Serafín, el mudo
1 – Perdido
Había entrado ya por tres desvíos de aquella carretera
estrecha, sinuosa y sin asfaltar. Siempre he sido puntual a mis compromisos,
aunque no me gustase demasiado tener que ir a trabajar a lugares tan recónditos,
pero esta vez no había buena señalización y el sol comenzaba a esconderse entre
los árboles.
Paré en una encrucijada y, pensando ya que no llegaría a
buena hora para trabajar algo por la tarde, me bajé a estirar las piernas y a
tomar aire fresco. Me encontré inmerso en un bosque, no muy tupido, de unos
árboles que llenaban el ambiente de un olor penetrante y cautivador. Hacia uno
de los lados, me pareció ver unos penachos de humo que subían verticalmente.
Posiblemente no era el sitio que estaba buscando, pero al menos, era una señal
de un lugar habitado. Volví al coche y entré por aquel camino.
Recorrí apenas un kilómetro, cuando salí a un valle sobre
unas montañas. A pesar de estar en pleno verano, todo estaba verde. Al fondo del
camino había una aldea de casas muy rústicas de piedra y me pareció ver
sobresalir algunas construcciones modernas. Podía tratarse de la granja que iba
buscando, pero ya no era una hora adecuada para hacer acto de presencia en las
oficinas. Prefería llegar temprano al día siguiente, que presentarme allí a
menos de una hora del cierre.
Me había dicho don Alberto, que antes de entrar en la aldea,
encontraría una casa rústica y grande a la derecha que sería mi lugar de
residencia para aquellos tres días. Allí, a la derecha, había una casa así. No
seguí hasta la aldea, sino que entré por un corto camino que daba a una
explanada de tierra y al fondo estaba la casa.
El sol seguía bajando y sólo daba su luz anaranjada en las
copas de los árboles más altos. Paré el coche cerca de la entrada de la casa
rústica de fachada de piedra, que ya estaba teñida por una tenue y azulada luz
del crepúsculo. Me bajé y saqué mis bolsas del maletero. Cuando cerré, y antes
de dirigirme a la puerta, miré hacia arriba. Desde allí salía el penacho de humo
negro que había visto y, más abajo, en una ventana a la izquierda, poco
iluminada, de la planta alta, vi a un joven en pie mirándome sin ninguna
expresión. Me detuve un momento al verlo, le sonreí, agaché la cabeza y me
acerqué a la puerta muy cansado.
Llamé con los nudillos sin querer hacer demasiado ruido y
esperé. Al poco tiempo, una señora relativamente joven, pero envejecida por su
vestimenta negra, me abrió sonriente la puerta.
- ¿Don Javier?
- Sí, señora. Supongo que es usted doña Matilde.
- Pase, pase – me hizo gestos con las manos -, está usted en
su casa.
- Perdone que llegue a esta hora – le dije -; me he perdido
en el camino no sé cuántas veces. Ya no es hora de ir a trabajar a la granja.
Madrugaré mañana.
Me miró muy sonriente y se volvió andando hasta la mesa de
madera del centro de la sala, retirando una silla para que me sentase.
- ¡No importa que madrugue mucho, señor! – me invitó a
sentarme -; don Alberto no llega a la oficina hasta las 10. Descanse, que veo el
cansancio en sus ojos.
- Más cansado vengo de buscar el sitio – le dije – que de
recorrer kilómetros.
- Le tengo una cena exquisita preparada – me miró alegre -;
todos los huéspedes que se quedan aquí, dicen que les gusta mi cocina. Espero
tener también una buena opinión suya.
- Le seré sincero, doña Matilde – saqué el tabaco de una
bolsa -, comer es un placer que no perdono ¿Le importaría que fume aquí?
- ¡Pues claro que puede fumar! – dijo casi extrañada -; ni
siquiera tiene que pedirme permiso. Subamos ahora, cuando descanse un poco, a
dejar estas cosas en su dormitorio. Luego le pondré la cena.
2 – Cuatro habitaciones
Me fumé el cigarrillo y apagué la colilla en un platito de
barro que me había puesto.
- Lo dejaré aquí – dijo -; cuando fume, ya tiene un lugar
donde poner su cigarrillo.
Subimos unas escaleras de madera, con barandas fuertes, que
tenía dos tramos. Al subir el segundo tramo, se llegaba a un salón algo más
pequeño que el de abajo, pero muy grande y muy adornado por cuadros, sillas y
mesitas muy antiguas que hacían de aquel un lugar muy agradable.
- Venga por aquí, don Javier – me hizo seguirla -, ya verá
que hay cuatro puertas: dos a la izquierda y dos a la derecha. Le daré una
habitación que le va a gustar. Es la mejor que tengo; la del fondo a la
izquierda. Da a la parte de atrás de la casa y es fresca y silenciosa. Las otras
dos – señaló atrás – dan a la fachada.
Se me vino a la memoria inmediatamente aquel joven que había
visto. Si no me equivocaba, la puerta de su habitación estaba en la misma pared
de la que yo iba a ocupar. Cuando abrió doña Matilde la puerta, encontré un
dormitorio antiguo impecable. Estaba todo encalado, la cama era de madera
tallada y, a los pies, había un armario que parecía recién hecho.
- ¡Estos muebles son muy antiguos! – le dije - ¡Están
perfectamente conservados!
- ¿Le gusta? – abrió el armario -. Espero que lo disfrute. La
ventana no es muy grande y está un poco alta. Era la forma de construir de
antes, pero, aunque no notará calor, puede abrirla si lo desea.
- ¡Señora – le dije con una pequeña reverencia -, es un
placer y un lujo dormir en una habitación como esta! ¿Hay otros huéspedes en las
otras tres?
Su cara perdió la sincera sonrisa y me hizo salir al salón
central apagando la luz y cerrando la puerta.
- No hay más huéspedes, señor – me dijo -; estas son
habitaciones de la familia. Yo tengo mi dormitorio abajo. Estará muy tranquilo.
Aquí casi nunca viene nadie y es para mí un honor tenerle como huésped. Ahora
bajemos y le serviré la cena.
Mientras bajaba detrás de ella, miré hacia la puerta donde me
pareció ver al joven. Por debajo de ésta, se veía una luz tenue y amarillenta.
