ACLARACIÓN
Este es uno de los primeros relatos que escribí hace ya
algunos años, cuando no tenía ninguna intención de publicar en TR, y está basado
en los dos o tres primeros capítulos de una serie que figura expuesta en esta
misma página con el título genérico de "Brandi", recuperada de no sé dónde por
Ribumen, del que no es obra propia según se deduce de los comentarios que añade
al final de cada entrega, por lo que el verdadero autor parece que es anónimo o
desconocido.
Se trata de una adaptación parcial y muy libre que hice de la
referida serie y con ella doy por concluído el proceso de "restauración" de
todos los relatos que se me borraron de la Web, pues los restantes han perecido
ahogados. Quienes estén interesados en leer el original completo, sólo tienen
que escribir "Brandi" en el cuadro de búsqueda de relatos.
Un cordial saludo, y hasta siempre.
Chema
1
—Atención, señores pasajeros —sonó la metalizada voz de la
azafata a través de la megafonía—. Dentro de breves momentos tomaremos tierra en
el aeropuerto del Praderío. Por favor, apaguen los cigarrillos y pónganse los
cinturones de seguridad. La compañía Airwell les agradece su confianza y espera
y desea que el viaje haya sido de su completo agrado.
Brenda se ajustó maquinalmente su cinturón de seguridad y
miró complacida el hermoso espectáculo que, allá abajo, se divisaba a través de
la ventanilla a cuyo lado estaba sentada. A la derecha, la gran ciudad con sus
calles repletas de tráfico, donde los vehículos parecían diminutos desfiles de
hormigas; y a la izquierda, el mar, brillante e inmenso, delimitado por largas
playas de blanca arena. Ni el desagradable cosquilleo que empezó a sentir en la
boca del estómago a medida que el avión perdía altura sirvió para empañar la
inmensa alegría que colmaba todo su ser. El hecho estaba a punto de consumarse y
aún seguía pareciéndole mentira. Por enésima vez volvió a releer el sucinto
mensaje y, al igual que si fuera la primera, lágrimas de incontenible alegría le
nublaron la visión y atenazaron su alma. Un par de renglones habían sido
suficientes para proporcionarle la mayor de las felicidades.
«Hola, Prenda: ¿crees que me había olvidado? Mi regalo de
cumpleaños es... Haz clic aquí... Te esperamos. Carlos & Salomé, SL»
Después de casi todo un año de silencio, ésta era la primera
noticia que tenía de su hermano Carlos; pero la larga espera había merecido la
pena. Cuando con contenida emoción Brenda pinchó en el enigmático enlace, la
pantalla de su monitor se inundó de colorido mientras sonaba, cantado al alirón
en su macarrónico inglés por Carlos y Salomé, el Happy Birthday To You. A
continuación, más guapo que nunca, el siempre risueño rostro de Carlos hacía su
aparición: «¿Cómo está mi Prenda favorita? —solía llamarla Prenda, en vez de
Brenda, por lo mucho que la apreciaba—. Quiero enseñarte algo...»
A Brenda no le importó demasiado saber que su hermano había
alquilado un coqueto apartamento en la playa y que en él iba a pasar todo el mes
de vacaciones junto con Salomé, su novia. Lo que realmente la colmó de dicha fue
lo que Carlos reservó para el final: la invitaba, ¡a ella!, para que compartiera
con ellos aquellas vacaciones. ¡Al fin, después de casi dos años, iba a estar de
nuevo junto a su hermano del alma!
Brenda acababa de cumplir su decimoquinto aniversario y
siempre había sentido verdadera devoción por su hermano, cinco años mayor que
ella. La cosa no era para menos, pues Carlos la trató en todo momento como a una
auténtica princesita, colmándola de atenciones y regalos. Para ella era mucho
más que un hermano y, el día en que él decidió emanciparse e irse a vivir con
Salomé, Brenda se sintió la criatura más desgraciada del mundo y vertió mares de
lágrimas. Poco a poco y a duras penas habíase ido acostumbrando a aquella
ausencia, pero el más leve motivo bastaba para reabrir la herida, que no acababa
de cicatrizar, pues no había podido o no había querido en todo ese tiempo
encontrar un amigo o amiga que pudiera suplir a su hermano, al que consideraba
sencillamente irremplazable. Carlos había sido su niñero, después su maestro e
inseparable compañero de juegos; y últimamente, cuando Salomé irrumpió en su
vida, su confesor y asesor. Al principio había sentido un profundo odio hacia
aquella intrusa que había venido a robarle lo que ella más quería; pero, con el
tiempo, aquel sentimiento inicial fue cambiando hasta convertirse en sincero
aprecio. Además de muy guapa Salomé era una chica muy simpática y, con el trato,
se hacía muy difícil no llegar a quererla, aunque sólo fuera un poquitín.
Una brusca sacudida arrancó a Brenda de la abstracción en que
se había sumido. El tren de aterrizaje del avión acababa de tomar contacto con
tierra firme y la súbita deceleración hizo que el cinturón se le clavara
materialmente en el vientre al impulsar su cuerpo hacia delante. El ruido de los
motores se hizo ahora más audible y agudo, para luego ir disminuyendo hasta
silenciarse por completo. Con puntualidad británica, el viaje había concluido.
2
Carlos no podía dar crédito a lo que sus ojos veían. Sin
ningún género de dudas era ella, pues su angelical rostro no había cambiado en
nada; pero, ¿cómo era posible que, en menos de dos años, aquel cuerpo hubiera
adquirido proporciones semejantes? Miró a Salomé y descubrió en ella la misma
expresión de asombro.
—¡Caray con tu hermanita! ¡Vaya estirón que ha pegado!
¿Estirón? Aquello era más que un simple estirón. Brenda no
sólo había progresado en altura, sino también en anchura y, sobre todo, en...
¿relieve? La corta camisetilla que dejaba al descubierto su fino talle, apenas
si podía contener aquellas dos soberbias protuberancias en que se habían
convertido las incipientes tetillas que tenía en su recuerdo. Y las ampulosas
caderas que los ceñidos blue jeans ponían ahora de manifiesto, tampoco
tenían nada que ver con la imagen que guardaba en su memoria.
Casi se sintió un poco cohibido cuando, con la mayor
naturalidad del mundo y el rostro radiante de felicidad, Brenda corrió a su
encuentro y le abrazó con todas sus fuerzas, besándole cariñosamente en los
labios. Carlos dudó un poco antes de corresponder al abrazo, pero acabó
estrechándola firmemente contra su pecho dejándose llevar por aquel intenso amor
que siempre había profesado por su hermana y que ahora, después de tanto tiempo
separados, parecía cobrar nuevos bríos.
—¡Me has dejado perplejo! —no pudo por menos que exclamar
Carlos—. Te has convertido en toda una mujercita.
—No puedes ni imaginarte las ganas que tenía ya de verte
—comentó ella riendo y manteniéndose aferrada a él—. Realmente había llegado a
creer que te habías olvidado ya de mí.
Volvió a besarle con auténtica pasión en los labios.
—Hola, Brenda —Salomé, algo molesta por sentirse tan
olímpicamente ignorada, reclamó su atención—. Me alegra que estés con nosotros.
—¡Oh, perdona! —se excusó la interpelada, separándose de su
hermano y abrazando y besando también a Salomé, pero en la mejilla y con menos
efusión—. Tenía tantos deseos de volver a estar con Carlos que...
—Es natural —sonrió Salomé comprensiva—. Él también te ha
echado de menos.
—Y nuestros padres, ¿cómo están? —se interesó Carlos.
—Como siempre, para no variar —contestó Brenda con gesto de
fastidio—. Mamá se está volviendo cada día más insoportable.
—Eso es la menopausia —diagnosticó Carlos con una burlona
sonrisa.
Los primeros equipajes del recién desembarcado pasaje
empezaban ya a aparecer arrastrados por la cinta transportadora. Brenda había
traído consigo una mochila y una voluminosa bolsa de viaje. Había prácticamente
cargado con todas sus pertenencias para ponerse a salvo de cualquier posible
contingencia. Carlos, todo un caballero, asumió el traslado de ambos bultos
hasta el coche. Brenda no le quitaba la vista de encima, admirando la robustez
de sus bronceados brazos con su musculatura en tensión por el peso que
soportaban. Sabiendo de sobras cuál era ese peso no dejaba de sorprenderle la
facilidad con que su hermano lo llevaba sin el más mínimo esfuerzo aparente.
Estaba acostumbrada a aquellas demostraciones, pero seguían impresionándole.
Carlos era un deportista nato y desde pequeño había sobresalido por su poco
común fortaleza. Nunca se las había dado de gallito, sino más bien todo lo
contrario; pero quienes le conocían le guardaban un prudente respeto, en
especial los que por una u otra razón habían tenido ocasión de probar la
contundencia de sus puños.
—¿Qué tal van tus estudios, Brenda? —preguntó Salomé,
mientras Carlos procedía a colocar el equipaje en el maletero del coche.
—Así, así. Este año no he escapado mal del todo. Sólo me han
quedado dos para septiembre.
—Así, pues, tendrás que alternar los libros con la playa.
—¡Qué remedio! —exclamó Brenda sin excesiva preocupación.
—Si puedo echarte una mano...
Al contrario que Brenda, Salomé había sido una excelente
estudiante con profusión de matrículas de honor en sus hojas de calificaciones.
Pero, hasta el momento, eso no le había servido para mucho, pues a la sazón
trabajaba como simple dependienta en unos grandes almacenes. Mejor trabajo y
mejor sueldo tenía Carlos, pese a que su expediente académico era mucho menos
brillante, como administrativo en la misma empresa.
—Dejemos eso ahora —repuso Brenda—. Lo primero es lo primero.
Mira mi piel, blanca como la leche. Tengo que ponerme como vosotros lo más
rápido posible. Estoy rabiosa por ir a la playa y tomar el sol.
—Habrá tiempo para todo —terció Carlos—; pero también para el
estudio.
Seguía mirando con asombro la increíble transformación que
había experimentado su querida hermana y lo que más le llamaba la atención era
la rotundidad de sus senos. Siempre había admirado el busto de Salomé, que le
parecía el más perfecto; pero ahora, comparándolo con el de Brenda, su opinión
era otra. «Pero, ¿qué diablos me ocurre? —se dijo al comprobar su creciente
excitación—. Es mi hermana»
—¡Venga, nenas! —interrumpió la animada conversación de las
dos jóvenes, indicándoles con un ademán que subieran al coche.
Se produjo una ligera porfía entre Salomé y Brenda. La
primera pretendía que la segunda ocupara el asiento delantero y la segunda
consideraba que era la primera la que debía ocuparlo. Al final, entre alegres
carcajadas, las dos acabaron acomodándose en el asiento de atrás.
3
Aunque de reducidas dimensiones, el apartamento era bonito y
acogedor. La cocina estaba equipada al completo, el mueble bar y el sofá-cama
del saloncito parecían de primera calidad, el reducido cuarto de baño sólo
disponía de ducha y el único dormitorio resultaba ser la pieza más espaciosa con
una majestuosa cama doble y un armario empotrado. Lo mejor de todo, sin duda,
era su ubicación, a no más de cien metros del mar.
—¿Qué te parece, Prenda? —pidió Carlos su parecer después de
mostrárselo.
—¡Es precioso! —contestó Brenda alborozada—. Tiene una vista
maravillosa. ¡Y qué bien huele!
—Es la brisa marina.
