa después de salir a tomar unas copas con los compañeros de trabajo. No era tarde. Apenas daban las 2 de la madrugada. Me acercaba ya a mí portal cuando un silbido llamó mi atención. Al girar la cabeza descubrí una sombra y una reluciente punta de cigarro apostada junto a la puerta del kebab. Me acerqué y descubrí que, aunque los cierres del local estaban echados, había luz dentro y se oía jaleo. La figura la puerta tomo consistencia y por fin detecté a Hasret.

—¿Qué pasa, tío? —me preguntó el turco con su marcada entonación.

Extendió su mano y las chocamos.

—Pues nada, colega, que me voy ya a casa a dormir.

—¿A dormir? Es pronto —rió el turco dando otra calada a su cigarro y soltando el aire con chulería y parsimonia—. Ven dentro con nosotros. Es aniversario de Tanju y estamos celebrando.

Dudé un momento. El tener un kebab justo debajo de casa es bastante suculento, sobre todo porque muchas noches tenía pocas ganas de cocinarme la cena tras un extenuante día de trabajo. De modo que tras casi un año siendo un habitual de aquel local, me había hecho colega de los turcos que allí trabajaban: Hasret, Tanju, Ercan, Boktan y Sefer. Éste último era el jefe. Además de poner unas deliciosas exquisiteces culinarias, ellos eran otras cuantas exquisiteces que le alegraban la vista a cualquiera. Turcos. ¡Ahí es nada! Así que con mi buena oratoria y mis dotes comunicativas bien entrenadas en mi trabajo como comercial, me había metido en el bolsillo a aquellos cinco.

—Debería irme a dormir, Hasret —dije, bastante tentado a entrar. Él acabó su cigarro, lo tiró al suelo, lo piso y me agarró del hombre.

—Vamos dentro —me empujó. Y la verdad es que no puse demasiada resistencia.

Allí estaban otros tres. Tanju, Boktan y Sefer. Ercan era el que faltaba. Se encontraban entorno a una mesa llena de platos sucios y vasos con unas bebidas que creí no conocer. Parecían licores o algo así. El ambiente estaba enrarecido por el humo, y tanto Sefer como Boktan continuaban con el delantal blanco puesto.

—¡Buenas noches, Samuel! —hicieron mucha algarabía al verme. Se levantaron de los taburetes, haciéndolos rechinar contra el suelo, y vinieron gentiles a estrecharme la mano.

—¡Felicidades! —dije cuando apreté la mano de Tanju.

—Gracias —respondió éste—. Ven a tomar copa con nosotros —me convidó.

Y allí que me fui. Tomé asiento junto a la mesa y Tanju me acercó un vaso, del que di un fuerte sorbo y sentí arder la garganta. Todos rieron al ver mi cara de asco. Me quemaba todo.

—Es bueno para los hombres machos. Más virilidad para amar a tu mujer —explicó Sefer, el mayor.

—¿Mujer? Pero si no estoy casado —dije, todavía con cara de asco.

Todos rieron ante mi respuesta.

—Bebe otra vez —empujó Boktan el vaso hacia mi boca. Di otro fuerte sorbo y esta vez estuve más preparado.

—Uffff —no pude contener otra mueca de asco. Era muy fuerte aquel licor.

—Tengo tres hijos —me indicó Sefer levantando tres dedos— y con esto podría tener cien más. ¡Con cincuenta y cuatro años! Podría tener un harem.

—No lo tienes porque no quieres —le di un codazo. El hombre, ya algo alcoholizado, rió y se frotó la barriga por encima del delantal blanco y su camiseta también blanca de manga corta, en donde se le marcaban unos buenos rodales de sudor—. Seguro que más de una clienta te mira con cara de deseo.

—Es el que más mujeres conoce —señaló Boktan.

Entonces Sefer les respondió a todos en turco y yo no me enteré de nada, pero quedaba claro que les estaba narrando alguna batallita. Aproveche ese receso para observar a los cuatro hombres y hacerles el examen. El licor comenzaba a hacerme efecto, unido, claro está, a las copas tomadas con mis compañeros de trabajo. Di otro sorbo al licor. Me gustaba la sensación de flotación que comenzaba a embriagarme. Después observé de nuevo a los hombres.