3 – Cena para uno
- ¡Siéntese, siéntese! – se acercó al fogón -; ahora le
pondré el mantel y probará algo que le va a gustar.
Trajo un mantel y cubrió sólo la mitad de la mesa que quedaba
a mi lado. Encima puso unos platos antiguos que deberían tener mucho valor, a
sus lados puso los cubiertos y fue luego a por un vaso.
- ¿Beberá usted vino? – preguntó orgullosa - ¡Tenemos uno de
cosecha propia que a todo el mundo le agrada! ¡Es de sabor suave y algo dulce!
Si lo prefiere, puedo ponerle agua o cerveza.
- Probaría ese vino que me dice – contesté -; espero que no
sea muy fuerte de alcohol.
- ¡En absoluto! – dijo trayendo una botella de barro -; le
serviré primero un poco de aperitivo para que lo cate.
Cuando escanciaba aquel vino rosado en el vaso de cristal
tallado, oí unos extraños ruidos por las escaleras. Alguien bajaba los peldaños
a mucha velocidad ¡Era el joven! Me miró inexpresivo, pero dejó ver una leve
sonrisa. Era un joven de unos 25 años, fuerte, de pelo corto y castaño claro con
unos ojos oscuros muy grandes de mirada sensual. Se sentó justo al lado del
final de la escalera, pegado a la pared. Puso sus piernas juntas y derechas y su
espalda erguida, colocando sus brazos sobre las piernas sin dejar de mirarme.
- ¡Ah, señor! – me sonrió doña Matilde - ¡Es mi hijo Serafín!
Disculpe su comportamiento. Es educado y formal, pero no habla.
- ¡Oh, lo siento! – miré al chico - ¡Buenas noches, chico!
- Le oye perfectamente – dijo su madre -, pero cuando murió
su padre, dejó de hablar por completo. Sólo a veces, cuando estamos solos,
intercambiamos algunas palabras. Puede hablarle. Le gusta conocer a los
huéspedes.
- ¡Claro, le contaré cosas – le dije -, pero pensaba que iban
a cenar conmigo!
- ¡Ya hemos cenado, señor! – volvió al fogón -. Aquí siempre
nos regimos por el sol.
Se acercó otra vez a la mesa y trajo un trozo grande de pan
fresco con un olor exquisito.
- Ahora le pondré el caldo en el plato – dijo -. Es costumbre
tomar el pan con las manos y partir pequeñas sopas. Pruébelo así. Le gustará.
De pronto, Serafín se levantó y se acercó a la mesa, retiró
la silla que estaba a mi izquierda y se sentó. Volvió a sonreírme, tomó el pan
con sus manos y lo partió en dos.
- ¡Vamos, Serafín! – le dijo la madre - ¡Deja que el señor se
prepare las sopas!
- ¡No me importa, señora! – dije -; así aprendo como es.
El joven volvió a mirarme y aún me sonrió más. Esperó a que
su madre me sirviera la sopa y tomó la mitad del pan y comenzó a partirlo en
pequeños mendrugos y a ponerlos en mi plato. No pude evitar mirarlo asombrado.
Sus ojos eran grandes, negros y expresivos como no había visto otros. Parecía
estar haciendo aquello para que yo supiese cómo hacerlo.
- ¡Gracias, Serafín – le dije -, ya sé cómo preparar esto!
Ahora las voy a probar y le diré a tu madre mi opinión. Me la ha pedido.
Tomé una cucharada. Era un caldo con verduras y,
posiblemente, algo de carne y chacina. Sinceramente, me asombró el sabor de
aquellas sopas y cómo el sabor a trigo del pan se mezclaba perfectamente con el
del caldo.
- ¡Doña Matilde! – le dije - ¡No sé si estas sopas son alguna
especialidad de por aquí, pero estas, al menos, están exquisitas!
- ¡Gracias, don Javier! – dijo -; sabía que iban a gustarle,
pero, por su mirada, me parece que no lo dice por compromiso.
- ¡En absoluto! – tomé otra cucharada -; no puedo distinguir
de qué está hecho el caldo, pero es delicioso. El pan le da su punto final, como
ha dicho usted.
Serafín me miró contento. Y señaló con la vista el vaso de
vino.
- ¡Así es, Serafín! – le dije -; este vino es el complemento
perfecto para esta sopa. No quiero preguntarle a tu madre la fórmula, pero creo
que volveré a menudo para comer esto.
Miré fijamente a Serafín, sentado formalmente a mi lado y no
pude evitar hablar en voz alta:
- ¡Que bueno está!
- Si quiere, señor – dijo doña Matilde -, a riesgo de ser
repetida, se lo preparo otra vez pasado mañana. Para mañana le tengo otra cena
que le gustará.
- ¡Ah, sí, sí! – la miré -; prepare lo que crea conveniente.
Al menos esto me parece una delicia. Y el vino es muy bueno.
4 – La hora del descanso
Hubo más cena. Me aseguró doña Matilde que ellos sólo comían
un plato, pero que todos los huéspedes que dormían y comían allí, se comían esos
dos platos y pedían más.
- ¿Y tú, Serafín? – quise oír su voz - ¿También comes tan
poquito?
Me sonrió, pero no hubo respuesta.
- La cuestión – le dije -, no es comer mucho, hasta hartarse,
sino comer cosas tan buenas como estas. Tu madre guisa como los ángeles; estarás
contento. Y este vino… ¿Lo haces tú?
Apoyó sus codos en la mesa, dejó caer su barbilla en sus
puños y no dejó de mirarme en todo ese tiempo. Estaba sintiendo una sensación
muy extraña. No me hablaba, pero un solo gesto de sus labios carnosos y rosados,
me daba la respuesta.
- ¡Verá, doña Matilde! ¡Verás, Serafín! – los miré a ambos -.
Soy un experto contable que vengo a preparar cómo han de llevar las cuentas en
la granja. Don Alberto fue el que me dijo que no iba a comer ni a dormir en
ningún sitio mejor que aquí. Sé que es una aldea muy pequeña y que todos
trabajan allí, pero me da la impresión de que tú – miré fijamente a sus ojos -,
no trabajas allí.
