VECINOS – 2
En la ducha he tenido unas ganas terribles de pajearme. Pero
hoy no necesito una paja. Hoy necesito algo más. Salgo del cuarto de baño con
una toalla enrollada en la cintura. Llamo a David un par de veces y le digo que
se de prisa, que tiene que ducharse mientras yo preparo la cena. Lanza un
gruñido mientras me alejo. Pronto oigo la puerta al cerrarse.
Saco las patatas de la freidora y las revuelvo con los cuatro
huevos batidos. Un poco de sal, caliento aceite en la sartén pequeña...y ¡voilá!
En pocos minutos tendremos una hermosa tortilla de patatas. Lo dejo a fuego
lento, y , ajustándome la toalla a la cintura me acerco hasta el baño. Este
chaval se pasa las horas muertas cada vez que entra en este aposento de la casa.
Normalmente no haría lo que voy a hacer, pero hoy me siento eufórico, así que,
sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo, abro la puerta y me dispongo a reñir a
mi hijo, cariñosamente, por ser tan tardón.
David está delante de la taza del water. Sobre la tapa
bajada, ha colocado una botella de coca-cola de dos litros, y él está con las
piernas flexionadas de forma que tiene metido en su ano el tapón de la botella y
una parte del cuello de la misma. En una de sus manos, aplastados contra su
rostro, lleva los calzoncillos que acabo de quitarme, y que sin dudas ha
recogido del cesto de la ropa sucia. Inspira profundamente, deleitándose
-supongo-con el aroma que han dejado en la tela mis cojones. La otra mano la
utiliza para pajearse furiosamente.
He quedado confundido, perplejo, y , sin embargo, con una
potente erección que levanta la toalla y hace que caiga al suelo. Mi hijo sale
de su éxtasis y me mira aterrado. Aprovecha que me he inclinado para recoger la
toalla , para salir a trompicones, pasando junto a mí y correr hacia su cuarto.
La botella de coca-cola cae, y viene rodando hasta mí. La miro unos segundos,
percatándome de la profundidad a la que ha llegado mi hijo con su penetración.
En el tapón brilla un poco de lubricante junto con resto de excrementos.
- ¡David, hijo, ábreme!
Silencio sepulcral roto solamente por unos sollozos ahogados.
- ¡Nene! ¡No te preocupes, que papá no va a reñirte
por nada de lo que has hecho! ¡Es lo más natural del mundo!
(Ejem!. La trola me ha salido sin pensar; pero no es de
recibo ver a tu hijo pajeándose con tus calzoncillos en la nariz, mientras se
mete en el culo un consolador de origen americano).
Sigo un rato más llamando a la puerta, pero no hay nada que
hacer. De repente levanto la nariz y husmeo como un podenco:
- ¡La tortilla, joder, la tortillaaaaa! -y salgo como
una flecha hacia la cocina.
Otra noche de insomnio. La tormenta que ha caído durante el
día no es nada comparada con la que se monta de madrugada. Un horrendo trueno,
saltan los interruptores de la luz, y queda la casa a oscuras. O conozco poco a
mi hijo, o muy pronto le tendré ante la puerta.
- Papá...¿puedo quedarme contigo?
- Claro, hijo, ven aquí conmigo a la cama.
Cuanto miedo debe tener como para olvidarse de la vergüenza.
David tiene la misma costumbre que yo, y siempre duerme en
slip. Sus pies rozan los mios. Los aparta de inmediato. Se aleja hasta el borde
de la cama, rehuyendo cualquier contacto con mi cuerpo.
No puedo dormirme, y, además, tengo ganas de reírme un poco
de él, y con él. En esos momentos no me acuerdo de nada de lo que ha ocurrido
durante el día, ni siquiera de lo que he visto en el baño.
Comienzo a hablar recordando anécdotas de cuando era más
pequeño. Eran los momentos felices de “su reinado”, cuando no había ninguna
hermana que le hiciese sombra. Entonces estábamos muy unidos, y nos gustaba
jugar a las peleas. Luego, todo éso se fue perdiendo.