A mi izquierda se encontraban Sefer y Hasret. Sefer, como ya he dicho, era el jefe y el más mayor. Cincuenta y cuatro años había dicho. Su cabellera ya algo grisácea también clareaba, pero mantenía buena porción de pelo. Era de estatura media pero robusto. Sus mofletes eran redondos y su boca se adornaba con un poblado bigote también grisáceo. De piel morena, tenía buenos brazos y una prominente tripa embutida en su camiseta blanca, por la que escapaban profusión de pelos grises, y el ajustado delantal marcaba la contundente forma redondeada. Después estaba Hasret, el turco alto. Muy moreno, de piel olivácea, podía medir fácilmente 1’90, era robusto de cuerpo, así como de nariz arábiga, con unas manazas inabarcables y unos pies que debían de ser también gigantescos.

A mi derecha estaban Tanju, el más jovencito, de mediana estatura y delgado, que se llevaba a todas las chavalas de calle, porque era realmente guapo. Con un pelo negro azabache y unos ojos absorbentes y grandes. Tenía un cuerpo muy compacto y trabajado en el gimnasio. Estaba cachas. Y a su lado estaba Boktan, que era el más normal de todos, con unas medidas estándar y un cuerpo estándar. Ni guapo ni peculiar de cara. Normal. Pues tenía cierta curva en su vientre y poco más.

Cuando Sefer dejó de comentar la jugada, giró su cabeza para mirarme y ver que me había acabado el licor.

—¿Más? —agarró la botella para servirme. Yo asentí con sonrisa alcohólica.

Ellos reían y me decían cosas en turco de las que no me enteraba. Pero me daba igual.

—Aunque no tenga mujer, si es bueno para tener hijos… —comenté—. ¿Te crecen los huevos?

Ninguno pareció entender, tan sólo Hasret, que era el que más controlaba de castellano. Éste se lo explicó a los demás, que entonces estallaron en una carcajada.

—Como caballo semental —explicó Boktan, levantando su brazo como metáfora de potencia sexual.

—Ya veo —moví la cabeza y di otro trago—. ¿Y hace mucho que bebéis esto? —continué preguntando con tono jocoso y divertido.

—Mi padre dabame desde crío —explicó Sefer.

—Entonces tú… —señalé, con media sonrisa en la cara.

Sefer sonrió también, se agarró los huevos con la mano libre que no sostenía su vaso de licor y se apretó todo el paquete, meneándolo arriba y abajo.

—Un harem —comentó de nuevo. Y todos reímos.

—Tenéis que conseguirme unas cuantas botellas de esto —dije. Levanté mi vaso y todos me siguieron, haciendo un brindis para beber—. Por vuestras mujeres, que deben estar felices de que se haya inventado este licor.

Rieron de nuevo y después dimos un trago. La garganta ya se iba acostumbrando al ardor del brebaje aquel.

—Si me crecen los huevos entre hoy y mañana pensaré en comercializarlo en España.

—Es buena idea. Haríamos negocio.

—Sí, señor —asentí—. ¿Y esto funciona también con las mujeres?

Todos me miraron sin entender.

—Sí. Quiero decir que si es afrodisíaco, que si les entran ganas de hacer el amor… de follar, vamos —dije.

—¿A ti te están entrando ganas de follar? —preguntó Hasret.

—Yo siempre tengo ganas de follar —solté ocurrente—. Pero esa no era la pregunta. Yo no soy una mujer.

—Lo eres un poco —declaró Hasret, con media sonrisa y bebiendo con gesto ingenuo.

—¡Pero qué dices, tío!

—Ya todos sabemos lo que haces en tu casa con otros hombres —habló Sefer.

—¿Lo que hago en mi casa con otros hombres? —repetí, tragando saliva. Aquellos cabrones se habían dado cuenta de que le daba a los tíos y a las tías.

