VECINOS – 5
Rendidos de cansancio, ahitos de alcohol y
sexo, cada mochuelo nos hemos ido a nuestro olivo. Sin embargo, de madrugada, me
he dado cuenta de que quien estaba conmigo, ceñido a mi cuerpo como una ventosa,
era Marianito, por lo que he supuesto que David, mi hijo, se ha quedado
entregando y recibiendo placer de nuestro vecino Ricardo.
Y, realmente, no se que pensar de todo ésto.
Antes de volver a dormirme, con la polla a buen recaudo dentro del ojete de
Marianito, he recordado la contestación que, por fin, me ha dado mi hijo a la
pregunta de quién le había enseñado todas estas cosas de la jodienda entre
hombres.
-
El tío Marco.
-
¿El tío Marc...? ¡Mi hermano!
¡Pues ya verá mi hermanito las cuatro cosas que tengo que decirle en cuanto me
lo tire a la cara! Pero eso será mañana, porque ahora Marianito me está mirando
por encima del hombro, adormilado, sin recordar si es su padre el que le
restriega la polla empalmada entre la raja de sus nalgas, y musitando entre
sueños:
-
¡Así, papi, así! ¡No pares de
hacerme cosquillitas “ahí” durante toda la noche!
Creo que hoy pasaré una noche muy agitada.
En los ratos que puedo conciliar el sueño,
retorno a mi adolescencia, cuando mi hermano Marco, diez años mayor que yo, era
mi ídolo. Desde siempre, había algo en él que me atraía de una forma física,
casi culpable. El representaba todo lo que yo quería ser en este mundo y en el
otro. Si a él le gustaba el fútbol, y jugaba en el equipo local, yo era su
hincha más indiscutible. Si le gustaba la mecánica, mi pasión inmediata era
colocarme el mono y ayudarle a desmontar el viejo coche de nuestro padre. Si le
gustaban las chicas, yo era el hetero más hetero del instituto...Si el corría ,
yo corría, si se detenía, yo frenaba en seco. Sabía todos sus chistes de
memoria, y , sin embargo, la primera carcajada que avalaba lo gracioso que era,
sin lugar a dudas era la mía. Si alguno de mis amigos se atrevía a hacer la
menor crítica, la más ínfima rechufla sobre mi hermano...yo me convertía en una
fiera corrupia que no dejaba de hostiar al que se había atrevido a profanar el
nombre de mi dios en vano.
Marco se dejaba querer. El era un triunfador, y
yo había nacido para ser su escudero, su bufón, su mamporrero. Veía lo más
lógico del mundo que su hermanito pequeño le mirase con adoración. En mis
recuerdos de infancia, siempre le tengo a él presente, jugando conmigo,
dejándose cabalgar por mí, haciéndome cosquillas y rodando conmigo por el suelo,
frotando su entrepierna contra mi cuerpo ingenuo. Pero, pasaba el tiempo y yo no
era para él más que alguien a quien ordenar cosas, alguien ante quien afianzar
su virilidad del macho más fuerte de la manada. Sin embargo, para mí,
imperceptiblemente, comenzó a ser algo... distinto. Según iba entrando en la
adolescencia, notaba algo extraño al mirar a mi hermano, al pensar en él a todas
horas. En mis sueños húmedos era a mi hermano a quien estaba acariciando cuando
eyaculaba, y mi memoria trataba de rebuscar en lo más profundo, imaginando
momentos en los que él se aprovechaba de mi inocencia...
Una tarde, sin saber que él estaba en el baño,
entré para ducharme. Marco estaba ensimismado, haciendo posturitas ante el
espejo. Era guapo, y lo sabía. Tenía los ojos clavados en el espejo, mirándose
fijamente. Una de sus manos rozaba los pezones, la otra, atenazaba su gruesa
verga. Los testículos colgaban pesados, moviéndose como frutos maduros en un
hermoso árbol.
Solté un gemido que le hizo reparar en mí.
Durante unos instantes nos miramos fijamente a los ojos, luego tuvo una reacción
a lo machito, y , adelantando las caderas obscenamente y mostrando su sexo
erecto me espetó:
-
¿Te gusta mirarme el nabo,
hermanito? -y lanzó una carcajada que me pareció dura, que me pareció
despreciativa, que se clavó en mi alma y me hizo querer morir en aquel mismo
momento. Salí corriendo de allí. Tropecé con mi padre y seguí corriendo, huyendo
lo más lejos posible de aquel lugar, de aquel cuerpo, de aquella vergüenza...