- ¡No, don Javier! – me dijo la madre -; Alberto es un hombre
muy bueno, pero, como es natural, dice que Serafín no puede trabajar allí si no
habla.
- No quiero entrar donde no me llaman – continué -, pero si
este chico sabe hablar, debería hablar. Me parece educado, fuerte – lo miré
sensualmente -, listo como para hacer cualquier cosa.
- Lo es – dijo su madre -, pero no podemos hacerle hablar.
- ¡Verás, Serafín! – volví a mirar sus ojos -. Me gustaría
oír tu voz y hablar algunas cosas, pero si no quieres hablar, yo te contaré
historias que te gustarán. Supongo que lees. Eso es muy bueno. Se aprende mucho,
pero escuchar a la gente también es interesante. A veces aprendes cosas que no
están en los libros.
Me escuchaba extasiado. Parecía que algo en mí le fascinaba.
Su madre se sentó y guardó silencio oyéndome.
- No soy un adivino – le sonreí abiertamente -, pero te veo
muy fuerte, así que me da la sensación de que trabajas aquí, en casa.
- Así es, señor – contestó doña Matilde -; él lleva el
pequeño huerto y unos bichos que criamos ahí detrás. Su padre le enseñó a hacer
ese vino. Lo hace exactamente igual, pero si no llega el día en que hable, se
perderá el secreto.
- Conmigo hablarás – le dije y se sorprendió -; hablarás
tanto que habrá que mandarte a callar. Después de tanto tiempo sin hablar, una
persona debe tener muchas cosas que decir ¿Me equivoco?
Me fijé que su madre se extrañó cuando Serafín me dijo que no
moviendo la cabeza.
- Quiero que me perdone, doña Matilde – dije levantándome -;
y tú también Serafín. Hoy estoy muy cansado y me gustaría dormir para rendir
mañana. Me levantaré a las nueve y me iré dando un paseo para llegar a buena
hora.
Serafín se levantó quedando muy erguido y sin dejar de
mirarme. Me pareció leer en sus ojos que no quería que me fuese. Entenderle, era
sólo cuestión de estar atento a sus gestos.
- ¡Anda, Serafín! – le dijo la madre -, acompaña a don Javier
a su dormitorio. Yo voy a recoger esto un poco.
Volvió a sonreírme y miró a la escalera.
Cuando vio que empecé a andar, se volvió hacia mí; siempre me
miraba. Entreabrió los labios y tuve la sensación de que le agradaba aquello tan
simple de acompañarme a mi dormitorio. Anduvo a mi lado hasta llegar a las
escaleras. Quise que pasase antes poniendo mi mano en su cintura, pero se
volvió, miró hacia mi mano y miró a su madre, que estaba en el fogón de
espaldas. Entonces, me dejó helado: me miró como asustado y miró a su madre.
Entendí que tal vez a ella no le gustase lo que estaba haciendo, así que retiré
el brazo y comencé a subir sin querer mirar atrás. Me seguía un escalón por
debajo y, al doblar para comenzar el segundo tramo de escaleras – ya ocultos de
la vista de su madre -, subió un escalón más y se puso a mi lado sonriente y,
tuve que tragar saliva: me cogió de la mano.
Subimos hasta la parte alta. Me apretaba con fuerzas y me
sonreía como entusiasmado. Sentí algo de miedo. No sabía si su madre lo
controlaba, pero lo dejé hacer lo que quisiera. No se despegó de mi lado y
caminamos despacio hasta mi dormitorio. Con la otra mano, me abrió la puerta y
encendió la luz. Pasé adentro, pero no me soltaba la mano.
- ¡Gracias, Serafín! – le susurré -; has sido muy amable
acompañándome. Me hubiera gustado oírte hablar, pero entiendo que debo respetar
lo que piensas. Has de tener tus motivos para mantenerte en silencio, pero
quiero decirte que tus ojos y tu boca, me hablan. ¡Gracias… y buenas noches!
Entonces ocurrió algo más que inesperado. Sus ojos se
humedecieron cuando volvió a sonreírme, se acercó a mí sin dejar mi mano y me
besó. Luego, agachó la vista, soltó mi mano y se dirigió a su habitación. No
pude evitar quedarme tras la puerta observándolo. Cuando llegó a su puerta, la
abrió y la empujó un poco, pero volvió a mirar hacia la mía. Me asomé algo y
levantó la cabeza. Le hice un gesto con la mano y también se despidió de mí con
otro gesto.
Cerré la puerta y me eché sobre ella ¿Qué me estaba pasando?
Aquel chico me estaba absorbiendo. No pude dejar de mirarlo y, entonces, no
podía apartarlo de mi cabeza. Me fui hacia la ventana. No tenía calor, pero
necesitaba aire fresco. Arriba, en el cielo estrellado, estaba la luna casi
llena. Me volví hasta la puerta y apagué la luz. Al poco tiempo, mi vista se fue
acomodando, me desnudé sin poder olvidar lo ocurrido y me metí en la cama
tapándome con la sábana y la fina colcha.
No podía dormir. Miraba como soñando a las vigas de madera
encaladas del techo y notaba una brisa muy fresca entrar por la ventana. La luz
de la luna daba a los pies de mi cama; levemente azulada, triste, silenciosa.
Los pequeños visillos de la ventana comenzaron a moverse bastante después. Los
miré extrañado. Una corriente de aire fresco pasaba sobre mí. Miré al otro lado
y vi cómo la puerta se cerraba. Detrás de ella había una sombra que comenzó a
moverse hacia los pies de mi cama ¡Era Serafín! Estuvo allí quieto mirándome un
rato agarrado a las barras de los pies de mi cama. No dije nada. No me moví.
Pensaría que ya estaba dormido. Poco después, lo vi volverse en calzoncillos
blancos, volvió a abrir la puerta y la cerró con mucho cuidado.
Me dormí.
5 – La mañana
Me desperté muy temprano; en cuanto comenzaron a entrar los
primeros destellos del sol por la ventana. Tuve tiempo suficiente para poner en
orden mis ideas sobre todo lo ocurrido la noche anterior. A las nueve, muy
relajado, me levanté y me vestí. No me habían dicho dónde estaba la ducha. Abrí
la puerta y no oí nada. Crucé la sala y bajé las escaleras.