—Parece un sitio muy tranquilo, ¿no? Apenas se ve media
docena de bañistas.
—Hay pocos apartamentos alquilados —explicó Salomé— y los
propietarios suelen venir los fines de semana. La inmensa mayoría coge sus
vacaciones en agosto y es entonces cuando esto está verdaderamente animado.
—No sé qué opináis vosotros; pero a mí me gustaría darme
ahora mismo el primer chapuzón.
—¿Y quién te lo impide? —sonrió Carlos.
—¿No me vais a acompañar? —Brenda compuso un mohín de
disgusto.
—Salomé irá contigo. Yo tengo que hacer una visita y me
reuniré con vosotras más tarde.
—¡Estupendo! —saltó Brenda jubilosa—. Voy a ponerme el
bikini.
Brenda abrió su bolsa de viaje y extrajo las dos diminutas
prendas. Luego, pudorosa, se refugió en el cuarto de baño. Con una meliflua
sonrisa, Carlos salió a realizar su visita y Salomé aprovechó la obligada pausa
para ordenar un poco la cocina.
4
Salomé condujo a Brenda hasta lo que denominaba su «rincón
preferido», una pequeña cala poco frecuentada con atisbos de playa privada, en
la que podíase disfrutar a plenitud de sol y arena sin la siempre enojosa
presencia de curiosos. El rocoso acceso era un poco complicado, pero la
recompensa final justificaba el pequeño esfuerzo adicional. Allí la brisa era
más templada y hasta el mar aparentaba mayor calma, como si el pétreo circo que
lo rodeaba sirviera de divisoria entre dos mundos diferenciados.
—¡Qué hermoso es todo esto! —exclamó Brenda aspirando con
fuerza el especial aroma marinero que llenaba el ambiente.
—¿No habías visto nunca el mar? —inquirió Salomé al tiempo
que desplegaba sobre la parda arena la toalla que portaba.
—Sí, una vez —contestó Brenda, extendiendo a su vez, junto a
la de Salomé, su propia toalla—; pero hace ya tanto tiempo que casi no lo
recuerdo.
Deseosa de bañarse sin más dilación y saboreando de antemano
el placer del agua, que parecía llamarla con el apagado murmullo de su manso
oleaje, Brenda procedió a despojarse de su camiseta y de sus vaqueros y corrió
rauda a su encuentro, bajo la atónita mirada de Salomé que, al igual que Carlos,
no se explicaba cómo, en tan poco tiempo, el cuerpo de Brenda había podido
evolucionar hasta aquel punto. Si llamativa resultaba ya con la camiseta y el
pantalón, en bikini estaba sencillamente irresistible. Siempre había admirado la
belleza de su rostro, pero los encantos anatómicos que ahora ostentaba la hacían
aún mucho más atractiva.
—¡Vamos, Salomé, anímate! —le gritó Brenda—. ¡El agua está
estupenda!
—¡Prefiero tomar el sol! —respondió la aludida, sentándose
sobre su toalla.
Salomé no pudo evitar una sensación de sana envidia
contemplando las alegres evoluciones de Brenda. Brenda no siempre la había
querido a ella, pero ella la había apreciado sinceramente desde el primer
momento. Ahora sabía que ese aprecio era mutuo y ello la reconfortaba. Sonrió
recordando los desplantes que Brenda le hacía cuando sus relaciones con Carlos
empezaron a adquirir seriedad. Brenda amaba a su hermano demasiado como para
permitir sin más que una extraña viniera a interponerse entre ellos. «Además, tú
eres muy vieja para Carlos», le había dicho en cierta ocasión al enterarse que
ella era tres años mayor que su hermano. Por entonces, Brenda tenía doce años y
era una niña en todos los sentidos, tanto física como psíquicamente.
—¿Siempre eres así de aburrida? —Brenda había vuelto junto a
Salomé y se restregaba sus dorados cabellos con una toalla más pequeña.
Salomé no pudo por menos que reparar en el ostentoso balanceo
de los pechos de Brenda mientras se secaba.
—¡Chica, qué tetas! —exclamó, incapaz de contenerse.
—Demasiado grandes, ¿verdad?
—¿Grandes? Yo diría que son... generosas; pero en modo alguno
grandes.
Brenda tomó asiento al lado de Salomé, en su propia toalla.
—No sé —dijo en tono reflexivo—. A mí me parecen demasiado
grandes.
—¿Tienes novio? —preguntó Salomé.
—Hay varios que andan detrás de mí —confesó Brenda con cierto
aire de suficiencia—; pero ninguno de ellos me hace tilín. Andan agasajándome
todo el día, pero en realidad lo único que persiguen es lo que yo sé.
—¿Qué es lo que persiguen? —se hizo la tonta Salomé.
—Tocarme las tetas y otras cosas—contestó Brenda con la mayor
naturalidad—. Algunos hasta hacen apuestas sobre si uso o no uso sostenes con
relleno.
—¿No te agrada que los chicos se interesen por ti?
—Mientras no se metan conmigo, me da igual lo que digan o
hagan.
Salomé entendía a Brenda bastante más de lo que la propia
Brenda podía imaginarse. Estaba claro que lo que sentía por Carlos iba más allá
del simple amor fraternal, aunque ni ella misma lo supiera exactamente. Lo había
convertido en su ídolo, en el hombre de sus sueños, y sólo otro Carlos podría
reemplazarlo.
—¿Sabes qué? —Salomé se incorporó de un salto y empezó a
desabotonarse el vestido—. Ahora sí que me está apeteciendo darme un chapuzón.
Brenda se quedó maravillada de lo bien que lucía Salomé con
su bikini amarillo y el hermoso bronceado de su piel. No era de extrañar que
Carlos se sintiera tan orgulloso de su novia y estuviera tan loco por ella.
Realmente, su figura era perfecta. Salomé había tenido una gran suerte de
encontrar a un hombre como Carlos; pero también Carlos tenía que considerarse
afortunado de haber encontrado a una mujer como Salomé. No sólo era guapa y
atractiva, sino, además, inteligente y simpática. Cierto que al principio no le
cayó nada bien y hubiera dado cualquier cosa porque Carlos no se hubiera
enamorado de ella y aquel noviazgo no hubiera prosperado; pero ahora se
arrepentía de todos los feos que le había hecho y hasta le alegraba la
perspectiva de que, algún día, Salomé fuera su cuñada.
5
—¿Por qué no te quitas el bikini? —preguntó Salomé mientras
se despojaba del suyo—. Aquí no nos ve nadie y así te evitas que te queden en el
cuerpo esas horribles zonas blanquecinas. ¿No me ves a mí? —señaló sus pechos,
redondos y firmes, tan bronceados como el resto de su cuerpo.
Brenda no sólo se fijó en sus senos, que le parecieron
realmente hermosos, sino también en su pubis, llamándole la atención la total
ausencia de vello en la zona.
—¿Cómo es que no tienes pelos ahí? —mostró su sorpresa.
—Porque me los afeito —explicó Salomé—. A Carlos le gusta más
así y supongo que también a la mayoría de los hombres —y, sonriendo con
picardía, añadió—: Los pelos sólo en la cabeza.
—No lo sabía —admitió Brenda inocentemente—. Los sobacos sí
que me los depilo, pero...
—Veamos...
Salomé se arrodilló junto a Brenda, que se hallaba tumbada
boca arriba, e intentó bajarle la pieza inferior del bikini. Brenda se opuso
tenazmente a desvelar sus intimidades.
—Vamos, Brenda, no seas tonta —insistió Salomé con suavidad—.
¿Vas a decirme que te avergüenzas de tu propio cuerpo?
—No sé... —se ruborizó Brenda—. No me gusta exhibirme...
—¿Exhibirte? —Salomé dirigió una mirada a su alrededor—.
Estamos solas las dos; y, como puedes ver, yo estoy ya desnuda. Y no pasa nada.
—Pero Carlos debe de estar al llegar.
—Es tu hermano, ¿no? ¿Qué hay de malo en que tu hermano te
vea desnuda?
—Sí, pero... No sé, me da corte. Creo que me moriría de
vergüenza. Él no me ha visto nunca desnuda.
Salomé suspiró impotente y se tumbó, también boca arriba, en
su toalla.
—Conoces a mi hermano Pablo, ¿verdad? Pues él está más que
harto de verme desnuda. Cuando vivíamos en casa de mis padres, no teníamos el
menor reparo en vernos desnudos el uno al otro. Lo considerábamos como algo
absolutamente normal entre hermanos, de lo que no teníamos por qué preocuparnos
ni sentir ninguna vergüenza. Incluso solíamos ducharnos juntos... —Salomé esbozó
una sonrisa al recordar aquellas escenas—. Le encantaba tocarme las tetas.
Siempre ha sido un poco granuja; pero le quiero mucho y no me importa que me
sobe.
—Pero supongo —objetó Brenda— que ya desde muy pequeños os
habéis acostumbrado a veros desnudos.
—Sí, claro. Mi madre nos bañaba a menudo juntos. También mis
padres se desvestían delante de nosotros sin el menor reparo. En nuestra casa
nunca cerrábamos la puerta del cuarto de baño. Es más, otra de las aficiones de
Pablo era tomarme fotografías desnuda, para después presumir de hermana
mostrándoselas a los amigos.
—No sé, Salomé —empezó a desconcertarse Brenda—. No me parece
bien eso de que mi propio hermano me vea... La verdad, no sabría cómo
comportarme. Sin duda me sentiría incómoda y ruborizada...
—No seas tonta, Brenda. Olvídate de la vergüenza. Que tu
hermano te vea desnuda no tiene la menor importancia. Además, ya verás como se
quedará sorprendido y no sabrá siquiera a dónde mirar.
—Sea como sea —se mantuvo firme Brenda en su actitud—, no me
atrevo.
—Está bien, está bien —desistió Salomé—. Haz lo que quieras.
Me parece que es una solemne tontería de tu parte, pero tampoco quiero pecar de
entrometida.
En el silencio que siguió, Brenda no dejó de darle vueltas al
asunto. Cabía la posibilidad de que, efectivamente, como Salomé decía, su
hermano ni siquiera reparara en su desnudez. Al fin y al cabo, ya debía de haber
visto muchas veces en cueros a su novia y quizás a otras chicas, por lo que el
verla ahora a ella para él no representaría nada especial. Y otra de las cosas
en las que Salomé tenía mucha razón era en lo de las desagradables marcas que le
quedarían en el cuerpo al tomar el sol con el bikini puesto. Todos los veranos
le pasaba lo mismo y siempre tenía que escoger prendas poco escotadas para que
no se le viesen las partes no expuestas al sol.
—¿Sabes qué, Salomé? —dijo decidiéndose de repente—. Creo que
tienes toda la razón y me voy a quitar el bikini. Espero que mi hermano actúe
como tú has dicho. De lo contrario, lo voy a pasar muy mal.
Salomé no dijo nada. Se limitó a sonreír y cerró los ojos.
