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[ higos, se acabaron los amigos. (Gracias a Jean Solis) ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 24-Ago-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (6406 de 6573)

Vecinos (6)

paterbond007
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Filial Gay.-Reencuentro de los dos hermanos, más hechos incestuosos y llegada a la cabaña donde esperan algunas sorpresas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

VECINOS – 6

El intercambio de hijos lo realizamos muy avanzada la mañana. Doy por supuesto que mi vecino Ricardo y mi hijo David han tenido, también , una noche muy movidita, por lo que espero a que Marianito, después de haberse tomado su “lechita”, duerma todo lo que quiera antes de llevarlo a su casa.

Estoy medio adormilado. Sentado en la cocina doy sorbos a un café muy cargado, que, espero, me haga retornar al mundo de los vivos. Llevo unas ojeras que me llegan hasta las ingles.

Doy vueltas a mi cabeza al tema de donde colocar a mis invitados. Recuerdo que mi vecino Ricardo me ha comentado en alguna ocasión que posee un chalet -más bien cabaña- en una zona montañosa, no demasiado alejada, y que le haría ilusión de que fuésemos a pasar allí unos días, o , por lo menos un fin de semana. En realidad la invitación original era con la idea de ir los dos matrimonios junto con nuestros hijos, pero, dadas las circunstancias ( y los últimos acontecimientos) no creo que ponga excesivas pegas a que vayamos solamente los hombres.

Sonrío feliz. Ya tengo resuelto, de momento, el primer problema.

En total seremos siete. Ricardo, tal y como yo esperaba, no ha puesto ningún problema a que vayamos a su chalet en la sierra, y, enseguida , se ha puesto a organizarlo todo.

Marianito, en cuanto ha conocido al abuelo (mi padre), se ha puesto junto a él, pegado como una lapa. Parece que al muchachito le ha impresionado la majestuosidad de sus bigotazos blancos, la fortaleza que emana de su corpachón, la tonalidad de su voz tan grave...Debe ser porque el nene nunca conoció a sus propios abuelos, y echa en falta la figura del “yayo” que nunca tuvo.

Respiro tranquilo. Como mi padre ya está “fuera de órbita” en asuntos eróticos, seguro que sabe mantener a raya a esa llamarada sexual que es mi vecinito. Poco a poco, espero, las aguas volverán a su cauce, y aprovecharemos este fin de semana, juntos, en la cabaña de Ricardo, para olvidarnos de nuestros peligrosos desenfrenos carnales.

Mi vecino, por su parte, ha hecho muy buenas migas con mi sobrino Dani. El veinteañero está a la espera de que lo seleccionen como futbolista (para un equipo modesto, de tercera fila, pero equipo profesional al fin y al cabo), y Ricardo tiene asegurado un oyente boquiabierto para escuchar las batallitas de cuando él jugaba “en primera división”. Ahora mismo son dos machos rebosantes de testosterona, babeando mientras hablan de su deporte favorito.

Los cuatro van juntos en el todo terreno de Ricardo. Ha dicho mi vecino que se adelantarán para preparar un poco la cabaña antes de nuestra llegada. A mi me ha encomendado la misión del avituallamiento, además de proporcionarme un plano para poder llegar hasta el lugar donde está ubicado el chalet.

Mi hijo David va dormitando en el asiento de atrás. Marco y yo recorremos en silencio el camino que nos lleva hasta el supermercado junto a la autopista. La verdad es que estoy muy cabreado con él por el asunto del nene. No le he puesto muy buena cara y algo se huele, porque está cabizbajo y no se atreve a mirarme a los ojos.

Terminamos las compras y cargamos el coche. Antes de partir, nos acercamos a los urinarios para cambiarle el agua al canario. Seguimos en silencio. Solamente se oye el ruido de nuestras cremalleras y los chorros de orín que surgen humeantes. Miro de refilón su verga. La lleva morcillona...y tan gruesa y larga como la recuerdo. Sin darme cuenta paso la lengua por mis labios, relamiéndome mientras me vienen a la mente viejas imágenes. Tengo unas ganas enormes de tocarla. Extiendo la mano en un acto reflejo, enviado directamente desde el centro de mis morbos a mi brazo. Se la tomo justo en el momento en que él hace lo mismo con la mía. Con los pulgares acariciamos las suaves pieles de los prepucios, y , luego, a la vez, sacudimos la polla del otro mientras nos miramos a los ojos...y sonreímos por fin.

