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TODORELATOS » RELATOS » VECINOS (2)
[ Cambiar manzana por ajo, no es buen trabajo. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 05-Ago-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (6380 de 6573)

Vecinos (2)

paterbond007
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Filial Gay.- Siguen las aventuras de dos familias de vecinos muy especiales (Aviso: las fantasías son solamente éso: fantasías) Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

VECINOS – 2

En la ducha he tenido unas ganas terribles de pajearme. Pero hoy no necesito una paja. Hoy necesito algo más. Salgo del cuarto de baño con una toalla enrollada en la cintura. Llamo a David un par de veces y le digo que se de prisa, que tiene que ducharse mientras yo preparo la cena. Lanza un gruñido mientras me alejo. Pronto oigo la puerta al cerrarse.

Saco las patatas de la freidora y las revuelvo con los cuatro huevos batidos. Un poco de sal, caliento aceite en la sartén pequeña...y ¡voilá! En pocos minutos tendremos una hermosa tortilla de patatas. Lo dejo a fuego lento, y , ajustándome la toalla a la cintura me acerco hasta el baño. Este chaval se pasa las horas muertas cada vez que entra en este aposento de la casa. Normalmente no haría lo que voy a hacer, pero hoy me siento eufórico, así que, sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo, abro la puerta y me dispongo a reñir a mi hijo, cariñosamente, por ser tan tardón.

David está delante de la taza del water. Sobre la tapa bajada, ha colocado una botella de coca-cola de dos litros, y él está con las piernas flexionadas de forma que tiene metido en su ano el tapón de la botella y una parte del cuello de la misma. En una de sus manos, aplastados contra su rostro, lleva los calzoncillos que acabo de quitarme, y que sin dudas ha recogido del cesto de la ropa sucia. Inspira profundamente, deleitándose -supongo-con el aroma que han dejado en la tela mis cojones. La otra mano la utiliza para pajearse furiosamente.

He quedado confundido, perplejo, y , sin embargo, con una potente erección que levanta la toalla y hace que caiga al suelo. Mi hijo sale de su éxtasis y me mira aterrado. Aprovecha que me he inclinado para recoger la toalla , para salir a trompicones, pasando junto a mí y correr hacia su cuarto. La botella de coca-cola cae, y viene rodando hasta mí. La miro unos segundos, percatándome de la profundidad a la que ha llegado mi hijo con su penetración. En el tapón brilla un poco de lubricante junto con resto de excrementos.

- ¡David, hijo, ábreme!

Silencio sepulcral roto solamente por unos sollozos ahogados.

- ¡Nene! ¡No te preocupes, que papá no va a reñirte por nada de lo que has hecho! ¡Es lo más natural del mundo!

(Ejem!. La trola me ha salido sin pensar; pero no es de recibo ver a tu hijo pajeándose con tus calzoncillos en la nariz, mientras se mete en el culo un consolador de origen americano).

Sigo un rato más llamando a la puerta, pero no hay nada que hacer. De repente levanto la nariz y husmeo como un podenco:

- ¡La tortilla, joder, la tortillaaaaa! -y salgo como una flecha hacia la cocina.

Otra noche de insomnio. La tormenta que ha caído durante el día no es nada comparada con la que se monta de madrugada. Un horrendo trueno, saltan los interruptores de la luz, y queda la casa a oscuras. O conozco poco a mi hijo, o muy pronto le tendré ante la puerta.

- Papá...¿puedo quedarme contigo?

- Claro, hijo, ven aquí conmigo a la cama.

Cuanto miedo debe tener como para olvidarse de la vergüenza.

David tiene la misma costumbre que yo, y siempre duerme en slip. Sus pies rozan los mios. Los aparta de inmediato. Se aleja hasta el borde de la cama, rehuyendo cualquier contacto con mi cuerpo.

No puedo dormirme, y, además, tengo ganas de reírme un poco de él, y con él. En esos momentos no me acuerdo de nada de lo que ha ocurrido durante el día, ni siquiera de lo que he visto en el baño.