6
Concluidos sus asuntos, Carlos, con sólo el bañador por todo
atuendo, se dirigió directamente a la cala donde sabía que le estarían esperando
su novia y su hermana. Desde que la viera descender del avión, no había dejado
de pensar en Brenda y en el espectacular cambio que había experimentado. En vano
intentaba alejar de su mente las obscenas ideas que le asaltaban sin cesar. Su
cuerpo entero se estremecía recordando los dos besos con que Brenda le saludara
en el aeropuerto. Siempre se habían besado en la boca, pero esta vez todo fue
muy diferente. Antes Brenda era solamente una niña y tales besos eran un fugaz
contacto, una leve y superficial caricia sin más significado. Sin embargo, en
esta ocasión, aquel contacto había sido más duradero e intenso. Incluso sus
lenguas llegaron a tocarse y él había hasta podido saborear el dulzor de los
labios de Brenda. Era consciente de que aquello no estaba bien, que en aquel
deseo que experimentó había algo de abominable; pero él no podía dominar su
instinto y mucho menos en este caso, dada la adoración que siempre sintió hacia
su hermana. Ahora descubría que en aquella fascinante atracción que Brenda
ejerció siempre sobre él subyacía un sentimiento mucho más profundo que el mero
afecto fraternal. Amaba a su hermana, lo cual no era malo, pero también la
deseaba, lo cual era perverso.
Con tal estado de ánimo, Carlos llegó a donde estaban Salomé
y Brenda. El espectáculo con el que se encontró no ayudó, precisamente, a calmar
su desasosiego. La visión de su hermana, tumbada boca abajo, con los brazos
cruzados sirviéndole de almohada y desnuda por completo, acabaron de disparar en
él todas las alarmas haciendo que su grado de excitación alcanzara los límites
de lo irresistible. Tan abstraído quedó en la contemplación de aquel maravilloso
trasero, que ni siquiera reparó en la presencia de Salomé.
Brenda se había percatado de la llegada de Carlos y le
ocultaba su rostro para que él no advirtiera la turbación que aquella situación
le producía. Adivinaba con qué deleite y deseo estaba siendo contemplada por su
hermano y aquella evidencia le producía una profunda sensación de vergüenza y,
al propio tiempo, la halagaba. Venciendo su pudor, giró la cabeza y miró con
ternura a Carlos, entreabriendo sus labios en una clara e ingenua sonrisa.
—¡Vaya, hermanita! —la voz de Carlos sonó algo enronquecida—.
Esto sí que es una agradable sorpresa.
—¡Por Dios, no me mires así! —suplicó Brenda volviendo a
esconder otra vez el rostro entre sus brazos—. Todo ha sido idea de tu novia...
Estoy muy nerviosa... Me muero de vergüenza.
Salomé miraba sonriente a uno y a otra, disfrutando con la
escena.
—¡Vamos, Carlos! —dijo burlona—. ¡Quítate tú también el
bañador! No es lógico que Brenda esté desnuda y tú permanezcas con tus
vergüenzas ocultas.
Al oír aquella propuesta, Brenda se ruborizó más aún y por
unos instantes deseó que la tragara la tierra, sin saber qué hacer para escapar
de aquella incómoda situación.
—Creo que, como siempre, tienes razón —oyó decir a Carlos—.
También me resulta algo violento a mí, pero me parece justo. ¡Ea, todo el mundo
en pelota!
Brenda se estremeció al escuchar lo que sin lugar a dudas era
el roce del bañador de su hermano deslizándose por sus piernas. Ahora también él
debía de estar totalmente desnudo y ya no sabía si lo que más le cohibía era su
propia desnudez o la de su hermano.
—Vamos, Brenda, fuera complejos —oyó la voz de Salomé—. Deja
a un lado esa estúpida timidez y levanta la mirada. Piensa que más tarde o más
temprano habrás de enfrentarte a una situación como ésta. ¿Y quién mejor que tu
hermano para coger la suficiente confianza? Él tampoco se había desnudado
delante de ti y, sin embargo, aquí le tienes. Y te aseguro que merece la pena.
No todos están tan bien dotados como él y ahora mismo tiene una erección como no
le había visto nunca antes.
«Bien dotado», «erección»... Brenda tenía una idea muy
superficial de lo que tales términos significaban. No le eran desconocidos y
sabía a lo que se referían; pero nunca había visto a ningún chico desnudo y
mucho menos una «erección». Lo único que entendía al respecto era lo que
entresacaba de las conversaciones que a veces mantenían sus compañeras de
colegio, aunque mucho se temía que todo lo que decían no eran sino meras
suposiciones y que todas tendrían, poco más o menos, una experiencia similar a
la suya en semejantes cuestiones. Salomé, en cambio, sí que sabía muy bien de lo
que hablaba y seguro que había visto lo suficiente para poder hacer las
afirmaciones que hacía con pleno conocimiento de causa. Y como ella muy bien
decía, era más que obvio que alguna tendría que ser la primera vez que tuviera
que afrontar aquel reto. ¿Y quién, efectivamente, mejor que su querido hermano
para ayudarla a superar semejante trance? Pasaría vergüenza, sí, mucha
vergüenza; pero, al menos, con Carlos siempre tendría la seguridad de encontrar
la suficiente comprensión y confianza para no sentirse en ridículo. Ante todo,
necesitaba calmar aquella especie de ansiedad que ahora la atenazaba, superar
aquella aprensión que sentía a mostrarse tal cual era y a descubrir una realidad
a lo que no podría eternamente sustraerse.
La indecisión de Brenda no hacía sino incrementar la
alteración de Carlos, cada vez menos en conflicto con sus prejuicios. Ante la
contemplación de aquel soberano cuerpo, su miembro no sólo no decaía sino que
incluso parecía dispuesto a desafiar los límites de su propia elasticidad tanto
a lo largo como a lo ancho. Lo que acababa de decir Salomé era totalmente
cierto: tampoco él recordaba haber tenido erección semejante con anterioridad y
no se explicaba muy bien la razón, pues su novia era una artista de la
provocación y sabía perfectamente cómo hacerse desear hasta niveles
insospechados. Supuso que, en este caso, era el particular morbo añadido a la
situación lo que le hacía reaccionar de aquella manera tan espectacular.
Atendiendo a las indicaciones de Salomé, que gestualmente le
indicaba que dijera algo a su hermana, que intentara mantener algún tipo de
conversación con ella para conseguir que se relajara y venciera su cortedad,
Carlos, con voz un poco vacilante al principio y progresivamente más decidida,
comenzó a hablar con Brenda.
—¡Vaya, vaya con mi pequeña Prenda! Hay que ver cómo has
cambiado. Te has convertido, de la noche a la mañana, en una auténtica hembra...
Supongo que, con ese cuerpo tan prodigioso, los chicos te perseguirán como
moscas... ¿Cuántos pretendientes tienes? —Brenda meneó la cabeza negativamente y
siguió encerrada en su mutismo, para desesperación de Carlos, al que no le
resultaba nada fácil en tales circunstancias seguir improvisando. Salomé seguía
haciéndole gestos, pero él no era capaz de interpretarlos—. No me digas que aún
no tienes novio —Brenda repitió el mismo movimiento de antes—. Pues no creo que
sea por falta de aspirantes...
—No me interesan —habló por fin Brenda—. Todos buscan lo
mismo. Con tan sólo ver la forma en que me miran, ya me es suficiente para
entender lo que quieren.
—Pero eso es natural, cariño. ¿No te han dicho que estás
buenísima?
—Por favor, no me hables tú también de esa manera —suplicó
ella removiéndose inquieta—. Me vas a poner aún peor de lo que ya estoy.
Es bien sabido que, cuando nada nos impide adoptar otra,
podemos permanecer indefinidamente en una misma postura sin sentir la menor
molestia; pero si existen circunstancias que nos obligan a mantener esa postura
sin posibilidad de modificarla, de inmediato empezamos a experimentar una
creciente incomodidad. Eso era lo que le estaba ocurriendo a Brenda desde hacía
ya buen rato. Se sentía como entumecida y ardía en deseos de darse la vuelta,
pero no se atrevía. Intentaba convencerse a sí misma de que su actitud carecía
de sentido, que tanto Carlos como Salomé estaban igual de desnudos que ella y,
en efecto, no pasaba absolutamente nada por ello. Si ellos estuvieran vestidos,
la cosa sería distinta y su comportamiento tendría una explicación lógica; pero,
en aquellas circunstancias, ¿qué sentido tenía el que ella se mostrase tan
remilgada? Además, ahora que reparaba en ello, se daba cuenta que, en principio,
el simple hecho de tener sus nalgas expuestas a la mirada de su hermano le había
provocado una enorme vergüenza; y, sin embargo, eso ya había dejado de
preocuparle y, en verdad, no le importaba lo más mínimo el que Carlos estuviera
o no mirándola.
Realmente, Carlos no podía apartar la mirada de tan
fascinante trasero y de aquella visión lateral de la teta de su hermana
aplastada contra la toalla. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para contener
aquellos impulsos que le iban y le venían de acariciar las espléndidas
posaderas, firmes y rotundas, que tenía al alcance de la mano. Quizá eso era lo
que Salomé estaba intentando decirle con sus cada vez más insistentes ademanes.
—¡Bueno, ya vale! —exclamó Salomé perdiendo la paciencia.
Se colocó de rodillas junto a Brenda y obligó a Carlos a
adoptar idéntica posición a su lado. A continuación, con gesto decidido, tomó
una mano de Brenda y, antes de que ésta tuviera tiempo a reaccionar, tiró de
ella, la colocó sobre el pene de Carlos y, tras ímprobos esfuerzos, consiguió
que lo abarcara con los dedos, obligándola a recorrer el endurecido miembro en
toda su longitud.
Aquél fue el detonante que hizo saltar por los aires la
férrea muralla que Brenda se empeñaba en mantener levantada. Fue un gesto
instintivo, más que nada de defensa; mas, cuando quiso darse cuenta, ya se había
girado hasta quedar de costado y de forma tal que los tesoros que tan
celosamente pugnaba por mantener ocultos, quedaron expuestos a la curiosidad
ajena en todo su esplendor. Pero ni siquiera reparó en ello. Toda su atención se
centró en la verga de su hermano, que ciertamente, en su desconocimiento, se le
antojó enorme y que, ya sin necesidad de que Salomé le mantuviera sujeta la
mano, ella siguió acariciando con agrado, pues le resultaba de veras placentero
sentir la suavidad de aquella piel tersa y enrojecida.
Carlos, por su parte, se había quedado en su conjunto tan
petrificado como su propio atributo viendo las opulentas tetas de su hermana y
el casi imperceptible vello que cubría su pubis, tan rubio como su melena y que
devolvía, en forma de dorados destellos, la luz del sol que incidía sobre él.
Sin ser en absoluto consciente de ello, Brenda, con sus
inocentes movimientos y sus no buscadas eróticas posturas, estaba llevando a
Carlos al borde del delirio total. Recostada sobre un costado, uno de sus senos
adquiría toda su magna dimensión al descansar sobre la toalla; y, ajena a la
provocación que con ello suscitaba, unía, separaba y frotaba entre sí sus
muslos, atrayendo sin querer la confusa mirada de su hermano hacia su
deslumbrante vagina.
Brenda sintió un súbito calor cuando advirtió que el glande
de Carlos empezaba a cubrirse con un extraño y pegajoso líquido incoloro que no
sabía de dónde fluía. Intuyendo vagamente lo que estaba sucediendo, se puso en
pie de un brinco.
—Creo que voy a darme otro baño —dijo.
Y echó a correr hacia el agua, zambulléndose en ella sin
pensárselo dos veces.
7
—Te gusta tu hermana, ¿verdad?
Carlos, que, ya más reposado, seguía con embeleso las
evoluciones de Brenda en el agua, miró algo desconcertado a su novia. Le pareció
que aquella pregunta en apariencia intranscendente, tenía una doble intención un
tanto escabrosa.
