Los mocos, y no de pavo sino de polla, salen al cabo de un
rato. Fuertes, potentes. Noto el churretón llenándome el intestino. Mi hijo se
corre dentro entre espasmos y gemidos de placer supremo. Saca su verga de
dentro de mí, y la leche sale de mi ano en regueros calientes. Mientras, su mano
no deja de pajearme con ímpetu, hasta que nota que me llega el turno, y ,
acercando su boca hasta mi sexo, traga con ansia toda la lefa que sale de mi
cuerpo agradecido. Levanta la cara hacia mí, exultante de alegría. Por la
comisura de sus labios blanquea parte del esperma que llena su boca. Parece un
niño que acaba de darle un bocado a un pastel de nata.
¡Nata!. Mañana tenemos la comida en casa de los vecinos.
Tengo que comprar una tarta antes de que cierren el super.
Pero eso será más tarde. Porque David, una vez ha conseguido
lo que quería, no quiere dejarme sin ración de su ojete, así que, embadurnándose
el culo con el semen que todavía conserva en su boca, se sienta sobre mi vientre
y maneja mi verga hasta que la tiene bien metida en su interior.
- Y, ahora, papi, jugamos a que yo soy tu
esclavo...¿vale?- y comienza a brincar sobre mi polla.
He salido del taller como una tromba. Corriendo, he ido a la
pastelería de la esquina a por la tarta de nata. Luego, mientras David se ha
duchado, yo he llamado a mi mujer para saber como va la cosa del infarto de mi
suegro. Parece que va mejor, pero todavía está en intensivos. Que me lo tome con
calma. Luego se enrolla a hablarme de cosas de su familia. Miro el reloj varias
veces. Ricardo ya estará con la mesa puesta. Y mi mujer sigue dale que te pego,
dándome el coñazo.
Apenas he podido desembarazarme de ella, suena otra vez el
teléfono. Estoy a punto de no cogerlo, pero veo que es mi padre el que llama. El
muy cabronazo se merece que no le conteste, porque bastante nos jodió la vida a
mi hermano Marco y a mí con sus cambios de forma de pensar: primero nos follaba
a todas horas, y cuando comenzó a declinar a nivel sexual se hizo un santurrón
de tomo y lomo.
Finalmente vence el amor filial, y contestó en tono algo
seco:
- Dime.
- ¿Eres tú, hijo?
- Soy yo, padre. ¿Qué (coño) quieres?. Date aire en
hablar que tengo mucha prisa.
- Verás...te llamo a causa de tu hermano Marco.
- ¿Marco? ¿Qué le ocurre a ese semental?
- Pues...lo de siempre...
- ¡No me digas que lo ha abandonado también su
segunda mujer!
- También, también...
- ¿Y...?
- Ya puedes imaginártelo: como la casa era de
ella...de momento no tiene donde quedarse.
- ¿Me estás diciendo que Marco quiere venirse a vivir
conmigo, a mi casa?
- ¡Hombre, querer, lo que se dice querer, no quiere;
pero...no le queda más remedio!
- ¿Cómo que no? Puede irse a casa de nuestra hermana,
por ejemplo...
- ¡Quita, quita! ¡Ya sabes que Marco nunca se llevó
bien con ella! Con el único que quería tener tratos (y vaya si los tenía) era
contigo...¿acaso no lo recuerdas?
- ¿Cómo no lo voy a recordar, papi, si fuiste tú el
que nos lanzó en brazos uno del otro, para que tú pudieses ponerte morado de
vernos follar...y luego participar en aquellos trios que tanto te gustaban!
- ¡Ejem! ¡Bueno, bueno! Aquello...ya pasó a la
historia. El caso es que Marco, junto con tu sobrino Dani, quiere saber si puede
ir a tu casa a pasar unos cuantos días. ¡Y no me digas que tienes que consultar
con tu mujer, porque tu hermana ya me ha dicho que está atendiendo a tu suegro
en el hospital, y que precisamente por éso está cuidando ella de vuestra hija
pequeña!