Me vuelvo hacia él y le hago cosquillas. Se retuerce de risa.
Apartamos las sábanas en dos patadas para tener libre el campo. Quiere
devolverme las cosquillas, pero le sujeto los brazos de forma que queda inmóvil.
Se queja, se ríe...Intenta atacarme con las rodillas, con los pies...Rodamos
sobre la cama. En un momento determinado, algo huesudo golpea en mi entrepierna.
Lanzo un grito de dolor y le suelto, quedando enrollado en posición fetal. David
se asusta. Intenta apartarme las manos para mirar si me ha hecho sangre. Le dejo
hacer. Casi sin pensar en lo que está haciendo, baja la parte delantera de mi
slip blanco. Aparece el vello púbico. Mi hijo queda quieto, dándose cuenta de
que está pasando por terreno vedado...hasta entonces.
- El golpe me lo has dado más abajo, nene -mi voz es
ronca. Levanta su mirada y nos miramos intensamente. Comprende. Sus dedos
juguetean con mi vello ensortijado, todavía sin atreverse a seguir hacia
delante.
No puedo aguantar más. Me quito el slip, lo mantengo unos
segundos hecho un gurruño en mi mano...y se lo doy a mi hijo. El lo toma con los
ojos como platos...y se lo lleva a la nariz. Automáticamente, en un acto
reflejo, su otra mano se introduce bajo su propio calzoncillo, buscando el
contacto de su verga.
Los minutos siguientes quedan en mi memoria como imágenes de
una película pasada a cámara lenta. David se recuesta en la cama con languidez,
todavía olfateando con delectación mis gayumbos. Su mano, de dedos largos y
finos, reptan por su bajo vientre, apretando su polla y sus testículos hasta
llegar al agujero de su ano. Allí se detiene y escarba morosamente, mirándome
fijamente a los ojos, invitándome a dar un paso más en esta espiral del deseo.
Sonreímos los dos. Mi hijo flexiona las piernas, encogiendo las rodillas hasta
tocar su pecho, mientras con sus manos abre todo lo posible el orificio de su
ojete.
¿Donde, o mejor dicho, de quién, habrá aprendido mi hijo
estas cosas? Supongo que, por muy adelantados que estén ahora en estos temas, no
creo que sea una asignatura en el colegio.
Cuando mi polla toca fondo, cuando nuestros pubis se
encuentran y se entremezclan nuestros vellos, David abraza mis caderas con sus
piernas. Los talones, duros como piedras, presionan sobre mis nalgas como si
estuviesen espoleándome. Las manos, tan largas, acarician mi espalda, mis
hombros, mi cuello, atrayéndome por la nuca hasta que se unen nuestras bocas en
un delicioso beso.
La madrugada me sorprende con la verga metida entre las
nalgas de David. Está subido sobre mi vientre, a horcajadas, vencido hacia
delante, fundido en un abrazo conmigo. Mi verga lo penetra suavemente. Cada vez
que se pone fláccida, un simple empujón, un mínimo roce, y otra vez vuelve la
erección, y, con ella, la introducción hasta el final. Tengo el pecho pringoso
de su semen, igual que mi hijo tiene sus labios, sus mejillas y hasta su pelo
del mío. Los dos nos hemos vaciado varias veces. Y tenemos los labios hinchados
por los muchos besos. David dice algo entre sueños. Le veo tan guapo, le quiero
tanto, que no puedo reprimir un nuevo mordisco a su boca. Se queja, pero me
devuelve el beso. Pronto estamos follando otra vez, cabalgando el jinete a su
semental desbocado.
Con el día, con la luz del sol, llega el arrepentimiento, el
sentido de culpa. La vergüenza.
Apenas le dirijo la palabra. Desayunamos en silencio. El
parece confundido. Debe imaginar que es culpable de algo que no alcanza a
comprender. No entiende mi cambio de actitud, y , la verdad, es que, yo
,...tampoco.
Por la tarde me acerco para hablar con Ricardo. Tengo la
cabeza como un bombo. No sé que pensar, no sé que decir...