—Bueno —contestó tras vacilar unos segundos—. No puede
negarse que el cambio que ha experimentado ha sido realmente fabuloso. Yo soy el
primer sorprendido con esa transformación. Pero, en fin, no deja de ser mi
hermana y como tal la sigo considerando.
—¿De veras? —sonrió burlonamente Salomé—. ¿Cómo explicas
entonces tu reacción al verla desnuda?
Carlos se sintió como atrapado en una trampa sin salida. La
cosa había sido tan evidente que no admitía dudas. No podía negar lo que
resultaba a todas luces innegable. Y, aún así, había algo que Salomé no sabía,
aunque tal vez se lo podría haber llegado a imaginar, porque le conocía lo
suficiente: si Brenda hubiera seguido acariciándole un único segundo más, estaba
convencido de que él no habría podido resistirlo y se habría corrido sin
remisión. De hecho, sólo el recordar la escena volvía a encenderle contra su
voluntad.
—No sé qué decirte, Salomé —se expresó con vaguedad—. Supongo
que después de dos años sin verla y encontrármela ahora tan cambiada... Es
posible que aún no haya asimilado que se trata de mi propia hermana y de ahí que
haya tenido... no sé cómo decirlo...
—¿Un momento de debilidad? —le ayudó Salomé.
—Exactamente —convino Carlos rápidamente—. Un momento de
debilidad. Eso es lo que me ha pasado.
—Dime la verdad, Carlos —insistió ella mirándole a los ojos
sin reproche—. Eso de que sea tu hermana y tenga tan sólo quince años te excita,
¿no es cierto?
—Ya te he dicho que... —intentó excusarse él.
—Vamos, Carlos, sé sincero conmigo —le interrumpió Salomé—.
¿A que te gustaría poseerla?
—Pero, ¿qué barbaridad es ésa, Salomé? Se trata de mi
hermana, ¿no lo comprendes? Se ha convertido en una chica muy atractiva y tal
vez no pueda evitar mirarla con cierto deseo. Pero de eso a pensar que me
gustaría poseerla...
—¿Cuál es la diferencia? ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Que
la deseas, pero que no la deseas?
—Quiero decir que, aunque pueda llegar a desearla, la
respetaré siempre. Además —tratando de dar un cambio de rumbo a la conversación,
Carlos se echó literalmente encima de Salomé y comenzó a acariciar sus senos—,
¿para qué quiero yo a ninguna otra mujer si ya tengo a la que más vale en el
mundo?
—Te equivocas si crees que estoy celosa —se desembarazó ella
del acoso, sabedora de que, de dejarle hacer, acabarían copulando allí mismo—.
Precisamente, lo que quiero darte a entender es todo lo contrario. Tú la deseas
a ella y ella te desea a ti. ¿O acaso no lo has notado?
—Francamente, no. No lo he notado.
—Pues está bien claro, ¿no? ¿Por qué crees que ha salido
disparada a bañarse?
—Yo lo achaco a que se sentía violenta. Si nunca ha tenido
todavía relaciones con ningún chico, ¿cómo esperabas que reaccionara?
—Desde luego, Carlos —le recriminó Salomé sin aspereza—, qué
poco entiendes a las mujeres. Tu hermana lo que estaba es confusa. Viendo tu
desnudez, tocándote, ha experimentado por primera vez lo que es desear a un
hombre. Posiblemente, ahora se estará haciendo un mar de preguntas para las que
no tiene ninguna respuesta. A pesar de su aspecto, en el fondo sigue poseyendo
una mentalidad demasiado infantil y, aunque tú no tienes la culpa, su instinto
sexual se halla bloqueado a causa tuya. Eres su príncipe azul y, en tanto te
empeñes en dejarte llevar por tus principios morales, ella seguirá siendo una
mujer inmadura.
—¿Me estás proponiendo que seduzca a mi propia hermana?
—Seducida ya la tienes. Te estoy proponiendo que le abras los
ojos.
—¡Es realmente increíble! —exclamó Carlos asombrado—. ¡Mi
propia novia incitándome a que le sea infiel con mi hermana!
—¡No digas estupideces! —la voz de Salomé sonó enojada—. Creo
que sabes perfectamente cuál es mi concepto de la fidelidad. Si te estoy
incitando a algo es a que ayudes a tu hermana a hacerse mujer.
Carlos no comprendía muy bien qué es lo que Salomé quería
decirle en concreto y eso le incomodaba porque, en esencia, eso no era más que
una muestra de la superioridad intelectual de ella sobre él, lo cual, aún
reconociéndolo y aceptándolo, no dejaba de resultarle desagradable. Lo curioso
es que esto sólo sucedía cuando estaban solos, lo cual era de agradecer. En
presencia de otras personas, fueran conocidas o extrañas, siempre aparentaba
estar un peldaño por debajo de él y poseía una habilidad camaleónica para
adaptarse a cualquier ambiente o circunstancia. Sin distinción alguna, podía ser
todo lo refinada o grosera que el caso requiriera. Estaba al corriente de todos
los usos y costumbres, pero en la intimidad se regía por sus propias normas y le
importaba un bledo todo lo demás. Así, en lo que él alcanzaba a entender, el
concepto que Salomé tenía de la fidelidad entre un hombre y una mujer se
apartaba totalmente de cualquier convencionalismo y se resumía en una estricta
frase: «la fidelidad consiste en compartir una vida, no en compartir una cama»,
con lo cual quería significar entre otras cosas, o al menos así él lo
interpretaba, que los tan traídos y llevados cuernos no constituían en sí mismos
una infidelidad siempre y cuando se tratara de un simple pasatiempo sin ninguna
implicación de tipo afectivo.
—De veras, Carlos —seguía incidiendo ella en el mismo tema—.
No sólo no me importaría que quieras acostarte con tu hermana, sino que te animo
a ello.
—¡Estás verdaderamente loca, Salomé! —protestó él—. Si no te
conociera, diría que eres una pervertida. Será mejor darnos un baño antes de que
acabes volviéndome loco a mí también.
8
Brenda había corrido a encontrarse con su amigo el mar, presa
de la mayor desesperación y desasosiego. No sabía lo que estaba pasando a su
alrededor ni dentro de sí misma. Ni siquiera estaba muy convencida de que
aquello estuviera ocurriendo realmente. Sin embargo, todavía sentía en su mano
aquel líquido pegadizo y espeso cuyo olor no le recordaba a ninguno otro
conocido. ¿Sería aquello ese famoso semen del que tanto había oído hablar? No,
no podía ser. El semen decían que era blanco y esto no tenía ningún color; era
como el agua, pero más viscoso; resbaladizo como el gel de baño...
«¿Resbaladizo? —creyó encontrar la palabra definitiva, la que lo explicaba
todo—. ¡Claro, eso es! Es el líquido que actúa como lubricante para facilitar el
coito». Pero también había oído decir que la vagina de la mujer se autolubrica
por sí misma; y, entonces, si, como le habían inculcado, la naturaleza es sabia,
¿qué sentido tenía aquella aparente duplicidad?
Y aquel sofoco que le había sobrevenido de pronto mientras
acariciaba a Carlos, ¿qué significaba? ¿A qué era debido? Ahora ya no podía
precisar si fue el hormigueo el que le había producido aquella oleada de calor o
fue la oleada de calor la que le produjo el hormigueo o ambos efectos fueron
simultáneos. Lo que sí tenía claro era que había experimentado las dos
sensaciones y, aunque no lo descartaba, no estaba muy convencida de que ninguna
de las dos fuera consecuencia de un sentimiento de cortedad o pudor.
Acariciar a su hermano le había resultado un acto en sí
placentero aunque no podía determinar si ello se debió a su propia satisfacción
o a la que observó que le proporcionaba a él. Hacer feliz a su hermano era para
ella una forma de hacerse feliz a sí misma, ya que el enorme cariño que sentía
por Carlos la llevaba a sentir como propias las penas y las alegrías de él. Si
algo tenía claro en la vida, ese algo era que por complacer a su hermano haría
cualquier cosa. Había leído, quizá en algún libro de texto, lo que significaban
los complejos de Edipo y de Electra, pero nada había encontrado respecto a
ningún complejo que hiciera alusión a la adoración entre hermanos de distinto
sexo, de lo que deducía por eliminación que lo que ella sentía por Carlos no
tenía nada de anormal ni patológico, aunque no conociera caso alguno similar.
Y es que por lo que acababa de ocurrir momentos antes entre
su hermano y ella, intuía que algo había cambiado o estaba a punto de cambiar en
sus relaciones y no sabía si era para mal o para bien. «Será mejor no pensar —se
dijo— y dejar que los acontecimientos sigan su curso».
Iba a nadar de regreso hacia la orilla, pero en ese momento
vio cómo Carlos se acercaba corriendo, se metía en el agua y comenzaba a bracear
en dirección a ella.
9
La temperatura del agua era espléndida y el estado de la mar
de absoluta calma, lo que permitía nadar con complacencia. Carlos se acercó a su
hermana Brenda que yacía relajada de espalda sobre el agua, dejándose mecer por
el débil oleaje. Carlos, sonriente, admiró la hermosura sublime de su cuerpo
desnudo y mojado, que lograba vislumbrarse a través de las transparentes aguas.
Brenda tenía los ojos cerrados y al abrirlos sonrió con candor a su hermano.
—¡Caray, Prenda! Realmente estás muy buena.
—No me gusta que me digas esas cosas —mintió Brenda, que en
realidad empezaba a sentirse halagada de la admiración que su cuerpo despertaba
en Carlos—. Me recuerdas a los demás chicos y no me gusta que seas igual que
ellos.
—Pero es que es verdad, cariño. El hecho de que seas mi
hermana no tiene nada que ver para que me guste contemplar tu prodigioso cuerpo.
Tal vez te resulte chocante; pero, al fin y al cabo, tú eres hembra y yo soy
macho.
—Si me sigues mirando de esa manera, lo único que vas a
conseguir es que empiece a sentirme otra vez mal.
—¿Cómo te miro?
—Lo sabes muy bien. Me estás devorando con la mirada. Estoy
completamente segura de que, ahora mismo, tu verga está otra vez tan tiesa como
antes.
—Pero eso es normal, Prenda.
—No lo es. Somos hermanos.
—¿Y eso qué importa? ¿Acaso no te enorgullece que tu propio
hermano se sienta rendido ante tus encantos? ¿Preferirías ser una birria de
mujer y que yo no te hiciera el menor caso?
Brenda se tomó su tiempo en responder. Aquella batería de
preguntas no había hecho sino aumentar la confusión que ya sentía ante la
inesperada situación en que se encontraba desde que decidió despojarse de su
bikini. Tal vez Carlos tenía toda la razón en lo que decía, pero a ella le
costaba aún asimilarlo. Parecía entender que los lazos fraternales poco o nada
tenían que ver en cuestión de sexo, o, al menos, eso es lo que deducía de la
postura adoptada por su hermano, que ahora no difería prácticamente en nada de
la que adoptaban los demás chicos que conocía y a los que no le unía ningún tipo
de parentesco. Esto, para ella, resultaba algo totalmente nuevo y sorprendente,
aunque veía muy claro que el motivo de ello no era otro que su transición de
niña a mujer.
—Antes no me decías esas cosas —objetó, a sabiendas de que
era una tonta observación.
—Antes eras una niña y te decía otras cosas —recordó Carlos—.