- ¡Buenos días, don Javier! – ya estaba doña Matilde en el
fogón -; tiene que perdonarme un fallo que no tiene perdón. Anoche olvidé
decirle que puede bajar con su bata al aseo. Es esa puerta azul que está al
fondo.
- A pesar de parecerle un guarro, señora – le dije riendo -,
me encuentro tan limpio y tan relajado, que me ducharé a medio día; cuando
vuelva de la granja.
- No debe decir eso, señor – me contestó amablemente -, por
estos lugares de campo la gente no acostumbra a la ducha diaria si no suda.
Usted se ve limpio y elegante. A don Alberto le gustará eso. Ahora, siéntese
conmigo aquí, en la mesa. Le voy a poner un buen café con una tostada de ese pan
que probó anoche.
- ¡Santo Dios! – exclamé -; si estaba bueno como sopas y a
pellizcos ¿cómo debe de estar tostado? ¡Ya me da el olor!
- ¡Por supuesto! – trajo el plato hasta la mesa - ¿Prefiere
comerlo con aceite de oliva o con nuestra propia manteca de cerdo?
- ¡Con su manteca de cerdo, desde luego! – le dije -; con
aceite puedo probarlo en la ciudad.
- ¡Tome! – volvió del fogón con un cuenco -; ahí tiene una
pala para untarla, pero si prefiere el cuchillo…
Me quedé extasiado mirando aquellos manjares y le pedí a doña
Matilde que se sentase a la mesa aunque sólo fuera para acompañarme. Pero no
pude evitar hacerle una pregunta.
- ¿Y su hijo? ¿No anda por aquí?
- ¡Sí! – dijo indiferente - ¡Está ya en el huerto! ¡Espere!
Salió por una portezuela trasera y la oí gritar. No dijo ni
el nombre de su hijo ni el mío. Al poco tiempo, ahogándose, entraba Serafín por
allí, agachándose, mientras me miraba sonriendo con mucha alegría y se acercaba
a la mesa.
- ¡Hola, Serafín; buenos días! – le dije - ¿Puedes sentarte
un poco con nosotros mientras desayuno o debes volver a tu trabajo? ¡No quiero
entretenerte!
De nuevo, la cara de doña Matilde cambió mientras miraba de
reojos a su hijo. Me estaba diciendo que no con la cabeza.
- ¡Pues, vamos! ¡Siéntate aquí conmigo! – separé su silla -;
ya sé que es una falta de educación hablar mientras se come, pero esta tostada
es una delicia. Algún día, tengo que averiguar qué es lo que hace mal tu madre
¡A mí me parece que todo está exquisito! – los dos agacharon la vista muy serios
-. No quiero comer demasiado porque tengo que trabajar. Posiblemente, a medio
día, tome algo para aguantar hasta el almuerzo, pero me gustaría saber a qué
hora comen ustedes y venir a esa hora para acompañarles. No quiero estorbarles
¿Te gustaría que comiéramos juntos, Serafín?
Su madre lo miró inquisitivamente cuando vio su intención de
decirme que sí con la cabeza. Entonces, me miró el joven con tal tristeza en la
mirada, que comprendí que su madre no quería que comiese, al menos, conmigo.
- ¡Bueno, bueno! – tosí para romper aquel ambiente -; me
encanta tenerte aquí a mi lado vestido de trabajo ¿sabes? El trabajo es bueno.
Tu trabajo es bueno para el cuerpo y para la mente; el mío sólo para la mente.
Me llevo demasiadas horas sentado escribiendo, pero visito un gimnasio para
estar en forma ¿Qué estás haciendo ahora?
Me pareció que hizo un gesto para hablar. Sus labios se
entreabrieron, pero acabó sonriéndome.
- Seguro que andas dándole de comer a tus animalitos o
preparando el huerto. Ya tengo que irme – miré a doña Matilde -, volveré cuando
cierre la oficina de la granja.
- A la una y media – dijo doña Matilde -; no trabajan
demasiado. Pero si viene dando un paseo, supongo que estará aquí a las dos.
- ¡Supongo! – me limpié los labios -; me gustaría ducharme
antes de almorzar si puede ser…
- ¡Por supuesto! – dijo doña Matilde -, el almuerzo estará
preparado.
Serafín volvió a mirarme como asombrado; sonriente. Pero
comencé a notar que a su madre no le hacía mucha ilusión ver a su hijo feliz.
6 – El medio día y la tarde
El trabajo fue más cómodo de lo que esperaba. La gente que
trabajaba en aquella oficina sabía lo que hacía y don Alberto quedó muy contento
de todo lo que se hizo. Volví a la casa andando con prisas. Necesitaba volver a
ver a Serafín. Tenía que verlo pero sin su madre delante. Estaba seguro de poder
oír su voz. Quería hablar con él.
Entré en la casa sudoroso y, enseguida, me dijo doña Matilde
que podía pasar al baño. Subí a desnudarme y a ponerme mi bata y bajé a
refrescarme. No quise preguntarle a ella dónde estaba su hijo. No quería que
pensara que yo mostraba demasiado interés por él; algo me decía que su madre lo
mantenía callado.
Salí del baño y ya estaba aquella señora preparando la mesa.
Subí al dormitorio a vestirme y miré por debajo de la puerta de Serafín, pero no
se veía luz. Crucé despacio el salón hasta mi dormitorio y me abrí la bata antes
de entrar. Al abrir la puerta, lo encontré allí; esperándome. Me tapé asustado.
- ¿Qué haces aquí, Serafín? – le hablé en voz muy baja - ¡Tu
madre está abajo!
Una sonrisa casi diabólica, me estaba diciendo que su madre
siempre estaba abajo.
- ¡Espera, no te asustes! – le dije -; me parece entender que
tu madre nunca sube ¿Es así?
Me dijo claramente que sí con la cabeza.
- ¡Dios mío! – pensé en voz alta - ¡Las normas de esta casa
no las entiendo!
El chico se acercó a mí y, sin tocarme, volvió a besarme.
Luego, abrió la puerta y se fue a su dormitorio.