- Pues si lo tienes todo tan claro, papá...¿porqué me
preguntas? Dile que vengan cuando quieran,y ya nos apañaremos como podamos.
- Te doy las gracias en su nombre. Y en el mío,
porque seguramente yo también iré con ellos.
Cuando puedo colgar el teléfono, me doy cuenta de que no me
queda ni un minuto para ducharme, así que me quito la ropa del trabajo y me
lavoteo la cara para quitarme los churretones de grasa. Corro al dormitorio y
rebusco en el cajón de la ropa interior. ¡Horror!¡Olvidé poner la lavadora! ¡No
queda ni un solo calzoncillo limpio!. En ese momento entra mi hijo con cara de
circunstancias, enseñándome un pantaloncito de los que usaba hace varios años.
- ¡Papá! ¡No tengo ropa para ponerme! ¡Solamente he
encontrado esta cosa en el fondo del armario!
- Pues...¡póntelo y vámonos ya, que nos están
esperando!
Tampoco veo ningún pantalón decente para ponerme, excepto
unos jeans muy rotos y desgastados que terminé por no usar porque se me veía el
slip por la entrepierna. ¡Y hoy me lo tengo que poner sin ni siquiera llevar
puesta la ropa interior! Estoy con esa duda existencial, cuando suena el
teléfono. David acude con el móvil en la mano. Los pantaloncitos le quedan
estrechísimos, y mi pobre nene parece un chaperillo buscando clientes.
- ¡Papá, es Ricardo, que si vamos o no vamos, que se
enfría el arroz!
- ¡Que vamos ya, cojones! -y me embuto en los jeans a
sabiendas que iré enseñando los huevos a través de la tela rota.
La paella, a pesar de todo, está riquísima. Por lo que se ve,
Ricardo tampoco ha tenido tiempo de ducharse, puesto que, todavía, lleva yeso de
la obra por los pelos del pecho y de los brazos. Con la paella nos hemos bebido
nuestros dos buenos litros de sangría, y después sendos carajillos de ron. Para
acabar de celebrar que hoy comienza el fin de semana, Ricardo me ha servido un
cubata (también de ron, porque no es bueno mezclar) y se ha servido otro para
él. Nos sentamos en los sillones del salón, frente a frente. Mi vecino, como si
tal cosa, saca de un escondrijo un cigarro de maría.
Los nenes, con mucho misterio, han dicho que traerán ellos la
tarta...con sorpresa. Me extraña que mi David haga buenas migas con el chico del
vecino, pues siempre le ha tenido una cierta tirria. Igual han tenido que ver
las miradas incendiarias que Marianito ha estado dedicando a la entrepierna
abultada de mi hijo, o que, con un sexto sentido, ambos chicos están sintiendo
que pertenecen al mismo “club” de incestuosos.
La bebida, el efecto de la marihuana...pronto comenzamos a
reírnos por cualquier tontería. Sin darnos cuenta estamos revolcándonos sobre el
sofá, uno encima del otro, haciendo como que peleamos, aunque, realmente, nos
estamos metiendo mano descaradamente. Ricardo mete dos dedos por mi pantalón
agujereado, y , dando un tirón, termina de romperlo. Ahora ya están totalmente
al aire mis pelotas y mi polla. Sus ojos azules chispean mientras se desliza
entre mis muslos, arrodillado delante del sofá, y comienza a mamármela. Con las
manos sobre su cabeza dirijo sus movimientos. Estoy en la gloria, con el cubata
en una mano y la colilla de maría en la otra. De cuando en cuando me inclino
hacia Ricardo, busco su boca y le paso un buche de mi bebida. Luego una calada,
y vuelta a empezar con la mamada...
En un viejo tocadiscos comienza a sonar la Marcha Nupcial.
Ricardo y yo nos quedamos mirando hacia la puerta por donde aparecen David y
Marianito con la tarta en una bandeja. Mi hijo se ha puesto una vieja chaqueta
negra del vecino, así como un sombrero flexible y una pajarita que cuelga de su
cuello con una goma. En una de sus manos lleva la bandeja con la tarta, mientras
que el otro brazo lo ofrece, galantemente, a Marianito.
