VECINOS
Laura está hoy caliente. Lo noto en la forma que tiene de
arañarme la espalda, en las pequeñas lamidas que da en la piel de mi nuca. Se
que todavía le gusto, a pesar de que llevamos doce años casados. Y ella a mí,
pues...también. Casi no se le notan los dos embarazos, bueno, los tres si
contamos aquel aborto que tuvo. Ronronea como una gata. Me busca. Estoy cansado
después del curro en el taller, y, además, hoy he tenido entrenamiento con los
muchachos. Pero esta mujer está cachonda, y el tener su coño pegado a los
riñones me está poniendo al cien.
La llevo dura. Extiendo un brazo y rebusco con la mano en el
cajón de la mesilla de noche. Con gestos automáticos rompo el sobrecito del
condón y me lo pongo. Luego, me vuelvo hacia Laura y pego mi boca a la suya. Da
un suspiro de triunfo, y, rápidamente, pega una patada a la sábana para dejar el
campo libre entre mi cuerpo y el suyo. Se abre de piernas y me ofrece los
brazos. No tardo ni dos segundos en montar sobre ella y en meter mi verga hasta
lo más profundo de su vagina.
- ¡¡Ohhhhh, cariño, qué bien me follaaaaaas! -su voz
todavía me enerva más, así que aprieto el vientre contra el suyo, dejándola
clavada, inmovilizada, contra el colchón de muelles medio sueltos.
- ¡Mueve las caderas, mi vida!- rezongo por lo bajo,
mientras mi ritmo se acopla al suyo. Estoy en la gloria. En estos momentos no
existe cosa sobre la faz de la tierra capaz de impedir que me corra.
- ¡Mamá, papáaaa! - la voz de nuestra hija se oye en
el pasillo. La puerta de la alcoba se abre de un empellón, y yo...yo sigo
follándome, impasible, a mi mujer.
- ¿Qué queréis, nenes? ¿No veis que mamá y papá
están...conversando?
- ¡Ya le he dicho yo que no entrase! ¡Esta niña es
tonta! - el que habla es nuestro hijo David, de casi doce años, el que fue el
rey de la casa hasta que nació su hermanita cuatro años después.
No puedo parar. Sé que mis hijos están mirando, pero la
fuerza del deseo, la calentura que llevo es tan fuerte, que todo me da igual.
Finalmente me corro en abundancia y me aparto de mi mujer a la vez que saco el
condón de mi polla y le hago un nudo. La niña va trotando hasta los brazos de su
madre, pero David está mirándome fijamente sin perderse un solo detalle. Cuando
cruzamos nuestras miradas, parece avergonzarse, y , dando media vuelta, sale
corriendo de nuestra alcoba.
Me gusta hacer pesas. Necesito sentirme...fuerte, ágil, y
¿porqué no? : deseable. Reconozco que soy un poco exhibicionista, y que el
sentirme observado, admirado, me “pone” mucho. Y lo mismo me da que sean mujeres
que hombres. Esto último no lo reconoceré nunca, aunque me maten, pero es la
pura verdad.
El barrio en que vivimos fue, en su momento, un pequeño
paraíso para la gente obrera, trabajadora, honrada como nosotros. Incluso tiene
su pequeño parque y algunos arbolitos desperdigados por aquí y por allá. Pero en
la actualidad se ha convertido casi en un vertedero. Llegaron demasiados
inmigrantes, y no precisamente de los más honrados. Una vez el barrio se
convirtió en una mierda, acudieron las moscas. Ahora tenemos de todo: drogas,
prostitución más o menos encubierta...Hay que ir con cien ojos para que nuestros
hijos no se contaminen con tanta porquería. Nosotros somos pobres pero honrados.
De los vecinos iniciales ya vamos quedando pocos. Todos han
salido huyendo en cuanto han podido. Aguantamos porque mi trabajo en el taller
mecánico no está muy bien pagado, y a Laura la tienen enganchada en un empleo
por horas, contratándola y despidiéndola según le sale de las pelotas a su jefe.