¿No te repetía constantemente lo prendado que estaba de tus hermosos ojos azul
turquesa? ¿No te he dicho millones de veces lo linda que me parecía tu boquita y
lo mucho que me gustaba la manera con que fruncías tus labios cuando te
enfadabas por algo...?
—¡Sí, sí! —le cortó Brenda—. Y a mí me encantaba oírtelo
decir; pero de eso a lo de ahora...
—Es exactamente igual, Prenda. Antes no podía elogiar tus
pechos por la sencilla razón de que aún no se te habían desarrollado.
—¿Y la forma en que miras mi... conejito?
Carlos trató de disimular con una sonrisa el momentáneo
desconcierto que provocó en él la inesperada pregunta.
—También tu conejito ha cambiado —dijo para salir del paso.
—Salomé me ha dicho que no te gustan con vello, así que
supongo que el mío no debe de gustarte; y, sin embargo, no dejas de mirármelo.
—Con que eso te ha dicho Salomé, ¿eh?
—Me llamó la atención cuando se lo vi tan afeitado y fui yo
quien le preguntó.
—¿Le preguntaste que si era así como a mí me gustaba?
—No. Le pregunté que por qué lo tenía afeitado.
—Eres una niña muy curiosa —bromeó él y, recordando los
viejos tiempos, colocó su mano sobre la cabeza de Brenda y apretó con fuerza
hacia abajo hasta ocultársela por completo bajo el agua.
Brenda, a quien la ahogadilla le cogió desprevenida y sin
apenas aire en los pulmones, sintiendo que se asfixiaba comenzó a debatirse con
desespero, agitando brazos y piernas; en uno de aquellos movimientos inconexos
su mano fue a encontrarse de lleno con el falo de Carlos y a él se aferró,
apretándolo con rabia. Carlos, obviamente, dejó libre a Brenda, cuyo rostro
emergió totalmente angustiado.
—¡Eres un traidor! —exclamó sin denotar enojo, recuperando
poco a poco la respiración y manteniendo el erecto miembro de su hermano
agarrado con firmeza.
—¿Qué piensas hacer con lo que tienes en la mano? —siguió
bromeando él.
—¿Qué es lo que debo hacer? —le desafió ella con la mirada.
—Te advierto que es una cosa muy sensible —Carlos temió que
Brenda hiciera uso de su genio en semejante momento.
Y, sin pensárselo dos veces, asió también él los pechos de
Brenda y le pinzó con sus dedos los pequeños pezones, ejerciendo sobre ellos una
ligera presión.
Sin liberar sus respectivas presas, se miraron el uno al otro
muy serios. Carlos fue poco a poco abriendo sus dedos y aumentando gradualmente
el radio de acción hasta terminar masajeando con exquisita suavidad los pechos
de Brenda; ésta, por su parte, advirtiendo cómo cada vez era mayor la dureza del
mástil que sujetaba en su mano, fue aflojando también la presión sobre él y
comenzó a acariciarlo con toda dulzura y, al ver la expresión de dicha que se
dibujaba en el rostro de su amantísimo hermano, ella también se sintió la
criatura más dichosa del mundo.
10
Salomé seguía con vivo interés las evoluciones de los dos
hermanos. Brenda, exhibiendo una vitalidad exultante, se movía majestuosamente
en el agua provocando un glorioso vaivén de sus envidiables pechos, jugando y
bromeando con un Carlos cada vez más acuciado por la lascivia que despertaba en
él el cuerpo desnudo de su hermana. Cuando salieron del agua y, cogidos de la
mano, regresaban a donde ella se encontraba, Salomé pudo ver, repetida, la
formidable erección de él. No podía oír lo que hablaban entre sí, pero le
bastaba con ver las sonrisas de Carlos y la turbación de Brenda para adivinar
cuál era el tema de la conversación que sostenían.
—¡Hay que ver cómo es este hombre! —exclamó Brenda al llegar
junto a Salomé, sentándose en su toalla con gesto enfurruñado, encogiendo las
piernas y rodeándolas con ambos brazos por debajo de las rodillas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Salomé con cara de circunstancias.
—No deja de decirme cosas que sabe que me molestan —refunfuñó
Brenda—. Es la primera y la última vez que me desnudo delante de él.
—Vamos a ver, Salomé —habló Carlos, cachazudo, tumbándose
junto a su novia—. ¿Qué opinión te merece mi hermana como mujer?
—Ya se lo he dicho a ella —respondió la interpelada—. Es
guapa y atractiva y sus pechos resultan muy llamativos.
—Pues eso mismo es, en definitiva, lo que yo le digo y lo que
le molesta tanto.
Salomé, excitada por la erección que presentaba su novio, más
ostensible ahora al estar tumbado boca arriba, se echó sobre él, aprisionó entre
sus muslos aquel altivo miembro y le besó larga e intensamente, restregando sus
nada despreciables senos contra el pecho de él. De vez en cuando miraba a
Brenda, para examinar su reacción; pero Brenda, tumbada ahora boca abajo,
parecía evitar el mirarles.
—¿Te sientes molesta porque bese a tu hermano? —preguntó.
Brenda se encogió de hombros.
—¿Por qué había de molestarme? Sois novios, ¿no? Es natural
que os beséis.
Brenda no era del todo sincera. Le parecía muy lógico, en
efecto, que Salomé y Carlos se besasen y se amasen; pero no le resultaba en
absoluto agradable que lo hicieran delante de sus narices y, por eso, prefería
mirar para otro lado. Al propio tiempo, aun sin verlos, solamente con oír los
ruidos que producían con sus bocas y aquella especie de gemidos nasales que
dejaba escapar Salomé cada vez con mayor frecuencia, la ponían tremendamente
nerviosa y de nuevo aquel extraño hormigueo y aquel incompresible acaloramiento
empezaban a apoderarse de ella.
Enfrascada en sus propios pensamientos, hubo un momento en
que hasta llegó a olvidarse por completo de la pareja de enamorados que tenía al
lado. Pero sucedió algo insólito que la devolvió de nuevo a la realidad. Los
sentidos, una vez acostumbrados a una determinada sensación, parecen adormecerse
y dejan de percibirla; y, del mismo modo que el olfato se habitúa en poco tiempo
al olor más penetrante, el oído termina por dejar de escuchar el mismo sonido si
éste es persistente; pero olfato y audición se recuperan al instante tan pronto
como un nuevo olor o un nuevo sonido lo excitan. Esto fue lo que,
inconscientemente, le ocurrió a Brenda y lo que la sacó de su ensimismamiento.
Ya no se oían los gemidos nasales de Salomé ni el frotar y sorber de los besos;
ahora lo que Brenda escuchaba eran unos chasquidos rítmicos, unas respiraciones
jadeantes y algún que otro gritito ahogado, a veces como un sollozo, a veces
como un suspiro profundo. Brenda volvió la cabeza para ver qué sucedía y ya no
pudo dejar de mirar. Carlos seguía tumbado boca abajo, pero Salomé se había
sentado a horcajadas sobre la pelvis de él y agitaba su cuerpo frotando su
entrepierna diríase que casi con rabia, pues apretaba los dientes con fuerza.
Carlos también apretaba sus dientes y, sujetando a Salomé con ambas manos por la
cintura, parecía ayudarla a ella en su cada vez más frenético movimiento.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Brenda.
Pero ninguno de los dos le contestó. Estaban en pleno
éxtasis.
11
—Perdona, Brenda —susurró Carlos—. Ha sido algo inevitable.
En los oídos de Brenda aún resonaban los alaridos de Salomé,
a los que casi de inmediato se unieron los de su hermano. Cuando llegó a
comprender lo que en realidad estaba sucediendo, Brenda se había ruborizado como
si fuera ella la que estaba cometiendo algún acto reprobable y, ahora sí, volvió
a mirar para otro lado, incapaz de continuar presenciando aquella escena.
Después llegaron los gritos que, en el caso de Carlos, habían llegado a
constituir auténticos rugidos.
—Compréndelo, Brenda —ahora era Salomé quien tomaba la
palabra—. Estoy tan enamorada de tu hermano que siempre ardo en deseos de que me
bese y me acaricie. Y él estaba tan excitado... Cuando tengas novio, tú también
estarás deseosa de que te abrace y te bese... Es natural... Tu hermano es tan
afectuoso, tan adorable... Seguro que tú también encontrarás un chico tan
fascinante... He tenido mucha suerte, Brenda. Si supieras cómo me hace vibrar...
Sencillamente, no se puede explicar con palabras... Me ha convertido en una
auténtica viciosa. Me encanta que me posea, sentirme tan íntimamente unida a
él... Es tan maravilloso todo...
Brenda escuchaba sin saber qué hacer ni qué decir, sin
siquiera atreverse a mirar a quien con tanta vehemencia le hablaba de un hermano
al que ahora le costaba trabajo reconocer en aquella nueva faceta que empezaba a
descubrir. Por todas partes había oído últimamente hablar del sexo, pero nunca
se había visto con anterioridad tan envuelta en él. Todo el mundo hablaba de las
mil y una excelencias del acto sexual, de felaciones, de masturbaciones; pero
ella no podía opinar porque no había probado nada de ello ni había sentido la
necesidad de probarlo. Era ahora que empezaba a sentir una creciente curiosidad
y presentía que las nuevas sensaciones que estaba experimentando no eran otra
cosa que su deseo de gozar como mujer, de alcanzar aquel estado de gracia que
tanto hacía chillar a Salomé.
—Cállate, Salomé, por favor. Estás avergonzando a mi hermana.
—¿Por qué ha de avergonzarse? Ya es toda una mujer.
—No es una mujer. Es tan sólo una niña físicamente
aventajada.
«¿Qué estupideces está diciendo ahora mi hermano? —se
preguntaba Brenda—. ¿Qué idiotez es ésa de que soy una niña físicamente
aventajada? ¿Cómo es posible que no se haya dado cuenta de que soy y siento como
una mujer? ¿Acaso no advirtió cómo se erizaba mi piel cuando me acarició las
tetas?»
—¿Me vas a decir que no te gustaría meterle mano a tu
hermana?
—Ya lo ha hecho —contestó Brenda para sorpresa de Salomé.
—¿Cómo has dicho?
Brenda, que de pronto había recuperado toda su entereza, se
giró para dar frente a Salomé, que ya se había descabalgado de Carlos y ahora
permanecía sentada a su lado.
—Ya me ha metido mano —repitió Brenda con voz firme—.
Mientras nos bañábamos juntos me ha sobado las tetas un buen rato. Y, además,
debo añadir que me gustó que lo hiciera. Ha sido la primera vez que me las han
acariciado y me gustó.
—Estaba muy tensa —pareció querer justificarse Carlos— y sólo
lo hice para intentar calmarla.
—Tu verga si que estaba tensa —replicó Brenda con inesperada
audacia—. Y resultó evidente que también te gustó que te la tocara.
—¡Vaya forma de tocarla! Si hubieras apretado un poco más...
Salomé asistía desconcertada, y a la vez divertida, al
inesperado cruce de reproches, ora mirando a una, ora mirando al otro, según
quien tuviera la palabra.
—Así que le has metido mano a tu hermana, ¿no? —se encaró con
Carlos.
—Cualquier cosa es meter mano —siguió defendiéndose Carlos—.
Le acaricié un momento las tetas como podía haberle acariciado la mejilla o el
hombro.
—Y a ti, Brenda, te gustó que te las acariciara, ¿no es así?
—Ya te he dicho que sí —respondió Brenda evidenciando con una
mueca su fastidio por tener que repetir lo ya manifestado.