- ¿Te acuerdas, Rodrigo?- su voz resuena entre ronca y emocionada.

- ¡Claro, hermano! ¿Cómo no voy a acordarme?

Nos aplastamos contra las baldosas de la pared unidos en un abrazo con el que parece que nos queremos romper los huesos. Su barba raspa mi boca, y sus labios buscan los míos de una forma desesperada. Nuestras lenguas se enroscan en un beso que no tiene nada de fraterno. Marco mira en la profundidad de mis ojos y adivina el ruego que mi boca no se atreve a pronunciar. Abre la camisa tipo leñador que llevo puesta, y acerca los labios hacia mi pezón izquierdo. Gimo de placer cuando lo toma con los dientes. Echo la cabeza hacia atrás, con la nuez marcándose bajo mi piel. Sus uñas arañan mis pectorales, y luego toman cada uno de mis pezones, retorciéndomelos suavemente, mientras mi hermano se agacha delante de mí.

- ¿Porqué tardáis tanto? -la voz de David nos sobresalta a ambos, para decir a continuación- ¿Qué estás buscando, tío Marco?

- Estoooo. ¡Creo que se cayó una moneda!- mi hermano ha sido rápido en reaccionar, y ahora está a cuatro patas buscando una moneda imaginaria.

- ¿Te ayudo a buscarla? -mi hijo, como siempre, muy servicial. Luego mira hacia mi bragueta y dice ahogando una carcajada -¡Papi...qué se te sale el mondongo!

Hoy he tenido que ponerme los mismos pantalones vaqueros de ayer, los que están rotos por todos los lados, y por uno de los rajones se han salido mis huevos. Lo que me extraña es que no tenga la polla fuera, porque la llevo a mil.

Subimos al coche entre carcajadas. David se nota feliz de vernos contentos a nosotros. Incluso silbamos, juntos, una tonadilla de los viejos tiempos.

En el interior del auto hace un calor espantoso. No quiero bajar las ventanillas, porque vamos por un camino polvoriento que nos puede ahogar en un instante; pero el que no funcione el aire acondicionado es un suplicio. Sudamos a chorros. Finalmente me despojo de la camisa. Mi hijo, desde atrás, se recuesta con la cabeza sobre mi hombro. Sus manos juguetean con los hilillos de sudor que recorren mi torso. Con sus dedos acaricia mis pezones, terminando por pellizcarlos, dándoles vueltas como si estuviese buscando la sintonía en una radio. Me está poniendo a mil.

- Hermano -la voz de Marco suena entre excitada y extrañada-¿Has visto como estás?

- Noooooooo.

Miro hacia mi bragueta. La polla me sale, totalmente libre, por uno de los múltiples rasgones del jean. Mi hermano la toma entre sus dedos callosos y la acaricia suavemente, sin dejar de conducir. David se entretiene comiéndome la oreja. Vuelvo el rostro hacia él y se juntan nuestras bocas. Nos damos un beso profundo. El mio debe saber a tabaco, el de él, a chicle de menta.

- Pasa delante, hijo.

- Si, Papi- mi hijo, obediente, se cuela entre ambos asientos hasta que lo tengo colocado ante mí. Abarco su paquete metiendo la mano entre sus muslos, desde atrás, mientras acaricio los vellos incipientes que ya brotan de sus piernas zanquilargas.

No espero a que se desabroche el pantaloncito. Meto los dedos por un pequeño rajón y hago que la costura reviente como una granada madura. El ojete de mi hijo me espera palpitante.

- ¡Uffffffffff, papi....qué buenooooo!

David está sentado sobre mi regazo, con mi verga incrustada hasta las pelotas en el ojo de su culo. En cada bache de la carretera, el coche hace un movimiento de sube y baja, y la polla penetra hasta el fondo y vuelve a salir durante unos segundos. Mi hermano conduce mientras escarba en sus pantalones. Saca la verga larga y gruesa, cabezona, tan tiesa como un palo. Comienza a meneársela.

- Espera, tito Marco -la voz de mi hijo es tan cálida que me indica que está gozando lo indecible. Sin perder ni un milímetro de contacto con mi polla, se dobla por la cintura y toma la verga de su tío entre sus labios.

- ¡¡Mmmmmmmm!! -gime mi hermano -¡Rico, rico, ricooooo! .¡ Sobrineteeee, que gusto me das, cabrón!

