DIECISIETE HORAS CONTIGO
Todo llega y todo pasa. Lo malo, lo
bueno, tú...
Nunca me cansaré de dar gracias a la
naturaleza por haber permitido que ciertas personas, ciertos hombres, ciertos
muchachos, tengan esa preferencia por hombres mayores que ellos, puesto que,
merced a tal gusto, hemos podido conocernos.
Todas las mentiras, todos los
tejemanejes que tuve que urdir para robar unas horas a mi vida cotidiana, han
valido la pena. Ahora, cansado pero feliz, vuelvo a casa.
El tren traquetea y yo estoy que me
caigo de sueño. Cierro los ojos y te veo ante mí, con tu sonrisa blanca, tu
barbita que se esfuerza en cubrirte el mentón, tu cuerpo perfecto y menudo, tu
mirada tan clara...No aparentas los treinta y dos que, dices, tienes. Con
veintitrés más a mis espaldas, cincuentón más que maduro, cargado de kilos y de
canas, tengo el pensamiento impuro de que podrías ser, perfectamente, mi hijo.
Recuerdo el saludo que me has hecho, hace apenas unas horas, mientras nos
abrazábamos en el andén :
- ¡Hola, Papi! ¿Cómo estás?
No recuerdo lo que he contestado, porque
durante unos segundos mi única preocupación ha sido notar tu cuerpo contra mi
cuerpo. Entre mis brazos, tu figura casi ha desaparecido. He querido admirar la
belleza de tus ojos, y he constatado que tu mirada todavía es mucho más hermosa
vista “al natural” que por fotografía o por cam. Tienes los ojos verdes, pero
es un verde clarísimo, que puede confundirse con el azul sino te fijas bien.
Eres otro chico con ojos verdes, pero...¡tan distinto de aquél con el que me
estrené en este mundo de los osos!
- ¿Qué llevas en este bolso?
¿Una cabeza de cerdo? - quieres aparentar fortaleza, y por ello me has
arrebatado el paquete con provisiones que he traído desde casa. Te empeñas en
ser tú el que lo acarree. Sudas mientras andamos los cientos de metros que nos
separan del piso de alquiler.
Vamos bromeando. Cada minuto que pasa me
gustas más. Siento que tenemos “algo” en común. Quizá es el sentido del humor, o
el deseo físico, o la voluntad férrea de disfrutar de todo lo que la vida nos
ponga por delante.
Hemos subido los cuatro pisos -sin
ascensor- tal y como te había asegurado en nuestros “planes previos”: tú
delante, y yo detrás de ti, metiéndote mano entre los muslos, intentando abarcar
a cada paso tu paquete desde atrás. Me siento un viejo verde: exactamente lo que
soy. Sudamos como gorrinos. Nos falta el aliento cuando llegamos hasta la
puerta ocho. Alguien nos espera para darnos unas útiles instrucciones, cobrarnos
el alquiler acordado y entregarnos las llaves.
Por fin, solos.
Tu boca tiene hambre de besos, y, la
mía, no le va a la zaga. Estoy tranquilo cuando comienzo a desabrocharte la
camisa. Me gustan tus pezones pequeños, tus pectorales apenas marcados, el
escaso vello que hormiguea entre tus tetillas. Eres divino.
Tus dedos, finos, fuertes, casi de
cirujano, van poniendo al descubierto mi pecho velludo. Inclinas la cabeza para
que tus labios se prendan de mi pezón izquierdo. Lo tengo muy sensible. Algo me
pasa últimamente en los pezones, porque se están convirtiendo en un punto
neurálgico muy importante en mi sexualidad.
Me arrastras tras de ti. Sentado en la
cama, desabrochas mi cinturón, luchas contra la cremallera de mi bragueta...y
hundes tu rostro contra mi calzoncillo. Llevo puestos unos blancos, que, al
contacto con tu saliva, se trasparentan enseguida. No te dejo seguir: ahora me
toca a mí.