—Sí. Sabemos que gustas mujeres, pero también hombres —habló Boktan.

—Ya veo —planté el vaso en la mesa—. ¿Y vosotros qué pensáis de eso? —Los cuatro guardaron un silencio sepulcral, mirándose los unos a los otros—. ¿Os molesta? ¿Os da igual? —intenté ayudarles.

Hasret tomó aire y contestó.

—Da igual. Para nosotros es malo. Para vosotros, algunos, aquí, no es malo. Cuando vivía en Alemania tampoco era malo para allí.

—A mí no me parece nada malo —manifesté—. Me gusta el sexo y me divierto. No hago daño a nadie y me importa bastante poco lo que piense la gente —solté aquello último más como advertencia que como otra cosa.

—¿Pero te sientes un poco mujer? —preguntó Tanju.

—No. Claro que no —respondí algo indignado—. Soy tan hombre como cualquier de vosotros. Hago las mismas cosas que vosotros y lo único diferente es lo que hago en la cama.

—¿Y qué haces en la cama? —preguntó Sefer—. ¿Das tu culo?

—Pues… —no estaba seguro de si contestar— a veces.

—Eso es malo. El culo no es para meter nada —soltó Sefer muy seguro de lo que decía.

—¿Ah, sí? —volví a coger mi vaso para dar un buen trago—. ¿Alguna vez tu mujer te ha chupado el culo?

—¡No! —exclamó el hombre, casi ofendido.

—Pues no sabes lo que te pierdes.

—Mi mujer jamás hacería eso.

—Pues aquí muchas mujeres se lo hacen a sus hombres y no pasa nada. ¿Os han chupado los huevos? —pregunté esta vez, más por curiosidad que por otra cosa.

Los tres más jovencitos asintieron a lo de los huevos, pero Sefer negó con la cabeza.

—Mi mujer no hace eso. Mi mujer sólo hace el amor. Como las mujeres normales.

—Eso no es así —respondí—. Vamos, Sefer, ¿no me digas que nunca te han chupado la polla y los huevos? —El maduro negó con la cabeza? —¿Y no te gustaría?

—No lo sé —se encogió de hombros.

—Pues yo eso es lo que hago con hombres o con mujeres. Y soy muy feliz porque lo que uno busca en esta vida es pasarlo bien y obtener placer. Además, vosotros con este invento —señalé al licor— seríais más felices todavía. Si tan gordos decís que os pone los huevos…

—Tu gustas de eso —sonrió Hasret—. ¿Quieres ver?

—¿El qué? —pregunté alucinado.

—Nuestros huevos.

—¿Me los vas a enseñar? —no me creía aquello.

—Yo los pongo encima de la mesa. Tú miras —dijo seguro.

—Venga —di otro sorbo y esperé interesado mientras Hasret se ponía en pie, se desabotonaba el pantalón vaquero y Sefer le decía algo en turco, a lo que el chico contestó. Después Sefer me miró y volvió a mirar al chaval. Que con la bragueta del pantalón abierta de par en par, tiró hacia debajo de la goma elástica de un bóxer negro que llevaba y sin prejuicios se sacó una buena polla morena y colgandera y dos bolas morenas también y muy peludas, las cuales colocó encima de la pesa, dejándolas reposar allí. Grandes, algo alargadas, de buen tamaño.

—¡Joder! —exclamé—. No está nada mal —fue todo lo que dije al saberme por primera vez ante una polla y unos cojones turcos.

El chico volvió a recogerlos y se los guardó, mientras los otros comentaban divertidos cosas en turco.

—¿Te han gustado? —preguntó Boktan, algo asombrado por la actitud de su amigo.

—Ya lo creo —respondí, y bebí otro sorbo de licor.

—Pues son pequeños. Los míos son más grandes —dijo orgulloso.

—Entonces enséñamelos —le reté divertido.

—No. No. No son más grandes —se echó atrás.

Hasret rió. Entonces Sefer participó.

—Los míos sí son más grandes —dijo serio.