El hijo de Ricardo se ha lucido con su vestimenta. Parece una
novia en miniatura. Una novia putón, eso sí. Cubriendo la cabeza y cayendo hasta
la cintura lleva un pañuelo de gasa blanca de su madre. En el pecho, a la altura
de los pezones, se ha colocado una estrecha banda, también blanca, a modo de
sujetador. Unas viejas medias de seda, convenientemente enrolladas hasta medio
muslo, van sujetas con unos ligueros que ha tenido que anudar para acomodarlos a
sus medidas. Reconozco unas braguitas de mi hija, blancas con mínimas florecitas
rosas, que ocultan su sexo y le dan un aire de morboso misterio. En los pies,
arrastrando los tacones, se ha colocado unos zapatos de su madre (puede que los
que utilizó en su boda) que le sobran por todos los sitios. Sus labios son una
herida ensangrentada. Los ojos, tan azules como los de su padre, brillan
enfebrecidos de entusiasmo, sombreados por unas pestañas que envidia hasta mi
mujer. Unos toques de colorete y unos largos pendientes de plástico dorado
completan el atuendo.
- ¡Nos tenéis que casar! -el que lleva la voz
cantante es, sin duda, el pequeñajo.
Ricardo, conteniendo la risa, oficia de cura, mientras yo,
extrañado del silencio de mi hijo, ayudo como acólito.
David está...absorto. No puede quitar los ojos de encima de
Marianito. Contesta con una seriedad inaudita a la pregunta de : “¿Quieres por
esposa...?”, y parece estar esperando con auténtico deseo la frase final de :
“Puedes besar a la novia”.
Y mi hijo besa a la novia. ¡Vaya si la besa! Le pega un
morreo que tanto Ricardo como yo nos miramos sin saber que decir. Los chicos se
están tomando el juego de una forma extremada. Parten la “tarta nupcial” y se
ofrecen uno al otro una porción. Luego nos hacen partícipes a nosotros.
- Ahora...¡la noche de bodas! -la voz de Marianito no
admite réplicas. Lo tiene todo pensado. En un momento desalojan vasos, platos y
cubiertos que hay sobre la mesa. Limpian el mantel de migas, y colocan un par de
almohadones del sofá como lecho improvisado.
La “novia” trepa con agilidad sobre los almohadones, y se
coloca bien retrepada esperando a su viril esposo. David sube a continuación.
Parece dudar. Marianito le da órdenes por lo bajo. A ambos lados de la mesa,
mirándolos sin pestañerar, Ricardo y yo no sabemos qué hacer ni qué decir.
Las manos trémulas de mi hijo bajan con suavidad las
braguitas que cubren el sexo lampiño de Marianito. Se inclina y besa el agujero
color carmesí. Luego, colocándose en posición, desabrocha sus pantalones y
exhibe una verga que parece muy grande junto a la mínima del vecinito. La misma
verga que anoche tuve dentro de mí. La penetración es suave, tranquila. Mi hijo
sabe follar muy bien: lo demostró anoche y lo está demostrando ahora. Otra vez
me asalta la pregunta de donde lo ha aprendido. Marianito menea las caderas de
una forma consumada. Si la polla de mi hijo sabe matemáticas, el culo del
vecinito, sin lugar a dudas, ya sabe hasta álgebra. El novio eyacula dentro de
la novia, aunque no hay miedo a que la deje preñada. Las bocas de los nenes se
unen en un beso profundo. Ricardo y yo nos masturbamos a polla sacada. Mi hijo
quiere volver a disfrutar las mieles del matrimonio, pero su suegro detiene su
ímpetu colocándose detrás de él y penetrándolo de una única y dolorosa estocada.
Se queja mi hijo, pero el adulto lo abraza por la cintura y se lo lleva pateando
en el aire, bien ensartado en su largo y cabezudo espetón.
El culito de la novia boquea impaciente. La boca carmesí está
ahora rebosante de leche blanca. Le miro sin atreverme a hacer lo que estoy
deseando con todas mis fuerzas...