Ricardo me confiesa que a él también le pasa lo mismo. Que,
cada vez que hace algo con su hijo, después le comen los remordimientos.
Llegamos a la conclusión de que no debemos repetir con ellos, que debemos
solucionar nuestras calenturas de otra forma. Pero, la pregunta del millón es:
¿cómo?.
Después del entrenamiento coincidimos en las duchas.
Realmente mi vecino está riquísimo. Me doy cuenta de que , cada vez, me intereso
más por la belleza masculina. Cosas que antes me pasaban desapercibidas, ahora
me ponen al mil. Envidio su cintura y sus caderas tan estrechas, su torso
musculado en la justa medida, sus muslos trabajados por muchos años dedicados al
fútbol...A su lado yo soy más...tosco. Algo más alto, con los músculos más
desarrollados (se nota el trabajo en el taller y las pesas diarias). Los dos
somos de rostro agraciado, puede que yo con los rasgos más viriles, más de
macho-man.
Alguien me dijo una vez que me parecía al actor Dritán Biba
cuando actuó en la película “Los novios búlgaros”.
Poco a poco han ido saliendo los del resto del equipo. He de
reconocer que estoy haciendo lo posible por quedarme a solas con él. Realmente
se está convirtiendo en alguien muy especial para mí. No sé si llamarle amigo, o
vecino, o lo que sea; pero el caso es que le estoy tomando bastante aprecio.
- ¿Puedo hacerte una pregunta, vecino? -carraspeo
antes de hablar.
- Naturalmente. Dispara.
- ¿Cómo...? -dudo antes de seguir- ¿Cómo empezó lo
del tema con tu hijo?
- Vale. La verdad es que estaba esperando esa
pregunta desde que me viste la primera vez con él.
- Si te molesta contármelo...no tienes ninguna
obligación.
- ¡Qué va, hombre! ¡Contigo no quiero tener ningún
secreto! Pero ven conmigo a la ducha. Ahí podemos hablar con tranquilidad y
aprovechamos mientras para ducharnos.
El agua cae sobre nuestras cabezas. Unas gotas de champú
hacen que el cabello se llene de nubes de algodonoso jabón. Ambos estamos con
los ojos cerrados, masajeando suavemente los cueros cabelludos. Ricardo comienza
a hablar en voz baja.
- “Desde muy, muy pequeño, mi hijo sintió una
predilección especial por mí. Tenía que ser yo el que le durmiese en brazos, y
el que acudía cuando despertaba llorando en plena noche. Se acostumbró a
conciliar el sueño con uno de mis dedos sujeto en su manita, y llegó al punto de
que , además, tenía que metérselo en la boca. El muy cabroncete me lo chupaba,
me lo succionaba de una forma, que más de una vez volvía yo a la cama con la
polla a tope.
Más tarde, siguiendo con los descubrimientos de su cuerpo y
los nuestros, le encantaba comparar las distintas partes de mi mujer, de las
mías y de las suyas propias. Así llegó a la conclusión de que él y yo éramos
iguales, y que su madre era...alguien aparte.
El baño era un suplicio para mí. Contínuamente tenía que
estar apartando sus manos de mi verga, de mis testículos. Sufría una verdadera
obsesión con mis genitales. Si no le dejaba hacer lo que quería, le entraba tal
clase de berrinche que , finalmente, tenía que claudicar y dejarle que me
hiciese lo que le venía en gana. Y, la verdad, mi chiquillo había nacido con
unas facilidades extraordinarias para ser un perfecto putito.
Más tarde tomó la costumbre de chuparse su propio dedo
pulgar. Le encataba subirse encima mío, mientras veía la televisión, y dormirse
con la cabeza apoyada contra mi pecho, chupándose el dedo. Yo se lo apartaba, y
él, entre sueños, volvía a chuparlo.