—Pues enséñamelos tú —respondí—. Además, si dices que puedes tener un harem con esos huevos —señalé a su entrepierna—, debe de ser verdad.

—Es verdad —asintió el hombre.

—Entonces sácatelos, Sefer. Así veo lo que se pierde tu mujer al no querer chupártelos.

El hombre me miró serio, pensé incluso que se había enfadado al hablar de su mujer en aquellos términos. El señor giró el cuello, miró a las cristaleras del bar que daban a la calle y luego se giró hacia la mesa.

—Aquí no —respondió, y miró el reloj que llevaba en su robusta y velluda muñeca—. Además, la policía puede venir y ya es tarde. Hay que apagar las luces. Vamos al almacén. Allí enséñote.

—Bien —respondí resuelto y con un cosquilleo en el estómago. ¿En verdad me podía estar pasando aquello? ¿En verdad aquel cincuentón turco, macho entre los machos, me iba a mostrar sus cojonazos?

Desaparecí tras él por la puerta de la cocina, que quedaba justo detrás de la barra. Tras de mí venían los otros tres, que apagaron las luces antes de pasar al almacén, un rectángulo estrecho abarrotado de cajas y barriles de cerveza. No era más que un cuartucho con una bombilla colgando del techo. Al entrar los dos ya estaba casi lleno, pero al llegar Hasret y Boktan, aquello estuvo hasta arriba, con Tanju en el umbral de la puerta.

Sefer tenía una mueca seria. Miró a los demás y me miró a mí.

—Esto no hablar con nadie —dijo nervioso.

—Claro, Sefer —respondí—. ¿A quién se lo vamos a decir?

—A nadie —recalcó.

—A nadie —concordé.

Entonces, respiró hondo, se levantó el delantal y se llevó los gruesos dedos de su morena mano al botón del pantalón. Tiró de él y con un "clic" la cintura quedó liberada, justo por debajo de su redonda y dura tripa. Un trozo de calzoncillo se vislumbró y fue apareciendo poco a poco mientras tiraba hacia debajo de la cremallera de la bragueta. Se trataba de un slip gris. Cuando se había terminado de bajar la bragueta levanté la vista y le miré a los ojos.

—Muy bien, Sefer —le animé—. Venga, sigue. Enséñame lo que tienes ahí.

Mis palabras parecieron surtir efecto, porque esta vez sus movimientos fueron más rápidos. Se bajó el pantalón hasta medio muslo, dejándome ver aquellos muslos robustos y muy velludos, así como la forma de un buen bultazo en los holgados slips grises, y al momento se bajó estos, dejando al descubierto su moreno, fláccido y venoso pollón y dos gruesas bolazas de carne que me parecieron magníficas al primer vistazo. Sefer no había mentido, tenía dos señores cojonazos entre las piernas, bien gordos y peludos.

—¡Joder! —exclamé.

Tanju desde la puerta coreó en turco algo y Sefer le contestó al instante. Todos rieron. Vi movimiento en la puerta y el cumpleañero, a la velocidad del rayo se bajó los pantalones y los calzoncillos abriéndose paso entre Boktan y Hasret, empuñando sus pelotas también y su pollita delgada, colgante y fláccida. Decía algo en turco, mientras agitaba sus genitales y se ponía junto a nosotros.

—Esto es una reunión de huevos —comenté divertido, y sentándome sin ningún reparo sobre un barril de cerveza a admirar lo que tenía ante mis ojos.

Sefer y Tanju comentaban algo en turco y Hasret aprovechó para hablarme.

—¿Te gusta? —preguntó sonriente.

—¿Tú que crees? —respondí.

Entonces noté una mano en la parte de atrás de la cabeza. Los dedos se introdujeron entre mi pelo corto y noté una pequeña fuerza. Levanté la cara y vi a Tanju sonriendo, con aquella blanca sonrisa. Se sostenía la polla fláccida tirando de ella hacia arriba y dejando más a la vista sus huevos peludos y considerablemente más pequeños que los de Sefer. Cerré los ojos y me dejé llevar hacia lo que aquel turco parecía buscar. Separé los labios en seguida tuve mi lengua paseándose por aquella blanda y velluda piel de los cojones del chaval que no debía de pasar de los 23 o 24 años.