- ¡Ven, tómame, no tengas miedo! - la vocecilla de
Marianito es pura seda, puro vicio. Es un canto de sirena que desea que entierre
dentro de ella mi palo mayor. Y lo hago. Es una delicia suprema el notar mi
polla albergándose en un sitio así. Me aparto con el nabo chorreante. Dudo si
seguir. Otra vez me llama con sus brazos, con sus manos que aletean como
palomas...
Me desnudo totalmente y me lanzo como un salvaje a metérsela.
Estoy de pie, ante la mesa, tomando su cintura mientras sus pies reposan en mis
pezones. Comienzo a sudar. En el ambiente se deja notar que hoy no he podido
ducharme. Olor a grasa, a gasoil, a puro deseo físico.
El ano de Marianito es una flor carnívora. Me está comiendo
entero, y acaba de empezar a hacerlo por mi polla. Le pego tales golpes con mi
vientre contra sus nalgas, que durante unos segundos pienso si le estaré
lastimando. Pero no es una mirada ni un lamento de queja lo que me está
lanzando.
- ¡Más...más fuerteeeee!
Lo tomo de las caderas y lo levanto en el aire. Cae otra vez
sobre mi verga, engulléndola hasta los huevos, como la vaina perfecta para mi
espada. Ando con él pasillo adelante, buscando el lugar donde Ricardo está con
su presa: mi hijo.
Sobre la cama de matrimonio, en la alcoba, Ricardo penetra a
David. Lo hace con la misma furia con la que estoy yo follando a su hijo. Nos
miramos. El clava a mi hijo contra el colchón, mientras yo empotro a Marianito
contra la pared. Mi sudor se mezcla con la suya. Marianito tiene los ojos en
blanco. David se retuerce entre los brazos de nuestro vecino, aguantando la
enculada y haciendo planes para ser él el próximo penetrator.
Caigo con mi carga sobre la cama. Hay un lío tremendo de
brazos y piernas, de bocas, de sexos erectos y anos dispuestos a engullir lo que
sea y a quien sea. Marianito lame mi culo, lo besa, lo prepara. David me penetra
una vez más, dilatándome para que no sufra demasiado con el monstruo de Ricardo.
Y, por fin, a cuatro patas, recibo en mi interior el nabo cabezón y grueso del
albañil ex-futbolista. Abro la boca para gritar de dolor, pero la verga de mi
hijo está esperando ante mí. La tomo con mis labios, la succiono sin cesar,
notando en mi entrepierna los labios de Marianito que reparte sus lametones
entre los testículos de su padre, mis propios testículos y mi polla bamboleante
y abandonada.
La noche de bodas está resultando muy entretenida. La novia
ha recibido nuestras descargas en todos sus agujeros. Tiene el ano tan flexible,
que durante un rato ha podido aguantar, dentro de sí, la polla de su padre y de
su “marido”, mientras que su suegro (yo) le metía el miembro hasta la garganta.
Rendidos de cansancio, ahitos de alcohol y sexo, cada
mochuelo nos hemos ido a nuestro olivo. Sin embargo, de madrugada, me he dado
cuenta de que quien estaba conmigo, ceñido a mi cuerpo como una ventosa, era
Marianito, por lo que he supuesto que David, mi hijo, se ha quedado entregando y
recibiendo placer de nuestro vecino Ricardo.
Y, realmente, no se que pensar de todo ésto. Antes de volver
a dormirme, con la polla a buen recaudo dentro del ojete de Marianito, he
recordado la contestación que, por fin, me ha dado mi hijo a la pregunta de
quién le había enseñado todas estas cosas de la jodienda entre hombres.
- El tío Marco.
- ¿El tío Marc...? ¡Mi hermano! ¡Pues ya verá mi
hermanito las cuatro cosas que tengo que decirle en cuanto me lo tire a la cara!
Pero eso será mañana, porque ahora Marianito me está mirando por encima del
hombro, adormilado, sin recordar si es su padre el que le restriega la polla
empalmada entre la raja de sus nalgas, y musitando entre sueños:
- ¡Así, papi, así! ¡No pares de hacerme cosquillitas “ahí”
durante toda la noche!