VECINOS – 6
El intercambio de hijos lo realizamos muy avanzada la mañana.
Doy por supuesto que mi vecino Ricardo y mi hijo David han tenido, también , una
noche muy movidita, por lo que espero a que Marianito, después de haberse tomado
su “lechita”, duerma todo lo que quiera antes de llevarlo a su casa.
Estoy medio adormilado. Sentado en la cocina doy sorbos a un
café muy cargado, que, espero, me haga retornar al mundo de los vivos. Llevo
unas ojeras que me llegan hasta las ingles.
Doy vueltas a mi cabeza al tema de donde colocar a mis
invitados. Recuerdo que mi vecino Ricardo me ha comentado en alguna ocasión que
posee un chalet -más bien cabaña- en una zona montañosa, no demasiado alejada, y
que le haría ilusión de que fuésemos a pasar allí unos días, o , por lo menos un
fin de semana. En realidad la invitación original era con la idea de ir los dos
matrimonios junto con nuestros hijos, pero, dadas las circunstancias ( y los
últimos acontecimientos) no creo que ponga excesivas pegas a que vayamos
solamente los hombres.
Sonrío feliz. Ya tengo resuelto, de momento, el primer
problema.
En total seremos siete. Ricardo, tal y como yo esperaba, no
ha puesto ningún problema a que vayamos a su chalet en la sierra, y, enseguida ,
se ha puesto a organizarlo todo.
Marianito, en cuanto ha conocido al abuelo (mi padre), se ha
puesto junto a él, pegado como una lapa. Parece que al muchachito le ha
impresionado la majestuosidad de sus bigotazos blancos, la fortaleza que emana
de su corpachón, la tonalidad de su voz tan grave...Debe ser porque el nene
nunca conoció a sus propios abuelos, y echa en falta la figura del “yayo” que
nunca tuvo.
Respiro tranquilo. Como mi padre ya está “fuera de órbita” en
asuntos eróticos, seguro que sabe mantener a raya a esa llamarada sexual que es
mi vecinito. Poco a poco, espero, las aguas volverán a su cauce, y
aprovecharemos este fin de semana, juntos, en la cabaña de Ricardo, para
olvidarnos de nuestros peligrosos desenfrenos carnales.
Mi vecino, por su parte, ha hecho muy buenas migas con mi
sobrino Dani. El veinteañero está a la espera de que lo seleccionen como
futbolista (para un equipo modesto, de tercera fila, pero equipo profesional al
fin y al cabo), y Ricardo tiene asegurado un oyente boquiabierto para escuchar
las batallitas de cuando él jugaba “en primera división”. Ahora mismo son dos
machos rebosantes de testosterona, babeando mientras hablan de su deporte
favorito.
Los cuatro van juntos en el todo terreno de Ricardo. Ha dicho
mi vecino que se adelantarán para preparar un poco la cabaña antes de nuestra
llegada. A mi me ha encomendado la misión del avituallamiento, además de
proporcionarme un plano para poder llegar hasta el lugar donde está ubicado el
chalet.
Mi hijo David va dormitando en el asiento de atrás. Marco y
yo recorremos en silencio el camino que nos lleva hasta el supermercado junto a
la autopista. La verdad es que estoy muy cabreado con él por el asunto del nene.
No le he puesto muy buena cara y algo se huele, porque está cabizbajo y no se
atreve a mirarme a los ojos.
Terminamos las compras y cargamos el coche. Antes de partir,
nos acercamos a los urinarios para cambiarle el agua al canario. Seguimos en
silencio. Solamente se oye el ruido de nuestras cremalleras y los chorros de
orín que surgen humeantes. Miro de refilón su verga. La lleva morcillona...y
tan gruesa y larga como la recuerdo. Sin darme cuenta paso la lengua por mis
labios, relamiéndome mientras me vienen a la mente viejas imágenes. Tengo unas
ganas enormes de tocarla. Extiendo la mano en un acto reflejo, enviado
directamente desde el centro de mis morbos a mi brazo. Se la tomo justo en el
momento en que él hace lo mismo con la mía. Con los pulgares acariciamos las
suaves pieles de los prepucios, y , luego, a la vez, sacudimos la polla del otro
mientras nos miramos a los ojos...y sonreímos por fin.
- ¿Te acuerdas, Rodrigo?- su voz resuena entre ronca
y emocionada.
- ¡Claro, hermano! ¿Cómo no voy a acordarme?