El silencio era absoluto, sólo roto por mis lametones en aquellos testículos. El chico cerraba los ojos, se relamía los labios de vez en cuando y echaba su cuello hacia atrás en gesto de placer, mientras se masturbaba levemente pegando tironcitos hacia arriba de la cabeza sin despellejar de su polla fláccida. Comencé a meterme los cojones dentro de la boca. Primero uno, lo babeaba bien, y después el otro. Y al final acababa sorbiendo y metiéndome los dos, aguantándomelos dentro y succionando. Así fue como conseguí que salieran los primeros gemidos de la garganta de Tanju. Al oírle gimotear de gusto, pensé que ya había logrado mi primer objetivo, así que me lancé a por el segundo.

Sefer continuaba allí de pie, mirando como le chupaba los cojones a su empleado y amigo.

—Vamos, semental. Dame los tuyos —le pedí.

El se quedó quieto, petrificado, así que fui yo quien me incliné hacia delante y sin remilgos capturé uno de sus cojones en mi boca. Y para que no se echara atrás y me dejara hacerle una intensa comida de huevos, capturé el otro en el interior de mis carrillos inmediatamente. Tenía la mandíbula abierta a tope para que me entraran del todo aquellas dos bolas de carne turca y la verdad es que me costaba mantenerlas hasta el punto de pasarlo mal al intentar tragar saliva. Para hacerlo tuve que sacármelas para no ahogarme. Pero Sefer, una vez probada la sensación, ya estaba entregado, y al momento se dejó hacer. Así que comencé a comerme aquellos huevos como un poseso, lamiendo y relamiendo como un perro, metiéndomelos en la boca, primero uno y luego otro, sacándomelos y capturando de nuevo los de Tanju, volviendo a los del cincuentón, que se sostenía el delantal en lo alto como podía.

Descansé un momento. Me puse en pie y me sequé el sudor de la frente.

—¿Y vosotros qué? —me referí a Hasret y a Boktan—. ¿Quiero comerme también los vuestros?

Los dos tipos se miraron y sonrieron. Así que al momento siguiente estaba rodeado por cuatro turcos, con los pantalones por los tobillos y dándome sus ricas pelotas peludas. Yo de rodillas en el cuartucho, debajo de la bombilla, y ellos alrededor. Me agarraba a sus robustas y peludas piernas morenas y sin reparo subía con mis dedos hasta sus muslos y los hundía en sus mullidos y redondos culos, descubriendo que, curiosamente, Hasret, Boktan y Tanju tenían los cachetes casi imberbes y luego buena cantidad de pelos en sus rajas. Sefer, el cincuentón, era caso aparte, pues su culo era redondo y más gordo y era propio de un oso, bien peludo todo entero.

Continuaba comiéndoles los cojones y los tíos lo gozaban. Tenían los cuatro la polla fláccida y no se empalmaban, a pesar de meneársela y pegarse tirones. A ratos me daban pollazos en la cara, me pasan las manos por el pelo y me animaban a seguir comiéndome sus bolazas gordas y morenas, que ya chorreaban de salivas, pues yo les escupía en ellas y después volvía a chupar. Por momentos, les obligaba a pegarse los unos a los otros para meterme en la boca el cojón de uno y de otro. He incluso intenté meterme tres cojones diferentes, pero era difícil. A pesar de lo entregados que estaban los cuatro turcos, que, cada vez más calientes ante la intensidad y las ganas que le ponía, estaban más y más entregados. Tanto que subía mis manos por sus vientres y por sus pechos para sobarles y no decían ni pío.

