UN MIRON EN LA PLAYA
Las vacaciones en Brasil estaban resultando mejor de lo que
yo esperaba. En principio, el concepto "complejo turístico tropical todo
incluido" me resultaba aburrido y algo tópico. Pero después de un año bastante
difícil en lo laboral, tanto para Luna como para mí, aquellos diez días en las
playas brasileñas nos estaba viniendo de lujo. Luna y yo vivimos juntos desde
hace algunos años. Los dos andamos cerca de los treinta, pero la verdad es que
ella parece mucho mas joven que yo. Es menuda, delgada, con un culo redondito
que se mueve graciosamente cuando camina, y unos pechos duros y erguidos que son
mi perdición. A su aspecto juvenil contribuye una cara de niña traviesa, una
preciosa sonrisa que ilumina y unos ojos claros con los que también sonríe
cuando te mira.
Nuestra vida sexual es mejor que buena, jamás pensé encontrar
una pareja con la que me compenetrara tan bien. Solo hay un pequeño "pero": A
ella le cuesta mucho superar su vergüenza y compartir conmigo sus fantasías. Una
de esas pocas fantasías que he logrado que confiese es que le gusta el
exhibicionismo. Conseguí que admitiera que fantasea con hacer el amor mientras
un mirón la observa. Yo, por el contrario, soy mucho más pudoroso en cuanto a
exhibirme, incluso alguna vez he parado si estábamos en público, y veía que unos
besos y un magreo iban a pasar a algo más. Pese a su fantasía exhibicionista, y
en contra de lo que pudiera parecer, Luna es una chica bastante tímida. No
enseña más de lo normal en estos tiempos de tangas y canalillos, y, cuando vamos
a la playa, ni siquiera hace topless. Por eso me sorprendió tanto lo que nos
ocurrió.
Nos quedaban solo un par de días para volvernos a casa, por
lo que aprovechábamos nuestros últimos momentos de relax, antes de volver a la
jungla en que se habían convertido nuestros respectivos trabajos. Habíamos
pasado el día en una playa, que no era la más cercana al hotel, pero que nos
gustaba más, porque estaba algo mas escondida y era mas tranquila y solitaria.
Atardecía, y en unos instantes tendríamos que irnos. Ya no se veía a nadie en la
playa, casi todos los turistas habían abandonado sus hamacas para volver a los
hoteles, solo algún ocasional paseante aparecía muy de cuando en cuando.
Estábamos tumbados cerca de la orilla, yo boca arriba, dejando que la brisa
acariciara mi cara, y Luna boca abajo. De pronto se incorporo un poco y me miro,
sonriéndome.
- ¿Sabes que estas muy guapo?- me dijo.
- Vaya, gracias- conteste -. Tú tampoco estás mal.
- Imbécil- me dijo riendo, mientras me pegaba un puñetazo.
Empezamos a pelear de broma, y al final acabamos revolcándonos por la arena. Se
subió sobre mí, y me beso lentamente en los labios. Empezó a acariciar mi pecho,
y su mano bajo hasta el borde de mi bañador.
- Para, que me pones malo- proteste.
- A lo mejor lo que quiero es ponerte malo- contesto, y me
volvió a besar, mientras su mano ya acariciaba mi polla por encima del bañador.
- ¿Que estas haciendo?- proteste de nuevo- Déjalo que ahora
me quedo yo con el calentón hasta que lleguemos al hotel.
- ¿Y quien dice que vayamos al hotel? - me sonrió con cara de
no haber roto nunca un plato.
- No me digas que quieres hacerlo aquí.
- Si - contesto, apretándome los huevos.
- Joder ¿Y si pasa alguien? ¿Y si nos ven?
- Venga, hombre, no seas aguafiestas. Mira, por aquí ya no
pasa nadie. Estamos solos.
- Pero hay gente paseando por la orilla y...
- Le cortas el rollo a cualquiera -protesto ella-. Mira,
vamos hacer una cosa. Si nos vamos allí ¿te quedas mas tranquilo y dejas de
poner pegas?
El lugar que estaba señalando eran unas dunas un poco
apartadas de la orilla, junto a unos juncos, y que por tener los típicos
altibajos de las montañas de arena, a pesar de estar cerca de los paseantes que
podían andar junto a la orilla, quedaban ocultas a la vista. Sopesé el riesgo,
pensé que nos podría ver alguien, pero ella me miraba de una forma que no podía
resistirme. No dije nada, solo me levante, la tome de la mano, y juntos
caminamos los pocos pasos que nos separaban de las dunas.