Corrí hasta quedar sin aliento. Intenté
contener las lágrimas, y lo conseguí; pero su imagen provocativa, sus músculos,
su verga, su sonrisa incitante y burlona a la vez, no me abandonaron ya. Supongo
que me enamoré, o terminé de enamorarme, hasta las cachas, de él. Multitud de
veces le había visto desnudo, pero el impacto de aquella vez me hizo verle de
una forma distinta.
Comencé a espiarle a todas horas. Necesitaba
verle, rozarme con él, espiarle cuando se masturbaba o cuando follaba a la novia
de turno en el sofá de nuestro salón, cuando creían que estaban solos en casa.
Mi obsesión por él llegó a ser tanta, que comencé a adelgazar, a tener malas
notas en el instituto, a pelearme con todos y por todo. Por si fuese poco, yo
notaba que entre papá y él existía una complicidad de la que yo estaba excluido.
Sabía que conversaban horas y horas , y sus risas viriles atravesaban las
frágiles paredes haciéndome sufrir por partida doble.
Por aquel entonces murió mamá. Solo me faltaba
eso para sentirme una mierda con patas. La familia se tambaleó, pero nuestra
hermana mayor , que ya estaba casada, tomó las riendas y todo volvió a la
normalidad, más o menos. Todo, menos yo.
Marianito se rebuja contra mí riendo entre
sueños. Roza mi cuerpo con sus nalgas desnudas, y mi verga se endurece al
instante. Lo abrazo mientras acaricio sus hombros huesudos. Tiene la piel suave.
Vuelvo a dormirme en cuanto le introduzco la polla. El ronronea como un gatito.
En mi sueño , vuelvo a retornar a mis quince
años. Estoy en la cama, solo. Marco, con veinticinco recién cumplidos, está
organizando su boda y vuelve todas las noches tarde. Dormimos en la misma
alcoba, pero en camas separadas. Me levanto a beber agua y le oigo hablar con
papá. Están discutiendo por algo. Papá insiste y mi hermano protesta aludiendo a
que pronto será un hombre casado. Sigo hacia la cocina, me siento en una
banqueta y bebo a pequeños sorbos el agua fría. Tardo un rato en volver a la
cama. Hace demasiada calor, y, aquí, en la cocina, con la ventana abierta que da
al patio , se está muy bien. En el callejón trasero, dos gatos en celo maúllan
buscando pareja.
Al pasar ante la habitación de papá ya
solamente oigo el ronquido monocorde que indica que ya duerme. Avanzo a oscuras
hasta mi cama. Pego un respingo cuando me doy cuenta de que mi hermano está
acostado en ella. Seguro que se ha puesto nervioso con la discusión de papá y ni
siquiera se ha dado cuenta en la cama que está. Parece que está dormido.
Solamente lleva puesto un slip blanco, que recoge sus genitales formando un
bulto que no puedo dejar de intuir.
Tic-tac-tic-tac...
El reloj despertador es el único sonido que
puede oírse. Mi hermano, con un brazo flexionado tapando sus ojos, está
despatarrado en la cama, ocupando su sitio y el mío. No puedo evitar rozarle.
Entra un rayo de luna por la rendija de la persiana. Me apoyo en un codo y le
miro de cerca. Sus pezones son gruesos, destacando en los pectorales musculosos.
Moriría de placer si me atreviese a tocar uno de ellos. Avanzo con la palma de
la mano extendida y la coloco justamente encima. La bajo lo suficiente para
notar el calor que desprende el cuerpo, pero sin llegar a tocar la piel. Deslizo
la mano desde su torso hasta el ombligo, aunque sin permitirme el más mínimo
roce. Llego a la altura del slip. La tentación es fortísima. Engarfio los dedos
como si fuese a agarrarle el paquete, pero...¡no! ¡imposible!. Después de la
escena del baño...no quiero arriesgarme a soportar sus insultos.