Y encima dicen que pronto estaremos en crisis. Una puta mierda.
Tengo ganas de un rato de cháchara. Tomo dos cervezas de la
nevera y salgo a la calle. Hablaré un rato con Ricardo, mi vecino desde hace
ocho años. No es que me caiga especialmente bien, pero es lo único que tengo a
mano. Es algo más joven que yo, aunque no mucho. Seguro que está rondando los
treinta y dos. Según dice, y puede que tenga razón, jugó en primera división
durante un año. Luego una lesión idiota terminó con su carrera. A los dos nos
gusta mucho el fútbol, así que fundamos una especie de club para jugar los fines
de semana, y así matamos el gusanillo. Nuestros hijos son de la misma edad.
Bueno, el solo tiene un hijo, Marianín, que se lleva un mes con mi hija Nuria.
El chiquito es muy guapo, casi demasiado para ser un nene. Mi mujer siempre dice
que ya quisiera que las pestañas de Marianín las tuviese nuestra hija. Los dos
son carne y uña. Se pasan horas y horas jugando a los papás y a las mamás, a los
médicos y a no sé qué cuantas cosas más. Es un nene muy dulce, aunque tiene una
mirada extraña, como demasiado pícara para tener la edad que tiene. Espero que
no le esté enseñando a mi nena cosas demasiado “adelantadas”.
La mujer de Ricardo está preñada. Según me contó mi vecino,
en cuanto se notó los primeros síntomas, le desapareció por completo la líbido.
Y no es que no quiera tener contacto sexual con él, sino que le repugna de una
forma bárbara. Así que él...se tiene que arreglar como puede. Imagino que tendrá
callos en las manos de tanto darle a la zambomba.
- Hola, María! ¿Está Ricardo en casa? -la pillo en la
puerta, con un cesto en la mano y una enorme barriga que la hace andar casi
despatarrada.
- ¿Ese? ¡Creo que está por abajo, en el sótano! -pasa
y baja sin llamarle, a ver si le das un susto y le da un telele! ¡Menudo coñazo
de hombre!
- Gracias María -entro riéndome por lo bajo mientras
la mujer de Ricardo cierra la puerta tras de sí y se aleja mascullando entre
dientes.
No enciendo, siquiera ,la luz de la escalera. Me he tomado en
serio lo de dar un susto al chulín de Ricardo, así que intento no hacer ruido.
Bajo la puerta del sótano, una halo de luz indica que hay alguien dentro. Abro
con sigilo y atisbo por la rendija. Siento que la sangre abandona mi rostro.
Pego un empujón a la puerta y me lanzo contra mi vecino.
- ¡Cacho cabrón! ¿Qué le estás haciendo a mi hija?
La pregunta es obvia. Ricardo está con los pantalones bajados
hasta las corvas, con las musculosas nalgas desnudas y en tensión, mientras
introduce su verga entre las piernas de una figura menuda, despatarrada ante él
y acostada de espaldas sobre un banco de trabajo, con los pies apoyados en ambos
pectorales del hombre. Una faldita de tablas, escocesa, está levantada y
cubriendo el rostro de quien, supongo, es mi hija. Las manos de mi vecino están
sobre el vientre desnudo, manoseando el sexo lampiño. Al lanzarme sobre él,
Ricardo hace amago de defenderse, por lo que separa las manos de donde las
tiene, aunque sin dejar de penetrar a la figura yaciente.
- ¡Te voy a matar, hijo de puta! - y hago amago de
pegarle un puñetazo que él esquiva como puede. Al hacerlo, se aparta un paso y
la verga sale de su escondrijo. Queda expuesta la carne sin nada que la oculte,
por lo que quedo anonadado al ver que , en lugar de una vagina, lo que hay entre
las piernas desnudas es, sin lugar a dudas, un sexo masculino.