Salomé esbozó una sonrisa cuyo significado Brenda no acertó a
descifrar.
—¿A que te gustaría que volviera a acariciarte? —insistió
Salomé.
—¿Querrás dejarla en paz de una vez? —intervino Carlos
poniéndose en pie. Y, cogiendo de una mano a Salomé y, tirando de ella para que
se levantase también, añadió—: Anda, vamos a refrescarnos un poco.
Brenda respiró aliviada al verlos alejarse. Las preguntas de
Salomé la estaban ya colocando en una situación bastante comprometida. Ignoraba
a dónde quería ir a parar, pero mucho se temía que lo que estaba intentando era
que su propio hermano la desvirgara. No le parecía nada lógico que una mujer
incitara a su novio a relacionarse con otra, aunque esa otra fuera la hermana de
él. O quizá, en este caso, sí podía tener una explicación: ella, Brenda, nunca
podría ser su «rival»; por tanto, en ese aspecto, no tenía porqué preocuparse.
Pero, ¿a qué venía ese empeño? ¿A qué ese interés en que Carlos la desposeyera
de su virginidad? ¿Qué podía ganar Salomé en tal asunto?
Después de mucho pensar, Brenda llegó a la conclusión de que
la actitud de Salomé bien podía ser un gesto de generosidad hacia ella. Si
Carlos era tan excelente amante, quizá Salomé pensaba que era el más adecuado
para ayudarla a ella en tan delicado trance. Conocía a varias chicas de su edad
que ya habían tenido sus experiencias con chicos y casi ninguna de ellas hablaba
muy bien de su primera vez y, de éstas, la inmensa mayoría lo achacaba a la
falta de tacto de sus respectivas parejas, a los que tachaban de brutos,
egoístas y desconsiderados. Su hermano Carlos no era, desde luego, ninguna de
las tres cosas y aún lo sería menos con ella.
Después de todo, tal vez Salomé tenía razón. El problema es
que ella, Brenda, no se consideraba aún preparada para afrontar semejante
prueba, aunque tal vez todo fuera cuestión de decidirse. Volvió a pensar en las
sucesivas etapas por las que estaba pasando aquella mañana. Primero su
indecisión para desnudarse ante Salomé; luego su vergüenza porque la viese así
su hermano; más tarde, sus reparos para mostrar a Carlos su parte frontal. Todo
eso lo había ya superado con relativa facilidad y ahora continuaba desnuda sin
preocuparse lo más mínimo de ello. Le resultaba, como diría Salomé, «totalmente
natural». En realidad, lo que restaba no era sino dar un paso más adelante en el
camino ya emprendido.
12
—¿Sabes lo que me está proponiendo Salomé? —preguntó Carlos a
Brenda.
—¿Cómo habría de saberlo? —respondió Brenda con
displicencia—. ¿Acaso crees que soy adivina?
Carlos había retornado solo. Su novia se había quedado
nadando un rato más.
—Me ha pedido que te convenza para que tú y yo hagamos el
amor.
—¿Y qué le has respondido tú?
—¿Qué otra cosa podía responderle? Eres mi hermana y no es
correcto el hacerte semejante proposición.
—Pero, ¿te apetecería hacer el amor conmigo?
Carlos miró fijamente a los ojos de su hermana y no encontró
en ellos ninguna señal de alarma.
—Bueno... —titubeó—, si no fueras mi hermana...
—Déjate de rodeos, Carlos —le acució Brenda, que vio cómo ya
Salomé salía del agua y se acercaba hasta ellos—. Contesta a mi pregunta con un
sí o con un no.
—La cosa no es tan simple, Brenda —esta vez eludió llamarla
Prenda como era habitual en él—. No se trata sólo de que a mí me apetezca o no,
sino que...
—¿Y si yo te dijera que a mí sí me apetece? —siguió Brenda
acosando a su hermano, que ya se veía contra las cuerdas.
—En ese caso, es posible que también me apeteciera a mí.
—Mientras Salomé y tú os bañabais —confesó Brenda bajando la
mirada— lo he estado pensando. Tengo ya quince años y aún no he practicado el
sexo con ningún chico. Casi todas las chicas de mi edad que conozco ya lo han
hecho al menos una vez y yo, en cambio, continúo virgen.
—Lo dices como si se tratara de algo de lo que tienes que
avergonzarte.
—No me avergüenzo de ello ni tampoco me enorgullezco. Antes,
cuando Salomé y tú lo estabais haciendo, tuve unas sensaciones muy extrañas.
Hubo momentos en que deseé realmente ser yo quien ocupara el puesto de Salomé
para saber qué es lo que se siente. Creo que quiero perder mi virginidad, pero
tengo algo de miedo; por eso quiero que seas tú el primero, porque sé que tú no
me harás ningún daño.
—¡Esto sí que es una sorpresa! —exclamó Salomé, que había
llegado a tiempo de escuchar las últimas palabras de Brenda—. Yo alentando a mi
novio para que intente convencerte y tú ofreciéndote a él con total generosidad.
—Siempre me he sentido muy ligada a mi hermano, Salomé. Sé
que no está bien lo que hago; pero, puesto que tú no te opones, no es que lo
desee sino que constituye para mí un motivo de orgullo el que mi hermano sea el
primer hombre al que yo me entregue. Lo considero la mayor muestra de cariño que
puedo ofrecerle.
—¡Estupendo! —casi gritó Salomé animadamente—. Me alegro de
que al fin vaya entrando la luz en tu cerebro. Dices saber que no está bien lo
que haces. ¿Podrías explicarme el porqué?
—No he estudiado leyes, pero tengo entendido que mantener
relaciones sexuales con un hermano constituye delito.
—¿Quién te ha dicho eso? El delito de incesto hace ya mucho
tiempo que pasó a la historia. Si los dos lo hacéis por vuestra propia voluntad,
nada ni nadie podrá impedíroslo.
—Es igual —manifestó Brenda, un poco asustada de su propio
arrojo—. Quiero y estoy decidida a hacerlo... —su entereza pareció venirse de
pronto abajo y, mirando tímidamente a Carlos, con un hilo de voz, agregó—: Si tú
también lo deseas...
Carlos lo había estado deseando casi desde el mismo momento
en que observó a Brenda descender del avión y había tenido que hacer verdaderos
esfuerzos para contenerse cuando se estaban bañando juntos, manteniendo una
titánica lucha interior entre los dictados de su instinto y su conciencia; sin
embargo, ahora que todo se allanaba ante él, ahora que Brenda se ponía
incondicionalmente a su disposición, sentía que todo el peso de los prejuicios
caían sobre él. Le enojó aquella maléfica sonrisa que exhibía su novia, le enojó
aquella mirada de víctima que le dirigía su hermana (le pareció la de una mártir
que se entrega mansamente al sacrificio) y le enojó, sobre todo, la gran parte
de culpa que él tenía en todo aquello. Brenda le seguía pareciendo igual de
apetecible, pero ahora, más que nunca, consideraba que aquel maravilloso cuerpo
era o debía ser, para él, una fruta prohibida.
—Volvamos a casa —dijo incorporándose y volviéndose a poner
el bañador.
Brenda no se molestó en colocarse el bikini, poniéndose
camiseta y pantalón directamente sobre su piel.
—Yo me quedaré todavía algún rato —indicó Salomé. Y,
aprovechando que Carlos ya empezaba a alejarse, retuvo de una mano a Brenda
antes de que marchase en pos de él—. ¿Estás nerviosa?
—Un poco, sí —admitió Brenda—. Es mi primera vez y temo no
estar a la altura. No me gustaría defraudar a mi hermano. Le preguntaré qué es
lo que debo hacer y haré todo lo que él me diga.
—No tienes que preocuparte por eso. Carlos quedará plenamente
satisfecho; y ya se encargará él de que tú tambiés lo quedes... De todas formas,
en el caso poco probable de que tú no disfrutaras, no debes sentirte
decepcionada ni creer, por eso, como le ocurre a muchas, que estás incapacitada
para el goce. Como todo, esto requiere también su experiencia y, por supuesto,
requiere un estado de relajación y tranquilidad que tú no vas a ser capaz de
conseguir hasta que no adquieras la suficiente confianza.
Carlos había avanzado unos cincuenta metros y se detuvo al
ver que su hermana no le seguía.
—¿Qué pasa, Brenda? —gritó—. ¿Vienes o no vienes?
—¡Sí, ya voy! —gritó también la interpelada. Y, con
suplicante mirada, formuló a Salomé una pregunta que consideró crucial—. ¿Qué es
lo que más le gusta a Cristian que le hagas?
—Eso es demasiado fuerte para tu primer día —eludió ella la
respuesta.
—Vamos, Salomé, por favor, dímelo —insistió Brenda con
ansiedad.
—Lo que más le gusta es... —Salomé vaciló unos instantes—.
Esta bien, te lo diré sin rodeos. Lo que más le gusta es eyacular en mi boca y
que me trague su semen.
Brenda no pudo reprimir un gesto de asco.
—No sé si podré —murmuró—. Es algo repugnante, ¿no?
—No, en absoluto. A mí me encanta el sabor de su leche. Pero
vete tranquila. Estoy segura de que no lo va a hacer contigo.
Brenda corrió a reunirse con Carlos, que ya se disponía a
llamarla de nuevo.
13
Las cosas que se anhelan, a las que tanto valor se les da
mientras no se poseen, pierden de pronto todo interés cuando al fin se
consiguen. Carlos andaba a la deriva y no hacía sino inventar excusas para
retardar en lo posible el momento que le parecía (ya no estaba seguro de que
realmente así fuera) haber deseado tanto a lo largo de toda la mañana. Puestos
en una balanza el puro amor fraternal y el incestuoso deseo, el platillo de este
último había pesado más hasta entonces; pero, ahora, no sólo ambos platos habían
llegado a equilibrarse sino que el desnivel en sentido contrario se hacía cada
vez más acentuado.
—¿Dónde lo vamos a hacer? —había preguntado Brenda al entrar
en la casa, con una candidez que a Carlos le llegó al alma.
—Donde tú prefieras —le contestó él tratando de dar a su voz
una animación que no sentía.
—¿Se enfadará Salomé si utilizamos el dormitorio?
—¡Al diablo con Salomé! —respondió él malhumorado.
De pronto había dejado de ver a Brenda como la mujer que ya
era y por su mente empezaron a desfilar los muchos recuerdos que guardaba del
pasado en común. Desde muy pronto, sus padres habían delegado en él la mayor
parte de los cuidados que su hermana precisaba. Cuando, a los cinco años, Brenda
empezó a asistir a la escuela, él era quien la llevaba y la recogía todas las
mañanas y todas las tardes. Había pasado infinidad de horas ayudándola en sus
deberes, aclarándole las dudas, explicándole lo mejor que podía aquellas
cuestiones que ella no acababa de entender. «No sé qué sería de mí sin ti»,
repetía ella muchas veces abrazándole y besándole en la boca, porque así veía
que se besaban en las películas y así creía que debía ser. Jamás se le pasó por
alto ningún treinta de junio, el cumpleaños de Brenda, y siempre procuraba
reservar algunos ahorrillos para hacerle un regalo que él disfrutaba casi tanto
o más dándoselo que ella recibiéndolo. Al principio sólo consistía en alguna
golosina (Brenda siempre había sido una tremenda laminera), cuyo escaso valor
procuraba realzar envolviéndolo en papel de aluminio o celofán y adornándolo
vistosamente; luego los regalos fueron adquiriendo poco a poco mayor relevancia
y cuando encontró su primer trabajo y empezó a disponer de dinero propio, los
obsequios ya no se concretaron al treinta de junio, sino que cualquier fiesta o
acontecimiento que se saliera de lo normal, por trivial que fuese, era motivo
suficiente para que él la sorprendiera con alguna «ocurrencia» (Brenda había
terminado por adoptar la costumbre de decir siempre: «A ver qué ocurrencia has
tenido hoy», cada vez que recibía un paquete de él). Pero no todo habían sido
momentos felices en aquella larga y cálida convivencia ni siempre él había sido
el dador. Hubo también épocas difíciles, casi todas asociadas a enfermedades, y
lo mismo que él permaneció pacientemente al lado de su hermana cuando ésta pasó
el sarampión o la viruela, leyéndole o inventándose mil cuentos para
entretenerla, también Brenda, con tan sólo diez años, se había desvivido por él
cuando hubo de permanecer hospitalizado durante casi un mes a causa de las
graves lesiones que sufrió en un accidente...