Comienzo a hablar recordando anécdotas de cuando era más pequeño. Eran los momentos felices de “su reinado”, cuando no había ninguna hermana que le hiciese sombra. Entonces estábamos muy unidos, y nos gustaba jugar a las peleas. Luego, todo éso se fue perdiendo.

Me vuelvo hacia él y le hago cosquillas. Se retuerce de risa. Apartamos las sábanas en dos patadas para tener libre el campo. Quiere devolverme las cosquillas, pero le sujeto los brazos de forma que queda inmóvil. Se queja, se ríe...Intenta atacarme con las rodillas, con los pies...Rodamos sobre la cama. En un momento determinado, algo huesudo golpea en mi entrepierna. Lanzo un grito de dolor y le suelto, quedando enrollado en posición fetal. David se asusta. Intenta apartarme las manos para mirar si me ha hecho sangre. Le dejo hacer. Casi sin pensar en lo que está haciendo, baja la parte delantera de mi slip blanco. Aparece el vello púbico. Mi hijo queda quieto, dándose cuenta de que está pasando por terreno vedado...hasta entonces.

- El golpe me lo has dado más abajo, nene -mi voz es ronca. Levanta su mirada y nos miramos intensamente. Comprende. Sus dedos juguetean con mi vello ensortijado, todavía sin atreverse a seguir hacia delante.

No puedo aguantar más. Me quito el slip, lo mantengo unos segundos hecho un gurruño en mi mano...y se lo doy a mi hijo. El lo toma con los ojos como platos...y se lo lleva a la nariz. Automáticamente, en un acto reflejo, su otra mano se introduce bajo su propio calzoncillo, buscando el contacto de su verga.

Los minutos siguientes quedan en mi memoria como imágenes de una película pasada a cámara lenta. David se recuesta en la cama con languidez, todavía olfateando con delectación mis gayumbos. Su mano, de dedos largos y finos, reptan por su bajo vientre, apretando su polla y sus testículos hasta llegar al agujero de su ano. Allí se detiene y escarba morosamente, mirándome fijamente a los ojos, invitándome a dar un paso más en esta espiral del deseo. Sonreímos los dos. Mi hijo flexiona las piernas, encogiendo las rodillas hasta tocar su pecho, mientras con sus manos abre todo lo posible el orificio de su ojete.

¿Donde, o mejor dicho, de quién, habrá aprendido mi hijo estas cosas? Supongo que, por muy adelantados que estén ahora en estos temas, no creo que sea una asignatura en el colegio.

Cuando mi polla toca fondo, cuando nuestros pubis se encuentran y se entremezclan nuestros vellos, David abraza mis caderas con sus piernas. Los talones, duros como piedras, presionan sobre mis nalgas como si estuviesen espoleándome. Las manos, tan largas, acarician mi espalda, mis hombros, mi cuello, atrayéndome por la nuca hasta que se unen nuestras bocas en un delicioso beso.

La madrugada me sorprende con la verga metida entre las nalgas de David. Está subido sobre mi vientre, a horcajadas, vencido hacia delante, fundido en un abrazo conmigo. Mi verga lo penetra suavemente. Cada vez que se pone fláccida, un simple empujón, un mínimo roce, y otra vez vuelve la erección, y, con ella, la introducción hasta el final. Tengo el pecho pringoso de su semen, igual que mi hijo tiene sus labios, sus mejillas y hasta su pelo del mío. Los dos nos hemos vaciado varias veces. Y tenemos los labios hinchados por los muchos besos. David dice algo entre sueños. Le veo tan guapo, le quiero tanto, que no puedo reprimir un nuevo mordisco a su boca. Se queja, pero me devuelve el beso. Pronto estamos follando otra vez, cabalgando el jinete a su semental desbocado.

Con el día, con la luz del sol, llega el arrepentimiento, el sentido de culpa. La vergüenza.

Apenas le dirijo la palabra. Desayunamos en silencio. El parece confundido. Debe imaginar que es culpable de algo que no alcanza a comprender. No entiende mi cambio de actitud, y , la verdad, es que, yo ,...tampoco.