Cambiamos las posiciones. Tu cintura,
tus caderas, son estrechas, pero guardan bajo ellas la sorpresa de una polla
gruesa, incircuncisa. La trago inmediatamente. Tus manos acarician mi cabello
(el poco que me queda) cortado casi al cepillo, un poco más largo que mi barba
casi blanca.
Luchamos contra la indecisión. Nos
apetece chuparnos las pollas, pero...¡nos agrada tanto besarnos! Si hubiésemos
contado los besos que nos hemos dado durante estas diecisiete horas...Cientos de
ellos. A cada momento, entre mamada de verga y comida de culo, nos hemos visto
impulsados a juntar nuestras bocas, a entremezclar nuestros alientos, nuestras
salivas, nuestros gemidos...
Quiero penetrarte. Deseas que lo haga.
Entre tus nalgas ya brilla el lubricante. Suena tu móvil. Quedo en la cama,
embadurnando mi verga con el gel Durex. Has salido al largo pasillo y paseas
mientras hablas con alguien de tu trabajo. Te espío desde la puerta del
dormitorio. La polla me cabecea. Tu silueta, ligeramente bronceada, desnuda,
perfecta, hace que me sienta como un burro, como un semental que quiere montar
a su pareja. Parece que no acabas nunca. Me acerco lentamente. Ahora estás de
espaldas. Sin previo aviso, te tomo de las caderas y te inclino sobre un viejo
arcón que hay junto a ti. Sigues hablando. Mi polla ya está en tu interior. Río
para mis adentros, espiando que se te escape algún sonido extraño, algo que haga
preguntar al pesado que hay al otro lado de la línea si te ocurre algo.¡Vaya si
te ocurre! Más tarde me confiesas el morbazo que te ha dado el sentirte atacado
de esa forma, casi violado. Es una de tus fantasías...y yo lo sabía.
Hacemos el amor en la cama. Tu cuerpo se
arquea traspasado por mi pene. Estás sentado sobre mí, retorciendo mis pezones
mientras tiras la cabeza hacia atrás. Mueves tus caderas y yo empujo mi pelvis
contra tus nalgas. De vez en cuando te inclinas hacia mí, buscas mi boca y
quedamos unos segundos unidos por dos sitios. Formamos un círculo por el que
nuestra libido se mueve libremente.
Hemos decidido no eyacular enseguida.
Esperaremos todo lo que haga falta, alargando esta sensación de placer durante
muchas horas.
En la cocina, desnudos, jugamos a
tocarnos, a mamarnos, a besarnos, mientras preparamos la cena. Viandas frías:
ensalada con gambas y salmón ahumado. Las aceitunas, gruesas y con su carga de
anchoa, son el toque final.
He traído de casa un pequeño mantel,
servilletas, cubiertos...Abrimos los envases con quesos, fiambres, patés...El
bolso que pesaba tanto está siendo vaciado. No había una cabeza de cerdo, pero
si que nos vamos a poner como cerdos si nos lo comemos todo.
El vino blanco Marina Alta, fresquito
aunque no todo lo frío que debiese estar, entra muy bien. Brindamos en vasos de
plástico. Tengo un arrebato y me arrodillo junto a ti: me apetece mezclar el
sabor del vino con el de tu polla. Te ríes. El sonido de tu risa me excita.
Comes una banana mientras yo como tu plátano. Luego disfrutamos, conjuntamente,
del sabor de unas cerezas de las llamadas “picotas”. Todavía queda el helado,
pero lo dejamos, de común acuerdo, para mañana.
Ahora eres tú el que me comes ¡y cómo! ,
la verga a mí. Tienes una maestría casi de profesional de la fellatio. No puedo
aguantar sin estar haciendo nada, y hago que te subas sobre mi cuerpo. Formamos
un sesenta y nueve. Chupo tus pelotas. Tu verga entra hasta mi garganta. Durante
unos minutos nos agasajamos mutuamente las pollas. Luego descubro tu culo. Entre
tus mínimas nalgas, un ojete espléndido, limpio como una patena, atractivo,
sonrosado, esperando que alguien se lo coma...