- ¿Y a ti que te pasa hoy?- pregunte, mientras la apretaba el
culo.
- Que me apetece hacer una locura antes de volver a casa-
contesto-. Además, mira que bonito es todo esto ¿No te apetece hacer el amor
aquí?
Lo cierto es que el lugar era paradisíaco, pero, la verdad es
que a mi me daba ya todo igual. Luna había conseguido ponerme a cien, y en ese
momento lo único que me dominaba era el deseo.
Llegamos a las dunas. Extendí la toalla y nos recostamos en
ella. Rápidamente, Luna me atrajo hacia si con un abrazo y me mordió el labio
inferior. Por el rabillo del ojo no pude evitar mirar hacia la playa. Vi que las
dunas nos ocultaban de la orilla, me quede mas tranquilo y la devolví el
apasionado beso.
Luna se subió sobre mí y volvió a acariciarme el pecho. Yo
respondí a sus caricias, sobando sus tetas por encima del bikini. Cuando ya no
pude mas, corrí las cortinillas de la parte superior del bikini, dejando al aire
sus preciosas tetas, cuyos pezones ya estaban duros por la excitación. Empecé a
chuparlas, mordisquearlas y lamerlas, mientras Luna me agarraba la cabeza
fuertemente contra su pecho, suspirando. La tumbe en la toalla y la mire un
momento. Estaba preciosa, con el pelo revuelto, con los pechos desafiantes
asomando por los lados del bikini aun puesto, y una expresión de deseo en el
rostro. Volví a lamer sus pezones y, lentamente, fui bajando por su vientre, con
besos y mordisquitos, hasta llegar a la parte inferior de su bañador. Levantó un
poco el culo y se lo quité. Observe su delicioso coñito depilado, cuyos labios
brillaban ya por la humedad. Sonreí y me sumergí en él. Empecé besándola por el
perímetro y los labios exteriores, pero no tarde mucho en abrirlos y acceder a
su interior. Rápidamente encontré el clítoris y empecé a lamerlo, moviendo la
cabeza a los lados y arriba y abajo. Luna suspiraba y gemía. Me agarro la cabeza
fuertemente con las dos manos y me atrajo aun más, como si quisiera que entrara
dentro de ella. En ese momento, metí dos dedos dentro de su coñito y ella no
pudo más. Se corrió, retorciéndose en espasmos y ahogándose en suspiros.
Me incorpore y, de rodillas como estaba, la observe unos
segundos. Su respiración se normalizaba, y me fije que la parte inferior de su
bikini se había quedado enrollada en uno de sus tobillos, cosa que me dio aun
más morbo. Ella me sonrió y, con una mirada pícara, gateó hasta donde yo estaba.
Sin cambiar de postura, me bajo el bañador de un tirón, me agarro la polla, y
comenzó a lamerme los huevos. Rápidamente se metió el capullo en la boca, para,
a los pocos segundos, sacársela, lamer la punta y volvérsela a meter. Luna es
toda una experta en mamadas, a veces, en broma la digo que ella nació para comer
pollas. Ella hace como que se enfada, pero se que en el fondo la gusta que le
diga ese tipo de cosas. El caso es que yo sabía que con ese tratamiento no iba a
tardar mucho en correrme, y antes de eso quería penetrarla. Así que me aparte de
su cara y, sin que ella cambiase de postura, es decir, dejándola a cuatro patas,
la rodee. Quedamos colocados de forma que el mar estaba a nuestra espalda y el
bosquecillo de juncos, al frente. Ella puso el culo en pompa, yo restregué un
poco la punta de mi polla por su abertura y, de un solo golpe, le metí la polla
hasta el fondo. Luna chilló, al notarla tan dentro, y empezó a jadear a medida
que me iba moviendo lentamente dentro de ella. Percibí que gemía de una manera
mucho más exagerada de lo normal, y se movía también exageradamente, pero lo
achaque a la excitación del momento. Cuando noté que se iba a correr, aumenté el
ritmo de las embestidas. Ella gritó con más fuerza, y empezó a mover el culo al
ritmo contrario al que yo la penetraba.
En ese momento, escuche un ruido. Levanté la cabeza, y vi que
los juncos se movían. Entre la maleza distinguí una forma humana. Saqué mi polla
del coñito de Luna y fui a levantarme para espantar al mirón, pero ella me lo
impidió. Me agarro del brazo, se giro ligeramente y, con una mirada que yo no
había visto nunca en ella, me dijo:
- No, por favor. Sigue.
- Pero...- protesté yo- Hay un tío mirando.
- Calla- suplicó ella-. No digas nada. Sigue, por favor. Pase
lo que pase, no pares.