Por la tarde me acerco para hablar con Ricardo. Tengo la cabeza como un bombo. No sé que pensar, no sé que decir...

Ricardo me confiesa que a él también le pasa lo mismo. Que, cada vez que hace algo con su hijo, después le comen los remordimientos. Llegamos a la conclusión de que no debemos repetir con ellos, que debemos solucionar nuestras calenturas de otra forma. Pero, la pregunta del millón es: ¿cómo?.

Después del entrenamiento coincidimos en las duchas. Realmente mi vecino está riquísimo. Me doy cuenta de que , cada vez, me intereso más por la belleza masculina. Cosas que antes me pasaban desapercibidas, ahora me ponen al mil. Envidio su cintura y sus caderas tan estrechas, su torso musculado en la justa medida, sus muslos trabajados por muchos años dedicados al fútbol...A su lado yo soy más...tosco. Algo más alto, con los músculos más desarrollados (se nota el trabajo en el taller y las pesas diarias). Los dos somos de rostro agraciado, puede que yo con los rasgos más viriles, más de macho-man.

Alguien me dijo una vez que me parecía al actor Dritán Biba cuando actuó en la película “Los novios búlgaros”.

Poco a poco han ido saliendo los del resto del equipo. He de reconocer que estoy haciendo lo posible por quedarme a solas con él. Realmente se está convirtiendo en alguien muy especial para mí. No sé si llamarle amigo, o vecino, o lo que sea; pero el caso es que le estoy tomando bastante aprecio.

- ¿Puedo hacerte una pregunta, vecino? -carraspeo antes de hablar.

- Naturalmente. Dispara.

- ¿Cómo...? -dudo antes de seguir- ¿Cómo empezó lo del tema con tu hijo?

- Vale. La verdad es que estaba esperando esa pregunta desde que me viste la primera vez con él.

- Si te molesta contármelo...no tienes ninguna obligación.

- ¡Qué va, hombre! ¡Contigo no quiero tener ningún secreto! Pero ven conmigo a la ducha. Ahí podemos hablar con tranquilidad y aprovechamos mientras para ducharnos.

El agua cae sobre nuestras cabezas. Unas gotas de champú hacen que el cabello se llene de nubes de algodonoso jabón. Ambos estamos con los ojos cerrados, masajeando suavemente los cueros cabelludos. Ricardo comienza a hablar en voz baja.

- “Desde muy, muy pequeño, mi hijo sintió una predilección especial por mí. Tenía que ser yo el que le durmiese en brazos, y el que acudía cuando despertaba llorando en plena noche. Se acostumbró a conciliar el sueño con uno de mis dedos sujeto en su manita, y llegó al punto de que , además, tenía que metérselo en la boca. El muy cabroncete me lo chupaba, me lo succionaba de una forma, que más de una vez volvía yo a la cama con la polla a tope.

Más tarde, siguiendo con los descubrimientos de su cuerpo y los nuestros, le encantaba comparar las distintas partes de mi mujer, de las mías y de las suyas propias. Así llegó a la conclusión de que él y yo éramos iguales, y que su madre era...alguien aparte.

El baño era un suplicio para mí. Contínuamente tenía que estar apartando sus manos de mi verga, de mis testículos. Sufría una verdadera obsesión con mis genitales. Si no le dejaba hacer lo que quería, le entraba tal clase de berrinche que , finalmente, tenía que claudicar y dejarle que me hiciese lo que le venía en gana. Y, la verdad, mi chiquillo había nacido con unas facilidades extraordinarias para ser un perfecto putito.

Más tarde tomó la costumbre de chuparse su propio dedo pulgar. Le encataba subirse encima mío, mientras veía la televisión, y dormirse con la cabeza apoyada contra mi pecho, chupándose el dedo. Yo se lo apartaba, y él, entre sueños, volvía a chuparlo.