Nos aplastamos contra las baldosas de la pared unidos en un
abrazo con el que parece que nos queremos romper los huesos. Su barba raspa mi
boca, y sus labios buscan los míos de una forma desesperada. Nuestras lenguas se
enroscan en un beso que no tiene nada de fraterno. Marco mira en la profundidad
de mis ojos y adivina el ruego que mi boca no se atreve a pronunciar. Abre la
camisa tipo leñador que llevo puesta, y acerca los labios hacia mi pezón
izquierdo. Gimo de placer cuando lo toma con los dientes. Echo la cabeza hacia
atrás, con la nuez marcándose bajo mi piel. Sus uñas arañan mis pectorales, y
luego toman cada uno de mis pezones, retorciéndomelos suavemente, mientras mi
hermano se agacha delante de mí.
- ¿Porqué tardáis tanto? -la voz de David nos
sobresalta a ambos, para decir a continuación- ¿Qué estás buscando, tío Marco?
- Estoooo. ¡Creo que se cayó una moneda!- mi hermano
ha sido rápido en reaccionar, y ahora está a cuatro patas buscando una moneda
imaginaria.
- ¿Te ayudo a buscarla? -mi hijo, como siempre, muy
servicial. Luego mira hacia mi bragueta y dice ahogando una carcajada
-¡Papi...qué se te sale el mondongo!
Hoy he tenido que ponerme los mismos pantalones vaqueros de
ayer, los que están rotos por todos los lados, y por uno de los rajones se han
salido mis huevos. Lo que me extraña es que no tenga la polla fuera, porque la
llevo a mil.
Subimos al coche entre carcajadas. David se nota feliz de
vernos contentos a nosotros. Incluso silbamos, juntos, una tonadilla de los
viejos tiempos.
En el interior del auto hace un calor espantoso. No quiero
bajar las ventanillas, porque vamos por un camino polvoriento que nos puede
ahogar en un instante; pero el que no funcione el aire acondicionado es un
suplicio. Sudamos a chorros. Finalmente me despojo de la camisa. Mi hijo, desde
atrás, se recuesta con la cabeza sobre mi hombro. Sus manos juguetean con los
hilillos de sudor que recorren mi torso. Con sus dedos acaricia mis pezones,
terminando por pellizcarlos, dándoles vueltas como si estuviese buscando la
sintonía en una radio. Me está poniendo a mil.
- Hermano -la voz de Marco suena entre excitada y
extrañada-¿Has visto como estás?
- Noooooooo.
Miro hacia mi bragueta. La polla me sale, totalmente libre,
por uno de los múltiples rasgones del jean. Mi hermano la toma entre sus dedos
callosos y la acaricia suavemente, sin dejar de conducir. David se entretiene
comiéndome la oreja. Vuelvo el rostro hacia él y se juntan nuestras bocas. Nos
damos un beso profundo. El mio debe saber a tabaco, el de él, a chicle de menta.
- Pasa delante, hijo.
- Si, Papi- mi hijo, obediente, se cuela entre ambos
asientos hasta que lo tengo colocado ante mí. Abarco su paquete metiendo la mano
entre sus muslos, desde atrás, mientras acaricio los vellos incipientes que ya
brotan de sus piernas zanquilargas.
No espero a que se desabroche el pantaloncito. Meto los dedos
por un pequeño rajón y hago que la costura reviente como una granada madura. El
ojete de mi hijo me espera palpitante.
- ¡Uffffffffff, papi....qué buenooooo!
David está sentado sobre mi regazo, con mi verga incrustada
hasta las pelotas en el ojo de su culo. En cada bache de la carretera, el coche
hace un movimiento de sube y baja, y la polla penetra hasta el fondo y vuelve a
salir durante unos segundos. Mi hermano conduce mientras escarba en sus
pantalones. Saca la verga larga y gruesa, cabezona, tan tiesa como un palo.
Comienza a meneársela.
- Espera, tito Marco -la voz de mi hijo es tan cálida
que me indica que está gozando lo indecible. Sin perder ni un milímetro de
contacto con mi polla, se dobla por la cintura y toma la verga de su tío entre
sus labios.
- ¡¡Mmmmmmmm!! -gime mi hermano -¡Rico, rico,
ricooooo! .¡ Sobrineteeee, que gusto me das, cabrón!
- Saca tus pelotas, tío.¡ Me muero por chuparlas...
como aquella primera vez!