Ahora, aquella niña cándida, tierna y de contagiosa alegría,
se había convertido en una exuberante jovencita, repleta de curvas
enloquecedoras y con unos pechos capaces de hacer perder la calma al más
templado. Para colmo seguía conservando el mismo rostro infantil, con aquellos
hermosos ojos azul turquesa de profundo mirar, aquella nariz diminuta y
ligeramente respingona, aquellos jugosos labios siempre brillantes y aquellos
pómulos sonrosados, como los de una muñeca...
—¿Qué estás haciendo, Carlos? —la voz de Brenda, desde el
dormitorio, le sacó de su enfrascamiento.
—Voy a darme una ducha rápida —buscó un motivo más de
dilación—. Me siento muy incómodo con la sal del agua del mar.
—Es verdad, tienes razón. A mí me pasa lo mismo. Voy a
ducharme yo también.
—De acuerdo. Hazlo tú primero si quieres.
Pero, antes de que abandonara el cuarto de baño, Brenda ya
estaba delante de él, de nuevo completamente desnuda.
—¿Por qué no lo hacemos los dos juntos? —propuso ella
alegremente, recordando las vivencias que Salomé le había relatado con su
hermano Pablo—. Yo te enjabonaré a ti y tú me enjabonarás a mí.
—De acuerdo, como quieras —accedió él, quitándose el bañador.
Brenda observó con cierta preocupación que la verga de su
hermano le caía ahora completamente lacia entre las piernas, pero fingió no
darse cuenta del detalle. Y Carlos sospechó que la supuesta alegría que su
hermana trataba de aparentar era el escudo tras el que trataba de ocultar su
preocupación por lo que iba a acontecer.
El plato de ducha no estaba concebido para dos personas y al
correr el cierre de metacrilato, quedaron comprimidos el uno contra el otro sin
prácticamente capacidad de movimientos. Brenda había quedado dándole la espalda
a su hermano y éste se esforzaba para alcanzar las llaves de los grifos, que
quedaban un par de centímetros por encima de sus rodillas. Primero dio salida al
agua fría, lo que hizo que la suave piel de su hermana se erizara por completo y
de su garganta escaparan las más variadas exclamaciones de desagrado. Poco a
poco, con el agua caliente, fue regulando la temperatura del chorro hasta
alcanzar el punto que Brenda consideró ideal.
El mutuo enjabonamiento acabó convirtiéndose en toda una
odisea, pero la cómica situación sirvió en definitiva para que ambos hermanos
olvidaran sus respectivas preocupaciones y acabaran disfrutando como dos niños.
14
Al marcharse Carlos y Brenda, Salomé se vistió y buscó cobijo
en una zona de sombra. Por sorprendente que pareciera, no soportaba su propia
desnudez a solas, como si el hecho de mostrar sus naturales encantos donde nadie
iba a admirarlos constituyera un despilfarro inútil de su propia belleza. No era
una exhibicionista en el sentido literal de la palabra, aunque sí adolecía de
cierta vanidad y le resultaba especialmente grato comprobar la sensación que sus
formas causaba en el sexo opuesto.
Tenía una auténtica legión de admiradores, aunque a sólo unos
pocos se avino a otorgar sus favores, casi siempre con motivo de aquellas orgías
a las que, después de su renuencia inicial, Carlos se había terminado
aficionando. Como suele ocurrir, las que mejor resultaban eran las que surgían
sobre la marcha, sin buscarlas ni esperarlas, ni mucho menos prevenirlas. Los
buenos ratos había que cogerlos al vuelo y no dejarlos escapar cuando la ocasión
se presentara. Esta filosofía suya de la vida era la que la había llevado a
provocar aquel encuentro entre Carlos y Brenda. Tomó la decisión desde el
momento mismo en que vio cómo su novio miraba a Brenda y la forma en que se
besaron en el aeropuerto. Sabía muy bien lo que significaba aquella mirada y su
intuición le dijo que Brenda no fallaría. No se enorgullecía de haber asumido el
papel de eventual celestina, pero se congratulaba de que las cosas hubieran
salido como ella esperaba.
Aunque le gustaba como a la que más, Salomé no era una
fanática del sexo. De hecho, antes de comprometerse con Carlos, sus relaciones
íntimas con otros eran más bien escasas, las justas para sentirse satisfecha y
emocionalmente equilibrada. Había hecho su propia selección de amantes y, fuera
de ese reducido grupo, podían contarse con los dedos de una mano sus aventuras.
La irrupción de Carlos en su vida había sido lo más grande
que le había pasado. La teoría que sustentaba de que el amor todo lo estropea,
basada en sus desafortunadas experiencias anteriores, se hizo añicos cuando
conoció y empezó a tratar a Carlos. Aquella coraza de que había revestido su
corazón y que ella creía de acero, resultó ser de cera y se derritió a las
primeras de cambio. Carlos era un auténtico rey del halago, pero lo hacía con
tanta naturalidad y desparpajo que diríase que era un don especial. Sin embargo,
su mejor virtud la descubriría dos días después. Fue en el asiento trasero de su
propio coche (él ni siquiera poseía carné de conducir), y resultó memorable.
Para salir de dudas y asegurarse de que aquello no había sido un espejismo,
volvió a probar al siguiente día, y al otro, y al otro... Las conclusiones no
pudieron ser más elocuentes: cada nueva prueba superaba a todas las precedentes.
Los recursos de Carlos parecían ilimitados y ella, que siempre ejerció un claro
predominio sobre los hombres que la rodeaban, no dudó en convertirse en la
esclava de aquel jovencito imberbe que tan bien demostrara conocer y tan bien
supiera explotar sus más íntimas debilidades.
Tras unos meses de locura en que prácticamente rehuían a la
demás gente, poco a poco se fueron serenando y reintegrándose al círculo
habitual de amigos. Fue por entonces cuando conoció a Brenda, de la que Carlos
no cesaba de hablarle. Era en verdad una niña preciosa (tenía doce años recién
cumplidos) y desde el primer instante le dejó bien patente la animosidad que
sentía hacia ella. Ganarse la confianza de Brenda no fue tarea fácil y llevó su
tiempo; pero acabó consiguiéndolo...
Salomé consultó su reloj. Hacía más de media hora que se
había quedado sola y estimó que ya debería haber pasado lo que tenía que pasar.
Recogió las toallas y, a paso lento, inició el camino de retorno a casa.
15
Brenda se había tumbado boca arriba sobre la cama, cruzadas
las manos sobre el vientre y con las piernas levemente entreabiertas, lo
suficiente para que Carlos, que terminaba de secarse, pudiera entrever la
virginal grieta que él iba a mancillar ahora. Brenda le miraba con curiosidad y
con expectación no exenta de angustia. A Carlos le costaba asimilar que se
disponía a desvirgar a aquel ser que tan especial era para él. Por un lado, lo
deseaba con todas sus ganas; por otro, le parecía un acto execrable al que ya no
podía ni quería renunciar.
—¿Te encuentras bien? —preguntó receloso.
—Un poco nerviosa —contestó ella—. Pero estoy bien. Estoy
contigo.
Carlos caminó pausadamente hacia el lecho y se sentó en el
borde. Tomó una mano de Brenda y se la llevó a los labios besándola casi con
fervor.
—Yo también estoy un poco nervioso —dijo—. Nunca imaginé que
pudiera producirse una situación como ésta.
—Yo tampoco —admitió Brenda.
Sin soltar su mano, Carlos se inclinó poco a poco hasta que
su boca rozó la de ella. Aprisionó entre sus labios el labio inferior de ella y
lo acarició suavemente con la punta de su lengua. Brenda elevó su mano libre
hasta colocarla en la nuca de él e hizo presión para que el contacto de sus
bocas fuera más intenso. La lengua de Brenda acariciaba también ahora el labio
superior de él, casi calcando los mismos movimientos que su hermano hacía.
La otra mano de Carlos, la que no sujetaba la de Brenda,
inició un lento y sensorial vuelo rasante desde el diminuto cráter que era el
ombligo de ella, casi sin rozar apenas con la yema de los dedos aquella satinada
piel hasta alcanzar, en su ascendente itinerario, de entre las dos redondeadas
elevaciones que marcaban el punto culminante del territorio explorado, la más
alejada a él, deteniéndose durante algunos segundos en el rosado pináculo que la
coronaba para finalmente aterrizar sobre toda ella, hundiéndose en aquella masa
uniforme y mórbida que parecía palpitar con vida propia a impulsos de su
caricia.
La mano prisionera de Brenda buscó ansiosa su libertad e
inició también su vuelo a ciegas hasta encontrar el sólido bastión en que
posarse, el más crucial de la anatomía de su hermano, aquel en que se
concentraba toda la esencia de su virilidad y marcaba con su rigidez, cual
termómetro la temperatura, el caudal de entusiasmada exaltación que iba por
momentos acumulándose en aquel vigoroso cuerpo puesto a su merced.
Al percibir aquel cálido contacto en su más impresionable
zona, Carlos abrió de par en par sus ojos y encontró cerrados los de su hermana,
que parecía sumida en un delicioso sueño. Como si su boca y su mano obedecieran
a un mismo impulso o estuvieran uncidas a un mismo e invisible yugo, ambas se
deslizaron al unísono. La boca se detuvo en el pezón aún no excitado de su
hermana; la mano prolongó algo más su movimiento hasta adentrarse en aquel
césped suave y dorado, en cuya ligera espesura la blanda carne se escindía con
la armoniosa simetría de lo nunca profanado. Los trémulos dedos de aquella mano
privilegiada recorrieron tan sublime hendidura y, mientras índice y anular
separaban a uno y otro lado las dos tiernas carnosidades, el dedo corazón buscó,
halló y horadó la humedecida gruta que tras ellas se ocultaba.
Brenda se estremeció. La mano que sostenía el mástil se
aferró con más fuerza a él, mientras la otra se enredaba y perdía en la
cabellera de su amado hermano. Las insistentes oscilaciones de aquel dedo
intruso producían en ella las más placenteras sensaciones que jamás conociera y
una fuerza misteriosa, surgiendo en su interior de no se sabía dónde, la llenaba
de creciente agitación. A intervalos, fenómeno ajeno por completo a su voluntad,
que ya no existía, notaba cómo su pelvis se elevaba y sus músculos se contraían.
Y aquel fuego interno iba creciendo y creciendo hasta asfixiar cualquier otro
sentimiento, abstrayéndola del mundo y de ella misma. Sentíase como sumergida en
un proceloso mar de goce infinito, cuyo oleaje se tornaba cada vez más y más
avasallador.