Un día de verano, estando yo sin camisa ni camiseta, vino a dormir a mis brazos. Yo llevaba unos simples shorts, y él, con la calor, ni siquiera llevaba nada de ropa, así que iba a culo pajarero. A los pocos minutos ya estaba dormido. Con el pulgar en la boca, claro. Se lo aparté y lo volvió a chupar. A la segunda vez, le sujeté la mano para que no pudiese acercársela hasta los labios. Primero gruñó, pero luego, el muy perillán, comenzó a hociquear sobre mi pecho hasta que consiguió prender uno de mis pezones en su boca. Creí morir del gusto. Tuve tal erección, que parecía que el short se iba a desgarrar de un momento a otro. Por si fuese poco, Marianito se revolvió entre mis brazos como si buscase la mejor postura para dormir...hasta que finalmente la encontró. Con mi pezón en su boca, y la dureza de mi verga en el centro de su culito, se durmió como un bendito.

Sin saber lo que hacía, mi hijo comenzó con su juego de acoso y derribo. Yo estaba permanentemente sobre ascuas, esperando , temiendo, deseando, un nuevo avance de su calenturienta ingenuidad.

Una madrugada, en pleno sueño erótico, noté una sensación tan placentera, tan gustosa como si me encontrase en el séptimo cielo. Desperté con la verga encabritada. Mi mujer no estaba a mi lado, sino que se había colado bajo las sábanas y me estaba proporcionando una colosal mamada. Jamás había gozado tanto con una chupada hecha por mi mujer. Además, ella es bastante reacia a ese tipo de caricias, así que lo estaba disfrutando doblemente. Finalmente llegué al orgasmo, y su boca tragó todo lo que quiso salir de mi polla. Quedó largo rato allí, bajo las sábanas, lamiendo glotonamente mi verga de arriba abajo. Tanto gusto me proporcionaba que no pude dejar de decir en voz alta:

- ¡María, María...cuánto te quiero cariño!

- ¿De verdad, nene? -me dijo toda sonriente saliendo por la puerta del baño.

Quedé paralizado, sin saber que decir. Mi mujer volvió a acostarse a mi lado ronroneándome su cariño, y yo quedé rígido, con los muslos abiertos, notando todavía la presencia de quien me la había estado chupando. Poco después, cuando la respiración de mi mujer indicó que estaba otra vez dormida, aparté la sábana con cuidado, y, lógicamente, agazapado como un animalillo rijoso, mi Marianito me miraba con ojos pícaros mientras se relamía con lengua de gato las últimas gotas del esperma que adornaban su bigote”.

- Y, desde entonces...(pregunto por preguntar) ¿comenzaron tus juegos con él?

- Pues sí. Una cosa llevó a la otra, hasta que, finalmente, consiguió que le hiciese...lo que tú mismo viste la primera vez en el sótano. Y el resto ya lo sabes.

Cerramos los grifos de las duchas. Estoy notando una desazón en mi entrepierna. Imaginar a mi vecino despatarrado, con su hijo jugueteando entre sus muslos...Luego la imagen escandalosamente erótica del sótano, y todo lo demás...

Salimos y tomamos las toallas para comenzar a secarnos.

Ricardo está de espaldas a mí. Se inclina para secarse los pies con la toalla. Yo estoy sentado en el banquillo, por lo que sus nalgas están a dos palmos escasos de mi cara. No me pierdo detalle. Los huevos le cuelgan, gruesos y poderosos, entre los muslos velludos. El ojo del culo, fruncido como un botón amarronado, está limpio y -noto un latido en la verga- un poco enrojecido.

Quiero bromear un poco.

- Ricardín, vecino...

- Dime -contesta sin volverse hacia mí y sin cambiar la postura.

- ¿Te han metido algo en el culito?

- ¿Por...? - ahora si que mira por encima de su hombro.

- Te lo veo como enrojecido.

- Pues...¡sí! Pero no “me han metido”, sino que “yo me he metido”.

- ¡No me digas! ¿Y éso...?

- Ahora te cuento, pero espera -se acerca hasta la puerta y cierra con llave-No quiero que nadie nos moleste mientras hablamos.

