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[ ¡Somos la rabia! (Luis Pasteur). ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
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El Premio

william ashbless
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Una pequeña confusión provocará que una joven recien casada experimente la mayor aventura de su vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

EL PREMIO

La puerta de la sauna se abrió suavemente. Diana se dio cuenta de su error demasiado tarde. Uno de los atletas ya estaba cerrándola a su espalda. Lo recordaba, le había visto aquella misma tarde en la pista: Formaba parte del equipo ruso, le había dicho su marido al advertir que el hercúleo nórdico no le había quitado el ojo de encima desde hacía horas. Ahora se había puesto a su espalda y la estaba despojando de la toalla lentamente para mostrarle su cuerpo de ninfa al resto del equipo. Diana no había visto jamás cuerpos tan bonitos: Eran duros, flexibles y estilizados y sus pollas, que se elevaban por momentos al disfrutar del espectáculo eran indescriptibles. El olor a macho impregnaba el aire haciéndola salivar, lo cual era magnífico teniendo en cuenta el trabajo que su boca tenía por delante. Fue la polla del esquiador que tenía a su espalda la primera que sintió contra su piel. Estaba tan caliente que le quemaba la cintura, ascendiendo sobre su columna hasta alcanzar el hueco entre sus omóplatos. El glande parecía tan enorme como su propio puño y ardía como las rocas que hacían hervir el agua perfumada de la sauna. El esquiador la hizo girarse sobre sí misma, haciéndola tropezar con la toalla que yacía a sus pies. El joven le dedicó una sonrisa deslumbrante y la cogió por el cabello, casi tan rubio como el de él, para bajar su cara a la altura del falo, pero fue ella la que se arrodilló para recibirle en su boca. Tuvo que abrirla tanto que durante un segundo pensó que se ahogaría si aquella enormidad se abría camino hasta su garganta, pero la abundante saliva, mezclada con el sudor del macho, permitió que la verga se deslizara en su interior, desbordándola de lujuria. El esquiador la sujetó por la nuca y le hundió el falo por completo, haciendo gritar de miedo a Diana, que sorprendentemente no experimentó el asco familiar que siempre la invadía al notar la polla de su marido en la boca. Las contracciones de su garganta, que como comprendió en ese instante había permanecido virgen hasta aquel día, hicieron estremecerse al esquiador, que tembló dentro de su boca como una hoja al viento. Al principio le pareció que era él quien le follaba la boca aferrado a su pelo corto, pero no tardó en descubrir que era ella misma la que movía su cabeza con furia, chupando con fuerza como si pretendiera matar de placer a aquel desconocido. Mientras trabajaba afanosamente entre las piernas del esquiador, sintió la caricia de otras manos en su cabello y sobre sus hombros. Otras, suaves y cálidas, cogían sus senos como si fueran copas de vino, acariciando los pezones como un filo de vidrio húmedo, que parecía gemir bajo la yema de aquellos dedos de pianista. Sentía su polla entre los glúteos y varias manos rozando su cintura, sus muslos y sus brazos. El joven que estaba a su espalda dijo algo en ruso. Por lo poco que Diana pudo entender de sus palabras, adivinó que la habían confundido con una prostituta, una especie de regalo de su entrenador por las medallas ganadas el día anterior. Diana recordó haber visto la competición con su marido, en el televisor de su habitación del hotel. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía, estuvo a punto de perder el conocimiento por la impresión: Se la estaba follando el equipo olímpico ruso de esquí acrobático. Lo que ocurrió a continuación fue el verdadero comienzo de la bacanal: El esquiador que se deshacía en su boca le aclaró a sus camaradas que no era ninguna prostituta, sino una turista española que parecía estar pasando su luna de miel en el hotel y a la que llevaba deseando tirarse desde que la vio, entonces Diana, con el falo del macho aún en su boca pronunció la palabra "Da", y él estalló como una fuente de leche caliente, anegando su garganta y bañando de lefa su rostro. Debió de ser aquella imagen, junto con la corta confesión de Diana, lo que disparó el deseo de los esquiadores, que perdieron el control y comenzaron a disputarse cada orificio de su cuerpo. Las lágrimas de placer que derramó Diana al sentir la polla del joven que tenía a su espalda abriéndose camino en su interior, se mezclaron con el sudor y la leche del primer esquiador y empaparon la polla de otro de los jóvenes, al que Diana acariciaba con su precioso rostro, este no tardó en ocupar el puesto de su compañero gimiendo roncamente y le llenó la garganta justo en el instante en que el joven que la follaba la hizo correrse gritando con la boca amordazada de deseo. Cuando las contracciones de su ya empapada lengua le hicieron saborear la semilla del tercer macho, sintió unas manos en sus caderas que la levantaban y se vio conducida hasta otro de los jóvenes, que la esperaba sobre un banco tan empapado como su vulva. Esta última se abrió como una orquídea para recibir al muchacho, que la empaló con tanta delicadeza que Diana alcanzó por segunda vez el orgasmo al sentirle dentro. Mientras comenzaba a follar con aquel guapísimo joven, algo la hizo estremecerse de miedo: Un glande tan duro y enorme como una manzana se apoyaba contra su puerta trasera. Diana intentó cerrarse a aquella oferta, pero la puerta se abría sin remedio ante la flojera que le provocaba la polla del muchacho en su interior y cuando se volvió a correr, el macho que estaba a su espalda se la hundió hasta la empuñadura. Al principio el dolor era tremendo, pero el placer que sentía en su vulva parecía extenderse por momentos hacia atrás. Cuando el deleite que le provocaba el joven que la sodomizaba comenzó a rivalizar con el que sentía abriéndose camino entre sus piernas hasta casi alcanzar el corazón, notó una oleada de placer tan grande que la aterrorizó. Esta ascendió mientras los dos muchachos la embestían cada vez más fuerte, hasta que los tres se corrieron gritando a la vez. Los machos que quedaban fueron turnándose su boca hasta quedar saciados por completo y después la llevaron a las duchas, donde la lavaron con delicadeza antes de vestirla de nuevo y acompañarla de regreso a su habitación. Desaparecieron antes de que Diana acudiera al encuentro de su marido para besarle en los labios, confiando en que no notara los doce gustos a semen que aún saboreaba en su boca.

FIN

TodoRelatos.com © william ashbless

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