No cuento el tiempo que estoy lamiendo
tu ano. Mi lengua se introduce lo más posible en el fruncido agujero. Intento
abrirlo todo lo que puedo con dos dedos, para que mi serpiente rosa pueda
deslizarse en el reducto anal. Lo chupo, lo muerdo...En una palabra: me lo estoy
comiendo. Delicioso.
Descansamos unos minutos. Abrazados,
besándonos. Secas el sudor de mi cuerpo con una toalla azul. Yo miro el verde
tus ojos. Nos contamos algo de nuestras vidas, de nuestras ilusiones, de
nuestros morbos...Sigues hablando. Siempre te gustaron los hombres mayores. Los
chicos de tu edad siempre estuvieron en otra órbita, muy lejanos de tus propias
aficiones. Me cuentas tus primeros escarceos sexuales, tu obsesión por cierto
profesor que hizo que te matases a pajas (en su honor) cuando eras
adolescente...Apenas si mantienes alguna amistad con gente de tu generación. Te
escucho y me arrastro en la cama hacia abajo. Apoyo la cabeza sobre tus muslos y
tomo tu verga entre mis labios. Meto la lengua bajo el prepucio y acaricio el
glande con cuidado. Quiero hacerte feliz. Necesito darte una mínima parte de lo
mucho que me estás dando a mí. Tu carne joven reacciona de inmediato. Chupo tus
testículos, lamo el trozo de piel que va desde los huevos hasta el ano.
Mordisqueo esa parte, queriendo encontrar tu “punto G”. Un amigo mexicano,
asiduo lector de mis relatos, me ha jurado que es en esa parte de nuestro
cuerpo donde se encuentra el famoso puntito. Algo de razón debe tener, porque
te arqueas de gusto. Ahora tu polla está durísima. Buscas el lubricante sobre la
mesita de noche. Me embadurnas el culo y tú te pones una generosa porción sobre
la verga. Colocas mis pies sobre tus hombros y trasteas con tu miembro buscando
mi ojete. No hay forma. Finalmente cambio de posición y me coloco a cuatro
patas, con la cabeza hundida en la almohada, el culo en pompa...
- ¡Agggggg! -ahora si que ha
entrado toda.
- ¿Te duele?-preguntas algo
preocupado-¡Avísame si tengo que sacarla!
- No te preocupes-digo-la cosa
va muy bien.
Me follas con mesura. Comienzo a
menearme, a buscar, a desear encontrar tu cuerpo pegado al mío. Adoro darte
placer. Y te lo doy, según parece. Y tú a mí también.
- ¿Te gusta? -mi pregunta es un
poco tonta, pero necesito hacerla.
¡¡Muuuuucho! - y sigues con tus embates
contra mis carnosas nalgas.
Me encanta sentirme ensartado por ti, mi
niño. Desde que el bello italiano, Marco, intentó metérmela (consiguiéndolo
apenas) ya han trascurrido casi tres meses. En aquella ocasión lo pasé muy bien,
pero lo de estas horas es...totalmente diferente. Ni punto de comparación. Eres,
con mucho, la mejor experiencia que he tenido hasta ahora.
Nos abrazamos sudorosos. Beso tu frente,
tus ojos, la punta de tu nariz, tu boca...Respiras agitadamente y luego te vas
relajando. Duermes. Me levanto y voy al baño. Vuelvo y me acuesto junto a ti. Tu
cuerpo busca el mio. Cambiamos de posición mil veces. No podemos estar si notar
el roce de nuestras pieles. La madrugada va cayendo poco a poco. Hace fresco.