Me vestí con rapidez y bajé para almorzar. Tampoco vi luz
bajo su puerta, pero comencé a comprender que allí pasaba algo que mantenía a
Serafín mudo. Me propuse no volver a prestarle atención en presencia de su
madre, pero advirtiéndoselo a él antes.
El almuerzo también fue exquisito y hubo una conversación
donde ni ella ni yo nombramos al joven, pero le mentí. Le dije que me encontraba
agotado y que, para una hora y media, no iba a volver a la granja; le dije que
necesitaba descansar.
Subí despacio y me fui aflojando la corbata. Nada. No se veía
nada bajo la puerta del chico. Fui lentamente hasta mi dormitorio, entré y dejé
la habitación en penumbras. Me desnudé y me metí en la cama. En realidad no me
encontraba bien. En poco tiempo me quedé dormido y me desperté asustado. Miré
por instinto a los pies de mi cama y allí estaba Serafín mirándome.
- ¡Serafín, por Dios! – le dije - ¡Háblame!
Me sonrió y no dijo nada. Estaba en calzoncillos blancos y
pude ver su pecho perfecto. Me sonrió y comenzó a moverse hacia el lado de la
cama. Lo seguí con la mirada hasta que se paró junto a mi almohada. Lo miré sin
decir nada y moví mi cabeza ¡No podía aguantar aquella situación! Me sonrió y me
acarició los cabellos. Se agachó despacio y me besó algo más de tiempo. Luego,
se fue hasta la puerta, la abrió y se volvió a mirarme. Levantó el brazo y me
saludó con la mano. Al salir, cerró la puerta.
Me levanté asustado y me vestí con ropas cómodas. Salí con
cuidado y miré por el hueco de la escalera. No se oía nada. Miré atrás, a la
puerta de Serafín, y fui dando cortos pasos hasta ella. Llamé suavemente, pero
no parecía haber nadie. Volví a llamar y mi último golpe se quedó el los aires;
la puerta había cedido. Su mano salió por un hueco y tiró de mí hacia adentro.
La puerta se cerró.
Me hallé con él en una habitación casi a oscuras y le vi
claramente llevarse el dedo a la boca en señal de silencio. Abrió un poco la
puerta de madera de su ventana y, con la luz de la tarde, fui viendo lo que me
rodeaba. Su cama estaba deshecha, pero el dormitorio estaba muy ordenado y olía
a limpio. Entonces me sonrió y se volvió a mirar las paredes. Me acerqué a ver
todo aquello ¡Había montones de fotos! En todas ellas estaba él con su padre. Le
pude ver de niño, de jovencillo y casi con el aspecto que tenía entonces.
Incluso vi una foto cortada a mano donde había quitado a alguien que estaba al
lado de su padre.
- ¡Por favor, Serafín! – hablé en voz muy baja - ¡Háblame!
¡Dime algo! ¡Sé que puedes hablar! Tu sonrisa me lo dice. Tu mirada me lo dice.
Me has tomado de la mano, me has besado… ¿Por qué no me hablas? ¡Te juro que no
le diré nada a tu madre!
Fue entonces cuando me miró asustado y diciéndome que no con
la cabeza. Abrió la puerta y miró afuera. Luego me besó y puso su mano en mi
pecho, abrió la puerta y salí de allí. Bajé como si no hubiese pasado nada y
saludé cordialmente a doña Matilde.
- ¡Ya me encuentro mucho mejor! – le dije -; daré un paseo
hasta la aldea. Necesito andar y tomar el aire. Quizá vaya a la granja.
- Lo más seguro, don Javier – me dijo -, es que no encuentre
usted ya allí a don Alberto, pero habrá gente.
- Vendré a la puesta del sol; como ayer.
Se levantó amablemente y me acompañó a la puerta. Tomé el
camino hacia la aldea, pero vi una vereda que se adentraba en un bosquecillo y
entré por allí. Me senté en la hierba y me puse a pensar.
7 – La segunda noche
La cena fue muy parecida a la del día anterior. Serafín bajó
corriendo, pero se sentó a mi lado. La madre me puso otro plato exquisito y le
comenté que debería cocinar para más gente. Ella, sonriendo, me dijo que
prefería cocinar sólo para ellos y para sus huéspedes.
Hablé muy poco con Serafín. No quería que su madre captase un
cierto interés mío hacia él y yo sabía ya que el chico no quería que su madre
supiese nada. En realidad, no estaba ocurriendo ninguna cosa entre nosotros,
pero equilibré mis comentarios hacia ella y hacia él.
Después de una corta sobremesa, les dije que iba a retirarme
a mi habitación. Doña Matilde, volvió a decir a Serafín que me acompañase. Todo
fue igual. Cuando comenzamos a subir el segundo tramo de la escalera, subió un
peldaño y me cogió de la mano, pero su sonrisa era aún más abierta. Pude ver sus
dientes perfectos, brillantes; sus labios se habían abierto. Sólo le faltaba
decirme unas palabras.
Anduvimos despacio hasta mi habitación y abrió la puerta,
pero esta vez, soltó mi mano y la puso en mi cintura. Miró disimuladamente a la
subida de la escalera, entreabrió sus labios y me besó apasionadamente. Me dijo
adiós con la mano y cerró la puerta. Me quedé sentado en la cama acariciando mis
labios. Me iba poner enfermo si tenía que estar mucho tiempo así. Comenzaba a
sentirme sordo. Veía su boca moverse, pero no oía su voz.
Volví a apagar la luz y a abrir la ventana ¿Cómo iba a
trabajar normalmente al día siguiente después de aquello? ¡No podía dormir! Mi
respiración era muy agitada. Así aguanté un rato muy largo hasta que se movieron
los visillos. Esta vez no miré a la ventana; miré directamente a la puerta. La
silueta de Serafín en calzoncillos se coló en mi dormitorio a la luz de la luna.
Lo miré sonriendo pero mi respiración se agitó sonoramente. De mi boca salía un
gemido en cada expiración.
- ¡Serafín, Serafín! – sollocé - ¡No me hagas esto! ¡Ven
aquí! No hables si no quieres, pero siéntate aquí a mi lado y déjame hablarte
¡Déjame decirte algo!
Se acercó despacio a la cama y pegó sus rodillas al colchón.