- Saca tus pelotas, tío.¡ Me muero por chuparlas... como aquella primera vez!

Primera vez. Primera vez. Esas dos palabras golpean mi cerebro y me recuerdan que yo debo estar muy enfadado con mi hermano.

- ¡Quita de ahí, David!

Tiro del pelo de mi hijo apartándole de la entrepierna de mi hermano, y ambos quedan mirándome expectantes.

- ¿Qué pasa, papi?

- Eso, Rodrigo, ¿qué mosca te picó ahora?

No contesto a la pregunta, sino que adelanto la mano izquierda y le tomo los testículos retorciéndoselos dolorosamente.

- ¡¡Agggggggggggg!! Pero...¡Rodrigooooo, déjame los huevos! -su voz es agónica. Pega un volantazo que hace patinar el coche hasta que queda empotrado contra unos arbustos que crecen al borde de la carretera.

- ¡Te los dejaré cuando me cuentes, de una puta vez, como se te ocurrió seducir a mi hijo, mariconazo de mierda!

- ¿Seducir, yo, a tu hijo? ¿Cuándo?

- Mira, mira...¡No hagas que me cabree más! -nuevo retorcimiento de cojones-¿Acaso no acabas de oír lo que ha dicho? : “...me muero por chuparlas ...como aquella primera vez” ¿De qué primera vez está hablando mi hijo? ¿Cómo pudiste...cómo pudiste...?

- Es que...no lo sé, hermano. Te lo digo sinceramente. Fue algo que ocurrió casi sin pensar.

- Pero...¿cuándo? ¿cómo...?

- Yo tuve la culpa, papá.

- ¿Tú, hijo? ¿Qué estás diciendo?

- Fui yo el que sedujo a tío Marco, y no al revés, como tu supones. Yo lo comencé todo.

Estoy muy molesto con mi hijo, así que le hago desenchufarse de mi polla. El chico abrocha sus pantalones como puede y pasa otra vez a la parte de atrás del coche. Desde allí sigue hablando con voz culpable.

- Bueno, en realidad yo llevaba mucho tiempo deseando que tío Marco me mirase con otro tipo de ojos. Aprovechaba cada ocasión en que nos reuníamos las familias para espiarle. Cierta vez le había visto en calzoncillos, y, desde entonces, mi obsesión era ver algo más. El, en broma, me preguntaba si yo tenía novia y esas cosas que soléis preguntar los adultos a los niños, más por reíros de nosotros que por verdadera curiosidad. Yo le miraba con cara de bobo, porque tenía ganas de decirle lo que en realidad me gustaría hacer...pero no con una novia, sino con él.

Un día estuve presente mientras se cambiaba de ropa en el dormitorio. Llegué a verle desnudo, y un cosquilleo muy grato me recorrió la panza hasta llegar a provocar en mí una erección. Recorrí su cuerpo con los ojos de arriba a abajo. Mi mirada se quedó clavada en sus genitales: un miembro grueso, incircunciso, con un par de testículos enormes, colgantes, velludos...Tuve unas ganas enormes de sobarlos, lamerlos, chuparlos, olerlos...Fui tan descarado que terminó dándose cuenta, así que se volvió de espaldas ocultándose a mi mirada. Quedé avergonzado, temiendo que se hubiese molestado conmigo.

Pasó el tiempo. En la siguiente reunión familiar, yo apenas me atrevía a mirarle a la cara, pero, por cosas del destino, tuve que compartir cama con él. Llegada la noche corrí a acostarme el primero. Cuando acudió a la alcoba, se desnudó por completo, quedando solamente en calzoncillos. Se acostó dejando la luz encendida. Yo estaba muy nervioso, quizá excitado, hasta el punto de que se dio cuenta. Finalmente, sonrió y me dijo:

- ¡Ahhhh! ¡Qué muchacho éste! ¿Quieres verlos otra vez, verdad?

En ese momento quise que me hubiese tragado la tierra, o estar a miles de kilómetros de allí. Quedé callado como un muerto. Quizá él se dio cuenta, puesto que me hablaba y yo no le contestaba. Hasta que al final me dijo:

- Si viéndomelos se te quita la curiosidad, y , además, vuelves a hablarme, pues míramelos. - y se los sacó por una pierna de los calzoncillos.