Los cinco sudábamos la gota gorda en aquel cuarto que comenzaba a alcanzar temperaturas altísimas. Así que empezamos a despelotarnos. Ellos se sacaron los pantalones que tenía por los tobillos y se quitaron las camisetas, quedándose en pelotas y sólo con los calcetines puestos. Lo mismo que hice yo, pero yo me dejé las deportivas puestas. Al olor a macho del cuartito, se unió el de sudor y, como no, el de pies. Pues las zapatillas de aquellos hombres transpiraban ahora esparcidas por el estrecho habitáculo. Pero fuera de molestar, acompañaba al clímax que allí se estaba motando.

Tenía a cuatro turcos de pie frente a mí, despelotados, con sus cojones brillando por mi saliva y sus pechos al descubierto. Pude comprobar que Tanju estaba increíblemente bueno y cachas, sin vellos en el pecho; que Hasret, con toda su altura, estaba fibradísimo y delgado y que se le marcaban los abdominales y los pectorales a más no poder, con el torso imberbe a excepción de una línea de vello en su ombligo; que Boktan estaba bien, ni delgado ni gordo, con un vientre mullido que daban ganas de morder y sobar, así como su pecho algo peludo y sus tetas con aquellos pezonillos pequeños y oscuros; y por último Sefer con su hinchada, gorda y dura tripa cubierta de vello, como el osazo robusto que era.

Me puse de pie abruptamente, jugándome el todo por el todo, y sin dejar tiempo de reacción al cincuentón, me abalancé sobre él con la boca abierta, puse una mano en su nuca y le comí la boca. En un primer instante el tipo no reaccionó, pero al siguiente ya notaba su poblado bigote jugando contra mi cara y su juguetona lengua luchando con la mía. Me estaba fundiendo en un morreo con aquel toro anatolio que no había podido pararme. Entonces noté una presión detrás de mí. Un bocado se descargó en mi cuello y me hice abandonar la boca de Sefer. Dos robustas manos me sujetaban por la cintura, unas las del jefe y las otras las de Hasret, que se agachaba levemente para comerme el cuello y soltarme bocados mientras su polla larguirucha, fláccida y colgante jugueteaba justo por encima de mi culo.

¡Turcos maricones! Ahora aquellos dos putos me comían el cuello a la par, dejándome rastros de saliva mientras Boktan y Tanju miraban meneándose el rabo. Abrí de nuevo mi boca casi inconscientemente y en ella volvió a colarse la lengua de Sefer, que buscaba mis besos. Le sujeté por la nuca, le rodee el cuello con mis brazos y me entregué a él, al roce de mis duros y fibrados abdominales contra su robusta tripa velluda y cosquilleante, que resbalaba a causa del sudor. Hasret tiró de mi cabeza, me separón de Sefer y echándome el cuello hacia atrás, acopló su boca a la mía, morreándome también, lenta, intensamente, como nunca antes me habían besado, como sólo debían saber besar los turcos.

—¿Quiero polla? —gimoteé separándome de sus labios.

Sólo tuve que pedir, porque al instante volvía a estar hincado de rodillas con los cuatro rodeándome. Alcé mis manos y capturé la polla fofa de Sefer y la delgada y pequeña de Tanju. Comencé a meneárselas y a masturbarles mientras en la boca me introducía la lanza de carne de Hasret, que cuando empezara a crecer ocurriría como con la de Sefer, serían monstruosas. Así fue, a los dos minutos las cuatro pollas habían tomando un diámetro considerable. Las más suculentas parecían la del cincuentón, que debían de ser diecisiete centímetros de carne venosa y gorda, un salchichón turco de un grosor importante; y la de Hasret, larga hasta casi los dieciocho o diecinueve centímetros, no tan gorda como la de Sefer, pero importante también. Y luego las no desdeñables pollas de Boktan, que era normal, de unos 15 cm., y la de Tanju, aquel cachas turco que tenía una polla ciertamente pequeña pero que me comía con una lujuria increíble. Apenas 13 cm. de polla deliciosa que el chaval me entregaba con esmero. ¿Qué coño me importaba a mí el tamaño? Yo quería pollas, ricas pollas, daba igual la forma, la largura o el color. Así que Tanju fue uno de los más beneficiados por mí, porque dejé que me follara la boca todo el tiempo que quiso, hasta que dejaba hueco a uno de sus amigos, que me enriscaban sus cipotes para que los relamiera y los dejara bien duros y relucientes, con aquellos imponente y duros capullazos sobre los que descargaba dentelladas.