Marco duerme con el brazo izquierdo extendido
sobre las sábanas, con la mano ligeramente abierta. Su pecho sube y baja. Mi
polla está que revienta. En un rapto de valor tomo su mano y le abro los dedos
uno a uno, dejando la palma extendida hacia arriba. Luego, sacando mi verga por
el camal del gayumbo, me coloco panza abajo en la cama, de forma que su mano
acoge mi polla...sin saberlo.
Fingiendo que duermo, coloco mi brazo izquierdo
sobre su vientre. Estoy sudando de miedo, de excitación, de culpabilidad. El
codo presiona levemente el paquete abultado. Aprieto un poco más. La carne
responde. Ahora me atrevo a dejar mi mano sobre su slip, notando el calor que
desprende. Bajo la tela, algo se mueve.
Mi hermano se remueve somnoliento. Aparto con
pavor la mano, pero él me la caza al vuelo sin decir ni una sola palabra. Me
obliga a apoyarla sobre su vientre, e incluso me la empuja para que pueda
introducirla bajo su ropa interior...La verga está muy dura. La tomo con un
miedo tan fuerte que hace que sufra sofocos. Además, ahora es mi propia polla
la que está siendo acariciada por su mano. Nos estamos pajeando al unísono. Un
maravilloso krampak. No puedo creérmelo. Me excito tanto que me monto sobre su
cuerpo. Mi piel sudorosa resbala contra la suya. Nos besamos con intensidad, a
la vez que restriego mi sexo contra el de mi hermano. Marco empuja mi cabeza
hacia abajo, sin decir palabras ...pero indicando claramente lo que quiere.
Trago su polla hasta la raíz. Tiene el sabor
tan rico como siempre imaginé...o que siempre recordé. Mamo con delectación. Mi
hermano me aparta un momento para desembarazarse del calzoncillo. Sigo
chupándosela. Estaría así, con su nabo metido hasta mi garganta, durante todo lo
que me queda de vida.
-
¡Lámeme el culo, nene! - su voz
es ronca.
Levanta los muslos para dejarme acceso a su
ojete. Paso de la polla a los huevos, y luego sigo lamiendo hasta que llego al
ano. Está muy mojado. En los bordes, enrojecidos, quedan grumos de algo
blanquecino. Me aplico a chuparlo todo. Marco aprieta el esfínter, y unas gotas
del líquido blanco aparecen en el agujero y chorrean hacia abajo. Las tomo con
mi lengua, incluso las saboreo. Tienen una consistencia muy parecida a...
-
¿Es lefa? -al hacer la pregunta
levanto los ojos y mi mirada se cruza con la suya.
-
Sí, lo es.
-
¿De...papá? - la pregunta me ha
salido como un escupitajo.
-
Sí. El es el que me ha llenado el
culo con su leche – y rompe a llorar desconsolado.
-
Despierto en este punto del sueño. Sigo
recordando aquellos tiempos, aunque ahora estoy perfectamente despierto.
Marianito lanza un pequeño quejido de protesta cuando libero su ano de mi verga.
Le dejo tumbado en posición fetal, mientras yo quedo boca arriba, mirando el
techo con la luz difusa del alba. En mi mente se suceden las imágenes de aquella
larga noche. Mi hermano, bello como un Apolo, fuerte como un Hércules, llorando
abrazado a mi pecho y susurrándome, entre hipidos, la relación que tuvo con
papá, de una forma intermitente, durante quince años.
Marco me contó toda la historia: desde que mamá
se quedó embarazada de mí, papá le convirtió en su amante. Nuestra madre estaba
muy agradecida de que su buen esposo fuese tan gentil con ella, y que no le
exigiese el débito conyugal porque sabía lo desganada que se sentía durante los
embarazos. Nunca imaginó que era su hijo Marco el que apagaba los calores
sexuales de su esposo. Cada noche, sin faltar una, mi hermano esperaba despierto
la llegada de papá, y, mientras él, de rodillas y recostado ligeramente sobre la
cama, rezaba sus oraciones, papá podía dejar en la intimidad de su hogar lo que,
en otras circunstancias, hubiese tenido que buscar (pecando) entre los brazos de
mujeres de mal vivir. Eso es lo que le decía en voz baja a mi hermano, mientras
lo sujetaba por la cintura, mientras se aferraba a sus huesudas caderas, para
clavarle lo más hondo posible su enorme vergajo paterno.