No me moví. Poco después, me pareció que se volvía y se sentaba a mi lado. Me
quedé mirándolo mudo. El reflejo de la luz de la luna acentuaba su perfil. Podía
verlo claramente sonreírme. Me extrañó que no me besara con aquel chasquido casi
imperceptible en la noche, pero su cuerpo comenzó a inclinarse y su cabeza se
echó en mi almohada.
- ¡Serafín! – susurré - ¡No tengas miedo de echarte a mi
lado! ¡Levanta las piernas y ponlas sobre el colchón!
Tiró de una forma extraña de la colcha y se metió allí junto
a mí. Se movió un poco y se puso de lado. Me volví hacia él. Sus ojos, muy
abiertos, me miraban muy de cerca. Sus labios estaban entreabiertos. Su mano
izquierda se elevó y comenzó a acariciarme la mejilla ¡No sabía qué hacer!
Acerqué un poco mi cara a la suya y lo besé. No retiró los labios, sino que los
abrió y sentí su lengua acariciar la mía y oí ese extraño sonido de las salivas
y de los labios húmedos cuando se pegan unos a otros. Subí mis manos y agarré su
rostro. Su otra mano se movió y rozó mis calzoncillos tirando varias veces hacia
abajo ¡Quería que me los quitara! Dejé de besarlo y me quité los calzoncillos,
pero cuando volví la vista, me pareció que él se los estaba quitando.
Estaba a punto de romper a llorar y subí mis manos hasta su
cara. Se movió algo más hacia el centro de la cama y pegó su cuerpo al mío
¡Estaba empalmado! Volvimos a besarnos ya abrazados. Me sentí mucho mejor:
aliviado. Al menos lo tenía conmigo. Así estuvimos un buen rato hasta que, de
pronto, pareció saltar un poco en la cama, se volvió de espaldas y pegó su culo
a mí fuertemente. Casi me estaba lastimando el miembro. Volvió su cara para
mirarme y así se quedó. No quise hacer nada. Hasta que oí algo: su voz:
- Ámame.
- ¡Serafín, Serafín! ¡Has hablado!
- ¡Sólo para ti – musitó -, pero ámame!
Lo abarqué con mis brazos y puse las palmas de mis manos
sobre sus pezones. Busqué su culo como pude y él mismo, bajó su mano, me agarró
el miembro y lo metió en su culo. No podía moverme. Le acaricié los cabellos.
Volvió su cara otra vez a mirarme con sus ojazos. Parecía pensar lo que iba a
decir.
- Ámame y oirás mi voz siempre que estemos solos tú y yo.
- ¡Claro que sí, Serafín! – no podía articular las palabras -
¿Por qué no me has hablado antes?
- ¿Sabes que llevo casi dos años sin hablar? – me dijo con
toda naturalidad - ¡Sólo he dicho algunas palabras a mi madre! ¡Porque me
obligó! ¡Sólo quiero hablar contigo! ¡Ámame, por favor!
Lo noté muy desesperado y seguí empujando. Él me ayudó. Desde
luego, no era la primera vez que lo penetraban, pero para mí no era aquello lo
mismo que acostarme con cualquiera. En poco tiempo, lo penetré hasta el fondo y
comenzó a moverse. La cama sonaba. Me asusté.
- ¡Serafín! – le dije al oído - ¡Tu madre puede oírnos!
No dijo nada. Siguió moviéndose y me olvidé del ruido de la
cama. Volvió su cabeza cuanto pudo y levanté la mía. Nuestras lenguas se
encontraron en el aire. El placer comenzó a llegarme y él lo notó.
- ¡No te salgas, por favor – sollozó -, no te salgas!
- ¡Voy a correrme, bonito! – le dije - ¡No puedo evitar eso!
- ¡Córrete, vamos, córrete! – dijo -; ¡pero no te salgas de
mí!
Se fue echando boca abajo y me fui colocando sobre él. Apreté
y saqué todo mi miembro para darle el máximo de placer hasta que caí derrotado
dentro y sobre él. Nos quedamos así hasta que nuestras respiraciones se
normalizaron. Perdí la erección, pero no quería sacarla de allí; quería volver a
oír su voz.
Me empujó con suavidad y me puso a su lado. Echó la cabeza
sobre mi pecho y lo lamió con dulzura.
- ¡Oigo tu corazón! – dijo - ¡Me dice que me quieres!
- ¡Pues claro! – le acaricié los cabellos - ¿Qué me has
hecho?
- ¡Amarte! – levantó la cabeza para mirarme - ¡Desde que te
vi!
Se agachó a buscar sus antiguos calzoncillos blancos, me
cogió el miembro casi flácido, escupió y me limpió con ellos.
- ¿Qué haces? ¡Serafín! – me asusté - ¡Tu madre verá las
manchas cuando los lave!
- ¡No! – volví a oír su voz melodiosa -; yo lavo mi ropa.
Me besó y se levantó. Creí que se iba sin más, pero dio la
vuelta a la cama y se puso desnudo a la luz directa de la luna; bajo la ventana.
Aspiró profundamente y comencé a perder el miedo. Me bajé de la cama por ese
lado y me acerqué a él. Lo estaba viendo desnudo entero ¡Y me hablaba!
- ¿Te gusta la luz de la luna? – dijo cuando me acerqué a él
-; dicen que es mejor que la del sol.
Me agaché lentamente, cogí su miembro erecto y comencé a
chuparlo. Me agarró la cabeza.
- ¿Sabes una cosa, Javier? – se agachó un poco -. Si tú no te
quedas conmigo, yo me voy contigo.
Tenía que pensar lo que había dicho, pero no era el momento.
Seguí chupándolo hasta que comenzó a quejarse y a encogerse.
- ¡Ya, ya, ya! – dijo entre dientes - ¡Sigue! ¡Ámame, ámame!
Llenó mi boca de un semen de sabor especial. Me dio lástima
echarlo en sus calzoncillos.
8 – Demasiado trabajo
Cuando desperté, se había ido de mi cuarto. Era muy temprano.
Amanecía ¿Había estado soñando? No quería ir al trabajo; quería estar con él,
pero sabía que teníamos que hacer nuestras labores.