Primera vez. Primera vez. Esas dos palabras golpean mi
cerebro y me recuerdan que yo debo estar muy enfadado con mi hermano.
- ¡Quita de ahí, David!
Tiro del pelo de mi hijo apartándole de la entrepierna de mi
hermano, y ambos quedan mirándome expectantes.
- ¿Qué pasa, papi?
- Eso, Rodrigo, ¿qué mosca te picó ahora?
No contesto a la pregunta, sino que adelanto la mano
izquierda y le tomo los testículos retorciéndoselos dolorosamente.
- ¡¡Agggggggggggg!! Pero...¡Rodrigooooo, déjame los
huevos! -su voz es agónica. Pega un volantazo que hace patinar el coche hasta
que queda empotrado contra unos arbustos que crecen al borde de la carretera.
- ¡Te los dejaré cuando me cuentes, de una puta vez,
como se te ocurrió seducir a mi hijo, mariconazo de mierda!
- ¿Seducir, yo, a tu hijo? ¿Cuándo?
- Mira, mira...¡No hagas que me cabree más! -nuevo
retorcimiento de cojones-¿Acaso no acabas de oír lo que ha dicho? : “...me muero
por chuparlas ...como aquella primera vez” ¿De qué primera vez está hablando mi
hijo? ¿Cómo pudiste...cómo pudiste...?
- Es que...no lo sé, hermano. Te lo digo
sinceramente. Fue algo que ocurrió casi sin pensar.
- Pero...¿cuándo? ¿cómo...?
- Yo tuve la culpa, papá.
- ¿Tú, hijo? ¿Qué estás diciendo?
- Fui yo el que sedujo a tío Marco, y no al revés,
como tu supones. Yo lo comencé todo.
Estoy muy molesto con mi hijo, así que le hago desenchufarse
de mi polla. El chico abrocha sus pantalones como puede y pasa otra vez a la
parte de atrás del coche. Desde allí sigue hablando con voz culpable.
- Bueno, en realidad yo llevaba mucho tiempo deseando
que tío Marco me mirase con otro tipo de ojos. Aprovechaba cada ocasión en que
nos reuníamos las familias para espiarle. Cierta vez le había visto en
calzoncillos, y, desde entonces, mi obsesión era ver algo más. El, en broma, me
preguntaba si yo tenía novia y esas cosas que soléis preguntar los adultos a los
niños, más por reíros de nosotros que por verdadera curiosidad. Yo le miraba con
cara de bobo, porque tenía ganas de decirle lo que en realidad me gustaría
hacer...pero no con una novia, sino con él.
Un día estuve presente mientras se cambiaba de ropa en el
dormitorio. Llegué a verle desnudo, y un cosquilleo muy grato me recorrió la
panza hasta llegar a provocar en mí una erección. Recorrí su cuerpo con los ojos
de arriba a abajo. Mi mirada se quedó clavada en sus genitales: un miembro
grueso, incircunciso, con un par de testículos enormes, colgantes,
velludos...Tuve unas ganas enormes de sobarlos, lamerlos, chuparlos,
olerlos...Fui tan descarado que terminó dándose cuenta, así que se volvió de
espaldas ocultándose a mi mirada. Quedé avergonzado, temiendo que se hubiese
molestado conmigo.
Pasó el tiempo. En la siguiente reunión familiar, yo apenas
me atrevía a mirarle a la cara, pero, por cosas del destino, tuve que compartir
cama con él. Llegada la noche corrí a acostarme el primero. Cuando acudió a la
alcoba, se desnudó por completo, quedando solamente en calzoncillos. Se acostó
dejando la luz encendida. Yo estaba muy nervioso, quizá excitado, hasta el punto
de que se dio cuenta. Finalmente, sonrió y me dijo:
- ¡Ahhhh! ¡Qué muchacho éste! ¿Quieres verlos otra
vez, verdad?
En ese momento quise que me hubiese tragado la tierra, o
estar a miles de kilómetros de allí. Quedé callado como un muerto. Quizá él se
dio cuenta, puesto que me hablaba y yo no le contestaba. Hasta que al final me
dijo:
- Si viéndomelos se te quita la curiosidad, y ,
además, vuelves a hablarme, pues míramelos. - y se los sacó por una pierna de
los calzoncillos.