Carlos vaciló. Sabía llegado el momento, pero el paso
definitivo le causaba gran temor. El más acendrado amor y el deseo más alocado
volvían a librar una dolorosa batalla dentro de él, no dándose ninguno de los
dos por vencido. Apesadumbrado y confuso, alzó la cabeza. Los grandes y
admirables ojos de Brenda le miraron con fijeza, nublados y suplicantes. Se
mordía el labio inferior y su respiración había perdido ya toda apacibilidad.
Instintivamente juntaba sus muslos, apretándole la acariciadora mano como si
temiera que él la fuera a retirar. Estaba al borde del delirio y todo su cuerpo
suplicaba el último impulso.
Carlos apretó los dientes. Cubrió a Brenda con su cuerpo y
culminó la unión de ambos sexos hasta los límites del dolor. Continuó excitando
a su hermana con sus besos y caricias y cuando aquella se debatía, al fin, en su
primer orgasmo, impulsó su falo hasta vencer la barrera fisiológica que frenaba
su avance y, emocionado y sudoroso, liberado al fin de la terrible carga, dejó
que su savia se esparciera hasta llenar el venturoso pozo en el que permanecía
hundido.
—¿Cómo te encuentras, mi cielo? —preguntó él.
Brenda no dijo nada. Simplemente sonrió y abrazó a Carlos con
todas sus fuerzas. Sobraban las palabras.
Justo en ese momento sonó la puerta de la calle y, al poco,
Salomé hacia acto de presencia en el dormitorio. Vio a los dos hermanos
estrechamente abrazados, engarzados aún el uno al otro por el más íntimo de los
vínculos. Tampoco ella necesitó romper el silencio para saber que sus
expectativas se habían cumplido satisfactoriamente. Con gran sigilo se metió en
el cuarto de baño, sin cerrar la puerta según su costumbre, y con la misma
felicidad que respiraban Carlos y Brenda, procedió a darse una ducha.
16
—¡Caramba, raviolis! —exclamó Brenda entusiasmada—. ¡Me
encantan los raviolis!
—¿Más que Carlos? —sonrió Salomé maliciosamente.
Brenda se quedó un poco cortada, pero reaccionó al momento.
—¡Ha sido increíble, Salomé! —dijo, besando efusivamente a su
futura cuñada en muestra de gratitud por su determinante participación en todo
lo acontecido—. Por cierto —añadió, poniéndose seria de pronto—; creo que la
sábana se ha manchado un poco de sangre...
—Eso no tiene la menor importancia —la tranquilizó Salomé
devolviéndole el beso.
—No lo digo por mí —aclaró Brenda—, sino por la sábana.
—Eso la tiene menos aún. Lo has pasado bien, ¿no? Pues eso es
lo importante.
Se encontraban en la cocina. Salomé se cubría con tan sólo un
delantal que dejaba al aire todo su reverso y lateralmente mostraba una
sugestiva visión de sus bien proporcionados senos.
—Estás la mar de sexy con ese atuendo —bromeó Brenda
que, más convencional en sus hábitos, se había puesto una camiseta limpia y unos
shorts.
—Si vieras el trabajo que me ahorro vistiendo de esta manera
—siguió Salomé la broma—. Tu hermano es un verdadero semental y hay días que
está como loco. Así me evito el andar quitándome y poniéndome la ropa a cada
momento.
—¿Puedo ayudarte en algo? —se ofreció solícita Brenda,
observando la actividad que Salomé desplegaba preparando el almuerzo.
—Si quieres, puedes ir poniendo la mesa —sugirió Salomé
mientras procedía a rayar el queso—. Esto está prácticamente terminado. Hoy, con
unas cosas y otras, se nos ha ido el santo al cielo. Ya deben de ser cerca de
las cuatro, ¿no?
—Supongo que sí, porque tengo un apetito terrible.
—Eso suele ocurrir después de una buena sesión como la que tú
acabas de darte con Carlos.
Carlos entraba en la cocina en aquel preciso momento con un
slip rojo, que dejaba en evidencia la buena salud de sus atributos, y
unas chanclas por todo atavío.
—¿Qué pasa conmigo? —dijo al oír que hablaban de él.
Brenda, sin poderse contener, corrió a abrazarse a él como si
llevara largo tiempo sin verlo.
—Le he contado a tu novia lo maravilloso que ha sido todo
—cuando hablaba con su hermano, Brenda no sabía si referirse a Salomé por su
nombre o por su relación con él y procuraba alternar entre ambas formas.
Carlos se alegró de ver a su hermana tan radiante y se
felicitó por ello. Para él no había dejado de ser un mal trago y el que todo se
hubiese resuelto tan felizmente le producía ahora una honda satisfacción.
—Así que no te importaría repetirlo, ¿verdad? —dijo,
pasándole un brazo por encima de los hombros y atrayéndola hacia sí
cariñosamente.
—No creo que Salomé consienta que tú y yo... —insinuó Brenda,
llevándose un dedo a los labios en actitud infantil.
—¿Quién dice eso? —le interrumpió la aludida, señalándola
acusadora con el rayador—. Con tal de que no me deje a mí desatendida, no seré
yo quien te prive de darte ese gusto.
—Entonces —Brenda recordó que Salomé le había indicado que
fuera poniendo la mesa y, separándose de su hermano, procedió a cumplir el
encargo mientras terminaba la frase empezada—, en ese caso, hermanito, ya sabes
lo que te espera.
—¿Os habéis propuesto matarme entre las dos? —rió Carlos,
colocándose ahora detrás de Salomé y enlazándola por la cintura para, acto
seguido, meter ambas manos por los laterales del delantal y apoderarse de sus
apretados pechos.
—¿Ves? —dijo Salomé dirigiéndose a Brenda—. Acaba de terminar
contigo y aquí le tienes dispuesto a empezar de nuevo. Así es todo el día.
Carlos besó a su novia en la nuca y la soltó.
—Está bien, está bien —fingió un enfado que estaba muy lejos
de sentir—. En lo sucesivo no pienso ponerte un dedo encima mientras no me lo
pidas de rodillas.
Brenda, creyendo que su hermano hablaba en serio, se quedó
como paralizada.
—¿Es eso cierto? —preguntó preocupada.
—¡Anda ya! —la golpeó Salomé con un codo—. Ya verás como de
aquí a la noche ya nos ha vuelto a dar un buen repaso a las dos.
Las carcajadas de los tres se fundieron en una sola.
17
Como cada tarde, Carlos se quedó dormido en el sofá mientras
su novia y su hermana se tragaban el culebrón televisivo de turno. En cuanto
escuchó los primeros ronquidos, Salomé asió a Brenda de una mano y se la llevó
al cuarto de baño y, esta vez sí, cerró la puerta.
—¿Te ha excitado Carlos con la boca? —la preguntó en voz muy
baja.
—¡Oh, sí! —contestó Brenda en el mismo tono—. Me lamió los
pezones durante mucho rato.
—No me refiero a eso. ¿Te lamió el clítoris?
—¿El clítoris? —se sorprendió Brenda.
—¿No sabes lo que es el clítoris?
—Sí, claro que lo sé; pero sólo me lo ha tocado con la mano.
—Eso no tiene ni punto de comparación —aseguró Salomé, que
parecía muy impuesta en el tema—. Carlos sabe hacerlo como nadie. La pena es que
te excita de tal manera que no puedes soportarlo por mucho tiempo.
—¿Y qué debo hacer para que también me lo chupe a mí? —se
interesó Brenda.
—De momento, quitarte ese pantalón, sentarte ahí —Salomé le
señaló la tapa del inodoro— y, sobre todo, estarte muy quietecita.
Brenda hizo lo que le mandaban y observó con curiosidad los
útiles que Salomé iba sacando del armario de baño: unas tijeras, una brocha y
jabón de afeitar. No le hicieron falta más explicaciones para comprender lo que
su cuñada tenía en mente.
En silencio, Salomé abrió el grifo del agua caliente del
lavabo y colocó la brocha bajo el chorro, dejando que se humedeciera lo
suficiente para arrancar la abundante espuma necesaria del jabón. Cuando todo
estuvo listo, indicó a Brenda la postura adecuada que debía adoptar para
permitirle a ella el fácil acceso a toda la zona sobre la que había de actuar y,
acto seguido, con hábiles movimientos comenzó a enjabonar toda la entrepierna de
Brenda.
—¿Para qué son las tijeras? —osó preguntar Brenda.
—No son necesarias —contestó Salomé sin dejar de mover la
brocha—. Tienes un vello muy corto. Casi podía haber usado la cera de depilar,
pero es demasiado doloroso y no quiero que Carlos se despierte.
Salomé siguió un buen rato recorriendo con la brocha el pubis
y los genitales de Brenda, quien cada vez encontraba más placentera la caricia
de las suaves cerdas.
—Bueno —dijo Salomé soltando la brocha en el lavabo y
cogiendo una maquinilla de afeitar aún sin estrenar—. Ahora viene la parte más
delicada; tienes que permanecer quieta como una estatua si no quieres que
hagamos una sangría, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Con las piernas abiertas de par en par y, más que sentada,
con la curcusilla apoyada en el borde de la tapa del inodoro, Brenda aguantó
estoicamente el tipo mientras observaba cómo la cuchilla se desplazaba por sus
partes pudendas arrastrando el amasijo de vellos y espuma y dejando tras de sí
una estela de piel blanca y sedosa.
Al final llegó el más difícil todavía. Salomé terminó sentada
en el suelo entre las piernas de Brenda y operando con sumo cuidado sobre los
labios vaginales de ésta.
—¿A que parece que estoy asistiendo a un parto? —bromeó la
hábil rasuradora.
Brenda soltó la risa que contenía desde hacía un rato, pues
eso mismo era lo que estaba pensando ella.
Salomé aún dio los últimos retoques a su obra antes de
considerarla terminada.
—¡Lista! —exclamó dando una palmada en la ahora reluciente
vulva de Brenda y volviendo a ponerse en pie—. Ya puedes enjuagarte en el bidé;
sentirás algún escozor, pero eso es normal.
Cuando ambas volvieron al saloncito, el enésimo capítulo del
culebrón ya tocaba a su fin y los ronquidos de Carlos habían arreciado.
18
Ninguno de los tres parecía haberlo decidido, pero los tres
estuvieron de acuerdo en celebrar la llegada de Brenda con una cena especial en
el restaurante más señorial de la cercana ciudad.
—No se te ocurra pasarte con la bebida —previno Salomé a su
novio—. Ya sabes que esta noche te espera sesión doble.
Normalmente, Carlos no probaba el alcohol; pero en ambientes
festivos se dejaba llevar por los acontecimientos y perdía el control con suma
facilidad. Y una vez ebrio, terminaba haciéndose insoportable.
Brenda, para la ocasión, se puso el precioso vestido que
Carlos le había regalado el año anterior a principios de primavera. A Brenda le
encantaba por su sencillez y por lo bien que se ajustaba a su cuerpo. De vivos
estampados, con predominio del rojo, su color favorito, hacía perfecto juego con
su media melena lacia y dorada. Realzaba la esbeltez de su cintura y no
precisaba de usar sujetador porque se ceñía perfectamente a su busto,
apretándolo lo justo para hacer aún más irresistible el efecto del canalillo que
afloraba en el vértice inferior de su escote en V. Permitía igualmen