Cuando bajé, me encontré con una doña Matilde seria y poco
habladora. Me puso el desayuno hablando lo suficiente ¡Había oído algo, seguro!
Me levanté y salí para el trabajo. Ni siquiera se acercó a abrirme la puerta.
Comencé a pensar que aún tenía que estar allí un día más ¿Cómo iba a disimular
lo que había pasado?
Don Alberto me notó mala cara y me dijo que si le daba los
últimos datos del nuevo plan de cuentas, podría volverme a descansar a la casa.
No sabía qué era peor. Le di aquellos datos y me felicitó por mi trabajo, que se
había terminado en muy poco tiempo. Le advertí que tenía muy buenos contables y
que parte de aquella labor se la debía a ellos.
- Vuélvase a descansar un poco y váyase luego a su casa – me
dijo cordialmente -. Es usted un buen profesional. Espero que su estancia en
casa de doña Matilde haya sido tan placentera como le dije.
- Sí, señor – sonreí espontáneamente -, ¡guisa de maravilla!
Y el dormitorio que me ha dado es una joya.
- Lástima de ese chaval, Serafín – comentó -, es una
bellísima persona, pero la muerte de su padre, en circunstancias extrañas, lo
dejó mudo, creo que para siempre.
- ¡Sí! – me tocaba disimular -, no he conseguido arrancarle
una palabra, pero es amable y trabajador.
- ¡Y tanto! – contestó -; si hablase, estaría sentado en mi
puesto. Es más inteligente de lo que usted piensa.
- Volveré, don Alberto – le estreché la mano -, y pasaré los
días en esa casa.
Cuando salí de allí, me temblaban las piernas. Si tenía que
volver a repasar el plan de cuentas de la granja ¿cómo iba a hospedarme en
aquella casa?
Me metí las manos en los bolsillos – ya que podía – y anduve
despacio hacia la casa. Era verdad que podía echarme un rato y salir luego para
la ciudad por aquellos vericuetos, pero decidí recoger el equipaje, liquidar la
estancia completa y partir para casa a medio día. Lo iba a pasar muy mal al
perder de vista a Serafín ¡No sabía lo que me había hecho, pero no iba a poder
dejarlo!
Me acercaba a mi lugar de residencia, cuando tuve que
concienciarme de que tenía que resolver varios problemas. El hecho de que doña
Matilde estuviese enfadada casi me daba igual, pero ¿qué iba a hacer con
Serafín? Verdaderamente sentía algo inexplicable por él. Sólo con pensar en su
nombre, sentía placer.
Me acerqué a la casa y miré a un lado por ver si estaba allí
el chico trabajando, pero no había nadie. Llamé a la puerta y esperé un buen
rato. Volví a llamar y nadie abría, así que rodeé la casa buscando a alguien,
pero llegué otra vez a la puerta de entrada. Empujé un poco tirando del
picaporte y se abrió la puerta. Cegado por la luz del sol no podía ver nada.
Bajé el escalón que había en la entrada y mis ojos se fueron amoldando a la
escasa luz del interior. En el suelo, al pie de las escaleras, estaba doña
Matilde tirada y rodeada de un charco de sangre.
No sabía cómo reaccionar ¡Había que buscar a un médico! Me
acerqué a ella corriendo y me agaché para comprobar si aún estaba viva. No tenía
pulso. Comencé a pensar en qué hacer y levanté la vista. En el descansillo de la
escalera estaba Serafín erguido y mirando hacia abajo.
- ¿Qué ha pasado? – le grité - ¡Haz algo! ¡Dime adónde voy!
- Se ha caído por las escaleras – dijo sin expresión -.
Me puse en pie y llamé a urgencias. Sabían a qué sitio me
refería, pero les advertí que la caída había sido mortal. No conseguí que
Serafín se moviese de allí arriba y no quise pasar por encima del cadáver. En
poco tiempo, llegaron algunos coches. Me hicieron muchas preguntas y retiraron
los restos. Serafín bajó en silencio y fue fríamente a buscar algo para limpiar
el suelo.
- No habla – le dije al policía -; dejó de hablar cuando
murió su padre.
- Lo sabemos, señor – me dijo -, no debe preocuparse. Ya lo
llevaremos a un centro de acogida.
- ¿Qué? – pregunté casi enfadado - ¿Van a meter a ese joven
en un centro para locos? ¡Yo mismo me haré cargo de él si es necesario!
- ¡Bueno! – me contestó -; es mayor de edad y no está
incapacitado mentalmente. Si conseguimos de alguna forma que dé su conformidad…
Aún estaba hablando con el policía cuando Serafín se acercó y
se puso a mi lado. Le entregó un papel al policía, que lo leyó sin expresión y
me lo dio a mí. En el papel ponía: «Me voy con don Javier». Estaba firmado.
9 – Confidencias
El día fue muy ajetreado. Yo creo que pasó por allí toda la
aldea. Serafín no abría la boca. Yo sabía que estaba haciendo creer a todo el
mundo que seguía mudo, pero yo le había oído hablar. No dije nada. Recibí a la
gente mientras él estuvo sentado, sin moverse para nada, en la silla en la que
estuvo sentado a mi lado en la mesa. Todos le dieron el pésame, pero él no se
inmutó en ningún momento.
Por fin, comenzó a marcharse la gente, aunque muchas se
ofrecieron a quedarse para ayudarnos. Ni yo ni, con toda seguridad Serafín,
queríamos allí a nadie. El último en irse fue don Alberto, que me quedó
agradecido por todo lo hecho y por lo que estaba haciendo por aquel joven.
- ¡Es maravilloso! – dijo al despedirse - ¡Cuídelo como si
fuese su hermano! Algún día le hablará.
Cuando nos quedamos solos y cerré la puerta, me volví hacia
él muy serio.
- Ahora sí vas a contarme qué ha pasado ¿verdad?
Seguía sin hablar. Por más preguntas que le hacía, aunque
fuesen muy duras, no abría la boca. De pronto, se levantó, se dirigió a la
puerta, la abrió y miró a todos lados. Luego la cerró y puso una tranca. Me
asusté.
- Ahora sí, amado mío – dijo -. Ahora sí se han ido todos. Y
yo no voy a engañarte. Siéntate conmigo y tomémonos un vino del mío. Mi madre no
me dejaba beberlo.