Entonces lo entendí: Los jadeos y movimientos exagerados de
antes no correspondían a lo bueno de mi faena. El mirón debía llevar un rato, y
Luna debía haberle visto, así que estaba exagerando para él, para que viera lo
bien que lo estaba pasando y se excitara aun más. Luna por fin se había
desinhibido y estaba cumpliendo su fantasía, tener público mientras follaba.
La situación me resultaba insólita, pero por otro lado he de
reconocer que el morbo iba creciendo en mí. Además, era la fantasía de Luna, así
que no tenia ningún derecho a arruinársela. De manera que me arrodillé y volví a
penetrarla y a follarla con el doble de fuerza.
El caso es que yo no me acostumbraba a tener un espectador, y
estaba mas pendiente de lo que ocurría entre los juncos que de Luna. Ella se
debió de dar cuenta, y decidió cambiar las tornas. Se separó de mí, con un suave
empujón en el pecho hizo que me tumbara, y ella se puso sobre mí, de manera que
quedaba de espaldas a nuestro espectador. Me beso apasionadamente, y luego me
susurro al oído:
- Es mi fantasía. Ya lo sabes. Así que, por favor, sigue.
Esto me da mucho morbo, y quiero dejarme llevar- hizo una pausa, me miro
tiernamente y concluyó -. Te quiero.
Me volvió a besar, chupando mi lengua, mientras que con una
mano ella misma agarró mi rabo y se la volvió a meter en su coñito, que estaba
chorreando. Una vez dentro, sin despegar su pecho del mío, empezó a cabalgar
como una loca. Pensando que el mirón no tendría suficiente, Luna llevo sus manos
a sus nalgas, y las abrió bien, para que el espectador pudiera ver perfectamente
su culito, y como mi polla entraba y salía de su coñito. Supongo que el mirón
entendió esto como una invitación, porque por fin se decidió a salir de su
escondite entre los juncos.
Caminó los pocos pasos que nos separaban, y se coloco de pie
junto a nosotros, mirándonos. Era un muchacho joven, de raza negra, guapo, con
un poco de pelo ensortijado sobre la cabeza. No era excesivamente musculoso,
pero si fibroso y con un cuerpo bien definido. Iba vestido únicamente con un
bañador largo de motivos tropicales. Al verle junto a nosotros, Luna se
incorporó y, sin dejar de envainarse mi polla, miró a los ojos al muchacho
negro, relamiéndose con expresión lasciva. El muchacho empezó a sobarse la polla
por encima de la tela del bañador, donde ya se notaba un tremendo bulto de la
erección. Supongo que Luna se estaba tomando muy en serio su papel de estrella
porno, porque, animada por la evidente erección del muchacho, empezó a
contonearse sobre mi polla, y, poniendo una expresión de putilla que yo nunca
había visto, se chupó un dedo para luego, con el, acariciarse el clítoris.
Después de eso, sin dejar de mirar al chico ni de relamerse, empezó a estrujarse
las tetas y a pellizcarse los pezones.
El pobre chico no aguanto más. Desató el cordón de su bañador
y tiro de él hacia abajo. Un enorme pollón negro salto junto a la cara de Luna,
que abrió los ojos, sin creer lo que veía. La escena no podía ser mas excitante:
Mi novia, hasta hacia unos minutos, una chica tímida y prudente, cabalgaba mi
polla como una poseída, poniendo unas caras de guarra inimaginables para mi,
mientras se sobaba las tetas o se daba marcha al coñito, y a escasos centímetros
de su carita de niña buena un desconocido se pajeaba con su enorme verga negra.
Ella ya ni me miraba a mí, solo tenia ojos para aquel descomunal instrumento.
Alzó la vista un segundo y miró sumisa a los ojos del joven, como pidiendo
permiso. Él la sonrió, dejó de masturbarse y, con la misma mano acarició la
carita de mi novia. Entonces Luna alargó el brazo y agarró la polla del
muchacho. Con mucha delicadeza y parsimonia, como quien abre un regalo muy
deseado, echó hacia atrás la piel de la polla, dejando al aire un capullo grueso
y amoratado. Empezó a masturbarle suavemente, y el chico comenzó a suspirar.
Aquel pollón, negro y enorme, parecía aun mas negro y mas enorme en comparación
con la manita de Luna meneándolo, intentando sin éxito abarcarlo en todo su
grosor. Yo, por mi parte, llevaba rato sintiendo una punzada de celos en el
estomago, pero la escena que ante mí se representaba era demasiado excitante y
morbosa para pensar con claridad, de manera que sentía como mi polla se ponía
más y más dura, como nunca antes la había sentido.