- ¿Qué pasa, papá? ¿Porqué me la sacas? -la voz sale
bajo la tela de la faldita. Y, desde luego, no es la de mi hija.
- Ppppeeero...¿qué es ésto? - estoy indeciso,
atontado. No sé como reaccionar. A quien se está follando mi vecino es... a su
propio hijo. Simplemente, el nene, lleva puesta ropa que es de mi hija, y de ahí
mi confusión.
- ¡Espera, deja que te explique...! -la voz de
Ricardo es implorante.
- ¡Y una mierda me vas a explicar!.
Te largas de allí con viento fresco. Primero le has dicho a
Ricardo lo que piensas de él, y le tiras en plena cara todo el asco que te da.
Además -has amenazado- tienes que decidir si lo denuncias, porque lo que está
haciendo es monstruoso.
Paso varios días comido por los nervios, por la indecisión.
Finalmente decido que lo que haga Ricardo en su casa no me incumbe para nada.
Simplemente le advertiré que no lo vuelva a hacer, si no quiere tener
consecuencias.
Espero al día del entrenamiento. No estoy seguro de si mi
vecino acudirá, pero Ricardo le echa huevos a la cosa y acude como si no pasase
nada. Me mira dubitativo, como esperando mi reacción. Hay pánico en su mirada,
pero lleva las mandíbulas apretadas con determinación.
- Oye...el otro día no me dejaste explicarte...
- No hace falta que me expliques nada, Ricardo. Tu
vida es tu vida.
- Ya lo sé, pero...¡tú no sabes como me acosa mi
nene! ¡Y yo, con ésto de que Nuria no quiere que le ponga la mano encima...estoy
que me sale la leche hasta por las orejas!.
Sonrío un poco, solo un poco, porque le entiendo. Laura
también me hizo pasar las de Caín cuando se quedó embarazada del primero. Pero a
mi no se me ocurrió...Bueno, en realidad es que no tenía a nadie a mano, la
verdad sea dicha, así que me compré una muñeca hinchable que me hizo su apaño.
- Vale, vale. La cosa queda zanjada. Yo no he visto
nada. Y tú...ya eres bastante mayorcito para saber donde metes la polla.
- Gracias por ser tan comprensivo.
- No se merecen. ¿Empezamos a entrenarnos de una
puñetera vez?
La ducha, tras el entrenamiento, me ha dejado como nuevo.
Noto la sangre correr por mis venas, haciendo que mis músculos estén activos.
Esta noche le pegaré un polvo de antología a Laura.
Pero...el hombre propone y Dios dispone.
- ¡Me marcho, cari!
- ¿Te marchas? ¿Donde coño te marchas a estas horas?
- ¡A papá le ha dado un infarto! ¡Tengo que tomar el
tren dentro de tres cuartos de hora! A la nena ya la he enviado a casa de tu
hermana y ella se encargará de todo. David y tú os arreglaréis solitos. Suerte
que el nene es suficientemente mayor, y espabilado, para solucionar sus cosas.
No sé los días que estaré fuera, así que ...¡apáñate como puedas!
La última frase me suena a chacota. Ella sabe perfectamente
que llevo unos cuantos días de inapetencia sexual, y que, en cuanto se me pasen,
no tendré bastantes horas durante el día para recuperar el tiempo perdido. Y, lo
malo es que, tengo la seguridad de que la inapetencia ya se ha evaporado, así
que...lo tengo crudo.
No puedo dormir. Doy vueltas y vueltas en la cama. Cierro los
ojos y solamente veo la verga de Ricardo, entrando y saliendo de un agujero
sonrosado. Mi polla está que revienta. Enciendo la luz de la lamparilla. Casi la
una de la madrugada. A lo lejos oigo trastear a David por la cocina. Seguramente
estará bebiendo un vaso de leche. Leche, leche, leche...¡eso es lo que tengo yo!