Un día de verano, estando yo sin camisa ni camiseta, vino a
dormir a mis brazos. Yo llevaba unos simples shorts, y él, con la calor, ni
siquiera llevaba nada de ropa, así que iba a culo pajarero. A los pocos minutos
ya estaba dormido. Con el pulgar en la boca, claro. Se lo aparté y lo volvió a
chupar. A la segunda vez, le sujeté la mano para que no pudiese acercársela
hasta los labios. Primero gruñó, pero luego, el muy perillán, comenzó a
hociquear sobre mi pecho hasta que consiguió prender uno de mis pezones en su
boca. Creí morir del gusto. Tuve tal erección, que parecía que el short se iba
a desgarrar de un momento a otro. Por si fuese poco, Marianito se revolvió entre
mis brazos como si buscase la mejor postura para dormir...hasta que finalmente
la encontró. Con mi pezón en su boca, y la dureza de mi verga en el centro de su
culito, se durmió como un bendito.
Sin saber lo que hacía, mi hijo comenzó con su juego de acoso
y derribo. Yo estaba permanentemente sobre ascuas, esperando , temiendo,
deseando, un nuevo avance de su calenturienta ingenuidad.
Una madrugada, en pleno sueño erótico, noté una sensación tan
placentera, tan gustosa como si me encontrase en el séptimo cielo. Desperté con
la verga encabritada. Mi mujer no estaba a mi lado, sino que se había colado
bajo las sábanas y me estaba proporcionando una colosal mamada. Jamás había
gozado tanto con una chupada hecha por mi mujer. Además, ella es bastante reacia
a ese tipo de caricias, así que lo estaba disfrutando doblemente. Finalmente
llegué al orgasmo, y su boca tragó todo lo que quiso salir de mi polla. Quedó
largo rato allí, bajo las sábanas, lamiendo glotonamente mi verga de arriba
abajo. Tanto gusto me proporcionaba que no pude dejar de decir en voz alta:
- ¡María, María...cuánto te quiero cariño!
- ¿De verdad, nene? -me dijo toda sonriente saliendo
por la puerta del baño.
Quedé paralizado, sin saber que decir. Mi mujer volvió a
acostarse a mi lado ronroneándome su cariño, y yo quedé rígido, con los muslos
abiertos, notando todavía la presencia de quien me la había estado chupando.
Poco después, cuando la respiración de mi mujer indicó que estaba otra vez
dormida, aparté la sábana con cuidado, y, lógicamente, agazapado como un
animalillo rijoso, mi Marianito me miraba con ojos pícaros mientras se relamía
con lengua de gato las últimas gotas del esperma que adornaban su bigote”.
- Y, desde entonces...(pregunto por preguntar)
¿comenzaron tus juegos con él?
- Pues sí. Una cosa llevó a la otra, hasta que,
finalmente, consiguió que le hiciese...lo que tú mismo viste la primera vez en
el sótano. Y el resto ya lo sabes.
Cerramos los grifos de las duchas. Estoy notando una desazón
en mi entrepierna. Imaginar a mi vecino despatarrado, con su hijo jugueteando
entre sus muslos...Luego la imagen escandalosamente erótica del sótano, y todo
lo demás...
Salimos y tomamos las toallas para comenzar a secarnos.
Ricardo está de espaldas a mí. Se inclina para secarse los
pies con la toalla. Yo estoy sentado en el banquillo, por lo que sus nalgas
están a dos palmos escasos de mi cara. No me pierdo detalle. Los huevos le
cuelgan, gruesos y poderosos, entre los muslos velludos. El ojo del culo,
fruncido como un botón amarronado, está limpio y -noto un latido en la verga- un
poco enrojecido.
Quiero bromear un poco.
- Ricardín, vecino...
- Dime -contesta sin volverse hacia mí y sin cambiar
la postura.
- ¿Te han metido algo en el culito?
- ¿Por...? - ahora si que mira por encima de su
hombro.
- Te lo veo como enrojecido.
- Pues...¡sí! Pero no “me han metido”, sino que “yo
me he metido”.
- ¡No me digas! ¿Y éso...?
- Ahora te cuento, pero espera -se acerca hasta la
puerta y cierra con llave-No quiero que nadie nos moleste mientras hablamos.