- Bueno, pues tú dirás – ya estoy intrigado. El se planta ante mí, totalmente en pelotas, secándose el pelo y diciéndome sin rubor:

- Me he metido el consolador de María.

- ¿María tiene un consolador?

- Pues sí. Un juguete que nos compramos una temporada que ella estaba muy caliente (no como ahora) y que siempre habíamos utilizado para poder follarla yo por dos agujeros a la vez.

- ¿Por dos...? ¡Ya, ya comprendo!. Y, dices que, ahora,...¿lo estás usando tú?

- Bueno, bueno. No digas “lo estás usando tú”, como si me lo estuviese metiendo cada dos por tres. Me lo he metido hoy, para probar. ¡Como a mi nene le gusta tanto que le de por culo, pues me he dicho...¿y porqué yo no?!

- Vale, vale. Te entiendo. Y...¿qué has notado? ¿te ha dado gusto?

- Pues, por lo poco que sé ( y que mi hijo me ha contado) las primeras veces, en general, no es para tirar cohetes. Pero, luego, con la práctica...la cosa cambia.

- Y...¿no crees tú que dará más gusto una polla de verdad? -lo he dicho sin pensar, y enseguida me he dado cuenta de las connotaciones de ofrecimiento que pueden tener mis palabras.

- ¡Eso por descontado! Mi Marianito dice que cuando le meto mi carne, tan dura y tan cálida le da mucho, pero que mucho gustirrinín. Pero...¿de dónde saco yo una polla de verdad? -se detiene un momento y luego sigue con otra entonación- A no ser que ...¿Querrías tú metérmela?

- Bueno...yo...nooo- mi boca está diciendo una cosa, pero mi polla ya está diciendo otra por su cuenta y riesgo. Se me ha puesto tan dura que el glande está amoratado. Incluso un hilillo de precum está goteando hasta el suelo.

El culo de mi vecino es una delicia. El dirá lo que quiera, pero estoy seguro que se ha metido más de una vez, y de dos, y de tres, ese famoso consolador. Porque la polla entra suavemente, hasta el punto de que mis pelotas tocan contra su culo sin apenas esforzarme en empujar. Somos dos machos en celo, calientes, dispuestos a gozar todo lo que se pueda. Lo he tumbado sobre el banquillo, con las piernas subidas sobre mis hombros y el culo totalmente a mi disposición. El se está pajeando mientras lo penetro. Con una de sus manos retuerce su pezón. Yo estoy inclinado hacia él, con mis manos a ambos lados de su rostro. Juntamos nuestras caras y nos damos un beso prolongado. El sudor de mi cuerpo gotea sobre el suyo. Lo estoy follando a conciencia. Apoya sus manos en mis caderas para atraerme más hacia sí. Necesita notarme dentro, muy dentro de él. Pone cara de éxtasis. Casi envidio el no ser yo el que pone el culo. Arreciamos en la enculada, porque el tiempo pasa rápido y pronto vendrán los del siguiente entrenamiento.

Nos hemos corrido como toros. Aprovechando el esperma que gotea de su polla, Ricardo ha hecho amago de encularme a mí, pero he dado un respingo de dolor y me he apartado rápidamente.

- ¡Deja, deja! ¡Ya probaremos otro día!

- Vale, como quieras -nos vestimos apresuradamente.

- ¿Sabes que me ha gustado hacerlo contigo? Creo que ya hemos encontrado la solución a nuestro problema. De ahora en adelante nos olvidaremos de nuestros hijos. Bueno...tú ya me entiendes.

La tormenta llega puntual otra noche más. Oigo los pasos de David en el pasillo. Se me encoge el corazón cuando intenta abrir la puerta, pero no puede.

- ¡Papá! ¡Papá, por favor, ábreme! ...¡Tengo miedo!

- Y yo también hijo-digo tan bajo que seguro no me oye- yo también. Por eso no te abro.

Sin embargo, tanto los buenos propósitos de Ricardo, como los míos, muy pronto quedarán en nada.

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