¡Leche para dar y vender! Pienso en Ricardo y en su queja: “...me sale la leche
hasta por las orejas”. Pues yo, ahora, tres cuartos de lo mismo. Y no tengo a un
nene pequeño y afeminado para sacármela, como mi vecino. Me quedo horrorizado
por el pensamiento que acabo de tener. Sin embargo, una oleada morbosa sube
desde la ingles hasta mi cerebro. Otra vez las imágenes obscenas. La verga me
late de una forma dolorosa. Cierro los ojos, ensalivo mi mano y comienzo a
masturbarme. Primero con reparo, casi con vergüenza. Luego...con un deseo
escandaloso que me duele a la vez que me enerva.
La mano aprieta el miembro. Me pajeo con fuerza, casi
haciéndome daño.
Un rumor de pies desnudos en el suelo del pasillo. La puerta
está totalmente abierta, y sé perfectamente que mi hijo puede verme, puesto que
la cama está iluminada por la luz de la lamparilla. Arrecio en mis caricias. A
través de las pestañas fuerzo la mirada y atisbo la silueta de David. Está
encorvado sobre sí mismo, moviendo un brazo rítmicamente. Entre las sombras, sus
ojos brillan como dos ascuas, mirando directamente hacia mi cuerpo desnudo.
Me derramo sin remedio. Es un orgasmo brutal. Quedo
desmadejado, lleno de lefa por todas partes. Miro hacia el pasillo y veo que mi
hijo ya ha desaparecido. Me levanto en busca de algo para limpiarme. En la pared
del pasillo, resbalando hacia el suelo, un espeso churretón de semen se desliza
lentamente.
El día se presenta lluvioso. A la salida del trabajo están
cayendo chuzos de punta. Recuerdo que Laura no está para recoger a David del
colegio, así que salgo zumbando con el coche. Parece sorprendido al verme.
Seguramente había hecho cuentas de que le llevase el padre de algún amigo,
porque se acerca a otro adolescente y le dice unas palabras mientras me señala.
Corre hacia nuestro coche cubriéndose la cabeza con la mochila. Entra como una
tromba, y ,casi sin mediar palabra, saca la maquinita y se pone a jugar.
A la vuelta de la esquina, junto a su coche averiado, está
Ricardo totalmente empapado. Junto a él, como un pequeño ser andrógino, su hijo
le mira con aspecto embobado. Casi diría que su mirada es de ... deseo físico.
Freno junto a ellos y abro la portezuela de atrás. Ricardo mete al niño y luego
entra él, deshaciéndose en agradecimientos.
- ¡Quítale la ropa al nene, porque si no pillará una
pulmonía!- le atajo antes de que se enrolle más - Pondré la calefacción y así
podrá secarse en el trayecto.
- Tienes razón. Y yo también me quitaré la camisa, si
no te importa.
- Quítate lo que quieras...-mi mirada se cruza unos
instantes con la suya a través del espejo retrovisor. Sonríe y desabrocha
rápidamente la camisa chorreante. Realmente está cachas mi vecino. Aparto la
mirada y pongo la radio.
Oigo rumores de ropa despegándose de la piel. La risa del
nene es cantarina. Susurra cosas a su padre que no llego a entender. Solo oigo
la voz queda de Ricardo cuando le contesta:
- Ahora, no, nene. ¿No ves que no puede ser?
- ...
- Que nooooo.
- ...
- Buenooo. Pero solamente un poquito (la voz baja
hasta un susurro).
Me atrevo a mirar por el retrovisor. La carne tierna y pálida
del nene contrasta con la morenez musculosa y espléndida del padre. Observo
maniobras que seguramente conllevarán a que la bragueta de Ricardo quede
abierta. Miro hacia el rostro de mi vecino. El, a su vez, me está mirando, y
hace un gesto como diciendo: “¿No ves lo que yo te decía?”. En su regazo, la
cabeza del chico sube y baja. De vez en cuando se oyen chupetones. Miro de reojo
a mi hijo, pero está tan absorto con sus juegos que -según parece- no se da
cuenta de nada.