Yo no me atrevía a moverme, y mucho menos a mirarle, así que me abrazó, me consoló y me dijo:

- No tengas miedo, sobrino...¡Míralos todo lo que quieras! - y, entonces, me atreví a mirar, quedando la imagen de los huevos saliendo de los calzoncillos, enormes, colgantes y muy velludos, grabada en mi mente para siempre.

- Pero...-mi voz suena algo más calmada- esto que me cuentas no es nada malo, hijo.

- Ya, papá. Nada de lo que he hecho nunca con el tío es malo...¿verdad tío?

- Bueno...yo....-mi hermano se atraganta con su propia saliva.

- Las siguientes noches -mi hijo sigue con la historia – pasé de la curiosidad de solo mirarlos...a algo más. Esa sensación de tenerlos en mi manita, pesados, suaves, sentir la rugosidad y sus vellos...Luego pasé a olerlos, y , finalmente...a lamerlos. Nuestra confianza fue aumentando de día en día. Comenzamos un juego que consistía en que el tío aprovechaba cualquier ocasión para exhibirse ante mí: al subir a su camioneta se abría la bragueta y dejaba colgando fuera su pene y sus testículos, ante mi vista, y a mí me parecía el colmo de la virilidad.

Aprendí a masturbarlo. Casi sin darnos cuenta, mis caricias fueron aumentando de intensidad y terminé haciéndole unas soberanas pajas. Me gustaba meneársela, sentir en mi mano su pene duro, y...me encantaba ver como eyaculaba. Un día me dijo que pusiese las manos formando conchita, y allí me echó toda su leche, corriéndose con un esperma blanco y espeso. Acerqué las manos hasta mi rostro, metí la nariz para oler aquel liquido viscoso y apetecible, y, finalmente, lo probé con la punta de lengua.

Si estaba cerca cuando el tío orinaba, corría hasta él para poder sacudirle la verga cuando terminaba. Ya sabes que tiene un capullo grande en una polla de unos 17 cms., algo gruesa pero muy cabezona. Cuando teníamos ocasión de dormir juntos, aprovechaba para mamársela, y lo que más me gustaba era dormirme con su glande en la boca. Era delicioso. Y, un día, llegado el momento, me penetró.

- ¡Calla, David! ¡No quiero saber más! Ya tengo claro que la culpa no ha sido de él, y con éso me basta, pero calla de una puta vez, porque me estoy poniendo enfermo...

Y, realmente, así es. Mi “enfermedad” consiste en un vergajo que se cimbrea entre mis piernas y que está anhelando meterse otra vez en el culito de mi vástago. Pero ni siquiera puedo pensar en ello, puesto que, en este momento, acabamos de llegar al chalet de Ricardo.

Ni el dueño de la finca ni mi sobrino Dani están a la vista. En el porche, jugando con una rueda de camión que hace las veces de columpio, el abuelo y mi vecinito, el hijo de Ricardo, componen una estampa muy familiar.

El niño, sentado en la rueda que cuelga de una cuerda gruesa, grita de excitación cada vez que mi padre lo recibe, lo para unos instantes arrimado contra su gorda panza, y vuelve a empujarle para que se balancee. La sonrisa del abuelo es beatífica. Al nene le brillan los ojos de excitación y tiene una sonrisa de oreja a oreja.

Parece que ya se han exorcizado los demonios de la lujuria en esta familia. Espero que con la confesión de mi hijo todo haya acabado. Y, el ver esta estampa tan linda, tan inocua, tan pura, viejo y niño jugando, hace que tome aire llenando mis pulmones con una sensación de paz muy grata.

Me acerco hasta el porche cargando un cajón con vituallas. Mi padre, que no se había percatado de mi presencia, queda un tanto en suspenso. En ese momento Marianito está sujeto por sus brazos, con la parte de atrás de su cuerpo pegado contra el bajo vientre del abuelo. Lo empuja hacia delante, en un acto reflejo, como si quisiese alejarle de sí. El niño chilla de placer. Ahora, al estar junto a ellos, me doy cuenta del “juego”.

Marianito, con el culo en pompa asomando por el agujero de la rueda, es alejado del cuerpo del hombre maduro. El columpio llega al final del recorrido y vuelve hacia atrás...justamente hasta el punto donde mi padre, con la bragueta abierta, con la verga erecta, lo está esperando para ensartarlo cuando llegue junto a él.

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