- Bueno, pues tú dirás – ya estoy intrigado. El se
planta ante mí, totalmente en pelotas, secándose el pelo y diciéndome sin rubor:
- Me he metido el consolador de María.
- ¿María tiene un consolador?
- Pues sí. Un juguete que nos compramos una temporada
que ella estaba muy caliente (no como ahora) y que siempre habíamos utilizado
para poder follarla yo por dos agujeros a la vez.
- ¿Por dos...? ¡Ya, ya comprendo!. Y, dices que,
ahora,...¿lo estás usando tú?
- Bueno, bueno. No digas “lo estás usando tú”, como
si me lo estuviese metiendo cada dos por tres. Me lo he metido hoy, para probar.
¡Como a mi nene le gusta tanto que le de por culo, pues me he dicho...¿y porqué
yo no?!
- Vale, vale. Te entiendo. Y...¿qué has notado? ¿te
ha dado gusto?
- Pues, por lo poco que sé ( y que mi hijo me ha
contado) las primeras veces, en general, no es para tirar cohetes. Pero, luego,
con la práctica...la cosa cambia.
- Y...¿no crees tú que dará más gusto una polla de
verdad? -lo he dicho sin pensar, y enseguida me he dado cuenta de las
connotaciones de ofrecimiento que pueden tener mis palabras.
- ¡Eso por descontado! Mi Marianito dice que cuando
le meto mi carne, tan dura y tan cálida le da mucho, pero que mucho gustirrinín.
Pero...¿de dónde saco yo una polla de verdad? -se detiene un momento y luego
sigue con otra entonación- A no ser que ...¿Querrías tú metérmela?
- Bueno...yo...nooo- mi boca está diciendo una cosa,
pero mi polla ya está diciendo otra por su cuenta y riesgo. Se me ha puesto tan
dura que el glande está amoratado. Incluso un hilillo de precum está goteando
hasta el suelo.
El culo de mi vecino es una delicia. El dirá lo que quiera,
pero estoy seguro que se ha metido más de una vez, y de dos, y de tres, ese
famoso consolador. Porque la polla entra suavemente, hasta el punto de que mis
pelotas tocan contra su culo sin apenas esforzarme en empujar. Somos dos machos
en celo, calientes, dispuestos a gozar todo lo que se pueda. Lo he tumbado sobre
el banquillo, con las piernas subidas sobre mis hombros y el culo totalmente a
mi disposición. El se está pajeando mientras lo penetro. Con una de sus manos
retuerce su pezón. Yo estoy inclinado hacia él, con mis manos a ambos lados de
su rostro. Juntamos nuestras caras y nos damos un beso prolongado. El sudor de
mi cuerpo gotea sobre el suyo. Lo estoy follando a conciencia. Apoya sus manos
en mis caderas para atraerme más hacia sí. Necesita notarme dentro, muy dentro
de él. Pone cara de éxtasis. Casi envidio el no ser yo el que pone el culo.
Arreciamos en la enculada, porque el tiempo pasa rápido y pronto vendrán los del
siguiente entrenamiento.
Nos hemos corrido como toros. Aprovechando el esperma que
gotea de su polla, Ricardo ha hecho amago de encularme a mí, pero he dado un
respingo de dolor y me he apartado rápidamente.
- ¡Deja, deja! ¡Ya probaremos otro día!
- Vale, como quieras -nos vestimos apresuradamente.
- ¿Sabes que me ha gustado hacerlo contigo? Creo que
ya hemos encontrado la solución a nuestro problema. De ahora en adelante nos
olvidaremos de nuestros hijos. Bueno...tú ya me entiendes.
La tormenta llega puntual otra noche más. Oigo los pasos de
David en el pasillo. Se me encoge el corazón cuando intenta abrir la puerta,
pero no puede.
- ¡Papá! ¡Papá, por favor, ábreme! ...¡Tengo miedo!
- Y yo también hijo-digo tan bajo que seguro no me
oye- yo también. Por eso no te abro.
Sin embargo, tanto los buenos propósitos de Ricardo, como los
míos, muy pronto quedarán en nada.