Luna se mordía el labio inferior, llena de deseo, mientras
miraba fascinada aquel capullo negro y brillante, con unas gotitas de líquido
preseminal en la punta. Sus pechos estaban más altivos que de costumbre y los
pezones estaban duros como dos agujas. Lo que venía a continuación, yo sabía que
era inevitable. Mi novia acercó su boquita al pollón, y lo beso tiernamente en
la punta. Luego se dedico a recorrer lentamente todo el miembro con su lengua,
empezando por la punta, bajando hasta la base del tronco, y deteniéndose en los
huevos, grandes y colgantes, que lamió y chupo. Luego volvió arriba, y se detuvo
en el prepucio, lamiendo el frenillo, mientras miraba con una sonrisa perversa
al muchacho, que se derretía con sus besos. Acto seguido, se restregó la polla
por toda la cara, el cuello y los pechos, hasta llegar a los pezones, que frotó
con fuerza contra el capullo. Por fin se la metió en la boca, aunque solo pudo
con un poco del principio debido a su longitud. El muchacho, mientras tanto, no
perdía el tiempo, y comenzó a acariciar las tetas de Luna, caricia que enseguida
se convirtió en un sobeteo en toda regla. Mientras, ella se la mamaba como si la
vida le fuera en ello, y con las dos manos le pajeaba, sin poder abarcar toda su
extensión. Todo esto, por supuesto, a la vez que botaba sobre mi polla,
encadenando orgasmo tras orgasmo, sus gemidos de placer ahogados por el trozo de
carne que tenia en la boca.
Tras unos pocos minutos de mamada, el muchacho, de pronto, se
retiro de la boca de mi novia. Ella le miro a los ojos y, simplemente, sonrió,
abrió la boca y sacó la lengua. El chico empezó a masturbarse rápidamente,
apoyando su capullo sobre la lengua de mi novia. Ella, para ayudar, le daba un
lametazo de vez en cuando, sin cerrar la boca en ningún momento. La espalda del
chico, al fin, se tensó, y eyaculó. El primer chorretón de semen salio despedido
directamente a la lengua de Luna. Fue tal la cantidad de leche que salió en
aquella primera tanda, que la gran mayoría se derramó de la boquita de mi novia,
deslizándose por su barbilla hasta llegar a su pecho. El segundo chorretón cayó
en su mejilla, y parte fue a pararle al pelo. Los siguientes, menos abundantes,
se derramaron por el resto de la carita y los labios de Luna. Yo, al ver a mi
novia, sonriendo, con la cara llena de la corrida de un desconocido, al ver esa
escena más propia de una película porno que de mi propia vida, exploté en un
violento orgasmo, me corrí como nunca lo había hecho, llenando el coñito de ella
con lo que a mí se me antojaron litros de leche, y juro que cuando terminé de
correrme parecía que me había quitado cien kilos de peso de los huevos.
Luna, por su parte, seguía entretenida con la polla del
muchacho, como si no quisiera renunciar a aquel juguete que acababa de
descubrir. Estaba claro que el desconocido se había vaciado a conciencia, porque
mi novia tenía salpicaduras de la abundante corrida por los labios, las
mejillas, y el pelo. Un espeso goterón de leche le colgaba de la barbilla, se le
deslizaba hacia los pechos y le colgaba de uno de los tiesos pezones como si
fuera una estalactita. Pero ella no tenía bastante con el baño de semen, seguía
chupando aquel pollón y lo estrujaba como si quisiera exprimirlo. Luego se lo
sacó de la boca, y empezó a restregárselo por su cara, extendiendo la leche por
todas partes, hasta que el miembro empezó a perder su rigidez y a quedarse
flácido.
Cuando esto ocurrió, el muchacho miró a Luna con ternura, la
acarició el pelo y, acto seguido, se subió el bañador y se fue por donde había
venido sin mediar palabra.
La situación era desconcertante. Mi novia, a la que hasta
ahora tenía por una persona vergonzosa, me acababa de deleitar con una escena
digna de la más depravada película porno que podía imaginarme: Se había comido
el rabo de un desconocido y había dejado que se corriera en su cara. Demasiado
fuerte para mí. Pero ella tan solo se volvió hacia mí, me sonrió dulcemente y me
dijo:
- Gracias. Te quiero.
E inmediatamente, se levanto de la toalla y corrió hacia el
mar. Yo la seguí y ambos nos bañamos abrazados en el agua del anochecer, como
dos niños cansados de jugar.