Tras mi nacimiento, Marco notó que nuestro papi
se alejaba de él. Ahora podía desahogarse con mamá, así que mi hermano quedó
relegado al olvido. El pobre Marco sufrió las de Caín: por un lado, el
alejamiento de papá, y, por otro, la presencia de un antagonista (yo) en la
batalla por el trono familiar. Como contra papá no podía hacer nada, fui yo el
que pagó el pato de su resquemor. Y me indujo a que, a través de nuestros
juegos, yo satisficiese su libido de rijoso adolescente.
Fue, precisamente, en mitad de uno de aquellos
juegos, cuando papá le sorprendió haciendo que yo jugase con su miembro y lo
metiese en mi boca. Por aquel entonces Marco ya eyaculaba, así que, aunque mi
hermano me apartó rápidamente de su entrepierna al saberse sorprendido, nuestro
padre vio claramente el esperma que chorreaba de mi boca.
Seguramente el impacto de vernos enzarzados en
aquel juego sexual, hizo que se revolviesen en nuestro padre sus morbos más
secretos. Se excitó tanto, que, lejos de reñirle, lo hizo acudir a su alcoba y
le estuvo “poniendo al día” de todas las penetraciones que le había escatimado
desde mi nacimiento.
A partir de aquel día, papá , periódicamente,
iba requiriendo la presencia de Marco en su alcoba. Año tras año, el ritual se
cumplía aprovechando las visitas semanales de mamá a la parroquia. Luego, con
la enfermedad y muerte de nuestra madre, todavía se consolidó más el vínculo
sexual que les unía a ambos. A mi hermano le gustaba, y mucho, el sentirse
objeto de la atención de nuestro padre, pero, en la actualidad, cumplidos los
venticinco, en puertas de casarse, ya no le parecía tan bien. Sin embargo papá
quería seguir teniéndolo, y ambos llevaban una lucha soterrada de discusiones en
las que, casi siempre, nuestro padre terminaba llenándole el intestino con su
semen.
La noche de la confidencia, consolé a mi
hermano de la única forma que podía: con mi amor incondicional. Le dije que no
se preocupase, porque de entonces en adelante yo me ocuparía de solucionar el
problema. Y lo hice.
La mañana siguiente me levanté el primero.
Preparé un suculento desayuno, y, parte de él, lo llevé a la cama de Marco. Le
dije que no se levantase...de momento, y que en media hora acudiese a la cocina.
Esperé a papá. El se levantó al cabo de un
rato. Estaba a punto de cumplir los cincuenta, y era alto y fuerte, con una
barriga que ya estaba dejando de ser incipiente. Tenía el pelo muy canoso. Había
sido un hombre bastante guapo, y lo seguía siendo. Le gustaba ir por casa con
una camiseta de tirantes que dejaban al descubierto sus pezones y parte de sus
pectorales, con una frondosa pelambrera de vello que salía por todos los huecos.
También llevaba unos calzones cortos, con una bragueta que solía llevar
desabrochada y que permitía ver sus genitales si no iba con cuidado.
Siguiendo un plan preestablecido, y recordando
la historia de Esaú y Jacob, me vestí con ropa de mi hermano. Naturalmente lo
hice con ropa antigua, de la que él llevaba cuando tenía más o menos mi edad.
Marco no se caracteriza por su afición a seguir las modas, así que siempre lleva
el mismo tipo de ropa. Papá es bastante miope. Antes de que despertase había
escondido sus lentes, por lo que, cuando se levantó, no veía tres en un burro.
-
Marco, buenos días -la cosa
pintaba bien, pues, de entrada, ya me había confundido con mi hermano.
-
Ejemmm días....
-
¿Te ocurre algo en la garganta?
-
Nnnooo.
-
Bueno, es que...si la tienes
irritada, papi tiene algo para curártela.
Ya veía por donde venían los tiros. El plan
estaba saliendo bien...de momento.
Papá se acercó donde estaba yo sentado. Sin
ningún protocolo, restregó su paquete contra mi codo. No me aparté. Siguió con
los empujones y los rozamientos hasta que se puso tan dura que salió ella sola
por la bragueta abierta.
-
¿No quieres lechita de papá,
hijo?
-
¡Papá...! ¿Otra vez? -la voz me
salió ronca, porque el tener el pollón de mi padre a un palmo de la nariz me
estaba poniendo muy tenso.