Llegado el momento les vi vencidos ya, con unas ganas horrorosas de cascársela y de correrse. Pero yo quería hacerles sufrir un poco más. No quería que la diversión se acabara tan temprano. Así que volví a la carga, ahora intercalando comida de huevos con comida de polla. Me metía las pollas de dos en dos, me comía sus cojones, les besaba sus velludos muslos, el vientre. Y ya entregado a la causa, comenzaba a escalar con mi lengua por sus ácidos y sudorosos abdómenes y pechos. Es más les senté a los cuatro y me dediqué a comerles los vientres, paseando mi boca por los duros abdominales de Tanju y Hasret, perdiéndome en el ombligo de Boktan o restregando mi cara contra la peluda e hinchada tripa de Sefer. Volvía a hincarme sus rabos, volvía a lamerles el abdomen y me enganchaba a mamarles las tetas. Les sujetaba del cuello y le morreaba. Ya me morreaban los cuatro y se peleaban por hacerlo. Me ponía de rodillas en el centro del cuarto y ellos se agachaban para meter su cara y su boca, con sus ralas barbas rascándome.

Volví a levantarme y empujé al buenorro de Tanju para que se sentara de nuevo en el barril de cerveza. Me senté sobre él, cara a cara, y comencé a morrearle y a sobarle mientras los demás ponían sus manos en mi cabeza para que no dejara de morrear al cumpleañero. Boktan me daba hostias en el cuelo y Hasret me mordía los hombros y el cuello. Después volvía a agacharme y me comía la minipolla del chaval, que gemía sin ningún reparo y decía cosas en turco que sonaban a insultos y palabras malsonantes. Paré de comérsela, le miré, me miró y le dije autoritariamente que se pusiera a cuatro patas sobre el barril. Iba a comerme su culo.

El chico obedeció como un rayo, poniendo su culazo en pompa, todo para mí. Me lancé a él y a la primera de cambio escarbé con mi lengua entre los pelos de su raja hasta detectar y clavar la punta de mi músculo bucal en todo su agujero. El chico gimió. Aquel culo sabía y olía a sudor reconcentrado. Restregué toda mi boca y mi lengua por él. Me lo zampé con avaricia y cuando creí que perdía el sentido me di cuenta de que tenía otros tres culazos más. Me giré y descubrí a Hasret, mirándome y masturbándose.

—Ahora tú —le dije.

Y el tipo se plantó a cuatro patas en el barril que había junto al de Tanju, que incómodo, abandonó su anterior posición. Y allí estaba Hasret, con 1’90 de altura, a cuatro patas sobre un barril, con lo largo que era, dándome su culo. Entonces un fuerte olor invadió mis fosas nasales. Bajé la cabeza y descubrí los enormes pies de Hasret, todavía cubiertos por aquellos calcetines blancos. Ni lo pensé, agarré el gigantesco pie y con calcetín y todo me lo metí en la boca. Un fortísimo regusto salado golpeó en mis papilas. Tragué saliva, degustando el sabor y continué comiéndomelo bajo la mirada atónita de los demás, que me contemplaban con sus pollas duras a más no poder. Hasret giraba su cuello para mirarme. Entonces, me retiró su pie, se sentó en el barril, se sacó ambos calcetines y volvió a entregármelo.

—Mejor así —me dijo.

Ahora pude contemplar aquel gigantesco pie de lo menos una talla 44 o 45, de dedos inmensos, gruesos y gordísimos. No me cabía casi en la boca. Mis comisuras tiraban hasta molestar. Le rechupeteé todo, incluso entre los dedos. Y justo cuando estaba comiéndome el dedo gordo, llega Sefer, se clava de rodillas junto a mí y me pide que le de.