Yo no me atrevía a moverme, y mucho menos a mirarle, así que
me abrazó, me consoló y me dijo:
- No tengas miedo, sobrino...¡Míralos todo lo que
quieras! - y, entonces, me atreví a mirar, quedando la imagen de los huevos
saliendo de los calzoncillos, enormes, colgantes y muy velludos, grabada en mi
mente para siempre.
- Pero...-mi voz suena algo más calmada- esto que me
cuentas no es nada malo, hijo.
- Ya, papá. Nada de lo que he hecho nunca con el tío
es malo...¿verdad tío?
- Bueno...yo....-mi hermano se atraganta con su
propia saliva.
- Las siguientes noches -mi hijo sigue con la
historia – pasé de la curiosidad de solo mirarlos...a algo más. Esa sensación de
tenerlos en mi manita, pesados, suaves, sentir la rugosidad y sus vellos...Luego
pasé a olerlos, y , finalmente...a lamerlos. Nuestra confianza fue aumentando de
día en día. Comenzamos un juego que consistía en que el tío aprovechaba
cualquier ocasión para exhibirse ante mí: al subir a su camioneta se abría la
bragueta y dejaba colgando fuera su pene y sus testículos, ante mi vista, y a mí
me parecía el colmo de la virilidad.
Aprendí a masturbarlo. Casi sin darnos cuenta, mis caricias
fueron aumentando de intensidad y terminé haciéndole unas soberanas pajas. Me
gustaba meneársela, sentir en mi mano su pene duro, y...me encantaba ver como
eyaculaba. Un día me dijo que pusiese las manos formando conchita, y allí me
echó toda su leche, corriéndose con un esperma blanco y espeso. Acerqué las
manos hasta mi rostro, metí la nariz para oler aquel liquido viscoso y
apetecible, y, finalmente, lo probé con la punta de lengua.
Si estaba cerca cuando el tío orinaba, corría hasta él
para poder sacudirle la verga cuando terminaba. Ya sabes que tiene un capullo
grande en una polla de unos 17 cms., algo gruesa pero muy cabezona. Cuando
teníamos ocasión de dormir juntos, aprovechaba para mamársela, y lo que más me
gustaba era dormirme con su glande en la boca. Era delicioso. Y, un día, llegado
el momento, me penetró.
- ¡Calla, David! ¡No quiero saber más! Ya tengo claro
que la culpa no ha sido de él, y con éso me basta, pero calla de una puta vez,
porque me estoy poniendo enfermo...
Y, realmente, así es. Mi “enfermedad” consiste en un vergajo
que se cimbrea entre mis piernas y que está anhelando meterse otra vez en el
culito de mi vástago. Pero ni siquiera puedo pensar en ello, puesto que, en este
momento, acabamos de llegar al chalet de Ricardo.
Ni el dueño de la finca ni mi sobrino Dani están a la vista.
En el porche, jugando con una rueda de camión que hace las veces de columpio,
el abuelo y mi vecinito, el hijo de Ricardo, componen una estampa muy familiar.
El niño, sentado en la rueda que cuelga de una cuerda gruesa,
grita de excitación cada vez que mi padre lo recibe, lo para unos instantes
arrimado contra su gorda panza, y vuelve a empujarle para que se balancee. La
sonrisa del abuelo es beatífica. Al nene le brillan los ojos de excitación y
tiene una sonrisa de oreja a oreja.
Parece que ya se han exorcizado los demonios de la lujuria en
esta familia. Espero que con la confesión de mi hijo todo haya acabado. Y, el
ver esta estampa tan linda, tan inocua, tan pura, viejo y niño jugando, hace que
tome aire llenando mis pulmones con una sensación de paz muy grata.
Me acerco hasta el porche cargando un cajón con vituallas. Mi
padre, que no se había percatado de mi presencia, queda un tanto en suspenso. En
ese momento Marianito está sujeto por sus brazos, con la parte de atrás de su
cuerpo pegado contra el bajo vientre del abuelo. Lo empuja hacia delante, en un
acto reflejo, como si quisiese alejarle de sí. El niño chilla de placer. Ahora,
al estar junto a ellos, me doy cuenta del “juego”.
Marianito, con el culo en pompa asomando por el agujero de la
rueda, es alejado del cuerpo del hombre maduro. El columpio llega al final del
recorrido y vuelve hacia atrás...justamente hasta el punto donde mi padre, con
la bragueta abierta, con la verga erecta, lo está esperando para ensartarlo
cuando llegue junto a él.