- ¡Serafín! – exclamé - ¡Debes haberlo pasado muy mal! Hay
cosas que imagino, pero, si no te importa, me gustaría oírlas de tu voz. Tienes
una voz preciosa.
Me incliné sobre la mesa y lo besé. Me sonrió abiertamente y
me cogió la mano.
- Tenías razón, Javier – comenzó -; cuando uno se lleva
demasiado tiempo sin hablar, tiene luego muchas cosas que decir ¡Demasiadas!
¡Bebe! Es mi vino y ahora lo pruebo. La fórmula me la enseñó mi amado padre.
Dicen que murió pero que había cosas poco claras. ¡Y las había!
- ¿Me vas a contar todo, verdad, cariño?
- Te voy a resumir todo – dijo apoyando su cara en mi mano -;
la historia completa es muy larga.
- Me conformo con lo que quieras contarme – le acaricié la
cabeza -; quiero que sepas, que aunque toda esta situación es triste, el único
que me importa eres tú.
Levantó la cabeza y me miró sensual y felizmente.
- ¡Está bueno mi vino! – dijo riéndose - ¡Pensarás que es
ridículo que lo esté probando ahora!
- ¡No! – le dije - ¡Bébelo saboreándolo! ¡Sabe a ti!
- ¿Sabes, mi amado? – dijo -, cuando te vi llegar en el
coche, supe que eras el hombre que esperaba.
- ¿Esperabas a un hombre?
- ¡A ti! – comenzó un resumen -. Yo estaba enamorado de
Damián; un chico como yo. Fuimos juntos a la escuela ¿sabes? Me enamoré de él y
se lo dije. Resultó que él estaba enamorado de mí. Se lo dije a mi amado padre,
con quien no tenía secretos. Pensé que tal vez le molestaría, pero me ayudó. Me
ayudó mucho. Fue mi madre la que se encargó de que Damián no volviera a aparecer
por aquí. Mis padres pelearon ahí arriba – se volvió para señalar las escaleras
– y mi madre tuvo la suerte de empujarlo y de que cayera rodando hasta aquí
abajo. Murió ¡Fue un accidente!
- ¿Tu madre empujó a tu padre por eso?
- Sí – continuó -, por eso. Pero tenía un testigo en su
contra. Yo estaba arriba. La vi. En su cara había odio.
- ¡Dios mío! – lo miré asustado - ¿Qué te hizo?
- Me amenazó de muchas maneras – rió breve pero
sarcásticamente -; si yo dejaba de hablar, nadie iba a saber nada. Habría dejado
de hablar por la muerte de mi padre, supuestamente. Yo nunca iba a poder irme de
aquí; dependía de ella. Tenía coartadas de todas clases y por todos lados. No
iba a permitir que su hijo se convirtiese en un maricón y se fuera a la ciudad.
Su hijo era un hombre muy listo y trabajador; ¡Todo un macho!
- ¡Podías haber huido! – le dije - ¿Por qué no saliste un día
gritando a los cuatro vientos el por qué no hablabas?
- No es tan fácil de explicar en pocas palabras – me sirvió
más vino -; no te puedes imaginar cómo era mi madre. Amable y cariñosa por fuera
y con los demás. Yo estaba ahí arriba encerrado. Ella dejó de subir, salvo para
preparar esa habitación que alquilaba. Es verdad que comíamos muy temprano y
cosas muy ricas, pero era yo el que trabajaba el huerto y cuidaba de los
animales. Yo me tenía que lavar la ropa y hacer mi habitación. Le daba asco.
- Lo disimulaba muy bien – le aclaré -, pero yo noté que algo
no encajaba. Tu mirada y tus gestos me dieron pistas. Vi cómo te miraba.
- Te hice gestos a propósito, Javier – sirvió más vino -;
sabía que tú sí ibas a ayudarme. Lo comprobé después.
- No te follé anoche – le dije -, te necesitaba. Te amé como
me pediste y como estaba deseando de hacerlo.
- Perdí el control – me guiñó un ojo -; la cama sonaba
demasiado. Pero las cosas van sucediendo poco a poco; aunque haya que esperar
casi dos años mudo. Si hablaba una sola palabra en su presencia, podría estar
varios días encerrado arriba, sin luz y sin comer.
- ¡Dios mío! – exclamé asustado - ¡No esperaba eso de tu
madre!
- Pues ahora que se ha ido para siempre y no puede negar lo
que digo – dijo -, puedes preguntarle a Alberto. Él sabe más de lo que dice. Se
calla para no hacerme daño. Sabe que podría hablar.
- Eso me ha parecido cuando se despedía – bebí un poco más -
¿Qué sabe Alberto?
- Él me ha oído hablar, pero no podía contarle estas cosas –
se levantó despacio -; hay comida preparada. Si quieres, te la caliento y te la
sirvo. Yo prefiero comerme dos huevos fritos con chorizo. ¡Fritos por mí!
- ¡Fríeme dos, por favor! – me acerqué a él por la espalda a
abrazarlo -; prefiero comer lo que tú me pongas que esas exquisiteces.
Lo abracé por la espalda y nos besamos. Preparamos unos
huevos fritos con chorizo y pan del pueblo y nos los comimos como un manjar.
- Es mejor así – le dije -, si no comemos y bebemos mucho,
nos quedaremos dormidos de la borrachera.
- ¡No, amor mío! – me cogió la mano -; yo mismo he preparado
la habitación.
Después de comer, subimos cogidos de la mano y besándonos,
atravesamos la sala y nos desnudamos despacio uno a otro. Abrimos la ventana
para que entrase la luz de la luna, apagamos la luz y nos amamos en paz por
primera vez.
Aquella casa la dejamos para retirarnos los días de descanso.
Quitó muchas cosas de en medio; incluso cosas de valor. Nos íbamos a vivir y a
trabajar a la ciudad. Pero fuimos antes a visitar a don Alberto y hablamos con
él encerrados en su despacho. No podía creer, con un gesto de infinita felicidad
en su rostro, cuáles eran nuestros planes.
- Aquí – nos dijo -, tenéis trabajo y vuestra casa. ¡No me
olvidéis!