Recuerdas que me prometiste algo. Haces
que me tumbe boca abajo, y usando el lubricante, comienzas a masajear mi espalda
sentado sobre mis muslos. Noto la punta de tu verga contra mis nalgas cada vez
que te inclinas sobre mí. Es el mejor masaje (creo que el único) que me han dado
en mi vida. Y lo haces con cariño, con pasión, con ganas de que goce tu papi.
Entro en una especie de trance. No podría asegurar si has utilizado el
lubricante para algo más que para el masaje, porque acabo durmiéndome.
Despierto algo más tarde. Apenas he
cerrado los ojos. Me estás mamando la polla. Has introducido uno de tus dedos
dentro de mi ano y me estás dando un masaje de puta madre. Tu boca sorbe mi
verga, come mis huevos. Todo eso en plena oscuridad. Estoy en la gloria.
Llega un momento que tú o yo ya no
podemos más, y pronto te la estoy clavando mientras me aguantas puesto en
cuatro. Te embisto lo más fuerte que puedo. Se que te gusta. Restallan las
palmas de mis manos sobre tus nalgas. La pregunta es obligada:
- ¿Te gusta?
- ¡¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!
¡Sigue, por favooor!
Y sigo.
En mitad de la noche, en cualquier
momento de esta larga madrugada, uno de los dos acaricia al otro. Noto que te
gusto. Lo percibo en la forma en que me besas, en que me tocas, en que me
deseas. Me confiesas que últimamente te gusta más ser activo, pero que, conmigo,
te apetece mucho más ser pasivo. Quizá es una idiotez por mi parte, pero tales
palabras me conmueven, me hacen sentir feliz.
Ahora eres tú el que corres hacia el
baño. Te espero y te tomo entre mis brazos cuando vuelves. Acurrucado contra mi
pecho. Abrazado a mí, protegido por mí. Te quiero.
Desecho de mi pensamiento la tortura de
pensar que, quizá, no te veré nunca más. Tengo que pensar en el momento actual,
en el ahora. Lo otro es...impensable.
El sol ya entra por las rendijas del
ventanal. Nos encuentra besándonos, tocándonos. Tu culito me obsesiona. Solo me
apetece comértelo, chupártelo. Bromeamos. Reímos. Charlamos de mil y una cosa.
Cotorreamos. De repente callamos y nos lanzamos a tocarnos, a follarnos una vez
más.
Son más de las diez de la mañana.
Mientras tú te desperezas voy a la cocina. Tenemos de todo. Pongo una pequeña
cafetera sobre el fuego. El dueño del piso nos ha dejado un desayuno completo:
mantequilla, mermelada, dulces...
Te quemas el dedo con la cafetera. Te lo
chupo. Preparo la mesa mientras intentas refrescarte con un cubito de hielo.
Desayunamos relajadamente. Debe ser estupendo poder desayunar siempre con una
persona como tú. Insinúo la posibilidad de hacerte una visita en Madrid.
Tendríamos que volver a mirar posibles fechas, y , yo, a urdir nuevas mentiras.
Todo es posible.
La cama nos espera otra vez. Parece
mentira la cantidad de horas que estamos pasando juntos, en una habitación no
muy grande, solamente los dos...y sin sentirnos agobiados, y, mucho menos,
aburridos.
Recuerdas, una vez más, lo sensibles que
tengo los pezones. Me los chupas, me los mordisqueas hasta el límite entre el
placer y el dolor. Me pones a mil.
Minutos después te tengo ensartado.
Mantengo tu cuerpo en el aire, cabalgando sobre mí. Arqueo mi cuerpo para que tú
estés con las piernas colgando, sujeto con el gancho de mi polla. Cierras los
ojos. Mi mano retuerce tus pezones alternativamente, mientras la otra masajea tu
polla en una caricia frenética. Mueves tus nalgas buscando el roce de tu
intestino con mi verga. Yo sigo empujándote hacia arriba, como el buen papi que
juega con su niño a elevarlo en el aire. Se que estás gozando. Te lo noto en el
rostro, en la forma que tienes de apretar los labios, en el pellizco sublime de
tus dedos en mis pezones. Noto mi polla en tu interior, entrando y saliendo,
produciéndonos a ambos un gusto enorme.