Ahora el chico está arrodillado entre los muslos de su padre,
con el culo vuelto hacia mí, justo entre los dos asientos delanteros. Ricardo
tiene sus manos apoyadas sobre las caderas de su hijo. El calzoncillo blanco,
con personajes de dibujos animados de cara amarilla, está tan mojado que se
transparenta la raja entre las nalgas. El padre se lo baja un poco, lo
suficiente para que quede ante mi vista el pequeño agujero, muy enrojecido, y
que él acaricia suavemente con los dos dedos índices.
Cruzo otra vez mi mirada con mi vecino. Si tomo la carretera
de siempre, dentro de dos minutos estaremos en casa. Pero creo que Ricardo
necesita algo más de tiempo. Paso de largo por el atajo y me adentro en una
carretera vecinal, que supondrá, como mínimo, diez minutos más de viaje. Le
guiño un ojo. Mi vecino enseña los dientes en una gran sonrisa y baja la cabeza
para musitarle unas palabras en voz baja a su hijo. El chaval, se incorpora con
presteza y, trepando sobre los muslos de su padre, queda a horcajadas de él.
Ricardo pasa las palmas de sus manos bajo las nalgas del nene, y, colocando su
verga justo en el centro, comienza a bajar el cuerpo de su hijo hasta que lo
tiene totalmente ensartado. Ambos sueltan al unísono un gemido de felicidad.
Dirijo el espejo retrovisor de forma que quede enfocado para
no perderme detalle.
Debo reconocer que me he puesto como un burro. A mi lado,
David sigue ensimismado con la maquinita. Lanzo una mirada sobre su cuerpo casi
adolescente. Las piernas zanquilargas ya están pobladas de vello rubio. También
están haciendo efecto las sesiones de gimnasia (y levantamiento de pesas) que
hace a escondidas, utilizando las que yo uso. Tiene el cabello rubio oscuro,
como el mío, y los ojos verdes y felinos como su madre. De cuando en cuando se
soba el paquete. Seguramente la testosterona comienza a hacer su labor.
- ¿No estamos tardando mucho hoy?- mira por la
ventanilla y exclama- ¿Porqué hemos tomado esta carretera? ¡Llegaremos tardísimo
a casa!
- ¡Como se nota que estabas ciego, ahí jugando! ¿No
te has dado cuenta que la carretera de siempre está cortada? ¡Anda y sigue con
tus juegos!- ruego para que no mire hacia atrás y descubra todo el pastel.
Ricardo ha parado en su follada, tapándole la boca al nene para que no proteste,
en espera de que David siga con su juego, cosa que hace enseguida.
En el momento de correrse, mi vecino aparta a su hijo y
comienza a masturbarse, pero el nene se amorra desesperado esperando la leche
paterna, consiguiendo que no se desperdicie ni una sola gota.
En la ducha he tenido unas ganas terribles de pajearme. Pero
hoy no necesito una paja. Hoy necesito algo más. Salgo del cuarto de baño con
una toalla enrollada en la cintura. Llamo a David un par de veces y le digo que
se de prisa, que tiene que ducharse mientras yo preparo la cena. Lanza un
gruñido mientras me alejo. Pronto oigo la puerta al cerrarse.
Saco las patatas de la freidora y las revuelvo con los cuatro
huevos batidos. Un poco de sal, caliento aceite en la sartén pequeña...y
¡voilá! En pocos minutos tendremos una hermosa tortilla de patatas. Lo dejo a
fuego lento, y , ajustándome la toalla a la cintura me acerco hasta el baño.
Este chaval se pasa las horas muertas cada vez que entra en este aposento de la
casa. Normalmente no haría lo que voy a hacer, pero hoy me siento eufórico, así
que, sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo, abro la puerta y me dispongo a
reñir a mi hijo cariñosamente por ser tan tardón.