Sin pensármelo y cachondo como esto, flipo al ver al cincuentón metiéndose en la boca el pie de Hasret. Eso nos pones cachondos a todos, pues nos pajeamos con más energía. Falta poco, falta muy poco. Con mi boca libre, Tanju se acerca por detrás, me hace levantar mi cabeza hacia el techo y me morrea, sin dejar de masturbarse su corta polla. Entonces sé lo que va a ocurrir, pues comienza a gemir, se incorpora, me sujeta la cabeza y me acerca la polla a la cara. Quiere correrse en mi cara y así va a ser.

Abro mi boca para capturar algún que otro trallazo de lefada turca, que no se hace esperar. Planta su rosado capullo debajo de mi nariz, justo encima de la boca y ahí empieza a descargar sus trallazos de nata, que finalmente resultan ser cuantiosos como bien auguraba aquel licor. Me escurren y chorrean por todos lados, ardiendo, caliente. Y Tanju me mete la polla todavía soltando algunos restos más que me da a degustar. Sabe muy buena. Me relamo y todo. Estoy a tope. Noto que mi polla esta demasiado tiesa y me pide descargar. Parece que la de Boktan también. Mientras doy unos cuantos chupetones más los arrugados cojones de Tanju, Boktan se me acerca me pone también mirando la cara hacia arriba pero hace algo extraño. Coloca su polla también debajo de mi nariz, sólo que calculando mejor que Tanju. Me pregunto qué coño hace. Pero ya es demasiado tarde cuando me doy cuenta. Boktan va a correrse y quiere que sus chorrados vayan a parar dentro de mi nariz. ¡Maldito cabrón pervertido!, pienso. Pero fuera de echarme atrás y sabiendo que va a escocer, le agarro de las caderas para que se me corra y , si es capaz, me lefe toda la nariz. Abro las fosas nasales y el primer chorro se estrella en todo el agujero. La lefada no entra ni de coña, pero el tipo lo ha intentado. Me deja la cara echa un cromo, toda llena de leche. También tenía los huevos llenos de leche. Me meto su cipote en la boca y se lo dejo limpio, mientras noto su corrida y la de Tanju recorriendo mi piel. Me encanta la sensación. Y todavía me quedan dos turcos.

Sefer está de rodillas. Ha dejado el pie de Hasret, que se pajea como un energúmeno. Sefer me sonríe, me acerco a él. Me pajeo y con la mano libre le acarició la tripa, llevo una mano a su culo, le separo las nalgas y meto mis dedos en su calurosa y sudada raja. Con la boca sabiéndome a corrida le mamo una teta. Le siento vibrar. Sefer se va a correr. Bajo mi cara y me meto su polla en la boca. Ahora voy a descubrir si los efectos de ese licor son verdaderos. Y me aterrorizo al ver que no soy capaz de contener dentro de mi boca el quinto disparo de leche que Sefer me entrega, vaciando sus inmensos cojones en mi interior. Trago la espesa y blanquecina leche, pero a pesar de ello, se me escapa por las comisuras.

Creo que estoy demasiado entregado a saborear tal manjar, porque Hasret se corre también. Le veo que se ha puesto en pie, con su gigantesca altura, y que se acerca a nosotros. Lo que me deja perplejo y extrañado es que flexiona las rodillas algo lejos de donde estoy. Me incorporo un poco para alcanzar su polla y zamparme su leche cuando descubro que es demasiado tarde. Esa leche no va para mí. Un potentísimo chorro de lefa hace blanco en toda la cara del cincuentón Sefer, que abre la boca y gime de sorpresa al sentir el chorro espeso y ardiente que ha salido directamente de los huevos de Hasret. A este trallazo le siguen unos cuantos más que dejan la cara del jefe totalmente nevada y grumosa. La corrida de Hasret ha sido la más monumental, superando con creces la de Sefer. Continuo en shock. Hasret se desploma sobre un barril e intenta recuperar la respiración. Sefer se limpia con los dedos la corrida y yo caigo rendido al suelo, tumbado en aquel sucio cuartillo y siendo observado por los cuatro extenuados turcos.

¡Turcos maricones! La próxima me dejaré dar por el culo. De eso no hay duda.

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