Bebemos unos sorbos de agua. Nos
abrazamos porque somos conscientes de que ya va quedando poco tiempo.
Tu polla sabe dulce. Seguramente es el
sabor del lubricante. Así sabe también tu culo. Voy alternando mis lamidas. Es
francamente delicioso. Arrecio en mi mamada. Con mi saliva lubrico tu glande.
Trago tu polla hasta el final, aguantando mi nariz contra tu pubis. Intento
darte masajes con los músculos de mi garganta. La saco y la tomo con mi mano. La
meneo, la acaricio, la aprieto, subo y bajo por el tronco mientras me amorro
sobre tus huevos y los tomo en mi boca.
- ¡¡Uffffff!! ¡Qué gusto! -el
gemido sale casi involuntario de tu boca. Me anima a seguir dándole, incansable,
buscando el orgasmo final.
Yo no se lo que les pasará al resto de
los hombres, pero yo disfruto mucho más dando placer que recibiéndolo. Tenerte
entre mis manos, a mi merced, como dueño absoluto de tu cuerpo durante estos
minutos...me pone. Te chupo por todas partes, inclusive me encanta lamer esa
sombra de nacimiento que te sale de la ingle y te rodea la cadera derecha. Me
gustaría comerte, tragarte, hacerte todo mio. Subo unos instantes hasta tu boca.
Nos besamos casi como dos pájaros: dándonos un picoteo. Vuelvo a descender hasta
el cielo de tu verga, de tu pubis, de tus cojones. El sudor cae de mi frente,
lubricando todavía más tu sexo. Quiero que te corras, que goces, que aúlles si
es posible.
Y sigo tragando, y sigo mamando, y sigo
masturbando sin cesar. Tienes treinta y dos años, ¡dios mío!, casi la misma edad
que mi hijo mayor. Es como si estuviese cometiendo incesto.
- ¡Papi, papiiiiii! ¡Me
corrooooo!
Y te corres. Salta la leche, la lefa,
los mocos, el esperma...y tu cuerpo tiembla espasmódicamente cuando sigo
acariciando tu polla. Te quiero.
No pasa mucho tiempo cuando te vuelcas
sobre mí. Si yo he sacado notable en mis caricias, tú eres merecedor de
matrícula de honor. Bien es verdad que tienes mucha más experiencia que yo en
estos menesteres, pero tu boca es una espléndida máquina de proporcionar placer.
Sabes utilizar todos los músculos bucales. Tus manos son palomas que hacen el
amor a mi verga. Me siento en el séptimo cielo, toco la gloria con la punta de
los dedos, me retuerzo, follo tu boca como un salvaje...y...
- ¡Neneee, me corroooooo! -el
aviso llega justo a tiempo.
Desde la ceja hasta la barbilla te
escurre el semen. Lo tomo con mi lengua, lo rebaño y lo trago.
En la estación nos abrazamos por última
vez. Pienso en las ganas que tengo, ya, de volver a verte.
No estoy obsesionado contigo, y tú
conmigo muchísimo menos, pero, yo, por lo menos, lo he pasado tan sumamente
bien, la “química” ha funcionado de tal forma, que un solo encuentro, unas
insignificantes diecisiete horas contigo, son insuficientes.
El tren traquetea sobre los rieles. En
un transistor alguien está oyendo las noticias. Luego se escucha música clásica.
Un hondo suspiro sale de mi pecho. Al volver un recodo, allá a lo lejos, aparece
ya la torre de mi pueblo.
Todo llega y todo pasa. Lo malo, lo
bueno...y tú.