-
¡Calla, mamoncete! ¡aparta ese
vaso de tu boca y bebe directamente del biberón!
Lo hice. Le pegué tal mamada que quedó con las
piernas temblando. Me esmeré muchísimo, porque quería conseguir ...lo que
conseguí. Seguí lamiendo y relamiendo el miembro paterno, mientras no quitaba
ojo del reloj de la cocina.
Finalmente, tal y como yo le había indicado,
entró Marco.
-
¡Buenos días! ¡Hombre, papá, ya
veo que me has encontrado sucesor!
-
Pero...si tú...¡Nene! ¡Me has
engañado!- lo dijo en un tono que quería simular enfado, mientras me arrebataba
su polla de la boca.
-
Pues sí -pude decir tras tragar
un borbotón de semen - y te he demostrado que puedo hacer cualquier cosa que
haga mi hermano- esto lo dije limpiándome las comisuras de los labios, y mojando
un trocito de pan en el churretón de lefa que había caído sobre la mesa para
masticarlo con delectación.
-
¡De acuerdo! He entendido la
indirecta, hijos. De ahora en adelante dejaré en paz a Marco; pero antes...
-
Di lo que quieres, papá.
-
Pues, la verdad, hace muchos años
que tengo un capricho que no me he atrevido a poner en práctica...
-
¿Un capricho durante muchos
años...? ¿Y te has reprimido de tenerlo...tú?
-
Pues sí, Marco, exactamente desde
el día en que vi como tu hermanito te mamaba la polla.
-
Y...¿cuál es ese capricho, si
puede saberse?
-
Ver como os enrolláis delante de
mí.
Mi hermano y yo quedamos en silencio. Papá
quería que fornicásemos delante suyo, así que lo hicimos. Aquella noche
comenzamos los dos...y terminamos los tres.
Allí comenzó una nueva etapa para nuestra
sexualidad compartida. Un periodo de tiempo bastante prolongado, y que acabó
bruscamente cuando papá decidió, unilateralmente, que aquello había acabado.
Simplemente porque él comenzó a tener problemas de erección, y, si él no
jugaba...rompía la baraja.
Así que la próxima visita de mi hermano y mi
sobrino, junto con papá, no será, en absoluto, nada que propicie los encuentros
sexuales. Aquellos encuentros rijosos ya han pasado a la historia...o, por lo
menos, así lo creo yo. Sin embargo, todavía tengo pendiente una conversación muy
seria con mi hermano Marco. Tiene que explicarme cierto asuntillo referente a la
iniciación sexual de mi hijo David .
El pensar que durante varios días mi sexualidad
estará en dique seco, me hace querer aprovechar los últimos minutos en los que
tengo a mi disposición al insaciable Marianito. Aparto la sábana que nos cubre y
le zarandeo suavemente de un hombro.
-
¡Nene, nene...es la hora de tomar
el bibi!
Sin abrir siquiera los ojos, el muy perillán
sonríe de oreja a oreja, se desliza por la cama hasta topar con mi cuerpo, y ,
con la boca por delante, se lanza a la búsqueda de lo que le gusta tanto.
El intercambio de hijos lo realizamos muy
avanzada la mañana. Doy por supuesto que mi vecino Ricardo y mi hijo David han
tenido, también , una noche muy movidita, por lo que espero a que Marianito,
después de haberse tomado su leche, duerma todo lo que quiera antes de llevarlo
a su casa.
Estoy medio adormilado. Sentado en la cocina
doy sorbos a un café muy cargado, que, espero, me haga retornar al mundo de los
vivos. Llevo unas ojeras que me llegan hasta las ingles.
Doy vueltas a mi cabeza al tema de donde
colocar a mis invitados. Recuerdo que mi vecino Ricardo me ha comentado en
alguna ocasión que posee un chalet -más bien cabaña- en una zona montañosa, no
demasiado alejada, y que le haría ilusión de que fuésemos a pasar allí unos
días, o , por lo menos un fin de semana. En realidad la invitación original era
con la idea de ir los dos matrimonios junto con nuestros hijos, pero, dadas las
circunstancias ( y los últimos acontecimientos) no creo que ponga excesivas
pegas a que vayamos solamente los hombres.
Sonrío feliz. Ya tengo resuelto, de momento, el
primer problema.