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TODORELATOS.COM |
Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
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| Fecha: 08-Ago-08 |
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| Una pequeña confusión provocará que una joven recien casada experimente la mayor aventura de su vida. |
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EL PREMIO
La puerta de la sauna se abrió suavemente. Diana se dio
cuenta de su error demasiado tarde. Uno de los atletas ya estaba cerrándola a su
espalda. Lo recordaba, le había visto aquella misma tarde en la pista: Formaba
parte del equipo ruso, le había dicho su marido al advertir que el hercúleo
nórdico no le había quitado el ojo de encima desde hacía horas. Ahora se había
puesto a su espalda y la estaba despojando de la toalla lentamente para
mostrarle su cuerpo de ninfa al resto del equipo. Diana no había visto jamás
cuerpos tan bonitos: Eran duros, flexibles y estilizados y sus pollas, que se
elevaban por momentos al disfrutar del espectáculo eran indescriptibles. El olor
a macho impregnaba el aire haciéndola salivar, lo cual era magnífico teniendo en
cuenta el trabajo que su boca tenía por delante. Fue la polla del esquiador que
tenía a su espalda la primera que sintió contra su piel. Estaba tan caliente que
le quemaba la cintura, ascendiendo sobre su columna hasta alcanzar el hueco
entre sus omóplatos. El glande parecía tan enorme como su propio puño y ardía
como las rocas que hacían hervir el agua perfumada de la sauna. El esquiador la
hizo girarse sobre sí misma, haciéndola tropezar con la toalla que yacía a sus
pies. El joven le dedicó una sonrisa deslumbrante y la cogió por el cabello,
casi tan rubio como el de él, para bajar su cara a la altura del falo, pero fue
ella la que se arrodilló para recibirle en su boca. Tuvo que abrirla tanto que
durante un segundo pensó que se ahogaría si aquella enormidad se abría camino
hasta su garganta, pero la abundante saliva, mezclada con el sudor del macho,
permitió que la verga se deslizara en su interior, desbordándola de lujuria. El
esquiador la sujetó por la nuca y le hundió el falo por completo, haciendo
gritar de miedo a Diana, que sorprendentemente no experimentó el asco familiar
que siempre la invadía al notar la polla de su marido en la boca. Las
contracciones de su garganta, que como comprendió en ese instante había
permanecido virgen hasta aquel día, hicieron estremecerse al esquiador, que
tembló dentro de su boca como una hoja al viento. Al principio le pareció que
era él quien le follaba la boca aferrado a su pelo corto, pero no tardó en
descubrir que era ella misma la que movía su cabeza con furia, chupando con
fuerza como si pretendiera matar de placer a aquel desconocido. Mientras
trabajaba afanosamente entre las piernas del esquiador, sintió la caricia de
otras manos en su cabello y sobre sus hombros. Otras, suaves y cálidas, cogían
sus senos como si fueran copas de vino, acariciando los pezones como un filo de
vidrio húmedo, que parecía gemir bajo la yema de aquellos dedos de pianista.
Sentía su polla entre los glúteos y varias manos rozando su cintura, sus muslos
y sus brazos. El joven que estaba a su espalda dijo algo en ruso. Por lo poco
que Diana pudo entender de sus palabras, adivinó que la habían confundido con
una prostituta, una especie de regalo de su entrenador por las medallas ganadas
el día anterior. Diana recordó haber visto la competición con su marido, en el
televisor de su habitación del hotel. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía,
estuvo a punto de perder el conocimiento por la impresión: Se la estaba follando
el equipo olímpico ruso de esquí acrobático. Lo que ocurrió a continuación fue
el verdadero comienzo de la bacanal: El esquiador que se deshacía en su boca le
aclaró a sus camaradas que no era ninguna prostituta, sino una turista española
que parecía estar pasando su luna de miel en el hotel y a la que llevaba
deseando tirarse desde que la vio, entonces Diana, con el falo del macho aún en
su boca pronunció la palabra "Da", y él estalló como una fuente de leche
caliente, anegando su garganta y bañando de lefa su rostro. Debió de ser aquella
imagen, junto con la corta confesión de Diana, lo que disparó el deseo de los
esquiadores, que perdieron el control y comenzaron a disputarse cada orificio de
su cuerpo. Las lágrimas de placer que derramó Diana al sentir la polla del joven
que tenía a su espalda abriéndose camino en su interior, se mezclaron con el
sudor y la leche del primer esquiador y empaparon la polla de otro de los
jóvenes, al que Diana acariciaba con su precioso rostro, este no tardó en ocupar
el puesto de su compañero gimiendo roncamente y le llenó la garganta justo en el
instante en que el joven que la follaba la hizo correrse gritando con la boca
amordazada de deseo. Cuando las contracciones de su ya empapada lengua le
hicieron saborear la semilla del tercer macho, sintió unas manos en sus caderas
que la levantaban y se vio conducida hasta otro de los jóvenes, que la esperaba
sobre un banco tan empapado como su vulva. Esta última se abrió como una
orquídea para recibir al muchacho, que la empaló con tanta delicadeza que Diana
alcanzó por segunda vez el orgasmo al sentirle dentro. Mientras comenzaba a
follar con aquel guapísimo joven, algo la hizo estremecerse de miedo: Un glande
tan duro y enorme como una manzana se apoyaba contra su puerta trasera. Diana
intentó cerrarse a aquella oferta, pero la puerta se abría sin remedio ante la
flojera que le provocaba la polla del muchacho en su interior y cuando se volvió
a correr, el macho que estaba a su espalda se la hundió hasta la empuñadura. Al
principio el dolor era tremendo, pero el placer que sentía en su vulva parecía
extenderse por momentos hacia atrás. Cuando el deleite que le provocaba el joven
que la sodomizaba comenzó a rivalizar con el que sentía abriéndose camino entre
sus piernas hasta casi alcanzar el corazón, notó una oleada de placer tan grande
que la aterrorizó. Esta ascendió mientras los dos muchachos la embestían cada
vez más fuerte, hasta que los tres se corrieron gritando a la vez. Los machos
que quedaban fueron turnándose su boca hasta quedar saciados por completo y
después la llevaron a las duchas, donde la lavaron con delicadeza antes de
vestirla de nuevo y acompañarla de regreso a su habitación. Desaparecieron antes
de que Diana acudiera al encuentro de su marido para besarle en los labios,
confiando en que no notara los doce gustos a semen que aún saboreaba en su boca.
FIN
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